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Lectura desnatada. Elena Rius

Lectura desnatada. Elena Rius

La lectura es un acto neurológicamente complejo, no inscrito por defecto en nuestros circuitos cerebrales, como sí lo están otras facultades humanas, por ejemplo el habla. Saber descifrar los signos escritos requiere un largo adiestramiento, y si por casualidad cambiamos de alfabeto -lo sabe bien todo el que haya estudiado japonés o árabe-, hay que empezar de nuevo. Como dice Maryanne Wolf -investigadora de UCLA- en un reciente artículo publicado en The Guardian, para adquirir esta habilidad los humanos debimos desarrollar, hace unos seis mil años, un nuevo circuito cerebral. Inicialmente un mecanismo muy simple, capaz de descodificar información básica -como el número de cabras que uno había vendido- esta habilidad se fue sofisticando hasta llegar a nuestro elaborado cerebro lector actual. Las investigaciones llevadas a cabo por Wolf muestran que el cerebro lector contribuye al desarrollo de algunos de nuestros procesos intelectuales y afectivos más importante: conocimiento internalizado, razonamiento analógico, inferencia, así como perspectiva, empatía y análisis crítico. Puesto que la mayoría de occidentales estamos alfabetizados desde pequeños y hemos incorporado la lectura a nuestra vida cotidiana, se nos pasa por alto que cada vez que abrimos un libro vamos no sólo a informarnos o a distraernos, sino que estamos llevando a cabo un proceso que involucra muchas otras áreas de nuestro conocimiento.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

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El antilector. Vicente Luis Mora

El antilector. Vicente Luis Mora

Buena parte de las lecturas son antilecturas. El propio ejercicio de la lectura es a veces un ejercicio de respuesta o de resistencia, porque los libros acaban generando anticuerpos contra otras clases de libros. Cuanto mayor es la experiencia de un lector, más crece en él el placer de leer a la contra, y la razón es que el paso de los años disminuye la probabilidad de engañarlo o seducirlo. E incluso la antilectura aparece cuando la persona que lee se encuentra en formación: la antropóloga Michèle Petit recordaba que “si bien muchos adolescentes leen estimulados por el deseo de sus padres, hay otros que se vuelven lectores ‘en contra’ de su familia, y encuentran en esta actividad un punto de apoyo decisivo para desarrollar su singularidad”[1]. Esa actividad opositora puede darse asimismo en las lecturas que propician o dan lugar a la escritura de otros libros, como los antilibros mencionados por Novalis, que para Jorge Luis Borges constituían una especie de género tan ficticio como comprobable. El lector constante es siempre un antilector, un lector en guardia; tanto contra las normas o costumbres que le disuaden de leer (la costumbre, incluso para el Código Civil, es una ley consuetudinaria), como contra los libros que lee, esos textos que suscitan su inmediata respuesta, su contradicción antagónica. Buena parte de la escritura es una Antagonía.

Lo que sigue no es una reseña, sino una noticia, o bien una reflexión ilustrada, si ustedes quieren. Por varios motivos: el primero es que este libro es difícil hasta de citar. Creo que la cita filológica exacta sería:

Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, de Ben Marcus, con unos Pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez. Zaragoza: Jekyll & Jill, 2018.

Seguir leyendo en Diario de lecturas de Vicente Luis Mora.

 

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La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores. Josep Mengual

La editorial que se creó por un afortunado error burocrático: Monte Ávila Editores. Josep Mengual

Entre los libros publicados por Monte Ávila Editores en sus primeros años en activo se cuenta una interesante antología preparada por el poeta español Félix Grande (1937-2014), 22 narradores españoles, aparecida en 1970 en la heterogénea colección Prisma y que recopila obra de Francisco García Pavón, Carlos Edmundo de Ory, Juan Benet, Rafael Sánchez-Ferlosio, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix, Gonzalo Suárez y Carmen Martín Gaite, entre otros.

