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Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

La mitad de las personas que no leen aseguran que la razón es la falta de tiempo, según el último Barómetro de Hábitos de Lectura. Quizá por eso la nueva gran apuesta de la industria editorial son los audiolibros, es decir, libros en formato de sonido, como un podcast, que aspiran a ocupar el tiempo de la gente mientras conduce su coche, hace deporte, friega los cacharros o se dedica a otra actividad que –al menos en teoría– le ocupa los brazos, los ojos y otras partes de su cuerpo, pero no toda su atención.

La del audiolibro es una industria fructífera en Estados Unidos: generó 2.500 millones de dólares en 2017. En España, sin embargo, parecía que no iba a cuajar. Hace poco más de un lustro, las editoriales locales lo consideraban un «negocio frustrado», alegando razones de hábitos culturales, costes de producción, distribución y derechos de autor. Ahora, sin embargo, tal vez animadas por el hecho de que plataformas como Spotify, Netflix y HBO han creado una cierta «cultura de la suscripción» y por el desembarco de Storytel, el gigante sueco especializado en audiobooks, vuelven a ver en este formato una oportunidad.

El caso es que, ante este posible nuevo auge, surgen preguntas de índole científica y casi filosófica: escuchar un audiolibro, ¿es leer? ¿Es lo mismo acceder a un texto leyéndolo con los propios ojos que oyendo la voz de otras personas? Si no lo es, ¿qué diferencias hay, a nivel cerebral, entre entre una y otra práctica?

Leer y escuchar un texto involucra las mismas redes neuronales. Así lo afirman estudios como el publicado en 2015 por un equipo de casi veinte investigadores, entre ellos tres españoles. «Un sello universal de la adquisición exitosa de la alfabetización –afirma el documento– es la convergencia de los sistemas de procesamiento ortográfico y del habla en una red común de estructuras neuronales». Los resultados fueron similares no solo para idiomas diferentes, sino también entre lenguas con escritura alfabética (como la occidental) y logográfica (como la hebrea y la china).

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Cristian Vázquez ha publicado en la colección Tipos móviles el libro Contra la arrogancia de los que leen

El rechazo editorial: aprender a convivir con el no. Cristian Vázquez

El rechazo editorial: aprender a convivir con el no. Cristian Vázquez

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A modo de epígrafe, la primera parte de uno de los poemas más citados de Roberto Bolaño:

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad

también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,

Seix Barral, Destino…

Todas las editoriales… Todos los lectores…

Todos los gerentes de ventas…

“Mi carrera literaria”, se titula el poema, y está fechado —dato vital— en octubre de 1990, cuando el autor chileno había publicado ya poesía y un par de novelas, pero cuando faltaban todavía varios años para que se convirtiera en un auténtico boom.

 

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No solo la de Bolaño, por supuesto, sino casi todas las carreras literarias están cosidas a rechazos. Se ha escrito bastante acerca del rechazo editorial y cómo afrontarlo. Existen incluso listas de los libros y los autores más rechazados. Según la web LitHub, el libro más rechazado de la historia es la novela Irish Wine, del estadounidense Dick Wimmer: obtuvo un no como respuesta en 162 ocasiones. Se publicó por fin en 1989, más de 25 años después de que Wimmer comenzara su búsqueda de editor. Superó así los 22 años que, cuenta la leyenda, pasó Gertrude Stein a la espera de que alguien quisiera publicar sus poemas. Una espera durante la cual recibió cartas de rechazo como esta que le remitió el editor londinense Arthur C. Fifield el 19 de abril de 1912, en la cual parodiaba el estilo repetitivo de Stein incluso un año antes de que ella escribiera su verso más famoso: “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa”.

