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Las personas y el libro electrónico… una aventura de amor odio con final ¿feliz? Julián Marquina

Las personas y el libro electrónico… una aventura de amor odio con final ¿feliz? Julián Marquina

No me gusta el rol de hater que algunos me han puesto con mi actitud en cuanto al libro electrónico, es más,me gustaría que triunfase porque eso significaría que triunfaría la lectura… pero tampoco quiero decir que el libro electrónico sea la leche y que crece y supera al libro en papel cuando no es cierto. No lo supera ni en índice de producción, ni en ventas, ni en niveles de lectura.

Bien es cierto que la lectura digital va creciendo poco a poco, y que poco a poco se va introduciendo en la vida de las personas… pero es que tiene un duro competidor: el LIBRO EN PAPEL. Duro competidor que la música o la fotografía digital no se encontró con sus hermanos en papel, y que ahora sí se está encontrando el periódico. Destaca El País que los lectores digitales se triplican en España en 4 años… sí, ahora hay un 17,7% de las personas que leyó en formato digital en el último año frente al 59% que lo hizo en papel.

Seguir leyendo en el blog de Julián Marquina

 

 

KPMG. Barómetro del libro digital en Francia 2015

KPMG. Barómetro del libro digital en Francia 2015

10 conclusiones del estudio.

  1. El desarrollo de libros digitales parece haber frenado su crecimiento.
  2. Tras la efervescencia del período 2011-2012, la evolución se ha vuelto más retraída.
  3. Muchos editores no tienen en la cabeza en estos momentos aumentar su oferta digital.
  4. El enriquecimiento de los libros digitales es un asunto marginal y no convence a los editores.
  5. Se confirma la tendencia a editar libros exclusivamente digitales.
  6. El precio se calcula mayoritariamente aplicando un descuento sobre el libro en papel.
  7. Amazon, Apple y Kobo son los principales clientes.
  8. La venta digital permite a los editores alcanzar un tipo de público diferente.
  9. Los editores optan en menor medida que en años anteriores por sistemas de protección.
  10. Las vents digitales representan el 5%

Acceder al estudio completo

¿Cómo están impactando las ventas de libros electrónicos en la industria editorial americana? Julio Alonso Arévalo

¿Cómo están impactando las ventas de libros electrónicos en la industria editorial americana? Julio Alonso Arévalo

Libros electrónicos han tenido gran éxito en Canadá, Estados Unidos y el Reino Unido. Las ventas de libros electrónicos representan entre un cuarto y un tercio del mercado del libro de los consumidores y, en 2018, será superarán en ventas  a los libros impresos, si bien los audiobooks se configuran como el segmento más lucrativo.

La Asociación de Editores Americanos (AAP) y el Grupo de Estudio de la Industria del Libro (BISG) pusieron en marcha un nuevo modelo de estadísticas de la industria editorial, BookStats, para seguir con atención los cambios transformacionales en cómo se produce el contenido del libro y se vende en la era digital. Este proyecto pionero de datos, publicado anualmente en su primera fase, ofrece una visión completa de la forma y tamaño de la industria editorial estadounidense medida por unidad neta y ventas en dólares. Los datos del proyecto BookStats está disponible para su compra en un informe anual, un breve resumen en PDF, el último de Julio de 2014  y de manera interactiva a través de un tablero de datos en línea.

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La suscripción de servicios para ebooks avanza para convertirse en un experimento real. Mike Shatzkin  Original en inglés

La suscripción de servicios para ebooks avanza para convertirse en un experimento real. Mike Shatzkin Original en inglés

 

 

La convicción que tenía desde hace tiempo de que las suscripciones masivas de ebooks no iban a funcionar estaba en parte basada en datos que están cambiando. Sigue sin ser pan comido que los ebooks lleguen a donde Spotify ha llevado a la música digital y Netflix a la distribución digital de TV y películas, pero parece más posible hoy en día que hace seis meses. Aun así, a veces las apariencias engañan.
La economía de las suscripciones se basa en pagar menos al proveedor de lo que ganarían de otra manera, para darte un margen con el que crear una propuesta de valor para los consumidores. Así es como funcionan Spotify y Netfilx, y así es como funciona Book-of-the-Month Club.
Y lo que sucede con los servicios de suscripción según pasa el tiempo es que el poder de la “marca” pasa de los títulos individuales (y autores) al servicio de suscripción en sí mismo. Una oferta de suscripción depende de un producto de marca para atraer clientes. Pero, según pasa el tiempo, el valor cambia. 
Cómo detectar rápidamente un timo en la producción de un libro electrónico. Jaume Balmes

