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Javier Pradera. Editor al sol y a la sombra. Iratxe Bernal

Javier Pradera. Editor al sol y a la sombra. Iratxe Bernal

En 1963 en México, Arnaldo Orfila, director de Fondo de Cultura Económica (FCE), cree llegado el momento de dar armas a los jóvenes universitarios que empiezan a rebelarse frente a Franco y decide abrir una delegación de su editorial en España. Para ponerla en marcha recluta a un joven Javier Pradera (San Sebastián 1934-Madrid 2011), quien, aceptando el puesto, comienza la trayectoria que le convertirá en una figura clave del mundo editorial de la Transición española. Esta labor es ahora recordada por Trama con ‘ Javier Padrera, itinerario de un editor’, una selección de cartas, entrevistas y artículos realizada por Jordi Gracia, que muestra su visión de un oficio («el mejor del mundo») en lucha por la
libertad creativa en los años del franquismo y en constante batalla entre la virtud y el dinero en la democracia.

La decisión de Orfila es un poco arriesgada. A la pretensión de distribuir en España obras de Rulfo, Fuentes, Cernuda, Paz, Aub, Fromm o Marx, se une la designación al frente del proyecto de un militante comunista que ni siquiera podrá viajar a la Feria de Fráncfort, la más importante del sector, por tener retirado el pasaporte. De hecho, la actividad política ya lo ha llevado a la cárcel y cerrado el acceso al Colegio de Abogados y las tarimas universitarias. Esa imposibilidad de dedicarse a lo que quería es lo que lleva a este prometedor hijo de una prominente familia falangista a ganarse la vida con «lo que sea». Algo lejos de sus aspiraciones, pero también de la órbita de su tío Juan José Pradera , director del ‘Ya’ y
embajador del Gobierno franquista en varios países, que le educa en tras la muerte de su padre y su abuelo en la guerra.

Seguir leyendo en suplemento Territorios de El Correo.

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Diccionario de una loca. Óscar Esquivias en 20 minutos. Sobre La vida fácil de Alda Merini

Diccionario de una loca. Óscar Esquivias en 20 minutos. Sobre La vida fácil de Alda Merini

Los libros de Alda Merini llegan a las librerías españolas en silencio, sin ninguna publicidad. Uno se los encuentra por sorpresa en las estanterías y en las mesas de novedades de las buenas librerías, humildes, casi escondidos. A mí todas las obras de Alda Merini me sorprenden, me llenan de alegría y a la vez me hieren. Sospecho, además, que sus lectores (y sus editores) también estamos un poco locos y por eso la amamos tanto.

El último libro que he descubierto es La vida fácil (Trama, 2017; traducción de Chiara Giordano y Javier Echalecu). Se trata de un diccionario personal en el que recopila breves y libérrimos ensayos inspirados en objetos cotidianos (como las llaves, el pan, las sábanas o el sujetador) y en diversas vivencias o conceptos (los ángeles, el engaño, la oscuridad). En el original italiano este prontuario íntimo va de “adulterio” a “vecchiaia” (vejez); en español, lógicamente, el orden alfabético ha dado un resultado distinto y la última entrada es “zapatos”. Cada uno de estos articulitos es una suerte de monólogo en primera persona, de manera que no sorprende una nota final de la autora en la que declara la intención dramática del texto: una buena actriz podría hacer una adaptación maravillosa.

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¿Qué diría Pradera? Jesús Ceberio en Babelia

¿Qué diría Pradera? Jesús Ceberio en Babelia

Seis años después de su muerte algunos de sus amigos siguen preguntándose en momentos de especial zozobra: “¿Qué diría Pradera?”. No necesariamente para coincidir con él, sino por su capacidad para hacer las preguntas imprescindibles y su lucidez para iluminar los ángulos ciegos. Poco dado al protagonismo social, actuó como levadura madre en los territorios profesionales que frecuentó: el periodismo de opinión, sobre todo en EL PAÍS, que le debe una parte sustantiva de su acervo intelectual y moral, y la edición de libros. De esto último trata el título que Jordi Gracia ha armado con gran sensibilidad sobre textos de Javier Pradera, con mínimos apuntes a pie de página.

