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Los trenes y la lectura. Elena Rius

Los trenes y la lectura. Elena Rius

Una de las mayores ventajas de viajar en tren es que nos brinda un rato propicio a la relajación y a olvidarnos del resto del mundo (o así era, al menos, antes del advenimiento de los móviles). Mientras nos hallamos en tránsito, ni aquí ni allí, cómodamente arrellanados en nuestra butaca, podemos decidir en qué vamos a emplear ese espacio de tiempo vacío: dormitar, admirar el paisaje, hacer crucigramas o sumirnos en la lectura. Diríase que la alternativa de darle palique a los otros viajeros, ese recurso tan utilizado en las novelas, ha caído en desuso, junto con la tradicional fiambrera y chorizo del pueblo que ya nadie lleva consigo. Es más, ahora que tantas de nuestras ciudades están unidas por cómodos y raudos AVE, corremos el riesgo de llegar a nuestro destino sin haber podido terminar el crucigrama.
Antes de la era del ferrocarril -un par de fechas para que se sitúen: en Gran Bretaña, la primera línea regular de pasajeros, entre Liverpool y Manchester, se inauguró en 1830; en España, el primer trayecto en tren (Barcelona-Mataró) se realizó en 1848- tanto confort era impensable. Los coches de caballos, las diligencias o las tartanas, el transporte terrestre más habitual, transitaban por caminos irregulares y, a menudo, en muy mal estado, de modo que los sufridos viajeros, zarandeados durante todo el trayecto, se conformaban con no llegar del todo molidos. Por supuesto, nada de leer durante el viaje, el bamboleo lo hacía inviable. El ferrocarril, pues, abrió nuevos horizontes.

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Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

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Leer por suscripción. Elena Rius

Leer por suscripción. Elena Rius

Tenemos tendencia a imaginar que la forma actual de organización de la mayoría de actividades humanas es la misma que ha prevalecido durante siglos. Damos por supuesto que ciertos adelantos han modificado algunas costumbres -ahora podemos comprar por internet, sin necesidad de desplazarnos a una tienda física, o volar al otro extremo del globo en pocas horas, realizando travesías impensables dos siglos atrás-, pero muchos otros cambios en los usos cotidianos han caído en el olvido. Hablando de la lectura -y olvidándonos por un rato de la ya cansina discusión entre las bondades respectivas del libro físico y el digital-, un poco de investigación en la historia de la comercialización de los libros revela que nuestros antepasados conocían una forma de acceder los libros que ya no existe, la lectura por suscripción. Hoy, si nos apetece estar al día de las últimas novedades editoriales, tenemos básicamente dos opciones: acudir a una librería y hacernos con ellas (previa adquisición de los libros en cuestión) o ir a la biblioteca y tomarlas prestadas sin cargo alguno (suponiendo que se trate de una biblioteca bien abastecida y que renueve regularmente su fondo). Sin embargo, antes de que se generalizasen las bibliotecas públicas abiertas a todo el mundo (un avance en realidad bastante reciente), los lectores victorianos disponían de otra salida: suscribirse a una biblioteca circulante, que por una cantidad anual permitía a sus socios hacerse con todos los libros que deseasen. Se calcula que a principios de la década de 1830 existían más de mil bibliotecas circulantes en Gran Bretaña, que se ocupaban de satisfacer los gustos lectores de todos los estratos sociales, desde los trabajadores que recurrían a ellas para completar su educación hasta las clases acomodadas que en los libros buscaban simple entretenimiento.

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Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

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No mientas, no lees porque no te da la gana. Alberto Olmos en El Confidencial

No mientas, no lees porque no te da la gana. Alberto Olmos en El Confidencial

¿Te gusta leer? No. El que decía no era yo y los que preguntaban, comerciales del Círculo de Lectores. Desde los años 90, y hasta un momento indeterminable del siglo XXI, te esperaban a la salida del Metro con sus atriles de cartón y sus marcapáginas, para abordarte con esa pregunta: ¿Te gusta leer? Yo siempre les dije que no, unas veces de palabra, otras moviendo de izquierda a derecha la cabeza y otras moviendo de izquierda a derecha el libro que llevaba en la mano.

