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Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

La cultura digital ha propiciado, entre sus tantos efectos, un culto por los cuadernos de papel. Para algunas personas, esta especie de fetichismo por los cuadernos tiene resultados terapéuticos, beneficia la creatividad y hasta les permite entender mejor la propia vida.

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Existe desde hace unos años una especie de furor por los cuadernos. La oferta resulta cada vez mayor: desde los Moleskine —tan clásicos y carísimos y tan cool— y todas sus más o menos plagiarias imitaciones, hasta los artesanales que se ofrecen en cualquier feria callejera que se precie de tal. Se trata de una pasión que excede a los cuadernos y alcanza todo lo que designa la palabra inglesastationery, el material de papelería destinado a la escritura: papeles, sobres, bolígrafos y una amplia gama de otros productos.

No creo demasiado arriesgado suponer que esta revalorización de los cuadernos es hija de la masificación de la tecnología digital. Vivimos tiempos en que casi todo lo que escribimos lo escribimos en computadoras, tabletas y teléfonos. Escribir a mano se ha tornado una suerte de ritual arcaico, muy alejado del utilitarismo del trabajo y los mensajes urgentes y el entretenimiento instantáneo de las redes sociales, cercano a la intimidad, a la introspección, al deseo de apearse al menos por un rato del ritmo frenético de nuestros días.

Ya que la escritura manuscrita ha adquirido ese aura de liturgia privada, no es extraño que el soporte también concite mayor atención. Buscamos que sea especial, que sea de algún modo digno de la calidez que hemos de volcar en sus páginas. Todo esto ha contribuido (al igual que el capitalismo y el consumismo, por supuesto) con el desarrollo de un auténtico fetichismo por los cuadernos. “Al tener aquel cuaderno en las manos por primera vez, sentí algo parecido a un placer físico, una súbita, incomprensible oleada de bienestar”, dice el escritor Sidney Orr, protagonista de la novela La noche del oráculo, de Paul Auster. Una descripción con la cual todo amante de los cuadernos se debe sentir, sin duda, plenamente identificado.

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La escritora catalana Eva Piquer declaró en una ocasión que, para ella, comprar una libreta y empezar a escribir en ella es un remedio contra la angustia y la ansiedad tan bueno como, para otros, comer chocolate y comprar zapatos. Supongo que es una sensación compartida por muchas personas. Imagino los cajones de sus casas llenos de cuadernos iniciados y abandonados, aún con muchas páginas en blanco pero satisfechos de haber cumplido con su labor terapéutica.

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Los orígenes trotskistas de la FNAC. Josep Mengual

Los orígenes trotskistas de la FNAC. Josep Mengual

A la vista de la manera en que entró en el siglo XXI la enorme empresa de venta de libros, discos, entradas de conciertos y todo tipo de cachivaches electrónicos Fnac, no sólo resulta asombroso el origen y trayectoria previa de sus fundadores, sino que incluso resulta sorprendente el significado original de esas siglas, Federation Nationale d’Achats (Federación Nacional de Compras), reconvertido luego en su primera deriva sospechosa en Fédération Nationale d’Achats des Cadres (Federación Nacional de Compras para los Ejecutivos Medios).

La primera piedra de lo que hoy constituye una red de almacenes, que a su vez forma parte de un inmenso grupo empresarial (Groupe Fnac Darty), la pusieron en 1954 dos hombres cuyas intenciones al hacerlo quizá queden bien explicadas por sus trayectorias biográficas, André Essel (1918-2005) y Max Théret (1913-2009), apasionados ambos de la fotografía que habían coincidido ya en 1935 en la creación de la organización trotskista dirigida por Yvan Craipeau (1911-2001) Jeunesses Socialistes Révoluctionaires (Juventudes Socialistas Revolucionarias). Al parecer, quien les puso en contacto fue el pintor Fred Zeller (1912-2003), militante también de las JSR y quien había sido secretario de Leon Trotski en Noruega.

Sin embargo, otro aspecto importante para entender su éxito es el contexto en que se produce este nacimiento, en un momento en que han aumentado tremendamente en Francia los ciudadanos con estudios superiores, una vez dejados atrás los efectos más duros de la guerra, y cuando está a punto de iniciarse el amplio período (1958-1969) del escritor  André Malraux (1901-1976) al frente del Ministerio de Cultura, durante el cual pondrá en marcha y extenderá por todo el país las Maisons de Jeunes et de la Culture.

