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Editar y vender en el mundo digital. Cómo aprender del pasado para dar de leer. Alejandro Katz en Texturas 20

Editar y vender en el mundo digital. Cómo aprender del pasado para dar de leer. Alejandro Katz en Texturas 20

Compra hasta el 19 de junio el artículo completo y todos los contenidos de Texturas 20 en digital por sólo dos euros.

Uno de los errores más frecuentes que cometemos al intentar resolver un problema consiste en no saber distinguir si se trata de un nuevo problema, de un problema antiguo que ya fue resuelto o de una nueva forma de un viejo problema. La irrupción de lo digital en el mundo del libro se nos aparece a priori como algo absolutamente novedoso, y como toda novedad provoca a la vez atracción y rechazo, admiración y temor.  Sin embargo, si bien la tecnología digital es relativamente reciente, y su utilización para la fabricación de productos editoriales lo es más aún, no todas las transformaciones que de allí se desprenden ocurren por primera vez en la historia del impreso.

Quizá, por tanto, resulte interesante intentar comprender qué hay de nuevo en el mundo del libro como consecuencia de la aparición de la tecnología digital, y qué, por el contrario, encuentra en el pasado momentos semejantes.

«La revolución en la tecnología de la información —afirma Nate Silver en un libro reciente— no se produjo con la llegada del microchip, sino con la imprenta.» El invento de Gutenberg de 1440 permitió que la información se volviera disponible para las masas, y la explosión de las ideas que eso provocó tuvo consecuencias inesperadas y efectos impredecibles. Los libros, claro, existían antes de Gutenberg, pero, dice Silver, no eran ni ampliamente escritos ni ampliamente leídos. Eran, de hecho, objetos de lujo para la nobleza y el clero, producidos ejemplar por ejemplar por los escribas. El costo promedio de reproducción de un manuscrito era de alrededor de 1 florín cada cinco páginas, que, en valores actuales, es el equivalente de unos 200 dólares. Obtener un ejemplar completo podía costar alrededor de 20.000 dólares.

Por añadidura, es muy probable que cada ejemplar estuviera plagado de errores, a los que se añadían los errores de la copia anterior, haciendo que los errores se multiplicaran y mutaran en cada generación de copias. La lentitud
del trabajo, el costo de su realización, los errores introducidos, hacían extremadamente difícil la acumulación de conocimiento, explica Elizabeth Eisenstein en The Printing Revolution in Early Modern Europe3. Como sabemos, de los tiempos antiguos hemos conservado algunas ediciones de la Biblia así como una pequeña cantidad de textos canónicos, tales como los de Platón y Aristóteles, pero la mayor parte de los libros que reproducían el conocimiento creado en la antigüedad se ha perdido.

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Trama y Texturas 23. Índice y autores

Trama y Texturas 23. Índice y autores


01_Corondel
¿Qué es un director literario?
Josep M. Castellet . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
02_Filete
Una historia de las resistencias a los futuros del libro
Alejandro Zenker . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Hacer visible lo invisible
Alejandro Katz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . 21
Ocaso en el imperio editorial español
Bernat Ruiz Domènech . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . 27
Los viajes de los autores y los viajes de los libros
Ricardo Nudelman . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . 39
Una preocupación bastante fuerte o el beneficio
de la técnica en la educación
Joaquín Rodríguez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . 45
Rimas y leyendos
Álvaro Sobrino . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
Situación actual del mercado editorial en Italia
Valentina Morotti . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65
03_Bigote
La edición pobre
Gabriela Torregrosa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Edición independiente y globalización editorial.
El caso de los editores de ensayos «críticos» en Francia
Sophie Noël . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . 81
Una propuesta de definición
Michel Valensi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . .. . . . 95
Manifiesto ODEI
ODEI (Observatorio de la Edición Independiente) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . 105
04_Ladrona
Libros y blogs . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123

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Sumario:

