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El difícil viaje del libro en español. Maribel Marín Yarza en El País

El difícil viaje del libro en español. Maribel Marín Yarza en El País

Al académico Javier Marías no le dieron auténtico crédito como escritor en América Latina hasta que en 1996 estalló en Alemania el éxito de Corazón tan blanco (1992), su séptima novela. Al colombiano Fernando Vallejo llegaron realmente los españoles cuando Francia se rindió en 1997 a su sexta ficción, La Virgen de los sicarios (1994). También les costó reconocer el genio de Ricardo Piglia. Hacía dos décadas que el argentino, , era un referente al otro lado del charco para cuando, ya sesentón, su talento cruzó el Atlántico con el cambio de siglo…

Este suma y sigue de reconocimientos tardíos es el reflejo de un mal que padece desde hace décadas el mercado del libro en español, convertido en uno de los diez más poderosos del mundo, sin acabar de lograr que las literaturas de los países que lo integran se traten como hermanas. Internet, el incipiente negocio del e-book, la eclosión de festivales, premios y ferias, y el innegable empuje de las políticas públicas —leyes del libro, redes de bibliotecas, IVA cero al papel en todos los países salvo en tres, entre ellos España…— han animado la circu­lación de los autores y sus libros en una región de desarrollo socioeconómico muy desigual. Pero la enfermedad aún no ha remitido. El gran público español rara vez se aventura más allá de los autores del boom; y el latinoamericano, más bien los latinoamericanos, no suelen darse por enterados del potencial de los escritores ocultos tras las listas de más vendidos, sean españoles o de naciones vecinas.

¿Cuál es el origen de esta sordera?

“En España no interesa nada la literatura latinoamericana y en Latino­américa interesa aún menos la española”, dice Claudio López de Lamadrid, director editorial de Literatura Random House. “Más que de desinterés, hablaría de unas características de los mercados a ambos lados del Atlántico que dificultan la visibilidad, como es la sobreabundancia de títulos que se producen”, disiente Marianne Ponsford, directora del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC). Julio Ortega, profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Brown (EE UU), añade al debate otra perspectiva que interpela a medios y editoriales: “La lógica del mercado se basa hoy en evitar el riesgo, la apuesta, el compromiso con un autor y su obra. Prefiere apostar por los malos libros de un autor de algún renombre y evita el riesgo de los mejores y más jóvenes. Lo más penoso es que la prensa cultural, que acompañó con brío la internacionalidad de las nuevas letras, no tenga una política más crítica de la producción editorial, con lo cual ha perdido la fe del lector. Debería haber espacio para los bestsellers y para las pequeñas editoriales, donde está el futuro”.

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Miguel García Sánchez abre los archivos de su época como distribuidor de libros durante el franquismo

Miguel García Sánchez abre los archivos de su época como distribuidor de libros durante el franquismo

Original de Felipe Sánchez y Diego Fonseca en El País.

Ha pasado casi medio siglo desde que Miguel García Sánchez, Miguel Visor (Salamanca, 1942), cofundó con su hermano Chus en 1969 la editorial Visor en Madrid, la insignia de la poesía en Hispanoamérica con 1.000 títulos publicados.Pero de aquel tiempo en el que el franquismo censuraba libros y autores al arbitrio de los funcionarios del régimen aún conserva dos carpetas azules llenas de peticiones, multas y alegaciones para vender en España las obras que ya entonces circulaban por Europa y América y a las que la dictadura de Franco ponía freno. En estos archivadores raídos, a los que ha accedido EL PAÍS, se intuye no solo la historia de Visor Libros, sino de otros tantos que trataban de importar o imprimir libros en un régimen que prohibía “cualquier chorrada, sin ningún tipo de criterio”, en palabras de Visor. Desde Rayuela, de Julio Cortázar, hasta la Historia contemporánea de los Estados Unidos, de N. Iakovlev.

“Una vez nos prohibieron una importación de El capital, de Karl Marx, pero presentamos un recurso diciendo: ‘Por qué censuran ustedes estos tomos si son enormes y carísimos y solo los comprarán estudiantes. Esto va a ir a universidades, ningún obrero va a comprar El capital para hacer la revolución’. Y nos los autorizaron”, cuenta Visor, que empezó en 1959 como distribuidor en un local de la calle de Preciados (Madrid), para ejemplificar la veleidad de los censores a la hora de decidir qué títulos se comercializaban.