Max Théret, hijo de un jefe de sección en los grandes almacenes Printemps, había entrado en 1931 en el Mouvement des Jeunes Socialistes, y en 1934 es testigo como fotógrafo de la revolución de Asturias, lo que le llevó luego a implicarse personalmente en la campaña electoral de 1936 al lado del Frente Popular y a combatir como voluntario en la guerra civil española hasta 1938. Durante la guerra mundial combate en la Resistencia, y una vez concluida la misma se hace conocido como fundador de Économie Nouvelle, una central de compras destinada a los funcionarios.

Seguir leyendo en el blog Negritas y cursivas.

 

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El agente literario ¿un simple intermediario? Guillermo Schavelzon

El agente literario ¿un simple intermediario? Guillermo Schavelzon

Qué tristeza sentí al leer una entrevista reciente, en la que una colega decía “los agentes literarios somos intermediarios entre el autor y el editor”. Tristeza porque no creía que ningún agente pudiera pensar así, y más tristeza aún porque adopta con naturalidad el discurso que desprecia “la intermediación”, por no ser un concepto de la nueva economía, esa que se dice colaborativa, en la que la colaboración consiste en que muchos tienen ingresos miserables, para que unos pocos se enriquezcan. Como si la empresa de distribución más grande del mundo no fuera, justamente, un intermediario gigante.

Aunque sea cierto que, cuando el agente ofrece un manuscrito a un editor, podría decirse que está haciendo de intermediario, creer que ese acto sencillo define la función, es ignorar la larga y compleja génesis, y el futuro ídem, del trabajo que un agente literario hace con el autor.

Hay un mito urbano, que viene de la época de oro de Carmen Balcells, cuando logró que los autores latinoamericanos y españoles cobraran, por primera vez, un anticipo al entregar un manuscrito, como hacía mucho que así sucedía con los anglosajones. Ella sabía que el anticipo sería todo, y difícilmente volverían a cobrar. Hoy esto ya no sucede, los autores cobran sus regalías por las ventas, en este sentido, la informatización de las empresas, todo lo cambió.

El anticipo ya no es lo más importante del trabajo de un agente.

El margen de posible negociación se ha reducido, y desde que las cifras reales de ventas no se pueden camuflar, el anticipo, la cantidad de dinero que se adelanta al autor, se rige por unas sencillas reglas aritméticas, basadas en cuántos ejemplares se vendieron de su obra anterior, o cuántos cree el editor que podrá vender, siempre con la prudencia que exigen las decisiones intuitivas.

Es curioso cómo una editorial evalúa el éxito o el fracaso. Si un editor decide un tiraje de 12.000 ejemplares de un libro, y se venden 8.000, se considera una operación fracasada (sobraron 4.000, que habrá que contabilizar como pérdida). En cambio, si se hace un tiraje de 6.000, y se venden todos, habrá sido una operación exitosa. Para el autor es diferente: en el primer caso cobrará por la venta de 8.000, y en el segundo de 6.000, un 25% menos. En el primer caso quizás a ese autor no le publiquen el siguiente libro, y en el segundo ejemplo, aunque haya vendido menos, probablemente sí. Esta forma de evaluar los resultados ¿quién se la podrá explicar a un autor para que la entienda, si no es su agente literario? ¿quién le sugerirá cómo seguir?

Todo lo demás, fuera de negociar el anticipo, como el ejemplo de no dejarse entusiasmar por un tiraje alto sin conocer los riesgos que implica, es mucho más determinante para el futuro del autor: que el contrato no le exija entregar el próximo libro de forma obligatoria, definir quién gestionará las traducciones, quién se ocupará del cine y la televisión y cuánto le cobrarán por ello, así como los años de duración del contrato, evitando las “renovaciones automáticas”, y aplicando el principio dereciprocidad en los compromisos (obligación de explotar todos los derechos, formatos y territorios que se exijan).

Otra situación cada vez más habitual, es acompañar a los “autores huérfanos”, como llaman los estadounidenses a aquellos que, cuando se publica su libro, ya no está el editor que, con todo entusiasmo, lo contrató.