Cómo detectar rápidamente un timo en la producción de un libro electrónico. Jaume Balmes

Hace ya cua­tro lar­gos años que me dedico a la pro­duc­ción de libros elec­tró­ni­cos, como mucha gente. He eBook en España coin­ci­die­ron con un momento de ines­ta­bi­li­dad en los for­ma­tos, de inde­fi­ni­ción de las tec­no­lo­gías usa­das y la pro­mesa de nue­vas ver­sio­nes muy pró­xi­mas. Eso ya pasó y tanto el HTML como el CSS, con sus ver­sio­nes nue­ve­ci­tas, sus reco­men­da­cio­nes y manua­les de bue­nas prác­ti­cas, se esta­bi­li­za­ron y desde hace unos dos años tene­mos muchos recur­sos acce­si­bles fácil­mente. Pero ni siquiera así la cali­dad téc­nica media de los libros elec­tró­ni­cos logró subir.

inten­tado siem­pre mejo­rar, inves­ti­gar, pro­bar, etc. en este campo. Los inicios de la locura del

Muchos edi­to­res ya se empie­zan a dar cuenta, piden con­sejo téc­nico a los pocos que nos pode­mos per­mi­tir el lujo de dar lec­cio­nes sobre estos temas, aun­que nadie nos escu­che, aun­que per­da­mos clien­tes (a pocos les gusta que les digan que su pro­ducto es una cha­puza) y aun­que se nos estig­ma­tice en el sec­tor. Aún que­dan edi­to­res (y muchos se dan cuenta poco a poco) que se preo­cu­pan por la cali­dad de su pro­ducto, y que huyen de los dis­cur­sos pre­do­mi­nan­tes tec­no­fí­li­cos sobre la edi­ción y, en con­creto, sobre la edi­ción digital.
Me sor­pren­dió hace poco más de un año que por pri­mera vez una edi­to­rial me pidiera un informe téc­nico sobre la cali­dad de los libros elec­tró­ni­cos. Esa edi­to­rial intuía que algo mal hecho tenían esos libros elec­tró­ni­cos que estaba poniendo a la venta. Las limi­ta­cio­nes téc­ni­cas a las que sus pro­vee­do­res acha­ca­ban erro­res de bulto le pare­cían excu­sas, pero no podía defen­derse (su pro­vee­dor venía reco­men­dado por gran­des nom­bres de la edi­ción, y de la edi­ción digi­tal. Esos mis­mos que des­car­gan toda la res­pon­sa­bi­li­dad del edi­tor en eso «del libro elec­tró­nico» a empre­sas y con­sul­to­ras digi­ta­les y ani­man a bus­car empre­sas, si son moder­nas y tec­no­ló­gi­cas mejor, a las que «aso­ciarse» para explo­tar el libro elec­tró­nico sin preo­cu­parse. «Edi­to­res, preo­cu­pa­ros del con­te­nido, que del pro­ducto ya se encar­ga­rán otros…» dicen los que no saben que más decir). A ese informe téc­nico de casi 30 pági­nas de un solo ePub le siguie­ron otros de clien­tes que no tenían con­tacto entre ellos ni suges­tión por mi parte o de un ter­cero para con­tra­tar ese ser­vi­cio. Todos bus­ca­ban las razo­nes para poder jus­ti­fi­car sus impre­sio­nes y así jus­ti­fi­car a sus supe­rio­res (de hecho esta era la razón prin­ci­pal) un cam­bio de pro­vee­dor. En mi des­cargo quiero decir que a casi nin­guno de esos clien­tes les pro­du­ci­mos libros elec­tró­ni­cos, úni­ca­mente los ase­so­ra­mos téc­ni­ca­mente. Apro­ve­cho para ofre­cerme a cual­quier edi­tor que quiera com­pro­bar la cali­dad téc­nica de sus edi­cio­nes digi­ta­les (que tengo que comer, también…).
Roger Chartier: la leyenda negra del mundo electrónico (Ciclonauta: Blog de historia)