Los libros le permitieron empezar a soldar la tremenda fractura que había provocado la Guerra Civil en la cultura española y recuperar parte de la memoria que hubo de refugiarse en América. México-Buenos Aires-Madrid fue el triángulo sobre el que pivotó su oficio de editor, definido por él mismo como “el más bello del mundo”. Algunas de sus cartas de los años sesenta, hace apenas medio siglo, nos retrotraen a los tiempos hoy casi inverosímiles de la censura.

Su más memorable herencia editorial fue sin duda el catálogo de Alianza Bolsillo, que en 1984 celebró con solemnidad inhabitual en Pradera sus primeros 1.000 títulos, que permitieron a dos generaciones de españoles acceder a autores esenciales de la cultura del siglo XX que el régimen de Franco se había obstinado en vetar. Volcado sobre la vertiente cultural del oficio de editor, siempre supo que su sostenibilidad dependía del beneficio.

Seguir leyendo en Babelia.

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Seis años sin Pradera. Jorge M. Reverte en El País

Seis años sin Pradera. Jorge M. Reverte en El País

El recurso del paso del tiempo está muy manido, pero no más que el propio paso del tiempo. Es un recurso literario dudoso, pero es eficaz, porque alude a una perplejidad legítima, la que nos sacude cuando comprobamos que la desaparición de algunos seres humanos tuvo lugar hace mucho más de lo que percibimos su ausencia en nuestro quehacer diario.

O sea, que lo que nos pasa a muchos con la muerte, hace ya más de seis años, de Javier Pradera es en cierto modo una vulgaridad… Salvo si nos paramos a pensar en qué le echamos de menos.

Este hombre era una desmesura todo él. Físicamente lo era, pero también debía medir unos dos metros intelectualmente. Y hay ocasiones en las que uno espera su artículo para aclararse o buscar su complicidad burlona haciendo una broma: ¿estamos a favor de Catherine Deneuve en lo de que nos toquen la pierna?

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Las 'no memorias' de Javier Pradera editor. Rosa Pereda en Letra Internacional 125

Las ‘no memorias’ de Javier Pradera editor. Rosa Pereda en Letra Internacional 125

La función de las memorias, de ese género que cada vez me gusta más, es mostrar, desde su propio punto de vista, la personalidad de un personaje. Desde las motivaciones últimas a las circunstancias en que se desenvuelve su vida, en que se producen sus actos. Normalmente se trata de relatos autobiográficos, más o menos embellecidos por el autorrecuerdo, que por cruel que sea muchas veces, siempre deja esa miga de autocomplacencia sin la que el personaje no hubiera podido vivir. Y la memoria, además, es tan selectiva. Pero es el yo el que se expresa, con voluntad de narrarse. Aquí no, y por eso he titulado este texto sobre el libro de Pradera como las no-memorias. Y sin embargo, debo decir que yo lo he leído como si sí lo fueran. Como la explicación de una faceta, que no es precisamente la más conocida del autor –quizá con comillas– y de las circunstancias en que comenzó un oficio, «el mejor del mundo», siguió en él, y luego fue cubierto por una personalidad pública que tenía más qué ver con la prensa –el Pradera periodista, otra vez con comillas– y con la política –o su voz como una de las más influyentes de varias décadas de la historia de España, y no solo desde su opinión publicada, con o sin firma. Lo que le granjeó admiración y respeto, pero también odio y envidia. Debo decir que, en mi caso, se trató de lo primero. Admiración y respeto.

Dicho esto como punto de partida, Jordi Gracia, y Natalia Rodríguez Salmones, han seleccionado una colección de textos de Pradera referidos todos ellos a su trabajo como editor y a sus ideas sobre la edición. El libro, que acaba de publicar Trama editorial y que lleva un epílogo de Miguel Aguilar, tiene dos partes bien diferenciadas. Una, que recoge una serie de cartas e informes internos, desde las editoriales que cofundó y codirigió, que casualmente fueron de las más importantes para el progreso de este país en el tardofranquismo y la primera transición, es decir, el Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI y Alianza Editorial.