…el agente en estos días suele ser el único elemento estable en la vida de los autores, ya que muchos editores han migrado de editorial, y al cabo de pocos años lo vuelven a hacer, cambian de empresa porque no tienen otra forma de progresar. (Literary Agents. A Writer’s Introduction, John F. Baker, de The New York Times)

Seguir leyendo en el blog de Guillermo Schavelzon.

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Los trabajadores de Amazon en España plantan cara al hombre más rico del mundo. Mundo obrero

Los trabajadores de Amazon en España plantan cara al hombre más rico del mundo. Mundo obrero

Hace seis años, el periodista francés Jean-Baptiste Malet escribió un libro sobre Amazon en que comparaba el trabajo en los almacenes de la compañía estadounidense con las condiciones de los empleados con los campos de trabajo y las fábricas del siglo XIX. Su primera intención era hacer un reportaje sobre las condiciones laborales en los almacenes de Amazon. Pero los trabajadores no querían hablar con él. “Estaban asustados, aterrorizados. Me decían: No tengo derecho a hablar, podrían despedirme. Una clausula interna les prohíbe hablar con la prensa”. Así que decidió infiltrarse. Entró a través de una agencia de trabajo. “El reglamento interno dejaba claro que yo no tenía derecho a hablar con nadie, ni con mi propia familia, de lo que pasaba en el lugar de trabajo. Los temporeros no tienen acceso a ningún secreto, se trataba de que no habláramos sobre las condiciones laborales”. El resultado de su investigación de campo en el interior de los almacenes de Amazon en Montpelier fue la publicación en 2013 del libro “En los dominios de Amazon. Relato de un infiltrado”. En él narraba cómo miles de trabajadores eran “sometidos a ritmos casi carcelarios”. Decía que en la jornada habitual los trabajadores solían caminar 20 km, sin apenas descansos, que estaban visionados y controlados y aún así, contaba Malet, había delaciones si algún compañero iba más lento. El periodista concluía: “En nombre de la libertad, el neoliberalismo, esa ideología extremista, construye campos de trabajo donde se organiza un nuevo colectivismo”.

Leer el artículo completo en Mundo obrero.

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La utopía de la lectura. Mircea Cărtărescu. Conferencia en la inauguración de la 77ª Feria del Libro de Madrid

La utopía de la lectura. Mircea Cărtărescu. Conferencia en la inauguración de la 77ª Feria del Libro de Madrid

Una luz fría y cegadora de septiembre, unas bolas enormes, rojo-anaranjadas, de escaramujos en cuya curvatura se refleja el mundo. La verja cargada de madreselvas que visitan las últimas abejas. Estoy en mi terraza, envuelto en la inmensa luz del otoño, bajo unas nubes de otoño, compactas, reventonas, indiferentes, bajo las cuales podrían suceder crímenes e incestos, guerras fratricidas y torturas sin que su ataraxia se viera perturbada un solo ápice.

Tengo sesenta y un años, me encuentro en el otoño de mi vida. He vivido un nanosegundo en una mota de polvo del mundo que nos han concedido, incomprensible y monstruoso. Pero este instante que vivo ahora, en mi terraza, con un café, junto a mi gato birmano, con las bolas del escaramujo sobre mi hombro, compensa por completo la locura del ser y del no-ser y, como una fotografía en la que el otoño brilla con todas sus fuerzas, demuestra que el instante es más importante que la eternidad.

En este momento eterno, leo. Releo La Ilíada al cabo de muchos años. Me he sumergido en el texto en cuanto me he levantado. Ahora estoy leyendo en la terraza trasera de la casa, y he murmurado largo rato los versos del primer canto hasta que me he dado cuenta de lo extraño de la situación. Porque, cuando me despertado pensando en Homero, no me he dirigido a la biblioteca, sino que he extendido la mano hacia el móvil depositado en la mesilla. En el archivo en el que guardo mis libros esenciales he encontrado de inmediato La Ilíada, junto a la Historia de Heródoto, la DivinaComedia, Dostoievski, Rilke y Kafka. He comenzado a leer antes de espabilarme del todo.

