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Javier Pradera. Itinerario de un editor. Reseña en el blog de l’Escola de Llibreria

Pradera, Javier. Javier Pradera: itinerario de un editor. Editor, Jordi Gracia. Epílogo, Miguel Aguilar. Madrid: Trama, 2017. 251 p. (Tipos móviles; 24). ISBN 978-84-945692-3-4. 24 €.

«El oficio de editor es el mejor oficio del mundo». Javier Pradera

El libro que nos ocupa hoy, al cuidado de Jordi Gracia, catedrático de Literatura Española de la UB, contiene dos recopilaciones que configuran las dos partes claramente diferenciadas del libro. La primera: «Dentro de la edición», de carácter estrictamente profesional-empresarial, recoge parte de la correspondencia que Pradera mantenía con sus jefes del otro lado del Atlántico, principalmente con México.

La segunda: «Desde Fuera», con una variedad de textos que van desde intervenciones en congresos y diferentes reuniones de editores, ponencias expuestas en la Universidad Menéndez y Pelayo (UIMP) a reseñas de libros escritos por otros editores.

Jordi Gracia se interesa para documentar la vida de un personaje muy peculiar ya por sus orígenes. Hijo y nieto de una familia de destacados miembros de la derecha española más reaccionaria, su abuelo fue el Víctor Pradera que dio nombre durante el franquismo al actual Paseo de Lluís Companys de Barcelona. A pesar de que tanto el abuelo como el padre fueron asesinados en zona republicana durante la Guerra Civil, él, desde muy joven, militó en las filas del antifranquismo clandestino y concretamente en el Partido Comunista, a pesar de ser teniente del cuerpo jurídico del ejército “nacional”. Fue detenido en 1956 y en 1958, y tuvo que abandonar el ejército y la plaza de profesor de Derecho de la Autónoma de Madrid.

En 1959 comienza su relación con el mundo editorial ( «Dentro de la edición»), cuando un amigo, Gabriel Tortella, le ofrece trabajar en la editorial Tecnos. A raíz de este trabajo, conoce en 1962 un personaje fundamental del mundo editorial latinoamericano, Arnaldo Orfila Reynal, director de la editorial de ensayo mexicana más prestigiosa de aquellos años, Fondo de Cultura Económica (FCE).

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El libro y el editor de Éric Vigne. Reseña en el blog de l’Escola de Llibreria

La ironía y la preocupación tejen las primeras páginas de El libro y el editor, de Éric Vigne, traducido del francés y publicado por Trama Editorial en 2017. Antes de entrar en detalle, sin embargo, veamos primero quién es Vigne, y por tanto, desde qué lugar escribe este ensayo que pretende hacer un balance sobre las transformaciones del libro objeto y, en último término, sobre la profesión de editor, y asimismo, actualizar el reiterado debate sobre si este oficio está en crisis. En Francia, el libro fue publicado en 2008.

Éric Vigne es un editor muy conocido en su país. Comenzó a desarrollar su profesión en 1982 y en 1988 aterrizó en Gallimard, es decir, dentro de la edición independiente francesa, para crear la prestigiosa NRF Essais, una colección de ensayos dedicada a la investigación en ciencias humanas, políticas y sociales, en la que ha publicado obras de Jürgen Habermas, Stephen Jay Gould, Luc Boltanski o Thomas Laqueur, entre otros.

Vigne comienza su ensayo con una primera constatación:

«Esto no es un cuento; al contrario, es un mal cuento con unos personajes llamados Obligaciones, Estrechez de miras y Servidumbre voluntaria, pero también Futuro, Catálogo y Largo plazo. Y todos estos personajes los interpreta sucesivamente, o al mismo tiempo, un solo actor: el Editor ».

A partir de este comienzo, el autor va haciendo avanzar sus argumentos por medio de una estructura de cincuenta preguntas seguidas de las cincuenta respectivas respuestas. La segunda cuestión ya toca directamente uno de los puntos débiles de un oficio muy sensible a los malos: «He de suponer que hay una crisis de la edición?»