01_Chibalete

¿Son los libros demasiado caros? John Maynard Keynes

 02_Cajetín

Editar y vender en el mundo digital. Cómo aprender del pasado para dar de leer. Alejandro Katz
A qué estar atentos en 2013. Mike Shatzkin
La edición atómica. Joaquín Rodríguez
La teoría del ‘ebook’. Joseph Esposito
La importancia del saber tecnológico en las editoriales. Pablo Defendini
‘Metrópoli’, un icono del periodismo gráfico. Entrevista a Rodrigo Sánchez. Miguel San José Romano
La burbuja editorial. Catalina Martínez Muñoz
Unas notas sobre la propiedad intelectual. Enric Faura

 03_Puntura

Claroscuros del libro digital: ¿cómo se distribuirá? Marcelino Elosúa
El mercado del libro en Brasil. Felipe Lindoso

 04_Cizalla

La formación profesional de editores (cómo dejar de correr para quedarnos en el mismo lugar). Margarita Valencia
Hijos de Babel: el oficio de traductor. Francisco Javier avier Jiménez
El papel monetario de la cultura. Alba Roldán Barrio

05_Papirómetro

Libros

Nº de Edición: 1

152 páginas

ISBN: 1887-3669

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Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

por Alejandro Katz

Crisis, ¿cuál crisis?

El sector editorial tiene un tono: es un tono menor, marcado por la queja, el desconcierto y la incertidumbre. Hace ya mucho tiempo (o, cuando menos, bastante tiempo) que el mundo del libro está persuadido de que las cosas no funcionan, de que esto no va más y que el Apocalipsis (nuestro pequeño, mezquino y, naturalmente, merecido Apocalipsis) se abatirá sobre nosotros.


Ese tono del mundo editorial se expresa con diversos registros: el aullido de los editores por el exceso de devoluciones, el maullido de los libreros por el exceso de novedades, los alaridos de todos por la escasez de lectores. Se habla, hace ya años, de crisis: demasiados títulos, tiradas más cortas, precios en alza… El fantasma de la concentración recorre el imaginario de los (autodenominados) independientes: concentración en la edición y en la comercialización, estandarización y homogeneización de los gustos de los lectores. La cacofonía en estado puro. El libro tiende a comoditizarse, dicen algunos (al menos, lo he dicho yo mismo, hace un par de años), a volverse pura mercancía: ¡adiós Bourdieu!, basta de valor simbólico, no más discursos sobre el doble carácter –mercancía y significación- del bien cultural por antonomasia.
Ese tono es acompañado, desde la teoría crítica (teoría de la cultura, crítica literaria…), por un bajo continuo que acentúa el carácter melancólico de la letanía: el canon está terminado, ya no existe un corpus de obras que deben ser leídas, se han perdido (José Emilio Pacheco dixit) las alusiones comunes. En el mundo de las presuntas comunidades, de las redes, de los grupos de afinidad, ya no hay comunidades de lectores, redes textuales (ni, mucho menos, paratextuales, ni metatextuales, ni, qué hablar, transtextuales) ni afinidades: sólo hay, por una parte, consumidores (los del Código da Vinci, se dice: millones de no lectores ¿?) y, de otra, individuos, unidades dispersas que no alcanzan a construir un mercado.
Todos coinciden, pues. Tanto los que se ocupan de la producción y la venta como los que estudian los modos de uso y recepción de la cultura escrita.
¿Todos? Bueno, no todos, en verdad. La Vanguardia del pasado 26 de noviembre informaba que la segunda edición del Salón del Libro de Barcelona convocó un 20% más de público que la edición anterior. La página web de la Feria de Guadalajara informa que el público que asistió a la última edición superó en más de un 6% al de la anterior: 525 mil visitantes en 2006. La Federación de Gremios de Editores anota que, entre 2004 y 2003 (últimos años disponibles en la web), la venta de libros en el mercado interior se incrementó un 3,2% en euros, porcentaje, si se quiere, pequeño, pero en todo caso muy superior al 0,3% de incremento en el gasto en consumo final de los hogares españoles a precios de mercado (http://www.ine.es/daco/daco42/cne00/pib_9505.xls) para esos mismos años, sin considerar, por lo demás, que la variación interanual para ese período indica una reducción de la participación de los asalariados (del 48,4% al 47,7%) en el PIB total o que la participación total de la industria en el PIB también disminuyó del 14,7% al 14,1%.
¿Todos coinciden? Al parecer, los consumidores, cuando menos, no parecieran estar plenamente de acuerdo: asisten más a las ferias y aplican, a lo largo del año, un porcentaje creciente de sus recursos a la compra de libros (que es no sólo el que provoca el crecimiento de ventas, sino que es ese crecimiento ajustado por la menor participación del salario en el producto interno).
Tampoco, según parece, coinciden plenamente los actores de la profesión: si se pregunta a cada uno de ellos por la situación particular de su negocio casi nadie declara estar quebrado, ni camino a la quiebra: las ponderaciones oscilan entre un exitista “muy bien” (fuerte propensión al optimismo de las respuestas corporativas, que deben declamar el éxito porque en él está la razón de su existencia o, cuando menos, de los salarios de sus funcionarios) hasta el más moderado “bien” de los pequeños y medianos, que viven con dignidad de sus negocios; como afirmó Francisco Goyanes, de la librería Cálamo de Zaragoza, en el Encuentro de Editores de la Feria de Guadalajara: “no por no ser rico se es tonto”.
Hay, pues, o bien un doble discurso o bien una doble percepción. La explicación por recurso al doble discurso parece más sencilla, más al alcance de la mano y más satisfactoria si la pretensión es erigirse en acusador de la falsa moralidad imperante: declamemos (a los cuatro vientos, como se dice) que estamos mal y que estaremos peor, para obtener prebendas y beneficios públicos (estrategia de asistencialismo), para obtener espacio gratuito en los medios de comunicación (estrategia de marketing), o para generar mayor consumo al estimular el sentimiento de culpa de los no consumidores de libros (estrategia del psicópata). Esta perspectiva supone que todos los involucrados en el negocio del libro nadamos en la abundancia, pero nos hemos confabulado para hacer creer al mundo que apenas sobrevivimos en la escasez.
Yo no creo que esto sea así. Pienso, más bien, que la percepción de crisis refleja una preocupación verdadera, a pesar de que no esté convalidada –o, cuando menos, no esté plenamente convalidada- por la realidad del sector, según los indicadores mencionados al comienzo de esta nota.

