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Arrogancia y lectura. Sergi Pàmies en La Vanguardia

Arrogancia y lectura. Sergi Pàmies en La Vanguardia

Publicado en La Vanguardia

 

Una lectura saludable: Contra la arrogancia de los que leen, de Cristian Vázquez (Trama Editorial). Son artículos monotemáticos (los libros y tal) que recorren los caminos abiertos por otros exploradores (Gabriel Zaid, Alejando Zambra, Daniel Pennac). Desmitifican, invitan a pensar e intentan practicar una pedagogía sin ínfulas. También buscan la anécdota como sucedáneo de categoría y hablan de citas apócrifas (atribuir a Cortázar un verso de Neruda), de lectura en el transporte público, del peligro de las recomendaciones, de un perfume com aroma (literal) a libros ( Paper Passion) y de la presentación de libros como género literario. Y el libro se cierra con la reflexión que justifica el título, sobre el error de creer que leer merece una consideración privilegiada.

Vázquez identifica los precedentes que desmienten cualquier superioridad y que sitúan la lectura en un ámbito muy minoritario respecto a los que no leen. La consecuencia de esta evidencia es que ya hayamos interiorizado que acabará siendo más habitual que los que no leen actúen de manera arrogante con los que leen y no al revés. Por suerte, los que no pueden combatir su naturaleza petulante y falsamente erudita no perderán sus privilegios. De hecho, la arrogancia de la que habla Vázquez ya no se aplica tanto contra los que no leen como contra otros lectores, quién sabe si porque el canibalismo permite mantener la jerarquía de la suficiencia intelectual y sus prebendas. Si en los años setenta sufrimos el lastre sectario del mandarinato marxista e hiperideologizado, empezamos a ser víctimas del neomandarinato de la corrección política disfrazada de radicalismo y de los esputos revolucionarios amparados por el populismo de género o de empoderamiento.

Es el atajo más corto para preservar la superioridad moral, pero aplicarla a los que viven felizmente sin libros no tiene gracia. En cambio, adoptar un rictus permanente de inquisidor (siempre es más fácil culpabilizar que argumentar) y elaborar teorías que intelectualizan la lectura hasta la náusea sí perpetúa el despotismo ilustrado que, con la coartada del debate, tiene poco que ver con la generosi-dad, la inteligencia y el compromiso que requiere la crítica (que evoluciona en París, Buenos Aires, Londres, Nueva York o México). El resultado son excedentes de corpus, consignas, dogmas y esbozos de listas negras elevados a tótemes transaccionales que, aprovechando la flaccidez comercializada de la prescripción, trasladan los anacronismos del postestructuralismo al ámbito de la creación, la edición, la difusión o la crítica. Vázquez nos ayuda a centrarnos más en realidades tangibles del libro y no en la especulación trascendente como método de intimidación. Porque, como pasa en tantos otros ámbitos (la política, sin ir más lejos), la cultura también sufre el furor manipulador de los que acaban prefiriendo la adrenalina de las luchas de poder que la esencia azaro-sa, imprevisible y contradictoriamente viciosa de la lectura.

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Las fajas de los libros, esas intrusas. Cristian Vázquez

Las fajas de los libros, esas intrusas. Cristian Vázquez

Las fajas, esas tiras de papel que rodean a los libros con el objetivo de llamar la atención de los posibles compradores, son cada vez más frecuentes y enormes. Quizás en el futuro las tapas carezcan de ilustraciones, como sucedía con los libros antiguos. Todo será faja.

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La conjura de los necios, la extraordinaria novela de John Kennedy Toole, fue publicada en Estados Unidos en 1980, más de una década después del suicidio de su autor. Un año más tarde ganó el Premio Pulitzer; en mayo del año siguiente fue publicada en español, por Anagrama. Fue un éxito notable: en diciembre de 1983, diecinueve meses después de la primera edición, el sello de Jorge Herralde lanzaba la decimotercera. Incluía una faja —esa tira de papel que rodea al libro con el objetivo de llamar la atención del observador— que lo aclamaba:

¡13.a edición!

