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Javier Jiménez. Un estado de ánimo

Javier Jiménez. Un estado de ánimo

 

-Me llamo Javier Jiménez.
-Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Javier Fórcola, un alias que me inventé cuando comencé en solitario mi actividad como editor y que utilizo en las redes sociales en las que convivo virtualmente. Aunque ahora que lo pienso, en mi vida profesional, siempre en el sector del libro, he tenido varios alias –en distintas épocas se me conoció como Javier Paradox o Javier Siruela–, e incluso motes, algo frecuente en este mundillo, –como «el reverendo» o «el marqués»–. 
-Me gusta leer porque me gusta leer. Suena a perogrullada, pero no lo es. Recuerdo que en mi infancia no leí demasiado; eso sí, dibujé mucho y jugué más, inventando historias y personajes. Pero un día descubrí los libros y la lectura. Y desde entonces he tenido un lugar propio donde ser feliz siempre. Podría decir que leer me hace feliz, inmensamente feliz.
-No recuerdo lo que quería ser cuando tenía doce años. Quizás astronauta, o héroe de película –el cine siempre me deslumbró–. Y desde entonces estuve muy obsesionado con lo que quería ser de mayor. Quizá lo que más anhelaba ser de mayor era ser mayor, dejar de ser niño. Y llegó un día en que me planteé ser empleado de banca, y oposité; cartero, y oposité; soñé incluso con ser profesor; más tarde comencé a trabajar en una librería.
-Hoy soy, simplemente soy. Podría decir que soy básicamente un lector al que le apasionan los libros, tanto que me hice por fin editor, y creé Fórcola para hacerlos. Es curioso, pero no me dio por escribirlos (ya pasé por el diván y creo que he superado esa fase).
-Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo, sin dudarlo, que me pase el plato del jamón. No hay lugar común y más peligroso que una conversación sobre libros en una boda, a la que normalmente vas invitado y casi siempre te sientan con desconocidos. La mayoría de la gente tiene una idea preconcebida de para qué sirve un libro: es, y debe ser, un simple artilugio de entretenimiento; lo terrible es que también esa mayoría tiene una idea preconcebida de lo que es un editor: un tipo sospechoso. Respecto al primer asunto, lo unánime es ubicar al libro entre los objetos de ocio, sin más pretensiones, porque dotarlo de otras implicaciones roza la impertinencia, como todo lo relacionado con los placeres íntimos o el ejercicio del pensamiento, algo de mal gusto cuando se está sentado a la mesa delante de un buen entrecot. Se trata, por tanto, de decir únicamente cuál es el título del último libro que has leído, o de si ya has leído tal o cual best seller, y punto; ni se te ocurra plantear ningún tipo de reflexión al hilo de tu última lectura, porque serás inmediatamente catalogado como espécimen peligroso, y la gente dejará de prestarte atención en toda la velada. Respecto al segundo asunto, si en la conversación algún gracioso que te conoce te delata y comenta a todos los de la mesa 14 que eres editor, entonces es mejor ir pensando en terminar el postre lo más rápidamente posible. Porque las posibilidades de conversación a partir de ese momento solo pueden ser dos: 1. Alguien te ofrece un manuscrito de la novela que ha escrito o de la que firma un amigo y, sí o sí, aunque expliques hasta perder la voz que no editas novelas, te verás en un verdadero aprieto para salir de semejante embolado («hombre, qué te cuesta, te la lees y me dices qué tal»; qué tal ¿qué?: ¿el tipo de papel o la tinta utilizada?); dará igual lo que contestes, quedarás mal, y si quien te lo propone es un conocido, no te volverá a dirigir la palabra; 2. Después de cuarenta minutos de conversación no logras hacerte entender y todo el mundo está convencido de que si no eres un empresario forrado que vende millones de ejemplares de un best seller, cualquiera, es porque eres tonto o gilipollas. Terminas la velada con varios pares de ojos mirándote al cogote, y con el convencimiento de que piensan que o eres un vago que no se gana la vida como Dios manda, o simplemente que eres un soñador romántico con la cabeza llena de pájaros. Aún con todo, alguna compañera de mesa –con sueños a lo Meg Ryan en Tienes un e-mail (You’ve Got Mail)– te mira con ojitos e imagina que tu vida es glamurosa, que te pasas el día leyendo, y que vas de fiesta en fiesta acompañado de autores famosos; vamos, que todo en tu vida es poesía y chachachá. Y te parte el corazón decirle la verdad…
-Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien prosaico, el de un currante que intenta hacerse un hueco en esto de los libros, la edición y la cultura. Es la vida propia del náufrago, como diría Ortega y Gasset, que brazada tras brazada procura no ahogarse definitivamente, y que ha elegido la profesión de editor como un «movimiento natatorio» con el que cruzar el proceloso océano de la existencia. La edición de libros no deja de ser una tabla de salvación, siempre precaria, para una vida en busca de sentido. Vamos, que no sirvo para otra cosa. El «día a día» se va «cada día» en cosas muy peregrinas: Escribir informes, rellenar fichas, atender el teléfono y las distintas cuentas de correo electrónico, hablar con proveedores, con distribuidores, con libreros, hablar e intentar convencer a periodistas y críticos de que nuestro último libro merece la pena, pagar facturas, pegarme con el banco, alimentar con cifras precarias los ficheros Excel de los informes de ventas…; y por supuesto, ordenar la casa (trabajo en casa), ir a la compra, preparar la comida, hacer varias lavadoras a lo largo de la semana, bajar la basura, tender la ropa, barrer, fregar… Editar la vida, y en algún momento, leer…
-Lo más raro que me ha sucedido nunca, o al menos me marcó el resto de mi vida hasta ahora, fue cuando, cursando el doctorado en Filosofía, uno de mis profesores quiso averiguar por qué faltaba tanto a clase. Contesté que porque trabajaba y me cambiaban los horarios cada semana. Cuando a continuación me preguntó en qué trabajaba y le respondí que en una librería, su reacción, con cara de desprecio y en tono displicente, no pudo ser vas desalentadora: «¡Buah!, en una librería…». No lo dudé ni un segundo: esa misma tarde abandoné el doctorado y la universidad, y no he dejado de trabajar desde entonces. Después de aquello, años después, he estudiado otras cosas, siempre en mis horas libres, hasta que tras varios masters me convencí de que no hay mejor estudio que la vida ni mejor escuela que hablar con la gente a pie de librería.
-Y lo peor… A nivel personal lo peor que me ha sucedido han sido, por orden biográfico, un desengaño y una pérdida. Del primero me recuperé tras varios años (y un diván). De la segunda, no puedo recuperarme, me acompaña allá donde voy, es una herida que ya me constituye. A nivel profesional he sufrido un despido, hace muchos años, y me dejó hecho polvo. Desde entonces, de las empresas en las que he trabajado he sido yo el que ha tomado la iniciativa y me he marchado en su momento, entre otras cosas, porque consideré que había terminado un ciclo vital. El mundo libro, con todo, siempre ha sido para mí motivo de satisfacción personal. He sido librero, comercial de una editorial, he editado para otros y ahora, por fin, soy editor y dirijo mi propia editorial. No se trata de un trabajo, de un simple empleo, sino de algo que entiendo en términos vocacionales, me constituye y me hace feliz.
-Cuando te dedicas a lo mío, editar, la gente no dejará de tocarte los huevos con muchas cosas que dejaron de tener sentido para mi hace mucho tiempo. Cuando explico a quien me pregunta que trabajo en casa; que no tengo horario; que trabajo de lunes a domingo; que aun estando en casa no trabajo en pijama; que no me echo la siesta; que no tengo días libres o de asuntos propios; que soy mi propio jefe –el peor jefe que uno puede tener cuando se es exigente–; que no tengo las vacaciones pagadas ni extra de Navidad; en fin, que este negocio es del céntimo y que la cuenta de resultados es siempre un «veremos», la gente no deja de tocarme los huevos con lo de «deberías buscar un trabajo en serio». Tengo un amigo que hace unos años no dejaba de recordarme que habían salido plazas de esto y de aquello («algo seguro»). Bueno, en los últimos años, con esto de la crisis, la gente ya no me dice nada: habrán llegado a la conclusión de que estoy loco, nada más, o de que en esta vida no hay nada «seguro». 
Nunca pierdo el entusiasmo, pero hay meses en que, cuando llegan las liquidaciones de venta de los distribuidores, estoy a punto de perderlo. A veces tengo la sensación de que los elementos, un sistema de distribución y comercialización obsoleto –pensado y diseñado para los grandes, no para los pequeños–, un sector anquilosado, un público lector/comprador cada vez más pequeño, un mundo cada vez más hostil, están todos en mi contra. Y aun así, sigo adelante convencido de que lo que hago tiene un sentido, no necesariamente comercial. Precisamente lo «no-comercial» de mi labor es lo que me mantiene en pie, eso y el mínimo de ganancia que me permite pagar las facturas y editar el siguiente libro.
-Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, tiene que ver no sólo con lo que podemos considerar la «cocina» editorial, sino también con lo que muchos consideran lo menos gratificante y glamuroso de este mundillo: la venta del libro. Como editor inquieto y lector curioso disfruto enormemente las horas que paso investigando, tomando notas o pergeñando los posibles caminos y singladuras futuras del plan editorial; de hecho, un plan que tengo más o menos trazado hasta 2016. Pero hay otros momentos que son irrepetibles y que me generan enorme satisfacción personal, como cuando, en la feria del libro, en la caseta de la editorial, y tras varios minutos de conversación con un cliente, algo de lo que le he explicado le convence lo suficiente como para comprar el libro del que le he hablado. Y eso, en los tiempos que corren, con mucha gente con verdaderos apuros económicos, y con la oferta editorial disparatada que hay, se valora doblemente. He sido capaz de convencer a alguien de que este libro le interesa; no se trata de vender motos, sino de seducir con argumentos. Esa gente, lo tengo comprobado, vuelve, y no hay dinero que pague esa sensación. 
