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«Los libros: otras víctimas de la pandemia en México»

«Los libros: otras víctimas de la pandemia en México»

Artículo de Tomás Granados (autor del libro Sin justificar. Apuntes de un editor, Trama, 2019) publicado en El País el 8 de mayo de 2020 sobre la situación del mundo del libro en México. 

«En plena tormenta es imposible hacer un certero recuento de los daños. El viento agitado, la lluvia que no cesa, la adrenalina que nos permite vencer el miedo y acometer acciones heroicas (o temerarias), la falta de visión: todo contribuye a que cualquier descripción resulte imprecisa, pero no está de más detenerse unos minutos para pensar en lo que convendrá hacer cuando pase la tromba. Es más difícil hacer esto si además confluyen un temblor y un deslave, cataclismos que por separado son peligrosos. Esa sensación justamente es la que se percibe entre quienes nos dedicamos a hacer libros: a la pandemia se le sumó el paro económico, la devaluación del peso e incluso algunas sorprendentes medidas del Gobierno.»

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Entrevista a María Vela Zanetti en Babelia

Entrevista a María Vela Zanetti en Babelia

El pasado día 9 de abril de 2020, apareció en Babelia, el suplemento cultural de El País, una entrevista con la autora María Vela Zanetti con motivo de la reciente publicación en Trama editorial de su última obra literaria Sin salir de casa. Reproducimos aquí un pequeño fragmento de la misma, y añadimos el enlace para que se pueda disfrutar de la entrevista al completo en la web de BabeliaSigue leyendo

Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

La mitad de las personas que no leen aseguran que la razón es la falta de tiempo, según el último Barómetro de Hábitos de Lectura. Quizá por eso la nueva gran apuesta de la industria editorial son los audiolibros, es decir, libros en formato de sonido, como un podcast, que aspiran a ocupar el tiempo de la gente mientras conduce su coche, hace deporte, friega los cacharros o se dedica a otra actividad que –al menos en teoría– le ocupa los brazos, los ojos y otras partes de su cuerpo, pero no toda su atención.

La del audiolibro es una industria fructífera en Estados Unidos: generó 2.500 millones de dólares en 2017. En España, sin embargo, parecía que no iba a cuajar. Hace poco más de un lustro, las editoriales locales lo consideraban un «negocio frustrado», alegando razones de hábitos culturales, costes de producción, distribución y derechos de autor. Ahora, sin embargo, tal vez animadas por el hecho de que plataformas como Spotify, Netflix y HBO han creado una cierta «cultura de la suscripción» y por el desembarco de Storytel, el gigante sueco especializado en audiobooks, vuelven a ver en este formato una oportunidad.

El caso es que, ante este posible nuevo auge, surgen preguntas de índole científica y casi filosófica: escuchar un audiolibro, ¿es leer? ¿Es lo mismo acceder a un texto leyéndolo con los propios ojos que oyendo la voz de otras personas? Si no lo es, ¿qué diferencias hay, a nivel cerebral, entre entre una y otra práctica?

Leer y escuchar un texto involucra las mismas redes neuronales. Así lo afirman estudios como el publicado en 2015 por un equipo de casi veinte investigadores, entre ellos tres españoles. «Un sello universal de la adquisición exitosa de la alfabetización –afirma el documento– es la convergencia de los sistemas de procesamiento ortográfico y del habla en una red común de estructuras neuronales». Los resultados fueron similares no solo para idiomas diferentes, sino también entre lenguas con escritura alfabética (como la occidental) y logográfica (como la hebrea y la china).

Seguir leyendo en eldiario.es

Cristian Vázquez ha publicado en la colección Tipos móviles el libro Contra la arrogancia de los que leen

Oye Siri, ¿hacia dónde va el mundo del libro? Guillermo Schavelzon

Oye Siri, ¿hacia dónde va el mundo del libro? Guillermo Schavelzon

La caída del 40% en la venta de libros, en los últimos diez años, no es una crisis, sino una nueva realidad, que hay que analizar con atención. El mercado se redimensiona, se reacomoda, sabemos que los lectores compran menos, no sabemos si también leen menos.

En Estados Unidos, el país donde más libros se publican y venden, en los últimos diez años, la venta ha tenido una caída del 37%) (United States Census Bureau, 2018,www.census.gov).

