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Librería Norte: sesenta años con libros. Daniel Gigena en La Nación

Librería Norte: sesenta años con libros. Daniel Gigena en La Nación

Breve historia: Es una de las librerías más prestigiosas de la ciudad de Buenos Aires, el “norte” al que se dirigen bibliófilos porteños, de las provincias argentinas y de países extranjeros con los que se comparte la lengua española. Desde 1967, está ubicada en la avenida Las Heras 2225, frente a una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires y de la plaza Emilio Mitre. Antes, se encontraba en un local de la avenida Pueyrredón y Santa Fe.

“Ya desde entonces se llamaba Librería Norte -cuenta Debora Yánover, una de las pocas libreras porteñas-. Siempre tuvo un equipo de libreros con mucha experiencia.” La lista de visitantes ilustres de Norte no para de crecer: de Quino a Julio Cortázar, pasando por Adolfo Bioy Casares, Gonzalo Rojas, Fabio Morábito y el impar poeta santafesino Hugo Gola.

Norte es una de las librerías preferidas por los poetas. Su sección de libros de poesía, situado al fondo a la derecha del local, es uno de los más completos de cualquier librería de América Latina. “Las jóvenes generaciones de poetas acuden también a la librería” agrega Yánover, hija de Héctor Yánover (Alta Gracia, 1929-Buenos Aires, 2003), librero-poeta y autor de la célebre autobiografía Memorias de un librero, publicada en 1994 por Ediciones De la Flor y reeditada en 2014 por Trama Editorial. Yánover publicó también varios libros de poemas.

En Norte, ocasionalmente, se presentan libros, como ocurrió con la exhaustiva edición de Obra completa del poeta Francisco Madariaga, publicada por Eduner. Participaron del encuentro Diana Bellessi, poeta del río y de la naturaleza como Madariaga, Reynaldo Jiménez y Liliana Ponce.

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Memorias de un librero

22 €

 

 

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La guerra de los libros. Maximiliano Tomás en La Nación

La guerra de los libros. Maximiliano Tomás en La Nación

Hago el ejercicio de leer los artículos una y otra vez, para intentar ver qué intereses no manifiestos pueden revelarse, pero al final elijo pensar que cada quien tiene sus razones, y que todas están expresadas desde la honestidad intelectual. Lo cierto es que una medida tomada por las nuevas autoridades del Ministerio de Cultura de la Nación y publicada en el Boletín Oficial del 6 de enero acaba de dejar sin efecto la resolución 453/10 que establecía un régimen de certificación obligatoria para todos los libros importados. La intención declarada de aquella norma dictada por el entonces secretario de Comercio Guillermo Moreno era “eliminar los peligros derivados del uso de tintas con alto contenido del plomo” pero, como todos siempre supieron, se trataba de sustituir las importaciones de libros, ahorrar dólares del Banco Central y fortalecer de alguna manera la industria gráfica local.

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Escritores libreros: estar de los dos lados del mostrador. Daniel Gigena en La Nación

Escritores libreros: estar de los dos lados del mostrador. Daniel Gigena en La Nación

En una historia de los escritores libreros de la ciudad de Buenos Aires figurarían, en orden más o menos caótico, los nombres de Luis Gusmán, Germán García, Guillermo Piro, Lucas Soares, Raúl Santana, Jonás Gómez, el enigmático J. P. Zooey, Osvaldo Lamborghini e Isidoro Blaisten.

Papel: 1 / E-book: 0. El apocalipsis que nunca llegó. Natalia Gelós en La Nación

Papel: 1 / E-book: 0. El apocalipsis que nunca llegó. Natalia Gelós en La Nación

Mientras caen las ventas de libros digitales en varios países, la profecía sobre el fin del papel está cambiando: la convivencia entre formatos será el signo de la lectura que viene.

Anunciaban un gran éxodo -algunos, todavía lo dicen-: lectores que, como manadas desbocadas, se lanzarían hacia los libros digitales y olvidarían para siempre la idea de la biblioteca material, de sus páginas subrayadas a mano, las flores secas, los papelitos que quedan guardados en los libros viejos. Por un tiempo, los números dieron la razón en Estados Unidos, donde el mercado editorial apostó el grueso de sus fichas a lo electrónico: mientras las ventas de e-books se disparaban, las de los libros impresos se estancaban y, en muchos casos, caían. La noticia de la quiebra de Editorial Fronteras en 2001 alimentó ese presagio apocalíptico.

Pero algo pasó. Como si en el último round, el cuerpo del viejo boxeador sobre la lona empezara a agitarse y a dar pelea otra vez. Este año, las ventas de libros digitales disminuyeron en Estados Unidos y empezaron a inaugurarse más librerías tradicionales. Los grandes sellos comenzaron a buscar espacio extra para guardar las futuras tiradas. Hachette amplió su almacén de Indiana, y Simon & Schuster, sus galpones de Nueva Jersey. Random House invirtió cerca de 100 millones de dólares para almacenamiento y para acelerar la distribución. Espacio físico y dinero: así puede medirse la apuesta por lo tradicional. El diario The New York Times prestó especial atención a esos datos, para ellos sorpresivos. Pero ¿de veras peligró alguna vez la existencia del libro tradicional? ¿Peligra aún? ¿Qué pasa en la Argentina? ¿Por qué, todavía, lo incierto es la única certeza? En definitiva, ¿el libro en papel y el electrónico protagonizan o no una batalla?

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