He seguido leyendo en el baño, con el móvil imprudentemente apoyado en el borde del lavabo, y en la cocina, mientras preparaba el café, pero no me he dado cuenta de que estaba leyendo en una pantalla, y no en papel, hasta que no he visto los hexámetros griegos mezclados con las nubes otoñales reflejadas en el cristal rectangular. Las nubes de hoy, literalmente las mismas que aquellas bajo las cuales compuso el poeta su epopeya.

¿Leer a Homero en un móvil? Al principio me he sentido golpeado por el hybris, tal vez incluso por la impiedad de la situación. He dejado el teléfono, en cuya pantalla se amontonaban, en series de hexámetros, los guerreros aqueos. He fijado la mirada en el vacío, sintiendo tan solo el frescor deslumbrante del otoño. ¿Por qué La Ilíada, que vivió al principio en la laringe de los aedas, pasó imperturbable a la nueva tecnología de los rollos de papiro, luego a la nueva tecnología del libro, luego a la nueva tecnología electrónica, sin mengua y sin añadidos, levitando sobre todos los soportes como dicen que levitaban las palabras sobre las tablas de Moisés? ¿Por qué, mientras la mayoría de los libros son olvidados antes incluso de ser escritos, otros atraviesan los espacios, los tiempos y las tecnologías para que, una mañana de otoño, miles de años después de su aparición, alguien se despierte con el deseo de releerlos?

Seguir leyendo en WMagazín

Traducción de Marian Ochoa de Eribe.

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Ensayos a la intemperie -3. Vicente Luis Mora

Ensayos a la intemperie -3. Vicente Luis Mora

Esta semana ha aparecido el último número de Chuy. Revista de Estudios Literarios Latinoamericanos (n.º 4, 2018), dedicado a Josefina Ludmer, donde la conocida teórica argentina comenta su idea de lo que es el activismo cultural:

El activismo cultural no sólo piensa la literatura sino, sobre todo, la industria cultural: la producción de ideas, de obras, de acontecimientos, de libros y de teorías. Y no sólo piensa la industria cultural sino que trata de intervenir y actuar con otras tácticas, medios y recursos.

Bueno, en eso estábamos con estos ensayos a la intemperie, que hoy ahondan en dos conceptos: la parcial desmaterialización de las obras y la progresiva desaparición de la “clase media” literaria.

La parcial desmaterialización de las selvas

Y lo inmaterial envolvió los días, y probamos lo insustancial y era bueno.

José Luis Zárate[1]

En un brillante artículo de 2009, el narrador Andrés Ibáñez daba algunos elementos para explicar la falta de tradición del pago a escritores: a diferencia de otros creadores, como los artistas plásticos, que producen objetos, los escritores sólo generan textos inmateriales que otros (los editores) se encargan de convertir en cosas: “[…] cuando un escritor entrega un libro a su editor, no recibe ni un céntimo. Lo que le pagan es un tanto por ciento de las ventas del libro. Normalmente, un ‘adelanto’ sobre las ventas de ese libro”[2]. Es decir, hasta que el libro no se materializa no se considera algo de valor. Esta es la diferencia entre un pintor, o un escultor, que reciben el total del precio de venta del objeto (o el 40 o 50%, si venden a través de una galería), mientras que el escritor nunca puede aspirar por ley a más del 8 ó 10% de los rendimientos económicos de su creación. Otra forma clara de verlo serían los artículos de prensa redactados por escritores, que sólo se pagan, dice Ibáñez, cuando se publican (por experiencia personal sé que hay excepciones, pero es la regla mayoritaria), luego no tienen ningún valor hasta que aparecen publicados por otros. “En una ópera, por ejemplo, el escenógrafo, que trabaja un mes, cobra mucho más que el compositor, que trabaja dos años. El compositor no crea objetos, el escenógrafo y el figurinista, sí”, completa Ibáñez.

Seguir leyendo en el blog de Vicente Luis Mora.

 

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Para reflexionar: por qué triunfan las bibliotecas en Finlandia. Evelio Martínez

Para reflexionar: por qué triunfan las bibliotecas en Finlandia. Evelio Martínez

El día 15 de mayo el diario The Guardian publicaba un interesante artículo sobre las bibliotecas públicas de Finlandia. En concreto, el artículo hacía referencia a la próxima obertura (en diciembre) de la biblioteca central llamada Oodi.

El texto da para hacer un par de reflexiones rápidas, de esas lanzadas al vuelo que suelo dejar en este blog.

