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Belén Rubiano nos habla de las Memorias de un librero de Héctor Yánover

Belén Rubiano nos habla de las Memorias de un librero de Héctor Yánover

Memorias de un librero

Héctor Yánover

Trama Ed.

Tengo que rendir un digno y justo homenaje. Lo mejor de una librería no es el libro ni lo que el libro pueda llagar a significar; no son, por supuesto, ni las estanterías ni los proveedores. Lo mejor de una librería son los clientes de las librerías. Son los habitués, los lectores, los amigos, los compradores de libros. A ellos, porque son hermosos y hacen posible la belleza, yo les doy un abrazo, emocionado.

Que España es uno de los países donde más (y mejor) se edita no deja de ser motivo de perplejidad, pues también es uno de los países donde menos se lee. Ya, el clima. Pero no quería hablar del tiempo sino de nuestros lectores:

A. La mayoría absoluta pertenece a este grupo. Sus lectores compran un libro al año (unidad de tiempo que a veces necesitan para leerlo) y lo sobrellevan como quien tiene que cargar con un trofeo muy pesado. La naturaleza del libro elegido responde, siempre, a razones completamente esotéricas. Unas veces es una bazofia y otras (las menos) es un libro excelente (el caso de Patria) cuya lectura también disfrutan quienes integran los grupos B y C. Los lectores del grupo A suelen afirmar sin sonrojarse que leer es para ellos una actividad vital para la que quisieran disponer de más tiempo. Esto, en sí mismo, no es ni bueno ni malo y apenas si revela (salvo que somos una especie muy divertida) rasgo alguno de la humanidad. Yo, sin ir más lejos, hago lo mismo con el deporte. Un día subí una cuesta en el campo que hubiera preferido que no estuviera allí y, desde entonces, sostengo que el senderismo me encanta y que, si no lo practico más a menudo, es por falta de tiempo. Dado que las editoriales que tienen la suerte de tener en su catálogo uno de estos títulos tocados por la gracia no son muy amigas de dar cifras reales para que el ministro de Hacienda no les chinche, me resulta muy difícil aventurar un número aproximado de cuántos lectores empedernidos pertenecen a este grupo pero, tranquilamente, dos o tres millones. Si el número no es mayor es gracias a ellos mismos ya que, conscientes del despilfarro que supone la compra del libro anual, hacen cuanto pueden por evitar su venta: Es buenísimo, me está encantando, pero no se te ocurra comprártelo que cuando lo lea mi madre y mi hermano, te lo presto. Insisto, no es una crítica y yo hice lo mismo con unas mancuernas que compré hace tiempo: regalarlas sin importarme nada lo que pudiera dolerle al dueño de Decathlon.

Seguir leyendo en el blog de Caótica.

 

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Memorias de un librero en Librerías del mundo. César Benedicto Callejas

Memorias de un librero en Librerías del mundo. César Benedicto Callejas

Uno de los géneros literarios que más me gustan son las memorias y las autobiografías, en pocos textos como en aquellos se puede percibir con mayor intensidad el ansia humana de ser recordado, nuestra innata necesidad de mirarnos al espejo y la necesidad de sentirnos presentes. Las memorias son un género peculiar a medio camino entre la novela, por cuanto el recuerdo es siempre reinvención del pasado y quien cuenta el suyo propio hace mea culpa o se justifica y el reportaje porque si bien reconstruye, no puede del todo mentir.

Yánover no quiere justificarse, no tiene por qué ni de qué, más bien quiere dejar constancia de aquello que le pasó y que no desea que se pierda en aquel mundo cambiante de los libros en el que ya adivina sus transformaciones (Yánover murió en 2003), y, sobre todo, es un canto al libro como objeto, como forma de vida y como camino de diálogo.

Sus memorias no son un anecdotario, son una mezcla rarísima y deliciosa, entre los trabajos del librero, desde el más sencillo vendedor hasta el propietario de Norte, la célebre librería de Buenos Aires. Personajes anodinos, grandes escritores, compradores desaprensivos, locos y cuerdos, sabios e ignorantes se pasean por sus anaqueles y él observa pasar el mundo con la certeza de que todo está ahí,
en la librería, desde antes de que ocurra y para siempre.

No pierde de vista que su tarea es vender libros, que es escritor y promotor cultural, que es lector y amigo de celebridades, ésas son cosas accesorias, no vende libros y por eso, no sin cierta amargura, denota el espíritu de quienes leen y de quienes no lo hacen.

Acceder al artículo completo en El Excelsior.

