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Las 'no memorias' de Javier Pradera editor. Rosa Pereda en Letra Internacional 125

Las ‘no memorias’ de Javier Pradera editor. Rosa Pereda en Letra Internacional 125

La función de las memorias, de ese género que cada vez me gusta más, es mostrar, desde su propio punto de vista, la personalidad de un personaje. Desde las motivaciones últimas a las circunstancias en que se desenvuelve su vida, en que se producen sus actos. Normalmente se trata de relatos autobiográficos, más o menos embellecidos por el autorrecuerdo, que por cruel que sea muchas veces, siempre deja esa miga de autocomplacencia sin la que el personaje no hubiera podido vivir. Y la memoria, además, es tan selectiva. Pero es el yo el que se expresa, con voluntad de narrarse. Aquí no, y por eso he titulado este texto sobre el libro de Pradera como las no-memorias. Y sin embargo, debo decir que yo lo he leído como si sí lo fueran. Como la explicación de una faceta, que no es precisamente la más conocida del autor –quizá con comillas– y de las circunstancias en que comenzó un oficio, «el mejor del mundo», siguió en él, y luego fue cubierto por una personalidad pública que tenía más qué ver con la prensa –el Pradera periodista, otra vez con comillas– y con la política –o su voz como una de las más influyentes de varias décadas de la historia de España, y no solo desde su opinión publicada, con o sin firma. Lo que le granjeó admiración y respeto, pero también odio y envidia. Debo decir que, en mi caso, se trató de lo primero. Admiración y respeto.

Dicho esto como punto de partida, Jordi Gracia, y Natalia Rodríguez Salmones, han seleccionado una colección de textos de Pradera referidos todos ellos a su trabajo como editor y a sus ideas sobre la edición. El libro, que acaba de publicar Trama editorial y que lleva un epílogo de Miguel Aguilar, tiene dos partes bien diferenciadas. Una, que recoge una serie de cartas e informes internos, desde las editoriales que cofundó y codirigió, que casualmente fueron de las más importantes para el progreso de este país en el tardofranquismo y la primera transición, es decir, el Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI y Alianza Editorial.

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De qué hablamos cuando hablamos de edición

En 1992, Marco Cassini (nacido en 1970) y Daniele di Gennaro, veinteañeros con ganas, fundan minimum fax, una primera revista literaria que se enviaba por fax y que levnató cierto revuelo en Italia. Dos años más tarde, minimum fax pasa a convertirse en una editorial. Como el mismo Cassini admite en su libro.
Imaginaba largas jornadas leyendo manuscritos que iban a cambiar la historia de la literatura, conversaciones en figones llenos de humo con escritores legendarios, (…) repetir fácilmente la experiencia del New Yorker de William Shawn, de la Shakespeare & Co. de Sylvia Beach, del Grupo Bloomsbury de Virginia Woolf o de la Einaudi del trío Vittorini-Calvino-Pavese.

Esto, como se verá, no es así. Cuando Marco Cassini escribe Erratas, minimum fax ya publica varias decenas de libros de ficción y no ficción al año: su autor estrella es Raymond Carver; y tiene un catálogo que reúne a Foster Wallace con Bukowski; Lennon con las entrevistas de The Paris Review, los ensayos de Auster con la teoría cinematográfica de Lars von Triers o Ginsberg con un bestseller sobre cómo la Iglesia Católica inventó el marketing titulado Jesús lava más blanco. Tanta actividad le acaba ocasionando lo que él denomina el “síndrome de la Cenicienta”, que se manifiesta invariablemente a medianoche y que lleva acompañada una multitud de granitos “rojos y pruriginosos” que se le extienden por todo el cuerpo y que cuatro especialistas diagnostican como estrés.
De modo que en vez de conversaciones legendarias, su oficio le ofrece estrés. ¿Y de qué le viene tanto estrés? De no poder parar quieto ni un instante, dice Cassini, que se muestra sincero al respecto como sólo alguien con la vocación de un atracador de bancos o un jesuita puede sincerarse: “cuando se es editor uno no deja de serlo nunca, ni un solo instante”. Tan sincero es que huye del peor mal que aqueja a muchos de los libros de grandes editores, desde Maschler hasta Herralde: la tentación de confundir unas memorias con un enorme ejercicio de name-dropping y contarlo todo como si se fuera James Cameron filmando Titanic. Quien se acerque a Erratas encontrará en cambio el tono mucho más cercano de un Jim Jarmush: Cassini no nos muestra veladas más memorables que las que otorga el recibir en el último día laborable del año un fax de la viuda de Carver que les cede los derechos de la obra de su marido citando a Bob Dylan. El resto, las grandes fiestas, los viajes exóticos y las recepciones en Estocolmo brillan por su ausencia. (Vale, duerme una semana en el suelo de la casa de Ferlinghetti y rechaza un ácido que le ofrece Ginsberg, pero es todo.)
Y ¿qué nos da a cambio? Un curso, franco y recatado, que el mismo Cassini podría haber presentado en cualquier master de edición con el título carveriano de “De qué hablamos cuando hablamos de edición”. En efecto, el editor Cassini confiesa que hay centenares de libros que no acaba y que debe disculparse cada vez que convoca reuniones por muy necesarias que sean, cita a Diana Athill y no teme mostrarse como Robert Mitchum en La noche del cazador –“negocio” tatuado en los nudillos de la zurda; “arte” en los de la diestra— y dedica un capítulo a qué significan términos como validez cultural y validez económica en el día a día de un editor; nos explica qué es un plan editorial, un catálogo editorial o qué se entiende por “política de autores”. E incluso añade una bibliografía titulada inequívocamente “Guía para reconocer a tus santos” que no es sino el temario de ese curso, y que también es impecable. Todo ello, se diría, with the minimum fuss, con el menor escándalo, casi de puntillas. El resultado es un libro que se lee con gusto, del que se sacan ideas, con el que es casi imposible estar en desacuerdo y que no precisa llegar a las cien páginas ni acumular un par de cuadernillos de fotos para demostrar que sabe quién es. De lectura obligatoria.
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