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Tres editores ‘amateur’. Janet Flanner en Texturas 26

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En la evolución de la literatura, el editor literario ha sido, sin lugar a dudas, el segundo factor imprescindible. Individualmente, sin embargo, rara vez ha sido reconocido como ese elemento principal y necesario relacionado con la aparición de un nuevo gran libro, ni mucho menos por los lectores. Sólo ha representado el papel de común burro de carga de la literatura, con los autores y a veces con el peso de sus genios sobre su espalda. Como editora original del Ulises, la difunta señorita Sylvia Beach se salvó de una o dos de estas constrictivas categorías. Se hizo famosa por haber publicado únicamente esta enorme obramaestra de James Joyce, tan difícil de leer y desentrañar que, en un primer momento, tanto los lectores como numerosos críticos necesitaron su tiempo para apreciarla. Al principio le daban las gracias, sobre todo por el mero hecho de la conmoción que provocaba cada vez con mayor frecuencia en todo el mundo literario occidental de los incipientes años veinte. Después, con el paso de los años, fueron literalmente losmiles de turistas y lectores y escritores de ambos lados del Atlántico que acudían a su pequeña librería Shakespeare en la rue de l’Odéon los que le agradecieron en persona su servicio a la literatura. La librería se había convertido en un enorme centro difusor de ilustración e influencia literaria que ella presidía de forma humilde, una persona tan pequeña como su local, de talla adolescente, con melena corta de colegiala y cuello blanco de oficinista, y gafas baratas con montura de acero. De donde no escapaba al destino de editor literario era como bestia de cargamoviéndose con dificultad bajo el aplastante fardo de genio y egocentrismo de algún autor excepcional, carga pesada como las piedras o el mármol en el caso del dublinés Joyce. No existe crónica de ningún otro gran escritor de prosa en inglés de nuestro tiempo en quien habitara una personalidad tan prodigiosa como la que él poseía, o que tuviera un carácter tan Tres editores ‘amateur’ profundamente esculpido y forjado por su propio ego. Era como una elegante y delgada columna de granito erigida en su propio honor.

Parte de su fama provenía del hecho de ser una editora amateur y una mujer que tuvo el valor de publicar un clásico masculino moderno tan osado como el Ulises. Toda la gratitud de Joyce, en granmanera sobreentendida, se debería haber dirigido a ella como mujer. Pues la paciencia que tuvo con él era femenina, casi maternal, incluso en lo que respecta a su libro. En uno de esos obituarios británicos, a menudo tan extraordinarios por su mezcla de justicia, honestidad e ironía, el señor Darsie Gillie, corresponsal en París de The Guardian, la describió después de su muerte como «una mujer que ha dejado en la literatura una marca que pocos podrán igualar.

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