Hace tiempo que no me preguntan si me gusta leer, pero a 5.000 personas se lo han preguntado estos días. Gracias a esas 5.000 personas sabemos que en España lee un 65,8% de la población mayor de 14 años. Es decir, no sabemos nada.

La Federación del Gremio de Editores no hacía esta encuesta desde 2012, y cinco años han bastado para que un 2,8% más de españoles crea que lee. Si no se vuelve a hacer esta encuesta en los próximos 50 años, el 100% de los españoles leerá. ¡Ya que preguntas!

A ojo, el 65,8% de los españoles mayores de 14 años son como 25 millones de personas. 25 millones de personas lee un libro al menos cada trimestre. Esto es fácil de comprobar si sale usted ahora a la calle y se da una vuelta durante cuatro o cinco horas hasta que encuentre a alguien leyendo en un banco. Ahí tiene usted 25 millones de españoles.

Quiere decirse que en España no leen 25 millones de personas ni aunque pongan la tele dentro de los libros. ¡Pregúntenme a mí y les digo cuántos leen! ¿Cuántos leen, cuántos leen, señor Olmos? Ay, les tengo que decir yo todas las verdades.

En España lee un número similar al que compra el libro que más haya vendido nunca. ‘Los pilares de la Tierra’, ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’, ‘Patria’… Pongan, siendo muy generosos, 2 millones de personas. Y en España son lectores el número de personas con que cuentan para ser leídos todos los libros que casi nadie lee y que venden entre 300 y 1500 ejemplares; es decir, en España son lectores entre 6.000 y 10.000 personas. No hagan una encuesta cuando me pueden preguntar a mí, hombre.

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Decálogo del lector ecológico. Javier Ruiz

Decálogo del lector ecológico. Javier Ruiz

[Recupero este texto del otoño de 2013 porque las webs en las que estaba publicado lo quitaron. Supongo que cambiaría cosas si lo escribiera ahora pero no lo voy a hacer, es de 2013 y así se queda].

Decálogo del lector ecológico

La ecología es el estudio científico de los procesos que influyen la distribución y abundancia de los organismos, así como las interacciones entre los organismos y la transformación de los flujos de energía.”  (Wikipedia)

¿Qué es un lector ecológico?

Un lector ecológico sería aquel que ejerce su pasión, leer, con una conciencia política en un triple sentido, hacia la sociedad, hacia el propio sistema editorial en el más amplio sentido posible y hacia su propia economía. Al igual que el naturalista en el monte recoge sin pensarlo latas olvidadas por viles turistas, el lector ecológico con su comportamiento ayuda a generar una sociedad más justa evitando favorecer el incremento de las desigualdades, favoreciendo un ecosistema editorial más diverso y razonable, y, también, es un lector que optimiza sus recursos, que ahorra y que interviene activamente para que otras personas puedan hacerlo.

En este momento en el que la situación social y política es terrible y parece que no tenemos margen de actuación voy a proponeros diez pequeñas maneras de consumo, tráfico y disfrute de libros que ayudarán a que nuestro mundo sea más agradable. Y a que nuestro vicio favorito nos cueste el menor dinero y esfuerzo posible.

En este decálogo no hablo de libros electrónicos ni de bibliotecas porque pienso que, en cierto sentido, son dos esferas diferentes y he querido centrarme en buscar herramientas que puedan ayudar al lector, al bibliófilo, que gusta de leer y poseer ese viejo y estupendo artefacto que es un libro de papel.

