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Entrevista a Abelardo Linares: «Los libros son como un veneno. Un veneno raro que solo es perjudicial en pequeñas dosis». Fran G. Matute en Jot Down

Entrevista a Abelardo Linares: «Los libros son como un veneno. Un veneno raro que solo es perjudicial en pequeñas dosis». Fran G. Matute en Jot Down

Aunque el mote no le haga mucha gracia, lo cierto es que a Abelardo Linares (Sevilla, 1952) se le conoce entre bastidores como «el hombre del millón de libros». Lo cual, por otro lado, no es ninguna exageración. La fama le cayó el día que se trajo de Nueva York, a lomos de un barco, los fondos de la librería de Eliseo Torres, adquiridos al completo a su viuda tras la muerte del reconocido librero, en una operación sin precedentes en España por su envergadura, sobre la que tantas leyendas en su día se escribieron.

Para entonces, Linares ya se había labrado toda una reputación de amante impenitente del libro viejo, también de implacable cazador. Tras recorrerse las Españas en los setenta, dio buena cuenta de las Américas en los ochenta, llegando así a convertirse en uno de nuestros últimos grandes bibliófilos.

Su biblioteca personal compite por ser una de las más completas que hay sobre literatura en castellano de principios del siglo xx. De ella se nutre buena parte del exquisito catálogo de su editorial Renacimiento, fundada a principios de la década de 1980, referente en el rescate literario de dicho periodo histórico.

Los inmensos fondos de Abelardo Linares descansan ahora en tres frías naves industriales a las afueras de Sevilla. Allí, entre pasillos y pasillos, cajas y más cajas, se llevó a cabo esta entrevista sobre lecturas, pasiones y emociones. Viendo luego los miles de joyas librescas que se albergaban en las estanterías se nos hizo de noche.

¿Te sientes a gusto con la etiqueta de bibliófilo?

La bibliofilia como tal, el mundo de los bibliófilos, es algo que no me interesa demasiado, por más que, como todo coleccionismo, me parezca muy respetable. G. K. Chesterton decía que en esta vida hay que estar loco por algo para no volverse completamente loco. Para eso el coleccionismo puede ser de bastante ayuda. Lo que ocurre es que hay gente que, por culpa de la bibliofilia, solo compra libros raros anteriores al siglo xviii, o libros diminutos en dieciseisavo, o se empeña en que todos los volúmenes de su biblioteca tengan bonitas encuadernaciones en marroquín. Todo eso, dentro de lo que cabe, está bien, salvo cuando uno, por ejemplo, se dedica a reunir facsímiles de códices medievales o renacentistas a varios miles de euros la pieza, en ediciones limitadas (es un decir) de dos o tres mil ejemplares, creyendo que tal cosa no es sino pura bibliofilia o que está haciendo una estupenda inversión financiera.

Quiero decir con esto que a mí el libro raro porque sí, o de mucho precio, o el impreso de forma especialmente lujosa, no me interesa. Me importan los libros para leer, valga la redundancia, y también los periódicos, folletos y revistas relacionados con la historia y la literatura. Sobre todo si por su interés y rareza son susceptibles de ser reeditados. Y cuando un autor me interesa de verdad, ya sea el citado Chesterton, Silverio Lanza, Nabokov o el conde de Keyserling, procuro reunir todo lo que sobre él se haya publicado.

En cualquier caso, para mí los libros son un bien sin mezcla de mal alguno. En mi opinión, una pared, una habitación llena de buenos libros, es algo totémico. Estoy convencido de que los libros son algo tan bueno que muchas veces no hace falta ni leerlos. Basta tenerlos cerca para poder sentir su protección.

Tal y como lo cuentas, la bibliofilia parece una patología.  

Sí, aproximadamente. Los libros son como un veneno, pero un veneno raro que solo es perjudicial en pequeñas dosis. Por ejemplo, es muy peligroso leer un solo libro, valgan la Biblia o el Corán, o administrarse una dieta lectora a base únicamente de premios Planeta, Paulo Coelho o Jorge Bucay. Pero, en grandes cantidades, los libros, la lectura, tienen siempre efectos beneficiosos.

¿Recuerdas el primer libro que compraste?

Fue en una librería que había a cincuenta metros de mi casa, en la calle Hernando Colón, en Sevilla. Yo tendría trece o catorce años. Era un tomo de las Vidas paralelas de Plutarco, publicado en la colección Austral, con una hermosa y humilde camisa de color amarillo. Me costó veinticinco pesetas. Me acuerdo perfectamente del precio porque esa era la paga semanal que me daban mis padres. Durante varias semanas me gasté aquella paga en completar todos los tomos. Compré esa obra porque en la excelente biblioteca que tenía mi padre, de la que tuve la gran suerte de poder disfrutar, había encontrado por entonces las Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres de Diógenes Laercio, obra que leía por las noches antes de dormir. Aquel fue literalmente un libro de cabecera.

Empezaste a escribir poesía también muy joven.

