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Para reflexionar: por qué triunfan las bibliotecas en Finlandia. Evelio Martínez

Para reflexionar: por qué triunfan las bibliotecas en Finlandia. Evelio Martínez

El día 15 de mayo el diario The Guardian publicaba un interesante artículo sobre las bibliotecas públicas de Finlandia. En concreto, el artículo hacía referencia a la próxima obertura (en diciembre) de la biblioteca central llamada Oodi.

El texto da para hacer un par de reflexiones rápidas, de esas lanzadas al vuelo que suelo dejar en este blog.

Finlandia es un país de lectores, se nos dice, una nación nombrada por Naciones Unidas en 2016 como la más educada (literate). Los finlandeses, pues, están entre los usuarios más entusiastas de las bibliotecas públicas del mundo (los 5’5 millones de habitantes toman en préstamo al año… ¡68 millones de libros!).

Y aquí viene la primera perla / reflexión:

No es difícil ver por qué las bibliotecas de Finlandia son tan usadas: el 84% de la población es urbana, y dado el frecuente duro clima, las bibliotecas no son sólo un espacio para estudiar, leer o tomar libros en préstamo – son espacios vitales para la socialización.

Dicho en plata: uno de los factores que hace que los finlandeses vayan tanto a la biblioteca es que en Finlandia hace un frío de la hostia.

Otra perla del artículo para reflexionar:

Las bibliotecas son vistas como el rostro de la creencia finlandesa en la educación, la igualdad y la buena ciudadanía. “Hay una fuerte creencia en la eduación para todos”, dice Hanna Harris, directora de Archinfo Finland y comisionada de Mind-building [el pabellón finlandés en la biennale de arquitectura de Venecia de este 2018]. “Hay un aprecio por la ciudadanía activa – la idea de que es algo a lo que todo el mundo tiene derecho. Las bibliotecas encarnan esa idea fuertemente”.

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Discurso de apertura de la Feria del Libro de Buenos Aires a cargo de Claudia Piñeiro

Discurso de apertura de la Feria del Libro de Buenos Aires a cargo de Claudia Piñeiro