En estos años, hemos asistido a demasiados síntomas, sin que nadie haya propuesto algún tratamiento eficaz, confiando en una vieja creencia del mundo del libro, “la oferta crea demanda”, que ahora sabemos que no resultó cierta. Hemos visto:

  • Disminución de los tirajes
  • Aumento (reactivo) del número de títulos publicados
  • Reducción de la cantidad de ejemplares que constituyen un best seller
  • Aumento de las devoluciones de las librerías
  • Subida del precio de venta, por encima de la inflación,
  • Cierre de librerías
  • Reducción del espacio en supermercados y grandes superficies
  • Concentración de la venta en un vendedor online, que va eliminando librerías, y terminará determinando las decisiones de las editoriales.
  • Ausencia de prescriptores confiables: desaparición del librero-recomendador
  • Reemplazo de la crítica por influencers mediáticos, Booktubers de un penoso nivel cultural.
  • Dificultades para la circulación de libros entre países de América Latina, forzando a las editoriales de allí, a producir solo para su mercado local.
  • Reemplazo del libro como herramienta de educación, por dispositivos digitales que no parecen ofrecer mejores resultados.
  • Reducción del nivel cultural de los títulos publicados.

Seguir leyendo en el blog de Guillermo Schavelzon.

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El tiempo y la lectura. Elena Rius

El tiempo y la lectura. Elena Rius

Es frecuente encontrarse, tanto en los medios como en la vida real, con personas que dicen no leer por carecer de tiempo para ello. O que lamentan que el tiempo que pueden dedicar a la lectura sea tan reducido: «Me gustaría leer más, pero ¿de dónde sacar el tiempo?». Sin embargo, quienes esto manifiestan no suelen ser esclavos en una mina de sal, sujetos con cadenas y vigilados por feroces capataces (un supuesto que justificaría la imposibilidad de dedicar ni un minuto a la lectura; además, dudo que en las minas abunde el material literario), sino urbanitas muy ocupados -o eso dicen- que no tienen reparo en dedicar varias horas al día a consultar sus móviles, a menudo innecesariamente y para cosas sin relevancia, y a mandar mensajes y fotos igualmente irrelevantes. «Conchi, estoy a punto de llegar» o una ristra de emoticonos para indicar lo mucho que te ha gustado esa irresistible foto de un gatito que te ha mandado tu prima no pueden considerarse como mensajes de alta prioridad. Y, no obstante, con estos y otros parecidos se consumen sin remordimiento minutos muy valiosos.

Quienes afirman no tener tiempo para leer, lo que están diciendo en realidad es que leer no es una de sus prioridades. Que, en su escala de valores, la lectura se encuentra por debajo de muchas otras actividades con las que llenan sus días.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

 

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Y tu ¿qué subrayas? Elena Rius

Y tu ¿qué subrayas? Elena Rius

No entra en mi ánimo dar nuevas alas a la vieja controversia de si es lícito o no subrayar los libros. Sabemos ya de sobra que siempre existirá la facción «Subrayar, no», que considera casi un sacrilegio estropear las páginas impresas con antiestéticos trazos de lápiz o -dios no lo permita- bolígrafo, facción enfrentada a la de «Subrayar, sí», que cree firmemente que los libros están para ser llenados de subrayados, notas y comentarios, y que esas señales de haber sido leídos, y leídos a fondo, son las marcas que distinguen la biblioteca de un buen lector. Lo otro, afirman -conste que no estoy más que haciéndome eco de las razones de los partidarios de esta opción- son bibliotecas de coleccionista, con libros de mírame-y-no-me-toques que, al contrario que sus garrapateados ejemplares, son libros carentes de vida. Los lectores habituales suelen ubicarse en uno u otro campo, y los hay también que se quedan a medio camino -aunque, ya lo saben, los tibios y equidistantes acaban recibiendo por todos lados-, optando por subrayar ciertos libros y otros no. En mi caso, por ejemplo, rara vez subrayo una novela (a no ser que la esté empleando con alguna finalidad didáctica), pero me tomo la libertad de subrayar los ensayos siempre que me parece necesario. Claro que ocurre en ocasiones que no subrayo porque estoy leyendo en algún lugar donde no tengo a mano un lápiz o donde es incómodo hacerlo (ejercer el arte del subrayado en determinados trenes es garantía casi segura de que las líneas van moverse como borrachas por la página). La alternativa entonces es doblar esquinas, una actividad que de nuevo cuenta con detractores y valedores.
Pero todo esto era antes de la llegada del libro electrónico. Una sus grandes ventajas, a decir de sus promotores, es que se puede subrayar sin necesidad de lápiz -ni de desfigurar el libro porque, evidentemente, el libro físico no existe- y que además es posible acceder a los fragmentos resaltados con suma facilidad, pues se presentan todos juntos. Sin duda hay que saludar estas características como un avance, una más de las comodidades que ofrece el libro virtual. (Sobre sus desventajas, como la condición fantasmal de estos ingenios, he hablado en otras ocasiones.)