Primera tentativa de explicación: Lo que abunda, ¿daña?

En mi opinión hay dos razones básicas que explican el tono menor que impera en el mundo de la edición y de la librería. En principio, y esto parece evidente, las dificultades cotidianas con que se enfrentan los diversos jugadores y que propician ese sentimiento según el cual “las cosas no van bien”. Hay, sin duda, un exceso de oferta, y hay también una problemática canalización de dicha oferta. La edición ha creado un modelo de reloj de arena que es, a todas luces, insuficiente para alcanzar una performance óptima, y ni siquiera para tender a ella.

Figura A
Esforzado librero intentando que la casi infinita producción de títulos se desplace hacia los lectores

Ese modelo de “reloj de arena” consiste en intentar hacer pasar decenas de miles de títulos, y centenas de miles de ejemplares, a través del espacio, necesariamente limitado, de las librerías, cuya realidad física les impide recibir, exhibir, promocionar y vender semejantes cantidades de libros. De hecho, hasta no hace demasiado tiempo (posiblemente hacia la segunda mitad de la década del 70 del siglo pasado) el modelo era, más que el reloj de arena, el caño, en el cual las relaciones del input con el output estaban mucho más cerca del óptimo: había una menor oferta (sólo entre 2001 y 2005 la cantidad de títulos editados en España se incrementó un 13,43%, pasando de 67012 títulos 76265, es decir, 9253 títulos más ofrecidos al público en sólo cinco años, lo cual significa que cada día laborable llegaron a las librerías aproximadamente 40 novedades adicionales respecto de las que se recibían en 2001); y había también una menor dispersión de los consumidores, en términos geográficos, etarios, socioeconómicos y, especialmente, de intereses de lectura.

