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Adiós Libranda. Manuel Dávila Galindo

Adiós Libranda. Manuel Dávila Galindo

Libranda fue mi última infatuación en el universo del libro digital en español. También probablemente fue lo más cercano que tuve a un matrimonio en mis dos aventuras tratando de desarrollar el mercado de libros electrónicos. En aquellos tiempos, previo al 2014, si querías ser una tienda de libros electrónicos tenías que casarte con Libranda y como todo matrimonio nunca sería una relación simple. Antes de seguir me gustaría aclarar que siento un profundo respeto por Arantza y Matías, las dos personas con las que tuve una correspondencia más larga en esa relación y que espero que el alto señor de los libros los guarde y los proteja en este futuro por demás nublado y complicado.

Habiendo dicho eso también es importante aclarar que Libranda fue una de las mejores peores ideas que ha tenido una industria donde este tipo de ideas abundan. Completamente equivocada desde un punto de vista estratégico para el libro electrónico resultó una idea genial desde el punto de vista de los editores. Cerrar las brechas, acortar los caminos, jugar a dos y tres bandas, ocultar y dilapidar información con el solo objeto de proteger su propia fuente de ingreso: la edición impresa. Es claro que a los que apostamos por el formato digital la idea de Libranda nos era incómoda, estorbosa, algo que no tenía ningún sentido pues. Con el tiempo y el privilegio que proporciona cierta perspectiva se tendría que entender la existencia de aquel “frankenstein” desde otro tipo de lugares. Libranda nunca tuvo como intención proliferar y mejorar el universo digital de los libros en español y en ese sentido hay que reconocer que hicieron un gran trabajo.

Libranda se imagino como tienda, distribuidor, punto de venta para bibliotecas, desarrollador de tecnología mientras cumplía la única labor que servía a los intereses de sus accionistas: cerrar el mercado y mejorar la posición de defensa ante la llegada del depredador Amazon. El resultado fue obvio, una plataforma de distribución con el control del 85% del revenue de las ventas de libros digitales en español cuya tecnología no valía ni la décima parte de lo que invirtieron y cuyo personal siempre se quedaba corto, quizá mucho más por volumen que por disposición, ante las necesidades de un paradigma que pudo haber cambiado la historia del libro en español a mediano plazo. Los pasillos de las ferias y reuniones hervían con gritos de sangre y venganza contra la “maldita” Libranda, en muchos casos provenían de los mismos que después se sentaban en sonrisas y cordialidad tratando de encontrar mejores condiciones para sus propios intereses. No nos equivoquemos, durante más de 8 años Libranda fue la piñata del mundo digital.

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El último refugio de la intimidad lectora: el baño. Cristian Vázquez

El último refugio de la intimidad lectora: el baño. Cristian Vázquez

Muchos lectores han destacado la importancia del cuarto de baño como el último reducto al cual escapar para poder leer, e incluso también para escribir. Deberíamos valorar más su carácter íntimo y silencioso: quién sabe si, al igual que en muchos otros ámbitos, no lo perderemos también en el futuro.

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“El movimiento de los intestinos fue, para los antiguos, objeto de especial consideración”, apuntan Alejandro Dolina y Carlos Trillo en un artículo de hace casi medio siglo. “Nadie se avergonzaba de hablar de un asunto tan público y notorio”, explican, debido a que “la vida montaraz y la ausencia de retretes en kilómetros y kilómetros le restaban privacidad al acto que estamos considerando”.

“Pero después las cosas cambiaron”, sigue diciendo el texto, publicado originalmente en la revista Satiricón, de Buenos Aires, y recogido luego, en 1974, en un librito titulado Lo corrieron de atrás. Antología humorística de la cultura anal. “Sobrevinieron el confort, las obras sanitarias, el pudor, la higiene y otros tantos flagelos. Entonces el hombre cerró la puerta y se ruborizó cada vez que le tocaban el tema”.

Poco después, también Georges Perec escribió sobre la naturalidad que rodeaba a estas actividades en el pasado. “Luis XIV daba audiencia en su silla retrete. Era algo muy corriente en la época. Nuestras sociedades se han vuelto mucho más discretas”, señalaba en un artículo titulado “Leer: bosquejo sociofisiológico”, incluido en su libro Pensar/Clasificar, de 1985. “Sin embargo —añadía Perec—, el retrete sigue siendo un lugar privilegiado para la lectura”.