“Un libro extraordinario”

“Incesante hilaridad”

“Si se quiere comenzar el año acudiendo no a un libro bueno sino a uno excepcional, ese tiene que ser LA CONJURA DE LOS NECIOS”…

Un ejemplar de esa decimotercera edición de Anagrama es el que tengo en mi biblioteca. Lo compré usado, hace más de diez años. Quien(es) lo había(n) poseído antes de mí durante casi un cuarto de siglo no le había(n) quitado la dichosa faja. Yo tampoco lo hice en todo este tiempo. Permanece, amarillenta, ajada, medio rota, ocultando parte de la clásica ilustración de Ed Lindlof en la portada. Me pregunto: ¿por qué esa faja sigue ahí?

 

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La faja es un elemento curioso. No es parte del libro, aunque de algún modo sí lo es. Podría no estar, pero a veces está. Está para irse: casi siempre termina en la basura. Aunque puede tener otros usos. “Nunca he comprado un libro por su faja —señala el escritor Sergio del Molino—. Los he comprado a pesar de sus fajas. Los desfajo nada más pagarlos y, si no tengo marcapáginas, doblo la faja y la uso como tal sin leerla”.

El grupo de los detractores de las fajas es numeroso, e incluye a muchos libreros. La librería pamplonesa Deborahlibros se declaró en enero de 2017 “espacio libre de fajas”. “Los libros aquí no están enfajados —decía un papel pegado en la fachada en esos días— sea cual sea su edición, autor(a) premiado(a) o digan de él lo que quieran en el Babelia o en el New York Times. En caso de duda, pregunte a la librera. Nota: Guardamos todas las fajas en una caja, puede usted llevarse la que más le guste”.

Otros escritores, apunta Del Molino, proponen intercambiar las fajas. “Colocar la que dice ‘Una conmovedora historia de lucha bajo el nazismo’ en el último de Mario Vaquerizo y la que dice ‘La mejor guía de mindfulness’ en los diarios de Anna Frank. Por ejemplo. El librero —y yo con él— sostenía que la mayoría de los compradores no se iban a dar cuenta”.

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Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

La cultura digital ha propiciado, entre sus tantos efectos, un culto por los cuadernos de papel. Para algunas personas, esta especie de fetichismo por los cuadernos tiene resultados terapéuticos, beneficia la creatividad y hasta les permite entender mejor la propia vida.

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Existe desde hace unos años una especie de furor por los cuadernos. La oferta resulta cada vez mayor: desde los Moleskine —tan clásicos y carísimos y tan cool— y todas sus más o menos plagiarias imitaciones, hasta los artesanales que se ofrecen en cualquier feria callejera que se precie de tal. Se trata de una pasión que excede a los cuadernos y alcanza todo lo que designa la palabra inglesastationery, el material de papelería destinado a la escritura: papeles, sobres, bolígrafos y una amplia gama de otros productos.

No creo demasiado arriesgado suponer que esta revalorización de los cuadernos es hija de la masificación de la tecnología digital. Vivimos tiempos en que casi todo lo que escribimos lo escribimos en computadoras, tabletas y teléfonos. Escribir a mano se ha tornado una suerte de ritual arcaico, muy alejado del utilitarismo del trabajo y los mensajes urgentes y el entretenimiento instantáneo de las redes sociales, cercano a la intimidad, a la introspección, al deseo de apearse al menos por un rato del ritmo frenético de nuestros días.