Roger Chartier: la leyenda negra del mundo electrónico (Ciclonauta: Blog de historia)

El pasado mes de enero, el profesor Roger Chartier fue entrevistado en su despacho del Collège de France por Thierry Gaudin y Dominique Lacroix. El diálogo, registrado en video,  fue amplísimo, abordando diversos aspectos, todos ellos interesantes. Tanto es así que la conversación está dividida en dos partes y cinco apartados, cada uno de las cuales tiene un asunto vehicular. Dada esa extensión, ofreceremos completo el primer corte y los primeros párrafos del segundo. Así transcurrió, según la transcripción publicada por Lacroix el pasado marzo en Le Monde:
PRIMERA PARTE: La leyenda negra del mundo electrónico
De eso no se habla

De eso no se habla

por Julieta Lionetti
El pasado 4 de mayo, en París, una comisión mixta, compuesta por siete senadores y siete diputados, aprobó por unanimidad el tratamiento de una ley que impondrá el precio fijo sobre los ebooks una vez que la Asamblea y el Senado la sancionen, muy probablemente antes del verano septentrional. La excepcionalidad cultural francesa promete convertirse en excepcionalidad legislativa, porque la ley contempla su extraterritorialidad. Si el libro nació francés, aunque la transacción se realice en Sidney o en Singapur, la nueva ley lo alcanzará. O, para ser más claros, alcanzará al ciudadano francés que desee comprar en una tienda global con sede fuera de su país. Todo esto si Bruselas permite que Francia dicte leyes que regulen la actividad de empresas que no están en su territorio. Todas las doctrinas, cuando se llevan a sus últimas consecuencias, producen monstruos. Como los sueños de la Razón produjeron el Terror de 1793. 

 

En su argumentación frente al Senado, el ministro de Cultura, Frédéric Mitterrand, hizo una exposición de motivos que, aunque referidos al formato electrónico para la ocasión, afectan al libro en general. El libro, que es una mercancía en cuanto entra al mercado, suscita sin embargo una retórica que alcanza las más altas cotas del Discurso Moral Universal. Además, como todo en Francia merece el adjetivo “histórico” desde 1789 en adelante, la ley de extraterritorialidad del precio fijo fue calificada de histórica por el ministro, que se felicitó por una iniciativa que contribuirá:
[…] al desarrollo de una oferta legal abundante, atractiva para el lector, que al mismo tiempo preservará una base estable de remuneración para los derechohabientes, en particular los autores […]

Et voilà! Aunque será difícil que Stephen King coincida con el ministro francés en que el precio libre que impera en los mercados de habla inglesa ha puesto en peligro sus ingresos por regalías, la figura romántica del autor desvalido frente a los descuentos, aunque totalmente falaz, surte efecto en los corazones débiles. Especialmente si desconocen los entresijos del reparto de la renta generada por la industria del libro, reparto en el cual el autor es solo uno de varios jugadores en permanente tensión.
Frédéric Mitterrand también dijo que:
[…] considerando las características microeconómicas del mercado del libro, la proposición de ley responde a un imperioso motivo de interés general: la protección de la diversidad cultural, consagrada por la convención de la Unesco, así como por los tratados y la jurisprudencia europea. [énfasis mío]

El interés general, como bien sabemos a ambos lados del Atlántico, suele esgrimirse por los gobiernos cuando están en liza los intereses económicos de lobbies gigantescos. Así, tanto en la España de José María Aznar como en la Argentina de Cristina Fernández, el fútbol televisado lo fue en su momento. Y también fue elemento esencial de nuestra diversidad cultural inalienable.
Cabe preguntarse quién paga por esa diversidad inasible, que junto con la identidad forma parte de las esencias que, como tales, están fuera de discusión. Frédéric Mitterand lo dice, aunque bien envuelto en sus ropajes:
Me felicito, entonces, de que la solución equilibrada aceptada por la comisión mixta paritaria permita a los distribuidores establecidos en Francia jugar en igualdad de condiciones con aquellos establecidos fuera de nuestras fronteras. Sería un hecho paradójico que ciertas plataformas de distribución de libros electrónicos escaparan a una regulación de esta naturaleza cuando tratan con lectores franceses.

