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Leer en la cama. Elena Rius

Leer en la cama. Elena Rius

Cada cual tiene sus pequeños ritos y manías para propiciar el sueño. Hay quien necesita que la cama esté orientada de una forma determinada, quien escucha la radio, los fanáticos de la oscuridad completa, que usan hasta antifaz… Los lectores no concebimos la posibilidad de dormir si antes no hemos leído unas cuantas páginas; pueden ser muy pocas, si el cansancio aprieta y el libro se te cae literalmente de las manos, o muchísimas, si el libro es tan apasionante que resulta imposible dejarlo. (¡Esas noches en que te dan las dos y las tres y a cada capítulo te prometes que será el último!) Pero poco o mucho, dormir sin antes haber leído parece -o me lo parece a mí al menos- una aberración. Lo primero que hago, cuando llego a un hotel o a cualquier nueva habitación donde haya de pernoctar, es colocar mi libro en la mesilla: una promesa que anticipa los agradables momentos en que la lectura abre la puerta del sueño.
Lo de leer en la cama es una actividad relativamente nueva, como recordaba hace poco un artículo en The Atlantic. Disponer de la privacidad de una habitación dedicada solo al sueño es algo reciente. Hasta hace poco, los pobres desde luego no podían permitirse ese lujo, pues se hacía la vida en una o dos habitaciones. En 1837, un testigo describía así las viviendas de una pequeña aldea francesa, según se recoge en la Historia de la vida privada:

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A vueltas con la lectura. Eduard Miralles

A vueltas con la lectura. Eduard Miralles

Si se comparan con otras modalidades de espacios para la cultura las bibliotecas, a lo largo de su historia, han demostrado una elevada capacidad de adaptación al encargo efectuado desde sus políticas culturales de referencia. Así pues, han pasado de ser almacenes de libros custodiados con actitud más o menos policial a devenir verdaderos supermercados de servicios, con flexibilidad horaria y facilidades de préstamo, e incluso a transformarse en centros de recursos para el fomento de la lectura entre capas más o menos amplias de la ciudadanía.

Pero hoy parece que las bibliotecas están en crisis y que el entusiasmo de sus promotores y profesionales se orienta hacia otras tareas, ni mejores ni peores, sino sencillamente distintas. Ya sea porque los usuarios tradicionales no encuentran lo que buscan, o quizás mejor no buscan lo que encuentran ya en otras partes, porque los no usuarios no consiguen romper la pared de cristal que los aleja de la lectura, o simplemente porque la biblioteca se ha convertido en terreno abonado a otras lecturas (otros continentes y otros contenidos), la ingente inversión en servicios de lectura pública llevada a cabo en algunos lugares de España no concuerda con su limitado impacto en la mejora cuantitativa y cualitativa de las competencias lectoras entre la ciudadanía.

Mientras la asignatura pendiente de la Biblioteca Provincial de Barcelona parece caer definitivamente en el olvido, se yuxtaponen incoherentemente planes de fomento de la lectura (ministeriales, locales y autonómicos) y plataformas de indiscutible tradición y prestigio como la red de bibliotecas de la provincia de Barcelona predican una nueva generación de equipamientos bibliotecarios en pos de un reconocimiento más asociado a la cultura de lo “maker” o de los nuevos ocios urbanos que a las labores propias del sistema bibliotecario. Prescriptores incontestables como lo ha sido, durante los últimos años, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, poco después de la muerte de su fundador da un golpe de timón y clausura su base de operaciones en Salamanca, reduce considerablemente su equipo técnico y modifica el programa de “La Casa del Lector”, en el recinto del antiguo Matadero madrileño, dirigido hasta la fecha por el exministro de cultura César Antonio Molina. (Tiempo atrás sucedió algo parecido con el programa de bibliotecas de la Fundación Bertelsmann, edificada sobre el patrimonio de aquel viejo editor de biblias luterano…)

Algo no funciona bien con las políticas para la lectura. Cuando la digitalización a gran escala reclama nuevas herramientas para transformar la información en conocimiento. Cuando leer sigue siendo una operación que, poco más o menos, se practica de forma similar a como se practicaba a principios del siglo XX. Cuando probablemente más falta hagan, las bibliotecas no pueden mostrarse ausentes.

Eduard Miralles, Presidente del Patronato de la Fundació Interarts.