Finlandia es un país de lectores, se nos dice, una nación nombrada por Naciones Unidas en 2016 como la más educada (literate). Los finlandeses, pues, están entre los usuarios más entusiastas de las bibliotecas públicas del mundo (los 5’5 millones de habitantes toman en préstamo al año… ¡68 millones de libros!).

Y aquí viene la primera perla / reflexión:

No es difícil ver por qué las bibliotecas de Finlandia son tan usadas: el 84% de la población es urbana, y dado el frecuente duro clima, las bibliotecas no son sólo un espacio para estudiar, leer o tomar libros en préstamo – son espacios vitales para la socialización.

Dicho en plata: uno de los factores que hace que los finlandeses vayan tanto a la biblioteca es que en Finlandia hace un frío de la hostia.

Otra perla del artículo para reflexionar:

Las bibliotecas son vistas como el rostro de la creencia finlandesa en la educación, la igualdad y la buena ciudadanía. “Hay una fuerte creencia en la eduación para todos”, dice Hanna Harris, directora de Archinfo Finland y comisionada de Mind-building [el pabellón finlandés en la biennale de arquitectura de Venecia de este 2018]. “Hay un aprecio por la ciudadanía activa – la idea de que es algo a lo que todo el mundo tiene derecho. Las bibliotecas encarnan esa idea fuertemente”.

Seguir leyendo en emartibd. Aventuras en Infolandia.

 

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Reflexiones sobre el mercado del libro en Argentina. Manuel Gil

Reflexiones sobre el mercado del libro en Argentina. Manuel Gil

Durante mi estancia en la presente edición de la “FIL de Buenos Aires” tuve la ocasión de hablar con numerosos editores y distribuidores de ese país, pues bien, observé una cierta preocupación por la situación actual del sector en el país, pese a tener una estructura bastante desarrollada.

Argentina tiene un tejido de librerías (con fondo) muy potente, en torno a 1200 librerías, con un 70% de naturaleza independiente, es decir, sin pertenencia a cadenas, y unas redes de bibliotecas de bastante capilaridad, unas 1500 bibliotecas populares, de naturaleza comunitaria y apoyo estatal mediante subsidios, y más de 2000 bibliotecas públicas (generales o especializadas). En cuanto a editoriales el censo se sitúa en torno a 400, entre comerciales, universitarias y de autopublicación. Las editoriales producen unas 27000 novedades y en torno a 60 millones de ejemplares, la venta es mayoritariamente para el mercado interior, siendo la cifra de exportaciones un poco baja. Pues bien, pese a todo esto, la caída de ventas en estos últimos años se sitúa en torno al 25%.

Veamos algunos de los problemas que me transmitían los editores y distribuidores argentinos referidos a la situación del sector, y hago aquí referencia también a varios informes que tuve la ocasión de consultar. Dos informes de la Cámara del Libro de Argentina ciertamente importantes, por un lado “El Libro Blanco de la Industria Editorial Argentina 2017“, y por otro el “Informe de Producción del Libro Argentino 2017” y  un último publicado por el ICEX (Instituto de Comercio Exterior de España) que es bastante interesante, “El Comercio Exterior del Libro en Argentina 2018“.

Seguir leyendo en el blog antinomias libro de Manuel Gil.

 

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Discurso de apertura de la Feria del Libro de Buenos Aires a cargo de Claudia Piñeiro

Discurso de apertura de la Feria del Libro de Buenos Aires a cargo de Claudia Piñeiro