Pagan los lectores franceses que, por vivir en Francia, no pueden disfrutar de los libros franceses a los mismos precios que otros lectores, quizá también franceses, con domicilio en las Islas Caimán. ¿Cuántos de ellos aceptarán que sus bolsillos subvencionen la diversidad cultural esgrimida por la ley, que en realidad defiende el statu quo de una industria que se va tornando ineficiente y favorece la consolidación de una estructura de mercado que en cualquier otro rubro se identificaría con un cartel?

Estos lectores franceses recuerdan un poco a los habitantes de las colonias españolas en tiempos de los Borbones imperiales, a quienes les estaba vedado el libre comercio.

En las colonias

Cuando me pidieron que contribuyera este artículo, el número de Trama y Texturas en el que aparece se había pensado como un monográfico sobre el precio fijo. No fue posible. Aunque el tema se presenta en cualquier mesa de café o barra de bar en la que se junten más de dos personas del sector, e incluso en algunas tertulias inauguradas por libreros en Google Groups, fueron pocos quienes quisieron exponerse y estampar su firma. La ruptura del precio fijo del libro, aunque muchos la ven como consecuencia necesaria de los cambios que afectan al sector, aparece con los tintes trágicos del fantasma del padre en el comienzo de Hamlet. En España no se tiene memoria de ningún otro régimen para el libro (la primera ley que establece el precio fijo es de 1975), de la misma manera que en Estados Unidos no se tiene memoria de que hasta hace poco más de 50 años el precio de los libros lo decidía el editor.

No fue tan así en las colonias. En la Argentina, por ejemplo, no hubo ley de precio fijo del libro hasta 2001 y esa ley se llamó “de defensa de la actividad librera”.

Como sucedió en Europa desde el siglo XIX y hasta las leyes de precio fijo del último tercio del XX, durante decenios, el mundo del libro se autorreguló formando una cadena de valor que servía perfectamente a sus intereses, mediante acuerdos privados entre los distintos jugadores. Entre el editor y el lector se erigía el librero. Entre el autor y el librero se erigía el editor. Y había un personaje llamado distribuidor que se encargaba de que el producto llegara a los puntos de venta, aunque la gestión comercial con la librería corría por cuenta del editor. El PVP de los libros lo establecía el editor y nadie lo cuestionaba, porque era la manera en que las regalías de los autores fueran transparentes: un porcentaje de un precio conocido por todos y no manipulable por una de las partes. Los libreros hacían descuentos, que no tenían márgenes establecidos por ninguna ley, pero no se trataba de descuentos promocionales. Eran descuentos al cliente, premios por su historia de compras y por su lealtad. En la antigua librería Fausto, de la calle Corrientes, se podía aspirar hasta a un 20 % si uno era comprador asiduo. Eran librerías de cliente, de esas que hoy se cuentan con los dedos de una mano: como la Central y Laie en Barcelona; como la Machado en Madrid; como la Cervantes en Oviedo.

También hay que decirlo, los libros solo se vendían en librerías, a excepción de las ediciones de kiosco, que se comercializaban en exclusiva por ese canal. Eran otros tiempos, pero llegaron los años 90 y las grandes cadenas de supermercados, que también empezaron a vender libros. Con descuento, claro. Vendían best-seller y libros de autoayuda. Cuenta Alejandro Katz, por entonces editor de Fondo de Cultura Económica, que la situación se toleró hasta que la cadena Carrefour puso una publicidad a página entera en los periódicos de mayor circulación del país en la que anunciaba la última novedad de García Márquez con un descuento del 40 %. Y los libros de García Márquez eran un producto que la librería consideraba propio.

En el delicado equilibrio de la disputa por la renta del sector, alguien había tomado una decisión inconsulta que afectaba a uno de los jugadores: la librería.