Ya que la escritura manuscrita ha adquirido ese aura de liturgia privada, no es extraño que el soporte también concite mayor atención. Buscamos que sea especial, que sea de algún modo digno de la calidez que hemos de volcar en sus páginas. Todo esto ha contribuido (al igual que el capitalismo y el consumismo, por supuesto) con el desarrollo de un auténtico fetichismo por los cuadernos. “Al tener aquel cuaderno en las manos por primera vez, sentí algo parecido a un placer físico, una súbita, incomprensible oleada de bienestar”, dice el escritor Sidney Orr, protagonista de la novela La noche del oráculo, de Paul Auster. Una descripción con la cual todo amante de los cuadernos se debe sentir, sin duda, plenamente identificado.

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La escritora catalana Eva Piquer declaró en una ocasión que, para ella, comprar una libreta y empezar a escribir en ella es un remedio contra la angustia y la ansiedad tan bueno como, para otros, comer chocolate y comprar zapatos. Supongo que es una sensación compartida por muchas personas. Imagino los cajones de sus casas llenos de cuadernos iniciados y abandonados, aún con muchas páginas en blanco pero satisfechos de haber cumplido con su labor terapéutica.

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¿Por qué las mujeres leen más libros que los hombres? Cristian Vázquez en eldiario.es

¿Por qué las mujeres leen más libros que los hombres? Cristian Vázquez en eldiario.es

Las mujeres leen más libros que los hombres. No es arriesgado afirmarlo, ya que todas las investigaciones y estadísticas al respecto arrojan el mismo resultado. El principal es el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros, editado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Según su última edición, correspondiente al año pasado, el 67,9 % de las mujeres leen libros, contra el 63,6 % de los hombres.

 La disparidad es aún más notoria cuando no se considera la lectura de libros por trabajo o estudios, sino que solo se toma en cuenta la efectuada durante el tiempo libre. El 64,9 % de las mujeres lee libros por placer, una actividad practicada por el 54,4 % de los hombres. Una diferencia de más de diez puntos porcentuales.
Por su parte, una investigación elaborada por la consultora alemana GFK sobre los hábitos de lectura de libros en diecisiete países -para la cual realizó encuestas a más de 22.000 personas- arrojó como resultado que el 32 % de las mujeres leen “todos o la mayoría de los días”, algo que solo hacen el 27 % de los hombres. Las cifras para España, según ese mismo trabajo, son del 40 % en las mujeres y 25 % en los hombres. Solo en los Países Bajos se registró una diferencia porcentual superior entre ambos géneros.

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El último refugio de la intimidad lectora: el baño. Cristian Vázquez

El último refugio de la intimidad lectora: el baño. Cristian Vázquez

Muchos lectores han destacado la importancia del cuarto de baño como el último reducto al cual escapar para poder leer, e incluso también para escribir. Deberíamos valorar más su carácter íntimo y silencioso: quién sabe si, al igual que en muchos otros ámbitos, no lo perderemos también en el futuro.

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“El movimiento de los intestinos fue, para los antiguos, objeto de especial consideración”, apuntan Alejandro Dolina y Carlos Trillo en un artículo de hace casi medio siglo. “Nadie se avergonzaba de hablar de un asunto tan público y notorio”, explican, debido a que “la vida montaraz y la ausencia de retretes en kilómetros y kilómetros le restaban privacidad al acto que estamos considerando”.

“Pero después las cosas cambiaron”, sigue diciendo el texto, publicado originalmente en la revista Satiricón, de Buenos Aires, y recogido luego, en 1974, en un librito titulado Lo corrieron de atrás. Antología humorística de la cultura anal. “Sobrevinieron el confort, las obras sanitarias, el pudor, la higiene y otros tantos flagelos. Entonces el hombre cerró la puerta y se ruborizó cada vez que le tocaban el tema”.

Poco después, también Georges Perec escribió sobre la naturalidad que rodeaba a estas actividades en el pasado. “Luis XIV daba audiencia en su silla retrete. Era algo muy corriente en la época. Nuestras sociedades se han vuelto mucho más discretas”, señalaba en un artículo titulado “Leer: bosquejo sociofisiológico”, incluido en su libro Pensar/Clasificar, de 1985. “Sin embargo —añadía Perec—, el retrete sigue siendo un lugar privilegiado para la lectura”.

