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Ibon Idoiaga Basaras. Un estado de ánimo

Ibon Idoiaga Basaras. Un estado de ánimo


                                                                 La foto es de Asier Mentxaka para la UKAldizkaria
 
Me llamo Ibon Idoiaga Basaras.
 
Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como ‘bixerdo’, ‘el de las patillas’, ‘el de las gafas’, ‘el de las patillas y gafas’,… demasiados nombres como para ser verdaderamente conocido en el mundo del libro (o en el mundo en general, si vamos a ello). Dice Olaia que si fuera ruso, me llamaría ‘Ibon Isidrovich’ y ello me produce un cierto sentimiento de ambivalencia.
 
Me gusta leer porque siento que los libros siguen constituyendo un medio inapreciable a la hora de exponer ideas, sentimientos, sensaciones. En general, suelo tener la impresión de que no estoy haciendo nada interesante si entre medias no estoy leyendo algo que me está gustando mucho o planeando hacerlo. La trascendencia de los actos que te quitan tiempo a la lectura y esas cosas. Lo cierto es que no sabría definir si la cosa esta de leer se trata de un placer o de una compulsión.
 
Cuando tenía doce años quería ser algo de lo que no me acuerdo. El recurso a datos generados hace dilatados lapsos de tiempo es algo que, definitivamente, no domino. La biblioteca a la que acudía con esa edad era bastante estricta en el tema del acceso a libros dependiendo de la edad, sobre todo con el salto de lector infantil a lector adulto, así que supongo que cuando tenía doce años quería ser mayor. Mayor para poder acceder a cada vez más lecturas.
 
Hoy soy mayor y, curiosamente, aún me quedan más libros por leer de los que ya he leído. Por si acaso, me he hecho bibliotecario y aprovecho mi profesión para exorcizar aquel traumático recuerdo puteando futuras generaciones de lectores. Imagino un futuro poblado por hordas ansiosas de acceder a la lectura que se le denegó en su momento y que ha sabido encontrar múltiples formas de esquivar las prohibiciones ¡MWAHAHAHAH…cof cof cof…AHAHA! (dichoso catarro)
 
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que ¡qué buenos estaban los langostinos!. Cuando se conversa sobre temas centrales en la vida de cada uno, aprecio cierta tendencia a la exaltación y la conversación podría devenir en un monólogo eufórico y paroxístico. Es un hecho comprobado que en tales casos existe también una cierta tendencia a apretar pinganillos en las orejas y aproximar bocas a cuellos de chaqueta para comunicarse con Seguridad. Intentar evitar tal clase de escenas es un mero ejercicio de responsabilidad (por aquí me dicen que el nivel de alcohol en sangre también influye en el escenario descrito. Pero bueno, yo ya sé lo que me digo)
 
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así: recomendando libros, aconsejando sobre aparatos y formatos, ayudando a imprimir curricula y billetes de viajes, explicando cómo insertar imágenes en documentos, cómo discriminar fuentes de información, confeccionando guías de lectura…
 
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando leyendo en el balcón de casa, vino a posarse un pajarillo en el trozo de barandilla que quedaba justo debajo del libro que estaba sosteniendo. ¡Vaya susto nos dimos los dos! (una vida tan arriesgada y aventurera no puede ser buena para la salud).
 
Y lo peor…algo que tampoco recuerdo. Pero seguro que está ahí agazapado, acechando, esperando paciente el momento que flojee el pestillo mental que lo camufla en esa selva de datos superfluos en la que se convierte la cabeza de la persona que no para de leer.
 
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con por qué no prestamos libros digitales en la biblioteca. Parece que el tema va camino de arreglarse y supongo que con el tiempo se irá viendo si las soluciones se adecúan a las expectativas; pero la cosa es que con el tema de las plataformas de libros digitales me viene a la cabeza el recuerdo de una riñonera que adquirí en su momento con la intención de aliviar la presión de los menguantes bolsillos de los pantalones. El mecanismo de cierre a la expansiva cintura era de velcro y me asaltaba la aprensión de que si lo abría y cerraba muy de seguido, corría el riesgo de que se debilitara y que la escarcela (amén de su contenido) sucumbiera a la fuerza de la gravedad. Así que, en vez de abrir y cerrar con el velcro, manipulaba el ajuste de su cinturón y me sacaba la riñonera por la cabeza o por los pies. Lo malo es que la dichosa riñonera, además de tener un cierre de velcro, era de bastante mala calidad y, en consecuencia, se rompió por las costuras de las cremalleras y dejó de tener utilidad. Ponemos la atención en algunos aspectos de las cosas y no nos damos cuenta de que el problema puede venir por otra parte (como que igual ya no llegues al público por esa vía). Eso sí, el velcro como nuevo.
 
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando observo que la capacidad de decisión no siempre se corresponde con la información obtenida o un criterio sólido. También percibo una especie de punzadilla cuando me piden en castellano algún libro en euskera. Pero me recupero rápido.
 