Seguir leyendo en Letra Internacional.

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Pradera fue un editor libre en la grisura de la dictadura. José Andrés Rojo en El País

Pradera fue un editor libre en la grisura de la dictadura. José Andrés Rojo en El País

A Javier Pradera (San Sebastián, 1934-Madrid, 2011) se lo conoce sobre todo por la finura con la que construía sus argumentos y por la contundencia con que sabía llevarlos a la página escrita, ya fuera como editorialista o como analista político. Estuvo vinculado a EL PAÍS desde su fundación y contribuyó decisivamente a dar consistencia a las posiciones de este periódico durante la Transición y, más adelante, ya en democracia.

En Javier Pradera. Itinerario de un editor(Trama Editorial), que ayer se presentó en la Fundación Diario Madrid, Jordi Gracia se ha ocupado de rescatar otra de sus grandes dedicaciones: hacer libros. Empezó porque tuvo que buscarse alguna fuente de ingresos una vez que, por su actividad política, se le complicaran las cosas. Con el tiempo, comentaron ayer, se convirtió en referente y maestro de editores. Todo empezó en 1959 cuando entró como agente comercial en la editorial Tecnos.

Seguir leyendo en El País.

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Silvia Molloy. Citas de lectura. Ampersand

Silvia Molloy. Citas de lectura. Ampersand

Silvia Molloy

Citas de lectura

Ampersand,

2017. 76 p.

Colección: Lector&s

ISBN 978-987-4161-04-8

La propuesta de la editorial Ampersand de una colección dedicada a la experiencia lectora de algunos autores parezca, quizá a primera vista, algo chismosa. ¿Qué leen los que escriben? ¿Cómo leen? ¿Cuáles fueron sus experiencias determinantes en su vínculo con la literatura? ¿Quiénes están detrás de los libros que les resultaron importantes? Pero ¿Por qué nos interesa eso? Hay, tal vez, un deseo de cercanía. En este caso Citas de lectura de Sylvia Molloy nos propone un recorrido sentimental, donde “citas” refiere más a un encuentro personal que a los libros. O acaso ¿las citas bibliográficas no son, también, un diálogo diferido, un registro similar al de una agenda de teléfonos a la cual recurrimos cuando necesitamos saber algo?

El libro comienza con una vacilación, con un olvido: “[…]tampoco puedo decir que el primer libro que leí de chica no fue en español. Ni que era con toda certeza en inglés. En todo caso prefiero pensar que ya entonces se daba en mi un vaivén de lectura, un estar entre lenguas que es mi vida”. Lo que importa ya no es el libro en si —cosa a la que nunca llegaremos— sino una corriente afectiva, algo casi tangible. De hecho, esta tangibilidad se traduce, nuevamente, en una presencia casi física —¿humana? —: “Este libro recuerda encuentros con libros que, por alguna razón, profunda o frívola, me acompañan hasta el día de hoy”. ¿Qué es un encuentro con un libro? Pareciera que algunos tienen una presencia tan fuerte que son capaces de interpelarnos de la misma manera que un desconocido que grita nuestro nombre en la calle. No es difícil imaginarse alguna circunstancia en la que haya pasado ¿Quién no caminó en una librería, entre usados y nuevos, hasta el momento en el que un título parece saltarnos a la vista como si sus letras estuvieran escritas con neón?

Los capítulos del libro señalan, poco a poco, esa “educación sentimental” que prevé la lectura o, al menos, aquella que Molloy recuerda o llega a reconstruir: “Lectura y sufrimiento”, “Encuentros clandestinos”, “Lectura y amor”, “Vocación”, “Libro y amistad”, “Libro y celos”. En ese trayecto, como en una novela de aventuras en la que el héroe va camino a ser lo que ya era, también hay gente: José Bianco, Silvina Ocampo, Jorge Luis Borges, familiares, maestras, profesores y algún encuentro fortuito que provocó, de una u otra manera, una relectura. ¿Relectura de qué? De la identidad, del contexto, de la cultura, de la relación con los libros.

