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¿Cómo leemos en la sociedad digital? Lectores, booktubers y prosumidores. Fundación Telefónica

¿Cómo leemos en la sociedad digital? Lectores, booktubers y prosumidores. Fundación Telefónica

Nombre autor: Francisco Cruces (Dir.), Gemma Lluch, Remedios Zafra, Julián López García, Gloria G. Durán, Jorge Moreno Andrés, Romina Colombo, Nuria Esteban, Anna Esteve, Virginia Calvo y Maite Monar.

Descripción:

El panorama de la lectura está cambiando y lo hace a la velocidad de la luz. Sin embargo, lejos de desaparecer, los libros reviven gracias a la reinvención de la lectura, que se aleja del canon culto heredado de los siglos pasados y se hibrida con los nuevos dispositivos y las nuevas formas de lectura aparecidas en la sociedad en la que vivimos, la sociedad digital.

De esta forma aparecen diversas y plurales nuevas formas de leer que se suman a la lectura individual. La lectura se hace más social, holista, activa, afectiva y corporal; marcada por una relación indisociable con la escritura, la interactividad, la sociabilidad, la imagen, la oralidad, el ritual, la educación sentimental, el espacio cotidiano, la movilidad, la proliferación de dispositivos, la fragmentación de los tiempos y la multiplicación de ocasiones y motivos para leer.

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Posturas para leer. Elena Rius

Posturas para leer. Elena Rius

Leer es una actividad casi tan íntima y privada como dormir. No nos gusta que nos observen cuando lo hacemos, porque nos sentimos espiados en un momento en que somos vulnerables. Aunque es preciso reconocer que cuando estamos absortos en un libro no atendemos a quién pueda estarnos mirando ni somos conscientes de cuál es la postura que adoptamos. Como sucede con la postura para dormir, los expertos pueden llenarnos de consejos, hablar de ergonomía, de circulación de la sangre o de descanso visual, pero cada cual considera que la postura -sea cual sea- que su cuerpo adopta por instinto es la mejor. Y cada uno tiene su postura preferida, que no cambiaría por ninguna otra.
Nos recomiendan leer sentados, a ser posible en un asiento firme, pero no duro, con la espalda recta y los muslos paralelos al suelo. Nada de entrelazar los pies (algo casi automático cuando uno se acomoda ante un libro), por aquello de no interrumpir la circulación. Y el libro, mejor que no esté plano sobre la mesa -que, a su vez, debe encontrarse a una distancia adecuada-, porque eso nos obliga a bajar la cabeza a medida que avanzamos en la lectura. Pero, como sostenerlo en alto resulta cansado, lo conveniente es utilizar un atril que lo haga más fácil. Unas normas sin duda de lo más racional y estupendo si se aplican sobre un maniquí, pero yo no conozco a nadie que lea así en la vida real. (Además, una vez tienes el libro apoyado en el atril, ¿se puede saber qué haces con los brazos? Pues, lógico, usarlos para apoyar la cabeza, con lo que la espalda se curva y la cabeza se ladea.)
Libros_síndrome
Elena Rius es autora de El síndrome del lector editado en la colección Tipos móviles de Trama editorial.

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Formas de leer un libro. Emilio Lara en Zenda

Formas de leer un libro. Emilio Lara en Zenda

Ir a comprar un libro tiene algo de caza incruenta. El coto o la sabana de una librería nos sumergen en un tiempo sin relojes en el que, ensimismados y ávidos, seleccionamos piezas, sacamos volúmenes de las estanterías o cogemos alguno de los libros apilados en las mesas de novedades. En las librerías ralentizamos nuestros movimientos, como si nos rodasen a cámara lenta, pues nos desenvolvemos con la sensación de estar en un espacio sagrado en el que hablar alto merece miradas de reconvención. Antes de que sea nuestro, ojeamos el argumento, la biografía del escritor en la solapa —si no lo conocemos— y leemos la primera página. Esto es la prueba del nueve. Si el primer párrafo es un relámpago y los siguientes tienen cadencia y nos impelen a continuar leyendo, lo compramos. A la buchaca. Ya tenemos botín.

Sentados en casa, antes de la vista recurrimos a otros sentidos para posesionarnos de él. El olfato y el tacto. Olemos el papel y la tinta con los ojos cerrados, pasamos con lentitud las yemas de los dedos por sus hojas para calibrar la calidad del papel, y sonreímos. Esta exploración sensorial es especialmente gustosa si el papel de las guardas es de buen gramaje, tiene un color vistoso o reproduce un mapa o una imagen alusiva al contenido.

A veces me gusta decirles a mis alumnos: «Seamos lógicos, empecemos por el final». Por eso, si el libro dispone de nota del autor —o agradecimientos—, comienzo la lectura siempre por ahí, pues suele estar en las últimas páginas. Es mi debilidad. Esto no desvela nada importante de la trama y me hago una idea, en los libros de historia o en las novelas históricas, de quienes de variada manera han colaborado en la conformación del libro, de los lugares que ha visitado el autor para documentarse y de las ligazones sentimentales que éste mantiene con algunas personas. Hillary Mantel, en los agradecimientos de su novela Una reina en el estrado (Destino, 2013), al referirse con gratitud a su marido, da en el clavo al decir de él «que ha compartido una casa con tanta gente invisible», en alusión a los personajes imaginarios o muertos hace siglos que copan la mente de los escritores y que conviven con ellos día y noche durante la escritura.