Sin embargo, no siempre las alegaciones de las editoriales tenían éxito. La mayor ayuda con la que contaba Miguel Visor —y otros distribuidores de Madrid— para poner a circular libros prohibidos era el señor Hermida, un funcionario de Correos que por unas cuantas miles de pesetas miraba hacia otro lado: “Hermida ponía los títulos prohibidos en la parte de abajo de los paquetes, que pesaban unos cinco kilos y nos llegaban de Sudamérica. Las obras pasaban porque los censores eran tan vagos que solo revisaban los libros que estaban arriba”.

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Cultura Ciberliteratura, más allá del ‘ebook’, la tableta o las redes sociales. Cecilia Castelló Llantada

Cultura Ciberliteratura, más allá del ‘ebook’, la tableta o las redes sociales. Cecilia Castelló Llantada

Literatura para Facebook o Twitter, obras para móvil, tabletas y redes sociales, eBooks, blognovelas, booktubers… ¿Qué implica la ciberliteratura? ¿Una expresión artística de vanguardia? ¿O es la adaptación natural de la literatura tradicional a un mundo conectado? ¿Será una tabla de salvación digital para la industria? Como todo movimiento complejo puede tener múltiples facetas, niveles y desarrollo.

En esencia se considera literatura digital aquella obra “que ya se ha creado usando la textualidad electrónica, que no se podría traducir al papel. Ha nacido con una dimensión tecnológica”, explica María Goicoechea, coordinadora del proyecto de investigación eLITE (Edición Literaria Electrónica) y profesora de la Universidad Complutense de Madrid. Y es aquí donde llega la primera confusión. “Una interpretación errónea es que literatura electrónica es cualquier texto digitalizado, que se pueda leer en una tableta, en una pantalla”, explica Goicoechea. Es decir, para que una obra se considere puramente digital debe ir más allá, contar con una determinada estructura y reunir, en un mismo espacio, lenguajes y formas expresivas diversas, desde el texto y la música, lo visual o la animación.

Pilares de la literatura electrónica son el hipertexto, que implica una propuesta no secuencial (sino laberíntica), así como el hipermedia (convergencia de medios). Planteamientos que ya recogen creaciones anteriores a la generalización de los ordenadores personales y soportes digitales, como el caso de la poesía sonora del siglo XX, El Aleph de Jorge Luis Borges oRayuela, de Julio Cortázar.

Pero además de la composición por nodos, la obra digital se complementa con otros recursos que la enriquecen, el autor explora nuevas formas narrativas y de expresión, como efectos sonoros, visuales y de diseño gráfico. Todo con el fin de dar profundidad a la obra, de traspasar las limitaciones que impone el papel.

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Seis años sin Pradera. Jorge M. Reverte en El País

Seis años sin Pradera. Jorge M. Reverte en El País

El recurso del paso del tiempo está muy manido, pero no más que el propio paso del tiempo. Es un recurso literario dudoso, pero es eficaz, porque alude a una perplejidad legítima, la que nos sacude cuando comprobamos que la desaparición de algunos seres humanos tuvo lugar hace mucho más de lo que percibimos su ausencia en nuestro quehacer diario.

O sea, que lo que nos pasa a muchos con la muerte, hace ya más de seis años, de Javier Pradera es en cierto modo una vulgaridad… Salvo si nos paramos a pensar en qué le echamos de menos.

Este hombre era una desmesura todo él. Físicamente lo era, pero también debía medir unos dos metros intelectualmente. Y hay ocasiones en las que uno espera su artículo para aclararse o buscar su complicidad burlona haciendo una broma: ¿estamos a favor de Catherine Deneuve en lo de que nos toquen la pierna?

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Pradera fue un editor libre en la grisura de la dictadura. José Andrés Rojo en El País

Pradera fue un editor libre en la grisura de la dictadura. José Andrés Rojo en El País

A Javier Pradera (San Sebastián, 1934-Madrid, 2011) se lo conoce sobre todo por la finura con la que construía sus argumentos y por la contundencia con que sabía llevarlos a la página escrita, ya fuera como editorialista o como analista político. Estuvo vinculado a EL PAÍS desde su fundación y contribuyó decisivamente a dar consistencia a las posiciones de este periódico durante la Transición y, más adelante, ya en democracia.