“Solo soy uno, solo uno, uno solo —anotó el editor—. Solo un ser, uno al mismo tiempo. Ni dos, ni tres, sino uno solo. Una sola vida que vivir, solo sesenta minutos en una hora. Un solo par de ojos, un solo cerebro. Solo un solo ser. Siendo uno solo, teniendo solo un par de ojos, un solo tiempo, una sola vida, no puedo leer su manuscrito tres o cuatro veces. Ni siquiera una. Un solo vistazo es suficiente, solo uno. A duras penas se vendería un solo ejemplar. Uno solo. Uno solo.

Muchas gracias. Le devuelvo el manuscrito por correo certificado. Un solo manuscrito en un solo correo.”

Si hablamos no de la obra sino del autor con el récord de rechazos, el ganador indiscutido es el armenio-estadounidense William Saroyan. Según el libro The Savvy Negotiator: Building Win-win Relationships, de William Fosdick Morrison (publicado en 2006), Saroyan recibió unas 7.000 notas de rechazo antes de publicar su primer trabajo. El español Íñigo García Ureta, en su hermoso Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial (2010), apunta que la montaña de notas de rechazo acumulada por Saroyan medía más de setenta centímetros de altura. Una montaña digna de verse.

 

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También se han narrado muchísimas anécdotas de rechazos editoriales. Referiré aquí dos no tan conocidas: una feliz y una triste.

La primera la contó el escritor argentino Gabriel Báñez en un artículo titulado “El coleccionista de rechazos”. Transcribía allí los términos en que Ivonne, una crítica y lectora francesa que trabajaba para Ediciones de la Flor, en Buenos Aires, a mediados de los años ochenta, dio cuenta de un manuscrito suyo: “No tiene argumento, carece de tema u objetivo, no hay protagonista, tampoco tensión y ni siquiera se destaca por un estilo”. Ante todas esas carencias, la conclusión de Daniel Divinsky, el responsable de la editorial, fue clara: “Quiero leerla”. Y no solo la leyó, sino que también la editó. “En el supuesto de que sea una novela, Góndolas es un texto extraño y fascinante”, empieza el texto de la contratapa del libro en cuestión, texto escrito tal vez por el propio Divinsky. Dos décadas después, Báñez recordaba:

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Arrogancia y lectura. Sergi Pàmies en La Vanguardia

Arrogancia y lectura. Sergi Pàmies en La Vanguardia

Publicado en La Vanguardia

 

Una lectura saludable: Contra la arrogancia de los que leen, de Cristian Vázquez (Trama Editorial). Son artículos monotemáticos (los libros y tal) que recorren los caminos abiertos por otros exploradores (Gabriel Zaid, Alejando Zambra, Daniel Pennac). Desmitifican, invitan a pensar e intentan practicar una pedagogía sin ínfulas. También buscan la anécdota como sucedáneo de categoría y hablan de citas apócrifas (atribuir a Cortázar un verso de Neruda), de lectura en el transporte público, del peligro de las recomendaciones, de un perfume com aroma (literal) a libros ( Paper Passion) y de la presentación de libros como género literario. Y el libro se cierra con la reflexión que justifica el título, sobre el error de creer que leer merece una consideración privilegiada.

Vázquez identifica los precedentes que desmienten cualquier superioridad y que sitúan la lectura en un ámbito muy minoritario respecto a los que no leen. La consecuencia de esta evidencia es que ya hayamos interiorizado que acabará siendo más habitual que los que no leen actúen de manera arrogante con los que leen y no al revés. Por suerte, los que no pueden combatir su naturaleza petulante y falsamente erudita no perderán sus privilegios. De hecho, la arrogancia de la que habla Vázquez ya no se aplica tanto contra los que no leen como contra otros lectores, quién sabe si porque el canibalismo permite mantener la jerarquía de la suficiencia intelectual y sus prebendas. Si en los años setenta sufrimos el lastre sectario del mandarinato marxista e hiperideologizado, empezamos a ser víctimas del neomandarinato de la corrección política disfrazada de radicalismo y de los esputos revolucionarios amparados por el populismo de género o de empoderamiento.

