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El editing, esa arma de doble filo ¿Mejorar o transformar? Guillermo Schavelzon

El editing, esa arma de doble filo ¿Mejorar o transformar? Guillermo Schavelzon

El trabajo del editor con el texto del autor ha tenido momentos de gloria, resultando algunas veces un aporte muy agradecido por los escritores, que vieron cómo el editor les ayudaba a mejorar, o incluso a poder terminar su obra. Hoy, la imperiosa necesidad de vender más ha distorsionado la idea del editing, llevando a muchos escritores a una zona de conflicto con sus convicciones.

T. S. Eliot trabajo años en La tierra baldía, el poema más trascendente del siglo veinte, del que Andreu Jaume dice, en la reciente edición a su cargo: “no hay, en el siglo veinte, una obra que concentre con tanta intensidad todas las ideas…”. El manuscrito, antes de su publicación en 1922, fue editado por Ezra Pound, logrando así “la reducción de varios pasajes a sus términos más intensos”. El largo poema se redujo a la mitad, según uno de sus traductores, Esteban Pujals Gesali. El aporte de Pound como editor fue tan determinante, que Eliot se lo reconoció en la dedicatoria: «Para Ezra Pound, il miglior fabbro», (el mejor artesano, referencia a un verso de Dante, traducción de Andreu Jaume).

Este tipo de trabajo, tan intenso y personal, se perdió cuando la gran industria editorial, hace unas décadas, emigró del área de educación y cultura, hacia la del ocio y entretenimiento, consecuencia del cambio global en la política educativa, que “en lugar de producir ciudadanos cultos, produce individuos que buscan diversión” (Jordi Llovet, Adiós a la Universidad). Este cambio trascendente, modificó el concepto de editing, empujando a muchos editores a una intervención comercial en los textos. A esto lo llamo nuevo editing.

Cuando un editor trabajaba con una docena de manuscritos al año (hoy lo hace con ochenta o cien), se establecía una relación muy próxima entre ambos, porque podía dedicar, siempre en forma presencial, el tiempo necesario para trabajar juntos sobre un texto, generando, en ese intercambio, una colaboración comprometida y creativa. Pese a desacuerdos y discusiones, de este trabajo conjunto casi siempre se emergía con un buen texto, y una gran amistad.

Seguir leyendo en el blog de Guillermo Schavelzon.

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Los trenes y la lectura. Elena Rius

Los trenes y la lectura. Elena Rius

Una de las mayores ventajas de viajar en tren es que nos brinda un rato propicio a la relajación y a olvidarnos del resto del mundo (o así era, al menos, antes del advenimiento de los móviles). Mientras nos hallamos en tránsito, ni aquí ni allí, cómodamente arrellanados en nuestra butaca, podemos decidir en qué vamos a emplear ese espacio de tiempo vacío: dormitar, admirar el paisaje, hacer crucigramas o sumirnos en la lectura. Diríase que la alternativa de darle palique a los otros viajeros, ese recurso tan utilizado en las novelas, ha caído en desuso, junto con la tradicional fiambrera y chorizo del pueblo que ya nadie lleva consigo. Es más, ahora que tantas de nuestras ciudades están unidas por cómodos y raudos AVE, corremos el riesgo de llegar a nuestro destino sin haber podido terminar el crucigrama.
Antes de la era del ferrocarril -un par de fechas para que se sitúen: en Gran Bretaña, la primera línea regular de pasajeros, entre Liverpool y Manchester, se inauguró en 1830; en España, el primer trayecto en tren (Barcelona-Mataró) se realizó en 1848- tanto confort era impensable. Los coches de caballos, las diligencias o las tartanas, el transporte terrestre más habitual, transitaban por caminos irregulares y, a menudo, en muy mal estado, de modo que los sufridos viajeros, zarandeados durante todo el trayecto, se conformaban con no llegar del todo molidos. Por supuesto, nada de leer durante el viaje, el bamboleo lo hacía inviable. El ferrocarril, pues, abrió nuevos horizontes.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

 

Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

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Vida nueva a los libros descatalogados: el horizonte digital y sus desafíos. Manuel Rico

Vida nueva a los libros descatalogados: el horizonte digital y sus desafíos. Manuel Rico