Las primeras cosas que escribí las hice con once años, estudiando segundo de bachiller. De niño era bastante lector. Aparte de, sobre todo, acudir a la biblioteca de mi padre, creo que era el único alumno de mi clase en el Claret de Heliópolis, en Sevilla, que visitaba asiduamente la biblioteca del colegio. Por lo que recuerdo, mi primer motivo de «inspiración» fueron los cuentos un tanto poéticos de Andréiev. Basándome en ellos escribí unos pequeños engendros, sin el más mínimo interés, que eran un ingenuo pero también genuino homenaje, y a la vez acercamiento, a la literatura. La cosa es, a fin de cuentas, de lo más normal. Todos los niños pintan y dibujan con una feroz alegría, no porque vayan a serPicasso, sino porque son niños. Lo mismo que casi todos los adolescentes escriben, no porque vayan a ser Marcel Proust o Juan Bonilla, sino porque son adolescentes.

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Alberto Manguel: «Las grandes librerías del mundo son librerías pequeñas». Entrevista de Jorge Carrión en Jot Down

Alberto Manguel: «Las grandes librerías del mundo son librerías pequeñas». Entrevista de Jorge Carrión en Jot Down

En su despacho de director de la Biblioteca Nacional de Argentina destacan un póster del séptimo centenario de Dante, una fotografía y un busto de Jorge Luis Borges, una gran bandera albiceleste y un pequeño dinosaurio de plástico verde. «Me lo regaló mi hijo», me cuenta el escritor argentino-canadiense, bibliófilo, nómada cultural, profesor, traductor, editor, ensayista y novelista, antólogo, crítico, polígrafo multilingüe, gestor cultural y, sobre todo, lector Alberto Manguel, setenta años que crean estratos sucesivos a través de las gafas en sus ojos muy claros, «porque se llama Albertosaurus y encontraron su esqueleto en la provincia canadiense de Alberta». Después se sienta en una gran butaca, me ofrece la otra y comenzamos a hablar.

Estamos en una institución que todo el mundo vincula con Borges. ¿Cómo le está ayudando su experiencia como director de la Biblioteca Nacional para entender mejor al maestro?

Son dos hechos que solo se relacionan en esa constelación universal donde todo está relacionado. Borges fue director simbólico de la biblioteca, un director universal, un bibliotecario universal, que representó no a la Biblioteca Nacional de Argentina, sino la Biblioteca en todos sus aspectos. Ahora bien, la Biblioteca Nacional de Argentina, como una institución de piedra y hierro, de papel y de tinta, implica obligaciones, necesidades y funciones extraliterarias. Borges fue el símbolo de lo literario, y la literatura se divide en un antes y un después de Borges y Borges. No se puede escribir en castellano ni tampoco se puede escribir en cualquier otra lengua sin sentir, consciente o inconscientemente, la presencia de Borges. Textos como «Pierre Menard…» cambian para siempre la noción de lo que significa escribir y leer. Mi misión se encuentra en otro campo, completamente distinto, que es el de la pura administración. Yo he abandonado mi carrera de escritor y, hasta cierto punto, de lector, asumiendo este puesto de director de la Biblioteca Nacional a fines de 2015; y me he convertido en la persona encargada de eliminar obstáculos al trabajo de las otras ochocientas y pico personas que trabajan aquí. ¿Conoce usted un ballet de una gran coreógrafa  alemana, Pina Bausch, que se llama Café Müller? ¿Recuerda que se trata de una mujer que baila y otro personaje le quita las sillas del camino para que no se tropiece? Pues yo soy esa persona.

En Con Borges, su libro de recuerdos, vincula el trabajo de Borges como bibliotecario con el suyo como librero, porque él pasaba por la librería donde usted trabajaba después de salir de la sede anterior de esta misma biblioteca. Además de conocer a Borges, ¿qué más le aportó aquella primera experiencia como joven librero?

Yo trabajaba en la librería Pigmalion, donde vendíamos libros en inglés y alemán, a la edad de quince, dieciséis, diecisiete años. Iba al colegio por las tardes. Y Borges venía a comprar sus libros ahí, y un día me pidió que fuera a su casa a leerle, como a tantas otras personas. Yo ya sabía que quería vivir entre libros, sabía que el mundo me era revelado a través de los libros y que luego el mundo confirmaba o daba una versión imperfecta de lo que los libros me habían revelado. Lo que hizo Borges fue darme dos enseñanzas fundamentales. La primera es que no me preocupase por las expectativas del mundo de los adultos, que querían que fuese médico, ingeniero o abogado —vengo de una familia de abogados—, y que aceptase mi destino entre los libros. La segunda se refiere a la escritura. Borges quería que le leyese unos cuentos que le parecían casi perfectos, sobre todo de Kipling, pero también de Chesterton y Stevenson, porque quería revisitarlos antes de ponerse a escribir de nuevo cuentos. Él dejó de escribir cuando se quedó ciego, y diez años después, a mediados de los años sesenta, quiso volver a escribir. Quería ver cómo estaban fabricados. Recordemos que para Borges hay una palabra importante, el vocablo con el cual los anglosajones nombraban al poeta, el hacedor, the maker. Para Borges la escritura era un trabajo manual, de ingeniería, entonces él anatomizaba el texto, paraba mi lectura después de una frase o dos para observar cómo se combinaban las palabras, qué palabras habían sido elegidas, qué tiempo verbal se usaba, cómo se reflejaba una frase en la otra. Esa segunda enseñanza, una enseñanza relacionada con la escritura, fue que para escribir hay que conocer el arte. Los ingleses tienen la palabra craft, la artesanía de un texto. Hasta entonces yo había pensado que la literatura era emocional, filosófica, aventurera. Borges me enseñó a preocuparme por cómo ese texto fue construido antes de comunicar la emoción. Como si mi relación hasta entonces con las personas fuera a través de lo que decían, de su aspecto físico, y de pronto me dijesen: no, no, fíjate en cómo respiran, en cómo caminan, cuál es la estructura de sus huesos.