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es que puedo relacionarme con más gente aquejada de esa compulsión lectora. Uno de los aspectos más gratificantes de la biblioteca es la posibilidad de acceder. No sólo a lectura, sino a la gente interesada en ese vicio impune.
 
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando entré a trabajar en la biblioteca de Leioa. Con ello no quiero decir que haya ido a peor desde entonces pero es que venía de una época de trabajos precarios y en absoluto relacionados con los libros que me había llevado a pensar que nunca llegaría a trabajar en una biblioteca. Aún recuerdo con ilusión el vértigo que sentí cuando entré en una como profesional además de usuario.
 
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a leer, obviamente. La diferencia no estriba tanto en el soporte como en la temática, de capacidad escasamente formativa pero altamente evasiva. Pueden ser novelas, blogs, cómics, Twitter…
 
Así es como veo el futuro de mi profesión…flotando en un campo de éter ergonómicamente adaptado, procesando la información en pantallas holográficas y enviando los documentos a la terminal del usuario pertinente mediante un simple toque del dedo índice. He leído hace poco (creo que en el libro de Rendueles) que el producto digital concebido para ser leído difiere del que lo ha sido para ser escuchado o visto en una mayor exigencia de tiempo y atención para con el receptor y que, por lo tanto tiene una mayor necesidad de mediación para su disfrute. Por otra parte, cada vez se observan más problemas en permitir el acceso universal a contenidos. En mi opinión, el futuro de la biblioteca debería vertebrarse en torno a esos dos ejes de mediación y acceso.
 
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda…sobreviviendo. Las perspectivas de dilatación del período productivo remunerado no dan para más. Intentaría seguir leyendo o, en caso de andar muy mermado, contratar a alguien en plan borgiano para que me leyera.
 
El último libro que he leído ha sido una relectura. La víctima, un clásico: “Bai mundu berria” de Aldoux Huxley. De todas formas, por debido a esa memoria centrada en el corto plazo que os comentaba antes, confeccionaba una ficha bibliográfica cada vez que acababa alguna lectura y así registraba las lecturas. Luego fui apilándolas en LibraryThing(una red social de lectura) y últimamente me he hecho aún más vago y sólo cuelgo las cubiertas en Pinterest. He de reconocer que, cuando oigo este tipo de preguntas, siempre pienso en la respuesta de las libreras resoplantes.
 
Y lo conseguí en un centro municipal en el que, entre otros servicios, se ofrece el de prestar libros que puedes llevarte a casa siguiendo unas condiciones concretas. Se llama biblioteca y es un sitio que recomendaría visitar de vez en cuando, pues me consta que serán pocas las localidades que carezcan de ella.
 
Y el primero que recuerdo que leí fue alguno que en este momento se me escapa. Lo que sí recuerdo fue el primer libro ‘gordo’ que leí. ‘It’ de Stephen King. Aún me entran escalofríos cada vez que recuerdo esa garra enganchada al sumidero esperando al barquito de papel que venía con la corriente (curiosidades mentales, siempre asocio esa imagen a la primera página del ‘Watchmen’ de Moore, con el ‘smiley’ ensangrentado de El Comediante a punto de caer por la alcantarilla. Ésto ya es de tener que consultarlo con alguna autoridad médica). Luego vinieron otros ‘gordos’ como ‘El señor de los anillos’ y algún que otro clásico ruso, pero el primer libro ‘gordo’ que leí fue ‘It’.
 
En mi mesilla tengo ahora para leer algún libro imaginario porque al lado de la cama sólo tengo un taburete lleno de ropa sin doblar y con el móvil-despertador encima. Ahora, que en las estanterías tengo una porrada de libros pendientes: “El atlas de las nubes” de Mitchell, “Contra el rebaño digital” de Jaron Lanier, el último de Xabier Montoia, “La banda de la tenaza“, “84, Charing Cross Road“… lo malo es que cuando encuentro algo interesante entre las baldas de la biblioteca voy posponiendo lo que tengo en casa y la lista va ampliándose sin solución de continuidad.
 
Me gustaría añadir que como decía Virginia Woolf, el único consejo que se puede dar sobre la lectura es que no se deje aconsejar. Se permiten sugerencias (por lo del tema de la mediación y eso) pero los descubrimientos, filias y fobias lectoras no deberían dejar de ser personales.
 
 
El acrónimo del ‘rincón del lector de la biblioteca’ denomina un foro LITerario (la sutileza hecha dominio puntocom) que, en principio, se ideó como club de lectura virtual pero que ahora funciona como apoyo al club presencial que se gestiona desde la biblioteca. Lo bonito es que, gracias a la implicación personal de un profesor del instituto de la localidad, funciona también como lugar de encuentro del alumnado de su clase de literatura y euskera.

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