Publicado en el boletín Cyberkaris 169, Junio 2017.

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Contra la arrogancia de los que leen. Cristian Vázquez en Letras Libres

Contra la arrogancia de los que leen. Cristian Vázquez en Letras Libres

Muchos lectores están convencidos de ser superiores a quienes no leen, y sienten por ellos una conmiseración que pronto se convierte en menosprecio. Pero no existe tal superioridad, y esos sentimientos son paradójicos, dado que, en teoría, la lectura promueve la empatía y la tolerancia.

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Entre los numerosos motivos que suelen hacer que algunas personas se sientan superiores a las demás, uno bastante frecuente es el de haber leído. Hay gente que cree que, solo por haber leído unos cuantos libros a lo largo de su vida, tiene mayor autoridad ética o moral que la gente que no lo ha hecho. No solamente minusvaloran sus ideas y opiniones, sino que además a menudo convierten a esas personas en objeto de burlas.

Es curioso, porque el efecto debería ser justo el contrario. Se atribuye a Flaubert una frase que afirma que “viajar te hace modesto, porque te das cuenta del pequeño lugar que ocupas en el mundo”. Pues leer debería hacerte modesto también, ya que te permite advertir lo poco que sabes cuando hay tanto por saber. O te hace leer consejos como aquel con el que comienza El gran Gatsby, una de las mejores novelas del siglo XX: “Cada vez que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido tus ventajas”. Con solo hacer caso de esa recomendación, los lectores arrogantes ya reducirían a la mitad los méritos que hacen para recibir ese calificativo.

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Los motivos por los cuales muchas personas no leen —la mayor parte de la humanidad, por cierto— son muy variados. En general se trata de una falta de gusto por la lectura, con frecuencia debido a que ese gusto no tuvo oportunidad de ser desarrollado, en muchísimos casos a causa de condiciones socioeconómicas (pobreza, marginalidad, instituciones educativas deficientes, empleos que demandan mucho tiempo y esfuerzo físico, etc.) que lo tornan muy dificultoso o virtualmente imposible, como bien lo sabía el padre del narrador de El gran Gatsby.

Sería deseable, desde luego, que esos obstáculos se eliminaran o se redujeran al máximo y que todo el mundo tuviera oportunidad de desarrollar el gusto por la lectura. Más allá de eso, en cualquier caso, es muy interesante en este sentido la mirada del escritor argentino César Aira, quien en un texto sobre literatura y best sellers afirma que a la gente que no lee ni quiere leer literatura “no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente que no quiere practicar caza submarina; además, entre la gente que no se interesa en la literatura se cuenta el noventa y nueve por ciento de los grandes hombres de la humanidad: héroes, santos, descubridores, estadistas, científicos, artistas; la literatura es una actividad muy minoritaria, aunque no lo parezca”.

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De libro en libro. Elena Rius

De libro en libro. Elena Rius

Todos los grandes lectores, sin excepción, tenemos un rincón, una estantería, una mesa, donde se amontonan las lecturas pendientes. Una pila que, por más que leamos sin tregua, nunca disminuye. Antes bien, tiene una peligrosa tendencia a crecer hasta alcanzar a veces dimensiones inmanejables. De hecho, yo misma de vez en cuando me veo obligada a hacer una poda en ese montón de libros siempre en expansión. Descubro entonces que algunos de los que en su momento clasifiqué como “de próxima lectura” han perdido interés, o tal vez ha transcurrido tanto tiempo que he olvidado qué fue lo que me atrajo de ellos. Entonces, pasan a engrosar otras nutridas filas, las de los libros que sé que no voy a leer en un futuro inmediato, pero que forman parte de mi biblioteca. Nunca se sabe cuándo va a sentir una la necesidad de recurrir a ellos. Por unos días, la aglomeración en la pila de lecturas pendientes disminuye, pero no tarda en verse acrecentada por nuevos volúmenes. Que quizá serán leídos o quizá languidecerán ahí hasta que, a su vez, resulten eliminados en la próxima poda.
En ese caso, dirán ustedes, elegir la próxima lectura no entraña otra dificultad que seleccionar uno entre los libros allí apilados. Pues no. Ni tan sencillo -porque los libros son muchos, ¿a cuál dar prioridad?-, ni tan evidente. Los lectores solemos tener una suerte de radar interior que nos va guiando de un libro a otro.

