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Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

La mitad de las personas que no leen aseguran que la razón es la falta de tiempo, según el último Barómetro de Hábitos de Lectura. Quizá por eso la nueva gran apuesta de la industria editorial son los audiolibros, es decir, libros en formato de sonido, como un podcast, que aspiran a ocupar el tiempo de la gente mientras conduce su coche, hace deporte, friega los cacharros o se dedica a otra actividad que –al menos en teoría– le ocupa los brazos, los ojos y otras partes de su cuerpo, pero no toda su atención.

La del audiolibro es una industria fructífera en Estados Unidos: generó 2.500 millones de dólares en 2017. En España, sin embargo, parecía que no iba a cuajar. Hace poco más de un lustro, las editoriales locales lo consideraban un “negocio frustrado”, alegando razones de hábitos culturales, costes de producción, distribución y derechos de autor. Ahora, sin embargo, tal vez animadas por el hecho de que plataformas como Spotify, Netflix y HBO han creado una cierta “cultura de la suscripción” y por el desembarco de Storytel, el gigante sueco especializado en audiobooks, vuelven a ver en este formato una oportunidad.

El caso es que, ante este posible nuevo auge, surgen preguntas de índole científica y casi filosófica: escuchar un audiolibro, ¿es leer? ¿Es lo mismo acceder a un texto leyéndolo con los propios ojos que oyendo la voz de otras personas? Si no lo es, ¿qué diferencias hay, a nivel cerebral, entre entre una y otra práctica?

Leer y escuchar un texto involucra las mismas redes neuronales. Así lo afirman estudios como el publicado en 2015 por un equipo de casi veinte investigadores, entre ellos tres españoles. “Un sello universal de la adquisición exitosa de la alfabetización –afirma el documento– es la convergencia de los sistemas de procesamiento ortográfico y del habla en una red común de estructuras neuronales”. Los resultados fueron similares no solo para idiomas diferentes, sino también entre lenguas con escritura alfabética (como la occidental) y logográfica (como la hebrea y la china).

Seguir leyendo en eldiario.es

Cristian Vázquez ha publicado en la colección Tipos móviles el libro Contra la arrogancia de los que leen

El tiempo y la lectura. Elena Rius

El tiempo y la lectura. Elena Rius

Es frecuente encontrarse, tanto en los medios como en la vida real, con personas que dicen no leer por carecer de tiempo para ello. O que lamentan que el tiempo que pueden dedicar a la lectura sea tan reducido: “Me gustaría leer más, pero ¿de dónde sacar el tiempo?”. Sin embargo, quienes esto manifiestan no suelen ser esclavos en una mina de sal, sujetos con cadenas y vigilados por feroces capataces (un supuesto que justificaría la imposibilidad de dedicar ni un minuto a la lectura; además, dudo que en las minas abunde el material literario), sino urbanitas muy ocupados -o eso dicen- que no tienen reparo en dedicar varias horas al día a consultar sus móviles, a menudo innecesariamente y para cosas sin relevancia, y a mandar mensajes y fotos igualmente irrelevantes. “Conchi, estoy a punto de llegar” o una ristra de emoticonos para indicar lo mucho que te ha gustado esa irresistible foto de un gatito que te ha mandado tu prima no pueden considerarse como mensajes de alta prioridad. Y, no obstante, con estos y otros parecidos se consumen sin remordimiento minutos muy valiosos.

Quienes afirman no tener tiempo para leer, lo que están diciendo en realidad es que leer no es una de sus prioridades. Que, en su escala de valores, la lectura se encuentra por debajo de muchas otras actividades con las que llenan sus días.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

 

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José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz. Lectura, sociedad y redes  Colaboración, visibilidad y recomendación en el ecosistema del libro. Marcial Pons

José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz. Lectura, sociedad y redes Colaboración, visibilidad y recomendación en el ecosistema del libro. Marcial Pons

José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz

Lectura, sociedad y redes  Colaboración, visibilidad y recomendación en el ecosistema del libro

Marcial Pons

Colección: Universidad y Lectura

2019. 298 p.