En Javier Pradera. Itinerario de un editor(Trama Editorial), que ayer se presentó en la Fundación Diario Madrid, Jordi Gracia se ha ocupado de rescatar otra de sus grandes dedicaciones: hacer libros. Empezó porque tuvo que buscarse alguna fuente de ingresos una vez que, por su actividad política, se le complicaran las cosas. Con el tiempo, comentaron ayer, se convirtió en referente y maestro de editores. Todo empezó en 1959 cuando entró como agente comercial en la editorial Tecnos.

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Juan Cruz en El País sobre Javier Pradera. Itinerario de un editor

Juan Cruz en El País sobre Javier Pradera. Itinerario de un editor

Fue una pelea a la que Javier Pradera le puso humor y ocurrió en 1964, cuando la censura española estaba aún en su apogeo y Miguel de Unamuno seguía siendo tenido como enemigo de la patria de Franco y de Millán Astray. 

En ese momento Pradera, que luego sería uno de los directores de Alianza Editorial y jefe de Opinión de EL PAÍS, era gerente de Fondo de Cultura Económica, la editorial estatal mexicana que entonces, al mando del legendario Arnaldo Orfila, se proponía publicar una antología de los versos del rector que murió triste meses después de enfrentarse al general Millán Astray en el paraninfo de la Universidad de Salamanca.

Fue el 12 de octubre de 1936; Unamuno pronunció su famosa invectiva contra la guerra de Franco (“Venceréis pero no convenceréis”), fue escoltado para que no lo lincharan los que hacían caso del insulto de Millán Astray (“Muera la inteligencia”), y el régimen, que en un principio había recibido el respaldo del poeta, no se lo perdonó nunca. En 1964 seguía ese rescoldo vivo, y se manifestó en la censura que la Dirección General de Información, al mando de Carlos Robles Piquer, cuñado del ministro Manuel Fraga Iribarne, quiso aplicar a la edición programada por Pradera.

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Las consecuencias de la migración digital del libro no han concluído. Antonio Rodríguez de las Heras

Las consecuencias de la migración digital del libro no han concluído. Antonio Rodríguez de las Heras

El libro electrónico, el e-book, es la añoranza del libro que se dejó sobre el papel durante la migración digital. Si la memoria es el espejo en donde nos vemos a nosotros mismos reflejados entre los recuerdos, el e-book es la imagen especular del libro de papel. Sin volumen ni peso, mantiene el recuerdo de las páginas…, pero sin hojas.

Consigue, sin embargo, propiedades turbadoras como la de no tener copias, tan solo reflejos. La Red se convierte para el libro en un facistol inimaginable. Leemos todos el mismo ejemplar, reflejado tantas veces como lectores en el juego de espejos de las pantallas. Así que el libro digital reverbera en el espacio sin lugares de la Red.

El e-book es un libro en el espejo. Es una ilusión óptica la posesión del texto. Las palabras están tan solo sostenidas, no están impresas en la pantalla, así que una vez leídas no quedan en el reverso de la hoja (un libro sin hojas, pero con páginas), sino que se diluyen en nube de ceros y unos a la espera de otro lector. Por eso parece que adquieren calidades sonoras, pues las palabras se desvanecen como las habladas, como las hechas con ondas de aire.

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El libro será un avatar. Antonio Rodríguez de las Heras

El libro será un avatar. Antonio Rodríguez de las Heras

Pensábamos que el mundo digital, un mundo virtual, estaría confinado tras una pantalla, pero ya comenzamos a ver que no será así: se ha derramado y comienza a habitar entre nosotros.

Muchas culturas contienen y narran la existencia del avatar. Un espíritu, una divinidad que toma cuerpo y habita entre nosotros. Puede ser el cuerpo de un animal, de un árbol, de un ser humano. De esta manera se manifiesta, tiene lugar, aquello que no es de este mundo material. Las historias de estos prodigios son muy numerosas. Todas conectan un mundo intangible, invisible, con el que alcanzan nuestros sentidos.