Pero, al margen de las lecciones de Borges, ¿usted qué aprendió en la librería?

Cuando entré, la dueña me dijo: «Como no sabes nada de librerías, lo primero que tienes que saber es qué contiene una librería y dónde está lo que contiene». Es algo que han olvidado los libreros de hoy: van a la computadora, cuando uno les pregunta «¿Tiene el Quijote?»; preguntan de quién es ese libro y lo buscan en la computadora; y, si la computadora les revela que hay un ejemplar, preguntan a la computadora dónde está el libro en sus estantes. Nosotros, que no teníamos la computadora, teníamos que aprender la cartografía del lugar. Me puso con un plumero a sacar el polvo… Durante un año no hice más que eso. Y me dijo: «Cuando veas un libro que te interesa, lo sacas y lo lees»; ella esperaba que yo lo trajese de vuelta, pero muchas veces me quedaba con el libro… Porque necesitas saber qué estas vendiendo. Entonces me enseñó que un librero tiene que conocer su espacio, tiene que conocer a los habitantes de ese espacio y tiene que saber hablar y recomendar lo que hay en ese espacio.

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Manuel Borrás: “Editores y prensa colaboramos a la santificación de la mediocridad”. Entrevista con Winston Manrique

Manuel Borrás: “Editores y prensa colaboramos a la santificación de la mediocridad”. Entrevista con Winston Manrique

Mis ojos, que codician cosas bellas
Como mi alma anhela la salud,
No ostentan más virtud
Que al cielo aspire, que mirar aquellas…”.

Es Miguel Ángel Buonarroti quien habla. Es el genio del arte que se expresa también en los versos, en las Rimaspublicadas en 2012 por la editorial Pre-Textos, en la traducción de Manuel J. Santayana.

La bella voz del artista en un libro que refleja el espíritu y la filosofía de este sello español por el cual, especialmente, fue distinguido en febrero con el Premio Nacional de Traducción de Italia. Un galardón que reconoce la difusión de esta editorial de Valencia de la cultura y autores italianos conocidos en el ámbito del español y otros no tanto, como esta faceta poética de Buonarroti:

De las altas estrellas
desciende un esplendor
que incita a ir tras ellas
y aquí se llama amor…

El interés y aprecio de Pre-Textos por Italia es una de las tres deudas que esta editorial dice pagar, las otras son con la literatura latinoamericana y la portuguesa. Esas tres culturas sumadas a la española completan los pilares sobre los que se levanta esta editorial que arriesga en la búsqueda de autores y libros especiales que condensen belleza de contenido y pensamiento y forma.

Una búsqueda que la editorial empezó en 1976, casi un año después de la muerte de Francisco Franco, tras cuatro décadas de dictadura. En plena efervescencia del futuro de España llamado Transición. Ellos la hicieron con cultura, rescatando autores republicanos en el exilio y dando voz a voces nuevas para los españoles hasta sumar un catálogo de unos dos mil títulos que incluyen nombres que va desdeJuan Larrea, Elias Canetti, Ramón Gaya, Pessoa, Rafael Cadenas, José Luis Pardo y Wislawa Szymborska, hasta más voces como las de Ana Blandiana.

Así es que cuando Pre-Textos cumplió cuarenta años el gobierno la distinguió con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Otro galardón que recibió el pasado febrero de manos de los reyes Felipe y Letizia. Una de las editoriales medianas e independientes más prestigiosas.

Y Pre-Textos son Manuel Borrás, Manuel Ramírez y Silvia Pratdesaba. Todos de la misma estirpe de la felicidad de los grandes lectores, de personas amables y entusiastas.

La cara más visible es la de Manuel Borrás (Valencia, 1952). Borrás ojeando y hojeando libros en las ferias del mundo, Borrás en conferencias en diferentes encuentros profesionales, Borrás leyendo entre vuelo y vuelo, Borrás entre cenas y comidas con los amigos y periodistas, Borrás entre presentaciones de libros de sus autores, Borrás a la caza de los mejores escritos, Borrás con la oficina de editor como caracol, Borrás predicador de lectores, Borrás cazador de nuevos talentos para compartir nuevas alegrías.