Antes que nada quiero agradecer haber sido elegida para dar el discurso de apertura en esta Feria del Libro de Buenos Aires. La Feria es el evento literario más importante de la ciudad, del país y de la región. Y una de las ferias en español más destacadas del mundo. Vengo a esta feria desde antes de ser escritora. Valoro lo que tiene de literario y también lo que tiene de evento social, de lugar de reunión, de cofradía, de territorio por el que transitan infinidad de personas buscando un libro. Desde que fui convocada a dar este discurso me persigue una pregunta: ¿Qué se espera de un escritor? ¿Alguien espera algo de nosotros? Tal vez sí. O tal vez ni siquiera que escribamos un próximo libro.
Cuando hace ocho años Griselda Gambaro tuvo que dar su discurso inaugural en la Feria de Frankfurt citó a Graham Greene quien había dicho: “Debemos admitir que la verdad del escritor y la deslealtad son términos sinónimos (…) El escritor estará siempre, en un momento o en otro, en conflicto con la autoridad”. Me atrae ese lugar para el escritor: el de conflicto con la autoridad. Entendiendo por autoridad –en nuestro caso– el Estado, la industria editorial y los intolerantes que pretenden imponer cómo debemos vivir. Me siento cómoda en un colectivo de escritores para los que la lealtad nunca deba ser con la autoridad, sino con el lector, con el ciudadano, con la literatura y con nosotros mismos. Y retomo el concepto tal cual lo expresó Gambaro: “Así debe ser por razones de sano distanciamiento en la preservación del espíritu crítico, de la disidencia como estado de alerta, si bien es preciso no confundir la disidencia – trabajo de pensamiento – con la estéril rutina del antagonismo sistemático.” Quiero apropiarme de esa frase de Gambaro: disentir como estado de alerta, no como antagonismo sistemático. La vida está llena de gestos que tienen un significado y tratamos de decodificar. Nosotros, como escritores, estamos atentos a los gestos que nos muestran la industria, el Estado y por supuesto los lectores. Los nuestros también importan pero solemos creer que alcanza con escribir. Sin embargo, hay determinadas circunstancias sociales frente a las cuales la falta de acción o la falta de gesto explícito también trasmite un mensaje.
Quiero señalar algunos de esos gestos.
Los escritores somos parte de la industria editorial. Reivindico el ejercicio de la literatura como trabajo y nosotros como trabajadores de la palabra. Somos trabajadores dentro de una industria, pero a veces ni nosotros mismos tenemos conciencia de ese status. La confusión puede deberse a que trabajamos haciendo lo que más nos importa en la vida: escribir. Hay textos inolvidables de George Orwell, Marguerite Duras, Reinaldo Arenas, acerca de por qué escribimos. Dice Arenas: “Para mí, escribir es una fatalidad, no una razón; una fuerza natural, no una interpretación”. Podría suscribir lo que dicen todos ellos, en especial sumarme a lo que dice Arenas porque creo que cualquiera de esas búsquedas del origen de la propia escritura son posteriores al acto. En el acto de escribir hay pulsión, escribimos porque no tenemos más remedio, porque si no escribiéramos no seríamos quienes somos. Creo en la escritura como una marca ontológica.
Nosotros tenemos plena conciencia de la crisis que atraviesa el sector; somos parte de la cadena de valor tanto como lo son todos los otros eslabones: el accionista que invierte en el negocio, el editor, el imprentero, el librero, el distribuidor, los correctores, los traductores y cada uno de los que trabajan en la industria. Nos gusta lo que hacemos y tal vez, si tuviéramos de qué vivir, lo haríamos gratis. Pero el trabajo se paga. Se nos debe pagar en tiempo y forma lo que vale. Algunas editoriales lo hacen, algunas no. No se trata de tamaños: grandes, medianas o independientes, hay quienes hacen las cosas bien y quienes las hacen mal. En ese sentido yo me siento privilegiada. Pero tengo la responsabilidad de hablar no sólo por lo que me pasa a mí sino por mis colegas.
Más allá de que el 10% por derechos de autor – porcentaje que no tiene otra explicación que “porque siempre fue así”– se liquide semestralmente y sin ajuste por inflación, hay editoriales que pudiendo hacerlo no pagan anticipos y otras que proponen contratos infirmables que no resistirían un análisis ni jurídico ni ético. ¿Por qué los firmamos? Porque queremos ser publicados, porque sabemos lo difícil que es conseguirlo, pero también porque estamos convencidos como El mercader de Venecia de Shakespeare, que aunque el contrato diga que deberemos pagar con una libra de carne, llegado el caso Shylock no será capaz de tomar el cuchillo y cortarnos un pedazo del cuerpo: error. Y porque estamos solos. Hay un estado de indefensión ante ciertos usos y costumbres que deberían ser revisados. Algunos tenemos la suerte de contar con un agente que nos defienda. Algunos tenemos la suerte de trabajar con editoriales que cumplen con sus obligaciones. Pero muchos escritores no. Ante esas inequidades hay una ausencia del Estado. Es poco habitual encontrar diputados que estén pensando leyes que nos protejan. Los jueces no entienden nuestros reclamos. Los distintos actores del poder ejecutivo no dan respuestas a preguntas sobre la continuidad de premios nacionales y municipales, la ley del libro o la jubilación de los escritores. No pretendo que nos digan que sí a todo lo que pedimos, pero pretendo un intercambio de opiniones y una respuesta que demuestre que se nos escucha. La ausencia de gesto también es un gesto. Los dramaturgos y guionistas cuentan con Argentores, que con errores y aciertos, defiende sus derechos. El resto de los escritores no tenemos sindicato en el sentido estricto de la palabra. Tal vez porque somos seres muy solitarios y poco afectos a lo gregario es que nos cuesta reclamar en conjunto y este reclamo no puede ser individual. Tal vez porque sentimos que la literatura tiene que estar por encima de cualquier demanda. Y es cierto, la literatura debe estar por encima de cualquier demanda; pero hoy, en el 2018, los escritores somos un engranaje de una industria que genera bienes y servicios y nuestra tarea tiene que ser honrada como lo que es: trabajo.
Algunos gestos novedosos y positivos. Han surgido en los últimos tiempos colectivos con conciencia de la necesidad de visibilizar lo que nos pasa. Por un lado la Unión de Escritores, que en su razón de ser dice : “Somos un grupo de escritoras y escritores interesados en instalar el debate sobre la figura del escritor en tanto trabajador”. Un grupo que iniciaron entre otros Selva Almada, Julián López, Enzo Maqueira, Alejandra Zina, y al que hemos adherido muchos más. Con ese debate, la Unión intenta lograr que escritores con menos experiencia adviertan que si alguien pide la libra de carne, no hay que firmar. Por otro lado está el nacimiento de NP literatura, una Asamblea Permanente de Trabajadoras Feministas del Campo Cultural, Literario e Intelectual que gestaron entre otras Cecilia Szperling, Florencia Abatte y Gabriela Cabezón Cámara. Ya adherimos más de trescientas cincuenta escritoras. NP literatura se define así: Nosotras proponemos diez puntos para un compromiso ético y solidario en la búsqueda de la igualdad de espacios, visibilidad y puesta en valor de la mujer en el campo cultural, literario e intelectual”.

