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¿Salvará la cultura a las ciudades? Joan Subirats en La Vanguardia

¿Salvará la cultura a las ciudades? Joan Subirats en La Vanguardia

Entiendo que cualquier debate sobre cultura en Barcelona requiere situar la reflexión en el momento en que vivimos, no sólo en Barcelona sino en el escenario global. Y no sólo en la coyuntura concreta que ha marcado el procés o la profunda crisis económica que atravesamos, sino en un marco de cambio de época. En ese escenario, la ciudad vuelve a estar en primer plano. Aunque resulta difícil referirnos a un modelo de ciudad. Todas las ciudades buscan su propio camino en ese marco de incertidumbre general.

Más globalización y también más localización convierten a la ciudad y su entorno en el sitio en el que las cosas ocurren. Un espacio de posibilidades y como tal un espacio de conflictos. Hablar de ciudad ha sido siempre sinónimo de hablar de capacidades y de carencias. En la ciudad se enfrentan relatos distintos sobre qué futuro es deseable y desde dónde encarar las posibles salidas. Culturas de la competencia y de la colaboración, de memoria o patrimonio, pero también de innovación alternatividad. Culturas establecidas y culturas ocultadas o emergentes. Hablar de cultura urbana o de cultura de ciudad inevitablemente nos lleva a hablar de valores, de política.

Ciudad

El concepto de ciudad ha tenido y tiene muchas acepciones. La más evidente es la que relaciona ciudad con lugar. Como lugar específico, con particularidades espaciales de centro y periferia, con densidades propias. Ciudad como conjunto de objetos, edificios y espacios. Diferentes ciudades tienen diferentes constelaciones de elementos. Ciudad como conjunto de prácticas sociales que se configura a lo largo de los años. Ciudad con memoria y memorias de distintas ciudades. No hay un único texto, un único relato de lo que es una ciudad.

Pero la ciudad no es sólo un lugar. Va más allá. La ciudad alberga dinámicas no directamente visibles. La ciudad cobija un gran conjunto de intercambios y flujos. Es por tanto lugar de intermediación y de transferencia. Fluyen ideas, datos, informaciones varias y también intereses y dinero. Y no sólo eso. En ese espacio se concentran sentimientos. La ciudad como escenario en el que la gente vive, ama, sufre, cuida. Sin olvidar esa otra ciudad que atesora creencias, valores, y que precisamente hace que distingamos a una ciudad de otra. Lo que es aceptable en una ciudad, no lo es en otra. Lo que a una ciudad le enorgullece, en otra puede ser visto como una anomalía a corregir.

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El libro como relación y la librería como nodo en la ciudad posmoderna. Imanol Zubero en Texturas 29

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I.

Dice Manuel Rivas que «hay mucha gente que vive sin libros y no les pasa nada, pero la ciudad no existiría sin librerías». Para quienes, como es el caso de quien esto escribe, no podemos concebir nuestra vida sin la compañía de los libros, es fácil identificarse sin mayor reflexión con una afirmación así. Pero, si lo pensamos mejor, nos daremos cuenta de que, si bien es cierto que mucha gente vive sin libros, no es improbable que tal ausencia tenga consecuencias. ¿Cuáles? Esta es ya otra cuestión sobre la que no haré apreciaciones interesadamente personales; recomiendo, en todo caso, la lectura –que no se alarmen los sin-libristas: es lectura, pero de un blog– de la divertida y paródica demanda de un México sin libros publicada por Eduardo Huchín Sosa en la edición digital de Letras Libres.

Me interesa más, en el contexto de esta breve reflexión que ahora iniciamos, referirme a las consecuencias sociales que ese vivir sin libros, practicado por mucha gente, sin duda tiene muy especialmente sobre la ciudad. De manera que, matizando a mi admirado Manuel Rivas –lo mismo en su versión librera que carpintera–, yo diría que el hecho de que tanta gente viva sin libros se relaciona directamente con la posibilidad de que las librerías vayan desapareciendo progresivamente de nuestras ciudades. Y viceversa: si, como nos recuerda últimamente Roberto
Casati, «los niños y jóvenes que leen son sobre todo aquellos que han crecido en un entorno rico en libros, y en el cual los padres (especialmente la madre) leen», es fácil concluir que habitar en un entorno urbano pobre en libros juega en contra de la vocación lectora de la ciudadanía.
II.

El Mapa de Librerías elaborado por el Observatorio de la Librería en España para el año 2013 identifica un total de 4.336 librerías ubicadas en 862 municipios, lo que significa que, en principio, en aquel momento había una  población de 35.778.821 habitantes que contaban con alguna librería en su entorno más próximo. Por el contrario, la inmensa mayoría de municipios españoles, un total de 7.254, carecían de librerías; poblaciones pequeñas en su mayoría, incluso muy pequeñas, con muy pocos vecinos, pero que aún así agrupaban a 11 millones y medio de habitantes. Poblaciones pequeñas, decimos; sí, pero no sólo: en septiembre de 2015 cerraba la librería Sintagma, la única que había en la localidad almeriense de El Ejido, una ciudad con casi 85.000 habitantes.

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Las naves de los modernos. Antonio Ramírez en Hänsel i Gretel

Las naves de los modernos. Antonio Ramírez en Hänsel i Gretel

Antonio Ramírez es librero y uno de los fundadores de la librería La Central

El entramado comercial de una ciudad puede ser también el escenario de una disputa. Frente al impulso hacia lo global, la construcción de espacios de consumo orientados hacia lo local puede ser vista como una forma clara de resistencia. Librerías, delicatesen, pequeños restaurantes y tiendas de moda, cafés, bares de copas o teatros, todos son espacios idiosincráticos y singulares que pueden ser elegidos por los habitantes de una ciudad, de forma espontánea y muy concreta, como puntos de referencia y orientación que les permitan pensar y reelaborar su relación con la ciudad, y por extensión, reflexionar sobre el lugar que intentan ocupar en la sociedad y frente a los demás. La diversidad de una ciudad es pues fruto del trabajo y la imaginación de sus habitantes y preservarla exige una resistencia activa. Ciertas retóricas en pro de una modernidad a ultranza y cierta entrega irreflexiva a las promesas de la tecnología, pueden ocultar la acción depredadora de la avaricia de siempre.

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