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Bienvenidos a casa. Infancia, lenguaje y lectura

Bienvenidos a casa. Infancia, lenguaje y lectura

por Fabricio Caivano
Trama & TEXTURAS nº 3
.
Bajo este cordial título de “Bienvenidos a casa” voy a proponerles algunas sencillas reflexiones sobre los tres personajes del subtítulo: infancia, lenguaje y lectura. Trataré de poner de relieve, primeramente, la enorme complejidad/fragilidad del proceso de “construcción de un lector”. Verán ustedes que, en el fondo, se trata de detenerse a observar algunos episodios de la larga marcha de la infancia en lo biológico, sensorial, afectivo y cultural que lo conducirá a alcanzar, más o menos plenamente, la condición humana. En la segunda parte haré referencia al papel del lenguaje en este proceso, un papel crucial que define esa misma condición. Y por último me detendré en señalar algunos rasgos que preparan y facilitan el aprendizaje de la lectura y la adquisición del “vicio” de leer, este extraño ejercicio de los humanos de descifrar unos signos escritos y mediante ellos multiplicar la vida. Ejercicio extraño y tan fértil que todos los que estamos hoy aquí, sin duda, deseamos transmitir, como una fértil herencia, a las generaciones venideras. No creo que les diga nada nuevo o que ustedes no sepan ya, pero por lo menos espero que lo que aquí escuchen les sea de alguna utilidad para este encuentro y que les valga en algo para su admirable trabajo cotidiano con los niños y los libros.
Partiré de una observación trivial: el buen lector no nace, se hace. Pero voy a modificarla algo: para ser un buen lector hay que nacer y crecer bien. Pero ¿qué en tendemos por eso de “crecer bien”? Voy a tratar de explicar aquí, precisamente, el proceso de “fabricación” del lector, en especial del tramo del proceso que suele sernos casi invisible. Sostengo pues que el buen lector, ese que en su trayectoria vital hará del trato con los libros costumbre, se hace con una condición: si nace, crece y vive en un ambiente fertilizado por el amor de sus semejantes. Un amor no en el habitual sentido dulzón, sentimental y pasivo, sino un amor inteligente, previsor y activo. Igual que educar, amar es mirar con ojos humanos.
Solemos plantearnos la lectura como el resultado positivo del encuentro, más o menos feliz, entre el lector potencial y los libros. Sobre esa confluencia ponemos la lupa de la reflexión, y tendemos a creer que la lectura es un aprendizaje más entre los muchos que se deben adquirir. Pero ese encuentro del niño con las letras es só1o un momento, sin duda alguna importante, de un complejo y frágil proceso de humanización. El hombre —se ha escrito— es una caña que piensa, un animal dotado de lenguaje, un descifrador de signos, un buscador de sentido. Un buscador incansable de lo bueno, lo bello y lo verdadero.
Mediante esa tensión hacia la condición humana, de un resultado siempre provisional, se va construyendo tanto el sujeto singular, cada ser humano en particular, como los otros sujetos: el yo y los otros. Sin los otros, el yo y el lenguaje son imposibles. Y sin lenguaje el humano no despega de la naturaleza. Se trata de un proceso que se inicia desde el momento mismo en el que se nace. Según algunos empieza incluso anteriormente: recibiendo mensajes en el cálido limbo de la vida fetal, antes de ver por vez primera la luz del mundo. Pero el encuentro con el libro y la lectura, dos productos de la cultura, tiene para nosotros una condición muy visible que ha impregnado en exceso el escenario: para leer es preciso haber aprendido a hacerlo. Y puesto que de aprendizajes se trata, de inmediato pensamos en “el lugar” donde se aprende todo: la escuela. Se asiste a la escuela para hacerse con el dominio de los instrumentos necesarios para poder entrar en la sociedad: leer y escribir ante todo. La institución escolar, tal como es ahora, basa toda su acción educativa fundamentalmente en la palabra y el lenguaje. Sin esos dos poderosos instrumentos no es siquiera imaginable la existencia de la escuela misma. Debido a ese predominio del discurso pedagógico, solemos creer, consecuentemente, que aprender a leer y a escribir es una cuestión de orden técnico y didáctico, como bien lo ilustra la persistencia del enconado debate pedagógico entre los diversos métodos de aprendizaje y acerca de su aplicación didáctica.
