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El rechazo editorial: aprender a convivir con el no. Cristian Vázquez

El rechazo editorial: aprender a convivir con el no. Cristian Vázquez

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A modo de epígrafe, la primera parte de uno de los poemas más citados de Roberto Bolaño:

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad

también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,

Seix Barral, Destino…

Todas las editoriales… Todos los lectores…

Todos los gerentes de ventas…

“Mi carrera literaria”, se titula el poema, y está fechado —dato vital— en octubre de 1990, cuando el autor chileno había publicado ya poesía y un par de novelas, pero cuando faltaban todavía varios años para que se convirtiera en un auténtico boom.

 

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No solo la de Bolaño, por supuesto, sino casi todas las carreras literarias están cosidas a rechazos. Se ha escrito bastante acerca del rechazo editorial y cómo afrontarlo. Existen incluso listas de los libros y los autores más rechazados. Según la web LitHub, el libro más rechazado de la historia es la novela Irish Wine, del estadounidense Dick Wimmer: obtuvo un no como respuesta en 162 ocasiones. Se publicó por fin en 1989, más de 25 años después de que Wimmer comenzara su búsqueda de editor. Superó así los 22 años que, cuenta la leyenda, pasó Gertrude Stein a la espera de que alguien quisiera publicar sus poemas. Una espera durante la cual recibió cartas de rechazo como esta que le remitió el editor londinense Arthur C. Fifield el 19 de abril de 1912, en la cual parodiaba el estilo repetitivo de Stein incluso un año antes de que ella escribiera su verso más famoso: “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa”.

“Solo soy uno, solo uno, uno solo —anotó el editor—. Solo un ser, uno al mismo tiempo. Ni dos, ni tres, sino uno solo. Una sola vida que vivir, solo sesenta minutos en una hora. Un solo par de ojos, un solo cerebro. Solo un solo ser. Siendo uno solo, teniendo solo un par de ojos, un solo tiempo, una sola vida, no puedo leer su manuscrito tres o cuatro veces. Ni siquiera una. Un solo vistazo es suficiente, solo uno. A duras penas se vendería un solo ejemplar. Uno solo. Uno solo.

Muchas gracias. Le devuelvo el manuscrito por correo certificado. Un solo manuscrito en un solo correo.”

Si hablamos no de la obra sino del autor con el récord de rechazos, el ganador indiscutido es el armenio-estadounidense William Saroyan. Según el libro The Savvy Negotiator: Building Win-win Relationships, de William Fosdick Morrison (publicado en 2006), Saroyan recibió unas 7.000 notas de rechazo antes de publicar su primer trabajo. El español Íñigo García Ureta, en su hermoso Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial (2010), apunta que la montaña de notas de rechazo acumulada por Saroyan medía más de setenta centímetros de altura. Una montaña digna de verse.

 

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También se han narrado muchísimas anécdotas de rechazos editoriales. Referiré aquí dos no tan conocidas: una feliz y una triste.

La primera la contó el escritor argentino Gabriel Báñez en un artículo titulado “El coleccionista de rechazos”. Transcribía allí los términos en que Ivonne, una crítica y lectora francesa que trabajaba para Ediciones de la Flor, en Buenos Aires, a mediados de los años ochenta, dio cuenta de un manuscrito suyo: “No tiene argumento, carece de tema u objetivo, no hay protagonista, tampoco tensión y ni siquiera se destaca por un estilo”. Ante todas esas carencias, la conclusión de Daniel Divinsky, el responsable de la editorial, fue clara: “Quiero leerla”. Y no solo la leyó, sino que también la editó. “En el supuesto de que sea una novela, Góndolas es un texto extraño y fascinante”, empieza el texto de la contratapa del libro en cuestión, texto escrito tal vez por el propio Divinsky. Dos décadas después, Báñez recordaba:

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Las fajas de los libros, esas intrusas. Cristian Vázquez

Las fajas de los libros, esas intrusas. Cristian Vázquez

Las fajas, esas tiras de papel que rodean a los libros con el objetivo de llamar la atención de los posibles compradores, son cada vez más frecuentes y enormes. Quizás en el futuro las tapas carezcan de ilustraciones, como sucedía con los libros antiguos. Todo será faja.