Y es que, al cerrar la puerta, el ser humano ganó, de pronto, casi sin darse cuenta, también otra cosa: intimidad, la garantía al menos por un rato de una soledad absoluta, una habitación propia. Si uno se pasa unos veinte minutos al día moviendo el vientre, al cabo de un año habrá destinado a esa actividad algo más de 120 horas. Más de cinco días sentado en el trono. Recuerden este dato la próxima vez que alguien les diga que no lee porque no tiene tiempo.

Seguir leyendo en Letras Libres.

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Literatura infantil y género: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Ana Garralón

Literatura infantil y género: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Ana Garralón

En Europa y en España nos ha encantado desde siempre mirar con recelo a los norteamericanos pacatos en cuestiones de literatura infantil. Además de los comentarios en off de muchos ilustradores a los que han obligado a vestir sus personajes o a ponerlos en actitudes inequívocamente correctas, se cuentan por decenas los artículos que hablan de ridículas censuras y en congresos y otros lugares se cita constantemente cómo Huckleberry Finn es prohibido en escuelas por argumentos que no tienen nada que ver con la literatura; se describe cómo Sendak fue censurado por publicar a un niño desnudo; se denuncia a Harry Potter por inducir a la brujería y a Roald Dahl por incitar al consumo de drogas. Que un libro de poemas de Shel Silverstein que contiene un poema titulado Cómo no lavar los platos lleve a algunos a pensar que los niños van a romper los platos de su casa significa trasgredir una fina línea: la de la lectura de la literatura como si fuera un manual de uso de vida. Prohibir estos libros sería como prohibir a Supermán porque los niños van a lanzarse por la ventana con una toalla colgada como capa. Todas estas censuras y presiones sobre los libros tienen un nombre: lo políticamente correcto. Aunque la política nos pueda parecer alejada de la literatura infantil, sus prácticas ya han venido para quedarse. Políticamente correcto quiere decir que se cuida el lenguaje al máximo para no ofender a grupos religiosos, sociales o culturales. Es decir, a casi todo el mundo.

En los últimos tiempos asistimos a una revitalización de la imagen de la mujer. Que conste que no tengo nada en contra de los cientos de libros que están apareciendo para rescatar la imagen de mujeres en la historia. Aunque todos repitan autoras y, de alguna manera, idealicen la vida de muchas de ellas dejando a un lado asuntos polémicos, es una estupenda labor que merece ser analizada con cuidado. Esta moda, además, ha caído en un sector mayoritariamente femenino (basta con asomarse a cualquier curso, congreso o convención sobre literatura infantil o pedagogía), que lo ha recibido con las manos abiertas y, en cierta manera, ha propiciado la moda.

Seguir leyendo en el blog de Ana tarambana.

 

