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Diccionario de una loca. Óscar Esquivias en 20 minutos. Sobre La vida fácil de Alda Merini

Los libros de Alda Merini llegan a las librerías españolas en silencio, sin ninguna publicidad. Uno se los encuentra por sorpresa en las estanterías y en las mesas de novedades de las buenas librerías, humildes, casi escondidos. A mí todas las obras de Alda Merini me sorprenden, me llenan de alegría y a la vez me hieren. Sospecho, además, que sus lectores (y sus editores) también estamos un poco locos y por eso la amamos tanto.

El último libro que he descubierto es La vida fácil (Trama, 2017; traducción de Chiara Giordano y Javier Echalecu). Se trata de un diccionario personal en el que recopila breves y libérrimos ensayos inspirados en objetos cotidianos (como las llaves, el pan, las sábanas o el sujetador) y en diversas vivencias o conceptos (los ángeles, el engaño, la oscuridad). En el original italiano este prontuario íntimo va de “adulterio” a “vecchiaia” (vejez); en español, lógicamente, el orden alfabético ha dado un resultado distinto y la última entrada es “zapatos”. Cada uno de estos articulitos es una suerte de monólogo en primera persona, de manera que no sorprende una nota final de la autora en la que declara la intención dramática del texto: una buena actriz podría hacer una adaptación maravillosa.

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Poeta al teléfono. Sobre Alda Merini y La vida fácil. Elena Sierra

Texto publicado originalmente en el suplemento Pérgola del periódico Bilbao.

La italiana Alda Merini pasó largas temporadas ingresada en ‘manicomios’ pero nunca dejó de crear una obra por la que hace veinte años Dario Fo se empeñó en que fuera propuesta para el Premio Nobel.

“Picasso hacía lo mismo. No le permitían, dibujar, así que embadurnaba con barniz fresco las sábanas recién lavadas, tanto que le tacharon de idiota y endiablado. Jóvenes o viejos, los genios han hecho siempre cosas de lo más extrañas”, escribió la poeta Alda Merini (Milán, 21 de marzo de 1931-1 de noviembre de 2009) en uno de los pequeños textos que recoge el libro ‘La vida fácil’. Silabario’, publicado por Trama Editorial recientemente. Merini habla en ese capitulillo titulado ‘Agenda telefónica’ del genio, de la rareza, y lo hace en este caso partiendo de sus propias cosillas: cuando estaba en casa, solía apuntar números de teléfono en la pared. Dice en este textito que eso ocurría porque en el batiburrillo del hogar -con cuatro hijas y muchos escritos y poco tiempo para la organización del día a día- era incapaz de encontrar un bolígrafo y un papel en el momento justo.

Pero también podría haber contado, como lo hacen los traductores del libro en el prólogo, de sus largas conversaciones telefónicas, de sus muchos cigarrillos al día (hasta ochenta), de cómo le surgían imágenes y con ellas poemas cuando las mantenía, de todas las veces que le dictó a su editor esas obras al aparato, del collar de perlas que llevaba siempre al cuello aunque no tenía una lira. Y de sus problemas mentales, que durante dos décadas la tuvieron entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos, y que jamás silenció. Al contrario: fueron tema literario para ella.

Merini era una persona diferente. Lo fue desde pequeña, cuando su primer verso, “escrito con tiza en la pizarra, llamó la atención de todo el mundo. Incluso a mí me cogió por sorpresa. Comencé a creerme poeta”. Lo creyeron otros muchos también, y lo creyeron enseguida. Cuando solo tenía 15 años, el poeta y crítico Giacinto Spagnoletti la descubrió y la incluyó en su antología de la poesía italiana del periodo 1909-1949; y un par de años después, gracias a la intermediación de Eugenio Montale y de Maria Luisa Spaziani, otros dos creadores de la época, dos de sus poemas inéditos formaron parte de otro volumen recopilatorio, ‘Poetesse del Novecento’.

Nadie habría podido decir que Merini llegaría tan alto, no ya por la edad, sino por el origen humilde y la falta de estudios. Una vez se encontró a un famoso banquero por la calle y le dijo “Tengo hambre”… A lo que el banquero hizo oídos sordos -le dedicaría más tarde unos versos-. Hija de un dependiente en una compañía de seguros y un ama de casa, la menor de tres hermanos, no pudo entrar en el Liceo porque suspendió el examen de italiano. Pero el genio no encuentra obstáculos, y entre los 15 y los 22 años lo suyo fue un no parar de escribir y de conocer artistas de renombre a pesar de que en 1947 ya había tenido que estar un mes internada en un hospital (sus padres murieron siendo ella muy joven y casi a la vez, lo que la desequilibró).

Seguir leyendo en el periódico Bilbao.

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