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Las redes sociales nos vuelven cursis. Miguel Ángel Furones en Yorokobu

Si Francisco Silvela, autor del Arte de distinguir a los cursis, le achacaba la expansión de lo cursi a la fotografía y la galvanoplastia, no podemos ni imaginar lo que diría de haber conocido internet.

Existe una curiosa versión sobre el origen de la palabra cursi. Se cuenta que en la Sevilla del siglo XVIII vivía un sastre llamado Sicur, que tenía dos hijas. Estas, entrando ya en la edad «de merecer», solían pasearse por los lugares más concurridos de la ciudad aparentando ser señoritas de cierta alcurnia. Con tal objetivo, le sustraían a su padre restos de lazos y otros retales sobrantes de su negocio para emperifollarse debidamente.

Pero lo hacían de una forma tan excesiva y grotesca que, una vez en la calle, los guasones estudiantes de la universidad que las veían acercarse se avisaban entre sí con el grito de «ahí vienen las Sicur». Pero para que ellas no descubrieran la chanza le daban la vuelta a las sílabas de su apellido paterno transformando así el aviso en «ahí vienen las Cursis».

Francisco Silvela, en su libro La Filocalia, o arte de distinguir a los cursis, escrito en 1886, los define de esta forma: «Creemos, pues, fijar de una manera positiva el ridículo que procede de lo cursi, diciendo de él que es una apariencia no satisfecha; una desproporción evidente entre la belleza que se quiere producir y los medidas materiales que se tienen por lograrlo».

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Bibliomanía, la rara enfermedad que ha sobrevivido hasta nuestros días. Enrique Alpañés en Yorokobu

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Los chavales de hoy en día son lo peor. Se pasan las horas pegados a sus teléfonos móviles, haciendo vete tú a saber qué, trasteando, creando una dependencia que ya tiene incluso nombre: nomofobia, y que, según distintos estudios, afecta a casi la mitad de los usuarios de móviles. Eso antes no pasaba. Porque no había móviles. Antes eran otros los vehículos culturales que causaban peligrosas adicciones, y en el siglo XIX el más pernicioso de todos era el libro.

En un reciente artículo publicado en The Guardian, la experta en libros Lorraine Berry sacaba del olvido un trastorno obsesivo-compulsivo, la bibliomanía, que consistía en coleccionar libros más por aparentar que por tener una intención real de leerlos, lo que hoy llamaríamos un postureo patológico.

Este trastorno, ya descatalogado de cualquier tratado psicológico o psiquiátrico, tuvo su auge en el siglo XIX, cuando los libros representaban el mayor vehículo cultural de la sociedad.

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