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

 

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José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz. Lectura, sociedad y redes  Colaboración, visibilidad y recomendación en el ecosistema del libro. Marcial Pons

José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz. Lectura, sociedad y redes Colaboración, visibilidad y recomendación en el ecosistema del libro. Marcial Pons

José Antonio Cordón García, Raquel Gómez Díaz

Lectura, sociedad y redes  Colaboración, visibilidad y recomendación en el ecosistema del libro

Marcial Pons

Colección: Universidad y Lectura

2019. 298 p.

ISBN 978-84-9123-577-4

 

Si hay algo que caracteriza a la lectura es su vocación comunicativa, de socialización, de intercambio, dialógica. Como una de las formas de conocimiento más sutiles que ha inventado la humanidad, esta actividad implica a todos los actores involucrados en la misma, pero sobre todo a los lectores, de manera individual o colectiva. Un buen libro leído compele a su difusión, al intercambio de pareceres, a la recomendación, pero también a la intervención, articulando un dialogo, indirecto, a través de anotaciones en la obra, o directo, a través de redes sociales u otros medios, con otros lectores y/o con el autor. El espacio de la lectura es el de la transición entre el pensamiento cifrado en una obra y las interpretaciones que genera, el de los escenarios en donde tiene lugar la misma, el de las vías por las que los libros transitan entre las personas, entre las instituciones.

En esta obra se da fe de estas particularidades, de cómo la lectura es un fenómeno social que acontece entre los individuos y los grupos, una actividad que ha migrado, en muchas de sus manifestaciones, de lo analógico a lo digital, ampliando los horizontes de sus representaciones, sus funcionalidades y prestaciones. La lectura como realidad dinámica, en movimiento permanente, de la mente del lector al cerebro de otro(s) lector(es), encuentra en lo social su manifestación más profunda. Lo social como elemento analógico y digital, los sistemas de recomendación, las plataformas de lectura, los clubes de lectores, booktubers, prescriptores, turismo literario o sistemas de crowdfunding, entre otros temas, articulan un discurso global sobre la dimensión multiforme de la lectura compartida.

 

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El rechazo editorial: aprender a convivir con el no. Cristian Vázquez

El rechazo editorial: aprender a convivir con el no. Cristian Vázquez

1

A modo de epígrafe, la primera parte de uno de los poemas más citados de Roberto Bolaño:

Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad

también de Alfaguara, Mondadori. Un no de Muchnik,

Seix Barral, Destino…

Todas las editoriales… Todos los lectores…

Todos los gerentes de ventas…

“Mi carrera literaria”, se titula el poema, y está fechado —dato vital— en octubre de 1990, cuando el autor chileno había publicado ya poesía y un par de novelas, pero cuando faltaban todavía varios años para que se convirtiera en un auténtico boom.

 

2

No solo la de Bolaño, por supuesto, sino casi todas las carreras literarias están cosidas a rechazos. Se ha escrito bastante acerca del rechazo editorial y cómo afrontarlo. Existen incluso listas de los libros y los autores más rechazados. Según la web LitHub, el libro más rechazado de la historia es la novela Irish Wine, del estadounidense Dick Wimmer: obtuvo un no como respuesta en 162 ocasiones. Se publicó por fin en 1989, más de 25 años después de que Wimmer comenzara su búsqueda de editor. Superó así los 22 años que, cuenta la leyenda, pasó Gertrude Stein a la espera de que alguien quisiera publicar sus poemas. Una espera durante la cual recibió cartas de rechazo como esta que le remitió el editor londinense Arthur C. Fifield el 19 de abril de 1912, en la cual parodiaba el estilo repetitivo de Stein incluso un año antes de que ella escribiera su verso más famoso: “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa”.