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A vueltas con la lectura. Eduard Miralles

A vueltas con la lectura. Eduard Miralles

Si se comparan con otras modalidades de espacios para la cultura las bibliotecas, a lo largo de su historia, han demostrado una elevada capacidad de adaptación al encargo efectuado desde sus políticas culturales de referencia. Así pues, han pasado de ser almacenes de libros custodiados con actitud más o menos policial a devenir verdaderos supermercados de servicios, con flexibilidad horaria y facilidades de préstamo, e incluso a transformarse en centros de recursos para el fomento de la lectura entre capas más o menos amplias de la ciudadanía.

Pero hoy parece que las bibliotecas están en crisis y que el entusiasmo de sus promotores y profesionales se orienta hacia otras tareas, ni mejores ni peores, sino sencillamente distintas. Ya sea porque los usuarios tradicionales no encuentran lo que buscan, o quizás mejor no buscan lo que encuentran ya en otras partes, porque los no usuarios no consiguen romper la pared de cristal que los aleja de la lectura, o simplemente porque la biblioteca se ha convertido en terreno abonado a otras lecturas (otros continentes y otros contenidos), la ingente inversión en servicios de lectura pública llevada a cabo en algunos lugares de España no concuerda con su limitado impacto en la mejora cuantitativa y cualitativa de las competencias lectoras entre la ciudadanía.

Mientras la asignatura pendiente de la Biblioteca Provincial de Barcelona parece caer definitivamente en el olvido, se yuxtaponen incoherentemente planes de fomento de la lectura (ministeriales, locales y autonómicos) y plataformas de indiscutible tradición y prestigio como la red de bibliotecas de la provincia de Barcelona predican una nueva generación de equipamientos bibliotecarios en pos de un reconocimiento más asociado a la cultura de lo “maker” o de los nuevos ocios urbanos que a las labores propias del sistema bibliotecario. Prescriptores incontestables como lo ha sido, durante los últimos años, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, poco después de la muerte de su fundador da un golpe de timón y clausura su base de operaciones en Salamanca, reduce considerablemente su equipo técnico y modifica el programa de “La Casa del Lector”, en el recinto del antiguo Matadero madrileño, dirigido hasta la fecha por el exministro de cultura César Antonio Molina. (Tiempo atrás sucedió algo parecido con el programa de bibliotecas de la Fundación Bertelsmann, edificada sobre el patrimonio de aquel viejo editor de biblias luterano…)

Algo no funciona bien con las políticas para la lectura. Cuando la digitalización a gran escala reclama nuevas herramientas para transformar la información en conocimiento. Cuando leer sigue siendo una operación que, poco más o menos, se practica de forma similar a como se practicaba a principios del siglo XX. Cuando probablemente más falta hagan, las bibliotecas no pueden mostrarse ausentes.

Eduard Miralles, Presidente del Patronato de la Fundació Interarts.

Publicado en el boletín Cyberkaris 169, Junio 2017.

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Estadística creativa para bibliotecarios soñadores. Vicente Funes en Infobibliotecas

Estadística creativa para bibliotecarios soñadores. Vicente Funes en Infobibliotecas

Como cada año el informe de la Federación del Gremio de Editores sobre la lectura en nuestro país ha sido noticia. Una vez más los porcentajes estadísticos que proporciona han dando pie a titulares y análisis que van camino de convertirse en toda una tradición, algo así como las crónicas que cada 22 de diciembre se emiten sobre los ganadores de la lotería (pero a la inversa, donde allí hay alegría, aquí siempre hay decepción). Pero ya sabemos por los políticos que a las estadísticas se las hace decir lo que uno quiere; así que no vamos a darle más vueltas al asunto, bastante se ha hablado ya. Es preferible fijarse, cual manual de autoayuda, en historias ejemplarizantes que nos eviten cualquier asomo de abatimiento bibliotecario.

Porque seamos sinceros, ¿qué bibliotecario en un momento de debilidad, o mejor, de duda: no ha pensado en dejarse llevar por la creatividad al rellenar los formularios de Alzira del Ministerio?, ¿quién ante el insondable misterio de toparse con que el número de ejemplares difiere según la búsqueda en el programa se haga de una forma u otra: no ha optado por quedarse con la cifra que mejor le cuadra con el resto?

Seguir leyendo en Infobiblioteca.

