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Juan Casamayor. Un estado de ánimo

Juan Casamayor. Un estado de ánimo


Me llamo Juan Casamayor.                                                              (Copy Right DanielMordzibnski)
Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como “el que vive del cuento”.
Me gusta leer porque, en el sentido más amplio de las palabas, me va la vida en ello.
Cuando tenía doce años quería ser, entre otras muchas cosas, bibliotecario. Realizaba préstamos a mis familiares.
Hoy soy un híbrido entre lectura y edición. Sigo manteniendo una biblioteca de la que ya no suelo prestar libros.
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que no, que no soy el que imprime los libros, que tampoco soy el que los escribe, que soy un puente entre el lector y el escritor. “¿Dónde está el negocio entonces?”, ha sido en ocasiones la respuesta.
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así: madrugo moderadamente (me levanto a las siete y media) y me acuesto tarde, a veces demasiado. A lo largo de esa jornada muchas horas de labor editorial en sus más distintos colores.
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando no logré convencer en la FIL de Guadalajara a una lectora que yo no era Fernando Iwasaki. “Usted no sabe quién es Iwasaki”, me argumentaba. ¿Hasta qué punto un editor y un escritor se mimetizan cuando comparten muchos años?
Y lo peor, sin duda alguna, la pérdida de autores queridos como Merdardo Fraile o Javier Tomeo.
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con el libro es muy caro. Es algo que me irrita profundamente.
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando… es una afirmación que en su misma enunciación se niega. La labor de editor es vocacional, entusiasta. Por ello, hablar de su pérdida supone un principio falso, al menos en mi caso.
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es ser testigo de la creación de mis autores, observar y conversar con ellos.
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando tuvimos en nuestras manos el primer libro de la editorial. Luego ha habido otros, la presentación de la antología Pequeñas resistencias con una docena de escritores; las entregas del Premio Ribera del Duero; la llegada a la editorial de Eloy Tizón…
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a viajar fuera de España durante dos semanas. Es una forma de estar con los míos y obligar a que el tiempo sea otro tiempo sin dejar de ser editor.
Así es como veo el futuro de mi profesión, leyendo entre dos orillas, reales y simbólicas. Un punto equidistante de una línea nunca recta que es el lugar de un editor.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… No pienso que un editor se jubile y posea tiempo, sino que el tiempo se jubila para un editor.
El último libro que he leído ha sido El hombre bicolor, de Javier Tomeo (Anagrama).
Y lo conseguí en un intercambio con Jorge Herralde.
Y el primero que recuerdo que leí fue una adaptación de la vida de Lawrence de Arabia.
En mi mesilla tengo ahora para leer Clases de literatura. Berkeley, 1980, de Julio Cortázar (Alfaguara).

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