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Elogio de las bibliografías. Elena Rius

Elogio de las bibliografías. Elena Rius

No hay nada como intentar profundizar en algún tema para darte cuenta de lo poco que sabes. A medida que vas avanzando en tu estudio, mientras todos piensan que ya dominas el asunto, tú tienes la sensación de saber cada vez menos, porque se van abriendo ante ti nuevos territorios cuya existencia ignorabas, vastas extensiones de sabiduría que te quedan aún por conquistar. Cada nuevo documento que manejas, cada nuevo artículo que lees, te señala nuevos caminos. La bibliografía que debes consultar crece y crece. Acabas por entender que es un proceso que no tiene fin. ¡Afortunadamente!, porque para cualquiera que ame estar entre libros no hay mayor placer que el de la investigación. La idea de que, por más que te dediques, nunca llegarás a agotar el tema, de que siempre quedarán facetas por descubrir, resulta reconfortante. Horas y horas de biblioteca se abren ante ti. La felicidad.
Como habrán imaginado por este preámbulo, me hallo a la sazón inmersa en uno de estos gozosos procesos de documentación, esos en que un libro te lleva a otro y este a su vez a un tercero, y a otro más… en una carrera inacabable, llena de hallazgos insospechados, autores hasta ahora desconocidos que resultan ser imprescindibles, publicaciones ignotas que se convierten en tu nueva lectura de cabecera. En suma, los placeres de la investigación. (Por ello, espero sabrán disculpar que en los últimos tiempos haya tenido un poco abandonado este blog; ya se sabe, los nuevos amores tiran mucho.)
Uno de los efectos secundarios de esta dedicación ha sido el (re)descubrir el atractivo de las bibliografías. Ya saben, esa lista de obras que figura al final de la mayoría de ensayos -desconfío por sistema de los ensayos que no incluyen, al menos, bibliografía e índice- y que relaciona los documentos consultadas, o tal vez sugiere obras que permiten ampliar los conocimientos del lector. Al principio, cuando se es neófito en el tema, esos largos y eruditos listados pueden parecer aburridos. Pero, para el iniciado, constituyen una lectura apasionante. Actualmente, lo primero que hago al encontrarme ante una de las obras que consulto es dirigirme a la bibliografía, pues es uno de los mejores indicadores del interés -o falta de él- que uno va a encontrar en el texto al que acompañan.
Tal como dice sobre las bibliografías Kevin Jackson, en un delicioso libro titulado Invisible Forms: a Guide to Literary Curiosities,
Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

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Bibliomancia. Elena Rius

Bibliomancia. Elena Rius

Los libros, ¿tienen poderes mágicos? Si los consideramos como lo que físicamente son -un amasijo de hojas de papel impresas y encuadernadas-, y dejando de lado el mundo de la fantasía, es evidente que no. Pero lo que esas páginas contienen posee a veces (pocas, tal vez, pero dignas de tener en cuenta) un enorme valor. Hay obras que, por su relevancia, por su influencia, se han considerado dechados de sabiduría, pozos donde buscar una guía para la vida. Mucho antes de que existieran los libros, ante una decisión o una situación comprometida, los antiguos se dirigían a algún oráculo para pedir consejo. Era casi obligado pasar por la pitia de Delfos, el oráculo de Dodona o la Sibila romana antes de tomar una decisión de cierta gravedad. Aunque los vaticinios de estos oráculos no siempre eran claros; mejor dicho, eran notoriamente oscuros, para que así cada cual pudiese interpretarlos a su gusto. Porque, en fin, para eso servían, para dar respaldo divino a lo que uno ya había decidido de antemano hacer.
Por un acto de transferencia que tiene algo de misterioso, ese papel de mostrar el camino a seguir lo heredaron algunas grandes obras literarias, que pasaron a actuar ellas mismas como oráculos. Al azar, se abría el libro en cuestión y se leían las primeras líneas que aparecían ante los ojos. Luego, se interpretaba lo leído de acuerdo con la pregunta que uno hubiese formulado, una práctica conocida comosortes. Es decir, ciertas obras se vieron investidas -al menos a ojos de los que creían en ellas- de poderes mágicos. Homero, admirado unánimemente por el mundo antiguo, fue quien primero logró este estatus. Las sortes homericae fueron practicadas por Sócrates, por ejemplo. Y, aunque hasta donde yo sé no hay constancia de ello, no puedo evitar imaginar que lo mismo haría Alejandro, ya que según se dice no se separaba nunca de su ejemplar de la Ilíada. No sería extraño, pues, que le pidiese consejo de vez en cuando. Los romanos, no queriendo ser menos que los griegos, pronto entronizaron al gran Virgilio como oráculo: las sortes vergilianae se hicieron habituales y su práctica siguió vigente durante la Edad Media y el Renacimiento. Se dice que futuro emperador Adriano, mucho antes de ser proclamado como tal, recurrió a ellas para preguntar por su futuro (la corte imperial estaba plagada de peligros, ya saben).

