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La desmaterialización del libro y el problema de la «descubribilidad». Julieta Lionetti en Texturas 25

La desmaterialización del libro y el problema de la «descubribilidad». Julieta Lionetti en Texturas 25

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El texto escrito, la tipografía, la maquetación, el carácter arquitectónico del libro son a la vez expresión simbólica de la materialidad del lenguaje y la literatura, y su pasaporte al mundo de las mercancías, esas cosas en las que se ha colado el hombre.

Durante 500 años, editores y libreros han comerciado con unos objetos complejos, unas mercancías cuya propiedad se transfiere en el acto de la compra y necesita de rigurosos inventarios. Una mercancía tangible, que ocupa el espacio, que se hace visible por su solo volumen, que permite la casi inmediata detección de su calidad. Como soporte de una obra cuya propiedad es intransferible, se esfuerza por denotarla. En la organización de sus partes, en la tipografía elegida, en las divisiones del texto, en la existencia o no de ilustraciones, de índices, de cortesías, en la normalización de la puntuación, en la elección del papel y de la encuadernación, el libro dialoga con la obra y su materialidad.

En estos tiempos de ebooks, de libros desmaterializados, quienes dicen añorar el olor y el tacto de los libros, en realidad añoran los tiempos en que el discurso era, prioritariamente, mercancía. Porque los ebooks están más cerca de ser un servicio que un bien, aunque todavía los editores deban producirlos como se produce cualquier producto.

Los ebooks son intangibles; la compra no implica una transferencia de propiedad sino el otorgamiento de una licencia de uso, rescindible si el licenciatario no cumple con los «términos de servicio»; no hay inventarios porque el objeto es único, controlado por sus distribuidores o por los minoristas de venta de accesos a los servidores remotos. Casi todos los ebooks están en la nube y de allí no bajan.

La calidad de un servicio es mucho más difícil de juzgar que la calidad de un objeto: el ebook no habla por sí mismo, como sí lo hace el libro en la librería. En ese continuum que es el ebook, pocas cosas nos indican delante de qué tipo de obra nos encontramos, excepto nuestro avance temporal en la lectura lineal del texto, o de los fragmentos de texto que nos permite ver la pantalla del lector que usamos. Las tipografías con las cuales un editor puede expresar el lugar de la obra en un corpus más grande de obras, están dictadas por las compatibilidades de los motores de lectura donde pretende que el ebook se comercialice. La estructura o las divisiones del libro se vuelven abstractas en el ebook y quedan reducidas al índice navegable, cuando lo hay.

El ebook no ha dejado de ser un objeto, pero es un objeto absconditus en la materialidad de los data centers custodiados por ejércitos privados. Por esta razón, y por la abundancia sobrecogedora de títulos, por la organización de la web en la cual deben ser descubiertos, que favorece una lógica analítica y enciclopédica donde los textos no tienen otro contexto más que el proveniente de su pertenencia a una misma temática, la visibilidad y circulación de las obras en formato ebook se ha transformado en un problema.

Ese palabro

La «descubribilidad», ese palabro que hemos importado desde un palabro no menor, «discoverability», parece uno de los grandes desafíos del editor actual.

Los editores, que siguen siendo productores de mercancías que conservan y transmiten obras cuando editan en papel, aún no han caído en la cuenta de que el cambio de paradigma con el cual deben convivir los ha transformado en proveedores de contenidos de una economía de servicios en la que no son protagonistas. Y siguen, en su gran mayoría, haciendo un marketing de mercancías/producto, cuando el éxito de McDonald’s (léase Amazon), por ejemplo, no se basó en la calidad de las hamburguesas (léase ebooks), sino en la eficiencia del servicio que prestan. Y en la reputación, ese otro intangible que sostiene la economía en tiempos del capitalismo tardío.

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