Antes que nada quiero agradecer haber sido elegida para dar el discurso de apertura en esta Feria del Libro de Buenos Aires. La Feria es el evento literario más importante de la ciudad, del país y de la región. Y una de las ferias en español más destacadas del mundo. Vengo a esta feria desde antes de ser escritora. Valoro lo que tiene de literario y también lo que tiene de evento social, de lugar de reunión, de cofradía, de territorio por el que transitan infinidad de personas buscando un libro. Desde que fui convocada a dar este discurso me persigue una pregunta: ¿Qué se espera de un escritor? ¿Alguien espera algo de nosotros? Tal vez sí. O tal vez ni siquiera que escribamos un próximo libro.
Cuando hace ocho años Griselda Gambaro tuvo que dar su discurso inaugural en la Feria de Frankfurt citó a Graham Greene quien había dicho: “Debemos admitir que la verdad del escritor y la deslealtad son términos sinónimos (…) El escritor estará siempre, en un momento o en otro, en conflicto con la autoridad”. Me atrae ese lugar para el escritor: el de conflicto con la autoridad. Entendiendo por autoridad –en nuestro caso– el Estado, la industria editorial y los intolerantes que pretenden imponer cómo debemos vivir. Me siento cómoda en un colectivo de escritores para los que la lealtad nunca deba ser con la autoridad, sino con el lector, con el ciudadano, con la literatura y con nosotros mismos. Y retomo el concepto tal cual lo expresó Gambaro: “Así debe ser por razones de sano distanciamiento en la preservación del espíritu crítico, de la disidencia como estado de alerta, si bien es preciso no confundir la disidencia – trabajo de pensamiento – con la estéril rutina del antagonismo sistemático.” Quiero apropiarme de esa frase de Gambaro: disentir como estado de alerta, no como antagonismo sistemático. La vida está llena de gestos que tienen un significado y tratamos de decodificar. Nosotros, como escritores, estamos atentos a los gestos que nos muestran la industria, el Estado y por supuesto los lectores. Los nuestros también importan pero solemos creer que alcanza con escribir. Sin embargo, hay determinadas circunstancias sociales frente a las cuales la falta de acción o la falta de gesto explícito también trasmite un mensaje.
Quiero señalar algunos de esos gestos.
Los escritores somos parte de la industria editorial. Reivindico el ejercicio de la literatura como trabajo y nosotros como trabajadores de la palabra. Somos trabajadores dentro de una industria, pero a veces ni nosotros mismos tenemos conciencia de ese status. La confusión puede deberse a que trabajamos haciendo lo que más nos importa en la vida: escribir. Hay textos inolvidables de George Orwell, Marguerite Duras, Reinaldo Arenas, acerca de por qué escribimos. Dice Arenas: “Para mí, escribir es una fatalidad, no una razón; una fuerza natural, no una interpretación”. Podría suscribir lo que dicen todos ellos, en especial sumarme a lo que dice Arenas porque creo que cualquiera de esas búsquedas del origen de la propia escritura son posteriores al acto. En el acto de escribir hay pulsión, escribimos porque no tenemos más remedio, porque si no escribiéramos no seríamos quienes somos. Creo en la escritura como una marca ontológica.
Nosotros tenemos plena conciencia de la crisis que atraviesa el sector; somos parte de la cadena de valor tanto como lo son todos los otros eslabones: el accionista que invierte en el negocio, el editor, el imprentero, el librero, el distribuidor, los correctores, los traductores y cada uno de los que trabajan en la industria. Nos gusta lo que hacemos y tal vez, si tuviéramos de qué vivir, lo haríamos gratis. Pero el trabajo se paga. Se nos debe pagar en tiempo y forma lo que vale. Algunas editoriales lo hacen, algunas no. No se trata de tamaños: grandes, medianas o independientes, hay quienes hacen las cosas bien y quienes las hacen mal. En ese sentido yo me siento privilegiada. Pero tengo la responsabilidad de hablar no sólo por lo que me pasa a mí sino por mis colegas.
Más allá de que el 10% por derechos de autor – porcentaje que no tiene otra explicación que “porque siempre fue así”– se liquide semestralmente y sin ajuste por inflación, hay editoriales que pudiendo hacerlo no pagan anticipos y otras que proponen contratos infirmables que no resistirían un análisis ni jurídico ni ético. ¿Por qué los firmamos? Porque queremos ser publicados, porque sabemos lo difícil que es conseguirlo, pero también porque estamos convencidos como El mercader de Venecia de Shakespeare, que aunque el contrato diga que deberemos pagar con una libra de carne, llegado el caso Shylock no será capaz de tomar el cuchillo y cortarnos un pedazo del cuerpo: error. Y porque estamos solos. Hay un estado de indefensión ante ciertos usos y costumbres que deberían ser revisados. Algunos tenemos la suerte de contar con un agente que nos defienda. Algunos tenemos la suerte de trabajar con editoriales que cumplen con sus obligaciones. Pero muchos escritores no. Ante esas inequidades hay una ausencia del Estado. Es poco habitual encontrar diputados que estén pensando leyes que nos protejan. Los jueces no entienden nuestros reclamos. Los distintos actores del poder ejecutivo no dan respuestas a preguntas sobre la continuidad de premios nacionales y municipales, la ley del libro o la jubilación de los escritores. No pretendo que nos digan que sí a todo lo que pedimos, pero pretendo un intercambio de opiniones y una respuesta que demuestre que se nos escucha. La ausencia de gesto también es un gesto. Los dramaturgos y guionistas cuentan con Argentores, que con errores y aciertos, defiende sus derechos. El resto de los escritores no tenemos sindicato en el sentido estricto de la palabra. Tal vez porque somos seres muy solitarios y poco afectos a lo gregario es que nos cuesta reclamar en conjunto y este reclamo no puede ser individual. Tal vez porque sentimos que la literatura tiene que estar por encima de cualquier demanda. Y es cierto, la literatura debe estar por encima de cualquier demanda; pero hoy, en el 2018, los escritores somos un engranaje de una industria que genera bienes y servicios y nuestra tarea tiene que ser honrada como lo que es: trabajo.
Algunos gestos novedosos y positivos. Han surgido en los últimos tiempos colectivos con conciencia de la necesidad de visibilizar lo que nos pasa. Por un lado la Unión de Escritores, que en su razón de ser dice : “Somos un grupo de escritoras y escritores interesados en instalar el debate sobre la figura del escritor en tanto trabajador”. Un grupo que iniciaron entre otros Selva Almada, Julián López, Enzo Maqueira, Alejandra Zina, y al que hemos adherido muchos más. Con ese debate, la Unión intenta lograr que escritores con menos experiencia adviertan que si alguien pide la libra de carne, no hay que firmar. Por otro lado está el nacimiento de NP literatura, una Asamblea Permanente de Trabajadoras Feministas del Campo Cultural, Literario e Intelectual que gestaron entre otras Cecilia Szperling, Florencia Abatte y Gabriela Cabezón Cámara. Ya adherimos más de trescientas cincuenta escritoras. NP literatura se define así: Nosotras proponemos diez puntos para un compromiso ético y solidario en la búsqueda de la igualdad de espacios, visibilidad y puesta en valor de la mujer en el campo cultural, literario e intelectual”.