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Bibliomemorias. Elena Rius

Bibliomemorias. Elena Rius

Se diría que en esta era de selfies y de airear las intimidades en las redes sociales, el escritor cada vez tiene menos inconveniente en revelarse ante sus lectores. Desde hace ya unos cuantos años el yo del autor va colonizando todos los géneros. Está claro: la autoficción ha llegado para quedarse. Novelas y relatos de grandes ventas como los de Rachel Cusk, Karl Ove Knausgard o Lucia Berlin se mueven en este territorio. Más cerca de nosotros, las obras de Javier Cercas tienen a menudo un innegable contenido autobiográfico. Los libros de viajes, por supuesto, ya llevaban incluida la experiencia del autor desde el principio, pero es que ahora hasta las biografías tienden a mezclar alegremente la vida del biografiado con los avatares del biógrafo mientras anda empeñado en investigar a su sujeto. Y no es que tenga nada en contra: el resultado es a veces espléndido, como demuestra Richard Holmes en su maravilloso Huellas. Tras los pasos de los románticos, o el Limónov de  Emmanuel Carrère.  Era inevitable, pues, que esta tendencia llegase también a los libros sobre libros. En tiempos pasados, el que quería dejar huella de sus lecturas hacía una reseña; si se trataba de un crítico o un novelista de cierto peso, estos artículos se reunían a veces en un volumen. La distancia con la que el reseñista trata los libros es desde luego variable: desde los que intentan emitir una opinión lo más objetiva y fundamentada posible hasta los que incluyen reflexiones personales. Pero un volumen de reseñas es una cosa y las bibliomemorias, otra distinta. Permítanme que tome prestada la definición de este género que hizo Joan Didion (otra insigne cultivadora de la autoficción) en un artículo publicado en 2014. Según ella, la bibliomemoria vendría a ser “una subespecie de literatura que combina la crítica y la biografía con el tono íntimo y confesional de la autobiografía”.

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Los trenes y la lectura. Elena Rius

Los trenes y la lectura. Elena Rius

Una de las mayores ventajas de viajar en tren es que nos brinda un rato propicio a la relajación y a olvidarnos del resto del mundo (o así era, al menos, antes del advenimiento de los móviles). Mientras nos hallamos en tránsito, ni aquí ni allí, cómodamente arrellanados en nuestra butaca, podemos decidir en qué vamos a emplear ese espacio de tiempo vacío: dormitar, admirar el paisaje, hacer crucigramas o sumirnos en la lectura. Diríase que la alternativa de darle palique a los otros viajeros, ese recurso tan utilizado en las novelas, ha caído en desuso, junto con la tradicional fiambrera y chorizo del pueblo que ya nadie lleva consigo. Es más, ahora que tantas de nuestras ciudades están unidas por cómodos y raudos AVE, corremos el riesgo de llegar a nuestro destino sin haber podido terminar el crucigrama.
Antes de la era del ferrocarril -un par de fechas para que se sitúen: en Gran Bretaña, la primera línea regular de pasajeros, entre Liverpool y Manchester, se inauguró en 1830; en España, el primer trayecto en tren (Barcelona-Mataró) se realizó en 1848- tanto confort era impensable. Los coches de caballos, las diligencias o las tartanas, el transporte terrestre más habitual, transitaban por caminos irregulares y, a menudo, en muy mal estado, de modo que los sufridos viajeros, zarandeados durante todo el trayecto, se conformaban con no llegar del todo molidos. Por supuesto, nada de leer durante el viaje, el bamboleo lo hacía inviable. El ferrocarril, pues, abrió nuevos horizontes.