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La conjura de los necios, la extraordinaria novela de John Kennedy Toole, fue publicada en Estados Unidos en 1980, más de una década después del suicidio de su autor. Un año más tarde ganó el Premio Pulitzer; en mayo del año siguiente fue publicada en español, por Anagrama. Fue un éxito notable: en diciembre de 1983, diecinueve meses después de la primera edición, el sello de Jorge Herralde lanzaba la decimotercera. Incluía una faja —esa tira de papel que rodea al libro con el objetivo de llamar la atención del observador— que lo aclamaba:

¡13.a edición!

“Un libro extraordinario”

“Incesante hilaridad”

“Si se quiere comenzar el año acudiendo no a un libro bueno sino a uno excepcional, ese tiene que ser LA CONJURA DE LOS NECIOS”…

Un ejemplar de esa decimotercera edición de Anagrama es el que tengo en mi biblioteca. Lo compré usado, hace más de diez años. Quien(es) lo había(n) poseído antes de mí durante casi un cuarto de siglo no le había(n) quitado la dichosa faja. Yo tampoco lo hice en todo este tiempo. Permanece, amarillenta, ajada, medio rota, ocultando parte de la clásica ilustración de Ed Lindlof en la portada. Me pregunto: ¿por qué esa faja sigue ahí?

 

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La faja es un elemento curioso. No es parte del libro, aunque de algún modo sí lo es. Podría no estar, pero a veces está. Está para irse: casi siempre termina en la basura. Aunque puede tener otros usos. “Nunca he comprado un libro por su faja —señala el escritor Sergio del Molino—. Los he comprado a pesar de sus fajas. Los desfajo nada más pagarlos y, si no tengo marcapáginas, doblo la faja y la uso como tal sin leerla”.

El grupo de los detractores de las fajas es numeroso, e incluye a muchos libreros. La librería pamplonesa Deborahlibros se declaró en enero de 2017 “espacio libre de fajas”. “Los libros aquí no están enfajados —decía un papel pegado en la fachada en esos días— sea cual sea su edición, autor(a) premiado(a) o digan de él lo que quieran en el Babelia o en el New York Times. En caso de duda, pregunte a la librera. Nota: Guardamos todas las fajas en una caja, puede usted llevarse la que más le guste”.

Otros escritores, apunta Del Molino, proponen intercambiar las fajas. “Colocar la que dice ‘Una conmovedora historia de lucha bajo el nazismo’ en el último de Mario Vaquerizo y la que dice ‘La mejor guía de mindfulness’ en los diarios de Anna Frank. Por ejemplo. El librero —y yo con él— sostenía que la mayoría de los compradores no se iban a dar cuenta”.

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Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

Escribir en cuadernos, entre el fetichismo y la creatividad. Cristian Vázquez

La cultura digital ha propiciado, entre sus tantos efectos, un culto por los cuadernos de papel. Para algunas personas, esta especie de fetichismo por los cuadernos tiene resultados terapéuticos, beneficia la creatividad y hasta les permite entender mejor la propia vida.

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Existe desde hace unos años una especie de furor por los cuadernos. La oferta resulta cada vez mayor: desde los Moleskine —tan clásicos y carísimos y tan cool— y todas sus más o menos plagiarias imitaciones, hasta los artesanales que se ofrecen en cualquier feria callejera que se precie de tal. Se trata de una pasión que excede a los cuadernos y alcanza todo lo que designa la palabra inglesastationery, el material de papelería destinado a la escritura: papeles, sobres, bolígrafos y una amplia gama de otros productos.

No creo demasiado arriesgado suponer que esta revalorización de los cuadernos es hija de la masificación de la tecnología digital. Vivimos tiempos en que casi todo lo que escribimos lo escribimos en computadoras, tabletas y teléfonos. Escribir a mano se ha tornado una suerte de ritual arcaico, muy alejado del utilitarismo del trabajo y los mensajes urgentes y el entretenimiento instantáneo de las redes sociales, cercano a la intimidad, a la introspección, al deseo de apearse al menos por un rato del ritmo frenético de nuestros días.

Ya que la escritura manuscrita ha adquirido ese aura de liturgia privada, no es extraño que el soporte también concite mayor atención. Buscamos que sea especial, que sea de algún modo digno de la calidez que hemos de volcar en sus páginas. Todo esto ha contribuido (al igual que el capitalismo y el consumismo, por supuesto) con el desarrollo de un auténtico fetichismo por los cuadernos. “Al tener aquel cuaderno en las manos por primera vez, sentí algo parecido a un placer físico, una súbita, incomprensible oleada de bienestar”, dice el escritor Sidney Orr, protagonista de la novela La noche del oráculo, de Paul Auster. Una descripción con la cual todo amante de los cuadernos se debe sentir, sin duda, plenamente identificado.