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Bibliomancia. Elena Rius

Bibliomancia. Elena Rius

Los libros, ¿tienen poderes mágicos? Si los consideramos como lo que físicamente son -un amasijo de hojas de papel impresas y encuadernadas-, y dejando de lado el mundo de la fantasía, es evidente que no. Pero lo que esas páginas contienen posee a veces (pocas, tal vez, pero dignas de tener en cuenta) un enorme valor. Hay obras que, por su relevancia, por su influencia, se han considerado dechados de sabiduría, pozos donde buscar una guía para la vida. Mucho antes de que existieran los libros, ante una decisión o una situación comprometida, los antiguos se dirigían a algún oráculo para pedir consejo. Era casi obligado pasar por la pitia de Delfos, el oráculo de Dodona o la Sibila romana antes de tomar una decisión de cierta gravedad. Aunque los vaticinios de estos oráculos no siempre eran claros; mejor dicho, eran notoriamente oscuros, para que así cada cual pudiese interpretarlos a su gusto. Porque, en fin, para eso servían, para dar respaldo divino a lo que uno ya había decidido de antemano hacer.
Por un acto de transferencia que tiene algo de misterioso, ese papel de mostrar el camino a seguir lo heredaron algunas grandes obras literarias, que pasaron a actuar ellas mismas como oráculos. Al azar, se abría el libro en cuestión y se leían las primeras líneas que aparecían ante los ojos. Luego, se interpretaba lo leído de acuerdo con la pregunta que uno hubiese formulado, una práctica conocida comosortes. Es decir, ciertas obras se vieron investidas -al menos a ojos de los que creían en ellas- de poderes mágicos. Homero, admirado unánimemente por el mundo antiguo, fue quien primero logró este estatus. Las sortes homericae fueron practicadas por Sócrates, por ejemplo. Y, aunque hasta donde yo sé no hay constancia de ello, no puedo evitar imaginar que lo mismo haría Alejandro, ya que según se dice no se separaba nunca de su ejemplar de la Ilíada. No sería extraño, pues, que le pidiese consejo de vez en cuando. Los romanos, no queriendo ser menos que los griegos, pronto entronizaron al gran Virgilio como oráculo: las sortes vergilianae se hicieron habituales y su práctica siguió vigente durante la Edad Media y el Renacimiento. Se dice que futuro emperador Adriano, mucho antes de ser proclamado como tal, recurrió a ellas para preguntar por su futuro (la corte imperial estaba plagada de peligros, ya saben).

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Un librero. Álvaro Castillo Granada. Random House

Un librero. Álvaro Castillo Granada. Random House

Álvaro Castillo Granada

Un librero

Random House

2018. 134 p.

Colección: Literatura Random House

ISBN 978-958-54-5804-8

Álvaro Castillo Granada, más que librero, cazador de libros, cuenta en estos textos, con la autoridad que le da su experiencia, los caminos azarosos y fascinantes que recorrieron algunos ejemplares antes de llegar a las manos del lector. Y lo narra con destreza, ya sea a través de la crónica o el cuento, en este libro sobre los libros, que también se puede leer como una declaración de amor a ellos y a su oficio de librero». Este libro debe abrirse con cuidado, pues contiene la vida secreta de los libros: las manos que los acariciaron, los lugares que recorrieron, las obsesiones que despertaron, las amistades y los amores de los que fueron cómplices. Son dieciséis relatos en los que Álvaro Castillo Granada, el librero más dedicado que conozco, nos lleva, con una prosa fina y precisa, al detrás de escena de una vida consagrada a los libros».