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Si no te duele es porque no has entendido nada. Karina Sáinz Borgo en Vozpópuli

Si no te duele es porque no has entendido nada. Karina Sáinz Borgo en Vozpópuli

Maquetada sobre un fondo azul océano y unida mediante un arpón a la cola de una ballena que podría ser Moby Dick, una frase da la bienvenida a quienes entran a la Biblioteca Pública Pedro Salinas, en Puerta de Toledo: “Si sales ileso de un libro, es que nunca has leído”. Aquello resuena con fuerza en ese lugar luminoso y amplio en el que valdría la pena quedarse a vivir, de no ser porque el mundo real reclama con su lista de ‘cosas sensatas’ que atender. El póster lleva ahí cerca de dos o tres meses, y no hay una sola vez en que su encuentro no genere en quien lo mira una plácida sensación de vértigo. Si no te ha dolido, si no te sacude… es que no has entendido nada de esa novela, ese poemario o ese libro de relatos que llevas en el bolso. Porque nadie sale ileso de un libro. Nadie. Y eso conviene tenerlo claro.

Ya lo dice Alfonso Berardinelli: leer es un riesgo. Una práctica pirómana del espíritu. Leer nos coloca ante la elección de renunciar a la inocencia de los estúpidos, de aquellos que –exculpándose en su necedad- echan balones fuera. Y el asunto no es del todo reprochable, porque algo compensatorio hay en esa dinámica: ser víctimas –de los políticos, de los banqueros, de los medios, de los jefes- siempre será moralmente rentable. Aducir nuestra ignorancia, quedarnos con la primera lectura de las cosas  –la economía del pensamiento y el teorema de la menor complejidad posible- y unirse a una turba, sea cual sea.

 

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No data, Big Data, Small Data, Another data. Joaquín Rodríguez

No data, Big Data, Small Data, Another data. Joaquín Rodríguez

Artículo publicado en Texturas 31

No data Pongamos que un encuestador ha sido encargado con la tarea de consultar a una muestra de ciudadanos sobre sus gustos y prácticas lectoras. Pongamos que esa muestra está bien dimensionada y estructurada y que las respuestas, por tanto, representarán por igual a todos los géneros y segmentos socioculturales de esa sociedad. Pongamos que plantea una de las pregunta clave en toda encuesta sobre hábitos y prácticas culturales: ¿lee usted libros? ¿con qué frecuencia lo hace? Esta pregunta, aparentemente tan sencilla y sin tacha, esconde un aplastante efecto de imposición que fuerza a los encuestados, sobre todo a quienes no leen, a expresar su buena voluntad cultural, a esconder lo que en una situación comunicativa como la de una encuesta pudiera parecer vergonzante o bochornoso.

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Lectura extrema. Elena Rius

Lectura extrema. Elena Rius

Hace años, la gente que sentía ganas de hacer deporte se calzaba unas zapatillas y echaba a correr por el parque más cercano. Como no había demasiadas posibilidades de compararse con otros corredores -a no ser los amigos o los que trotaban al lado de uno-, había escasa presión en cuanto a tiempos o marcas a alcanzar. Uno corría, se ponía más o menos en forma y eso era todo. Pero las cosas han cambiado y la presión, propia y ajena, ha aumentado, de manera que ahora ya pocos se conforman con ser corredores (también ha cambiado el nombre: ahora se les llama runners). No, hay que superarse continuamente: correr la milla, la media maratón, la maratón…; o incrementar la dificultad del asunto con modalidades más duras como el cross-country o el triatlón. Y así, en todo. Ha llegado la hora de los deportes extremos. El más difícil todavía: barranquismo, la escalada en solo, el ironman…
Este afán competitivo parece estar, lenta e insidiosamente, trasladándose también a la lectura. Cuando lo máximo que se hacía era comentar los últimos libros leídos con un pariente o amigo, no había posibilidad ni ganas de medirse con los demás. Como mucho, observaciones del tipo “Fulanito parece que los devora”, “El lento de Menganito ha tardado más de un mes en terminar esta novela”, “De este verano no pasa que lea por fin la obra de X.” Pero, como en el deporte, parece que no basta

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

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Vivo de ofrecer lecturas. Villar Arellano en Revista Texturas 3

Vivo de ofrecer lecturas. Villar Arellano en Revista Texturas 3

Con motivo del Décimo Aniversario de la Revista Texturas, semanalmente ofrecemos un artículo en abierto de estos primeros 10 años.

No recuerdo en mi madre actitudes de especial militancia en relación con los libros, pero sí sus comentarios habituales sobre el tema en las más triviales situaciones: en un momento de aburrimiento, ante una duda, al recordar el próximo cumpleaños de una amiga, cuando trataba de retrasar el momento de ir a dormir…

Siempre había libros por respuesta, no como algo forzado, sino con toda naturalidad. No trataba de pontificar sobre ellos o argumentar sus bondades, sencillamente nos recordaba que existían y que podíamos usarlos. Estaban ahí, eran parte de la vida. Sólo había que disfrutar de ellos, sacarles partido.

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Cifras de la lectura en Italia

Cifras de la lectura en Italia

En el año 2011 se inició un descenso de los hábitos de lectura que parece haberse estabilizado.

Los jóvenes y las mujeres son más lectores y en un 9% de los hogares no hay todavía ningún libro.

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