Es mucha la carga de polémica que a estas alturas del siglo llevamos acumulada respecto a las ventajas del libro en papel (sobre todo para quienes nos hemos formado, literaria y sentimentalmente, en su universo) en relación con el libro en formato digital, es decir, en e-book. Tacto, olor, valor artístico y cultural del objeto libro, sencillez y despojamiento, ahorro de baterías y otros artilugios alimentadores del lector electrónico en sus distintos formatos, han sido argumentos colocados sobre la mesa en cada debate. Comparto, como no podía ser de otro modo, todos los que se utilizan para defender el libro tradicional y no voy a contradecirlos. Pero quienes escriben y publican desde hace mucho tiempo con buena acogida crítica y no tienen ninguno de los títulos (Premio Cervantes, premio Nobel y pocos más, o una dilatada carrera de best-sellers) que permiten mantener vivo (es decir, accesible y reeditado) todo el catálogo de obra propia, se encuentran con enormes dificultades para que obras publicadas hace diez, quince o veinte años, descatalogadas por muerte de las colecciones en que aparecieron o por voluntad del director o directora editorial correspondiente sean conocidas, compradas o leídas por los lectores de hoy. Si ya es extremadamente difícil lograr que una novedad se mantenga un par de meses en las mesas de novedades de las librerías, aspirar a que ésta se incorpore al fondo vivo de las mismas —cada vez hay menos “librerías de fondo”—parece un objetivo que linda con lo imposible. Si esa pretensión la extendemos a los libros que se publicaron hace más de una década y planteamos junto a esa presencia “viva” en las librerías de fondo la posibilidad de la reedición, nos encontraremos con la misma, o más contundente imposibilidad. Solo la casualidad, el ojo curioso de un editor (casi siempre modesto e idealista), o la apuesta de un experto o maniático buscador entre los libros  que enterró el tiempo pueden ejercer cierta labor salvadora. La inmensa mayoría de las novedades dejan de ser novedades a los pocos meses y al cabo del año o de los dos años quedan sepultadas por toneladas de papel de incierto destino.

Seguir leyendo en nuevatribuna.es .

 

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Cultura Ciberliteratura, más allá del ‘ebook’, la tableta o las redes sociales. Cecilia Castelló Llantada

Cultura Ciberliteratura, más allá del ‘ebook’, la tableta o las redes sociales. Cecilia Castelló Llantada

Literatura para Facebook o Twitter, obras para móvil, tabletas y redes sociales, eBooks, blognovelas, booktubers… ¿Qué implica la ciberliteratura? ¿Una expresión artística de vanguardia? ¿O es la adaptación natural de la literatura tradicional a un mundo conectado? ¿Será una tabla de salvación digital para la industria? Como todo movimiento complejo puede tener múltiples facetas, niveles y desarrollo.

En esencia se considera literatura digital aquella obra “que ya se ha creado usando la textualidad electrónica, que no se podría traducir al papel. Ha nacido con una dimensión tecnológica”, explica María Goicoechea, coordinadora del proyecto de investigación eLITE (Edición Literaria Electrónica) y profesora de la Universidad Complutense de Madrid. Y es aquí donde llega la primera confusión. “Una interpretación errónea es que literatura electrónica es cualquier texto digitalizado, que se pueda leer en una tableta, en una pantalla”, explica Goicoechea. Es decir, para que una obra se considere puramente digital debe ir más allá, contar con una determinada estructura y reunir, en un mismo espacio, lenguajes y formas expresivas diversas, desde el texto y la música, lo visual o la animación.

Pilares de la literatura electrónica son el hipertexto, que implica una propuesta no secuencial (sino laberíntica), así como el hipermedia (convergencia de medios). Planteamientos que ya recogen creaciones anteriores a la generalización de los ordenadores personales y soportes digitales, como el caso de la poesía sonora del siglo XX, El Aleph de Jorge Luis Borges oRayuela, de Julio Cortázar.

Pero además de la composición por nodos, la obra digital se complementa con otros recursos que la enriquecen, el autor explora nuevas formas narrativas y de expresión, como efectos sonoros, visuales y de diseño gráfico. Todo con el fin de dar profundidad a la obra, de traspasar las limitaciones que impone el papel.

Seguir leyendo en Retina-El País.