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La escritora catalana Eva Piquer declaró en una ocasión que, para ella, comprar una libreta y empezar a escribir en ella es un remedio contra la angustia y la ansiedad tan bueno como, para otros, comer chocolate y comprar zapatos. Supongo que es una sensación compartida por muchas personas. Imagino los cajones de sus casas llenos de cuadernos iniciados y abandonados, aún con muchas páginas en blanco pero satisfechos de haber cumplido con su labor terapéutica.

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¿Cuántos libros hay en tu casa? Cristian Vázquez

¿Cuántos libros hay en tu casa? Cristian Vázquez

¿Cuántos libros son muchos? ¿Cuántos son pocos? ¿Cuántos podemos leer? ¿Cuántos caben en nuestras casas? Algunas consideraciones en torno a cifras que siempre queremos que sean más altas.

 

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Hace unos años, cuando su hijo iba a empezar el jardín, un amigo mío tuvo que completar un formulario, una especie de encuesta, a pedido de las autoridades de la institución. Una de las preguntas era: “¿Cuántos libros hay en su casa?”. Mi amigo, un buen lector, se dio cuenta de que no tenía idea. Volvió a su casa intrigado y los contó. La cantidad (que no recuerdo) lo sorprendió, pero también se habría sorprendido con un número bastante más alto u otro bastante más bajo.

En general, a la mayoría de los lectores –los que sentimos que nuestra biblioteca es una de nuestras posesiones más valiosas, o la más valiosa de todas– nos pasa lo mismo: no tenemos idea de cuántos libros tenemos. De hecho, empecé a escribir este artículo sin tener idea de cuántos libros tengo en mi casa yo. Cuando se me ocurrió escribir sobre este tema, hice mi propia pequeña encuesta. Pregunté en Facebook “¿Cuántos libros hay en sus casas?”, para que, quien tuviera ganas, me lo contara. Contestaron poco más de cuarenta personas. Las respuestas fueron variadas y muy interesantes. Muchas de ellas no solo indicaban una cantidad, sino también un rasgo del lector que enunciaba cada una.

Alguien dijo 25 y añadió de inmediato: “Deberían ser más, pero algunos los doné a una biblioteca”. Otra persona dijo “muchos, 50”. Otra, 60. Otra, que en su país tenía 100, pero en donde vive desde hace un año, 14. Luego, de todo: 150, 200, 250, 500… Algunos añadían sus buenas intenciones: “y creciendo”, “y vamos por más”. Siempre hay un obsesivo: “855. Los tenemos catalogados”. Una minoría alcanzaba o superaba el millar. Dos o tres personas dijeron que alrededor de 3.000. Más de 3.800, pero 2.500 en su casa y el resto en otra parte, especificó una amiga. Alguien más, por mensaje privado, me reveló que debe tener “entre 4.000 y 5.000… o quizá 6.000. Horror. Imposible saberlo. Ten en cuenta que he sido editora. No es por presumir”. Como sé la clase de persona que es, sabía que esa última aclaración no era necesaria.

Surgieron interrogantes para los que no tengo una respuesta clara. ¿Los archivos digitales cuentan como libros? ¿Y los que tenemos en fotocopias? ¿Y los cómics? ¿Y los de derecho? Un volumen que incluye varias obras, ¿cuenta como uno o como varios libros? Y una misma obra publicada en, digamos, dos o tres volúmenes, ¿son dos o tres libros, o es uno solo?

No podía faltar el que avisara que nunca los había contado, pero que iba a hacerlo y luego pasarme el dato (y nunca lo hizo). Más directo fue el que escribió: “Perdí la cuenta hace años”, y se marchó sin hacer promesas. “Ni idea, dos bibliotecas abarrotadas”, comentó alguien más. Otro, en una línea parecida pero tratando de ser más específico, explicó: “Una pared de 4 x 2 mts”. Escueto fue quien apuntó “muchos” y nada más. Y su contracara: “No muchos. Me gusta leer pero no atesorar, una vez leídos los dono”.