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Elena Rius es la autora de El síndrome del lector, editado en la colección Tipos móviles.

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Leer la lectura. Roger Chartier en Texturas 21

Leer la lectura. Roger Chartier en Texturas 21

Compra hasta el 12 de junio el artículo completo y todos los contenidos de Texturas 21 en digital por sólo dos euros. Acceder.

En su pequeño libro A importância do ato de ler (1982), Paolo Freire distinguía dos sentidos de la palabra «leer». Un sentido literal: leer es leer letras, palabras, libros. Esta lectura supone la alfabetización, el aprendizaje escolar, el dominio de la palabra escrita. Pero «leer» tiene también un sentido metafórico. Leer es, antes y después de la lectura de libros, «leer» el mundo, la naturaleza, la memoria, los gestos, los sentimientos —todo lo que Paolo Freire designa con un neologismo: palavramundo—. Leer la lectura, como lo indica el título de mi conferencia, es tal vez entender las relaciones entre estos dos sentidos del verbo «leer», considerando, por un lado, la especificidad de la lectura de libros —que debe evitar el peligro de un uso descontrolado y excesivo de la palabra, como si toda «lectura» estuviera gobernada por las reglas que caracterizan el desciframiento de los textos— y por otro lado, los procesos que organizan según lógicas muy diferentes la comprensión inmediata del mundo, de las experiencias de la existencia, y su encuentro con lo escrito.

En 1968, en un ensayo que llegó a ser célebre, Roland Barthes asociaba la omnipotencia del lector con la muerte del autor. Destronado de su antigua soberanía sobre el lenguaje o por «las escrituras múltiples, surgidas de diversas culturas y que establecen entre sí una relación de diálogo, de parodia y de oposición» (p. 66), el autor debe ceder su preeminencia al lector, entendido como «aquel que reúne en un mismo campo todas las huellas que constituyen lo escrito» (p. 67). El lugar de la lectura estaba, pues, considerado como aquel en el que se reordena el sentido plural, móvil e inestable del texto, como el lugar donde lo escrito adquiere su significación. Sin embargo, poco tiempo después de reconocido el nacimiento del lector se multiplicaron los diagnósticos que anunciaron su muerte. Esos diagnósticos se presentan de tres formas:

Prácticas de lectura
La primera muerte remite a las transformaciones de las prácticas de lectura. En Francia, al comparar encuestas estadísticas referentes a prácticas culturales, si bien no se observa un retroceso del porcentaje global de los lectores —ya que tanto en 2008 como en 1973 un 70% de los encuestados dice haber leído por lo menos un libro en el año anterior—, al menos se nota la disminución de la proporción de los «forts lecteurs», es decir, los lectores
que leen más de veinte libros por año. Este retroceso es particularmente importante en la franja de lectores comprendida entre los 19 y 25 años, y en la población masculina, lo que produce como consecuencia una «feminización » de la lectura (Donnat, 2012).

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¿Lo importante es que la gente lea? Evelio Martínez Cañadas en Biblogtecarios

¿Lo importante es que la gente lea? Evelio Martínez Cañadas en Biblogtecarios

El filósofo Aurelio Arteta dedicó uno de sus libros a examinar un tema curioso: los tópicos. Expresiones como “no es nada personal”, “al enemigo ni agua”, “sé tú mismo”,… A pesar de que en principio parecen inofensivos, Arteta pensaba que los tópicos tienen un lado oscuro. Como explicaba en una entrevista en el diario La Vanguardia:

Muchas veces bastantes tópicos cumplen una función positiva porque con una frase condensamos nuestra experiencia de manera que así la explicamos perfectamente. Pero en más de una ocasión esa frase dice otras muchas cosas más de lo que creemos. Dice cosas literalmente falsas.

Los tópicos campan en todos los ámbitos, y de vez en cuando se puede leer un tópico recurrente en el ámbito de la lectura: lo importante es que la gente lea. Así, a secas.

No diré, como Arteta, que este tópico diga cosas falsas, pero sí que me parece que es matizable. En esta entrada me gustaría hacer tres breves reflexiones que muestren algunos de esos matices, en forma de preguntas abiertas para tu consideración. Creo que investigar aquello que no se contempla en el tópico puede tener el valor de hacernos reflexionar sobre lo que implica el acto lector, más allá de tener en cuenta el acto mismo de leer.