“Esa pregunta me la han hecho muchas veces:
— ¿Ustedes compran libros?
Después de responder que “Sí, claro, nosotros compramos libros usados”, empieza la conversación. Parece que todo dependiera de la respuesta. Algo así como cruzar corriendo un puente que tememos se derrumbe bajo nuestros pies. Mientras más rápido corramos, mejor. Como si la velocidad pudiera conjurar el destino.

La voz cambia:
—Vamos a cambiarnos de apartamento y tenemos muchos libros. No podemos llevárnoslos todos. Tenemos que escoger. Imagínese: nos vamos a un apartamento chiquito. ¿Cuándo puede venir?
Ahí sí la velocidad de mi respuesta conjura el destino (si dudo o me demoro en ir alguien más lo hará y conseguridad hallará el tesoro)”.

De esta manera inicia uno de los relatos de Un librero (Literatura Random House, 2018), el nuevo libro de Álvaro Castillo Granada, uno de los libreros más importantes de Colombia.
En los quince cuentos que conforman este volumen merodea un librero apasionado por su oficio.
En algunos él es el protagonista de una historia derivada de su obsesión: la adquisición o la venta o la recomendación o la pérdida de un libro lo llevan por caminos insospechados, a veces al amor, a veces a la tristeza, a veces a los recuerdos, a veces a la máxima emoción; en otros cuentos él no es más que un testigo de los destinos impredecibles que tienen los libros y los lectores y los libreros y los escritores, y puede enterarse, desde el rincón atestado en el que atiende en su librería.

“Álvaro Castillo Granada, más que librero, cazador de libros, cuenta en estos textos con la autoridad que le da su experiencia, los caminos azarosos y fascinantes que recorrieron algunos ejemplares antes de llegar a las manos del lector. Y lo narra con destreza, ya sea a través de la crónica o el cuento, en este libro sobre los libros, que también se puede leer como una declaración de amor a ellos y a su oficio de librero”. (Jorge Franco)

“Este libro debe abrirse con cuidado, pues contiene la vida secreta de los libros: las manos que los acariciaron, los lugares que recorrieron, las obsesiones que despertaron, las amistades y los amores de los que fueron cómplices. Son dieciséis relatos en los que Álvaro Castillo Granada, el
librero más dedicado que conozco, nos lleva, con una prosa fina y precisa, al detrás de escena de una vidaconsagrada a los libros”. (Pilar Quintana)

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'El ebook es un producto estúpido: sin creatividad, sin mejoras', dice el CEO de Hachette Group

‘El ebook es un producto estúpido: sin creatividad, sin mejoras’, dice el CEO de Hachette Group

Una entrevista con Arnaud Nourry sobre el futuro de la publicación digital, por qué se enfrentó a Amazon como oponente y al potencial de mercado en India.

Original en inglés en Scroll.in

Con más de 17,000 títulos nuevos cada año y ventas de $ 2,826 millones en 2016, el grupo de compañías Hachette Livre se ubica cómodamente entre las cinco principales editoriales en inglés, junto con Penguin Random House, Simon & Schuster, HarperCollins y MacMillan Publishers. Con sede en Francia, sus autores incluyen a John Grisham, Enid Blyton, James Patterson, Robert Ludlum y Stephen King. Mientras que su filial de India acaba de completar 10 años de operaciones en India, la empresa matriz ha estado en el negocio durante casi dos siglos. Con el apoyo de un ambicioso plan de adquisición global, el gigante editorial tiene presencia en todas las formas de publicación comercial (no académica). El presidente y CEO de Hachette Live Group desde 2003, Arnaud Nourry, estuvo en India recientemente para celebrar una década de Hachette India y habló con Scroll.in sobre su estrategia y el futuro de la publicación. Extractos de la entrevista:

Hachette tiene más de 150 imprentas en todo el mundo y saca más de 17,000 nuevos títulos al año. ¿Cómo mantiene el grupo un espíritu consistente en las impresiones y geografías? ¿Es eso incluso necesario cuando los mercados y lectores son tan diferentes en estas diferentes regiones?
No mantenemos un ethos. Compartimos valores por supuesto: cultura, educación, libertad de expresión, servicios a los autores, creatividad e innovación. Pero más allá de eso, cada impresión tiene su propio posicionamiento, espíritu, ethos, desarrollo y libertad. Esta es la única forma en que podemos ser buenos editores en India, en México, en Japón, en España o en el Reino Unido o los EE. UU. Estos mercados son completamente diferentes el uno del otro. Eso no significa que algunos libros no viajan, hay éxitos en todas partes. Pero la dimensión local de los mercados es tan grande que no intentamos ser iguales en todas partes.

¿Sigue siendo Europa su mercado más grande? ¿Cuáles son los mercados emergentes con mayor potencial que ves en este momento? 
Un tercio de nuestro negocio está en el idioma francés en Francia, Bélgica, Suiza, Canadá y otros países de habla francesa, 25% en los Estados Unidos y Canadá de habla inglesa, 20% en el Reino Unido, India, Australia, Nueva Zelanda y Irlanda, 10% en español y otro 10% en el resto del mundo.

Nuestro enfoque y estrategia ha sido publicar en francés, inglés y español, y como una segunda etapa de desarrollo, decidimos investigar otros idiomas como chino, ruso y árabe. Tengo que decir que China es un país difícil, así que no estoy 100% satisfecho con nuestros éxitos allí. El idioma árabe es fascinante porque hay una gran cantidad de lectores. Aunque debo decir que el entorno político y militar no es de gran ayuda para vender libros. Rusia es bastante interesante y tenemos éxito. Y, por supuesto, India es uno de los mercados más interesantes para nosotros en este momento.

¿Qué potencial ves en el mercado indio en particular? Tenemos millones de hablantes de inglés, pero el número de lectores en inglés sigue siendo muy bajo como porcentaje de esa población. ¿Qué crees que puede estimular un aumento en este número de lectores? 
No estoy seguro de que el porcentaje sea tan bajo si considera que todos los niños leen libros de texto. La tasa de becas en la India es una de las más altas del mundo, por lo que es prometedor para el futuro. Creo que hay un gran potencial de crecimiento en el número de lectores en India. Hemos cuadruplicado nuestra facturación en los últimos años y eso no proviene de los precios, es de la venta de más libros. Con el paso del tiempo, las personas se darán cuenta del valor y las oportunidades de desarrollo personal que les brinda la lectura.

Sí, se estima que los libros de educación probablemente contribuyan con el 70% de todas las publicaciones indias. Pero, ¿qué pasa con las otras formas de publicación comercial? ¿Eres optimista en ese frente?
No estamos en el sector de la educación. Extendemos marginalmente libros de educación de Inglaterra a India, pero no es el núcleo de nuestro negocio. Pero sí creo que mientras más libros de texto estén en manos de los niños, más encontrarán que comprar y leer libros para niños, y cuando sean mayores, libros para adultos, es una experiencia agradable. Así que estoy optimista en el lado del comercio seguro.

En 2014, Hachette se hizo famosa y ganó contra Amazon al decidir quién controlará los precios de los libros electrónicos: ellos o los editores. Mirando hacia atrás, ¿ha ayudado esa victoria? 
Cuando asumí el puesto de Presidente y CEO de Hachette en 2003, estudié lo que había sucedido en las industrias de la música y el video, o en el presente, tomé el ejemplo de la industria de las revistas. Me di cuenta de que cometieron dos errores. El primero fue retrasar la digitalización de su producto, lo que ayudó a que surgiera la piratería. El segundo error fue que no mantuvieron el control sobre el precio de sus creaciones, por lo que no pudieron proteger su facturación, los ingresos de sus cantantes o escritores.

Entonces, en el año 2006-2007, cuando los ebooks llegaron a nuestro mercado, estaba absolutamente convencido de que cuando saltamos al mercado de los libros electrónicos, necesitábamos mantener el control de nuestro precio. Esto no solo provenía de pensar en nuestros ingresos. Si dejas que el precio de los libros electrónicos baje a $ 2 o $ 3 en los mercados occidentales, vas a matar toda la infraestructura, vas a matar a los libreros, vas a matar a los supermercados, y vas a matar al autor ingresos. Debe defender la lógica de su mercado contra el interés de las grandes compañías tecnológicas y sus modelos comerciales. La batalla en 2014 fue todo sobre eso. Tuvimos que hacerlo.