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Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Cuando los libros nos salen al cruce con cierta violencia. Cristian Vázquez

Hay ocasiones en las que determinados libros irrumpen en la vida de alguien y le crean el “compromiso” de leerlos. En algunos casos, dan lugar a historias que merecen ser contadas.

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Todo lector se ha encontrado alguna vez en esa situación bastante incómoda en la que otra persona —un amigo, un familiar, incluso alguien de menos confianza— lo conmina a leer un determinado libro. Una suerte de exigencia establecida a partir de un gesto concreto: el que recomienda presta (y a veces hasta regala) el libro en cuestión. Lo da sin que el otro se lo haya pedido. Por cortesía, por educación, o quién sabe por qué otro motivo, el otro no lo rechaza, y se ve de pronto en el compromiso de leer un libro que de otro modo ni se le habría ocurrido leer, al menos no en ese momento.

Ante tal coyuntura, el lector afronta dos posibilidades: leer el libro o no leerlo. Si decide leerlo, puede que le guste y lo disfrute, y luego le agradezca al prestador por habérselo hecho conocer. Si, en cambio, el libro lo aburre o le desagrada, vuelven a abrirse dos opciones: que, pese a todo, lo lea hasta el final, o bien que lo abandone sin terminarlo. Si lo lee hasta el final, no tendrá mayores problemas para comentarlo, aunque luego tendrá que elegir si ser sincero con el prestador o no. Si lo abandona a medio camino, o si directamente ni siquiera empieza a leerlo, también tiene dos opciones: ser franco y admitir la verdad, aceptando el riesgo de que tal vez el prestador se ofenda, o recurrir a algunas de las enseñanzas de Pierre Bayard y su magnífico Cómo hablar de los libros que no se han leído.

En cualquier caso, la situación siempre incluye una cierta dosis de violencia. Y es que, de improviso, como un bandolero que intercepta un convoy en mitad de la noche, el libro ha salido al cruce del lector. Es cierto que al final el lector puede enamorarse del bandido y decidir quedarse para siempre con él. Pero eso no quita a la situación su cuota de brusquedad.

 

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Hay otras situaciones en que los libros también salen al cruce, con cierta violencia, en el camino de quien no los espera. Hace un par de años, la revista National Geographic publicó un reportaje fotográfico sobre personas indigentes que buscan cobijo en bibliotecas públicas de California. En ese estado —según el último informe del Departamento de Desarrollo de Vivienda y Urbanismo de Estados Unidos— viven casi 120 mil homeless, el 22 % del total del país. Dos de cada tres no acceden a refugios, ni a viviendas temporales, ni a ningún otro sitio donde alojarse.

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Cómo sería la publicación de libros en un mundo ideal. Cristian Vázquez en Letras Libres

Cómo sería la publicación de libros en un mundo ideal. Cristian Vázquez en Letras Libres

Algunos pensadores imaginaron que, en una sociedad perfecta, toda persona que escriba tendría que poder publicar al menos su primer libro. Nuestro mundo está muy lejos de ser ideal, pero hay editoriales pequeñas e independientes que ayudan a que muchas de esas primeras obras existan.

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En una entrevista de 1985 le preguntaron Ricardo Piglia si la época en que él comenzó a publicar sus textos —la década del sesenta— era más difícil “ingresar a la literatura”. El escritor respondió que no. “Se podía publicar con relativa facilidad un primer libro”, dijo. Y después expresó una idea revolucionaria:

“En realidad, habría que publicar todos los primeros libros que se escriben. Es el mejor momento, el autor es un desconocido, nunca se sabe lo que puede pasar. Tendría que haber una editorial destinada a publicar solo primeras obras. Sería un material fantástico, decenas de libros, se podría tener una idea de cómo funciona realmente la literatura argentina. Una especie de publicación obligatoria, sería extrañísimo, aparecerían los libros más insólitos. Las cosas, por supuesto, suceden al revés. Solo publican los que ya publicaron. Por eso es tan monótona la literatura argentina”.

La entrevista fue publicada en el diario La Razón, de Buenos Aires, y luego incluida, bajo el título “Novela y utopía”, en el libro Crítica y ficción, que reúne charlas y ensayos de Piglia y cuya primera edición apareció en 1986.