  1. Compra local.

Sí, la compra local no sólo es necesaria en la comida o en el apoyo al pequeño comercio. En el caso de los libros las pequeñas librerías de barrio están desapareciendo, las librerías de fondo también y las de segunda mano desapareceremos justo después de que lo hagan las de nuevo. Cualquier librería te trae en un máximo de un par de días el libro que necesites, más o menos el mismo tiempo que tarda el más rápido, y caro, de los portales de internet. Una de las pocas formas que nos quedan para intervenir activamente en la economía es con nuestros criterios de compra, cuando compramos en las grandes cadenas y en las mega páginas de la red estamos favoreciendo que se incrementen aún más las tremendas desigualdades ya existentes. En Granada mis librerías favoritas son Praga, (es mía, es broma), Metro, Imagina, Alsur y Babel entre las de nuevo y Ubú, Reciclaje y Sostiene Pereira de viejo. Es importante ser fiel a tu librero, te tratará mejor y tendrás un aliado infiltrado en el almacén del deseo, como serle infiel y merodear por las demás.

  1. Desconfía de los descuentos y de los gastos de envío gratis.

Las monedas de 1 euro suelen valer 1 euro, si te dicen que te las regalan es que te las están cobrando de otra forma. En España hay ley de precio fijo para los libros, (como para el tabaco o los medicamentos), esta ley que existe en la mayoría de los países de nuestro entorno permite la supervivencia de las pequeñas librerías e impide prácticas fraudulentas como el dumping. De hecho el precio fijo de los libros es el que impide que dichos precios suban: el gobierno Aznar liberalizó el de los libros de texto para regocijo de grandes superficies. He intentado encontrar datos concretos de la evolución de los precios en la red y no lo he logrado, misteriosamente, no hay ninguna estadística sobre dicha evolución.

  1. Sáltate la lógica de mercado.

No hay nada más actual que los diálogos de Platón, La Guerra y la Paz de Tolstoi o la maravillosa Rojo y Negro. En literatura, en cualquiera de las disciplinas de letras, el último mes, que es el único objetivo del mercado, es un instante irrelevante. Hay muchas ediciones de los clásicos por menos de 10 euros, hay ediciones en bolsillo que salen en un plazo de tiempo pequeñísimo desde la publicación de la última novedad. Si lo pensamos detenidamente leer es bastante barato, sólo en caso de lectores compulsivos de novedades de tapa dura se convertiría en un vicio caro.

  1. Compra libros nuevos y compra libros usados.

El mercado del libro no se ciñe sólo a las novedades y a las ediciones de bolsillo; existe un circuito de segunda mano en el que se puede lograr prácticamente cualquier libro actual a mitad de precio y recuperar del olvido todo el legado que las editoriales dejan de tener disponible cada vez más rápidamente.

  1. No compres en Amazon.

Si hay algo que afecta al ámbito del mundo editorial y a todos los que vivimos en él es que una corporación enorme representante del peor capitalismo y todo lo que eso conlleva y significa use al ecosistema en el que vivimos y trabajamos como cebo para vender máquinas de coser. Amazon tributa por sus servicios en Luxemburgo, tiene en unas condiciones laborales a sus trabajadores propias de una vieja novela de Dickens, se queda con un porcentaje de aproximadamente el 40 % de las ventas de las pequeñas librerías que acoge como plataforma, hace dumping a sus competidores… hay rumores de que cada vez que alguien compra  un libro en Amazon muere un gatito de un librero. Este último dato no está contrastado pero cada vez veo menos librerías con gato.

  1. Mantén viva tu biblioteca.

El infierno es un trastero con cajas llenas de libros pudriéndose con el polvo, la tristeza y la oscuridad. Si un libro no te gusta véndelo, cámbialo o regalalo. Puede que ese libro de Juan Manuel de Prada que te ha regalado tu madre te produzca, con razón, una vergüenza  terrible pero no te cortes, si le gusta a tu madre le gustará a más gente, en alguna librería de viejo te lo comprarán o cambiarán por esa novela erótica rusa que hace tiempo que buscabas. Utiliza como alternativa las web de compra-venta en la red, os recomiendo especialmente todocoleccion.net, es española, (no por nacionalismo barato, si no por el punto uno, consume local), no cobran grandes comisiones y tiene el suficiente tráfico como para que merezca la pena. También es recomendable a la hora de comprar.