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Pradera fue un editor libre en la grisura de la dictadura. José Andrés Rojo en El País

Pradera fue un editor libre en la grisura de la dictadura. José Andrés Rojo en El País

A Javier Pradera (San Sebastián, 1934-Madrid, 2011) se lo conoce sobre todo por la finura con la que construía sus argumentos y por la contundencia con que sabía llevarlos a la página escrita, ya fuera como editorialista o como analista político. Estuvo vinculado a EL PAÍS desde su fundación y contribuyó decisivamente a dar consistencia a las posiciones de este periódico durante la Transición y, más adelante, ya en democracia.

En Javier Pradera. Itinerario de un editor(Trama Editorial), que ayer se presentó en la Fundación Diario Madrid, Jordi Gracia se ha ocupado de rescatar otra de sus grandes dedicaciones: hacer libros. Empezó porque tuvo que buscarse alguna fuente de ingresos una vez que, por su actividad política, se le complicaran las cosas. Con el tiempo, comentaron ayer, se convirtió en referente y maestro de editores. Todo empezó en 1959 cuando entró como agente comercial en la editorial Tecnos.

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Los autores como lectores Lógicas internas de la literatura española contemporánea. Miguel Ángel García. Marcial Pons

Los autores como lectores Lógicas internas de la literatura española contemporánea. Miguel Ángel García. Marcial Pons

Los autores como lectores. Lógicas internas de la literatura española contemporánea
Miguel Ángel García

ISBN:9788491234258
Editorial: Marcial Pons
Fecha de la edición:2017
Colección: Universidad y Lectura
Encuadernación: Rústica
Nº Pág.: 308

Sinopsis

Este libro trata de mostrar hasta qué punto los autores son necesaria y previamente lectores, hasta qué punto leen de acuerdo con un inconsciente ideológico y estético, y lo hacen como una forma de construir su yo literario, para leerse a sí mismos a partir de los autores leídos, para definirse mediante la tradición lejana o inmediata, incluso para situarse en el sistema o el campo literario del que forman parte, trazando afinidades y diferencias con respecto a los demás habitantes de esa tradición o de ese campo.
Escribir presupone saber leer, los autores comienzan por ser lectores; lectores de otros y, lógicamente, lectores de sí mismos mientras escriben y cuando su obra ya está constituida como objeto. En cierto modo, este libro, que no es un manual, propone un canon, por lo demás bastante asentado. Si lo hace, es porque a la vez propone, también en cierto modo, no una historia de la lectura, una historia literaria del lector a partir de los autores seleccionados o una biografía de estos como lectores, sino una historia de la literatura española contemporánea muy parcial e incompleta, que solo resalta una serie de lógicas internas dentro de otras muchas posibles, pero que al fin y al cabo resultan significativas para trazar un entramado histórico a partir de la dialéctica entre escritura y lectura.

Primeras páginas.

 

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Por qué deberías tener un librero (o varios). Ricardo Ruiz de la Serna

Por qué deberías tener un librero (o varios). Ricardo Ruiz de la Serna

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito;/ a mí me enorgullecen las que he leído”. Jorge Luis Borges comenzaba así su famosísimo poema “Un lector”, que es el penúltimo del poemario “Elogio de la sombra”. Este argentino prodigioso, que tanto amaba la lectura, se quedó ciego y, en una “magnífica ironía” que atribuyó a Dios, ocupó el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Argentina de forma que le fueron dados, a la vez, “los libros y la noche”. Uno puede imaginarlo tocando los volúmenes y esperando una voz amiga que se los leyese.

Una biblioteca puede albergar una suerte de paraíso. Por lo pronto, es una reunión de amigos. Ya lo escribió Quevedo: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos”. Tras su caída en desgracia y su retiro de la vida pública, Maquiavelo se vestía con sus mejores galas para leer a Tito Livio y evocar las glorias de la República romana. No debería, por tanto, minusvalorarse el cuidado que un lector le debe a su biblioteca. De lo contrario, invertirá tiempo, espacio y dinero en una acumulación de libros que lo sumirá en la tristeza y el desaliento que sufrió Aureliano, el teólogo, porque –de nuevo Borges– “como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin”.