“Solo soy uno, solo uno, uno solo —anotó el editor—. Solo un ser, uno al mismo tiempo. Ni dos, ni tres, sino uno solo. Una sola vida que vivir, solo sesenta minutos en una hora. Un solo par de ojos, un solo cerebro. Solo un solo ser. Siendo uno solo, teniendo solo un par de ojos, un solo tiempo, una sola vida, no puedo leer su manuscrito tres o cuatro veces. Ni siquiera una. Un solo vistazo es suficiente, solo uno. A duras penas se vendería un solo ejemplar. Uno solo. Uno solo.

Muchas gracias. Le devuelvo el manuscrito por correo certificado. Un solo manuscrito en un solo correo.”

Si hablamos no de la obra sino del autor con el récord de rechazos, el ganador indiscutido es el armenio-estadounidense William Saroyan. Según el libro The Savvy Negotiator: Building Win-win Relationships, de William Fosdick Morrison (publicado en 2006), Saroyan recibió unas 7.000 notas de rechazo antes de publicar su primer trabajo. El español Íñigo García Ureta, en su hermoso Éxito. Un libro sobre el rechazo editorial (2010), apunta que la montaña de notas de rechazo acumulada por Saroyan medía más de setenta centímetros de altura. Una montaña digna de verse.

 

3

También se han narrado muchísimas anécdotas de rechazos editoriales. Referiré aquí dos no tan conocidas: una feliz y una triste.

La primera la contó el escritor argentino Gabriel Báñez en un artículo titulado “El coleccionista de rechazos”. Transcribía allí los términos en que Ivonne, una crítica y lectora francesa que trabajaba para Ediciones de la Flor, en Buenos Aires, a mediados de los años ochenta, dio cuenta de un manuscrito suyo: “No tiene argumento, carece de tema u objetivo, no hay protagonista, tampoco tensión y ni siquiera se destaca por un estilo”. Ante todas esas carencias, la conclusión de Daniel Divinsky, el responsable de la editorial, fue clara: “Quiero leerla”. Y no solo la leyó, sino que también la editó. “En el supuesto de que sea una novela, Góndolas es un texto extraño y fascinante”, empieza el texto de la contratapa del libro en cuestión, texto escrito tal vez por el propio Divinsky. Dos décadas después, Báñez recordaba:

Seguir leyendo en Letras Libres.

 

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El futuro de la lectura. Michael Bhaskar, Peter Florence, Marianne Ponsford. CERLALC

El futuro de la lectura. Michael Bhaskar, Peter Florence, Marianne Ponsford. CERLALC

Cuando se me invitó a moderar esta charla, me acordé inmediatamente de una ilustración que seguramente muchos han visto. Aparentemente su autor es francés y data de la primera década del siglo xx. En esta se ve a un grupo de alumnos en el salón de clase conectados por un casco a una máquina en la que el profesor va introduciendo libros que la propia máquina procesa para transmitírselos a los alumnos. La imagen lleva en la parte superior un título que
dice “En l’an 2000”, “En el año 2000”. Lo que me ha gustado siempre de esa ilustración es que delata esa tendencia a aventurar predicciones que la realidad casi siempre termina por defraudar; tendencia que ha caracterizado en buena medida toda la discusión sobre la irrupción de lo digital y que ha dado lugar a aseveraciones sobre la más que segura desaparición del libro impreso o a la aparición de tantos medios, soportes o formatos, que nacen como mueren, pero a los que se pronosticaba el más promisorio futuro.

Así que, con esta prevención, debo decir que nos cuidamos mucho de hablar más del presente que del futuro. Intenté más bien que, partiendo de sus propias experiencias, identificaran cambios en sus propios hábitos lectores, para así indagar en las principales tendencias surgidas por cuenta de la generalización del uso de Internet. Reconocimos la convivencia de prácticas de lectura y consumo cultural en general, aparentemente contradictorias; la necesidad de cuestionar conjeturas que hacen carrera y se convierten en premisas que terminan por orientar nuestras percepciones; así como de la omnipresencia y omnipotencia del relato o, para decirlo de manera más enfática, la consubstancialidad del relato a la esencia de lo humano.

Hablamos de audiolibros, de la autopublicación, de los videojuegos como puro entretenimiento y como adicción, pero también de su potencial, así como del lugar del libro impreso, de su carácter legitimador y de su diseño insuperable para posibilitar la lectura concentrada. Es verdad que leemos más, que lo digital privilegia la fragmentación y la brevedad, pero también que se siguen leyendo largas sagas y se ven series que se extienden por varias temporadas.

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