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De la felicidad y otros escritos de H.L. Mencken. La mirada de Josean Blanco, alias Perroantonio

De la felicidad y otros escritos de H.L. Mencken. La mirada de Josean Blanco, alias Perroantonio

Hace no mucho tiempo, tras manifestar mi admiración por Ambrose Bierce, alguien —no recuerdo quién, así que me resulta complicado estarle ‘eternamente agradecido’ [píííííí, ¡tópico!]— me recomendó leer a H. L. Mencken (1880-1956) de quien me dijo que era aún más sarcástico que Bierce y un crítico aún más perspicaz que Mark Twain. Eso son palabras mayores, así que me apresuré a hacerme con alguna obra de aquel pájaro y conseguí que me enviaran desde Argentina, a precio transatlántico, un ejemplar del «Prontuario de la estupidez y los prejuicios humanos», una recopilación de textos del autor. Mi informante tenía razón, Mencken era un tipo extremadamente listo, arrogante, pendenciero y audaz, un anarquista al modo norteamericano, y sus textos producen esa sensación de puñetazos en el cerebro de la que hablaba Kafka. Conviene aclarar que yo, que lo único que le pido a la escritura es que me haga menos tonto, admiro a los escritores que agitan y remueven mis creencias, y especialmente a quienes son capaces de hacerme cambiar de opinión; Mencken es de esos. Si no es uno de los grandes es porque sólo se dedicó al periodismo.

Mi editor, Manuel Ortuño, que comparte con el llamado «sabio de Baltimore» el amor por la buena vida y la conversación —si bien es más proclive a la sorna que al sarcasmo— acaba de editar una colección de escritos de Mencken bajo el título «De la felicidad y otros escritos», tan primorosamente editado como acostumbra Trama editorial. La traducción y la introducción corren a cargo de Iñigo García Ureta, que contagiado por la prosa entusiasta del autor dice que «de haber formado un ejército, Mencken habría reclutado a gente como Twain, Bierce, Conrad, Kipling, Huxley, Darwin o Nietzsche». Joder, quién pudiera formar parte de esta tropa, aunque fuera en función de portarifles.

SOBRE ESCUCHAR A MOZART
Los únicos valores permanentes en el mundo son la verdad y la belleza, y de éstos es probable que la verdad sea duradera sólo en tanto que se trata de una función y manifestación de la belleza, una proyección de la sensibilidad en términos de idea. El mundo es un osario de religiones muertas. ¿Dónde están todas las religiones de la Edad Media, tan complejas y precisas? Pero todo lo que era esencial en la belleza de la Edad Media aún pervive…

Ésta es la herencia del hombre, pero no de los hombres. La gran mayoría de ellos ni siquiera son conscientes de esto. Su participación en el progreso del mundo, e incluso en la historia del mundo, es infinitamente incierta y trivial. En el fondo viven y mueren como viven y mueren los animales. La raza humana, en calidad de raza, apenas es consciente de su existencia; ni siquiera tiene un número definido, aunque se encuentran agrupados como x, como una incógnita que no vale la pena conocer.

H. L. Mencken. De la felicidad y otros escritos. Trama editorial. Madrid, 2018.

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Einaudi encendió la luz. Juan Tallón en Jot Down

Einaudi encendió la luz. Juan Tallón en Jot Down

Italia estaba a oscuras en mitad del fascismo, y Giulio Einaudi y Leone Ginzburg encendieron la luz. Existe un tipo de iluminación que no se inventa de una vez y para siempre, sino que cada cierto tiempo hay que redescubrir. Era 1933, Giulio tenía veintiún años, y una mañana Leone, dos años mayor, fue a verlo a su casa de Turín. Ginzburg, de origen ruso, había llegado a Italia con dos años y estudiado en el liceo D‘Azeglio, al igual que Einaudi, Massimo Mila, Norberto Bobbio o Cesare Pavese. Después se convirtió en profesor de literatura rusa, aunque al no prestar juramento de fidelidad al régimen fascista debió abandonar la docencia. En un momento de la visita, le propuso a su amigo: «¿Por qué no coordinas una editorial?». «¿Y el dinero?», replicó Einaudi. «El dinero se encuentra», respondió Leone, como si las dificultades de la vida se desanudasen solas.

Santorre Debenedetti, filólogo y buen amigo de Leone, fue el primero en escuchar la propuesta. Tenía dinero, ganas de leer cosas que nunca había leído, y les hizo el primer préstamo. Cien mil liras de entonces. «Digamos que serían unos cien millones de hoy», reconocía Einaudi en sus conversaciones con Severino Cesari a finales de los ochenta. El padre de Giulio, el senador Luigi Einaudi, que en 1948 alcanzaría la presidencia de la República, intercederá para que el también senador Luigi Albertini sume su apoyo al proyecto. Si Giulio tuviera que contar cómo se devolvió ese dinero, no podría, pues no se devolvió. Solo así consiguió Einaudi por fin convertirse en editor. La creación de la editorial corrió pareja a la compra de la revista La Cultura, toda una institución del país, y de la que toma un logotipo predestinado: un avestruz con un cincel en el pico, con un lema que dice Spiritus durrissima coquit, algo así como que «el espíritu digiere las cosas más difíciles». La imagen había sido creada en el siglo xvi por Paolo Giovio, y adoptada por Mario Praz para Edizioni de La Cultura.

