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Los últimos de Filipinas... Mikel Toral y Pello Gutiérrez

Los últimos de Filipinas… Mikel Toral y Pello Gutiérrez

La reciente celebración de la  III Conferencia Estatal de Cultura,  organizada por FEAGC ha provocado y animado a Mikel Toral y Pello Gutiérrez a reflexionar en conversación cruzada en el blog de Cultura Abierta.

Recogemos aquí por su interés ambos artículos que llevan como título común ¿Los últimos de Filipinas?

Escribe Mikel Toral:

En esta reflexión me voy a centrar en algunas de las obsesiones que algunos de los más veteranos venimos compartiendo y que recientemente he visto plasmadas en un excelente relato de Luis Ben para la revista Periférica, fruto de un encuentro de acreditados expertos, algunos amigos, de la gestión cultural: Eduard Miralles, Roberto Gómez de la Iglesia, Mikel Etxebarria, Miguel Zarzuela, Javier Valbuena y José Ramón Insa.

Como bien dice el relator Luis Ben,” las canas pueblan las oficinas públicas de la cultura” en contraste, añadiría yo, con la juventud de los nuevos gestores culturales a la intemperie. Precariedad le llaman, con razón.

Gestores culturales, los primeros, y, quizás, los últimos profesionales de la gestión cultural pública, de ahí el título del artículo.

Decía un Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid que para defender la Sanidad Pública no era necesario que los médicos fueran funcionarios.

Es posible que muchos de los jóvenes que están peleando por hacerse un hueco en la profesión de gestor cultural piensen lo mismo. Y, sobre todo, muchos de los creadores han interiorizado que los actuales gestores públicos son la barrera y el obstáculo de sus aspiraciones.

Algunos actores piensan que ellos son los más capacitados para dirigir un teatro. Puede que en algún caso así sea, como también que un médico pueda dirigir un hospital. O que algún gestor pueda ser un buen actor, escritor…Este no debiera ser el debate. Hay juego para todos los agentes.

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Escribe Pello Gutiérrez:

En algún momento los poderes políticos descubren el brillo icónico de la cultura de masas y surge un tercer movimiento: la instrumentalización. Sus modos son el evento, la rueda de prensa, la inauguración, el edificio antes del proyecto, la celebridad, la megalomanía, el tiempo electoral que determina los procesos, la competitividad frente a la colaboración, el qué frente al cómo, la reducción de lo cultural como simple acción consorte de lo ‘importante’: la promoción de la ciudad, el posicionamiento de marca, el turismo, la economía… Un primer efecto perverso es que la intervención pública en la cultura adquiere peso político no ya según criterios inherentes a lo distintivamente cultural, sino en función de indicadores exógenos.

Por fin, en el movimiento más reciente lo público contempla absorto la fuerza del cambio cultural, económico y socio-político que paulatinamente se define. Es el tiempo de la perplejidad ante una sociedad compleja, en red, digitalizada y mutable como nunca ha conocido. La administración paradigma de la seguridad, la estabilidad y el procedimiento, recibe mal la novedad inesperada y, cuestionada, se ve obligada a regenerarse, a encontrar un acomodo posible aún por definir.

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