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Thomas Phillipps, el hombre que intentó tener todos los libros del mundo. Alejandro Gamero en La piedra de Sísifo

Thomas Phillipps, el hombre que intentó tener todos los libros del mundo. Alejandro Gamero en La piedra de Sísifo

A diferencia de un lector cualquiera, incluso de los más vehementes, el bibliófilo ‒que a veces puede no ser lector‒ idolatra los libros más que por su contenido, que también, por su materialidad física. Sin embargo, incluso en esta bibliopatología existen grados. La bibliofilia alcanza su nivel más extremo cuando la obsesión por los libros se convierte en una locura capaz de condicionar o de devorar la vida de una persona y la de aquellos que lo rodean ‒y sino que se lo digan a Langley Collyer, que murió aplastado por una avalancha de libros sin ser bibliófilo‒. Entonces, más que de bibliofilia habría que hablar de bibliomanía. No es que haya habido muchos chiflados que encajen en el perfil del bibliómano, pero haberlos haylos, y entre ellos destaca, muy por encima del resto, Thomas Phillipps, de quien podría decirse que más que bibliómano es bibliomaníaco de manual, si es que hubiera manuales de bibliomanía.

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Bibliomanía, la rara enfermedad que ha sobrevivido hasta nuestros días. Enrique Alpañés en Yorokobu

Bibliomanía, la rara enfermedad que ha sobrevivido hasta nuestros días. Enrique Alpañés en Yorokobu

Los chavales de hoy en día son lo peor. Se pasan las horas pegados a sus teléfonos móviles, haciendo vete tú a saber qué, trasteando, creando una dependencia que ya tiene incluso nombre: nomofobia, y que, según distintos estudios, afecta a casi la mitad de los usuarios de móviles. Eso antes no pasaba. Porque no había móviles. Antes eran otros los vehículos culturales que causaban peligrosas adicciones, y en el siglo XIX el más pernicioso de todos era el libro.

En un reciente artículo publicado en The Guardian, la experta en libros Lorraine Berry sacaba del olvido un trastorno obsesivo-compulsivo, la bibliomanía, que consistía en coleccionar libros más por aparentar que por tener una intención real de leerlos, lo que hoy llamaríamos un postureo patológico.

Este trastorno, ya descatalogado de cualquier tratado psicológico o psiquiátrico, tuvo su auge en el siglo XIX, cuando los libros representaban el mayor vehículo cultural de la sociedad.

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Más sobre bibliomanía.

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Dormir entre libros. Elena Rius

Dormir entre libros. Elena Rius

Dudo que haya algún bibliómano al que no le guste dormir rodeado de libros. Están, por supuesto, los amontonados en la mesita de noche -unas pilas que pueden llegar a convertirse en verdaderos Everest. (Aprovecho para mencionar que siempre pongo mala nota a los hoteles en cuya mesita de noche a duras penas cabe un libro. Señores hoteleros, deberían pensar en la gente que lee en la cama.) Ciertamente, hay dormitorios enanos, en los que no cabe una estantería, y también hay quien prefiere el look minimalista y las habitaciones que parecen un monasterio zen, pero si uno tiene -como me pasa a mí- la casa llena de libros, es inevitable que también el dormitorio tenga su librería en cualquier cacho de pared que quede libre.
Una de las razones por las que, Brexit o no Brexit, el Reino Unido va a seguir siendo uno de mis destinos favoritos es porque  -más que ningún otro país que yo conozca- entienden bien esta necesidad bibliómana de rodearse de libros en todas las situaciones posibles.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

En defensa de comprar libros para (todavía) no leerlos. Cristian Vázquez en Letras Libres

En defensa de comprar libros para (todavía) no leerlos. Cristian Vázquez en Letras Libres

Dos situaciones, muy relacionadas entre sí, hacen sentir mal a algunas personas. Una: comprar libros y luego no leerlos. La otra: comprar libros cuando se tienen en casa libros sin leer. Esta última suele ser, claro, consecuencia de la primera.

Esto es un problema en casos patológicos: el de la bibliomanía, considerado un trastorno obsesivo-compulsivo, o el de alguien que gasta todo su dinero en libros, e incluso se endeuda, y luego no tiene para comer o para pagar el alquiler. Pero estos son casos puntuales. La gran mayoría de las personas a las que me refiero en el primer párrafo no padecen de estos males. Simplemente les gustan los libros: leerlos y comprarlos.

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