  1. Rescata libros en peligro de destrucción.

En los rastrillos, en los mercadillos y en las tiendas genéricas de cosas usadas hay a veces montones de libros, suelen estar amontonados, mal cuidados y sucios pero son tremendamente baratos. Compra en esos sitios: cada libro que saques de ahí, será un tesoro rescatado para el bien común. Y no es sólo por filantropía, puede que encuentres libros muy por debajo de su valor que puedes disfrutar o revender fácilmente.

  1. Usa todostuslibros.com.

Todostuslibros es la web de los libreros españoles de nuevo. Es una herramienta fantástica. Te dice si un libro está disponible, qué precio tiene, qué ediciones hay y en qué librerías lo tienen y si están cercanas a ti. No entiendo cómo no está más publicitada y más visitada.

  1. Utiliza uniliber.com.

Uniliber es la web de los libreros de viejo españoles. Tiene millones de títulos de todos los precios, calidades y temáticas. Hay desde joyas antiquísimas a libros firmados por autores o simples libros usados rebajados a la mitad de su precio. Tiene varias herramientas especialmente destacables: una es que puedes guardar las búsquedas, lo cual es útil para comprar novedades según llegan al sistema de segunda mano o para encontrar esos libros imposibles que están totalmente descatalogados. Otra es que permite reducir la búsqueda por provincias, la utilidad es clara, a Uniliber pertenecemos la mayoría de los libreros de viejo de, por ejemplo, Granada, puedes comparar precios y existencias y puedes ir directamente a la tienda que tiene el libro que estás buscando. Y, por supuesto, puedes guardar las búsquedas restringidas a las librerías de tu ciudad.

  1. Compra en librería Praga.

Es la mía, es muy bonita y…. perdón este punto creo que realmente es: Lee. Joder.

 

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¿Cómo leemos en la sociedad digital? Lectores, booktubers y prosumidores. Fundación Telefónica

¿Cómo leemos en la sociedad digital? Lectores, booktubers y prosumidores. Fundación Telefónica

Nombre autor: Francisco Cruces (Dir.), Gemma Lluch, Remedios Zafra, Julián López García, Gloria G. Durán, Jorge Moreno Andrés, Romina Colombo, Nuria Esteban, Anna Esteve, Virginia Calvo y Maite Monar.

Descripción:

El panorama de la lectura está cambiando y lo hace a la velocidad de la luz. Sin embargo, lejos de desaparecer, los libros reviven gracias a la reinvención de la lectura, que se aleja del canon culto heredado de los siglos pasados y se hibrida con los nuevos dispositivos y las nuevas formas de lectura aparecidas en la sociedad en la que vivimos, la sociedad digital.

De esta forma aparecen diversas y plurales nuevas formas de leer que se suman a la lectura individual. La lectura se hace más social, holista, activa, afectiva y corporal; marcada por una relación indisociable con la escritura, la interactividad, la sociabilidad, la imagen, la oralidad, el ritual, la educación sentimental, el espacio cotidiano, la movilidad, la proliferación de dispositivos, la fragmentación de los tiempos y la multiplicación de ocasiones y motivos para leer.

Acceder al pdf de la obra.

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Planes nacionales de lectura en Iberoamérica 2017: objetivos, logros y dificultades

Planes nacionales de lectura en Iberoamérica 2017: objetivos, logros y dificultades

Este documento ofrece una compilación con información sobre los planes nacionales de lectura de la gran mayoría de los países de la región iberoamericana. Evidencia los principios orientadores, objetivos, logros, dificultades y debilidades de estos programas, lo que sirve para hacerse a una imagen de su estado de situación hoy, así como para entender el lugar que ocupa el fomento de la lectura en las agendas de los gobiernos de Iberoamérica. Incluye, además, el texto de la Declaración de Valparaíso para el Fortalecimiento de los Planes de Lectura Iberoamericanos, suscrita por los asistentes al 6° Encuentro de la Red Iberoamericana de Responsables de Políticas y Planes de Lectura (Redplanes), que se celebró los días 25 y 26 de julio de 2017, en dicha ciudad chilena.