ISBN 978-84-9123-577-4

 

Si hay algo que caracteriza a la lectura es su vocación comunicativa, de socialización, de intercambio, dialógica. Como una de las formas de conocimiento más sutiles que ha inventado la humanidad, esta actividad implica a todos los actores involucrados en la misma, pero sobre todo a los lectores, de manera individual o colectiva. Un buen libro leído compele a su difusión, al intercambio de pareceres, a la recomendación, pero también a la intervención, articulando un dialogo, indirecto, a través de anotaciones en la obra, o directo, a través de redes sociales u otros medios, con otros lectores y/o con el autor. El espacio de la lectura es el de la transición entre el pensamiento cifrado en una obra y las interpretaciones que genera, el de los escenarios en donde tiene lugar la misma, el de las vías por las que los libros transitan entre las personas, entre las instituciones.

En esta obra se da fe de estas particularidades, de cómo la lectura es un fenómeno social que acontece entre los individuos y los grupos, una actividad que ha migrado, en muchas de sus manifestaciones, de lo analógico a lo digital, ampliando los horizontes de sus representaciones, sus funcionalidades y prestaciones. La lectura como realidad dinámica, en movimiento permanente, de la mente del lector al cerebro de otro(s) lector(es), encuentra en lo social su manifestación más profunda. Lo social como elemento analógico y digital, los sistemas de recomendación, las plataformas de lectura, los clubes de lectores, booktubers, prescriptores, turismo literario o sistemas de crowdfunding, entre otros temas, articulan un discurso global sobre la dimensión multiforme de la lectura compartida.

 

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El futuro de la lectura. Michael Bhaskar, Peter Florence, Marianne Ponsford. CERLALC

El futuro de la lectura. Michael Bhaskar, Peter Florence, Marianne Ponsford. CERLALC

Cuando se me invitó a moderar esta charla, me acordé inmediatamente de una ilustración que seguramente muchos han visto. Aparentemente su autor es francés y data de la primera década del siglo xx. En esta se ve a un grupo de alumnos en el salón de clase conectados por un casco a una máquina en la que el profesor va introduciendo libros que la propia máquina procesa para transmitírselos a los alumnos. La imagen lleva en la parte superior un título que
dice “En l’an 2000”, “En el año 2000”. Lo que me ha gustado siempre de esa ilustración es que delata esa tendencia a aventurar predicciones que la realidad casi siempre termina por defraudar; tendencia que ha caracterizado en buena medida toda la discusión sobre la irrupción de lo digital y que ha dado lugar a aseveraciones sobre la más que segura desaparición del libro impreso o a la aparición de tantos medios, soportes o formatos, que nacen como mueren, pero a los que se pronosticaba el más promisorio futuro.

Así que, con esta prevención, debo decir que nos cuidamos mucho de hablar más del presente que del futuro. Intenté más bien que, partiendo de sus propias experiencias, identificaran cambios en sus propios hábitos lectores, para así indagar en las principales tendencias surgidas por cuenta de la generalización del uso de Internet. Reconocimos la convivencia de prácticas de lectura y consumo cultural en general, aparentemente contradictorias; la necesidad de cuestionar conjeturas que hacen carrera y se convierten en premisas que terminan por orientar nuestras percepciones; así como de la omnipresencia y omnipotencia del relato o, para decirlo de manera más enfática, la consubstancialidad del relato a la esencia de lo humano.

Hablamos de audiolibros, de la autopublicación, de los videojuegos como puro entretenimiento y como adicción, pero también de su potencial, así como del lugar del libro impreso, de su carácter legitimador y de su diseño insuperable para posibilitar la lectura concentrada. Es verdad que leemos más, que lo digital privilegia la fragmentación y la brevedad, pero también que se siguen leyendo largas sagas y se ven series que se extienden por varias temporadas.