Seguir leyendo en Revista Kunst.

 

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Poeta al teléfono. Sobre Alda Merini y La vida fácil. Elena Sierra

Poeta al teléfono. Sobre Alda Merini y La vida fácil. Elena Sierra

Texto publicado originalmente en el suplemento Pérgola del periódico Bilbao.

La italiana Alda Merini pasó largas temporadas ingresada en ‘manicomios’ pero nunca dejó de crear una obra por la que hace veinte años Dario Fo se empeñó en que fuera propuesta para el Premio Nobel.

“Picasso hacía lo mismo. No le permitían, dibujar, así que embadurnaba con barniz fresco las sábanas recién lavadas, tanto que le tacharon de idiota y endiablado. Jóvenes o viejos, los genios han hecho siempre cosas de lo más extrañas”, escribió la poeta Alda Merini (Milán, 21 de marzo de 1931-1 de noviembre de 2009) en uno de los pequeños textos que recoge el libro ‘La vida fácil’. Silabario’, publicado por Trama Editorial recientemente. Merini habla en ese capitulillo titulado ‘Agenda telefónica’ del genio, de la rareza, y lo hace en este caso partiendo de sus propias cosillas: cuando estaba en casa, solía apuntar números de teléfono en la pared. Dice en este textito que eso ocurría porque en el batiburrillo del hogar -con cuatro hijas y muchos escritos y poco tiempo para la organización del día a día- era incapaz de encontrar un bolígrafo y un papel en el momento justo.

Pero también podría haber contado, como lo hacen los traductores del libro en el prólogo, de sus largas conversaciones telefónicas, de sus muchos cigarrillos al día (hasta ochenta), de cómo le surgían imágenes y con ellas poemas cuando las mantenía, de todas las veces que le dictó a su editor esas obras al aparato, del collar de perlas que llevaba siempre al cuello aunque no tenía una lira. Y de sus problemas mentales, que durante dos décadas la tuvieron entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos, y que jamás silenció. Al contrario: fueron tema literario para ella.

Merini era una persona diferente. Lo fue desde pequeña, cuando su primer verso, “escrito con tiza en la pizarra, llamó la atención de todo el mundo. Incluso a mí me cogió por sorpresa. Comencé a creerme poeta”. Lo creyeron otros muchos también, y lo creyeron enseguida. Cuando solo tenía 15 años, el poeta y crítico Giacinto Spagnoletti la descubrió y la incluyó en su antología de la poesía italiana del periodo 1909-1949; y un par de años después, gracias a la intermediación de Eugenio Montale y de Maria Luisa Spaziani, otros dos creadores de la época, dos de sus poemas inéditos formaron parte de otro volumen recopilatorio, ‘Poetesse del Novecento’.

Nadie habría podido decir que Merini llegaría tan alto, no ya por la edad, sino por el origen humilde y la falta de estudios. Una vez se encontró a un famoso banquero por la calle y le dijo “Tengo hambre”… A lo que el banquero hizo oídos sordos -le dedicaría más tarde unos versos-. Hija de un dependiente en una compañía de seguros y un ama de casa, la menor de tres hermanos, no pudo entrar en el Liceo porque suspendió el examen de italiano. Pero el genio no encuentra obstáculos, y entre los 15 y los 22 años lo suyo fue un no parar de escribir y de conocer artistas de renombre a pesar de que en 1947 ya había tenido que estar un mes internada en un hospital (sus padres murieron siendo ella muy joven y casi a la vez, lo que la desequilibró).

Seguir leyendo en el periódico Bilbao.