La cadena de valor estaba en quiebre, aunque eso no implicó el cierre masivo de librerías. Katz formó parte de una comisión de mediación creada por la Cámara Argentina del Libro, junto con la hoy inexistente editorial Puerto de Palos. Lo eligieron porque los libros de Fondo de Cultura no eran apetecibles para los supermercados y eso garantizaba su neutralidad. “En realidad –comenta—los supermercados no venden libros ni ningún otro producto. Lo que venden es dinero, el dinero de caja. Tienen una caja diaria gigantesca y sus pagos a proveedores están muy diferidos, por lo cual su negocio es financiero. Cualquier tipo de promoción que lleve consumidores hasta sus locales y aumente el flujo de caja es bienvenida. No es que la subvencionen, es que el diferencial de los flujos de caja colocado en el mercado financiero es su verdadera ganancia. Ningún librero, ni siquiera la cadena más poderosa, puede mantener esos niveles de descuento”.

Así, la entrada de un jugador externo, que no pertenecía a la cadena de valor del sector, trajo como consecuencia la ley de precio fijo. No es, sin embargo, una ley “a la francesa” y su aplicación es tan laxa como su articulado. A cambio de proteger a las librerías de la competencia de los supermercados, estableciendo un descuento máximo del 10 % solo aplicable en ferias y otros eventos de las mismas características, los editores se quedaron con una parte importante de la tarta: las ventas directas al Estado y a sus redes de bibliotecas, que ya no pasan por las librerías. El Estado en tanto comprador final, a su vez, logró un descuento del 50 %. Y los libreros adquirieron un derecho impensable en España: pueden saldar libros sin autorización del editor, aun cuando este los conserve en catálogo, pasados los 18 meses de tenerlos en stock. Esta cláusula, que es un precio libre de hecho aunque diferido e incluye el dumping sin control editorial, aclara que esos saldos solo podrán promocionarse dentro del establecimiento. Porque de eso, como en las buenas familias, no se habla.

Es casi imposible establecer comparaciones entre los mercados del libro, que están muy ligados desde su inicio a la territorialidad, a las legislaciones de cada país y a los hábitos de compra locales. Si bien todo el ámbito del español comparte un atraso generalizado en el desarrollo del comercio electrónico, sin librerías que hayan liderado la venta online y hayan planteado una seria competencia a las tradicionales, las diferencias son enormes. Mientras en América los libros nunca se venden en firme, lo que ha resultado en una descapitalización de los editores locales y en una restricción natural de la producción de novedades; en España el sistema de compra en firme ha contribuido a la descapitalización del librero que, acosado por la entrega de papel mojado que debe cambiar por papel moneda de curso legal, se ha entregado a una orgía de devoluciones que en los últimos años ha puesto en peligro todo el sistema. Los problemas de la distribución, a uno y otro lado del Atlántico, son incomparables, aunque los modelos estén en crisis en ambas orillas. Pero aun tratándose de ecosistemas tan diferentes, es interesante ver que en otros mercados se ha experimentado con el precio del libro sin que sobreviniera el Apocalipsis tan temido. Al menos, no por ese motivo. Buenos Aires sigue siendo una de las capitales con mayor concentración de librerías en el ámbito de la lengua, incluso después de que sufrieran la competencia desleal de los supermercados a causa del precio no regulado del libro.

Cuántas de ellas son eficientes es otro asunto.

Las batallas que no se dan las gana el enemigo

El debate sobre si el precio fijo del libro en España ha dejado de tener sentido para el desarrollo armónico de la industria se abre en medio de una crisis económica que afecta a todos los sectores de la sociedad y de la economía. A esta incertidumbre se suma el inminente cambio de paradigma, cambio en el cual los ebooks solo son la parte más visible y la que más píxeles ennegrece, pero no la decisiva. En un contexto de concentración editorial casi inigualable en ninguno de los mercados que le son comparables, el libro español es carísimo. Sin duda, para el lector mileurista, pero mucho más grave para la salud del sector es que el libro se ha transformado en un producto carísimo de vender. Y esta es la falla estructural que tarde o temprano provocará el redimensionamiento de toda la industria.

Nadie quiere dar el primer paso en medio de un tembladeral, pero este tembladeral también está provocado por el inmovilismo que caracterizó al último decenio. Las condiciones de las batallas que uno posterga siempre vienen impuestas de fuera.