Es el atajo más corto para preservar la superioridad moral, pero aplicarla a los que viven felizmente sin libros no tiene gracia. En cambio, adoptar un rictus permanente de inquisidor (siempre es más fácil culpabilizar que argumentar) y elaborar teorías que intelectualizan la lectura hasta la náusea sí perpetúa el despotismo ilustrado que, con la coartada del debate, tiene poco que ver con la generosi-dad, la inteligencia y el compromiso que requiere la crítica (que evoluciona en París, Buenos Aires, Londres, Nueva York o México). El resultado son excedentes de corpus, consignas, dogmas y esbozos de listas negras elevados a tótemes transaccionales que, aprovechando la flaccidez comercializada de la prescripción, trasladan los anacronismos del postestructuralismo al ámbito de la creación, la edición, la difusión o la crítica. Vázquez nos ayuda a centrarnos más en realidades tangibles del libro y no en la especulación trascendente como método de intimidación. Porque, como pasa en tantos otros ámbitos (la política, sin ir más lejos), la cultura también sufre el furor manipulador de los que acaban prefiriendo la adrenalina de las luchas de poder que la esencia azaro-sa, imprevisible y contradictoriamente viciosa de la lectura.

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Las fajas de los libros, esas intrusas. Cristian Vázquez

Las fajas de los libros, esas intrusas. Cristian Vázquez

Las fajas, esas tiras de papel que rodean a los libros con el objetivo de llamar la atención de los posibles compradores, son cada vez más frecuentes y enormes. Quizás en el futuro las tapas carezcan de ilustraciones, como sucedía con los libros antiguos. Todo será faja.

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La conjura de los necios, la extraordinaria novela de John Kennedy Toole, fue publicada en Estados Unidos en 1980, más de una década después del suicidio de su autor. Un año más tarde ganó el Premio Pulitzer; en mayo del año siguiente fue publicada en español, por Anagrama. Fue un éxito notable: en diciembre de 1983, diecinueve meses después de la primera edición, el sello de Jorge Herralde lanzaba la decimotercera. Incluía una faja —esa tira de papel que rodea al libro con el objetivo de llamar la atención del observador— que lo aclamaba:

¡13.a edición!

“Un libro extraordinario”

“Incesante hilaridad”

“Si se quiere comenzar el año acudiendo no a un libro bueno sino a uno excepcional, ese tiene que ser LA CONJURA DE LOS NECIOS”…

Un ejemplar de esa decimotercera edición de Anagrama es el que tengo en mi biblioteca. Lo compré usado, hace más de diez años. Quien(es) lo había(n) poseído antes de mí durante casi un cuarto de siglo no le había(n) quitado la dichosa faja. Yo tampoco lo hice en todo este tiempo. Permanece, amarillenta, ajada, medio rota, ocultando parte de la clásica ilustración de Ed Lindlof en la portada. Me pregunto: ¿por qué esa faja sigue ahí?

 

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La faja es un elemento curioso. No es parte del libro, aunque de algún modo sí lo es. Podría no estar, pero a veces está. Está para irse: casi siempre termina en la basura. Aunque puede tener otros usos. “Nunca he comprado un libro por su faja —señala el escritor Sergio del Molino—. Los he comprado a pesar de sus fajas. Los desfajo nada más pagarlos y, si no tengo marcapáginas, doblo la faja y la uso como tal sin leerla”.

El grupo de los detractores de las fajas es numeroso, e incluye a muchos libreros. La librería pamplonesa Deborahlibros se declaró en enero de 2017 “espacio libre de fajas”. “Los libros aquí no están enfajados —decía un papel pegado en la fachada en esos días— sea cual sea su edición, autor(a) premiado(a) o digan de él lo que quieran en el Babelia o en el New York Times. En caso de duda, pregunte a la librera. Nota: Guardamos todas las fajas en una caja, puede usted llevarse la que más le guste”.