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Lectura desnatada. Elena Rius

Lectura desnatada. Elena Rius

La lectura es un acto neurológicamente complejo, no inscrito por defecto en nuestros circuitos cerebrales, como sí lo están otras facultades humanas, por ejemplo el habla. Saber descifrar los signos escritos requiere un largo adiestramiento, y si por casualidad cambiamos de alfabeto -lo sabe bien todo el que haya estudiado japonés o árabe-, hay que empezar de nuevo. Como dice Maryanne Wolf -investigadora de UCLA- en un reciente artículo publicado en The Guardian, para adquirir esta habilidad los humanos debimos desarrollar, hace unos seis mil años, un nuevo circuito cerebral. Inicialmente un mecanismo muy simple, capaz de descodificar información básica -como el número de cabras que uno había vendido- esta habilidad se fue sofisticando hasta llegar a nuestro elaborado cerebro lector actual. Las investigaciones llevadas a cabo por Wolf muestran que el cerebro lector contribuye al desarrollo de algunos de nuestros procesos intelectuales y afectivos más importante: conocimiento internalizado, razonamiento analógico, inferencia, así como perspectiva, empatía y análisis crítico. Puesto que la mayoría de occidentales estamos alfabetizados desde pequeños y hemos incorporado la lectura a nuestra vida cotidiana, se nos pasa por alto que cada vez que abrimos un libro vamos no sólo a informarnos o a distraernos, sino que estamos llevando a cabo un proceso que involucra muchas otras áreas de nuestro conocimiento.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

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La fuerza de las palabras. Protocolo para una intervención cultural en situaciones de emergencia. CERLALC

La fuerza de las palabras. Protocolo para una intervención cultural en situaciones de emergencia. CERLALC

En una región como América Latina, donde un tercio de la población vive en zonas de alto riesgo, es fundamental fomentar comunidades resilientes. Este protocolo, que hace parte de la asistencia técnica del Cerlalc a la Secretaría de Cultura de México, es una guía de acción para los mediadores de lectura en cada una de las fases de una emergencia, desde la prevención hasta el auxilio y la recuperación, que recoge la experiencia mexicana y que podrá ser replicada en otros países de la región. Porque para resignificar las consecuencias de los desastres naturales, el lenguaje es imprescindible. En este documento se encontrará un mapa de acción institucional para una intervención cultural desde la lectura -qué hacer, cuándo actuar, quiénes participan- y un abecé para mediadores de lectura -la ética del mediador, guía de autocuidado, cómo convertir el encuentro con las palabras en una experiencia significativa y revitalizante-.

Descargar PDF.

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El antilector. Vicente Luis Mora

El antilector. Vicente Luis Mora

Buena parte de las lecturas son antilecturas. El propio ejercicio de la lectura es a veces un ejercicio de respuesta o de resistencia, porque los libros acaban generando anticuerpos contra otras clases de libros. Cuanto mayor es la experiencia de un lector, más crece en él el placer de leer a la contra, y la razón es que el paso de los años disminuye la probabilidad de engañarlo o seducirlo. E incluso la antilectura aparece cuando la persona que lee se encuentra en formación: la antropóloga Michèle Petit recordaba que “si bien muchos adolescentes leen estimulados por el deseo de sus padres, hay otros que se vuelven lectores ‘en contra’ de su familia, y encuentran en esta actividad un punto de apoyo decisivo para desarrollar su singularidad”[1]. Esa actividad opositora puede darse asimismo en las lecturas que propician o dan lugar a la escritura de otros libros, como los antilibros mencionados por Novalis, que para Jorge Luis Borges constituían una especie de género tan ficticio como comprobable. El lector constante es siempre un antilector, un lector en guardia; tanto contra las normas o costumbres que le disuaden de leer (la costumbre, incluso para el Código Civil, es una ley consuetudinaria), como contra los libros que lee, esos textos que suscitan su inmediata respuesta, su contradicción antagónica. Buena parte de la escritura es una Antagonía.

Lo que sigue no es una reseña, sino una noticia, o bien una reflexión ilustrada, si ustedes quieren. Por varios motivos: el primero es que este libro es difícil hasta de citar. Creo que la cita filológica exacta sería:

Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, de Ben Marcus, con unos Pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez. Zaragoza: Jekyll & Jill, 2018.