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Bibliomancia. Elena Rius

Bibliomancia. Elena Rius

Los libros, ¿tienen poderes mágicos? Si los consideramos como lo que físicamente son -un amasijo de hojas de papel impresas y encuadernadas-, y dejando de lado el mundo de la fantasía, es evidente que no. Pero lo que esas páginas contienen posee a veces (pocas, tal vez, pero dignas de tener en cuenta) un enorme valor. Hay obras que, por su relevancia, por su influencia, se han considerado dechados de sabiduría, pozos donde buscar una guía para la vida. Mucho antes de que existieran los libros, ante una decisión o una situación comprometida, los antiguos se dirigían a algún oráculo para pedir consejo. Era casi obligado pasar por la pitia de Delfos, el oráculo de Dodona o la Sibila romana antes de tomar una decisión de cierta gravedad. Aunque los vaticinios de estos oráculos no siempre eran claros; mejor dicho, eran notoriamente oscuros, para que así cada cual pudiese interpretarlos a su gusto. Porque, en fin, para eso servían, para dar respaldo divino a lo que uno ya había decidido de antemano hacer.
Por un acto de transferencia que tiene algo de misterioso, ese papel de mostrar el camino a seguir lo heredaron algunas grandes obras literarias, que pasaron a actuar ellas mismas como oráculos. Al azar, se abría el libro en cuestión y se leían las primeras líneas que aparecían ante los ojos. Luego, se interpretaba lo leído de acuerdo con la pregunta que uno hubiese formulado, una práctica conocida comosortes. Es decir, ciertas obras se vieron investidas -al menos a ojos de los que creían en ellas- de poderes mágicos. Homero, admirado unánimemente por el mundo antiguo, fue quien primero logró este estatus. Las sortes homericae fueron practicadas por Sócrates, por ejemplo. Y, aunque hasta donde yo sé no hay constancia de ello, no puedo evitar imaginar que lo mismo haría Alejandro, ya que según se dice no se separaba nunca de su ejemplar de la Ilíada. No sería extraño, pues, que le pidiese consejo de vez en cuando. Los romanos, no queriendo ser menos que los griegos, pronto entronizaron al gran Virgilio como oráculo: las sortes vergilianae se hicieron habituales y su práctica siguió vigente durante la Edad Media y el Renacimiento. Se dice que futuro emperador Adriano, mucho antes de ser proclamado como tal, recurrió a ellas para preguntar por su futuro (la corte imperial estaba plagada de peligros, ya saben).

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

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El difícil viaje del libro en español. Maribel Marín Yarza en El País

El difícil viaje del libro en español. Maribel Marín Yarza en El País

Al académico Javier Marías no le dieron auténtico crédito como escritor en América Latina hasta que en 1996 estalló en Alemania el éxito de Corazón tan blanco (1992), su séptima novela. Al colombiano Fernando Vallejo llegaron realmente los españoles cuando Francia se rindió en 1997 a su sexta ficción, La Virgen de los sicarios (1994). También les costó reconocer el genio de Ricardo Piglia. Hacía dos décadas que el argentino, , era un referente al otro lado del charco para cuando, ya sesentón, su talento cruzó el Atlántico con el cambio de siglo…

Este suma y sigue de reconocimientos tardíos es el reflejo de un mal que padece desde hace décadas el mercado del libro en español, convertido en uno de los diez más poderosos del mundo, sin acabar de lograr que las literaturas de los países que lo integran se traten como hermanas. Internet, el incipiente negocio del e-book, la eclosión de festivales, premios y ferias, y el innegable empuje de las políticas públicas —leyes del libro, redes de bibliotecas, IVA cero al papel en todos los países salvo en tres, entre ellos España…— han animado la circu­lación de los autores y sus libros en una región de desarrollo socioeconómico muy desigual. Pero la enfermedad aún no ha remitido. El gran público español rara vez se aventura más allá de los autores del boom; y el latinoamericano, más bien los latinoamericanos, no suelen darse por enterados del potencial de los escritores ocultos tras las listas de más vendidos, sean españoles o de naciones vecinas.

¿Cuál es el origen de esta sordera?

“En España no interesa nada la literatura latinoamericana y en Latino­américa interesa aún menos la española”, dice Claudio López de Lamadrid, director editorial de Literatura Random House. “Más que de desinterés, hablaría de unas características de los mercados a ambos lados del Atlántico que dificultan la visibilidad, como es la sobreabundancia de títulos que se producen”, disiente Marianne Ponsford, directora del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC). Julio Ortega, profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Brown (EE UU), añade al debate otra perspectiva que interpela a medios y editoriales: “La lógica del mercado se basa hoy en evitar el riesgo, la apuesta, el compromiso con un autor y su obra. Prefiere apostar por los malos libros de un autor de algún renombre y evita el riesgo de los mejores y más jóvenes. Lo más penoso es que la prensa cultural, que acompañó con brío la internacionalidad de las nuevas letras, no tenga una política más crítica de la producción editorial, con lo cual ha perdido la fe del lector. Debería haber espacio para los bestsellers y para las pequeñas editoriales, donde está el futuro”.

Seguir leyendo en Babelia – El País.