Otros escritores, apunta Del Molino, proponen intercambiar las fajas. “Colocar la que dice ‘Una conmovedora historia de lucha bajo el nazismo’ en el último de Mario Vaquerizo y la que dice ‘La mejor guía de mindfulness’ en los diarios de Anna Frank. Por ejemplo. El librero —y yo con él— sostenía que la mayoría de los compradores no se iban a dar cuenta”.

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Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

La cultura digital ha propiciado, entre sus tantos efectos, un culto por los cuadernos de papel. Para algunas personas, esta especie de fetichismo por los cuadernos tiene resultados terapéuticos, beneficia la creatividad y hasta les permite entender mejor la propia vida.

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Existe desde hace unos años una especie de furor por los cuadernos. La oferta resulta cada vez mayor: desde los Moleskine —tan clásicos y carísimos y tan cool— y todas sus más o menos plagiarias imitaciones, hasta los artesanales que se ofrecen en cualquier feria callejera que se precie de tal. Se trata de una pasión que excede a los cuadernos y alcanza todo lo que designa la palabra inglesastationery, el material de papelería destinado a la escritura: papeles, sobres, bolígrafos y una amplia gama de otros productos.

No creo demasiado arriesgado suponer que esta revalorización de los cuadernos es hija de la masificación de la tecnología digital. Vivimos tiempos en que casi todo lo que escribimos lo escribimos en computadoras, tabletas y teléfonos. Escribir a mano se ha tornado una suerte de ritual arcaico, muy alejado del utilitarismo del trabajo y los mensajes urgentes y el entretenimiento instantáneo de las redes sociales, cercano a la intimidad, a la introspección, al deseo de apearse al menos por un rato del ritmo frenético de nuestros días.

Ya que la escritura manuscrita ha adquirido ese aura de liturgia privada, no es extraño que el soporte también concite mayor atención. Buscamos que sea especial, que sea de algún modo digno de la calidez que hemos de volcar en sus páginas. Todo esto ha contribuido (al igual que el capitalismo y el consumismo, por supuesto) con el desarrollo de un auténtico fetichismo por los cuadernos. “Al tener aquel cuaderno en las manos por primera vez, sentí algo parecido a un placer físico, una súbita, incomprensible oleada de bienestar”, dice el escritor Sidney Orr, protagonista de la novela La noche del oráculo, de Paul Auster. Una descripción con la cual todo amante de los cuadernos se debe sentir, sin duda, plenamente identificado.

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La escritora catalana Eva Piquer declaró en una ocasión que, para ella, comprar una libreta y empezar a escribir en ella es un remedio contra la angustia y la ansiedad tan bueno como, para otros, comer chocolate y comprar zapatos. Supongo que es una sensación compartida por muchas personas. Imagino los cajones de sus casas llenos de cuadernos iniciados y abandonados, aún con muchas páginas en blanco pero satisfechos de haber cumplido con su labor terapéutica.

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¿Por qué las mujeres leen más libros que los hombres? Cristian Vázquez en eldiario.es

¿Por qué las mujeres leen más libros que los hombres? Cristian Vázquez en eldiario.es

Las mujeres leen más libros que los hombres. No es arriesgado afirmarlo, ya que todas las investigaciones y estadísticas al respecto arrojan el mismo resultado. El principal es el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros, editado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Según su última edición, correspondiente al año pasado, el 67,9 % de las mujeres leen libros, contra el 63,6 % de los hombres.