 

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Sobre “Memorias de un librero” de Héctor Yánover. Carlota Gastaldi Mateo

Sobre “Memorias de un librero” de Héctor Yánover. Carlota Gastaldi Mateo

Hay muchas formas de contar una vida. Una de las más sugerentes es, sin duda, atravesando la senda de los libros. Héctor Yánover (1929-2003) fue el librero más famoso de Buenos Aires. Durante muchos años regentó la mítica Librería Norte. Naturalmente, un trabajo de este tipo hace que los libros, además de un oficio, se conviertan en el envoltorio onírico de las propias vivencias. En “Memorias de un librero”recopila una procesión de anécdotas vinculadas a su experiencia como librero. O mejor, a su experiencia como amante de los libros, pues lo que recoge es un canto al libro como refugio, antes que como negocio.

     “Memorias de un librero” no es un anecdotario de escenas graciosas. En eso, es poco pretencioso. Solo se sirve de ellas para completar el dibujo que traza de lo que fue su camino en la vida. Eso sí, se abra por donde se abra, resulta entrañable. Porque está escrito con la tinta de los sentimientos, con el bombeo de su pasión lectora. Cada anécdota rescatada está empapada de un ardor desmedido por el oficio y por todo lo que tiene que ver con el hecho de ser librero. Héctor Yánover supo bien que hay anécdotas tan buenas que debieran ser verdad. Él las narra con naturalidad, tal cual le vienen, y nos hace cómplices de su encantamiento. Confiesa tenerles fidelidad ya no solo por el saber que le proporcionan —siempre algo del precipitado de sabiduría de algunos de ellos se adhiere a nuestras manos—, sino porque con ellos construyó su vida.

Seguir leyendo en La cueva de mis libros.

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El libro nuestro de cada martes: Memorias de un librero de Héctor Yánover por César Benedicto Callejas

El libro nuestro de cada martes: Memorias de un librero de Héctor Yánover por César Benedicto Callejas

Uno de los géneros literarios que más me gustan son las memorias y las autobiografías; en pocos textos como aquellos se puede percibir con mayor intensidad el ansia humana de ser recordado, nuestra innata necesidad de mirarnos al espejo y la necesidad de sentirnos presentes. Las memorias son un género peculiar, a medio camino entre la novela, por cuanto el recuerdo es siempre reinvención del pasado y quien cuenta el suyo propio hace mea culpa o se justifica y el reportaje porque si bien reconstruye no puede del todo mentir. Sin embargo, más que en cualquier otro formato, el estilo lo dice todo. Se trata pues, de una especie de epitafio amplísimo de la manera en que el memorialista quiere ser recordado, pero también, una botella con un mensaje al inmenso mar del olvido de aquello cuanto nos ha pasado y no queremos que se pierda.

Borges decía, con toda razón, que la inmortalidad no debiera preocuparnos, porque no depende de nosotros sino de quienes quieren recordarnos. Por eso he disfrutado tanto las memorias de Héctor Yánover, rey de los libreros bonaerenses durante décadas.

Yánover no quiere justificarse, no tiene porqué ni de qué, más bien, quiere dejar constancia de aquello que le pasó y que no desea que se pierda; en aquel mundo cambiante de los libros en el que ya adivina sus transformaciones ( Yánover murió en 2003 ), y sobre todo, es un canto al libro como objeto, como forma de vida y como camino de diálogo.

Seguir leyendo en La cisterna de sol.

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Héctor Yánover

Memorias de un librero

 

 

 

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Librería Norte: sesenta años con libros. Daniel Gigena en La Nación

Librería Norte: sesenta años con libros. Daniel Gigena en La Nación

Breve historia: Es una de las librerías más prestigiosas de la ciudad de Buenos Aires, el “norte” al que se dirigen bibliófilos porteños, de las provincias argentinas y de países extranjeros con los que se comparte la lengua española. Desde 1967, está ubicada en la avenida Las Heras 2225, frente a una de las sedes de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires y de la plaza Emilio Mitre. Antes, se encontraba en un local de la avenida Pueyrredón y Santa Fe.

“Ya desde entonces se llamaba Librería Norte -cuenta Debora Yánover, una de las pocas libreras porteñas-. Siempre tuvo un equipo de libreros con mucha experiencia.” La lista de visitantes ilustres de Norte no para de crecer: de Quino a Julio Cortázar, pasando por Adolfo Bioy Casares, Gonzalo Rojas, Fabio Morábito y el impar poeta santafesino Hugo Gola.

Norte es una de las librerías preferidas por los poetas. Su sección de libros de poesía, situado al fondo a la derecha del local, es uno de los más completos de cualquier librería de América Latina. “Las jóvenes generaciones de poetas acuden también a la librería” agrega Yánover, hija de Héctor Yánover (Alta Gracia, 1929-Buenos Aires, 2003), librero-poeta y autor de la célebre autobiografía Memorias de un librero, publicada en 1994 por Ediciones De la Flor y reeditada en 2014 por Trama Editorial. Yánover publicó también varios libros de poemas.