-El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando llegó la primera carta de un lector felicitándome por mi labor editorial. Desde entonces ha habido alguna más.
-Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a leer. Para mí descansar no significa no hacer nada. Descanso leyendo porque me permite recrearme en otras cosas, olvidar balances contables y plazos de entrega, y de paso visitar mundos imaginarios, reflexionar, soñar. No hay ejercicio más relajante y reponedor que imaginar leyendo.
-Veo mi profesión con mucho futuro. No concibo una sociedad sin lectores, como no concibo una sociedad sin editores. Platón se empeñó en ser político, cuando debería haberse dedicado a editar los libros que no escribió Sócrates. Le hubiese ido mejor. Contra la tiranía –sobre todo la del pensamiento único y de la imbecilidad consumista imperantes– no hay arma más peligrosa que un tipo con ganas de editar otros «mundos posibles», esos que se construyen con libros que remiten a otros libros, libros que nos obligan a salir de nosotros mismos. La mejor definición del libro la he encontrado en los diarios de Jünger: «Los libros son máquinas espirituales construidas para modificar al ser humano». Creo en un tipo de edición comprometida con el pensamiento y la libertad («edición-sí). Por el contrario, considero que la industria editorial («edición-no») que se ha construido sobre la lectura como mero consumo autocomplaciente tiene los días contados, porque ya existen en el mercado otros artefactos que otras industrias han creado para que ese onanismo mental sea más eficaz y alienante. Un editor puede vivir del pasado, pero siempre mirando al futuro. Si las personas somos esencialmente futuribles, seres utópicos avocados a realizarse en un futuro, un editor lo es más, porque es un empedernido soñador, un constante viajero: su mapa, su catálogo; su brújula, su instinto. 
-Eso sí, si un día logro jubilarme (no creo, porque no concibo que uno deba jubilarse de algo que le constituye como persona –¿por qué ha de jubilarse un profesor con dotes y ganas de enseñar?–), querré pasar el tiempo que me queda leyendo todo lo que he ido comprando a lo largo de mi vida y que aún no he logrado leer. 
-El último libro que he re-leído ha sido Sobre los acantilados de mármol (trad. de Andrés Sánchez Pascual), de Ernst Jünger, publicado por Tusquets. Lo leí por primera vez hace 20 años. Ahora me ha dicho otras cosas. Un autor que me lleva acompañando desde hace años, al que vuelvo con frecuencia. El último que he leído (que estoy a punto de terminar, más bien) es Siguiendo mi camino, de Mauricio Wiesenthal, publicado por Acantilado. Unas memorias musicales de un autor al que sigo casi con devoción, y que tuve ocasión de conocer en persona la pasada feria del libro.
-Y el primero que recuerdo que leí entero fue Ivanhoe, de Sir Walter Scott, en una edición de quiosco publicada por Orbis, en traducción de Guillem d’Efak. Me lo recomendó mi padre, al que le pregunté en su momento qué leer, y me respondió «a los clásicos, que no defraudan nunca», y no falló. Fue el libro que me convirtió en lector. 
-En mi mesilla tengo ahora para leer, como siempre, varios libros: Sur. Relato de la expedición del Endurance, 1914-1917(trad. de Servanda de Hagen) de Sir Ernest Shackleton, publicado por Interfolio; Moby-Dick, de Herman Melville –que leí hace muchos años en la edición de José María Valverde publicada por Bruguera; hoy alterno dos versiones: la de Valdemar (trad. de José Rafael Hernández Arias), profusamente anotada, y la de De Bolsillo (trad. de Enrique Pezzoni), que pesa menos en la cama–; el ensayo Mariano Fortuny, arte, ciencia y diseño, de Guillermo de Osma, publicado por Ollero y Ramos… Y acabo de añadir uno nuevo: Ser españoles. Imaginarios nacionalistas en el siglo XX, de Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas (eds.), publicado por RBA.
-Leer es mi manera de ser en el mundo. Editar, mi esperanza y empeño en dejar un legado, mi pequeña contribución a que este mundo y la sociedad en la que vivo sean mejores. 
-Podéis trastear en la web de Fórcola  para conocer mi labor editorial: http://forcolaediciones.com/
-Podéis seguirme en Facebook en: https://www.facebook.com/franciscojavier.jimenez
-Podéis seguirme en Twitter en la cuenta: @Forcola

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4 respuestas

  1. Julio R. Carmona dice:

    Bravo. Eres editor porque vives como editor. Seré escritor cuando viva como escritor.

  2. Isabel Díaz dice:

    Me ha encantado. Creo que muchos “proyectos de editores” pueden sentirse, salvando la enorme distancia, identificados.

  3. Anonymous dice:

    Francisco Javier, mis más sinceras felicitaciones, admiro profundamente tu forma de pensar, vivir y realizar un proyecto de vida, acorde a tus propias convicciones.

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