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21 profesiones alrededor del libro y la lectura. Julián Marquina

21 profesiones alrededor del libro y la lectura. Julián Marquina

Desde que un libro es escrito hasta que llega al lector final puede pasar por distintas fases o manos. Uno de esos caminos puede ser ese en el que un escritor manda su obra a una editorial. Esta revisa el manuscrito y, si lo valora positivamente, manda a corregir, imprimir y distribuir el nuevo libro entre librerías y bibliotecas. En este corto camino, el libro ha pasado por el escritor, el editor, el corrector de textos, el impresor, el distribuidor, el librero y el bibliotecario. Sí, son unas cuantas manos para ser un camino corto… pero ahí no queda la cosa, y es que hay muchas más profesiones y oficios alrededor del libro y la lectura.

 Antes de continuar, me gustaría decir que no ha sido fácil hacer este post. Es difícil hacer un listado de este tipo sin excluir a nadie. Ya de entrada hay profesiones como el archivero, el documentalista, filólogo, filósofo, historiador, lingüista o profesor que he dejado fuera de la lista, aun mereciendo estar en ella por su relación con el libro. Pido disculpas y valga dicha mención como reconocimiento.También me gustaría comentar que la autoedición está haciendo el camino mucho más corto. Tan corto como que puede estar formado únicamente por el escritor al realizar este todas las profesiones anteriormente comentadas.

No contar con una editorial hace que sean los propios autores los que tengan que trabajar todo el proceso que implica su propio libro. Es decir, que además de hacer la creación intelectual tienen que editar el libro: corregirlo, maquetarlo, hacer el diseño, la publicidad, la distribución, venta…

Agradecer la ayuda prestada por Txetxu Barandiarán en la elaboración del listado. Con él he descubierto profesiones como el scout literario o el negro (o escritor fantasma), y algunas otras que he dejado en el tintero, como: promotor literario, fotógrafo, publisher, administrativos…. También me gustaría mencionar los posts de Mariana Eguaras Tipos de editores de libros y el de Arantxa Mellado El proceso de impresión de un libro: cómo funciona una imprenta. Con sus contenidos he descubierto la diferenciación de los distintos tipos de editores (y que no es lo mismo el editor y el publisher) y todo el entramado del funcionamiento de una imprenta (desde que llega el texto hasta que es encuadernado el libro y enviado).

Os dejo ya con el listado de las profesiones alrededor del libro y la lectura, algunas de las cuales podemos sumar a las 21 salidas labores para profesionales de Información y Documentación:

Seguir leyendo en el blog de Julián Marquina.

 

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El precio de un libro. Cristian Vázquez

El precio de un libro. Cristian Vázquez

¿Cuándo un libro es demasiado caro? ¿Cuándo es barato? ¿Cómo medir el precio de un libro a través del tiempo?

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Está claro que, para bien o para mal, el precio de los libros —pese a su lugar deobjeto cultural imprescindible en el imaginario colectivo, de las iniciativas para procurar su accesibilidad y de otras peregrinas ideas que suelen revolotear a su alrededor— se rige, al igual que todas las demás mercancías en el sistema capitalista, por la ley de la oferta y la demanda. Hasta las más explosivas ideas anarquistas y comunistas se ofrecen por una cantidad de dinero que, en teoría, debería dejar contentos tanto al cliente como al vendedor.

En muchos países se suele escuchar el mismo lamento: “Qué caros están los libros”. Basta comparar los precios de los libros con los ingresos medios de los trabajadores en esos países (los latinoamericanos, por ejemplo), y luego ver lo que ocurre en otros países (en los anglosajones, por ejemplo), para darse cuenta de que el lamento tiene una base de realidad.

Sin embargo, sucede a veces que la queja es puntual, por un caso en concreto. Fue lo que ocurrió hace un año en la Argentina en ocasión de la tercera edición de Los sorias, la monumental novela de Alberto Laiseca. Muchas voces se alzaron para preguntarse cómo podía ser que un libro costara tanta plata, que así se conspira contra su lectura, que era elitista y muchas cosas más. Su precio de tapa fue de 950 pesos argentinos, algo así como 80 u 85 dólares en ese momento (pero esto hay que tomarlo con pinzas, ya explicaremos por qué).

En todo caso, antes de seguir, conviene saber algo más de Los sorias.