Para entonces, Monte Ávila, pese a su juventud, contaba ya con un catálogo bastante impresionante que le había dado fama de gran divulgadora en América de las letras y el pensamiento occidental (aparte de haber publicado en 1969 La pérdida de El Dorado, de un por entonces desconocido autor de Trinidad y Tobago llamado V.S. Naipaul, y los Últimos cuentos de la guerra de España, de Max Aub, entre otras joyas). La creación de la editorial se fecha en abril de 1968 (y más concretamente el día 8), por iniciativa de dos hombres de letras con una notable experiencia. En colaboración con Ramón José Velásquez (1916-2014), Simón Alberto Consalvi (1927-2013), por entonces director del Instituto para la Cultura y las Bellas Artes, había intervenido en la creación, ya en 1958 (recién caído el dictador Marcos Pérez Jiménez), del periódico El Mundo, y posteriormente, además de colaborar asiduamente en El Nacional, dirigió las revistasÉlite, Momento y Bohemia. Por su parte, el poeta y traductor Guillermo Sucre (n. 1933) había sido uno de los fundadores, también en 1958, de la revista Sardio (que sacó ocho números entre ese año y 1961), había colaborado en la revista Zona Franca, en el suplemento literario de La República y dirigido la revista Imagen, pero coincidiendo con el nacimiento de Monte Ávila, y probablemente gracias a su importante ensayo Borges, el poeta (UNAM, 1967), se trasladó a Estados Unidos contratado por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh.Simón Alberto Consalvi.

Seguir leyendo en Negritas y cursivas.

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Bibliotecas como comercios de proximidad. Vicente Funes

Bibliotecas como comercios de proximidad. Vicente Funes

Tal vez será nuestra tradición católica que nos hace más pudorosos en eso del mercadeo en según que asuntos. Y pese a la herencia fenicia de nuestro pasado no podemos compararnos a los anglosajones cuyo calvinismo les exime de toda culpa a la hora de convertir en objeto de consumo lo que sea.

El caso que en nuestro país lo de unir instituciones culturales y comercio no termina de estar bien visto. En contraste el concepto de industrias culturales se ha implantado sin problemas: pero persiste una cierta idealización de la cultura que choca con que, por otro lado, seamos de los países con más piratería de contenidos culturales.

Por eso atendiendo a nuestro negociado, el de las bibliotecas, no es habitual que una biblioteca tenga una tienda como sí pasa en los museos u otro tipo de centros culturales. En la BNE, es una librería la que cumple esta función, pero lejos delmerchandising que explotan en los citados museos. ¿Será que hay que mantener a los mercaderes fuera del templo? No decimos ni que sí, ni que no: pero no deja de ser una pena por partida doble. Por un lado por la asociación de biblioteca con templo (inmovilismo) y, sobre todo, porque sería un alivio presupuestario contar con algo de calderilla si esos ingresos revierten en la propia biblioteca. En cambio en el mundo anglosajón bibliotecario ni se lo plantean: y ya están con la campaña de Navidad como si de unos grandes almacenes se tratase.

En la tienda online de la British Library ya han colgado los adornos para esta próxima Navidad. Y como fetichistas culturales que somos no podemos dejar de echar un ojo a su escaparate para maravillarnos/horrorizarnos con algunas de sus propuestas en forma de souvenirs. En algunos casos lo de que se comercie con la cultura en bibliotecas no está mal visto por el hecho en sí de comerciar, sino por las afrentas estéticas que ofrecen en forma de homenajes a los libros.

Seguir leyendo en Infobibliotecas.