Descargar informe.

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Lectocrimen: o cómo la mediación puede matar el gusto por la lectura. Ana Garralón

Lectocrimen: o cómo la mediación puede matar el gusto por la lectura. Ana Garralón

Escribí estas líneas para presentarlas en una mesa redonda sobre animación a la lectura. El encuentro fue organizado por la Fundación Santillana (IV Festival Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil) y celebrado en la ciudad de Buenos Aires en septiembre de 2017.

Muchas gracias por la invitación a participar en este panel. Cuando me lo propusieron pensé en escribir algunas líneas sobre la bondadosa tarea que hacemos muchos de los mediadores –y eso seguramente les incluye a ustedes-, y también a mí desde mi blog “anatarambana” con el que intento hacer una mediación entre adultos, pues yo no trabajo directamente con niños.

Pero luego pensé que estaría bien echar un poco de pimienta en esta mesa porque el tema de la misma coincide con algo que me inquieta desde hace mucho tiempo, y con una manera de mediar en la lectura que, lejos de crear lectores, muchas veces los aleja de los libros y la lectura.

Es un tema sobre el que empecé a hablar hace tiempo con una amiga, y cariñosamente lo llamábamos: “Lectocrimen” pues, básicamente hablábamos de algunas prácticas de mediación a la lectura que no funcionan y se siguen utilizando. O cómo una cierta dinámica general de los que median en la lectura, afecta a los lectores. Cuando hablo de mediadores me refiero, sobre todo, a personas como promotores de lectura, editores, creadores, docentes, bibliotecarios y padres. Es decir, todos los adultos.

Hablo desde la perspectiva de un país como España, con muchos años de trabajo institucional y escolar de fomento a la lectura y donde, según las estadísticas, más de un tercio de la población adulta no lee ningún libro. Así que, hay mucho para reflexionar en un país con bibliotecas llenas de libros y de libre acceso, con una producción amplia de libros infantiles, con librerías y ferias para acceder a los libros. Sin duda leemos más que hace veinte años, pero sigue siendo una constante preocupación no conseguir tener un espectro más amplio de lectores.

En fin, mi intención es, simplemente, reflexionar sobre algunas cuestiones que me parece que influyen en el abandono temprano de la lectura, y en otras que hacen que los libros dejen de acompañar a los lectores a pesar de nuestros esfuerzos. Algunas de estas cuestiones las he debatido ampliamente en mi blog y otras espero hacerlo más adelante.

He elegido SEIS. Hay más, pero quiero comenzar con estas.

Seguir leyendo en el blog de Anatarambana.

 

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Para qué sirven las leyes de promoción de la lectura. José Castilho Marques Neto

Para qué sirven las leyes de promoción de la lectura. José Castilho Marques Neto

Vivo en un país, Brasil, en donde se puede aplicar con frecuencia un viejo dicho popular que afirma que hay leyes que se ejecutan y otras que jamás lo serán. En el lenguaje común, son las “¡leyes que pegan y las que no pegan!”. Considerado “natural” por buena parte de la población, ese lado perverso del “jeitinho brasileiro” demuestra con claridad nuestro profundo atraso en cuestiones fuertemente relacionadas a las cuestiones democráticas, en una sociedad tan autoritaria y desigual como la brasileña.

No puedo afirmar que una visión tan limitada como esta, que no comprende el concepto y la utilidad de las leyes en una sociedad compleja, sea común a los países de nuestra región. No tengo conocimiento suficiente del conjunto de los países para cuestionar una visión de mundo que se asemeje a la brasileña, pero gracias a los muchos años que tengo como “viajero” por América Latina, y habiendo debatido en muchos y diversos foros nacionales e internacionales en los últimos 35 años, me atrevo a afirmar que las cuestiones que implican la lucha por legislaciones a favor del libro, la lectura, la literatura y las bibliotecas son algo aún distante para la mayoría de los militantes del sector.

Seguir leyendo en la web del CERLALC.