 

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La cabaña del Tío Tom y Ben-Hur son títulos que nos suenan a todos. Eran, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, los libros más vendidos en Estados Unidos. Muy distinto es el caso del que ocupaba el tercer puesto en ese ranking de popularidad: Looking Backward, 2000-1887, novela de Edward Bellamy publicada en 1888. Este libro casi olvidado cuenta la historia de un hombre que permanece en un trance hipnótico durante más de un siglo y despierta en el año 2000. Se encuentra con una realidad absolutamente distinta de la que había sido la suya: es un mundo perfecto, sin clases, donde se han abolido la propiedad privada y el dinero y todos tienen las mismas posibilidades.

La novela no tiene, es cierto, grandes méritos literarios. La trama del trance hipnótico es solo la excusa que el autor necesitaba para explayarse en larguísimas descripciones (las que el protagonista recibe del hombre que lo ha sacado de su letargo) acerca del funcionamiento del nuevo mundo. Fue su mensaje, el sueño de una utopía realizada, el responsable del éxito de Looking Backward.

Según detalla Erich Fromm en un prólogo escrito para una reedición en 1960, el libro no solo vendió millones de ejemplares y fue traducido a más de veinte idiomas, sino que es “uno de los libros publicados en todos los tiempos que casi inmediatamente después de su aparición originaron un movimiento de masas”: entre 1890 y 1891 se crearon en Estados Unidos 165 “clubes Bellamy”, dedicados a la discusión y propagación de sus ideas, y se publicaron, en el mismo período, 46 novelas utópicas, estimuladas por este boom. En España, quizá por causa de la crisis, la novela ha tenido algunas versiones recientes, como la de la editorial Capitán Swing, que la tradujo con el título de El año 2000, o la de Akal, que prefirió la fidelidad al original: Mirando atrás.

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Contra la arrogancia de los que leen. Cristian Vázquez en Letras Libres

Contra la arrogancia de los que leen. Cristian Vázquez en Letras Libres

Muchos lectores están convencidos de ser superiores a quienes no leen, y sienten por ellos una conmiseración que pronto se convierte en menosprecio. Pero no existe tal superioridad, y esos sentimientos son paradójicos, dado que, en teoría, la lectura promueve la empatía y la tolerancia.

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Entre los numerosos motivos que suelen hacer que algunas personas se sientan superiores a las demás, uno bastante frecuente es el de haber leído. Hay gente que cree que, solo por haber leído unos cuantos libros a lo largo de su vida, tiene mayor autoridad ética o moral que la gente que no lo ha hecho. No solamente minusvaloran sus ideas y opiniones, sino que además a menudo convierten a esas personas en objeto de burlas.

Es curioso, porque el efecto debería ser justo el contrario. Se atribuye a Flaubert una frase que afirma que “viajar te hace modesto, porque te das cuenta del pequeño lugar que ocupas en el mundo”. Pues leer debería hacerte modesto también, ya que te permite advertir lo poco que sabes cuando hay tanto por saber. O te hace leer consejos como aquel con el que comienza El gran Gatsby, una de las mejores novelas del siglo XX: “Cada vez que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido tus ventajas”. Con solo hacer caso de esa recomendación, los lectores arrogantes ya reducirían a la mitad los méritos que hacen para recibir ese calificativo.

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Los motivos por los cuales muchas personas no leen —la mayor parte de la humanidad, por cierto— son muy variados. En general se trata de una falta de gusto por la lectura, con frecuencia debido a que ese gusto no tuvo oportunidad de ser desarrollado, en muchísimos casos a causa de condiciones socioeconómicas (pobreza, marginalidad, instituciones educativas deficientes, empleos que demandan mucho tiempo y esfuerzo físico, etc.) que lo tornan muy dificultoso o virtualmente imposible, como bien lo sabía el padre del narrador de El gran Gatsby.

Sería deseable, desde luego, que esos obstáculos se eliminaran o se redujeran al máximo y que todo el mundo tuviera oportunidad de desarrollar el gusto por la lectura. Más allá de eso, en cualquier caso, es muy interesante en este sentido la mirada del escritor argentino César Aira, quien en un texto sobre literatura y best sellers afirma que a la gente que no lee ni quiere leer literatura “no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente que no quiere practicar caza submarina; además, entre la gente que no se interesa en la literatura se cuenta el noventa y nueve por ciento de los grandes hombres de la humanidad: héroes, santos, descubridores, estadistas, científicos, artistas; la literatura es una actividad muy minoritaria, aunque no lo parezca”.