 

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Tener los libros a mano. Elena Rius

Tener los libros a mano. Elena Rius

El único inconveniente de los libros -y no estoy del todo segura de que lo sea- es que ocupan lugar. Tienen volumen y peso, “cuerpo”, lo que hace que en cuanto te descuidas llenen estanterías y más estanterías. Si no los tienes sólo de adorno, es decir, si tienes por costumbre leerlos, habrás comprobado que poseen además la irritante costumbre de desparramarse por ahí y aparecer en los lugares menos previsibles, por más que te esfuerces en mantener un orden (sobre el orden de las bibliotecas se ha escrito mucho, también aquí, aunque sin llegar a ninguna conclusión definitiva). Algunos lectores -entre los que me cuento- solemos alternar además diversas lecturas al mismo tiempo, lo que hace que el desbarajuste de libros que andan de acá para allá aumente: tienes una pila de libros junto al sillón, pero el que quieres en ese momento está en el despacho; o has olvidado que el que creías haber puesto en la estantería de “libros pendientes de leer” te lo llevaste ayer para leer en la cama; cuando estás segura de tener determinada obra de un autor -recuerdas incluso en qué balda y junto a qué otros libros estaba-, resulta que en la última reordenación ese libro fue a parar a otra parte de la casa (porque, claro, tienes estanterías en todas las habitaciones, y no siempre es fácil seguirles el rastro).

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El homo sapiens y el libro electrónico. Gustavo Ariel Schwartz

El homo sapiens y el libro electrónico. Gustavo Ariel Schwartz

La abstracción es una novedad evolutiva. Somos animales programados para cazar, comer, follar y un par de cosas más. Necesitamos esto para sobrevivir y por lo tanto estamos mucho más conectados con lo concreto que con lo abstracto. Durante millones de años, la necesidad de manipular objetos ha ido moldeando en nuestros cerebros esta preferencia por lo concreto. Incluso lo concreto, lo emocional, lo instintivo, se procesa en nuestro cerebro mucho más rápido que lo abstracto o lo racional. Tan concretos somos, que la posición de nuestro cuerpo puede condicionar nuestro pensamiento racional. Incluso aprehender un objeto, tocarlo, ayuda a que mantengamos la concentración. Así como la información no entra sólo por los ojos, la manera en que nuestro cerebro la procesa no es sólo racional.

Cuando leemos un libro (de los de papel) no sólo disfrutamos (o padecemos) su contenido literario sino que sentimos su peso, percibimos su olor, palpamos su textura, ocupa un sitio en la biblioteca, en la mesilla de noche o en algún rincón de la casa. La experiencia de leer un libro es holística. Doblamos la esquina de una hoja para marcar la página, recordamos dónde hemos leído cada capítulo, lo marcamos con un lápiz, se nos mancha con café. Incluso, un libro, envejece con nosotros; las hojas se amarillentan, cambia el olor, se deshoja, la portada se gasta, la encuadernación cede. Cada libro ocupa además un sitio preciso en la biblioteca de cada uno de nosotros; agrega su particular color al arcoíris literario. Cada sector de la biblioteca tiene un significado especial; y si un libro cambia de sitio es porque algo ha cambiado en su dueño. Una vez más la posición, lo concreto. La ubicación física de un libro en la biblioteca dice mucho acerca de la relación personal entre el libro y su lector. Y es que en última instancia el libro, el de papel, es un objeto físico y tenemos con él la misma relación que hemos venido teniendo con los objetos desde hace algunos millones de años. Necesitamos cogerlo, olerlo, palparlo, sentirlo, mirarlo e incluso oírlo.

Seguir leyendo en el blog de Gustavo Ariel Schwartz.

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Paco Goyanes y Lola Larumbe. La mejor escuela. Raquel Blanco

Paco Goyanes y Lola Larumbe. La mejor escuela. Raquel Blanco

No hay mejor escuela, para esto de intentar vender libros, de verdad, editor o editora novato, a ti te lo digo, que sé que me lees, o me gustaría que lo hicieras, mejor, que una librería a cargo de una persona que lleve su vida trabajando en ella. No me refiero, entonces, a cualquier librería. Me refiero a una ya de cierta importancia, asentada, próspera, diría, dentro de lo que cabe; cargadita de libros, aun de fondo muchos, pese a las novedades, que también. Iba a escribir, y lo haré más adelante, sobre lo que le he leído a Paco Goyanes, librero de Cálamo, en el número 36 de la Revista Texturas; disfruté tanto leyéndolo, tendrían que haberme visto, asintiendo todo el rato, como un votante del PSOE, o de derechas, no sé cómo les llaman ahora, leyendo El País, apunto de vitorear al columnista de turno, lo mismo hasta se me escapó un olé, les cuento, porque los pensaba, según le leía, «¡Olé!».

