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Sobre algunos enamorados de los libros. Philippe Claudel. Minúscula

Sobre algunos enamorados de los libros. Philippe Claudel. Minúscula

Philippe Claudel

Sobre algunos enamorados de los libros.

Minúscula

Traducción: Lluís Maria Todó

2018. 112 p.

Colección: Tour de force

ISBN 978-84-946754-8-5

Pocas cosas hay en esta vida que superen la magia de un libro. Y pocas cosas más fáciles, para un bibliófilo sin remedio, que escribir un elogio de la lectura. Que si Rubén Darío llamó a los libros «antorchas del pensamiento», que si, como dijo Emerson, la lectura puede decidir el curso de una vida, que si «leer es viajar por uno mismo», siguiendo a Juan Gelman. Solo habría que empezar a hilar citas añadiéndoles una pizca de experiencia personal lectora. Me ahorraré el mal trago. Otros, como Alberto Manguel, lo han hecho con muchísimo más acierto y más sabiduría. Sin embargo, ¿qué pasa cuando, en un giro a lo Erasmo de Rótterdam, ese elogio de la lectura se convierte en un elogio de la locura? No, no pretendo hacer pasar este juego de palabras por propio ni mucho menos. La combinación la hizo, a principios del siglo XX, G.K. Chesterton en un conjunto de ensayos de titulado Lectura y locura, en el que proponía, entre otras muchas cosas, que los letraheridos redomados conversaran un mínimo de cuarenta y cinco minutos al día «con un mozo de cuadras o con la casera de una pensión» para poner los pies en la tierra.

Mucho de ese sarcasmo chestertoniano hay en el último libro de Philippe Clauderl, publicado por Minúscula. Lo intuimos desde el título, con un subtítulo que recuerda a esos kilométricos nombres con los que los autores bautizaban a sus libros antiguamente, como hiciera por ejemplo Daniel Defoe con Robinson Crusoe. En concreto, el nombre del libro completo sería: «Sobre algunos enamorados de los libros a quienes fascinaba la literatura y que aspiraban a convertirse en escritores pero no lo consiguieron por diversas causas relacionadas con las circunstancias, con el siglo en que nacieron, con su carácter, debilidad, orgullo, cobardía, molicie, bravura, o incluso con el azar, que hace de la vida un juguete y de nosotros, en sus manos, tan solo diminutas criaturas, vulnerables y taciturnas.» Mención de honor a la edición francesa que optó por llenar la cubierta del libro con esta sublime parrafada.

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El libro y el editor de Éric Vigne visto por Alejandro Gamero

El libro y el editor de Éric Vigne visto por Alejandro Gamero

El tremendo avance que la autopublicación ha experimentado en los últimos años ha tenido sus ventajas y sus inconvenientes. Publicarse a uno mismo ya no es una labor tan cara ni tan tediosa como antiguamente. Existen infinidad de opciones para los autores que permiten llegar a un público potencialmente ilimitado a un coste bastante económico. Plataformas como Amazon, por poner un ejemplo, permiten al autor publicar su novela en tiempo récord tanto en soporte físico, con impresión bajo demanda, como digital, otorgando al creador un control total sobre su obra. Pero conviene no confundir los conceptos de «publicar» y «editar» ‒en ese sentido, incluso se podría poner en duda la «autoedición»‒. Puede parecer una afirmación de Perogrullo, pero editar implica seleccionar un texto, corregirlo y maquetarlo para, a continuación, pasar a publicarlo, que es cuando se le da la forma de libro, ya sea en papel o en digital.

La confusión de conceptos no deja de ser hija de los tiempos que corren. Si la autopublicación es una opción viable a la edición tradicional, si las tecnologías son cada vez más baratas y sencillas de utilizar y los canales de distribución y comercialización más efectivos, entonces ¿para qué necesitamos a editoriales y a editores?

 

Para empezar, conviene no subestimar el proceso de selección que lleva a cabo una editorial. No hay duda de que se publica demasiado. Solo en 2016 se publicaron en España 81.391 libros. En su ensayo Los demasiados libros Gabriel Zaid advierte que los libros se multiplican en proporción geométrica mientras que los lectores lo hacen en proporción aritmética. Entre 1950 y 2000 se llegaron a publicar aproximadamente 36 millones de ejemplares, lo que equivale a un libro cada medio minuto. «Si uno leyera un libro diario estaría dejando de leer cuatro mil publicados el mismo día. Es decir: sus libros no leídos aumentarían cuatro mil veces más que sus libros leídos», dice Zaid. Y, según todo parece indicar, estas cifras continuarán creciendo en las próximas décadas. Ante semejante panorama es innegable que los filtros son necesarios, que editoriales y editores tienen que jugar ahora más que nunca un papel fundamental en el mundo del libro.

Es por eso que ensayos como el de Éric Vigne, El libro y el editor, son tan de agradecer. No solo porque reivindique el papel no ya de la editorial sino del editor, como persona, sino porque hace un análisis crítico tremendamente exhaustivo de la industria editorial y de las transformaciones que ha padecido durante todo el siglo XX, ofreciendo un panorama muy esclarecedor de la situación actual.