En uno de esos momentos que condensan el mundoborrasiano, un viernes a las siete de la noche, el editor es cazado en una cafetería madrileña con Darío Jaramillo, el poeta y narrador colombiano ejemplo latinoamericano del espíritu Pre-Textos.

Winston Manrique Sabogal. Imagino que el premio italiano es uno de los que más le ha gustado recibir.

Manuel Borrás. Me ha hecho mucha ilusión porque me toca muy de cerca. Es un premio con el que nos distingue el gobierno italiano, el Ministerio de Cultura, a una empresa como Pre-Textos cuando lo habitual es que distingan a personas físicas por su labor de difusión de la cultura italiana.

Mis tres pasiones son mi vocación americanista, mi vocación italianista y mi vocación portuguesa. Aunque son países, desde la perspectiva española, que consideramos hermanos creo que hay una ignorancia estructural con ellos. Eso se traduce en que para vender 1.500 ejemplares de ellos en el ámbito de la cultura hispana con más de quinientos millones de hablantes tardamos Dios y ayuda. Existe un gran desconocimiento más por nuestra parte.

W. Manrique. Pre-Textos nació en 1976, en los albores de la Transición, ¿qué es lo que más ha cambiado en la labor de editor en este lapso?

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Entrevista con Concha Quirós, una institución cultural de Oviedo. Raúl Álvarez en La Voz de Asturias

Entrevista con Concha Quirós, una institución cultural de Oviedo. Raúl Álvarez en La Voz de Asturias

En Trama editorial tenemos y casi profesamos un respeto y un cariño especial a Concha y junto a ella a todo el equipo de la Librería Cervantes.

Siempre que nos hemos acercado a Oviedo nos han mimado y nos han ofrecido su casa, su librería, sus reflexiones, siempre acertadas y su complicidad. Cunado una pequeña editorial como ésta se siente acogida en una gran librería, como Cervantes, poco más hay que decir. Queda el agradecimiento.

Así que gustosamente nos hacemos eco de la entrevista que recientemente le han realizado en La Voz de Asturias.

Ni Santa María del Naranco es más de Oviedo que Concha Quirós. Sin embargo, la librera, jubilada ante la ley pero no ante su conciencia de difusora cultural y asesora de lecturas para todo aquel que le pida consejo, nació en la parroquia de Pillarno, en el concejo de Castrillón. Corría 1935 y, siguiendo las costumbres de la época, su madre regresó a la casa de sus padres para dar a luz a su primera hija. Ha vivido y trabajado fuera de España, pero su lugar siempre fueron los pasillos de la Librería Cervantes, ese punto de observación blindado de lecturas desde el que ha seguido las transformaciones de la ciudad en los últimos sesenta años. Y los que quedan, porque el establecimiento familiar, hoy en manos de su sobrino, será centenario en el 2021 y habrá que preparar algo grande para celebrarlo.

–Sí que había alguna posibilidad, pero parece que yo estaba predestinada. Mi padre fue librero por casualidad. Marchó a Cuba con 14 años, volvió a los 20 creyendo que iba a morirse porque estaba enfermo del corazón y luego vivió hasta los 98. Puso la librería porque le gustaban los libros, pero igual que podría haber puesto cualquier otra cosa. Yo, como era la mayor de cuatro hermanos, fui la que más le ayudé desde niña. Abría paquetes, marcaba los libros, me los conocía. Me gustaba mucho y, además, era la continuación normal. Ninguno de mis hermanos me la disputó, a ninguno le apeteció meterse en el lío. «Todo para ti», dijeron, así que desde los 14 años fui ayudante, acabé la carrera a los 22 y ya me quedé aquí de hecho y de derecho.

–Fue un meritoriaje desde la infancia. ¿Cuándo sintió que había aprendido?

–Pues perdí ocasiones cuando me licencié. Me ofrecieron trabajar con Foyles en Londres, llegué a trabajar en París, pero ya me parecía que me debía a la librería, que la librería me necesitaba. Por entonces, éramos mi padre, otra señora, el chico de los recados y yo. Vamos, la mínima expresión de una librería.

–¿Cómo era entonces el negocio, cómo lo recuerda desde este espacio que nos acoge ahora?

 –Era un proceso muy distinto. Los paquetes venían por correo. La oficina de Correos estaba en la calle Campomanes. El chico iba y echaba la tarde. Llevaba un carretillo para recoger los libros y, de paso, se entretenía con los demás compañeros. Iban todos juntos. Nosotros estábamos más arriba, en esta misma calle del Doctor Casal, a unos 200 metros de este local actual. Los almacenes Al Pelayo estaban en la esquina con Uría y nosotros, prácticamente después. Mi padre no eligió esta zona porque fuera buena, sino porque era barata. La parte comercial estaba en Cimadevilla y sus alrededores. Esto era la expansión para unir el centro histórico con la estación de ferrocarril, que habían hecho poco antes. Incluso en épocas más recientes muchos bajos aún eran viviendas. Y allá estuvimos desde 1921 hasta finales de los años 80.