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100 cosas que los niños se perderán si no tienen un bibliotecario escolar en su colegio. Baratz

100 cosas que los niños se perderán si no tienen un bibliotecario escolar en su colegio. Baratz

Las bibliotecas escolares son esenciales en la vida académica de los estudiantes. Su importancia no radica únicamente en si hay o no una biblioteca en el centro educativo, sino en la figura del bibliotecario escolar. Este profesional es el encargado de conectar la biblioteca con los estudiantes y a los estudiantes con la biblioteca.

Recientemente hemos conocido el póster “100 things kids will miss if they don’t have a school librarian in their school”, creado por la American Association of School Librarians (AASL). Este fue creado hace ya un tiempo, sobre el 2013. Incluso las que fueran presidentas de dicha asociación salieron en un vídeo en el año 2011 mostrando la lista. Sí, ha pasado un tiempo… pero cada uno de los puntos siguen vigentes como el primer día.

Dicho poster da por hecho que, si no existe la figura del bibliotecario escolar, tampoco existe la biblioteca. Es por eso por lo que entremezcla las cosas que los estudiantes se perderían al no contar con una biblioteca y las cosas que se perderían al no contar con personal de biblioteca cualificado. Entre todo destacar la falta de evaluación de la información y desarrollo del pensamiento crítico, el respeto por el derecho de autor y la propiedad intelectual, contar con un espacio para usar la imaginación y alfabetizarse digitalmente, obtener recursos de utilidad para sus estudios, aprender a crear información, adquirir habilidades del siglo XXI, usar la información éticamente…

También nos gustaría comentar que no son exactamente 100 las propuestas que aparecen en el póster. Después de revisarlo varias veces hemos encontrado que solamente había 99 propuestas, incluso había una repetida (Responding to literature). Es decir, 98 propuestas… pero para que sea el número redondo vamos a proponer dos más, las encontraréis al fin del listado.

Seguir leyendo en Comunidad Baratz.

 

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