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Formas de leer un libro. Emilio Lara en Zenda

Formas de leer un libro. Emilio Lara en Zenda

Ir a comprar un libro tiene algo de caza incruenta. El coto o la sabana de una librería nos sumergen en un tiempo sin relojes en el que, ensimismados y ávidos, seleccionamos piezas, sacamos volúmenes de las estanterías o cogemos alguno de los libros apilados en las mesas de novedades. En las librerías ralentizamos nuestros movimientos, como si nos rodasen a cámara lenta, pues nos desenvolvemos con la sensación de estar en un espacio sagrado en el que hablar alto merece miradas de reconvención. Antes de que sea nuestro, ojeamos el argumento, la biografía del escritor en la solapa —si no lo conocemos— y leemos la primera página. Esto es la prueba del nueve. Si el primer párrafo es un relámpago y los siguientes tienen cadencia y nos impelen a continuar leyendo, lo compramos. A la buchaca. Ya tenemos botín.

Sentados en casa, antes de la vista recurrimos a otros sentidos para posesionarnos de él. El olfato y el tacto. Olemos el papel y la tinta con los ojos cerrados, pasamos con lentitud las yemas de los dedos por sus hojas para calibrar la calidad del papel, y sonreímos. Esta exploración sensorial es especialmente gustosa si el papel de las guardas es de buen gramaje, tiene un color vistoso o reproduce un mapa o una imagen alusiva al contenido.

A veces me gusta decirles a mis alumnos: «Seamos lógicos, empecemos por el final». Por eso, si el libro dispone de nota del autor —o agradecimientos—, comienzo la lectura siempre por ahí, pues suele estar en las últimas páginas. Es mi debilidad. Esto no desvela nada importante de la trama y me hago una idea, en los libros de historia o en las novelas históricas, de quienes de variada manera han colaborado en la conformación del libro, de los lugares que ha visitado el autor para documentarse y de las ligazones sentimentales que éste mantiene con algunas personas. Hillary Mantel, en los agradecimientos de su novela Una reina en el estrado (Destino, 2013), al referirse con gratitud a su marido, da en el clavo al decir de él «que ha compartido una casa con tanta gente invisible», en alusión a los personajes imaginarios o muertos hace siglos que copan la mente de los escritores y que conviven con ellos día y noche durante la escritura.

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Teresa M. Peces entrevista a Irene Antón de Errata Naturae

Teresa M. Peces entrevista a Irene Antón de Errata Naturae

Hace ahora 10 años, dos jóvenes doctorandos, desencantados con su labor académica, decidieron poner en marcha un sueño: fundar una editorial. Lo que en un principio, desde su inexperiencia, parecía imposible, fue tomando forma y en abril de 2008 se publicó Pasar el invierno, de Olivier Adam, primer título de Errata naturae.

Con su actitud intrépida Rubén Hernández e Irene Antón han conseguido mantener a flote, en tiempos de crisis, una pequeña editorial, independiente, con una línea filosófica muy definida y que pretende, ante todo, marcar huella en el lector. Como un error de la naturaleza, Errata naturae, pretende incluir en su catálogo todo aquello que se sale de las líneas de grandes ventas editoriales, lo diferente, lo reflexivo, lo cambiante… Curiosidad y Calidad son sus máximas que le han merecido el reconocimiento de todos los agentes del mundo del libro, no sólo en España, sino en otros países con gran trayectoria editorial.

En una cafetería cultural del centro de Madrid, Irene Antón nos recuerda cómo fueron los duros principios, nos explica el desarrollo de la editorial y, desde su humildad y su timidez, pero con gran seguridad, nos da las pautas del éxito que ha llevado a esta editorial a descubrir a grandes autores y ser una de las de mayor prestigio en el entorno de la edición independiente.

 ¿Cómo ha sido vuestra trayectoria? Errata naturae se lanzó en 2008 y en breve vais a cumplir 10 años.

– Sí, los primeros libros se publicaron a principios de abril de 2008. Era un momento de crisis para mi socio Rubén Hernández y yo. Ambos acabábamos  de terminar la carrera, estábamos haciendo la tesis y nos sentimos un poco desmotivados, con pocas ganas de seguir haciendo la tesis, nos apasionaba el tema que estábamos trabajando pero no veíamos futuro profesional. La idea fue de Rubén, que propuso montar una editorial, aunque ya teníamos la idea en mente desde hace tiempo pero nunca hasta ese momento lo vimos como una opción real. Finalmente dimos todo lo que teníamos, tanto material como personalmente, por sacar la editorial adelante, nos pusimos a trabajar muy en serio, en un principio muy despacio viendo si el proyecto era posible y después ya pusimos el acelerador y todo salió adelante.

– Todo vuestro conocimiento está puesto al servicio de la editorial porque en ella se refleja la Filosofía y la Estética.

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Llamémosla Random House, el libro que más le ha enseñado a Lorenzo Silva sobre el mundo de la edición

Llamémosla Random House, el libro que más le ha enseñado a Lorenzo Silva sobre el mundo de la edición

El libro que más me ha enseñado sobre la edición son es el de las memorias del fundador de Random House, Bennett Cerf. Está publicado en Trama Editorial y se titula Llamémosla Random House. Bennett Cerf es un señor que sacó adelante, promovió y llevó a donde no estaban autores como Truman Capote y varios Premios Nobel. Consiguió que un libro ilegal fuera un éxito de ventas. Ese libro ilegal era el Ulises de Joyce, que estaba prohibido en Estados Unidos. Él quería publicar ese libro pero no tenía dinero para el juicio, así que consiguió convencer a un gran abogado de que defendiera el caso sin cobrar, acordando que, a cambio, se llevaría un 2% de lo que vendiera el libro. Así consiguió engatusar a un abogado que defendió el caso, lo ganó y luego se hizo rico con los derechos que recibió del Ulises que le cedió el propio Cerf. Realmente leyendo este libro te das cuenta de que un editor, un buen editor, puede ser el que hace la carrera de un gran escritor, o puede ser el que a un gran escritor le permite desarrollar su potencial, o puede ser que a un gran escritor le permite tener a raya sus obras, tener bajo control sus paranoias, incluso muchas veces no dejarse devorar por sus puerilidades. El libro es muy sincero.

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