–Vimos que el local se nos quedaba pequeño. Teníamos más cuerpo que camisa. Buscamos entonces otro local próximo, surgió la oportunidad de venirnos aquí porque el comercio anterior, una tienda de tejidos, estaba en crisis, y nos trasladamos. Solo teníamos una planta pero tuvimos la suerte de ir ampliando el espacio de manera natural, al trasladarse las empresas instaladas encima de nosotros. No fue premeditado, salió así.

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'El ebook es un producto estúpido: sin creatividad, sin mejoras', dice el CEO de Hachette Group

‘El ebook es un producto estúpido: sin creatividad, sin mejoras’, dice el CEO de Hachette Group

Una entrevista con Arnaud Nourry sobre el futuro de la publicación digital, por qué se enfrentó a Amazon como oponente y al potencial de mercado en India.

Original en inglés en Scroll.in

Con más de 17,000 títulos nuevos cada año y ventas de $ 2,826 millones en 2016, el grupo de compañías Hachette Livre se ubica cómodamente entre las cinco principales editoriales en inglés, junto con Penguin Random House, Simon & Schuster, HarperCollins y MacMillan Publishers. Con sede en Francia, sus autores incluyen a John Grisham, Enid Blyton, James Patterson, Robert Ludlum y Stephen King. Mientras que su filial de India acaba de completar 10 años de operaciones en India, la empresa matriz ha estado en el negocio durante casi dos siglos. Con el apoyo de un ambicioso plan de adquisición global, el gigante editorial tiene presencia en todas las formas de publicación comercial (no académica). El presidente y CEO de Hachette Live Group desde 2003, Arnaud Nourry, estuvo en India recientemente para celebrar una década de Hachette India y habló con Scroll.in sobre su estrategia y el futuro de la publicación. Extractos de la entrevista:

Hachette tiene más de 150 imprentas en todo el mundo y saca más de 17,000 nuevos títulos al año. ¿Cómo mantiene el grupo un espíritu consistente en las impresiones y geografías? ¿Es eso incluso necesario cuando los mercados y lectores son tan diferentes en estas diferentes regiones?
No mantenemos un ethos. Compartimos valores por supuesto: cultura, educación, libertad de expresión, servicios a los autores, creatividad e innovación. Pero más allá de eso, cada impresión tiene su propio posicionamiento, espíritu, ethos, desarrollo y libertad. Esta es la única forma en que podemos ser buenos editores en India, en México, en Japón, en España o en el Reino Unido o los EE. UU. Estos mercados son completamente diferentes el uno del otro. Eso no significa que algunos libros no viajan, hay éxitos en todas partes. Pero la dimensión local de los mercados es tan grande que no intentamos ser iguales en todas partes.

¿Sigue siendo Europa su mercado más grande? ¿Cuáles son los mercados emergentes con mayor potencial que ves en este momento? 
Un tercio de nuestro negocio está en el idioma francés en Francia, Bélgica, Suiza, Canadá y otros países de habla francesa, 25% en los Estados Unidos y Canadá de habla inglesa, 20% en el Reino Unido, India, Australia, Nueva Zelanda y Irlanda, 10% en español y otro 10% en el resto del mundo.

Nuestro enfoque y estrategia ha sido publicar en francés, inglés y español, y como una segunda etapa de desarrollo, decidimos investigar otros idiomas como chino, ruso y árabe. Tengo que decir que China es un país difícil, así que no estoy 100% satisfecho con nuestros éxitos allí. El idioma árabe es fascinante porque hay una gran cantidad de lectores. Aunque debo decir que el entorno político y militar no es de gran ayuda para vender libros. Rusia es bastante interesante y tenemos éxito. Y, por supuesto, India es uno de los mercados más interesantes para nosotros en este momento.

¿Qué potencial ves en el mercado indio en particular? Tenemos millones de hablantes de inglés, pero el número de lectores en inglés sigue siendo muy bajo como porcentaje de esa población. ¿Qué crees que puede estimular un aumento en este número de lectores? 
No estoy seguro de que el porcentaje sea tan bajo si considera que todos los niños leen libros de texto. La tasa de becas en la India es una de las más altas del mundo, por lo que es prometedor para el futuro. Creo que hay un gran potencial de crecimiento en el número de lectores en India. Hemos cuadruplicado nuestra facturación en los últimos años y eso no proviene de los precios, es de la venta de más libros. Con el paso del tiempo, las personas se darán cuenta del valor y las oportunidades de desarrollo personal que les brinda la lectura.

Sí, se estima que los libros de educación probablemente contribuyan con el 70% de todas las publicaciones indias. Pero, ¿qué pasa con las otras formas de publicación comercial? ¿Eres optimista en ese frente?
No estamos en el sector de la educación. Extendemos marginalmente libros de educación de Inglaterra a India, pero no es el núcleo de nuestro negocio. Pero sí creo que mientras más libros de texto estén en manos de los niños, más encontrarán que comprar y leer libros para niños, y cuando sean mayores, libros para adultos, es una experiencia agradable. Así que estoy optimista en el lado del comercio seguro.