El precio fijo no ha servido para muchos de los argumentos justificantes de la ley 10/2007:

  • no ha favorecido la coexistencia de títulos de alta rotación con otros de rotación más lenta y mayor valor cultural, científico o educativo, lo cual no debería provocar sorpresa en nadie. Mantener un stock de baja rotación es carísimo para el librero, independientemente del sistema de fijación de precio. Prueba de ello son las devoluciones masivas que sufren los editores si un libro no arranca bien a las tres o cuatro semanas de llegar al punto de venta;
  • no ha permitido el acceso igualitario a la cultura, porque ese acceso solo viene garantizado por condiciones de redistribución más equitativa de la renta, que en nada se vinculan con el control de precios por parte del sector responsable de la fabricación de los bienes culturales;
  • no se protegió al libro de las imperfecciones del mercado, como quieren los partidarios del precio fijo, sino que se lo sometió al desarrollo elefantiásico de un mercado regulado en favor de los actores más consolidados;
  • no favoreció la bibliodiversidad, porque los libros publicados que no están en las librerías por falta de espacio y/o por costes de mantenimiento de stock, o por superproducción irracional, nunca serán descubiertos por sus lectores, que es donde anida la diversidad de los muchos y distintos libros.

Sí permitió, en cambio, la supervivencia de una red de librerías pequeñas y medianas sin especializar, que ofrecen los títulos de mayor venta como cualquier supermercado y están siempre a la espera del próximo mega-seller que les salve la temporada y en las cuales la oferta cultural es escasa o nula. Mientras, el malestar librero crece, como el desierto, porque el negocio apenas da para seguir tirando.

Ahora bien, ¿el precio libre corregiría todo esto por sí solo y especialmente el alto coste de la venta de un libro? No parece probable.

Una política de descuentos a librerías en la cual hay hasta 15 puntos diferenciales entre una cadena y una tienda independiente es difícil de desmontar. Se premia a quien genera más volumen de negocio para el editor y el distribuidor, y el argumento que sustenta estas políticas es sólido desde el punto de vista económico. Así las cosas, el precio libre traería como consecuencia una nueva ventaja para el punto de venta con mayor superficie y mayor rotación, porque quien recibe un 45 % de descuento sobre el precio sugerido también puede ofrecer descuentos mayores al consumidor final. La pequeña y mediana librería, incluso aquellas con un público fidelizado y una política de fondos diferenciados, que se mueven en la horquilla de unos descuentos de editor de entre el 30 % y el 35 %, jamás podrían competir en el precio final o lo harían a costa de reducir aun más su rentabilidad, con el consiguiente cierre de muchos puntos de venta.

Si con el parque de librerías actual no hay ya sitio para todos los libros que se publican, es justamente ese panorama de reducción de los puntos de venta (que ya se experimentó con la liberalización total del libro de texto) lo que espanta a muchos actores del sector y les hace huir de una discusión cada día más necesaria. El atraso del ecommerce, la lenta implantación del ebook debida, entre otras razones, a la desconfianza irracional que el nuevo formato genera entre muchos editores, tampoco hace vislumbrar nuevos cauces de ingresos en el corto plazo. La liberalización del precio del libro sería, en la visión de muchos, agregar un tsunami al tembladeral.

La falta de iniciativas, sin embargo, es un juego en el que todos pierden.

La degradación de la oferta editorial; los demasiados libros que, además de ser caros, generan la angustia de la elección en cada compra del lector, favoreciendo que se decante por los 10 nombres que le resultan conocidos y potenciando de esa forma el fenómeno del mega-seller que no beneficia ni a tirios ni a troyanos (basta ver el marasmo de estos dos últimos años, cuando ningún libro ha venido a remplazar claramente a la trilogía Millenium de Stieg Larsson) plantean un panorama sombrío. La fuga hacia adelante ya no es una opción y, como todo el sistema está basado en la apuesta de futuro, esta desesperanza puede hacerlo quebrar tanto o más que las preocupantes y reales coordenadas de una economía de escala que se sobredimensionó.