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Leer por suscripción. Elena Rius

Leer por suscripción. Elena Rius

Tenemos tendencia a imaginar que la forma actual de organización de la mayoría de actividades humanas es la misma que ha prevalecido durante siglos. Damos por supuesto que ciertos adelantos han modificado algunas costumbres -ahora podemos comprar por internet, sin necesidad de desplazarnos a una tienda física, o volar al otro extremo del globo en pocas horas, realizando travesías impensables dos siglos atrás-, pero muchos otros cambios en los usos cotidianos han caído en el olvido. Hablando de la lectura -y olvidándonos por un rato de la ya cansina discusión entre las bondades respectivas del libro físico y el digital-, un poco de investigación en la historia de la comercialización de los libros revela que nuestros antepasados conocían una forma de acceder los libros que ya no existe, la lectura por suscripción. Hoy, si nos apetece estar al día de las últimas novedades editoriales, tenemos básicamente dos opciones: acudir a una librería y hacernos con ellas (previa adquisición de los libros en cuestión) o ir a la biblioteca y tomarlas prestadas sin cargo alguno (suponiendo que se trate de una biblioteca bien abastecida y que renueve regularmente su fondo). Sin embargo, antes de que se generalizasen las bibliotecas públicas abiertas a todo el mundo (un avance en realidad bastante reciente), los lectores victorianos disponían de otra salida: suscribirse a una biblioteca circulante, que por una cantidad anual permitía a sus socios hacerse con todos los libros que deseasen. Se calcula que a principios de la década de 1830 existían más de mil bibliotecas circulantes en Gran Bretaña, que se ocupaban de satisfacer los gustos lectores de todos los estratos sociales, desde los trabajadores que recurrían a ellas para completar su educación hasta las clases acomodadas que en los libros buscaban simple entretenimiento.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

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O libro galego a intemperie. Manuel Bragado

O libro galego a intemperie. Manuel Bragado

Pasada unha década da aprobación da Lei do Libro e da Lectura de Galicia o sector do libro quedou á intemperie, abrigado pola forza dos seus lectores e lectoras e sostido pola súa dependencia do sector educativo. Pouco queda xa das intencións acuñadas nunha lei magnífica, pioneira en España, forxada co consenso do sector e dos grupos parlamentarios durante o derradeiro Goberno Fraga e aprobada (con algúns recortes significativos, como o do Instituto Rosalía de Castro para a difusión da lingua e cultura galegas no mundo) polo Goberno de coalición de Pérez Touriño. Unha lei derrogada de facto polo Goberno de Feijóo e coa que os seus tres conselleiros de Cultura (Varela, Vázquez e Rodríguez) nunca se sentiron identificados, a pesar de que o seu cumprimento fose reclamando de forma insistente polo sector como espazo de encontro institucional e de apoio profesional ao seu proceso de dixitalización e proxección internacional.

Un desinterese do equipo cultural de Feijóo pola lei de 2006 que podemos entender tanto pola súa concepción avanzada da lectura como unha competencia a desenvolver por toda a cidadanía, independentemente de cal fose a súa idade, como e sobre todo pola consideración explícita da lectura en galego e do propio sector editorial como un dos alicerces para a lingua galega, seguindo as recomendacións do Plan Xeral de Normalización da Lingua Galega de 2004, aqueloutro espazo de consenso erradicado polos gobernos de Feijóo, sobre todo dende a aprobación do decreto para o plurilingüismo de maio de 2010, a peza angular das políticas de retroceso para a lingua e para a lectura en galego.

Seguir leyendo en Luzes.

 

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Cultura de viejos. Pilar Gonzalo

Cultura de viejos. Pilar Gonzalo

Desde el Bono de la Cultura del Gobierno de Italia (ya fracasado en su primer año de andadura) hasta el reciente JOBO del Ayuntamiento de Madrid, los jóvenes constituyen el target estrella de la mayoría de las políticas culturales públicas recientes. Si los jóvenes son el futuro, ¿a qué votante le habría de parecer mal que se apueste por ellos?

Sin embargo, esta elección contrasta con los resultados de la última Encuesta de Prácticas y Hábitos Culturales en España 2014-2015, que desvelan con contundencia que los jóvenes de entre 15 y 24 años “presentan las tasas de participación cultural más altas prácticamente en todos los ámbitos culturales”. ¿Por qué incentivar entonces el acceso y la participación de quienes ya más lo hacen?

