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Cristina Pineda. Un estado de ánimo

Cristina Pineda. Un estado de ánimo


Me llamo Cristina Pineda
Y en el sector del libro o como lectora se me conoce como Cristina o la Pineda Mayor, como le gusta llamarme a un excolega de mi hermana Mercedes, editora. Me gusta el apodo, tiene que ver con mi profesión.
Me gusta leer porque de pequeña quería ser como mi madre, que se pasaba el día leyendo no sólo por su trabajo (también fue editora y antes periodista) sino por placer y, según decía, era su modo de combatir el tedio y la soledad. Además envidiaba verla reír y disfrutar charlando con mi tío de historia y  literatura, de filosofía y vida y pensaba que eso debía de ser la felicidad. Y sí, emulando el título de Millás, “la felicidad era esto”.
Cuando tenía doce años quería ser actriz: Isadora Duncan o Ingrid Bergman en Rebecca. A esa edad descorría las cortinas de canutillos verdes de la casa de mis tías en Tarragona y fingía que se abría el telón de un maravilloso escenario: interpretaba unos monólogos horripilantes inventados por mí mientras caía el sol. Abajo había una fábrica de inodoros y veía pasar las ratas. Yo quería que la realidad fuera otra, quería ser un pájaro como en la canción de Mikel Laboa y mi voz y mis palabras me ayudaban a escaparme por el horizonte.
Hoy soy editora. A veces lo combino con mi antigua profesión de traductora. Dicen mis amigos de la infancia que yo siempre quise ser algo relacionado con las letras y cuando me reencuentro con algunos a los que no veo desde entonces, la mayoría economistas y auditores, se asombran y me dicen “entonces eres quien siempre quisiste ser”. Me sorprende que lo digan con admiración. Después de todo, está bien que me lo recuerden en estos tiempos convulsos.
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que vengo de una estirpe de editores: soy hija de editora, hermana de editora (aunque mi hermana melliza sea química y no tenga nada que ver), bisnieta de editor… Lo de leer siempre lo ven como algo muy glamuroso y lo de trabajar con libros como una suerte. Siempre los hay que no entienden que nos contentemos con ganar poco dinero, pero las satisfacciones son otras.
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así: me levanto con el alba, salgo de casa cuando el camión de las basuras está haciendo su ruta, veo salir el sol. Allí veo a mis colegas. Me pongo a trabajar sin descanso, pero el ambiente es tan bueno que es un trabajo sumamente placentero.
Nos dan mucha libertad de acción y trabajamos con grandes profesionales. A los autores no les gusta que nos metamos en sus harinas y a veces llegamos a enfrentamientos dialécticos emocionantes. Siempre convenimos en grandes acuerdos en aras del verdadero protagonista de todo esto que es el libro.
A las cuatro termino: es lo bueno de madrugar. Voy al gimnasio, doy un paseo, me paseo por alguna librería y luego me voy corriendo a ver a mis hijos. Son como un libro en blanco.
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue acabar hablando de problemas personales con un editor de literatura, amigo del director de Sílex. Empezamos hablando de unos cuentos que había publicado y acabamos admitiendo que la mejor ficción es la realidad y como la mía, entonces, era un poco oscura la saqué a la luz. Era la primera vez que lo conocía y luego pensé que había invadido un poco su espacio pero me alegré de dejar entre las  páginas de los libros que llenaban su casa mis problemas. Ahí se quedaron un tiempo, hibernando.
Y lo peor… Algo espeluznante que me pasó cuando tenía 16 años. Tengo unas cicatrices que recorren mi espalda como recuerdo. A veces ser mujer es una verdadera putada.
¿O te referías al mundo editorial? Lo peor a veces, también, es ser mujer. La mayoría de académicos son hombres. La historia es una disciplina machista. Todavía hay muchos archivos en los que no les está permitido el acceso a las mujeres. Defender la gramática y la ortografía desde los postulados de una mera editora, a los grandes historiadores les parece pretencioso. Piensan, además, que no hace falta que lo que escriben se entienda en todos los sectores. Yo pienso que la historia es de todos y hay que divulgarla y, además, hacerla entretenida, lo que me hace enfrentarme con más de uno. Y de una.
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con para qué haces libros si nadie lee. Ya me da igual, antes tenía la necesidad de defenderme de comentarios estúpidos. Ahora me río, que es más sano.
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando veo que en este país la gente no lee. No soporto a los que piensan que la cultura tiene que ser gratis o que bajarse contenidos ilegalmente está justificado. Eso me desespera. Y nuestro esfuerzo y trabajo, ¿qué?
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es, ver el libro, tocarlo. También que alguien te llame y te pregunte por un libro de una colección con entusiasmo. Y, sobre todo, el trabajo en equipo. Tomar decisiones con los demás, escuchar, ver, dialogar, discutir, elegir juntos una tipografía o una imagen de portada.
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando me dieron libertad y responsabilidad en la empresa para dirigir mis proyectos. Cuando pasé de ser editora junior a directora editorial.
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a solazarme, dar un paseo, a poner la mente en blanco y a estar con mis amigos que son tan pocos y tan buenos.
Así es como veo el futuro de mi profesión. Yo no le auguro la muerte segura al libro impreso. A veces pienso que es una conjura creada para matar al papel. De momento no hay dinero suficiente para invertir en el enorme coste de los epubs. Las ventas no justifican ese gasto, así que continuaremos dándole larga vida al papel. Seguirán naciendo editoriales y librerías al calor del amor e ilusión de unos pocos. Es cierto que el sector está atravesando una transformación pero el cambio no tiene que ser malo. Lo importante es que sigamos luchando, todos los días. Lo que nos encontremos a la vuelta ya lo veremos o, como en el dicho inglés “We will cross the bridge when we get there”.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda al lado del mar comiendo arroz y fideuá o en un patio de Extremadura, bajo la sombra del limonero que plantó mi abuelo con un buen plato de migas.
El último libro que he leído han sido tres. Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz, Es un decir, de Jenn Díaz y El amor que nos vuelve malvados, de Marina Sanmartín. ¿Literatura de género? Ese es otro debate y otro jardín. Me han encantado los tres por diferentes motivos.
Y lo conseguí en Pasajes, el primero; en la Alberti, el segundo, y un regalo del editor de Sílex, el último.
Y el primero que recuerdo que leí fue Del tiempo y el río de Thomas Wolfe. Mi primer libro como lectora adulta, quiero decir. Tenía 13 años. Me lo regaló mi madre en mi primera feria del libro de Madrid. Me condenó para siempre. Es un escritor magistral. Era una edición de Mondadori. Lo he releído cuatro, cinco, seis veces. No exagero. Es mi Biblia.
En mi mesilla tengo ahora para leer The Goldfinch, de Donna Tartt; La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård y Los hemisferios, de Mario Cuenca Sandoval. Voy de tres en tres, según mi momento del metro, o de mi estado de ánimo en el sofá.
Me gustaría añadir que he disfrutado mucho contestando al cuestionario, por lo que os estoy muy agradecida, y que os felicito por vuestra labor. Hay mucho que aprender y que decir.

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