Seguir leyendo en Diario de lecturas de Vicente Luis Mora.

 

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Los libros como herramientas de bolsillo. Josep Mengual

Los libros como herramientas de bolsillo. Josep Mengual

Existe desde 2007 en Barcelona (c/ Aragó, 367) una librería especializada en literatura infantil y juvenil con vocación de espacio cultural cuyo nombre es tremendamente significativo de una determinada manera de concebir los libros y la lectura: La caixa d’Eines (“La caja de herramientas”). Existe igualmente en el Grup 62 una colección de clásicos universales (Llull, Shakespeare, Orwell, Huxley, Joan Oliver…) que toma también esa idea, Llibres de les Eines (“Libros de las herramientas”), pero a ambos casos se les puede identificar un antecedente en la colección de la editorial Laia Les Eines, que estuvo activa entre 1973 y 1983 y publicó casi un centenar de títulos.

Les Eines, una colección encuadernada en rústica con solapas y un tamaño de 20 x 13, en su primer año de existencia se dio a conocer con cinco títulos que daban cuenta de la flexibilidad en cuanto a géneros literarios y a procedencias, pero que encajaban perfectamente con la identidad crítica y combativa de la editorial Laia: el ensayo sociológico Capvespre de creences, de Antoni M. Güell, una segunda edición de La CIA: el govern invisible, de David Wise, Els drets de l’home, de E. H. Carr (1892-1982), la primera edición íntegra de la novela Els plàtans de Barcelona, de Víctor Mora (1931-2016) y Societat catalana i reforma escolar: La continuïtat d’una institució, de Joan Gay, Àngels Pascual y Rosa Quitllet.

Más divulgación incluso tuvo la colección derivada de esta, Les Eines de Butxaca (20 x 13, en rústica, con diseños de Enric Satué), que en contra de lo que suele suceder no fue el destino de los libros de mayor éxito de la colección madre, sino que publicó sobre todo novedades y tuvo un criterio propio muy explícito (concretamente, expresado en las páginas finales de algunos títulos) desde el momento de su aparición en 1979:

Los clásicos catalanes como sugerencia permanente. Textos introducidos por los mejores especialistas de la literatura catalana actual. Herramientas para quien desee releer o estudiar los grandes hitos de nuestra cultura escrita.

 

Seguir leyendo en Negritas y cursivas.

 

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¿Deberíamos preocuparnos por una “brecha de lectura profunda”? Evelio Martínez

¿Deberíamos preocuparnos por una “brecha de lectura profunda”? Evelio Martínez

No parece que sean buenos tiempos para la lectura, y de vez en cuando surge algún artículo para confirmarlo.

Uno de los últimos ha sido reseñado en The Conversation . El estudio fue llevado a cabo en EEUU, analizando datos de casi un millón de adolescentes recogidos desde 1976.

Los resultados muestran que los adolescentes cada vez dedican menos tiempo a la lectura en favor de las pantallas y los nuevos medios de distribución de contenidos (como Netflix). 

Algo que podíamos esperar, pero aún así sorprende la amplitud de los datos y la contundencia de los resultados. Además, el seguimiento a lo largo de ese periodo tan dilatado permite desmentir una afirmación popular: que los nuevos medios pueden convivir con los antiguos, sin que ello signifique un desplazamiento. Convivencia hay, pero está claro que ha habido un fuerte desplazamiento en favor de las pantallas, al menos para los adolescentes estadounidenses de estas últimas décadas.

Como se apresuran a comentar los autores, los adolescentes sí leen pero se han acostumbrado a leer textos cortos, en detrimento de los textos más largos en formato libro o artículo (interesante también el apunte de que los jóvenes siguen leyendo libros, pero la lectura de libros por placer va en descenso).

¿Y por qué importa ese cambio de preferencia, de textos largos a lectura breve? En palabras de los autores:

Leer libros y artículos largos es una de las mejores maneras de aprender cómo pensar de manera crítica, comprender temas complejos y separar los hechos de la ficción. Es crucial para ser un votante informado, un ciudadano comprometido, un estudiante exitoso y un empleado productivo.