Y es que, al cerrar la puerta, el ser humano ganó, de pronto, casi sin darse cuenta, también otra cosa: intimidad, la garantía al menos por un rato de una soledad absoluta, una habitación propia. Si uno se pasa unos veinte minutos al día moviendo el vientre, al cabo de un año habrá destinado a esa actividad algo más de 120 horas. Más de cinco días sentado en el trono. Recuerden este dato la próxima vez que alguien les diga que no lee porque no tiene tiempo.

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El precio de un libro. Cristian Vázquez

El precio de un libro. Cristian Vázquez

¿Cuándo un libro es demasiado caro? ¿Cuándo es barato? ¿Cómo medir el precio de un libro a través del tiempo?

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Está claro que, para bien o para mal, el precio de los libros —pese a su lugar deobjeto cultural imprescindible en el imaginario colectivo, de las iniciativas para procurar su accesibilidad y de otras peregrinas ideas que suelen revolotear a su alrededor— se rige, al igual que todas las demás mercancías en el sistema capitalista, por la ley de la oferta y la demanda. Hasta las más explosivas ideas anarquistas y comunistas se ofrecen por una cantidad de dinero que, en teoría, debería dejar contentos tanto al cliente como al vendedor.

En muchos países se suele escuchar el mismo lamento: “Qué caros están los libros”. Basta comparar los precios de los libros con los ingresos medios de los trabajadores en esos países (los latinoamericanos, por ejemplo), y luego ver lo que ocurre en otros países (en los anglosajones, por ejemplo), para darse cuenta de que el lamento tiene una base de realidad.

Sin embargo, sucede a veces que la queja es puntual, por un caso en concreto. Fue lo que ocurrió hace un año en la Argentina en ocasión de la tercera edición de Los sorias, la monumental novela de Alberto Laiseca. Muchas voces se alzaron para preguntarse cómo podía ser que un libro costara tanta plata, que así se conspira contra su lectura, que era elitista y muchas cosas más. Su precio de tapa fue de 950 pesos argentinos, algo así como 80 u 85 dólares en ese momento (pero esto hay que tomarlo con pinzas, ya explicaremos por qué).

En todo caso, antes de seguir, conviene saber algo más de Los sorias.

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Los sorias pertenece a esa raza de novelas extraordinarias —como el Ulises de Joyce, como La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, o como la más secreta El traductor, de Salvador Benesdra— cuya escritura o publicación (o ambas) entrañan una historia casi tan interesante como la propia obra. Sus más de 1.300 páginas exigen valentía a quien se plantee el reto (y aspire al gozo) de leerla.

Cuenta la leyenda que Laiseca terminó de escribir en 1982, después de una década de trabajo, la que ya era la cuarta versión de Los sorias, una historia que le daba vueltas en la cabeza desde la niñez y que sintió acabar recién entonces, a sus 41 años de edad. Autores como César Aira, Fogwill y Ricardo Piglia accedieron a los manuscritos y empezaron a hablar de ella y la convirtieron en una especie de obra mitológica que casi nadie había leído. Se editó recién en 1998, cuando la pequeña editorial Simurg confeccionó 350 ejemplares de lujo, numerados y firmados por el autor. Piglia escribió un prólogo que famosamente califica Los sorias como “la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desdeLos siete locos”.

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¿Cuántos libros hay en tu casa? Cristian Vázquez

¿Cuántos libros hay en tu casa? Cristian Vázquez

¿Cuántos libros son muchos? ¿Cuántos son pocos? ¿Cuántos podemos leer? ¿Cuántos caben en nuestras casas? Algunas consideraciones en torno a cifras que siempre queremos que sean más altas.