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Los sorias pertenece a esa raza de novelas extraordinarias —como el Ulises de Joyce, como La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, o como la más secreta El traductor, de Salvador Benesdra— cuya escritura o publicación (o ambas) entrañan una historia casi tan interesante como la propia obra. Sus más de 1.300 páginas exigen valentía a quien se plantee el reto (y aspire al gozo) de leerla.

Cuenta la leyenda que Laiseca terminó de escribir en 1982, después de una década de trabajo, la que ya era la cuarta versión de Los sorias, una historia que le daba vueltas en la cabeza desde la niñez y que sintió acabar recién entonces, a sus 41 años de edad. Autores como César Aira, Fogwill y Ricardo Piglia accedieron a los manuscritos y empezaron a hablar de ella y la convirtieron en una especie de obra mitológica que casi nadie había leído. Se editó recién en 1998, cuando la pequeña editorial Simurg confeccionó 350 ejemplares de lujo, numerados y firmados por el autor. Piglia escribió un prólogo que famosamente califica Los sorias como “la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desdeLos siete locos”.

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Sin autores no hay cultura: pensar y actuar colectivamente. Manuel Rico en Nueva tribuna

Sin autores no hay cultura: pensar y actuar colectivamente. Manuel Rico en Nueva tribuna

En los últimos meses se han celebrado algunos importantes eventos relacionados con el libro, con su futuro y con la situación de los distintos sectores que intervienen en su “industria”. Libreros, editores tradicionales y editores en nuevos formatos (en el Congreso de CEGAL en Sevilla los primeros, en Liber 2017 los segundos y en el Congreso del libro electrónico los terceros) han analizado el pasado, el presente y el futuro del sector y establecido conclusiones que afectan a su tejido de empresas y que, al menos en teoría, vendrían a aportar soluciones a algunos de los más graves problemas planteados a partir de la crisis económica iniciada a finales de la década pasada. El exceso de novedades, el creciente peso del libro digital y de la distribución y venta por Internet mediante plataformas cada vez más poderosas, proceso que lidera de modo indiscutible Amazon, la escasa duración de los libros en las mesas de novedades de las librerías, la vida precaria de las de fondo, condenadas si no a muerte si a una duradera, y seguramente crónica, enfermedad, la reducción de los beneficios del sector librero en un proporción equivalente al aumento de beneficios en el de la venta por internet, la autoedición y los nuevos horizontes que abre son realidades que gravitan sobre el sector y que obligan a reflexionar.

LA AUSENCIA DEL ESCRITOR ORGANIZADO

Se debate, se proponen medidas y soluciones, se cuenta con la opinión de las organizaciones gremiales correspondientes y, paradojas de la vida, el factor que hace posible la existencia de todo producto cultural, comenzando por el libro, es el gran ausente. Salvo en Liber (a iniciativa de ACE y de CEDRO), en los congresos, eventos y otro tipo de encuentros, debate casi todo el sector pero el creador parece no tener nada que decir: todos opinan sobre el proceso que lleva el producto de su trabajo y de su imaginación y de las enfermedades que le afectan, pero él queda al margen o, en el mejor de los casos, representado en teoría por dos o tres escritores de moda o autores de libros de éxito que son invitados para aprovechar su proyección mediática y para que, de paso, se pronuncien sobre el temario de la Jornada o Congreso, algo que suelen hacer remitiéndose a su experiencia personal o al proceso creativo tal y como lo han vivido o lo viven, no con una opinión sustentada en la experiencia colectiva.

A ello ayuda el carácter férreamente individualista de la creación literaria y el por otro lado inevitable (seguramente va con la naturaleza de la propia creación) alto grado de ombliguismo y egolatría que acompaña a la “profesión”.  La realidad es que son muy pocos los espacios en los que en la reflexión sobre la marcha y sobre las perspectivas del mercado del libro y sus problemas se cuente con los escritores organizados, es decir, con alguna de sus entidades profesionales más relevantes. La realidad en España no es la de otros países: por dar un dato que nos debería servir de enseñanza, en la Feria de Frankfurt de 2017, la Asociación Colegial de Escritores de España estuvo presente en la condición de firmante de un manifiesto que se leyó en la sesión de apertura junto con entidades autorales de Francia, Italia, Alemania y Noruega, y no por invitación de la representación oficial española. Eso viene a confirmar una práctica reiterada: por costumbre o por olvido, se prescinde de ella. Los escritores son esos locos o genios que están ensimismados en su obra pero que no tienen por qué opinar sobre lo que otros hacen de su trabajo. La industria existe gracias a ellos pero debe seguir existiendo sin su opinión, parece ser el lema.