Cuando registra la editorial en la Cámara de Comercio de Turín el 15 de noviembre de 1933, la sede está en el número 7 de la calle Arcivescovado. «Era un último piso, una gran buhardilla donde teníamos también el almacén, un despacho para mí, otro cuarto para Ginzburg y una sala más grande para la secretaria», Angiola Jolanda Coppa. La escritora Natalia Ginzburg, esposa de Leone y también colaboradora de la editorial, relata en Léxico familiar que el Giulio Einaudi de los años treinta era un joven tímido que «se sonrojaba con frecuencia. Pero cuando llamaba a la dactilógrafa lanzaba un grito salvaje: “¡Coppaaaa!”».

El proyecto contaba apenas con unos meses de vida cuando el 13 de marzo de 1934 se produce la primera detención de Leone, junto a sesenta miembros más del grupo turinés de Giustizia e Libertà. Lo condenaron a cuatro años de cárcel, con una amnistía de dos. En 1935 llegó el segundo golpe. La nueva redada contra el movimiento antifascista, esta vez con doscientos detenidos, incluye a Giulio Einaudi y Cesare Pavese. El primero será puesto en libertad enseguida, aunque bajo ciertas medidas de seguridad. En cambio, el poeta y narrador, y pronto alma de Einaudi, cumple año y medio de confinamiento en Brancaleone (Calabria).

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Trama editorial ha publicado en su colección Tipos móviles el libro de Severino Cesari, Conversaciones con Giulio Einaudi.

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El editor que tenía claro que no sería editor. Juan Tallón en Jot Down. Sobre Editor de Tom Maschler

El editor que tenía claro que no sería editor. Juan Tallón en Jot Down. Sobre Editor de Tom Maschler

Tom Maschler (Berlín, 1933) tenía veintisiete años y acababa de incorporarse a la editorial inglesa Jonathan Cape el día que Ernest Hemingway se suicidó en el porche de su rancho. Un mes después, su viuda, Mary Hemingway, visitó la sede de la editorial en Londres, y se fijó en el nuevo empleado, al que invitó a su rancho de Ketchum, en Idaho, donde estaba la residencia principal del autor de El viejo y el mar. Mary «necesitaba ayuda para reunir el manuscrito en el que “Papá” estaba trabajando cuando se pegó un tiro», cuenta Maschler en Editor (Trama Editorial). Durante varios días se sumergieron en el baúl donde guardaba sus páginas manuscritas. «No hallamos el menor indicio de la forma que hubiera previsto dar al libro, lo que hizo más difícil y al mismo tiempo más gratificante la tarea». La estancia dio para que Mary le propusiera utilizar el rifle que Hemingway empleaba en los safaris. El arma puso nervioso a Maschler, que pese a todo disparó uno o dos tiros. Cuando volvieron al baúl y los manuscritos, encontraron una mención a que «París era una fiesta», y les pareció que sería un título excelente para el libro. En la última noche al fin consiguieron poner orden en el manuscrito, y cuando Mary lo envolvió y se lo dio a Maschler, le pidió que por favor lo entregara en persona… en la editorial Scribner. Ese fue el primer gran trabajo Maschler, que editó una editorial que no era la suya.

Pero su vida pudo seguir un rumbo distinto. Después de sobrevivir al nazismo, y huir primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, al acabar la adolescencia «tenía claro en materia de profesiones que nunca sería editor», y por eso se marchó a Roma con el propósito de dedicarse al cine. Fracasó. Cuando lo asumió, decidió que a lo mejor la profesión de editor no estaba tan mal. Empezó en la editorial André Deutsch, donde asumió responsabilidades como «llevar el registro de las existencias de papel», lo que a veces lo obligaba a acudir algunos sábados a trabajar. El día que le permitieron editar un libro, se vendieron veinte mil ejemplares. Fue con Declaration, una serie de manifiestos encargados a algunos de los principales autores del mundo de las artes, como Doris Lessing,Kenneth Tyanon o John Osborne. Eso le dio la oportunidad de fichar por Penguin, donde trabajó dos años antes de aceptar ser director literario en Johathan Cape.