 

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Hace unos años, cuando su hijo iba a empezar el jardín, un amigo mío tuvo que completar un formulario, una especie de encuesta, a pedido de las autoridades de la institución. Una de las preguntas era: “¿Cuántos libros hay en su casa?”. Mi amigo, un buen lector, se dio cuenta de que no tenía idea. Volvió a su casa intrigado y los contó. La cantidad (que no recuerdo) lo sorprendió, pero también se habría sorprendido con un número bastante más alto u otro bastante más bajo.

En general, a la mayoría de los lectores –los que sentimos que nuestra biblioteca es una de nuestras posesiones más valiosas, o la más valiosa de todas– nos pasa lo mismo: no tenemos idea de cuántos libros tenemos. De hecho, empecé a escribir este artículo sin tener idea de cuántos libros tengo en mi casa yo. Cuando se me ocurrió escribir sobre este tema, hice mi propia pequeña encuesta. Pregunté en Facebook “¿Cuántos libros hay en sus casas?”, para que, quien tuviera ganas, me lo contara. Contestaron poco más de cuarenta personas. Las respuestas fueron variadas y muy interesantes. Muchas de ellas no solo indicaban una cantidad, sino también un rasgo del lector que enunciaba cada una.

Alguien dijo 25 y añadió de inmediato: “Deberían ser más, pero algunos los doné a una biblioteca”. Otra persona dijo “muchos, 50”. Otra, 60. Otra, que en su país tenía 100, pero en donde vive desde hace un año, 14. Luego, de todo: 150, 200, 250, 500… Algunos añadían sus buenas intenciones: “y creciendo”, “y vamos por más”. Siempre hay un obsesivo: “855. Los tenemos catalogados”. Una minoría alcanzaba o superaba el millar. Dos o tres personas dijeron que alrededor de 3.000. Más de 3.800, pero 2.500 en su casa y el resto en otra parte, especificó una amiga. Alguien más, por mensaje privado, me reveló que debe tener “entre 4.000 y 5.000… o quizá 6.000. Horror. Imposible saberlo. Ten en cuenta que he sido editora. No es por presumir”. Como sé la clase de persona que es, sabía que esa última aclaración no era necesaria.

Surgieron interrogantes para los que no tengo una respuesta clara. ¿Los archivos digitales cuentan como libros? ¿Y los que tenemos en fotocopias? ¿Y los cómics? ¿Y los de derecho? Un volumen que incluye varias obras, ¿cuenta como uno o como varios libros? Y una misma obra publicada en, digamos, dos o tres volúmenes, ¿son dos o tres libros, o es uno solo?

No podía faltar el que avisara que nunca los había contado, pero que iba a hacerlo y luego pasarme el dato (y nunca lo hizo). Más directo fue el que escribió: “Perdí la cuenta hace años”, y se marchó sin hacer promesas. “Ni idea, dos bibliotecas abarrotadas”, comentó alguien más. Otro, en una línea parecida pero tratando de ser más específico, explicó: “Una pared de 4 x 2 mts”. Escueto fue quien apuntó “muchos” y nada más. Y su contracara: “No muchos. Me gusta leer pero no atesorar, una vez leídos los dono”.

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Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Hay ocasiones en las que determinados libros irrumpen en la vida de alguien y le crean el “compromiso” de leerlos. En algunos casos, dan lugar a historias que merecen ser contadas.

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Todo lector se ha encontrado alguna vez en esa situación bastante incómoda en la que otra persona —un amigo, un familiar, incluso alguien de menos confianza— lo conmina a leer un determinado libro. Una suerte de exigencia establecida a partir de un gesto concreto: el que recomienda presta (y a veces hasta regala) el libro en cuestión. Lo da sin que el otro se lo haya pedido. Por cortesía, por educación, o quién sabe por qué otro motivo, el otro no lo rechaza, y se ve de pronto en el compromiso de leer un libro que de otro modo ni se le habría ocurrido leer, al menos no en ese momento.