Antes de empezar, haré las necesarias aclaraciones previas. Me parece que, a priori, cualquier consumo de producto cultural es muy respetable. También me parece que afirmaciones como “el producto (libro, disco, grupo,… lo que sea) X es mejor que Y” carecen de sentido, a menos que se especifique y se argumente qué es “ser mejor”… y aun así, eso no garantiza (ni tiene por qué hacerlo) que se llegue a ningún tipo de acuerdo o de verdad trascendente.

Lo que sí creo, como ya escribí en su día en esta plataforma, es que por un lado privarnos de examinar nuestros gustos también nos priva de la oportunidad de examinar la influencia de nuestro consumo cultural en nuestra visión del mundo; y por el otro, blindarnos ante la crítica cultural también es una manera de blindarnos ante los múltiples beneficios de la cultura.

Dicho lo cual, vamos con las tres reflexiones. Sin ningún orden en particular:

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Fantasmas del saber (Lo que queda de la lectura). Noé Jitrik. Ampersand

Fantasmas del saber (Lo que queda de la lectura). Noé Jitrik. Ampersand

noejitrikAUTOR: Noé Jitrik

TÍTULO: Fantasmas del saber (Lo que queda de la lectura)

FECHA DE EDICIÓN: Febrero 2017

ISBN: 978-987-46213-6-8

N.º DE PÁGINAS: 112

ENCUADERNACIÓN: rústica

DIMENSIONES: 20 x 12

EDITORIAL: Ampersand

“El efecto al que puede aspirar la lectura es a cambiarle la vida a la gente”, afirma el escritor y crítico literario Noé Jitrik, nacido en la localidad bonaerense Rivera en 1928, mientras presenta un nuevo libro de la colección Ampersand: “Fantasmas del saber (lo que queda de la lectura)”, en el que indaga sobre su vínculo con la lectura y traza el mapa los libros que lo marcaron.

Noé es autor de cuentos, novelas y ensayos críticos, literarios e históricos y hoy se desempeña como director del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Buenos Aires. En el nuevo libro traza un itinerario en el que desarrolla su vínculo con la lectura desde el el primer libro que leyó: La cabaña del Tío Tom, a su apasionado descubrimiento de Franz Kafka, su encuentro con el mundo de Roberto Arlt y lo que fue significando ese ritual a lo largo de su vida.

Despertar; Desplazarse; Vértigo; Cacería; Provocación, son los nombres de algunos de los once capítulos que componen el libro en el que Noé Jitrik describe el acto de leer como “físico” porque señala que “Compromete vísceras, mente y corazón. Es como caminar, a medida que se lee, cuando uno camina, otras lecturas lo están esperando, otros mundos y otras voces”.

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La lectura y la vida. Elena Rius

La lectura y la vida. Elena Rius

Nuestro ministerio de Cultura -¡ay, no!, que ahora van Educación, Cultura y Deporte en un mismo saco- ha anunciado un nuevo Plan de Fomento de la Lectura. Según nos informa el propio ministerio, con datos de una Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales elaborada por su departamento, en el año 2015, el 62% de españoles afirmaba haber leído al menos un libro en el último año. No es un dato especialmente malo -veníamos de cifras más bajas-, pero tenemos aún un porcentaje nada despreciable de gente que no lee ni un libro al año. Bienvenido sea, pues, todo lo que se pueda hacer en favor de la lectura, sobre todo si se traduce en más recursos: más bibliotecas públicas y con más fondos, más apoyo a las librerías -por cierto, alguien debería preocuparse alguna vez de solucionar el cuello de botella de la distribución, tan rematadamente complicada en este país: si los libros no llegan a los lectores, es como tirarlos a un pozo-, a la lectura en las escuelas y a las bibliotecas escolares, demasiado a menudo inexistentes o muy mal surtidas.

Es cierto que la ficción, en un sentido amplio, nos permite vivir otras vidas. Como dijo Vargas Llosa, “Inventamos las ficciones para vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando disponemos de una sola”.  Pero eso también nos lo da el cine, o las series, sin duda de ahí su inmensa popularidad. La ficción en pantalla es además fácil e inmediata, imagen y sonido nos atrapan y nos envuelven. Si los guionistas, los actores y el director han hecho bien su trabajo,

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Elena Rius es autora de El síndorme del lector publicado por Trama editorial en su colección Tipos móviles.