En Norte, ocasionalmente, se presentan libros, como ocurrió con la exhaustiva edición de Obra completa del poeta Francisco Madariaga, publicada por Eduner. Participaron del encuentro Diana Bellessi, poeta del río y de la naturaleza como Madariaga, Reynaldo Jiménez y Liliana Ponce.

Seguir leyendo en La Nación.

 

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Memorias de un librero

22 €

 

 

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Escritores libreros: estar de los dos lados del mostrador. Daniel Gigena en La Nación

Escritores libreros: estar de los dos lados del mostrador. Daniel Gigena en La Nación

En una historia de los escritores libreros de la ciudad de Buenos Aires figurarían, en orden más o menos caótico, los nombres de Luis Gusmán, Germán García, Guillermo Piro, Lucas Soares, Raúl Santana, Jonás Gómez, el enigmático J. P. Zooey, Osvaldo Lamborghini e Isidoro Blaisten.

Yánover, el librero establecido. César Romero

Yánover, el librero establecido. César Romero

En la añorada librería Rialto, que se ubicaba en la sevillana plaza del mismo nombre, aunque el callejero la llame Jerónimo Hernández, la librera Belén Rubiano regalaba con cada compra un punto de lectura color hueso que recogía, en una grata tinta verde, el siguiente texto: “Tengo que rendir un digno y justo homenaje. Lo mejor de una librería no es el libro ni lo que el libro pueda llegar a significar; no son, por supuesto, ni las estanterías ni los proveedores. Lo mejor de una librería son los clientes de las librerías. Son los habitués, los lectores, los amigos, los compradores de libros. A ellos, porque son hermosos y hacen posible la belleza, yo les doy un abrazo, emocionado”. Y debajo venía una firma: H. Yánover. Probablemente gracias a estos puntos de lectura algunos aficionados a la lectura supimos de la existencia de Héctor Yánover, “librero establecido”, como solía firmar, y destacado en una ciudad con muchos libreros, Buenos Aires, y rápidamente simpatizamos con él, porque sabíamos que debía de ser, o había sido, un librero como Belén Rubiano, de los que han leído mucho pero no dan lecciones ni pontifican sobre sus lecturas, de los que descubren al lector vocacional con sólo intercambiar dos palabras, de los que empeñan lo que no tienen montando una librería y no renuncian a hacerlo pese a los reveses económicos y las sempiternas crisis del sector, porque en la charla con los habitués y en el descubrimiento de un verso o un párrafo de un autor novel les va la vida entera.

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¿Me da una novela de Borges? Ricardo Bajo Herreras. Sobre Yánover y los libreros

¿Me da una novela de Borges? Ricardo Bajo Herreras. Sobre Yánover y los libreros

Porque en cualquier momento dejaré de estar, aquí siguen los que fueron. Aquí, alineados en las estanterías” (Héctor Yánover). Los libreros están desapareciendo. En las librerías ya no quedan, ahora hay changos —con cara de culo— que se dedican a teclear en la computadora el libro y autor que quieres. Héctor Yánover, el librero más famoso de Buenos Aires, decía que “la librería no está donde está, sino dentro de uno”. El librero se compra y se vende a sí mismo, como el libro que comienza a serlo, cuando se lee. Un buen librero debe aparentar ser culto con un saber extendido y horizontal (e incluso pedante, algo inalcanzable para una “compu”); debe inspirar confianza; debe oler de lejos a tinta, engrudo y papel. Una vez conocí a un librero que cuando necesitaba un libro para su tienda, lo mandaba a robar a otra librería. Eso es un librero con las letras (y los huevos) bien puestos, capaz de todo para satisfacerte.

Leer artículo completo en La Razón.

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¿Por qué ya no robamos libros? Joaquín Rodríguez

¿Por qué ya no robamos libros? Joaquín Rodríguez

Recuerdo que en La vida exagerada de Martín Romañana, Martín, trasunto del propio Bryce Echenique y protagonista de la novela, robaba con delectación e idolatría en las librerías del Barrio Latino, en aquellos años 60 de expatriación de los jóvenes latinoamericanos, tan intelectualmente hambrientos como económicamente estrechos, que luego se convertirían en señas de identidad de la creación literaria en sus respectivos países. Por esa misma época -según me recordaba Manuel Ortuño hace un par de días mostrándome la cuarta de cubierta de la edición ampliada de lasMemorias de un librero de Héctor Yánover- Masperó parece que tuvo que colgar un letrero en la entrada de su librería que rezaba: “La derecha nos quiere suprimir: si ustedes siguen robando libros, tendremos que cerrar. No colaboren con el enemigo”. Tan codiciados eran los libros, tal el volumen de ejemplares robados, tal la bulimia lectora, que una de las librerías de referencia de la capital francesa -que acabaría cerrando- tuvo que advertir a sus ladrones-lectores, que el hurto voraz y repetido que practicaban podía llevarle a la ruina.

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Seguimos con el rumrum de Memorias de un librero

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Juan Triviño