Parece razonable pensar que sería más conveniente destinar los recursos públicos y privados a favorecer el acceso de quienes más dificultades presentan, que en el caso de España son las personas de entre 35 y 45 años que, además de trabajar, tienen cargas familiares. Para este segmento de la población la principal barrera de acceso a la cultura es la falta de tiempo, por lo que están profundamente necesitados de medidas específicas para la conciliación cultural.

Siendo la falta de tiempo la mayor barrera, llama la atención el escaso interés por parte de las organizaciones de la cultura en captar -entre sus nuevos públicos- a quienes sin embargo, de más disponen: las personas mayores. Más teniendo en cuenta que las personas de 55 años y más son las que menos actividades culturales realizan en España, según desvela la última Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales.

La cultura como experiencia social

¿Quién se ocupa de que los más viejos puedan acceder a la producción y al disfrute de la cultura en España? “Los viejos”… una expresión tan llena de dignidad como la de “los jóvenes”, que sin embargo se enmascara frecuentemente tras términos un tanto melifluos, como senior, a los que se recurre como si la vejez fuera algo impropio que hubiera que disimular o incluso, ocultar.

El sector de la cultura en España también participa de esta afectación lingüística bajo la cual subyace una sutil gerontofobia que, cuando nomenosprecia a los mayores con una oferta cultural secundaria -“de viejos”-, los ignora. Prueba de ello es que son las instituciones asistenciales -y no las culturales- las que en su mayoría se están ocupando de su acceso a la cultura.

Seguir leyendo en Compromiso empresarial.

 

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No mientas, no lees porque no te da la gana. Alberto Olmos en El Confidencial

No mientas, no lees porque no te da la gana. Alberto Olmos en El Confidencial

¿Te gusta leer? No. El que decía no era yo y los que preguntaban, comerciales del Círculo de Lectores. Desde los años 90, y hasta un momento indeterminable del siglo XXI, te esperaban a la salida del Metro con sus atriles de cartón y sus marcapáginas, para abordarte con esa pregunta: ¿Te gusta leer? Yo siempre les dije que no, unas veces de palabra, otras moviendo de izquierda a derecha la cabeza y otras moviendo de izquierda a derecha el libro que llevaba en la mano.

Hace tiempo que no me preguntan si me gusta leer, pero a 5.000 personas se lo han preguntado estos días. Gracias a esas 5.000 personas sabemos que en España lee un 65,8% de la población mayor de 14 años. Es decir, no sabemos nada.

La Federación del Gremio de Editores no hacía esta encuesta desde 2012, y cinco años han bastado para que un 2,8% más de españoles crea que lee. Si no se vuelve a hacer esta encuesta en los próximos 50 años, el 100% de los españoles leerá. ¡Ya que preguntas!

A ojo, el 65,8% de los españoles mayores de 14 años son como 25 millones de personas. 25 millones de personas lee un libro al menos cada trimestre. Esto es fácil de comprobar si sale usted ahora a la calle y se da una vuelta durante cuatro o cinco horas hasta que encuentre a alguien leyendo en un banco. Ahí tiene usted 25 millones de españoles.

Quiere decirse que en España no leen 25 millones de personas ni aunque pongan la tele dentro de los libros. ¡Pregúntenme a mí y les digo cuántos leen! ¿Cuántos leen, cuántos leen, señor Olmos? Ay, les tengo que decir yo todas las verdades.

En España lee un número similar al que compra el libro que más haya vendido nunca. ‘Los pilares de la Tierra’, ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’, ‘Patria’… Pongan, siendo muy generosos, 2 millones de personas. Y en España son lectores el número de personas con que cuentan para ser leídos todos los libros que casi nadie lee y que venden entre 300 y 1500 ejemplares; es decir, en España son lectores entre 6.000 y 10.000 personas. No hagan una encuesta cuando me pueden preguntar a mí, hombre.

Seguir leyendo en El Confidencial.

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Las redes sociales nos vuelven cursis. Miguel Ángel Furones en Yorokobu

Las redes sociales nos vuelven cursis. Miguel Ángel Furones en Yorokobu

Si Francisco Silvela, autor del Arte de distinguir a los cursis, le achacaba la expansión de lo cursi a la fotografía y la galvanoplastia, no podemos ni imaginar lo que diría de haber conocido internet.