En esa misma línea se manifestaba Maryanne Wolf en un artículo paraThe Guardian. Wolf es investigadora en neurociencia, así que su foco está puesto en los cambios neuronales que el hábito de la lectura fragmentada puede acabar produciendo, y no sólo en los jóvenes. Wolf comenta:

La posibilidad de que el análisis crítico, la empatía y otros procesos de lectura profunda puedan ser el inesperado daño colateral de nuestra cultura digital no es una simple cuestión binaria sobre la lectura impresa versus la digital. Es sobre cómo todos hemos empezado a leer y cómo eso cambia no sólo lo que leemos, sino también los propósitos por los cuales leemos. Tampoco es una cuestión que afecte sólo a los jóvenes. La sutil atrofia del análisis crítico y de la empatía nos afecta a todos. Afecta a nuestra habilidad para navegar por un constante bombardeo de información. Incentiva un retraimiento a nuestros silos familiares de información no contrastada, que no requiere y no recibe análisis, dejándonos a merced de la información falsa y la demagogia.

Seguir leyendo en emartibd.

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Pantallas contra libros: la tormenta perfecta continúa perfeccionándose. Jaime Fernández

Pantallas contra libros: la tormenta perfecta continúa perfeccionándose. Jaime Fernández

La Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Madrid, que se celebra a comienzos de la primavera y del otoño en el céntrico Paseo de Recoletos, es una excelente oportunidad para buscar libros normalmente descatalogados y a un precio accesible a cualquier bolsillo. Librerías madrileñas y de otras capitales del país encadenan sus casetas en los distintos tramos del paseo hasta la plaza de Cibeles. Un lugar envidiable para cualquier comerciante.

Desde hace muchos años visito esta feria. La recuerdo con las casetas abarrotadas de curiosos que se agolpaban a la caza del libro que les había llamado la atención. A veces era imposible hacerse un hueco entre aquella reducida multitud. Casi siempre había que pasar de largo ante numerosas casetas hasta dar con una en la que ojear los libros con cierta desenvoltura. Pues bien, en los últimos años he observado un progresivo descenso de público en la feria. Ahora es posible visitar las casetas sin molestia alguna, aunque en los fines de semana estén más frecuentadas. Los visitantes más jóvenes tiene alrededor de 40 años.

Una tarde de sábado en que acudí a la feria de esta primavera me encontré con un espectáculo un tanto extraño: una fila de personas, en su mayoría jóvenes de ambos sexos, sentados en los bordillos de las zonas ajardinadas que se extienden a lo largo de uno de los tramos del paseo, enfrente de las casetas casi desiertas, leyendo el libro que se supone acababan de comprar. Estaban tan concentradas en la lectura que ni el tráfico de coches ni los ruidos propios de la ciudad lograban distraerlas (tampoco escuchaban música por los auriculares). Pasaban las páginas con cierto apresuramiento, embebidas por el pasaje que estaban leyendo. Aquel sitio parecía más una biblioteca al aire libre que un lugar de esparcimiento.

En este breve relato que acabo de hacerles hay una verdad y una mentira. Quizá los lectores más avezados las hayan distinguido. La verdad es que las casetas de la feria estaban prácticamente desiertas. La mentira es que las personas sentadas en los bordillos de las zonas ajardinadas no estaban enfrascadas (¡que verbo más hermoso para definir la actividad lectora!) en la lectura de ningún libro sino…en las pantallas de sus teléfonos móviles.

No era el fantástico Yelmo de Mambrino, o sea, libros, lo que veían mis ojos en las manos de aquella gente, sino la vulgar bacía de barbero, o sea, los teléfonos móviles que sus usuarios miraban extasiados, como a una nueva deidad. Si hubiese estado en mi pellejo, hasta el pobre Don Quijote habría tenido que rendirse ante la evidencia, con lo cual Sancho Panza se habría visto privado de la oportunidad de inventar una palabra conciliadora pero de imposible traslación a la realidad: el libromóvil.

Seguir leyendo en el blog En lengua propia de Jaime Fernández.

 

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