 La disparidad es aún más notoria cuando no se considera la lectura de libros por trabajo o estudios, sino que solo se toma en cuenta la efectuada durante el tiempo libre. El 64,9 % de las mujeres lee libros por placer, una actividad practicada por el 54,4 % de los hombres. Una diferencia de más de diez puntos porcentuales.
Por su parte, una investigación elaborada por la consultora alemana GFK sobre los hábitos de lectura de libros en diecisiete países -para la cual realizó encuestas a más de 22.000 personas- arrojó como resultado que el 32 % de las mujeres leen «todos o la mayoría de los días», algo que solo hacen el 27 % de los hombres. Las cifras para España, según ese mismo trabajo, son del 40 % en las mujeres y 25 % en los hombres. Solo en los Países Bajos se registró una diferencia porcentual superior entre ambos géneros.

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El último refugio de la intimidad lectora: el baño. Cristian Vázquez

El último refugio de la intimidad lectora: el baño. Cristian Vázquez

Muchos lectores han destacado la importancia del cuarto de baño como el último reducto al cual escapar para poder leer, e incluso también para escribir. Deberíamos valorar más su carácter íntimo y silencioso: quién sabe si, al igual que en muchos otros ámbitos, no lo perderemos también en el futuro.

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“El movimiento de los intestinos fue, para los antiguos, objeto de especial consideración”, apuntan Alejandro Dolina y Carlos Trillo en un artículo de hace casi medio siglo. “Nadie se avergonzaba de hablar de un asunto tan público y notorio”, explican, debido a que “la vida montaraz y la ausencia de retretes en kilómetros y kilómetros le restaban privacidad al acto que estamos considerando”.

“Pero después las cosas cambiaron”, sigue diciendo el texto, publicado originalmente en la revista Satiricón, de Buenos Aires, y recogido luego, en 1974, en un librito titulado Lo corrieron de atrás. Antología humorística de la cultura anal. “Sobrevinieron el confort, las obras sanitarias, el pudor, la higiene y otros tantos flagelos. Entonces el hombre cerró la puerta y se ruborizó cada vez que le tocaban el tema”.

Poco después, también Georges Perec escribió sobre la naturalidad que rodeaba a estas actividades en el pasado. “Luis XIV daba audiencia en su silla retrete. Era algo muy corriente en la época. Nuestras sociedades se han vuelto mucho más discretas”, señalaba en un artículo titulado “Leer: bosquejo sociofisiológico”, incluido en su libro Pensar/Clasificar, de 1985. “Sin embargo —añadía Perec—, el retrete sigue siendo un lugar privilegiado para la lectura”.

Y es que, al cerrar la puerta, el ser humano ganó, de pronto, casi sin darse cuenta, también otra cosa: intimidad, la garantía al menos por un rato de una soledad absoluta, una habitación propia. Si uno se pasa unos veinte minutos al día moviendo el vientre, al cabo de un año habrá destinado a esa actividad algo más de 120 horas. Más de cinco días sentado en el trono. Recuerden este dato la próxima vez que alguien les diga que no lee porque no tiene tiempo.

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El precio de un libro. Cristian Vázquez

El precio de un libro. Cristian Vázquez

¿Cuándo un libro es demasiado caro? ¿Cuándo es barato? ¿Cómo medir el precio de un libro a través del tiempo?

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Está claro que, para bien o para mal, el precio de los libros —pese a su lugar deobjeto cultural imprescindible en el imaginario colectivo, de las iniciativas para procurar su accesibilidad y de otras peregrinas ideas que suelen revolotear a su alrededor— se rige, al igual que todas las demás mercancías en el sistema capitalista, por la ley de la oferta y la demanda. Hasta las más explosivas ideas anarquistas y comunistas se ofrecen por una cantidad de dinero que, en teoría, debería dejar contentos tanto al cliente como al vendedor.

En muchos países se suele escuchar el mismo lamento: “Qué caros están los libros”. Basta comparar los precios de los libros con los ingresos medios de los trabajadores en esos países (los latinoamericanos, por ejemplo), y luego ver lo que ocurre en otros países (en los anglosajones, por ejemplo), para darse cuenta de que el lamento tiene una base de realidad.