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Leer por suscripción. Elena Rius

Leer por suscripción. Elena Rius

Tenemos tendencia a imaginar que la forma actual de organización de la mayoría de actividades humanas es la misma que ha prevalecido durante siglos. Damos por supuesto que ciertos adelantos han modificado algunas costumbres -ahora podemos comprar por internet, sin necesidad de desplazarnos a una tienda física, o volar al otro extremo del globo en pocas horas, realizando travesías impensables dos siglos atrás-, pero muchos otros cambios en los usos cotidianos han caído en el olvido. Hablando de la lectura -y olvidándonos por un rato de la ya cansina discusión entre las bondades respectivas del libro físico y el digital-, un poco de investigación en la historia de la comercialización de los libros revela que nuestros antepasados conocían una forma de acceder los libros que ya no existe, la lectura por suscripción. Hoy, si nos apetece estar al día de las últimas novedades editoriales, tenemos básicamente dos opciones: acudir a una librería y hacernos con ellas (previa adquisición de los libros en cuestión) o ir a la biblioteca y tomarlas prestadas sin cargo alguno (suponiendo que se trate de una biblioteca bien abastecida y que renueve regularmente su fondo). Sin embargo, antes de que se generalizasen las bibliotecas públicas abiertas a todo el mundo (un avance en realidad bastante reciente), los lectores victorianos disponían de otra salida: suscribirse a una biblioteca circulante, que por una cantidad anual permitía a sus socios hacerse con todos los libros que deseasen. Se calcula que a principios de la década de 1830 existían más de mil bibliotecas circulantes en Gran Bretaña, que se ocupaban de satisfacer los gustos lectores de todos los estratos sociales, desde los trabajadores que recurrían a ellas para completar su educación hasta las clases acomodadas que en los libros buscaban simple entretenimiento.

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Posturas para leer. Elena Rius

Posturas para leer. Elena Rius

Leer es una actividad casi tan íntima y privada como dormir. No nos gusta que nos observen cuando lo hacemos, porque nos sentimos espiados en un momento en que somos vulnerables. Aunque es preciso reconocer que cuando estamos absortos en un libro no atendemos a quién pueda estarnos mirando ni somos conscientes de cuál es la postura que adoptamos. Como sucede con la postura para dormir, los expertos pueden llenarnos de consejos, hablar de ergonomía, de circulación de la sangre o de descanso visual, pero cada cual considera que la postura -sea cual sea- que su cuerpo adopta por instinto es la mejor. Y cada uno tiene su postura preferida, que no cambiaría por ninguna otra.
Nos recomiendan leer sentados, a ser posible en un asiento firme, pero no duro, con la espalda recta y los muslos paralelos al suelo. Nada de entrelazar los pies (algo casi automático cuando uno se acomoda ante un libro), por aquello de no interrumpir la circulación. Y el libro, mejor que no esté plano sobre la mesa -que, a su vez, debe encontrarse a una distancia adecuada-, porque eso nos obliga a bajar la cabeza a medida que avanzamos en la lectura. Pero, como sostenerlo en alto resulta cansado, lo conveniente es utilizar un atril que lo haga más fácil. Unas normas sin duda de lo más racional y estupendo si se aplican sobre un maniquí, pero yo no conozco a nadie que lea así en la vida real. (Además, una vez tienes el libro apoyado en el atril, ¿se puede saber qué haces con los brazos? Pues, lógico, usarlos para apoyar la cabeza, con lo que la espalda se curva y la cabeza se ladea.)
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Elena Rius es autora de El síndrome del lector editado en la colección Tipos móviles de Trama editorial.