En 2014, Hachette se hizo famosa y ganó contra Amazon al decidir quién controlará los precios de los libros electrónicos: ellos o los editores. Mirando hacia atrás, ¿ha ayudado esa victoria? 
Cuando asumí el puesto de Presidente y CEO de Hachette en 2003, estudié lo que había sucedido en las industrias de la música y el video, o en el presente, tomé el ejemplo de la industria de las revistas. Me di cuenta de que cometieron dos errores. El primero fue retrasar la digitalización de su producto, lo que ayudó a que surgiera la piratería. El segundo error fue que no mantuvieron el control sobre el precio de sus creaciones, por lo que no pudieron proteger su facturación, los ingresos de sus cantantes o escritores.

Entonces, en el año 2006-2007, cuando los ebooks llegaron a nuestro mercado, estaba absolutamente convencido de que cuando saltamos al mercado de los libros electrónicos, necesitábamos mantener el control de nuestro precio. Esto no solo provenía de pensar en nuestros ingresos. Si dejas que el precio de los libros electrónicos baje a $ 2 o $ 3 en los mercados occidentales, vas a matar toda la infraestructura, vas a matar a los libreros, vas a matar a los supermercados, y vas a matar al autor ingresos. Debe defender la lógica de su mercado contra el interés de las grandes compañías tecnológicas y sus modelos comerciales. La batalla en 2014 fue todo sobre eso. Tuvimos que hacerlo.

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Librería Norte: sesenta años con libros. Daniel Gigena en La Nación

Librería Norte: sesenta años con libros. Daniel Gigena en La Nación

Breve historia: Es una de las librerías más prestigiosas de la ciudad de Buenos Aires, el “norte” al que se dirigen bibliófilos porteños, de las provincias argentinas y de países extranjeros con los que se comparte la lengua española. Desde 1967, está ubicada en la avenida Las Heras 2225, frente a una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires y de la plaza Emilio Mitre. Antes, se encontraba en un local de la avenida Pueyrredón y Santa Fe.

“Ya desde entonces se llamaba Librería Norte -cuenta Debora Yánover, una de las pocas libreras porteñas-. Siempre tuvo un equipo de libreros con mucha experiencia.” La lista de visitantes ilustres de Norte no para de crecer: de Quino a Julio Cortázar, pasando por Adolfo Bioy Casares, Gonzalo Rojas, Fabio Morábito y el impar poeta santafesino Hugo Gola.

Norte es una de las librerías preferidas por los poetas. Su sección de libros de poesía, situado al fondo a la derecha del local, es uno de los más completos de cualquier librería de América Latina. “Las jóvenes generaciones de poetas acuden también a la librería” agrega Yánover, hija de Héctor Yánover (Alta Gracia, 1929-Buenos Aires, 2003), librero-poeta y autor de la célebre autobiografía Memorias de un librero, publicada en 1994 por Ediciones De la Flor y reeditada en 2014 por Trama Editorial. Yánover publicó también varios libros de poemas.

En Norte, ocasionalmente, se presentan libros, como ocurrió con la exhaustiva edición de Obra completa del poeta Francisco Madariaga, publicada por Eduner. Participaron del encuentro Diana Bellessi, poeta del río y de la naturaleza como Madariaga, Reynaldo Jiménez y Liliana Ponce.

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Memorias de un librero

22 €

 

 

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Teresa M. Peces entrevista a Irene Antón de Errata Naturae

Teresa M. Peces entrevista a Irene Antón de Errata Naturae

Hace ahora 10 años, dos jóvenes doctorandos, desencantados con su labor académica, decidieron poner en marcha un sueño: fundar una editorial. Lo que en un principio, desde su inexperiencia, parecía imposible, fue tomando forma y en abril de 2008 se publicó Pasar el invierno, de Olivier Adam, primer título de Errata naturae.

Con su actitud intrépida Rubén Hernández e Irene Antón han conseguido mantener a flote, en tiempos de crisis, una pequeña editorial, independiente, con una línea filosófica muy definida y que pretende, ante todo, marcar huella en el lector. Como un error de la naturaleza, Errata naturae, pretende incluir en su catálogo todo aquello que se sale de las líneas de grandes ventas editoriales, lo diferente, lo reflexivo, lo cambiante… Curiosidad y Calidad son sus máximas que le han merecido el reconocimiento de todos los agentes del mundo del libro, no sólo en España, sino en otros países con gran trayectoria editorial.

En una cafetería cultural del centro de Madrid, Irene Antón nos recuerda cómo fueron los duros principios, nos explica el desarrollo de la editorial y, desde su humildad y su timidez, pero con gran seguridad, nos da las pautas del éxito que ha llevado a esta editorial a descubrir a grandes autores y ser una de las de mayor prestigio en el entorno de la edición independiente.

 ¿Cómo ha sido vuestra trayectoria? Errata naturae se lanzó en 2008 y en breve vais a cumplir 10 años.