Sin embargo, sucede a veces que la queja es puntual, por un caso en concreto. Fue lo que ocurrió hace un año en la Argentina en ocasión de la tercera edición de Los sorias, la monumental novela de Alberto Laiseca. Muchas voces se alzaron para preguntarse cómo podía ser que un libro costara tanta plata, que así se conspira contra su lectura, que era elitista y muchas cosas más. Su precio de tapa fue de 950 pesos argentinos, algo así como 80 u 85 dólares en ese momento (pero esto hay que tomarlo con pinzas, ya explicaremos por qué).

En todo caso, antes de seguir, conviene saber algo más de Los sorias.

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Los sorias pertenece a esa raza de novelas extraordinarias —como el Ulises de Joyce, como La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, o como la más secreta El traductor, de Salvador Benesdra— cuya escritura o publicación (o ambas) entrañan una historia casi tan interesante como la propia obra. Sus más de 1.300 páginas exigen valentía a quien se plantee el reto (y aspire al gozo) de leerla.

Cuenta la leyenda que Laiseca terminó de escribir en 1982, después de una década de trabajo, la que ya era la cuarta versión de Los sorias, una historia que le daba vueltas en la cabeza desde la niñez y que sintió acabar recién entonces, a sus 41 años de edad. Autores como César Aira, Fogwill y Ricardo Piglia accedieron a los manuscritos y empezaron a hablar de ella y la convirtieron en una especie de obra mitológica que casi nadie había leído. Se editó recién en 1998, cuando la pequeña editorial Simurg confeccionó 350 ejemplares de lujo, numerados y firmados por el autor. Piglia escribió un prólogo que famosamente califica Los sorias como “la mejor novela que se ha escrito en la Argentina desdeLos siete locos”.

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¿Cuántos libros hay en tu casa? Cristian Vázquez

¿Cuántos libros hay en tu casa? Cristian Vázquez

¿Cuántos libros son muchos? ¿Cuántos son pocos? ¿Cuántos podemos leer? ¿Cuántos caben en nuestras casas? Algunas consideraciones en torno a cifras que siempre queremos que sean más altas.

 

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Hace unos años, cuando su hijo iba a empezar el jardín, un amigo mío tuvo que completar un formulario, una especie de encuesta, a pedido de las autoridades de la institución. Una de las preguntas era: “¿Cuántos libros hay en su casa?”. Mi amigo, un buen lector, se dio cuenta de que no tenía idea. Volvió a su casa intrigado y los contó. La cantidad (que no recuerdo) lo sorprendió, pero también se habría sorprendido con un número bastante más alto u otro bastante más bajo.

En general, a la mayoría de los lectores –los que sentimos que nuestra biblioteca es una de nuestras posesiones más valiosas, o la más valiosa de todas– nos pasa lo mismo: no tenemos idea de cuántos libros tenemos. De hecho, empecé a escribir este artículo sin tener idea de cuántos libros tengo en mi casa yo. Cuando se me ocurrió escribir sobre este tema, hice mi propia pequeña encuesta. Pregunté en Facebook “¿Cuántos libros hay en sus casas?”, para que, quien tuviera ganas, me lo contara. Contestaron poco más de cuarenta personas. Las respuestas fueron variadas y muy interesantes. Muchas de ellas no solo indicaban una cantidad, sino también un rasgo del lector que enunciaba cada una.

Alguien dijo 25 y añadió de inmediato: “Deberían ser más, pero algunos los doné a una biblioteca”. Otra persona dijo “muchos, 50”. Otra, 60. Otra, que en su país tenía 100, pero en donde vive desde hace un año, 14. Luego, de todo: 150, 200, 250, 500… Algunos añadían sus buenas intenciones: “y creciendo”, “y vamos por más”. Siempre hay un obsesivo: “855. Los tenemos catalogados”. Una minoría alcanzaba o superaba el millar. Dos o tres personas dijeron que alrededor de 3.000. Más de 3.800, pero 2.500 en su casa y el resto en otra parte, especificó una amiga. Alguien más, por mensaje privado, me reveló que debe tener “entre 4.000 y 5.000… o quizá 6.000. Horror. Imposible saberlo. Ten en cuenta que he sido editora. No es por presumir”. Como sé la clase de persona que es, sabía que esa última aclaración no era necesaria.

