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Sin autores no hay cultura: pensar y actuar colectivamente. Manuel Rico en Nueva tribuna

Sin autores no hay cultura: pensar y actuar colectivamente. Manuel Rico en Nueva tribuna

En los últimos meses se han celebrado algunos importantes eventos relacionados con el libro, con su futuro y con la situación de los distintos sectores que intervienen en su “industria”. Libreros, editores tradicionales y editores en nuevos formatos (en el Congreso de CEGAL en Sevilla los primeros, en Liber 2017 los segundos y en el Congreso del libro electrónico los terceros) han analizado el pasado, el presente y el futuro del sector y establecido conclusiones que afectan a su tejido de empresas y que, al menos en teoría, vendrían a aportar soluciones a algunos de los más graves problemas planteados a partir de la crisis económica iniciada a finales de la década pasada. El exceso de novedades, el creciente peso del libro digital y de la distribución y venta por Internet mediante plataformas cada vez más poderosas, proceso que lidera de modo indiscutible Amazon, la escasa duración de los libros en las mesas de novedades de las librerías, la vida precaria de las de fondo, condenadas si no a muerte si a una duradera, y seguramente crónica, enfermedad, la reducción de los beneficios del sector librero en un proporción equivalente al aumento de beneficios en el de la venta por internet, la autoedición y los nuevos horizontes que abre son realidades que gravitan sobre el sector y que obligan a reflexionar.

LA AUSENCIA DEL ESCRITOR ORGANIZADO

Se debate, se proponen medidas y soluciones, se cuenta con la opinión de las organizaciones gremiales correspondientes y, paradojas de la vida, el factor que hace posible la existencia de todo producto cultural, comenzando por el libro, es el gran ausente. Salvo en Liber (a iniciativa de ACE y de CEDRO), en los congresos, eventos y otro tipo de encuentros, debate casi todo el sector pero el creador parece no tener nada que decir: todos opinan sobre el proceso que lleva el producto de su trabajo y de su imaginación y de las enfermedades que le afectan, pero él queda al margen o, en el mejor de los casos, representado en teoría por dos o tres escritores de moda o autores de libros de éxito que son invitados para aprovechar su proyección mediática y para que, de paso, se pronuncien sobre el temario de la Jornada o Congreso, algo que suelen hacer remitiéndose a su experiencia personal o al proceso creativo tal y como lo han vivido o lo viven, no con una opinión sustentada en la experiencia colectiva.

A ello ayuda el carácter férreamente individualista de la creación literaria y el por otro lado inevitable (seguramente va con la naturaleza de la propia creación) alto grado de ombliguismo y egolatría que acompaña a la “profesión”.  La realidad es que son muy pocos los espacios en los que en la reflexión sobre la marcha y sobre las perspectivas del mercado del libro y sus problemas se cuente con los escritores organizados, es decir, con alguna de sus entidades profesionales más relevantes. La realidad en España no es la de otros países: por dar un dato que nos debería servir de enseñanza, en la Feria de Frankfurt de 2017, la Asociación Colegial de Escritores de España estuvo presente en la condición de firmante de un manifiesto que se leyó en la sesión de apertura junto con entidades autorales de Francia, Italia, Alemania y Noruega, y no por invitación de la representación oficial española. Eso viene a confirmar una práctica reiterada: por costumbre o por olvido, se prescinde de ella. Los escritores son esos locos o genios que están ensimismados en su obra pero que no tienen por qué opinar sobre lo que otros hacen de su trabajo. La industria existe gracias a ellos pero debe seguir existiendo sin su opinión, parece ser el lema.

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Vida nueva a los libros descatalogados: el horizonte digital y sus desafíos. Manuel Rico

Vida nueva a los libros descatalogados: el horizonte digital y sus desafíos. Manuel Rico

Es mucha la carga de polémica que a estas alturas del siglo llevamos acumulada respecto a las ventajas del libro en papel (sobre todo para quienes nos hemos formado, literaria y sentimentalmente, en su universo) en relación con el libro en formato digital, es decir, en e-book. Tacto, olor, valor artístico y cultural del objeto libro, sencillez y despojamiento, ahorro de baterías y otros artilugios alimentadores del lector electrónico en sus distintos formatos, han sido argumentos colocados sobre la mesa en cada debate. Comparto, como no podía ser de otro modo, todos los que se utilizan para defender el libro tradicional y no voy a contradecirlos. Pero quienes escriben y publican desde hace mucho tiempo con buena acogida crítica y no tienen ninguno de los títulos (Premio Cervantes, premio Nobel y pocos más, o una dilatada carrera de best-sellers) que permiten mantener vivo (es decir, accesible y reeditado) todo el catálogo de obra propia, se encuentran con enormes dificultades para que obras publicadas hace diez, quince o veinte años, descatalogadas por muerte de las colecciones en que aparecieron o por voluntad del director o directora editorial correspondiente sean conocidas, compradas o leídas por los lectores de hoy. Si ya es extremadamente difícil lograr que una novedad se mantenga un par de meses en las mesas de novedades de las librerías, aspirar a que ésta se incorpore al fondo vivo de las mismas —cada vez hay menos “librerías de fondo”—parece un objetivo que linda con lo imposible. Si esa pretensión la extendemos a los libros que se publicaron hace más de una década y planteamos junto a esa presencia “viva” en las librerías de fondo la posibilidad de la reedición, nos encontraremos con la misma, o más contundente imposibilidad. Solo la casualidad, el ojo curioso de un editor (casi siempre modesto e idealista), o la apuesta de un experto o maniático buscador entre los libros  que enterró el tiempo pueden ejercer cierta labor salvadora. La inmensa mayoría de las novedades dejan de ser novedades a los pocos meses y al cabo del año o de los dos años quedan sepultadas por toneladas de papel de incierto destino.