Existe una curiosa versión sobre el origen de la palabra cursi. Se cuenta que en la Sevilla del siglo XVIII vivía un sastre llamado Sicur, que tenía dos hijas. Estas, entrando ya en la edad «de merecer», solían pasearse por los lugares más concurridos de la ciudad aparentando ser señoritas de cierta alcurnia. Con tal objetivo, le sustraían a su padre restos de lazos y otros retales sobrantes de su negocio para emperifollarse debidamente.

Pero lo hacían de una forma tan excesiva y grotesca que, una vez en la calle, los guasones estudiantes de la universidad que las veían acercarse se avisaban entre sí con el grito de «ahí vienen las Sicur». Pero para que ellas no descubrieran la chanza le daban la vuelta a las sílabas de su apellido paterno transformando así el aviso en «ahí vienen las Cursis».

Francisco Silvela, en su libro La Filocalia, o arte de distinguir a los cursis, escrito en 1886, los define de esta forma: «Creemos, pues, fijar de una manera positiva el ridículo que procede de lo cursi, diciendo de él que es una apariencia no satisfecha; una desproporción evidente entre la belleza que se quiere producir y los medidas materiales que se tienen por lograrlo».

Seguir leyendo en Yoyokobu.

Comprar el Arte de distinguir a los cursis.

 

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Bestiario de la cultura: derechos fantasma y empresas ficción. Jaron Rowan

Bestiario de la cultura: derechos fantasma y empresas ficción. Jaron Rowan

(borrador del artículo aparecido en el número 7 de la revista Red Escénica Diciembre 2017)

Nadie va a sorprenderse ni a escandalizarse si comenzamos afirmando que las condiciones de vida y de trabajo de gran parte de las personas que se dedican a las artes y a la cultura en el Estado español son precarias. No son pocos los informes y estudios de reciente aparición 1 que desacreditan tradicional fascinación con la idea de la cultura como motor económico y subrayan la fragilidad laboral de quienes se dedican a la creación. Si además situamos la precariedad sobre otros ejes de discriminación existentes como el género, la raza o el origen social, emerge un panorama aún más desalentador. Quizás por esto mismo, apenas existen estudios que se ocupen de este asunto en detalle ni desde una perspectiva interseccional2. Esta realidad, sumada a la incapacidad, o falta de voluntad, de los distintos gobiernos para introducir políticas culturales capaces de transformarla, hace que tanto para la ciudadanía como para quienes son profesionales de la cultura, esta se perciba como un problema. Entre la primera, termina imperando el imaginario de que los profesionales de la cultura son un conjunto de “enchufados” que viven de subvenciones sin dar palo al agua. Para los segundos, la situación se vuelve más confusa aún: se entremezclan lo industrial, lo vocacional, el mercado y el deseo produciendo combinaciones cuando menos curiosas, y, en algunas ocasiones, directamente aberrantes. Aquí vamos a tratar de explorar por qué ocurre esto.

Todas las personas tenemos derecho a acceder a la cultura. El derecho a la cultura es un derecho constitucional, es decir, un derecho fundamental, que nos ampara a todas y todos los sujetos del Estado español. El catedrático Marcos Vaquer ha planteado una útil división de este derecho general en dos conjuntos de derechos de distinto cariz: los de creación y los de producción.

El primer caso hace referencia a la garantía de que todas las personas podamos expresarnos, comunicar preocupaciones estéticas, acceder a lenguajes y símbolos, y hacer uso de ellos. Todas el derecho a componer una canción, escribir un relato, pintar un cuadro, componer un poema, diseñar una performance, escribir un guión, etc. En las propias palabras de Vaquer en su obra “Estado y cultura”, la cultura es “un derecho individual fundamental a la creación y a la expresión cultural y en un interés colectivo o social de disfrute del patrimonio cultural”(Vaquer, 1998: 97). Nadie puede ni debe coaccionar nuestra voluntad expresiva o creativa. Así, los derechos de creación se complementan con el derecho a la libertad de expresión. En el Estado, por su parte, recaería la obligación de crear una serie de instituciones que garanticen el derecho de todas y todos a acceder a los imaginarios artísticos o creativos comunes, a los archivos de nuestra memoria colectiva. Tal es, en parte, la función de museos, bibliotecas, teatros, auditorios, etc. Nadie es capaz de crear en la más absoluta individualidad, sin establecer un diálogo, más o menos evidente, con otras creaciones existentes. Por ello es importante poder acceder a nuestro acervo cultural compartido.

Seguir leyendo en Demasiado superávit.

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