Surgieron interrogantes para los que no tengo una respuesta clara. ¿Los archivos digitales cuentan como libros? ¿Y los que tenemos en fotocopias? ¿Y los cómics? ¿Y los de derecho? Un volumen que incluye varias obras, ¿cuenta como uno o como varios libros? Y una misma obra publicada en, digamos, dos o tres volúmenes, ¿son dos o tres libros, o es uno solo?

No podía faltar el que avisara que nunca los había contado, pero que iba a hacerlo y luego pasarme el dato (y nunca lo hizo). Más directo fue el que escribió: “Perdí la cuenta hace años”, y se marchó sin hacer promesas. “Ni idea, dos bibliotecas abarrotadas”, comentó alguien más. Otro, en una línea parecida pero tratando de ser más específico, explicó: “Una pared de 4 x 2 mts”. Escueto fue quien apuntó “muchos” y nada más. Y su contracara: “No muchos. Me gusta leer pero no atesorar, una vez leídos los dono”.

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Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Hay ocasiones en las que determinados libros irrumpen en la vida de alguien y le crean el “compromiso” de leerlos. En algunos casos, dan lugar a historias que merecen ser contadas.

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Todo lector se ha encontrado alguna vez en esa situación bastante incómoda en la que otra persona —un amigo, un familiar, incluso alguien de menos confianza— lo conmina a leer un determinado libro. Una suerte de exigencia establecida a partir de un gesto concreto: el que recomienda presta (y a veces hasta regala) el libro en cuestión. Lo da sin que el otro se lo haya pedido. Por cortesía, por educación, o quién sabe por qué otro motivo, el otro no lo rechaza, y se ve de pronto en el compromiso de leer un libro que de otro modo ni se le habría ocurrido leer, al menos no en ese momento.

Ante tal coyuntura, el lector afronta dos posibilidades: leer el libro o no leerlo. Si decide leerlo, puede que le guste y lo disfrute, y luego le agradezca al prestador por habérselo hecho conocer. Si, en cambio, el libro lo aburre o le desagrada, vuelven a abrirse dos opciones: que, pese a todo, lo lea hasta el final, o bien que lo abandone sin terminarlo. Si lo lee hasta el final, no tendrá mayores problemas para comentarlo, aunque luego tendrá que elegir si ser sincero con el prestador o no. Si lo abandona a medio camino, o si directamente ni siquiera empieza a leerlo, también tiene dos opciones: ser franco y admitir la verdad, aceptando el riesgo de que tal vez el prestador se ofenda, o recurrir a algunas de las enseñanzas de Pierre Bayard y su magnífico Cómo hablar de los libros que no se han leído.

En cualquier caso, la situación siempre incluye una cierta dosis de violencia. Y es que, de improviso, como un bandolero que intercepta un convoy en mitad de la noche, el libro ha salido al cruce del lector. Es cierto que al final el lector puede enamorarse del bandido y decidir quedarse para siempre con él. Pero eso no quita a la situación su cuota de brusquedad.

 

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Hay otras situaciones en que los libros también salen al cruce, con cierta violencia, en el camino de quien no los espera. Hace un par de años, la revista National Geographic publicó un reportaje fotográfico sobre personas indigentes que buscan cobijo en bibliotecas públicas de California. En ese estado —según el último informe del Departamento de Desarrollo de Vivienda y Urbanismo de Estados Unidos— viven casi 120 mil homeless, el 22 % del total del país. Dos de cada tres no acceden a refugios, ni a viviendas temporales, ni a ningún otro sitio donde alojarse.

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