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El libro y el editor de Éric Vigne visto por Alejandro Gamero

El libro y el editor de Éric Vigne visto por Alejandro Gamero

El tremendo avance que la autopublicación ha experimentado en los últimos años ha tenido sus ventajas y sus inconvenientes. Publicarse a uno mismo ya no es una labor tan cara ni tan tediosa como antiguamente. Existen infinidad de opciones para los autores que permiten llegar a un público potencialmente ilimitado a un coste bastante económico. Plataformas como Amazon, por poner un ejemplo, permiten al autor publicar su novela en tiempo récord tanto en soporte físico, con impresión bajo demanda, como digital, otorgando al creador un control total sobre su obra. Pero conviene no confundir los conceptos de «publicar» y «editar» ‒en ese sentido, incluso se podría poner en duda la «autoedición»‒. Puede parecer una afirmación de Perogrullo, pero editar implica seleccionar un texto, corregirlo y maquetarlo para, a continuación, pasar a publicarlo, que es cuando se le da la forma de libro, ya sea en papel o en digital.

La confusión de conceptos no deja de ser hija de los tiempos que corren. Si la autopublicación es una opción viable a la edición tradicional, si las tecnologías son cada vez más baratas y sencillas de utilizar y los canales de distribución y comercialización más efectivos, entonces ¿para qué necesitamos a editoriales y a editores?

 

Para empezar, conviene no subestimar el proceso de selección que lleva a cabo una editorial. No hay duda de que se publica demasiado. Solo en 2016 se publicaron en España 81.391 libros. En su ensayo Los demasiados libros Gabriel Zaid advierte que los libros se multiplican en proporción geométrica mientras que los lectores lo hacen en proporción aritmética. Entre 1950 y 2000 se llegaron a publicar aproximadamente 36 millones de ejemplares, lo que equivale a un libro cada medio minuto. «Si uno leyera un libro diario estaría dejando de leer cuatro mil publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos», dice Zaid. Y, según todo parece indicar, estas cifras continuarán creciendo en las próximas décadas. Ante semejante panorama es innegable que los filtros son necesarios, que editoriales y editores tienen que jugar ahora más que nunca un papel fundamental en el mundo del libro.

Es por eso que ensayos como el de Éric Vigne, El libro y el editor, son tan de agradecer. No solo porque reivindique el papel no ya de la editorial sino del editor, como persona, sino porque hace un análisis crítico tremendamente exhaustivo de la industria editorial y de las transformaciones que ha padecido durante todo el siglo XX, ofreciendo un panorama muy esclarecedor de la situación actual.

Seguir leyendo en La piedra de Sísifo.

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Sobre “Memorias de un librero” de Héctor Yánover. Carlota Gastaldi Mateo

Sobre “Memorias de un librero” de Héctor Yánover. Carlota Gastaldi Mateo

Hay muchas formas de contar una vida. Una de las más sugerentes es, sin duda, atravesando la senda de los libros. Héctor Yánover (1929-2003) fue el librero más famoso de Buenos Aires. Durante muchos años regentó la mítica Librería Norte. Naturalmente, un trabajo de este tipo hace que los libros, además de un oficio, se conviertan en el envoltorio onírico de las propias vivencias. En “Memorias de un librero”recopila una procesión de anécdotas vinculadas a su experiencia como librero. O mejor, a su experiencia como amante de los libros, pues lo que recoge es un canto al libro como refugio, antes que como negocio.

     “Memorias de un librero” no es un anecdotario de escenas graciosas. En eso, es poco pretencioso. Solo se sirve de ellas para completar el dibujo que traza de lo que fue su camino en la vida. Eso sí, se abra por donde se abra, resulta entrañable. Porque está escrito con la tinta de los sentimientos, con el bombeo de su pasión lectora. Cada anécdota rescatada está empapada de un ardor desmedido por el oficio y por todo lo que tiene que ver con el hecho de ser librero. Héctor Yánover supo bien que hay anécdotas tan buenas que debieran ser verdad. Él las narra con naturalidad, tal cual le vienen, y nos hace cómplices de su encantamiento. Confiesa tenerles fidelidad ya no solo por el saber que le proporcionan —siempre algo del precipitado de sabiduría de algunos de ellos se adhiere a nuestras manos—, sino porque con ellos construyó su vida.

Seguir leyendo en La cueva de mis libros.

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