Por supuesto, como advirtió Ricardo de Bury, autor del “Filobiblion”, obispo de Durham y canciller de Inglaterra, “los libros deben comprarse siempre salvo en dos casos: que se trate de «salir al paso de la malicia del vendedor» o que «se espere una ocasión más propicia para comprarlo»”. Fuera de estos supuestos, uno debe hacer bueno el mandato del libro de los Proverbios 23, 23: “compra verdad y no la vendas”. Queda, pues, dicho que los libros, en general, han de adquirirse sin ceder a la tentación de soluciones poco piadosas que no se mencionarán aquí.

Por eso, los bibliófilos sabemos la deuda de gratitud que un lector tiene con su librero.

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¿Adónde va la música cuando deja de sonar? Antonio Rodríguez de las Heras

¿Adónde va la música cuando deja de sonar? Antonio Rodríguez de las Heras

Estamos encarando los cambios del mundo digital desde la posición en la que la cultura escrita nos había situado. Hace no muchos años, pero muy rápidamente, mientras teníamos abierto un libro entre las manos, llegó otro artefacto -aparatoso para nuestro gusto de lectores- que ofrecía un espacio de lectura distinto al de la página de papel.

¿Por qué le hicimos caso y quisimos probar qué tal se podía leer? Quizá por la misma atracción vertiginosa que nos mueve a asomarnos al brocal de un pozo. ¿Qué fondo podría tener este competidor del libro códice? Pues la impresión que sentíamos era que las palabras escritas se ocultaban en un disco como el agua de ese pozo bajo su superficie. ¿Cuánto texto podía contener? Desde luego que más que un volumen habitual. El sueño del libro mundo, en la cultura escrita, parecía que con estos artefactos tendría condiciones para su realización.

Y esta tentación para no dejar de prestarle atención, aunque fuera de reojo y sin superar la incomodidad que produce el intruso, se hizo mucho mayor cuando la Red nos presentó una versión del libro de arena, del libro infinito, en la que los granos eran ceros y unos y la Red un insondable arenal. Ya no estaban las palabras confinadas en el pozo de un disco, como lo habían estado hasta ahora también entre las cubiertas de un libro códice, sino que se habían derramado por la Red. Así que, ¿dónde estaban?

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10 cosas que pasarían en el mundo si no existiesen las bibliotecas ni los archivos. Julián Marquina

10 cosas que pasarían en el mundo si no existiesen las bibliotecas ni los archivos. Julián Marquina

No me gustaría vivir en un mundo sin bibliotecas y sin archivos. Realmente me asusta cada vez que leo que cierran bibliotecas, que los archivos están colapsados y su información es inaccesible, que se despide al personal e incluso que el trabajo en bibliotecas y archivos podrían ser realizado por máquinas. Puede que nunca lleguemos (hablo en general) a darnos cuenta de su valor real ya que es algo que tenemos a nuestra disposición y que utilizamos (e incluso infrautilizamos)… y es difícil ponernos en un escenario de inexistencia o liquidación de bibliotecas y archivos, pero intentemos imaginarlo.

Para empezar, y es algo fácil de suponer, todo el acceso a la información sería de pago.  No todo el mundo tendría las mismas oportunidades de conocimiento y estaríamos frente a una sociedad desinformada y manipulable. Toda nuestra información sensible circularía sin control por los mercados negros de la información. No tendríamos acceso ni conocimiento de nuestro pasado ya que no se guardaría ninguna información. Existiría tal brecha social que la sociedad estaría dividida en sociedad informada y sociedad desinformada.

Si no existiesen bibliotecas ni archivos… ¿habrían llegado hasta nosotros, por ejemplo, la teoría de la gravedad de Isaac Newton o la teoría de la relatividad de Albert Einstein? ¿La gente podría haber leído obras como Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes o Hamlet de William Shakespeare? ¿Dónde quedarían los antiguos textos egipcios o griegos?… Quizás no nos plantearíamos estas preguntas porque ni por asomo hubiésemos escuchado hablar de ellos.

Seguir leyendo en el blog de Julián Marquina.

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