El cambio iba a darle la oportunidad de conocer a uno de los editores independientes que más admiraría, y con el que se le compararía con el tiempo: Bob Gottlieb. Gottlieb «jamás se permitió comer, porque lo consideraba una pérdida de tiempo». Cuando Maschler estuvo alojado en su casa, y quiso comerse un huevo duro en un desayuno, descubrió que no había. Fue a comprarlo. Al regreso, descubrió que tampoco había sal. La comida no tenía el menor significado en su vida. Sin embargo, su casa poesía el encanto del vecindario. En la casa de al lado vivíaKatherine Hepburn. Un día Gottlieb recibió una llamada de la actriz, que le aconsejó que limpiase la nieve del tejado para que no se filtrara. Gottlieb le dijo que ni siquiera sabía dónde estaba la trampilla para subir hasta él. «Entonces Katherine Hepburn, que en ese momento andaría en los setenta, se ofreció a limpiar ella misma el tejado de Bob».

Seguir leyendo en Jot Down.

 

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Un himno a la cursilería. Luis Arias Argüelles

«El ser cursi es independiente de la posición, de la riqueza y hasta de la belleza natural de un sujeto.» (Francisco Silvela).

Ya sé que no es científico creer en las casualidades, pero no me negarán que, al menos, resulta muy tentador. Sin embargo, creer en las meigas, no sólo es cuestión de fe, sino también de buena voluntad y de sentido del humor.  Además, las casualidades existen, es algo empírico. Cierto es que el dotarlas de significado más allá de los hechos propiamente dichos  ya nos lleva a esa suerte de tozuda metafísica que propende a analizar sesudamente todo, incluso lo más banal, incluso lo que, a fuerza de insignificante, a  duras penas puede reivindicar su derecho a existir.

Viene todo esto a cuento de que, al  tiempo que estaba disfrutando de lo lindo de un libro escrito por don Francisco Silvela que tiene por título “Arte de distinguir a los cursis” y que acaba de reeditar Trama editorial, me encuentro con la noticia de que la cantante Marta Sánchez, en un arrebato extático de patriotismo, acaba de componer una letra para el himno patrio.  Confieso que no pude resistirme a buscar la letra en Internet. Confieso también que, a leer semejante texto, vaya usted a saber por qué, acudió a mi mente Quevedo. Y sentí pánico, intuyendo que nuestro gran poeta podría estar dispuesto a  responder a semejante engendro con algo más contundente aún que su pluma. Temor y temblor.

Seguir leyendo en el blog de El Comercio Desde la plaza del Carbayón.

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Memorias de un librero en Librerías del mundo. César Benedicto Callejas

Memorias de un librero en Librerías del mundo. César Benedicto Callejas

Uno de los géneros literarios que más me gustan son las memorias y las autobiografías, en pocos textos como en aquellos se puede percibir con mayor intensidad el ansia humana de ser recordado, nuestra innata necesidad de mirarnos al espejo y la necesidad de sentirnos presentes. Las memorias son un género peculiar a medio camino entre la novela, por cuanto el recuerdo es siempre reinvención del pasado y quien cuenta el suyo propio hace mea culpa o se justifica y el reportaje porque si bien reconstruye, no puede del todo mentir.

Yánover no quiere justificarse, no tiene por qué ni de qué, más bien quiere dejar constancia de aquello que le pasó y que no desea que se pierda en aquel mundo cambiante de los libros en el que ya adivina sus transformaciones (Yánover murió en 2003), y, sobre todo, es un canto al libro como objeto, como forma de vida y como camino de diálogo.

Sus memorias no son un anecdotario, son una mezcla rarísima y deliciosa, entre los trabajos del librero, desde el más sencillo vendedor hasta el propietario de Norte, la célebre librería de Buenos Aires. Personajes anodinos, grandes escritores, compradores desaprensivos, locos y cuerdos, sabios e ignorantes se pasean por sus anaqueles y él observa pasar el mundo con la certeza de que todo está ahí,
en la librería, desde antes de que ocurra y para siempre.

No pierde de vista que su tarea es vender libros, que es escritor y promotor cultural, que es lector y amigo de celebridades, ésas son cosas accesorias, no vende libros y por eso, no sin cierta amargura, denota el espíritu de quienes leen y de quienes no lo hacen.

Acceder al artículo completo en El Excelsior.