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El síndrome del lector de Elena Rius. Reseña de Alejandro Gamero

El síndrome del lector de Elena Rius. Reseña de Alejandro Gamero

Con el tiempo, y las idas y venidas por el los anchos e interminables océanos de Internet, uno va atesorando una lista de sitios en los que se siente tan a gusto como en casa y a los que vuelve cada dos por tres. Quien siga mis andanzas por La piedra de Sísifo sabrá que el blog Notas para lectores curiosos de Elena Rius, del que he hablado en decenas de artículos, es uno de esos lugares. Porque aunque es cierto que en el mundo digital levantas una piedra de piedra y te salen de debajo páginas sobre literatura como churros, no es menos cierto que la originalidad escasea, más allá de la afiliación amazónica o de las reseñas del «te resumo el libro y esto me gusta y esto no me gusta». Por eso, cuando supe Elena iba a dar el salto de la pantalla al papel y que además lo hacía en la colección Tipos móviles de Trama Editorial, que tiene joyas como De oficio, lector de Bernard PivotLas razones del libro de Robert Darnton o Llamémosla Random House de Bennet Cerf, entre muchas otras, sabía que el libro, titulado El síndrome del lector, iba a ser de los de fondo de armario.

   ¿Qué ha pasado de Notas para lectores curiosos a El síndrome del lector? Convertir un blog en libro en ocasiones puede parecer un ejercicio gratuito. ¿Para qué hacerlo, si todo está disponible de forma gratuita en Internet? Como Elena dice en la introducción del libro, el formato blog, con su estructura cronológica, tiende a ser más efímero en cuanto que los artículos más antiguos tarde o temprano acaban cayendo en el olvido, en ese pozo sin fondo que es la red, cosa que no ocurre en el libro, donde la página 89 no es ni más ni menos importante que la 121. Sin embargo, El síndrome del lector es mucho más que una transcripción palabra por palabra del contenido del blog. Elena ha cribado cincuenta artículos de entre un total de más de cuatrocientos, eliminando aquellos más circunstanciales o fugaces y manteniendo los que cumplen con un mínimo de calidad ‒que los que conozcáis el blog sabéis que es bastante alta‒, que además han pasado por un proceso de revisión y, en algunos casos, de reescritura.

   Al mismo tiempo, los artículos han sido agrupados en cuatro bloques temáticos titulados «Maneras de leer», «El síndrome del lector», «Curiosidades librescas» y «Galería de bibliómanos». Cada una de ellas está precedida de una pequeña introducción donde se nos explica de qué se va a hablar. El primero de ellos es una sección que incluye pequeñas reflexiones, de no más de dos o tres páginas, en los que se hace un repaso sobre el acto de leer desde distintos puntos de vista, desde los hábitos de los lectores hasta dónde o cuándo se lee. Algunas partes están muy en la línea de La manía de leer de Víctor Moreno.

   Los tres apartados restantes siguen una línea bastante parecida a la de La piedra de Sísifo y a la de títulos como Enfermos del libro de Miguel Albero o Libros malditos, malditos libros de Juan Carlos Díez Jayo. Están llenos de anécdotas y curiosidades acerca del mundo del libro, de lectores incurables y sus manías o de coleccionistas enfermizos. Cosas que pasan cuando te gustan mucho los libros, libros para ligar, viajar con libros, packs literarios, finales abruptos, personajes literarios y sus nombres, libros falsos, y así varias decenas de artículos.

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Elena Rius es autora de El síndrome del lector (19 €) editado en la colección Tipos móviles.

 

 

 

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Thomas Phillipps, el hombre que intentó tener todos los libros del mundo. Alejandro Gamero en La piedra de Sísifo

Thomas Phillipps, el hombre que intentó tener todos los libros del mundo. Alejandro Gamero en La piedra de Sísifo

A diferencia de un lector cualquiera, incluso de los más vehementes, el bibliófilo ‒que a veces puede no ser lector‒ idolatra los libros más que por su contenido, que también, por su materialidad física. Sin embargo, incluso en esta bibliopatología existen grados. La bibliofilia alcanza su nivel más extremo cuando la obsesión por los libros se convierte en una locura capaz de condicionar o de devorar la vida de una persona y la de aquellos que lo rodean ‒y sino que se lo digan a Langley Collyer, que murió aplastado por una avalancha de libros sin ser bibliófilo‒. Entonces, más que de bibliofilia habría que hablar de bibliomanía. No es que haya habido muchos chiflados que encajen en el perfil del bibliómano, pero haberlos haylos, y entre ellos destaca, muy por encima del resto, Thomas Phillipps, de quien podría decirse que más que bibliómano es bibliomaníaco de manual, si es que hubiera manuales de bibliomanía.

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El fin de los libros y otros cuentos para bibliófilos en La piedra de Sísifo

El fin de los libros y otros cuentos para bibliófilos en La piedra de Sísifo

Escribe Alejandro Gamero:

Es posible que Octave Uzanne sea un completo desconocido para la gran mayoría de los lectores, pero para los que nos recreamos bajo la etiqueta de bibliófilos, aquellos que amamos los libros en su materialidad más física, no nos puede ser indiferente el nombre de uno de los más ilustres e insignes bibliófilos del siglo XIX. Además de fundar la eminente Societé des Bibliophiles Contemporaines, de la que fue presidente, Uzanne destacó por sus espléndidos trabajos sobre autores del siglo XVIII y XIX, como el marqués de Sade o Baudelaire. Personaje extraño e interesante donde los haya, Uzanne representaba un nuevo tipo de bibliófilo muy de finales del siglo XIX, más interesado por la creación de nuevas obras bibliófilas de lujo que por la reedición de obras antiguas, lo que explica su estrecha colaboración con impresores, encuadernadores, tipógrafos y artistas, especialmente los simbolistas y artistas del temprano modernismo.

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