– Sí, los primeros libros se publicaron a principios de abril de 2008. Era un momento de crisis para mi socio Rubén Hernández y yo. Ambos acabábamos  de terminar la carrera, estábamos haciendo la tesis y nos sentimos un poco desmotivados, con pocas ganas de seguir haciendo la tesis, nos apasionaba el tema que estábamos trabajando pero no veíamos futuro profesional. La idea fue de Rubén, que propuso montar una editorial, aunque ya teníamos la idea en mente desde hace tiempo pero nunca hasta ese momento lo vimos como una opción real. Finalmente dimos todo lo que teníamos, tanto material como personalmente, por sacar la editorial adelante, nos pusimos a trabajar muy en serio, en un principio muy despacio viendo si el proyecto era posible y después ya pusimos el acelerador y todo salió adelante.

– Todo vuestro conocimiento está puesto al servicio de la editorial porque en ella se refleja la Filosofía y la Estética.

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En el blog de anatarambana, entrevista a Raquel Franco de Pequeño editor

En el blog de anatarambana, entrevista a Raquel Franco de Pequeño editor

Cada año, cuando termina el curso Editar para niños: cómo se construye un catálogo, no puedo dejar de admirar los trabajos de los alumnos cuando entregan la entrevista con un editor o editora. Son entrevistas que dejan ver todo lo analizado en el curso: desde la parte más romántica del oficio de editar hasta las menos prosaicas como la comercialización. La editorial Pequeño editor funciona entre Uruguay -donde viven Ruth Kaufman y Diego Biankiy Buenos Aires -donde está Raquel Franco-. Y es con Raquel que Marcela y Natalia se animaron a preguntarles algunas cosas sobre esta editorial que ya cumple 15 años de actividad y sigue siendo rabiosamente independiente. Marcela Mangarelli es editora y Natalia Volpe ilustradora, así que esta entrevista me pareció redonda por muchos motivos y es un placer poder publicarla en este blog. ¡Muchas gracias, chicas!

Raquel, ¿Cuál es tu formación y cómo comenzaste a trabajar en el mundo editorial?

Soy licenciada en letras en un momento en que la única perspectiva para un licenciado en letras era ser crítico literario o profesor de literatura. Pero tuve la suerte de empezar a trabajar en la editorial Aique, que hacía textos escolares, antes de tener la edad para trabajar, es decir a los 16 años. En las vacaciones de verano ayudaba en la temporada de promoción de los textos escolares y cuando tuve 18 me sumaron al plantel como aprendiz de corrección. De manera que mi primer trabajo fue empezar a hacer correcciones.

Más adelante la gerenta general me sugirió que fuese su asistente principal y la ayudara a coordinar una colección pedagógica para docentes, que ella hacía.
Entonces fui combinando las dos tareas y es así que pude conocer prácticamente todo el escenario de la editorial, principalmente la producción con tareas de edición y coordinación. Hasta que dejé Aique a los 22 años y empecé a trabajar freelance para muchas editoriales del país.

¿Cómo fue el nacimiento de la editorial Pequeño Editor, los mayores retos a los que se enfrentaron?

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Daniel Alvárez Y Laura Sandoval, de Hoja de Lata Editorial, “La ficción puede darte ese mismo alimento para la neurona que te da el ensayo”

Daniel Alvárez Y Laura Sandoval, de Hoja de Lata Editorial, “La ficción puede darte ese mismo alimento para la neurona que te da el ensayo”

Hoja de Lata nace de hacer de la necesidad virtud”, comenta desde Asturias Daniel que, junto a Laura, son la editorial Hoja de Lata, nacida en 2013. “Éramos libreros y nos vimos afectados por la crisis. En 2011 yo y, en 2013, Laura fuimos al paro y aprovechamos la coyuntura de quedarnos sin trabajo para abrir la editorial, idea que siempre habíamos tenido en mente”, continúa Daniel, confesando que ese sueño de la editorial pudo ser posible porque “vino la realidad del paro a empujarnos a hacerlo”. Han pasado cuatro años desde entonces y Hoja de Lata no ha dejado de crecer, publicando en torno a los doce títulos anuales, entre los que encontramos ensayo y ficción. Antes del verano, publicaron la ópera prima de Jim Crace, Cosecha, premio IMPAC 2015, y en su catálogo destaca por méritos propios Luisa Carnés, cuya obra, tras años sin ser editada, ha sido recuperada por Hoja de Lata con la voluntad de reconocer a una de las autoras más destacadas de la generación del ’27.

¿Qué idea de editorial está detrás de Hoja de Lata?