 

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Javier Pradera. Editor al sol y a la sombra. Iratxe Bernal

Javier Pradera. Editor al sol y a la sombra. Iratxe Bernal

En 1963 en México, Arnaldo Orfila, director de Fondo de Cultura Económica (FCE), cree llegado el momento de dar armas a los jóvenes universitarios que empiezan a rebelarse frente a Franco y decide abrir una delegación de su editorial en España. Para ponerla en marcha recluta a un joven Javier Pradera (San Sebastián 1934-Madrid 2011), quien, aceptando el puesto, comienza la trayectoria que le convertirá en una figura clave del mundo editorial de la Transición española. Esta labor es ahora recordada por Trama con ‘ Javier Padrera, itinerario de un editor’, una selección de cartas, entrevistas y artículos realizada por Jordi Gracia, que muestra su visión de un oficio («el mejor del mundo») en lucha por la
libertad creativa en los años del franquismo y en constante batalla entre la virtud y el dinero en la democracia.

La decisión de Orfila es un poco arriesgada. A la pretensión de distribuir en España obras de Rulfo, Fuentes, Cernuda, Paz, Aub, Fromm o Marx, se une la designación al frente del proyecto de un militante comunista que ni siquiera podrá viajar a la Feria de Fráncfort, la más importante del sector, por tener retirado el pasaporte. De hecho, la actividad política ya lo ha llevado a la cárcel y cerrado el acceso al Colegio de Abogados y las tarimas universitarias. Esa imposibilidad de dedicarse a lo que quería es lo que lleva a este prometedor hijo de una prominente familia falangista a ganarse la vida con «lo que sea». Algo lejos de sus aspiraciones, pero también de la órbita de su tío Juan José Pradera , director del ‘Ya’ y
embajador del Gobierno franquista en varios países, que le educa en tras la muerte de su padre y su abuelo en la guerra.

Seguir leyendo en suplemento Territorios de El Correo.

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Diccionario de una loca. Óscar Esquivias en 20 minutos. Sobre La vida fácil de Alda Merini

Los libros de Alda Merini llegan a las librerías españolas en silencio, sin ninguna publicidad. Uno se los encuentra por sorpresa en las estanterías y en las mesas de novedades de las buenas librerías, humildes, casi escondidos. A mí todas las obras de Alda Merini me sorprenden, me llenan de alegría y a la vez me hieren. Sospecho, además, que sus lectores (y sus editores) también estamos un poco locos y por eso la amamos tanto.

El último libro que he descubierto es La vida fácil (Trama, 2017; traducción de Chiara Giordano y Javier Echalecu). Se trata de un diccionario personal en el que recopila breves y libérrimos ensayos inspirados en objetos cotidianos (como las llaves, el pan, las sábanas o el sujetador) y en diversas vivencias o conceptos (los ángeles, el engaño, la oscuridad). En el original italiano este prontuario íntimo va de “adulterio” a “vecchiaia” (vejez); en español, lógicamente, el orden alfabético ha dado un resultado distinto y la última entrada es “zapatos”. Cada uno de estos articulitos es una suerte de monólogo en primera persona, de manera que no sorprende una nota final de la autora en la que declara la intención dramática del texto: una buena actriz podría hacer una adaptación maravillosa.

Seguir leyendo en 20 minutos.

Comprar La vida fácil.

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¿Qué diría Pradera? Jesús Ceberio en Babelia

¿Qué diría Pradera? Jesús Ceberio en Babelia

Seis años después de su muerte algunos de sus amigos siguen preguntándose en momentos de especial zozobra: “¿Qué diría Pradera?”. No necesariamente para coincidir con él, sino por su capacidad para hacer las preguntas imprescindibles y su lucidez para iluminar los ángulos ciegos. Poco dado al protagonismo social, actuó como levadura madre en los territorios profesionales que frecuentó: el periodismo de opinión, sobre todo en EL PAÍS, que le debe una parte sustantiva de su acervo intelectual y moral, y la edición de libros. De esto último trata el título que Jordi Gracia ha armado con gran sensibilidad sobre textos de Javier Pradera, con mínimos apuntes a pie de página.

Los libros le permitieron empezar a soldar la tremenda fractura que había provocado la Guerra Civil en la cultura española y recuperar parte de la memoria que hubo de refugiarse en América. México-Buenos Aires-Madrid fue el triángulo sobre el que pivotó su oficio de editor, definido por él mismo como “el más bello del mundo”. Algunas de sus cartas de los años sesenta, hace apenas medio siglo, nos retrotraen a los tiempos hoy casi inverosímiles de la censura.

Su más memorable herencia editorial fue sin duda el catálogo de Alianza Bolsillo, que en 1984 celebró con solemnidad inhabitual en Pradera sus primeros 1.000 títulos, que permitieron a dos generaciones de españoles acceder a autores esenciales de la cultura del siglo XX que el régimen de Franco se había obstinado en vetar. Volcado sobre la vertiente cultural del oficio de editor, siempre supo que su sostenibilidad dependía del beneficio.

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