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Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Hay ocasiones en las que determinados libros irrumpen en la vida de alguien y le crean el “compromiso” de leerlos. En algunos casos, dan lugar a historias que merecen ser contadas.

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Todo lector se ha encontrado alguna vez en esa situación bastante incómoda en la que otra persona —un amigo, un familiar, incluso alguien de menos confianza— lo conmina a leer un determinado libro. Una suerte de exigencia establecida a partir de un gesto concreto: el que recomienda presta (y a veces hasta regala) el libro en cuestión. Lo da sin que el otro se lo haya pedido. Por cortesía, por educación, o quién sabe por qué otro motivo, el otro no lo rechaza, y se ve de pronto en el compromiso de leer un libro que de otro modo ni se le habría ocurrido leer, al menos no en ese momento.

Ante tal coyuntura, el lector afronta dos posibilidades: leer el libro o no leerlo. Si decide leerlo, puede que le guste y lo disfrute, y luego le agradezca al prestador por habérselo hecho conocer. Si, en cambio, el libro lo aburre o le desagrada, vuelven a abrirse dos opciones: que, pese a todo, lo lea hasta el final, o bien que lo abandone sin terminarlo. Si lo lee hasta el final, no tendrá mayores problemas para comentarlo, aunque luego tendrá que elegir si ser sincero con el prestador o no. Si lo abandona a medio camino, o si directamente ni siquiera empieza a leerlo, también tiene dos opciones: ser franco y admitir la verdad, aceptando el riesgo de que tal vez el prestador se ofenda, o recurrir a algunas de las enseñanzas de Pierre Bayard y su magnífico Cómo hablar de los libros que no se han leído.

En cualquier caso, la situación siempre incluye una cierta dosis de violencia. Y es que, de improviso, como un bandolero que intercepta un convoy en mitad de la noche, el libro ha salido al cruce del lector. Es cierto que al final el lector puede enamorarse del bandido y decidir quedarse para siempre con él. Pero eso no quita a la situación su cuota de brusquedad.

 

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Hay otras situaciones en que los libros también salen al cruce, con cierta violencia, en el camino de quien no los espera. Hace un par de años, la revista National Geographic publicó un reportaje fotográfico sobre personas indigentes que buscan cobijo en bibliotecas públicas de California. En ese estado —según el último informe del Departamento de Desarrollo de Vivienda y Urbanismo de Estados Unidos— viven casi 120 mil homeless, el 22 % del total del país. Dos de cada tres no acceden a refugios, ni a viviendas temporales, ni a ningún otro sitio donde alojarse.

Seguir leyendo en Letras Libres.

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Leer en la cama. Elena Rius

Leer en la cama. Elena Rius

Cada cual tiene sus pequeños ritos y manías para propiciar el sueño. Hay quien necesita que la cama esté orientada de una forma determinada, quien escucha la radio, los fanáticos de la oscuridad completa, que usan hasta antifaz… Los lectores no concebimos la posibilidad de dormir si antes no hemos leído unas cuantas páginas; pueden ser muy pocas, si el cansancio aprieta y el libro se te cae literalmente de las manos, o muchísimas, si el libro es tan apasionante que resulta imposible dejarlo. (¡Esas noches en que te dan las dos y las tres y a cada capítulo te prometes que será el último!) Pero poco o mucho, dormir sin antes haber leído parece -o me lo parece a mí al menos- una aberración. Lo primero que hago, cuando llego a un hotel o a cualquier nueva habitación donde haya de pernoctar, es colocar mi libro en la mesilla: una promesa que anticipa los agradables momentos en que la lectura abre la puerta del sueño.
Lo de leer en la cama es una actividad relativamente nueva, como recordaba hace poco un artículo en The Atlantic. Disponer de la privacidad de una habitación dedicada solo al sueño es algo reciente. Hasta hace poco, los pobres desde luego no podían permitirse ese lujo, pues se hacía la vida en una o dos habitaciones. En 1837, un testigo describía así las viviendas de una pequeña aldea francesa, según se recoge en la Historia de la vida privada:

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Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

Precio: 19 €

 

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