Siempre tuvimos claro que queríamos montar una editorial independiente que publicara narrativa y ensayo, aunque nunca nos propusimos hacer algo muy diferente a lo que ya existía en el mercado. No somos como aquellos que se lanzan a la edición porque no encuentran los libros que quieren en el mundo editorial, al contrario: como lectores, estábamos muy satisfechos de ese fenómeno tan efervescente de editoriales independientes que publican delicatessen. Lo que queríamos era aportar nuestro grano de arena a este nicho. Por lo que se refiere a nuestra línea editorial, nos propusimos plantear un catálogo donde conviviesen en equilibrio voces nuevas, clásicos contemporáneos, que hayan tenido éxito en sus países de origen, pero que no tuvieran traducción al castellano, y obras rescatadas que o bien se publicaron en su día en castellano sin la repercusión que nosotros creíamos que debían tener o bien permanecían inéditas en castellano.

Vuestro lema es “ofrecer lecturas sugerentes para tiempos inciertos”, pero para Hoja de lata ¿qué es una lectura sugerente?

Es una lectura que, por supuesto, tiene una calidad literaria insuperable y aporta algo al lector, es decir, es una lectura que nos hace pensar sobre quiénes somos, en qué mundo vivimos y en qué mundo podríamos vivir. Dicho esto, en nuestro catálogo también tenemos obras que son mero entretenimiento, pero lo que tienen en común todos nuestros autores es que, de un modo u otro, están comprometidos con su tiempo y su realidad. No son autores que se recluyen en su torre de marfil a divagar en torno a las posibilidades de la literatura o en torno a su propia vida, sino que son autores que se implican con su prójimo y su sociedad y esta implicación se plasma por escrito con una calidad literaria.

En vuestra colección de ensayo, a través de títulos como Manifiesto Femen o Vended vuestras islas, griegos arruinados, puede intuirse un determinado posicionamiento político, sin embargo, desde Hoja de Lata insistís que no queréis presentaros o definiros desde una perspectiva política.

A lo mejor se dé todo demasiado masticado al público y, muchas veces, es el propio público, pero también la prensa y los libreros, los que exigen que te etiquetes y que con tres palabras te definas y te sitúes. Nosotros trasladamos a nuestra filosofía editorial nuestra manera de ser como lectores y, sobre todo, como libreros.

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Alejandra Díaz Ortiz: “Con el simple hecho de abrir una red social, el acto de leer se convierte en realidad”

Alejandra Díaz Ortiz: “Con el simple hecho de abrir una red social, el acto de leer se convierte en realidad”

Los madrileños están de suerte. Ya tienen un nuevo pequeño templo en el que adquirir libros —y mucho más— con los que soñar, aprender y divertirse. Se trata de La tres catorce y puede encontrarse en el céntrico barrio de Chamberí. Una de las socias y responsables de la inauguración de esta nueva y singular librería es la escritora mexicana Alejandra Díaz Ortiz, quien suma así una nueva profesión a sus espaldas. Además de productora de televisión, guionista, promotora cultural y productora de conciertos -representó a Joaquín Sabina en México-, Alejandra publicó su primer libro de microrrelatos, Cuentos chinos, en 2009. Este fue seguido de Pizca de sal en 2012 y de Julia, su primera novela corta, publicada por ViveLibro en 2013.

Alejandra acaba de culminar su trilogía de cuentos cortos con No hay tres sin dos; tres libros en los que encontramos breves historias de amor y desamor que delatan la vivaz y provocadora forma de escritura de Alejandra.

De La tres catorce llama la atención el escaparate luminoso y cuidado, la decoración cálida y los muebles de madera, las estanterías llenas de libros apetecibles entre los que encuentras aquel que llevabas tiempo queriendo leer y alguno más que no conocías. Nada de cajas desordenadas llenas de libros polvorientos. Aquí, aunque no lo son, todos los libros parecen nuevos. En Traducciones Políglota nos hemos acercado a La tres catorce para hablar con Alejandra y conocer más sobre esta nueva librería, su opinión sobre el sector editorial y su última obra.

¿En qué momento y cómo nace la librería La tres catorce?

El momento exacto fue cuando pasamos por delante del local que ahora ocupamos, vimos el escaparate y lo tuvimos claro. Luego, seguimos nuestro camino hacia la calle Ponzano, adonde nos dirigíamos para tomar unos vinos.

¿Qué historia esconde?

La de cuatro enamorados del papel que, de un modo u otro, trabajamos con y para él, y que decidimos juntar nuestro entusiasmo, nuestra experiencia y nuestras relaciones para contribuir con nuestro granito de arena a la cultura de este país.

¿En qué os diferenciáis de otras librerías?

En que los socios tenemos amplia experiencia en el sector editorial y tenemos muy claro el tipo de contenido que queremos ofrecer a nuestros clientes. Nuestra máxima es que en nuestra librería no hay ningún libro que no estaría en nuestra casa.

¿Qué hace a La tres catorce especial?

Pues que es una librería pequeña en superficie, pero muy amplia a la vez. Está limpia, huele bien, y los libros están ordenados y mimados. Es un espacio cálido, que invita a entrar y quedarse un rato. A la gente le gusta, les parece estéticamente muy agradable. Dicen que es como el salón de su casa.

Seguir leyendo en Políglota.

Alejandra Díaz Ortiz ha publicado en Trama editorial los siguientes títulos:

Libros_Alejandra