Ante tal coyuntura, el lector afronta dos posibilidades: leer el libro o no leerlo. Si decide leerlo, puede que le guste y lo disfrute, y luego le agradezca al prestador por habérselo hecho conocer. Si, en cambio, el libro lo aburre o le desagrada, vuelven a abrirse dos opciones: que, pese a todo, lo lea hasta el final, o bien que lo abandone sin terminarlo. Si lo lee hasta el final, no tendrá mayores problemas para comentarlo, aunque luego tendrá que elegir si ser sincero con el prestador o no. Si lo abandona a medio camino, o si directamente ni siquiera empieza a leerlo, también tiene dos opciones: ser franco y admitir la verdad, aceptando el riesgo de que tal vez el prestador se ofenda, o recurrir a algunas de las enseñanzas de Pierre Bayard y su magnífico Cómo hablar de los libros que no se han leído.

En cualquier caso, la situación siempre incluye una cierta dosis de violencia. Y es que, de improviso, como un bandolero que intercepta un convoy en mitad de la noche, el libro ha salido al cruce del lector. Es cierto que al final el lector puede enamorarse del bandido y decidir quedarse para siempre con él. Pero eso no quita a la situación su cuota de brusquedad.

 

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Hay otras situaciones en que los libros también salen al cruce, con cierta violencia, en el camino de quien no los espera. Hace un par de años, la revista National Geographic publicó un reportaje fotográfico sobre personas indigentes que buscan cobijo en bibliotecas públicas de California. En ese estado —según el último informe del Departamento de Desarrollo de Vivienda y Urbanismo de Estados Unidos— viven casi 120 mil homeless, el 22 % del total del país. Dos de cada tres no acceden a refugios, ni a viviendas temporales, ni a ningún otro sitio donde alojarse.

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Cómo sería la publicación de libros en un mundo ideal. Cristian Vázquez en Letras Libres

Cómo sería la publicación de libros en un mundo ideal. Cristian Vázquez en Letras Libres

Algunos pensadores imaginaron que, en una sociedad perfecta, toda persona que escriba tendría que poder publicar al menos su primer libro. Nuestro mundo está muy lejos de ser ideal, pero hay editoriales pequeñas e independientes que ayudan a que muchas de esas primeras obras existan.

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En una entrevista de 1985 le preguntaron Ricardo Piglia si la época en que él comenzó a publicar sus textos —la década del sesenta— era más difícil “ingresar a la literatura”. El escritor respondió que no. “Se podía publicar con relativa facilidad un primer libro”, dijo. Y después expresó una idea revolucionaria:

“En realidad, habría que publicar todos los primeros libros que se escriben. Es el mejor momento, el autor es un desconocido, nunca se sabe lo que puede pasar. Tendría que haber una editorial destinada a publicar solo primeras obras. Sería un material fantástico, decenas de libros, se podría tener una idea de cómo funciona realmente la literatura argentina. Una especie de publicación obligatoria, sería extrañísimo, aparecerían los libros más insólitos. Las cosas, por supuesto, suceden al revés. Solo publican los que ya publicaron. Por eso es tan monótona la literatura argentina”.

La entrevista fue publicada en el diario La Razón, de Buenos Aires, y luego incluida, bajo el título “Novela y utopía”, en el libro Crítica y ficción, que reúne charlas y ensayos de Piglia y cuya primera edición apareció en 1986.

 

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La cabaña del Tío Tom y Ben-Hur son títulos que nos suenan a todos. Eran, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, los libros más vendidos en Estados Unidos. Muy distinto es el caso del que ocupaba el tercer puesto en ese ranking de popularidad: Looking Backward, 2000-1887, novela de Edward Bellamy publicada en 1888. Este libro casi olvidado cuenta la historia de un hombre que permanece en un trance hipnótico durante más de un siglo y despierta en el año 2000. Se encuentra con una realidad absolutamente distinta de la que había sido la suya: es un mundo perfecto, sin clases, donde se han abolido la propiedad privada y el dinero y todos tienen las mismas posibilidades.