Seguir leyendo en Nueva tribuna.

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Librerías heroicas. Jesús Casquete en Diario Vasco

Librerías heroicas. Jesús Casquete en Diario Vasco

Una librería es de suyo mucho más que un establecimiento comercial, igual que un libro es más que un mero producto sujeto a mercadeo. Continente y contenido simbolizan espacios de libertad, de reflexión, de civilización, en fin, de cultura democrática. No todos los libros transmiten valores que vertebran la convivencia, ni tampoco todas las librerías se distinguen por colocar en sus estanterías libros que nos reten a pensar, pero se trata más bien de excepciones a la regla. Las librerías alimentan el espíritu crítico, la autonomía de pensamiento, el intercambio de argumentos, la tolerancia, todo lo cual constituye savia de democracia.

Los liberticidas de todo tiempo y orientación ideológica han puesto en su punto de mira a quienes escriben libros, a quienes los venden y al libro mismo. Frente a la carga simbólica del libro, recurren al expediente de la violencia para acogotar la libertad, para intimidar a quien alimenta la pluralidad. Algo de eso sabemos en el País Vasco. La librería donostiarra Lagun vendió libros prohibidos en plena dictadura y acogió reuniones antifranquistas en su trastienda. Se ganó una reputación de espacio de debate, más clandestino que público; circunstancias obligaban. Sufrió por ello multas administrativas, y su librera, Teresa Castells, penó cárcel. Con la democracia fueron grupúsculos de extrema derecha los que intentaron acallar a quienes pensaban de forma diferente y nutrían el librepensamiento de los demás. Paradojas (¿hilos de continuidad?) de la historia, los siguientes en tomar el testigo del acoso lo hicieron envueltos en otra visión integrista.

Seguir leyendo en el Diario Vasco.

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Nuevos lectores y empresas emergentes. Fundación Germán Sánchez Ruipérez

Nuevos lectores y empresas emergentes. Fundación Germán Sánchez Ruipérez

A lo largo de 2017 la Fundación Germán Sánchez Ruipérez (FGSR) ha llevado a cabo una serie de reuniones de trabajo, centradas en la identificación y caracterización de desafíos que afrontan las mediaciones tradicionales para el impulso de la lectura en la sociedad.

Estas reuniones se desarrollan en el contexto del III Plan de Fomento de la Lectura que ha puesto en marcha el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Más concretamente, forman parte de un proyecto de carácter experimental de la FGSR que, con la denominación de Laboratorio Contemporáneo del Fomento de la Lectura, está cofinanciado por el citado ministerio y se alinea con los objetivos del plan.

A lo largo de las sesiones de trabajo se han tratado diversos aspectos que recorren longitudinalmente el ámbito de la lectura y los libros, desde las técnicas orientadas a la accesibilidad de discapacitados a los textos, hasta los desafíos y esquemas de trabajo para la reformulación de objetivos en la escuela. Sin embargo, no todas las reuniones se han vinculado de un modo monográfico a un asunto, sino que, en la mayor parte de los casos, se han convocado, de una forma mucho más abierta, con el objetivo de favorecer la creatividad y la aparición de perspectivas inesperadas. Por esta razón el equipo de la FGSR se ha encargado de extraer de los debates y planteamientos presentados en esas reuniones las ideas que pudieran agruparse temáticamente para permitir un aprovechamiento por parte de los profesionales que trabajan en este campo.

En este proceso se ha contado con la muy generosa colaboración de profesionales prestigiosos de distintos campos, quienes, de un modo desinteresado y en virtud de su compromiso con el fomento de la cultura de la lectura, han participado aportando documentos, ideas y trabajo en equipo para ayudar a la FGSR en la redefinición de las vías de actuación en este terreno.

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