 

 

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Elogio de la lectura. Xavier Antich en El Nacional

Elogio de la lectura. Xavier Antich en El Nacional

Se acerca Sant Jordi. Como cada año, el acontecimiento europeo más multitudinario, popular y festivo con el libro como protagonista absoluto. Librerías y editoriales llenarán las calles y plazas del país y, por un día, la ciudadanía se definirá por su condición lectora, comprando libros y regalándolos.

La lectura de libros es un acto extraño, peculiar y, en cierto sentido, inquietante. No es un acto natural, sino cultural. Quizás, el acto cultural por excelencia. Y la respuesta a la pregunta ¿por què leemos? tiene, seguramente, tantas respuestas como lectores. No me refiero a la lectura eventual, accidental o esporádica, aquella que no se consolida en un hábito: quien lo hace así, quizás todavía no ha descubierto la auténtica revelación que provoca siempre la lectura de un libro imprescindible, y no todos lo son, por fortuna. Por eso cuesta entender los que dicen, como excusándose, que no leen porque no tienen tiempo. En realidad, lo que se quiere decir, con ello, es que la lectura, tal como la han conocido y por lo que significa en sus vidas, no es, todavía, y quizás no lo llegue a ser nunca, un acto necesario. Me refiero, más bien, a la lectura que es capaz de ofrecer aquello que, por nosotros mismos, nunca llegaríamos a conocer o descubrir. Cuando eso ha pasado una vez, y sólo hace falta que pase una vez, ya es difícil que la lectura no sea un hábito: la persistencia en una costumbre que busca encontrar, en cada lectura, aquello que, quizás, una vez, se ha producido: la revelación de un mundo.

La lectura, en realidad, nos pone ante la vida de los otros, ante una intimidad que, si no fuera por el texto, nos sería completamente inaccesible. Pensemos, por ejemplo, en este pasaje de En el corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado”, como escribió el poeta Jorge Luis Borges. Se trata del momento en que el narrador habla de Kurtz, a quien ha buscado durante toda la novela y al cual, finalmente, encuentra, pocos momentos antes de morir: “En aquel momento, estaba vivo delante de mí, vivo como siempre había sido, una sombra insaciable de espléndidas apariencias, de espantosas realidades; una sombra más oscura que la sombra de la noche, y noblemente envuelta con el manto de una sensacional elocuencia”.

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«Homo legens» o la lectura como clave de vida. Antonio Basanta en Revista Texturas 30

«Homo legens» o la lectura como clave de vida. Antonio Basanta en Revista Texturas 30

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Somos lo que leemos. Como personas y como sociedad. Más aún: somos en la extensión y cualidad de nuestras actitudes y aptitudes lectoras. Leer es anterior a la aparición de la escritura, de los alfabetos; incluso a la propia presencia del lenguaje verbal.

No hay homo sapiens sin homo legens: homo que sabe –o que aspira a saber– porque es mujer y hombre que lee. Ninguna otra actividad explica mejor nuestra aventura civilizatoria como especie que ésta del leer.

Fuimos y somos lectores del mundo que nos envuelve y nos acoge. Del trueno y del rayo. De la luz y sus certezas, de la noche y sus misterios. Del gran mapa del firmamento. De la brisa que trae el anuncio de la lluvia. Del solano que anticipa su desierto…

Fuimos y somos lectores de nuestro mundo interior. De nuestras emociones. De nuestra imaginación, de nuestros sueños. Saber leer es saber leerse.

Fuimos y somos lectores de nuestros semejantes. No hay empatía sino como consecuencia de la acción de leer, de penetrar en el mundo del otro y de lo otro, para convertirlo también en nuestro propio texto. Leer es el sustento básico de la comunicación. Y la comunicación es el origen primero de la comunidad.

Lectores de lo real y lectores de lo simbólico. De lo tangible y de lo intangible. De las eternas preguntas que no cesan. De las eternas respuestas que no sacian.

Pensar no es sino un ejercicio de lectura.
Como sentir.
Como imaginar.
Como intuir.
Como decidir.
«Homo legens»
o la lectura como clave de vida.
Leer va más allá de soportes y de destrezas. Está en nuestra propia esencia. Su ausencia nos haría sencillamente inexplicables. Leemos como respiramos. Con idéntica feliz naturalidad e inercia…

 

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