Pensábamos que el mundo digital, un mundo virtual, estaría confinado tras una pantalla, pero ya comenzamos a ver que no será así: se ha derramado y comienza a habitar entre nosotros. Y una forma de instalarse en este mundo que llamamos real es el avatar. Esto significa que las cosas están concebidas en ese espacio sin lugares que es la Red, el Aleph digital; son virtuales,

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Antoine Gallimard. El faro de la literatura francesa. Álex Vicente en El País Semanal

Antoine Gallimard. El faro de la literatura francesa. Álex Vicente en El País Semanal

SU HISTORIA empieza en un patio interior de París, ocupado por un jardín con cuatro setos tallados en formas cónicas que delimitan los extremos del parterre. Cuando era un niño, Antoine Gallimard solía jugar en este exclusivo pensil, que comunicaba con el palacete donde se encontraba el despacho de su padre. Antes lo ocupó su abuelo, fundador de la insigne editorial que sigue llevando el apellido familiar como si fuera un estandarte. Sentado en el mismo lugar, solo que unas cuantas décadas más tarde, Gallimard recuerda cómo hacía los deberes en un rincón de la mesa, ocupada hoy por una montaña de portadas en amarillo crema, el color corporativo. Cuando sacaba buenas notas, su abuelo le regalaba un volumen de La Pléiade, la lujosa colección en papel biblia que reúne las obras completas de los grandes de la literatura. De repente, le viene a la memoria William Faulkner, paseando en “un estado de ebriedad muy avanzado” por el jardín que tiene ante sus ojos. Y las historias que le contaba Louis Aragon cuando lo llevaba en coche a su casa de campo, “cada vez que libraba su chófer oficial, pagado por el Partido Comunista”. Y sonríe al recordar los sobres con dinero en efectivo que su abuelo le hacía llevar a Jean Genet, ya que este “se negaba a abrir una cuenta en un banco”.

“PARA SER EDITOR NO HAY QUE TENER AMOR PROPIO, PORQUE A VECES SE NOS TRATA DE MANERA INJUSTA”

No cuesta adivinar que Antoine Gallimard siente añoranza por aquellos tiempos. “No hay que pasarse de nostálgico, pero fue una gran época. En aquel momento todavía se hablaba más de literatura que de economía”, ironiza. Para Gallimard, convertido en uno de los grandes editores europeos, algo ha cambiado desde la época en que su padre regentaba esta sede, en el corazón del barrio de Saint-Germain. “Ha habido una gran concentración empresarial y una financiarización muy fuerte. Por otra parte, antes contábamos con un núcleo duro de lectores que leían hasta tres o cuatro libros al mes. Con la llegada de esa generación que ha crecido con las pantallas, ese público tiende a desaparecer”. También el libro se ha transformado. “Se empieza a considerar que es una mercancía como las demás. Pero no es un producto de usar y tirar, sino un compañero con el que uno se reencuentra en la mesilla de noche. Es una mirada, un suspiro, una ensoñación. Un vínculo sin fin con los demás. Un libro es todo lo que no es palpable”.
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Bernard Pivot: “Hoy hablamos de libros, pero no de literatura”

Bernard Pivot: “Hoy hablamos de libros, pero no de literatura”

Es un mito del periodismo cultural. Todos los grandes escritores pasaron durante dos décadas por ‘Apostrophes’, su programa de la televisión francesa. A los 81 años, adicto a Twitter y el buen vino y presidente del Premio Goncourt, recuerda sin nostalgia el pasado y apuesta por el futuro.

En un tiempo no muy lejano, Bernard Pivot fue el periodista cultural más influyente de su época. Director y presentador de Apostrophes, mítico programa literario de la televisión francesa que fue mil veces copiado alrededor del mundo (con un éxito desigual), recibió cada viernes por la noche a los grandes nombres de la literatura del siglo pasado, de Vladímir Nabokov a Charles Bukowski, pasando por Marguerite Duras, Georges Simenon o hasta el Dalái Lama. De oficio, lector, que ahora reedita Trama, es un libro informal de memorias sobre aquellos años en el que Pivot lleva a cabo un largo diálogo epistolar con el historiador francés Pierre Nora.

Para recordar sus programas televisivos, Pivot abre la puerta de su domicilio, en un barrio burgués del noroeste de París. En el rellano, una falsa biblioteca que sirvió de decorado de su programa da la bienvenida al visitante. En el interior aparece una especie de pisito de soltero de la tercera edad, de un estatus innegable pero con la nevera semivacía.

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