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Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

La cultura digital ha propiciado, entre sus tantos efectos, un culto por los cuadernos de papel. Para algunas personas, esta especie de fetichismo por los cuadernos tiene resultados terapéuticos, beneficia la creatividad y hasta les permite entender mejor la propia vida.

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Existe desde hace unos años una especie de furor por los cuadernos. La oferta resulta cada vez mayor: desde los Moleskine —tan clásicos y carísimos y tan cool— y todas sus más o menos plagiarias imitaciones, hasta los artesanales que se ofrecen en cualquier feria callejera que se precie de tal. Se trata de una pasión que excede a los cuadernos y alcanza todo lo que designa la palabra inglesastationery, el material de papelería destinado a la escritura: papeles, sobres, bolígrafos y una amplia gama de otros productos.

No creo demasiado arriesgado suponer que esta revalorización de los cuadernos es hija de la masificación de la tecnología digital. Vivimos tiempos en que casi todo lo que escribimos lo escribimos en computadoras, tabletas y teléfonos. Escribir a mano se ha tornado una suerte de ritual arcaico, muy alejado del utilitarismo del trabajo y los mensajes urgentes y el entretenimiento instantáneo de las redes sociales, cercano a la intimidad, a la introspección, al deseo de apearse al menos por un rato del ritmo frenético de nuestros días.

Ya que la escritura manuscrita ha adquirido ese aura de liturgia privada, no es extraño que el soporte también concite mayor atención. Buscamos que sea especial, que sea de algún modo digno de la calidez que hemos de volcar en sus páginas. Todo esto ha contribuido (al igual que el capitalismo y el consumismo, por supuesto) con el desarrollo de un auténtico fetichismo por los cuadernos. “Al tener aquel cuaderno en las manos por primera vez, sentí algo parecido a un placer físico, una súbita, incomprensible oleada de bienestar”, dice el escritor Sidney Orr, protagonista de la novela La noche del oráculo, de Paul Auster. Una descripción con la cual todo amante de los cuadernos se debe sentir, sin duda, plenamente identificado.

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La escritora catalana Eva Piquer declaró en una ocasión que, para ella, comprar una libreta y empezar a escribir en ella es un remedio contra la angustia y la ansiedad tan bueno como, para otros, comer chocolate y comprar zapatos. Supongo que es una sensación compartida por muchas personas. Imagino los cajones de sus casas llenos de cuadernos iniciados y abandonados, aún con muchas páginas en blanco pero satisfechos de haber cumplido con su labor terapéutica.

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Dar a pensar. Rafael Muñoz

Dar a pensar. Rafael Muñoz

Somos una sociedad amenazada por un nuevo analfabetismo, que es el de tener una relación meramente instrumental con la lectura y la escritura. Así,  la escritura está dejando de ser un medio de comprensión y de elaboración de la experiencia personal y colectiva, para reducirse a una herramienta comunicativa.  Marina Garcés

La lectura del último libro de la siempre interesante profesora catalana, del que ahora destaco las líneas precedentes, coincidió con una charla-coloquio que celebramos a media semana en compañía de amigos que reflexionan y trabajan, cada uno desde su campo, con las herramientas que proporcionan tanto la escritura como la lectura.

Como ya dejé escrito en un artículo precedente, se trataba de reflexionar en voz alta sobre la función que desempeñan nuestras lecturas la hora de ponernos a escribir, a reflexionar por escrito sobre los temas que nos atañen. O de forma más concreta, dirimir cuáles eran nuestros nutrientes o referencias, en papel o digital, en este espacio creativo donde conviven informaciones llegadas de revistas en papel, blogs, muros de Facebook,  referencias en Twitter y/o otras redes sociales. Las intervenciones transitaron por aquellos semanarios que despertaban nuestra curiosidad cuando éramos algo más jóvenes, hasta llegar a las fuentes que hoy cubren nuestras necesidades, tanto profesionales como de índole personal, y lo hacen en los soportes de los que estamos hablando.

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El misterio de las palabras. José Antonio Millán en El País Semanal

El misterio de las palabras. José Antonio Millán en El País Semanal

Anota mi dirección”. “No: mándamela por SMS…”. Este diálogo actual refleja muy bien el retroceso de la escritura a mano. Un padre aún puede escribir a sus hijos instrucciones para la cena en una nota en la nevera, pero más probablemente se las enviará tecleando en su móvil. En la vida pública, el último reducto del manuscrito es la receta del médico, esos garabatos que solo el farmacéutico puede descifrar. O quizá los grafitis en los muros: consignas políticas, declaraciones amorosas o los barrocos tags de los grafiteros.

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