Ahora bien, he de decir que fue Lola Larumbe, en su Librería Rafael Alberti, la primera a la que vi dar una lección magistral a un editor. Lo hizo delante de mí. No se me va a olvidar. Me dejó alucinada. Por la concisión, por el sentido común, por la tranquilidad con la que se lo contaba todo. Y es que estas cosas los libreros y las libreras me las suelen decir a mí, sí, pero en un aparte, cuando nadie mira ni puede replicar. Y lo entiendo. A mí me toca muchas veces, y es pesadísimo. Perdida la frescura de los primeros tiempos, cuando es nuevo todo, casi una aventura, una ya empieza a notar lo aburridísimo que es explicar, día sí día también, que si se publican setenta mil libros al año, a ver por qué un lector va a comprar el tuyo, editora o editor novato, explícame cómo crees tú que tengo yo*, nosotras, que hacer para convencer no a una, a todas esas librerías donde quieres tener presencia como editorial, de que tu libro, de entre todos los cientos de libros, es el libro que hay que poner justo en esa mesa. Qué pesadez, de verdad. De lejos, es la parte más ingrata de este trabajo. Los días que pienso en retirarme es por esto nada más. Fastidio infinito explicar lo mismo una y otra vez, muchas veces a la misma persona, hacia la que empiezas a sentir algo no muy positivo, abro aquí y ahora así mi corazón. Querer estar en todas partes, como si esta pequeña a la par que coqueta distribuidora fuera, o pudiera, o quisiera llegar a ser, una empresa logística, una gran colocadora de libros a granel, o como si en todas partes hubiera sitio para ese autor que sí, si no digo yo que no, nos gusta, mucho, queremos que se publique, celebramos su libro, incluso lo hemos leído y disfrutado, pero… ¿no te has dado cuenta, alma de cántaro, que hay otros sesenta y nueve mil novecientos noventa y nueve libros que lo mismo son igual de necesarios, o menos, si es que da igual, que salen en los periódicos, están mejor producidos, la editorial, que tampoco es que sea muy grande, se ha recorrido librerías de media España, ha explicado su proyecto, ese libro y otros que van a salir, ha hecho así de fácil la labor de selección, tanto, que cuando llega el ejemplar ya tiene su estante, se coloca casi que automáticamente en el sitio, privilegiado, que le corresponde, en justa lid. Se lo dije: «Lola, te voy a traer a todos». Pero ella no le da importancia; me mira, tranquila, para quitarle la poca que cree que tiene, una educación exquisita: «Los mismo no era el momento… pero es que es así, ¿no?». Ese día había quedado en la Alberti, aprovechando que tenía una cita con la librera, con uno de los editores con los que trabajamos, uno de los que tienen el catálogo más formado. Es de las pocas librerías que visito con frecuencia. Qué nos darán allí… El editor habló de sus libros, con entusiasmo, quejándose un poco de lo poco que se conoce a alguno de sus autores, de lo poco que se leen. Y Lola se lo dijo, la cantidad de libros que se publican, cómo se venden, uno a uno, con suerte, la importancia de la labor de promoción, lo caro que es el espacio, lo que cuesta, los márgenes, la competencia brutal. La pena es que Lola no se pone a escribir.