La liberalización del precio obligaría a un redimensionamiento que se ha estado postergando y sería un revulsivo poderoso, pero de consecuencias tan sangrientas como la revolución de Octubre, que también pretendió, en su parte de buenas intenciones, saltarse etapas evolutivas en la organización social y económica de los hombres. Sobre muchos cadáveres se reconstruiría una industria del libro saneada, pero ¿quién se atreve a ser el responsable?

Manuel Gil tiene una propuesta creativa que presenta en este mismo número de Trama y Texturas: precio libre para el consumidor final, precio fijo e igualitario tanto para grandes cadenas como para librerías de barrio. Esto es, se acabaron los descuentos especiales y que cada cual haga su mix de ventas y su política de precios según le convenga. Manuel quiere el cambio y quiere, también, evitar el baño de sangre. La pregunta que queda flotando, sin embargo, es hasta qué punto, en la actual concentración del mercado, donde un solo editor es, además, el dueño de las dos cadenas de librerías más importantes de España, esa propuesta puede ser abrazada por todos los gremios que conforman el sector.

El precio fijo ha fracasado. Viva el precio fijo.

 

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Cuando todos los libros sean electrónicos

por Ricardo Nudelman
Trama & TEXTURAS nº 14
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Yo no sé si existirá un tema en el mundo editorial actual que se haya debatido y escrito más que del incierto futuro del libro impreso por la irrupción del libro electrónico. Así en general, «el libro electrónico», aún en idioma español. En todos los periódicos, revistas, blogs, etc., se publicaron en los últimos tres años una cantidad de material que, por lo menos a mí, ha llegado a hartarme.

Trataré de destacar los temas más importantes que creo que salen del debate, y que me parece que sobre ellos vale la pena reflexionar, una vez más.

El artículo completo, en PDF, aquí.

Agítese antes de usarla: Texturas nº 14

publicado en: @ntinomiaslibro
Al igual que en las cajetillas de tabaco se advierte de la peligrosidad de su consumo, en este número de la revista Texturas, monográfico sobre la transición digital de la librería y que estará en la calle a mediados de esta semana, debería llevar un texto de aviso: «Agítese antes de usarla». Las diferentes sensibilidades, planteamientos y reflexiones de 23 artículos conforman un mosaico de estrategias ciertamente interesante para abordar un tema que está en el centro del debate del sector, la transición digital de la librería; extraigo algunas frases de algunos de los textos que me parecen significativas de la importancia que este número tiene.

leer el texto completo

Texturas nº14 – sumario

_Ricardo Nudelman: Cuando todos los libros sean electrónicos
_Joaquín Rodríguez: The Book Plus Business Plan (B+Bp)
_Elia Fernández: Al abordaje
_Paulo Cosín Fernández: Los retos del sector ante las revoluciones de nuestro tiempo
_Juan Miguel Salvador: Nuevas librerías para nuevos escenarios
_José Antonio Vázquez: El regreso al futuro de las librerías independientes
The Linotype Bulletin
_Arantxa Larrauri: Las librerías ante el futuro digital
_Bernabé Naharro Sanz: Manifiesto neolibrero
_Martín Gómez: Los desafíos para la librería
_Manuel García Iborra: ¿Qué será de las librerías en el futuro digital?
_José Manuel Anta: El futuro digital y la mutación de las librerías
_Antonio Rivero Rodríguez: El horizonte digital y las librerías
_María Moreno: Hábitats
_Antonio Ramírez: Un mundo que se estrecha
_Enrique Redel: Cruzar el Rubicón
_Lola Larumbe Doral: Libreros de papel
_Jesús Manuel Pinto Varela: El libro electrónico: ¿qué será de nosotros?
_Marcelino Elosua: Ventaja competitiva: de la capacidad de distribución al marketing digital
_Ramiro Domínguez: El mundo del libro y el mundo del ‘e-book’
_Ramón Alba: ¿De qué hablamos cuando hablamos del libro?
_Philippe Hunziker: Mundo digital y librería en los confines de la hispanidad
_Marco Antonio Coloma: Un campo en disputa
_Javier López Yáñez: Las ferias del libro ante el futuro digital: el papel de las librerías
_Alberto Vicente y Silvano Gozzer: Experiencias en el comercio electrónico de libros