 

 

Figura B
El caño, cuyo diámetro es idéntico en la entrada, en la salida y en toda su extensión

Tanto desde el lado de la edición como desde la librería hay quienes intentan volver a convertir el reloj de arena en un caño, no por reducción de la oferta sino simplemente ampliando el “diámetro” de los conductos de circulación: tanto la venta de libros en sitios no tradicionales como la creación de megastores crean la ilusión de que, de ese modo, es posible evitar (por medio de un “bypass”) las restricciones físicas de la librería.
Pero también hay quienes intentan responder a esa dificultad estableciendo, tanto desde la editorial como desde la librería, un sistema de lecturas que será también, por consecuencia, un sistema de lectores, es decir, un ajuste mucho más adecuado entre oferta y demanda. Como declaró Antonio Ramírez, director de la librería La Central: “El saber de un librero no es filológico, no aplica un canon estético, recae más bien en la capacidad de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores. Juzgamos antes al editor que al autor, antes a los libros que a los textos.”
El desajuste entre la oferta y la demanda es un problema grave. Pero el exceso de oferta es sólo una parte del problema, y no necesariamente la peor. A mi entender, la mayor dificultad proviene de la incapacidad, tanto de muchos editores como de numerosos libreros, “de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores” y, por tanto, de seleccionar una parte de esa oferta para la parte correspondiente de la demanda. El exceso de oferta parecería ser, más que una dificultad estructural del sector, la causa de una sensación subjetiva de crisis percibida como tal por los actores.
Las percepciones subjetivas de crisis por exceso son un fenómeno mucho más frecuente de cuanto se cree. Pierre Chaunu estudió con detalle la sensación de “mundo lleno” de la baja Edad Media, cuando se tenía la convicción de que Europa estaba sobrehabitada y ello traería consecuencias catastróficas. Y Roger Chartier señaló con claridad cómo, ya a fines del siglo XIX, se documentan abundantes percepciones de crisis en el sector editorial, derivadas, igualmente, de una oferta percibida como superabundante. No quiero decir con esto que no haya un exceso de oferta, y que ese exceso no sea causa de graves dificultades, pero sí señalar que no es suficiente para justificar el sentimiento de crisis en el cual el sector está instalado.

Segunda tentativa de explicación: nubes en el horizonte (de expectativas)