La novela no tiene, es cierto, grandes méritos literarios. La trama del trance hipnótico es solo la excusa que el autor necesitaba para explayarse en larguísimas descripciones (las que el protagonista recibe del hombre que lo ha sacado de su letargo) acerca del funcionamiento del nuevo mundo. Fue su mensaje, el sueño de una utopía realizada, el responsable del éxito de Looking Backward.

Según detalla Erich Fromm en un prólogo escrito para una reedición en 1960, el libro no solo vendió millones de ejemplares y fue traducido a más de veinte idiomas, sino que es “uno de los libros publicados en todos los tiempos que casi inmediatamente después de su aparición originaron un movimiento de masas”: entre 1890 y 1891 se crearon en Estados Unidos 165 “clubes Bellamy”, dedicados a la discusión y propagación de sus ideas, y se publicaron, en el mismo período, 46 novelas utópicas, estimuladas por este boom. En España, quizá por causa de la crisis, la novela ha tenido algunas versiones recientes, como la de la editorial Capitán Swing, que la tradujo con el título de El año 2000, o la de Akal, que prefirió la fidelidad al original: Mirando atrás.

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Contra la arrogancia de los que leen. Cristian Vázquez en Letras Libres

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Muchos lectores están convencidos de ser superiores a quienes no leen, y sienten por ellos una conmiseración que pronto se convierte en menosprecio. Pero no existe tal superioridad, y esos sentimientos son paradójicos, dado que, en teoría, la lectura promueve la empatía y la tolerancia.

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Entre los numerosos motivos que suelen hacer que algunas personas se sientan superiores a las demás, uno bastante frecuente es el de haber leído. Hay gente que cree que, solo por haber leído unos cuantos libros a lo largo de su vida, tiene mayor autoridad ética o moral que la gente que no lo ha hecho. No solamente minusvaloran sus ideas y opiniones, sino que además a menudo convierten a esas personas en objeto de burlas.

Es curioso, porque el efecto debería ser justo el contrario. Se atribuye a Flaubert una frase que afirma que “viajar te hace modesto, porque te das cuenta del pequeño lugar que ocupas en el mundo”. Pues leer debería hacerte modesto también, ya que te permite advertir lo poco que sabes cuando hay tanto por saber. O te hace leer consejos como aquel con el que comienza El gran Gatsby, una de las mejores novelas del siglo XX: “Cada vez que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido tus ventajas”. Con solo hacer caso de esa recomendación, los lectores arrogantes ya reducirían a la mitad los méritos que hacen para recibir ese calificativo.

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Los motivos por los cuales muchas personas no leen —la mayor parte de la humanidad, por cierto— son muy variados. En general se trata de una falta de gusto por la lectura, con frecuencia debido a que ese gusto no tuvo oportunidad de ser desarrollado, en muchísimos casos a causa de condiciones socioeconómicas (pobreza, marginalidad, instituciones educativas deficientes, empleos que demandan mucho tiempo y esfuerzo físico, etc.) que lo tornan muy dificultoso o virtualmente imposible, como bien lo sabía el padre del narrador de El gran Gatsby.

Sería deseable, desde luego, que esos obstáculos se eliminaran o se redujeran al máximo y que todo el mundo tuviera oportunidad de desarrollar el gusto por la lectura. Más allá de eso, en cualquier caso, es muy interesante en este sentido la mirada del escritor argentino César Aira, quien en un texto sobre literatura y best sellers afirma que a la gente que no lee ni quiere leer literatura “no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente que no quiere practicar caza submarina; además, entre la gente que no se interesa en la literatura se cuenta el noventa y nueve por ciento de los grandes hombres de la humanidad: héroes, santos, descubridores, estadistas, científicos, artistas; la literatura es una actividad muy minoritaria, aunque no lo parezca”.

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