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Los lomos de los libros, campo de batalla y obra de arte. Cristian Vázquez en Letras Libres

Los lomos de los libros, campo de batalla y obra de arte. Cristian Vázquez en Letras Libres

Los editores se dividen en dos bandos irreconciliables: los que creen que el rótulo en los lomos de los libros deben poder leerse de abajo hacia arriba y los que opinan lo contrario. Pero además hay quienes convierten ese espacio en obras de arte y hasta quienes los transforman en poesía.

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Alguien se para ante un estante con libros y, para poder leer con claridad el nombre del autor y el título en el lomo del primer volumen, inclina un poco la cabeza hacia un lado. Luego la vista pasa al siguiente libro, y luego al siguiente y al siguiente. En algún momento, en el segundo libro, o en el quinto o en el décimo, inevitablemente, tendrá que mover la cabeza, inclinarla en el ángulo contrario. Y después volver a la inclinación primera. Y, más tarde, volver a cambiar. Así, la persona que quiere conocer el contenido de una biblioteca se descubre a sí misma moviendo la cabeza como los perros cuando quieren escuchar mejor.

Entonces uno se pregunta: ¿cómo es posible que los editores no hayan acordado hasta ahora un sentido en el cual escribir los lomos de todos los libros? La respuesta la da Mario Muchnik, mítico editor argentino radicado desde hace décadas en Madrid, en su libro Oficio editor, de 2011:

“Dos escuelas rivalizan en cuanto a este elemento esencial del libro [el lomo]. Por un lado están quienes sostienen a muerte la idea de que el rótulo del lomo de los libros ha de ser puesto de manera que se lea de abajo hacia arriba. Por el otro, quienes sostienen a muerte lo contrario: de arriba hacia abajo. Conozco amistades que se han roto a causa de este diferendo insubsanable”.

 

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La tradición de escribir en los lomos de manera tal que se lean de abajo hacia arriba corresponde a lo que se llama la escuela francesa o latina. El fundamento es el siguiente: los distintos tomos de una obra o colección deben colocarse en el estante de forma correlativa y de izquierda a derecha, que es el modo en que leemos. Solo con lomos que se leen de abajo arriba sus textos quedarán en orden uno debajo del otro, como si fueran los renglones de una página.

 

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El derecho a que leer sea una forma de la felicidad. Cristian Vázquez en Letras Libres

El derecho a que leer sea una forma de la felicidad. Cristian Vázquez en Letras Libres

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El ensayo Como una novela, del francés Daniel Pennac, publicado en 1992, es conocido sobre todo por su decálogo de “derechos del lector”. El texto enumera y describe estos diez derechos:

-A no leer.

-A saltarnos las páginas.

-A no terminar un libro.

-A releer.

-A leer cualquier cosa.

-Al bovarismo.

-A leer en cualquier parte.

-A hojear.

-A leer en voz alta.

-A quedarnos callados.

 

Afirma Pennac que los lectores “nos permitimos todos los derechos, comenzando por aquellos que negamos a los jóvenes a los que pretendemos iniciar en la lectura”. Y es que el autor trabajó durante muchos años como profesor de literatura en escuelas medias y se proponía, con textos como este, que los adolescentes pudieran abordar la lectura con placer, que la tomaran como una aventura personal fruto de su propia elección; en suma, que dejaran de sentir rechazo hacia la lectura. Con humor y claridad, Pennac describe en una escena esa fobia de los jóvenes ante los libros:

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En defensa de comprar libros para (todavía) no leerlos. Cristian Vázquez en Letras Libres

En defensa de comprar libros para (todavía) no leerlos. Cristian Vázquez en Letras Libres

Dos situaciones, muy relacionadas entre sí, hacen sentir mal a algunas personas. Una: comprar libros y luego no leerlos. La otra: comprar libros cuando se tienen en casa libros sin leer. Esta última suele ser, claro, consecuencia de la primera.

Esto es un problema en casos patológicos: el de la bibliomanía, considerado un trastorno obsesivo-compulsivo, o el de alguien que gasta todo su dinero en libros, e incluso se endeuda, y luego no tiene para comer o para pagar el alquiler. Pero estos son casos puntuales. La gran mayoría de las personas a las que me refiero en el primer párrafo no padecen de estos males. Simplemente les gustan los libros: leerlos y comprarlos.

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