¿Por qué, entonces, si los indicadores -cuando menos, algunos de los indicadores- que dan cuenta de la salud del sector no parecen catastróficos o, incluso, parecen razonablemente buenos, impera tal sensación de desasosiego, de crisis, entre los actores de la actividad editorial? ¿Por qué nadie –o casi nadie- afirma con convicción, en voz alta y firme, que el futuro es auspicioso, que será mejor que el presente y, sin dudas, mucho mejor que el pasado? Tengo la impresión de que la verdadera respuesta no está en las dificultades objetivas que encuentran los editores y los libreros para desempeñar su oficio y hacer prosperar sus negocios. Está, más bien, en el terreno subjetivo –pero no por ello menos real, menos verdadero, menos acuciante- en el que se juegan las expectativas, las identidades profesionales y el reconocimiento social.
Creo que lo que está en cuestión no es el futuro, sino la relación que el pasado tiene con el futuro. Como afirma Koselleck, si “la experiencia es un pasado presente, cuyos acontecimientos han sido incorporados y pueden ser recordados […] también la expectativa se efectúa en el hoy, es futuro hecho presente, apunta al todavía-no, a lo no experimentado, a lo que sólo se puede descubrir” Según Koselleck, “no hay expectativa sin experiencia, no hay experiencia sin expectativa”.
Hasta hace un par de décadas, la experiencia permitía construir expectativas, y éstas, razonablemente, se cumplían. El futuro era, entonces, el sitio de la fantasía realizada. En los años 70 del siglo pasado era evidente que el libro ocuparía un lugar cada vez más destacado en nuestras sociedades, que el avance de las clases medias, de las democracias, de la educación universitaria permitiría cumplir, por fin, el sueño ilustrado que, por variadas razones, había estado pospuesto en el mundo iberoamericano durante mucho tiempo. Todos los indicadores así lo sugerían y, sobre todo, nada parecía poder interponerse en ese proceso casi teleológico.
Veinte, veinticinco, treinta años atrás el horizonte de expectativas era claro, despejado, sin nubes en el horizonte. Nuestro espacio de experiencia, es decir, en términos de Koselleck, la presencia del pasado en el presente y, por tanto, la del futuro hecho presente, no era fuente de incertidumbres: no había necesidad de observar los indicadores sectoriales, los índices estadísticos, los análisis macroeconómicos, para tener la certeza de un futuro promisorio. Pero esa experiencia, hoy, no permite construir expectativas. No es sólo la competencia, entonces impensada, del mundo digital, los fantasmas (bastante reales, por cierto) de los nuevos soportes, del digital sobre lo analógico, de la Internet y los contenedores de memoria virtual lo que nos pone en crisis. Es también -es sobre todo- la ruptura del canon, el estallido de los grandes discursos, la fragmentación de las comunidades de lectores, la tribalización de los espacios del saber, la lectura de zapping (véase Petrucci) lo que impide a la experiencia hacer presente el futuro, y es todo ello lo que provoca angustia y alimenta la percepción de la crisis.
Desde la teoría de la recepción de Jauss sabemos que cuando se genera una acción, esta acción, relacionada con el presente, conduce, por una parte, hacia la acumulación de hechos sociales a los que designamos con el nombre de experiencia y, por otra parte, hacia la producción de posibilidades, posibilidades que se inscriben en un conjunto de expectativas y constituyen –construyen- el futuro. Pero, hoy, quienes participamos en el mundo de la edición y de la librería no tenemos ninguna certeza de que nuestras acciones, fundadas en nuestra experiencia, puedan producir las posibilidades que imaginamos –o deseamos- que ocurran: lo que pone en cuestión la calidad del futuro del libro no es, pues, su mal desempeño presente, sino nuestra incapacidad de manejar la incertidumbre respecto del futuro.
En alguna medida, la percepción de crisis no es más que una cuestión generacional. Quienes hablamos de crisis somos viejos. Viejos, en la medida en que nos hemos formado, y hemos comenzado a actuar, hace por lo menos veinte o veinticinco años, es decir, en momentos en que el horizonte de expectativas estaba despejado. La crisis, desde esta perspectiva, no es del mundo del libro, sino nuestra, y salir de la crisis no exige tanto que cambien las condiciones en que desempeñamos nuestra actividad cuanto que sepamos cambiar nuestro modo de construir expectativas a partir de nuestra experiencia. El mundo del libro goza, al parecer, de buena salud. Lo cual no significa que muchos de quienes estamos en él podamos decir, de nosotros, lo mismo.

Texturas nº1 - sumario

Texturas nº1 – sumario

_Presentación [VER]
_Roger Chartier: Librerías y libreros: historia de un oficio, desafíos del presente
_Alberto Manguel: Autorretrato de un lector
_Beatriz de Moura / Tomás Granados: Inge Feltrinelli
_Chema Madoz: Sin título
_Alejandro Katz: Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis [VER]
_Alejandro Sierra: La lectura. Visión ordenada y numerada
_: La mirada de un editor
_Carlos Sánchez: Un amor obsesivo, la edición de libros
_José María Barandiarán: Edición, ¿independiente o interdependiente?
_Javier Celaya: El uso de las nuevas tecnologías en el sector cultural
_Esteban Hernández: Los planes de lectura
_Christian Robin: Cultura y precio. El ejemplo del precio único del libro en Europa
_Jordi Nadal: Tampoco mis libros saben que yo existo [VER]
_Íñigo García Ureta: Mi novela más querida
_Kepa Murua: «Luke» nuevas formas de lectura
_Juliana Boersner y Carlos Neri: La lectura desde dos blogs en diálogo
_José Antonio Millán: ¡Hazlo!
_Paula Izquierdo: El perfume
_Carles García Domingo: Pero leer, ¿para qué?
_Sergio Vila-Sanjuán: ¿Por qué nadie quiere leer novelas en formato electrónico?
_Alejandro Margulis: ¿Quién le pone el cascabel a la pantalla fría?
_Juan Varela: Leer
_Daniel Menéndez: La lectura ya no es lo que era
_Tíscar Lara: El peregrino digital y la educación 2.0
_Juan Pedro Quiñonero: Crítica de la ilusión blogográfica