Lectura recomendada (y un ofrecimiento)

Y la alegría es que Paco sí. Y también Juan Miguel Salvador, por cierto, de la Librería Diógenes de Alcalá de Henares. Otro día lo contamos esto, si nos da. Me he guardado algún otro artículo para más adelante. Y me anoto el escribir al editor de Trama para preguntarle cómo es que escriben tan pocas mujeres en su revista, siendo como somos tantas. A ver si me invita a un café un día, y lo hablamos. Me ofrezco a echar una mano; a mí no me cuesta rodearme de mujeres nada, me sale natural.

Seguir leyendo en Librerantes.

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Texturas. Descubriendo la librería como proyecto de vida. Re-Read Bilbao

Texturas. Descubriendo la librería como proyecto de vida. Re-Read Bilbao

La revista Texturas es una publicación periódica del sector editorial y librero. Bueno, no tenemos muy claro si esta es la definición adecuada o que satisfaría a sus editores. Nosotros la definimos como la mejor publicación del mundo mundial, y parte del extranjero, del sector profesional del libro. Sus diferentes números los subrayamos y estudiamos con ahínco.

Nos lleva a la reflexión continua y a auditar nuestra propia librería en base a las propuestas que otros profesionales escriben en ella.

La revista ha alcanzado, si cabe todavía, calidad inigualable desde que propusieron a los Re-Read Bilbao que escribiésemos un artículo contando nuestra experiencia. Ya estamos escribiendo nuestro discurso para recoger nuestro premio Pulitzer…

Por supuesto la primera respuesta ante la propuesta fue no. ¿A quién le puede importar lo que nosotros hagamos, opinemos, nos equivoquemos? Mucho menos a profesionales con mayor experiencia. ¡¡Es a nosotros a quienes nos interesa su bagaje vital!!

Por otro lado, tal vez leer en qué consistió nuestro aterrizaje forzoso en este mundillo y cómo hemos ido superando los diferentes desafíos/problemas/putadas pudiera resultar de interés para otros inconscientes que quieran meter el hocico en esta profesión en la que los días pares son maravillosos y los impares horribles.

Eso que nos dijo una amiga, yo creo que vosotros trabajáis demasiado, tal vez pudiera ayudar a sacar conclusiones a compañeros, clientes, amigos y curiosos.

¿Os va bien, verdad?, nos preguntan muchas personas cuando llegan a las horas punta y ven el ajetreo humano en el local. Hombre, esta mañana a las 6 de la mañana con ojeras en el almacén no nos iba tan bien, y la semana pasada, cuando el ascensor de aquel quinto piso fue boicoteado a conciencia ante nuestra desesperación, tampoco moló mucho. Los Safier, Zweig, Almudena Grandes, Toti Martínez de Lezea, Grisham, Wilbur Smith y compañía, pesan lo que antiguamente denominaban como quintal, y las escaleras de pisos antiguos, cuyos peldaños curvos se estrechan a nuestro paso, os las recomendaríamos si nuestro cuñado fuese traumatólogo.

Seguir leyendo en el blog de Re-Read Bilbao.

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Los libros como herramientas de bolsillo. Josep Mengual

Los libros como herramientas de bolsillo. Josep Mengual

Existe desde 2007 en Barcelona (c/ Aragó, 367) una librería especializada en literatura infantil y juvenil con vocación de espacio cultural cuyo nombre es tremendamente significativo de una determinada manera de concebir los libros y la lectura: La caixa d’Eines (“La caja de herramientas”). Existe igualmente en el Grup 62 una colección de clásicos universales (Llull, Shakespeare, Orwell, Huxley, Joan Oliver…) que toma también esa idea, Llibres de les Eines (“Libros de las herramientas”), pero a ambos casos se les puede identificar un antecedente en la colección de la editorial Laia Les Eines, que estuvo activa entre 1973 y 1983 y publicó casi un centenar de títulos.