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El individualismo del escritor en la era digital: contra la indiferencia y la resignación. Manuel Rico en Nueva tribuna

El individualismo del escritor en la era digital: contra la indiferencia y la resignación. Manuel Rico en Nueva tribuna

El conocimiento público, hace poco más de un año, de la situación que vivían algunos creadores jubilados por compatibilizar pensión y cobro de derechos de autor, colocó en el tablero del debate cultural, quizá por vez primera, las condiciones de vida y trabajo de la mayoría de los escritores de nuestro país. Y, de manera indirecta, puso de relieve una necesidad sólo abordada de manera puntual o simplemente excluida del catálogo de objetivos del escritor: me refiero a la defensa de sus propios intereses, al posicionamiento, como sujetos imprescindibles del proceso editorial (de la “industria”) y como principales afectados por los cambios, algunos radicales, que está generando la expansión del mundo digital, por no aludir a otros desafíos no tan novedosos pero sí de un interés indudable que forman parte del catálogo de reivindicaciones autorales desde hace décadas. En pleno siglo XXI, la realidad del escritor es poco conocida por la sociedad. Incluso es ignorada por los propios lectores, que no suelen detenerse a pensar en las circunstancias en las que se crean los libros que compran o toman prestados en la biblioteca ni en las condiciones “laborales” y vitales de sus creadores.

INDIVIDUALISMO NO ES DESCONOCIMIENTO

La labor del escritor es radicalmente individualista. Basta un lápiz, o un bolígrafo, una libreta (o un ordenador) e imaginación para construir  una historia, para escribir un libro de poemas, de cuentos, una novela o un ensayo. El escritor trabaja, en la soledad más completa, en una habitación, casi siempre rodeado de libros, y en su mayoría es identificable con los “escritores de caja de ahorros” a los que se refiriera, de forma no tan peyorativa como parece, Francisco Umbral. Unos se dedican profesionalmente a la literatura en calidad de autónomos o parados con encargos ocasionales y otros, la mayoría, a actividades tan respetables y comunes como las de profesor, empleado de banca, funcionario, administrativo de empresa o periodista.

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Los libros y yo: historia de una dependencia. Manuel Rico

Artículo publicado en el número 22 de Trama&Texturas.
Encuentros como el que posibilita esta Feria del Libro Independiente* son algo más que necesarios: imprescindibles. Especialmente en tiempos de crisis, de una crisis que por sus características y por la orientación política de quienes la gestionan se está cebando, sobre todo, en sus víctimas. En los estudiantes de pocos recursos. En los asalariados públicos y privados. En las personas dependientes. En los pensionistas y jubilados. En los jóvenes que buscan su primer empleo. Y, cómo no, en el mundo de la cultura en sentido amplio, víctima del IVA cultural y del recorte de fondos públicos; en el mundo del libro, asediado por una realidad doble: la reducción del poder adquisitivo de las clasesmedias y de los trabajadores, y el proceso de mutación de su industria generado por el universo digital.
Trama&Texturas 22. Quiénes nos aportan su opinión y reflexión

Trama&Texturas 22. Quiénes nos aportan su opinión y reflexión

Ante de acabar el mes de enero el número 22, con el que la revista empieza su octavo año de existencia, estará en circulación.

Vaya como pequeño adelanto las personas que enriquecen este número.

Alberto Gómez Font
Alfonso Zapa
Ana Cristina Gonzalo Iglesia y Lorena Serrano García
Ana Santos Aramburo
Bernat Ruiz Domènech
d’Alembert y Diderot
Esteban Hernández
Fernando Juárez
James Warner
José Antonio Merlo Vega
Josep Mengual Catalá
Manuel Gil
Manuel Rico
Tomás Granados Salinas

La mirada del editor en el nuevo siglo. Manuel Rico

La mirada del editor en el nuevo siglo. Manuel Rico

Por Manuel Rico.

No son pocos los foros en los que, de vez en cuando, se escucha la voz del editor. Pero suelen ser o bien foros profesionales, de gremio, o bien foros literarios en los que el editor aparece como una “rara avis” que ha de pronunciarse sobre las posibilidades de edición, sobre su experiencia editora en relación con el género que trata el foro, o como complemento de los debates y conferencias. Son, ciertamente, muchas las jornadas o cursos donde el editor aparece entre poetas o junto a críticos o narradores para expresar su opinión acerca del estado de la edición o sobre el proceso en virtud del cual un manuscrito recibido acaba en librerías. He compartido mesa y mantel con algunos de ellos en encuentros sobre poesía contemporánea, en algún curso de verano sobre narrativa, en debates sobre el peso de la literatura en el cambio de siglo.
Sin embargo, siempre he echado de menos una iniciativa que situara al editor en el centro del debate y que fuera más allá de ese tipo de jornadas y que se proyectara, de una manera regular, hacia la sociedad. Sobre todo, porque el editor, a lo largo de la historia y, de manera muy especial, durante el siglo XX  (y en la década del siglo XXI que acabamos de cerrar) ha sido el elemento imprescindible para que el acto de lectura fuera una realidad. Incluso para enriquecerlo, para incorporar factores sensoriales —el diseño del libro, la caja del texto, la portada, el tamaño, el tipo de letra— al proceso lector, para aportar gozo, para acercar al lector al libro.