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El síndrome del lector en el Blog de L'Escola de Llibreria. Per als amants dels llibres i les històries

El síndrome del lector en el Blog de L’Escola de Llibreria. Per als amants dels llibres i les històries

Síndrome incógnito 2

 

Rius, Elena.

El síndrome del lector.

Pról., Lorenzo Silva.

Madrid: Trama, 2017. 154 p. (Tipos móviles; 22). ISBN 978-84-945693-1-9. 19 €.

Hola, em dic Sílvia i sóc una bibliòmana-bibliòfila polígama. Per això mateix, quan vaig tenir a les mans un llibre titulat El síndrome del lector, vaig dir-me «això és per a mi!», ara bé, he de reconèixer que, en un primer moment, la seva lectura em va fer tirar enrere. No em va agradar la manera com tractava el lector, em resultava pedant. Com si definís el fet de la lectura com una cosa massa sublim, només a l’abast d’una certa elit intel·lectual, establint que la lectura ha de ser analitzada amb precisió quirúrgica per poder ser gaudida amb plenitud. Aquesta idea xocava frontalment amb la meva visió de la lectura, que és quelcom més romàntica o potser ximpleta, però jo entenc l’art de llegir com un moment que ha de proporcionar plaer al qui ho practica.

Seguir leyendo en El blog de L’Escola.

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Enfermedades compartidas (Trama). Tildes a El síndrome del lector de Elena Rius. Edgar A.G. Encina

Enfermedades compartidas (Trama). Tildes a El síndrome del lector de Elena Rius. Edgar A.G. Encina

Un hombre lee apasionadamente a los oídos de un infante. El arrugado rostro de este individuo se ve encendido y su cuerpo se revuelve con vigor, como si acompañara esa lectura con movimientos teatrales. Por su lado, el chico, acomodado de lado sobre la silla y descansando la cabeza sobre la respaldo, se ve extasiado. Fascinante. Es un retrato de familia y es una impresión primigenia. El padre lee y el hijo imagina; el adulto actúa y el pequeño vive, todo construido en un escenario con palabras que no les fueron propias, a ninguno, pero ahora, desde ya, les son. Father Reading Tom Sawyer to his son (121.9x152cms.), pintada en 1994, por Ronald B. Kitaj (Usa, 1932-2007), es la representación visual de este relato. La obra que –hasta donde sé- aún pertenece al catálogo de Sotheby’s, con el número 253 , es tan abierta que el lector de las palabras escritas y/o el lector de las palabras habladas podemos ser cualquiera.

Sin embargo, no es un ambiente puramente romántico. Este padre infecta a su hijo de un extravagante alteración que Elena Rius llama El síndrome del lector (Trama, 2017). La autora, que también es María Antonia de Miquel (Barcelona, 1956) editora en/de Alba , comenzó a diagnosticar esta «ofuscación» en un   y, ocupada por la divulgación de su descubrimiento, lo ha publicado en un libro que confía llegue a las personas para que descubran que la adicción proporciona diversión.

Seguir leyendo en Materia de testamento.

 

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Elena Rius es autora de El síndrome del lector (19 €) editado en la colección Tipos móviles.

 

 

 

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Leer en la cama. Elena Rius

Leer en la cama. Elena Rius

Cada cual tiene sus pequeños ritos y manías para propiciar el sueño. Hay quien necesita que la cama esté orientada de una forma determinada, quien escucha la radio, los fanáticos de la oscuridad completa, que usan hasta antifaz… Los lectores no concebimos la posibilidad de dormir si antes no hemos leído unas cuantas páginas; pueden ser muy pocas, si el cansancio aprieta y el libro se te cae literalmente de las manos, o muchísimas, si el libro es tan apasionante que resulta imposible dejarlo. (¡Esas noches en que te dan las dos y las tres y a cada capítulo te prometes que será el último!) Pero poco o mucho, dormir sin antes haber leído parece -o me lo parece a mí al menos- una aberración. Lo primero que hago, cuando llego a un hotel o a cualquier nueva habitación donde haya de pernoctar, es colocar mi libro en la mesilla: una promesa que anticipa los agradables momentos en que la lectura abre la puerta del sueño.
Lo de leer en la cama es una actividad relativamente nueva, como recordaba hace poco un artículo en The Atlantic. Disponer de la privacidad de una habitación dedicada solo al sueño es algo reciente. Hasta hace poco, los pobres desde luego no podían permitirse ese lujo, pues se hacía la vida en una o dos habitaciones. En 1837, un testigo describía así las viviendas de una pequeña aldea francesa, según se recoge en la Historia de la vida privada:

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

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Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

Precio: 19 €

 

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El síndrome del lector de Elena Rius. Reseña de Alejandro Gamero

El síndrome del lector de Elena Rius. Reseña de Alejandro Gamero

Con el tiempo, y las idas y venidas por el los anchos e interminables océanos de Internet, uno va atesorando una lista de sitios en los que se siente tan a gusto como en casa y a los que vuelve cada dos por tres. Quien siga mis andanzas por La piedra de Sísifo sabrá que el blog Notas para lectores curiosos de Elena Rius, del que he hablado en decenas de artículos, es uno de esos lugares. Porque aunque es cierto que en el mundo digital levantas una piedra de piedra y te salen de debajo páginas sobre literatura como churros, no es menos cierto que la originalidad escasea, más allá de la afiliación amazónica o de las reseñas del «te resumo el libro y esto me gusta y esto no me gusta». Por eso, cuando supe Elena iba a dar el salto de la pantalla al papel y que además lo hacía en la colección Tipos móviles de Trama Editorial, que tiene joyas como De oficio, lector de Bernard PivotLas razones del libro de Robert Darnton o Llamémosla Random House de Bennet Cerf, entre muchas otras, sabía que el libro, titulado El síndrome del lector, iba a ser de los de fondo de armario.

   ¿Qué ha pasado de Notas para lectores curiosos a El síndrome del lector? Convertir un blog en libro en ocasiones puede parecer un ejercicio gratuito. ¿Para qué hacerlo, si todo está disponible de forma gratuita en Internet? Como Elena dice en la introducción del libro, el formato blog, con su estructura cronológica, tiende a ser más efímero en cuanto que los artículos más antiguos tarde o temprano acaban cayendo en el olvido, en ese pozo sin fondo que es la red, cosa que no ocurre en el libro, donde la página 89 no es ni más ni menos importante que la 121. Sin embargo, El síndrome del lector es mucho más que una transcripción palabra por palabra del contenido del blog. Elena ha cribado cincuenta artículos de entre un total de más de cuatrocientos, eliminando aquellos más circunstanciales o fugaces y manteniendo los que cumplen con un mínimo de calidad ‒que los que conozcáis el blog sabéis que es bastante alta‒, que además han pasado por un proceso de revisión y, en algunos casos, de reescritura.

   Al mismo tiempo, los artículos han sido agrupados en cuatro bloques temáticos titulados «Maneras de leer», «El síndrome del lector», «Curiosidades librescas» y «Galería de bibliómanos». Cada una de ellas está precedida de una pequeña introducción donde se nos explica de qué se va a hablar. El primero de ellos es una sección que incluye pequeñas reflexiones, de no más de dos o tres páginas, en los que se hace un repaso sobre el acto de leer desde distintos puntos de vista, desde los hábitos de los lectores hasta dónde o cuándo se lee. Algunas partes están muy en la línea de La manía de leer de Víctor Moreno.

   Los tres apartados restantes siguen una línea bastante parecida a la de La piedra de Sísifo y a la de títulos como Enfermos del libro de Miguel Albero o Libros malditos, malditos libros de Juan Carlos Díez Jayo. Están llenos de anécdotas y curiosidades acerca del mundo del libro, de lectores incurables y sus manías o de coleccionistas enfermizos. Cosas que pasan cuando te gustan mucho los libros, libros para ligar, viajar con libros, packs literarios, finales abruptos, personajes literarios y sus nombres, libros falsos, y así varias decenas de artículos.

Seguir leyendo en La piedra de Sísifo.

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Elena Rius es autora de El síndrome del lector (19 €) editado en la colección Tipos móviles.

 

 

 

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