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Paco Goyanes y Lola Larumbe. La mejor escuela. Raquel Blanco

Paco Goyanes y Lola Larumbe. La mejor escuela. Raquel Blanco

No hay mejor escuela, para esto de intentar vender libros, de verdad, editor o editora novato, a ti te lo digo, que sé que me lees, o me gustaría que lo hicieras, mejor, que una librería a cargo de una persona que lleve su vida trabajando en ella. No me refiero, entonces, a cualquier librería. Me refiero a una ya de cierta importancia, asentada, próspera, diría, dentro de lo que cabe; cargadita de libros, aun de fondo muchos, pese a las novedades, que también. Iba a escribir, y lo haré más adelante, sobre lo que le he leído a Paco Goyanes, librero de Cálamo, en el número 36 de la Revista Texturas; disfruté tanto leyéndolo, tendrían que haberme visto, asintiendo todo el rato, como un votante del PSOE, o de derechas, no sé cómo les llaman ahora, leyendo El País, apunto de vitorear al columnista de turno, lo mismo hasta se me escapó un olé, les cuento, porque los pensaba, según le leía, «¡Olé!».

Ahora bien, he de decir que fue Lola Larumbe, en su Librería Rafael Alberti, la primera a la que vi dar una lección magistral a un editor. Lo hizo delante de mí. No se me va a olvidar. Me dejó alucinada. Por la concisión, por el sentido común, por la tranquilidad con la que se lo contaba todo. Y es que estas cosas los libreros y las libreras me las suelen decir a mí, sí, pero en un aparte, cuando nadie mira ni puede replicar. Y lo entiendo. A mí me toca muchas veces, y es pesadísimo. Perdida la frescura de los primeros tiempos, cuando es nuevo todo, casi una aventura, una ya empieza a notar lo aburridísimo que es explicar, día sí día también, que si se publican setenta mil libros al año, a ver por qué un lector va a comprar el tuyo, editora o editor novato, explícame cómo crees tú que tengo yo*, nosotras, que hacer para convencer no a una, a todas esas librerías donde quieres tener presencia como editorial, de que tu libro, de entre todos los cientos de libros, es el libro que hay que poner justo en esa mesa. Qué pesadez, de verdad. De lejos, es la parte más ingrata de este trabajo. Los días que pienso en retirarme es por esto nada más. Fastidio infinito explicar lo mismo una y otra vez, muchas veces a la misma persona, hacia la que empiezas a sentir algo no muy positivo, abro aquí y ahora así mi corazón. Querer estar en todas partes, como si esta pequeña a la par que coqueta distribuidora fuera, o pudiera, o quisiera llegar a ser, una empresa logística, una gran colocadora de libros a granel, o como si en todas partes hubiera sitio para ese autor que sí, si no digo yo que no, nos gusta, mucho, queremos que se publique, celebramos su libro, incluso lo hemos leído y disfrutado, pero… ¿no te has dado cuenta, alma de cántaro, que hay otros sesenta y nueve mil novecientos noventa y nueve libros que lo mismo son igual de necesarios, o menos, si es que da igual, que salen en los periódicos, están mejor producidos, la editorial, que tampoco es que sea muy grande, se ha recorrido librerías de media España, ha explicado su proyecto, ese libro y otros que van a salir, ha hecho así de fácil la labor de selección, tanto, que cuando llega el ejemplar ya tiene su estante, se coloca casi que automáticamente en el sitio, privilegiado, que le corresponde, en justa lid. Se lo dije: «Lola, te voy a traer a todos». Pero ella no le da importancia; me mira, tranquila, para quitarle la poca que cree que tiene, una educación exquisita: «Los mismo no era el momento… pero es que es así, ¿no?». Ese día había quedado en la Alberti, aprovechando que tenía una cita con la librera, con uno de los editores con los que trabajamos, uno de los que tienen el catálogo más formado. Es de las pocas librerías que visito con frecuencia. Qué nos darán allí… El editor habló de sus libros, con entusiasmo, quejándose un poco de lo poco que se conoce a alguno de sus autores, de lo poco que se leen. Y Lola se lo dijo, la cantidad de libros que se publican, cómo se venden, uno a uno, con suerte, la importancia de la labor de promoción, lo caro que es el espacio, lo que cuesta, los márgenes, la competencia brutal. La pena es que Lola no se pone a escribir.

Lectura recomendada (y un ofrecimiento)

Y la alegría es que Paco sí. Y también Juan Miguel Salvador, por cierto, de la Librería Diógenes de Alcalá de Henares. Otro día lo contamos esto, si nos da. Me he guardado algún otro artículo para más adelante. Y me anoto el escribir al editor de Trama para preguntarle cómo es que escriben tan pocas mujeres en su revista, siendo como somos tantas. A ver si me invita a un café un día, y lo hablamos. Me ofrezco a echar una mano; a mí no me cuesta rodearme de mujeres nada, me sale natural.

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