Les Eines, una colección encuadernada en rústica con solapas y un tamaño de 20 x 13, en su primer año de existencia se dio a conocer con cinco títulos que daban cuenta de la flexibilidad en cuanto a géneros literarios y a procedencias, pero que encajaban perfectamente con la identidad crítica y combativa de la editorial Laia: el ensayo sociológico Capvespre de creences, de Antoni M. Güell, una segunda edición de La CIA: el govern invisible, de David Wise, Els drets de l’home, de E. H. Carr (1892-1982), la primera edición íntegra de la novela Els plàtans de Barcelona, de Víctor Mora (1931-2016) y Societat catalana i reforma escolar: La continuïtat d’una institució, de Joan Gay, Àngels Pascual y Rosa Quitllet.

Más divulgación incluso tuvo la colección derivada de esta, Les Eines de Butxaca (20 x 13, en rústica, con diseños de Enric Satué), que en contra de lo que suele suceder no fue el destino de los libros de mayor éxito de la colección madre, sino que publicó sobre todo novedades y tuvo un criterio propio muy explícito (concretamente, expresado en las páginas finales de algunos títulos) desde el momento de su aparición en 1979:

Los clásicos catalanes como sugerencia permanente. Textos introducidos por los mejores especialistas de la literatura catalana actual. Herramientas para quien desee releer o estudiar los grandes hitos de nuestra cultura escrita.

 

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¿Deberíamos preocuparnos por una “brecha de lectura profunda”? Evelio Martínez

¿Deberíamos preocuparnos por una “brecha de lectura profunda”? Evelio Martínez

No parece que sean buenos tiempos para la lectura, y de vez en cuando surge algún artículo para confirmarlo.

Uno de los últimos ha sido reseñado en The Conversation . El estudio fue llevado a cabo en EEUU, analizando datos de casi un millón de adolescentes recogidos desde 1976.

Los resultados muestran que los adolescentes cada vez dedican menos tiempo a la lectura en favor de las pantallas y los nuevos medios de distribución de contenidos (como Netflix). 

Algo que podíamos esperar, pero aún así sorprende la amplitud de los datos y la contundencia de los resultados. Además, el seguimiento a lo largo de ese periodo tan dilatado permite desmentir una afirmación popular: que los nuevos medios pueden convivir con los antiguos, sin que ello signifique un desplazamiento. Convivencia hay, pero está claro que ha habido un fuerte desplazamiento en favor de las pantallas, al menos para los adolescentes estadounidenses de estas últimas décadas.

Como se apresuran a comentar los autores, los adolescentes sí leen pero se han acostumbrado a leer textos cortos, en detrimento de los textos más largos en formato libro o artículo (interesante también el apunte de que los jóvenes siguen leyendo libros, pero la lectura de libros por placer va en descenso).

¿Y por qué importa ese cambio de preferencia, de textos largos a lectura breve? En palabras de los autores:

Leer libros y artículos largos es una de las mejores maneras de aprender cómo pensar de manera crítica, comprender temas complejos y separar los hechos de la ficción. Es crucial para ser un votante informado, un ciudadano comprometido, un estudiante exitoso y un empleado productivo.

En esa misma línea se manifestaba Maryanne Wolf en un artículo paraThe Guardian. Wolf es investigadora en neurociencia, así que su foco está puesto en los cambios neuronales que el hábito de la lectura fragmentada puede acabar produciendo, y no sólo en los jóvenes. Wolf comenta:

La posibilidad de que el análisis crítico, la empatía y otros procesos de lectura profunda puedan ser el inesperado daño colateral de nuestra cultura digital no es una simple cuestión binaria sobre la lectura impresa versus la digital. Es sobre cómo todos hemos empezado a leer y cómo eso cambia no sólo lo que leemos, sino también los propósitos por los cuales leemos. Tampoco es una cuestión que afecte sólo a los jóvenes. La sutil atrofia del análisis crítico y de la empatía nos afecta a todos. Afecta a nuestra habilidad para navegar por un constante bombardeo de información. Incentiva un retraimiento a nuestros silos familiares de información no contrastada, que no requiere y no recibe análisis, dejándonos a merced de la información falsa y la demagogia.

Seguir leyendo en emartibd.

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