Sostendré, como ya dije también, que el lector, el buen lector, el que llega a adoptar a los libros como compañeros propicios para la inacabable tarea de completarse a sí mismo, es aquel al que le es dado nacer y vivir humanamente, es decir, entre amor y palabras, las dos sustancias vitales del ser humano, su savia y su sangre. Porque el ser humano no es solamente un “animal que habla” como se viene repitiendo desde Aristóteles. Precisamente es todo lo contrario: un animal que nace sin el habla y deberá aprender a hablar. Se llega a ser racional a través del lenguaje, y gracias al lenguaje ingresamos en la cultura; sin él somos una parte de la naturaleza. El lenguaje hace posible una comunidad de semejantes en el espacio y el tiempo, alumbra la palabra y la pregunta. El cuerpo es nuestra forma de estar en el espacio; y el lenguaje escrito es nuestra manera de dominar el tiempo. Conversar es tejer una comunidad junto a los otros.
De hecho, si alguna tesis (por decirlo pedantemente) hay en lo que les diré aquí, podría enunciarse así: para llegar a ser un buen lector hay que haber conocido, por lo menos un instante, el gozo de vivir humanamente entre los humanos. Feliz o infeliz, el lector siempre puede volver el tiempo hacia atrás. Porque leer es, entre otras cosas, ampliar la propia vida, ensancharla y hacerla más compleja a través de otras vidas, otros puntos de vista, otras emociones.
Y si uno no ha tenido ocasión de experimentar la vida como gozo, no se ama a sí mismo o no aprendió a gobernar libremente su propio proyecto vital, con sus luces y sombras, difícilmente deseará acercarse a los libros y entregarse a la rica experiencia vital que éstos atesoran. Así qué: ¿“Bienvenidos a casa”? ¿De qué casa se trata? De la casa común, la única que nos alberga a todos. Nuestra casa: la del mundo y la palabra.
El mundo es ese lugar en el que hemos “aterrizado”, tomado tierra. En él habitamos y su sentido —tantas veces también su sinsentido— lo heredamos de los que antes vivieron en ella. Y nos corresponde acrecentar esa herencia, hacerla mejor y más humana. La casa común, la morada del hombre (del ser humano) es sobre todo la casa de la palabra, la que acoge al lenguaje, el pensamiento y la inteligencia. Los libros y la lectura desempeñan un papel esencial en el mantenimiento y preservación de esa casa en la que, provisionalmente, habitamos. Podemos decir que son los fundamentos sobre los que ésta se sustenta.
¿Y a quién se dirige ese saludo: “bienvenidos”? Es el deseo que expresamos cuando llega a esa casa uno de “los nuevos”… cuando nace un nuevo ser humano. Hanna Arendt lo ha expresado de manera hermosa y lúcida. La educación, nos dice, tiene que ver ante todo con la demografía, con el hecho de que nace gente nueva cuando hay un nacimiento, el recién nacido se nos presenta —dice— como un “nuevo”, un ser recién llegado a un mundo que le es extraño, donde ha de vivir por un tiempo, que deberá también en su día recibir a otros nuevos y, cuando le toque, salir del escenario para siempre. Ése es el ciclo del eterno retorno: nacer, vivir y morir. Es un ser humano “nuevo”, que está convirtiéndose en un ser humano a través de la educación, que es distinto del hecho de aprender. Para poder educar, los adultos tenemos que haber asumido nuestra responsabilidad en el mundo. Dice Arendt:

Quien rechaza asumir esta responsabilidad del mundo no debería tener hijos ni tener el derecho de tomar parte en su educación [añade que el profesor es el mediador entre el mundo y el “nuevo” y basa su autoridad y su competencia en presentarlo] ante el niño como si fuera el representante de todos los adultos, y les señalase las cosas diciéndoles: Éste es nuestro mundo.

De modo que les hablaré de la infancia, así en general, entendida como el acontecimiento de la llegada al mundo de los “nuevos”. Para personalizarlos, los llamaré Guadalupe y Pancho. Ellos son los protagonistas que, en este cuento breve, representan a la infancia en su conjunto. Ellos dos son, como todos los demás, “los esforzados hijos del hombre” (en expresión de R. Sánchez Ferlosio). Valerosos, decididos y duros, a pesar de su insignificancia, en su caminar hacia el encuentro con la vida.. Éste es, así pues, un cuento que cuenta la búsqueda del tesoro más grande, escondido y deseable: el de la digna condición humana.

INFANCIA

Amor y palabras

Sabemos que ese niño o niña, Guadalupe o Pancho, llega al mundo —a la casa— frágil, delicado y desasistido, como un cachorro del ser humano inmaduro y débil que debe ser protegido, atendido y criado durante un largo tiempo: meses y años. Y llega sin habla: el lenguaje no se hereda, se conquista. Durante ese tiempo deberá aprender miles de cosas, agudizar sus sentidos y percepciones sensoriales. Establecer relaciones entre sus sensaciones y ese enorme vacío ruidoso que hay “más allá de su piel”… Precisará de ayuda externa para alimentarse y para sobre vivir en un medio que le es desconocido y, por lo tanto, hostil. Ha debido abandonar de repente la cálida caverna en la que se refugiaba plácidamente, salir del líquido amniótico en el que flotaba ligero y seguro, enfrentarse a un nuevo mundo de luz y ruido. Ha llegado a un lugar extraño en el que siente percepciones nuevas, raras, agresivas: ruido, luz, sacudidas y tirones. Dar a luz, abrir los ojos a la luz del mundo. Entre una y otra luz, un espacio y un tiempo que son ordenados con palabras. Las palabras que dan sentido.
Cuando sus pulmones inhalan por primera vez el aire, está empezando el ciclo de “su” vida; y cuando deje de aspirar ese alimento invisible habrá llegado a su final. Con ese primer aire de la inspiración primera, empezará a oír un sonido muy particular, un ruido extraño y peculiar, una cadencia y un ritmo, que asociará pronto como el preludio sonoro de cosas extrañas, decisivas y poderosas. Los que reciben a Lupe o Pancho tratan “de que esté bien, lo alimentan, lo arropan, lo cuidan… y le hablan”. Oye palabras, las palabras de los “viejos del lugar”, una cadencia aún sin sentido pero que parece capaz de anticipar la llegada de sensaciones placenteras: alimento, caricias, balanceo, calor, seguridad… Es un descubrimiento que atraerá la enorme curiosidad del “nuevo”: los habitantes de la casa producen un sonido propio, expelen aire y dicen palabras, hablan. La infancia conquistará el libro como producto cultural histórico, y lo hará suyo en el tiempo. El niño es un lector que emerge en el siglo XIX .
Es ésta una habilidad misteriosa y poderosa que Lupita/Panchito (son muy pequeños…) tratarán de imitar en cuanto estén en condiciones de hacerlo… En pocas semanas el “nuevo” ya es capaz de adaptarse al ritmo de su vida: dormir, llorar, comer, excretar, llorar, comer, dormir, excretar… Y seguirá oyendo aquella música rara, tranquilizadora, proveniente de esas sombras gigantes: las palabras. Así permanecerá unos meses, atento a todo lo que sucede (no “le” sucede aún) porque no hay todavía un “yo” y un no-yo, un afuera/adentro… Todo converge en esa potente terminal sensorial que recibe el nombre de Lupe/Pancho… El primer regalo, decidido antes de nacer, es precisamente el nombre, una palabra que lo designa. El bebé empieza a hacer acopio de una extensa gama de aprendizajes sensoriales —toda clase de estímulos y respuestas— que se irán inscribiendo en las circunvoluciones cerebrales, estableciendo millones de conexiones neuronales en su cerebro. El cerebro es una hoja en blanco en la que se registran y escriben, con en un libro secreto y oculto, todas las impresiones del vivir biológico y emocional.
Recordar es revivir, decimos. La memoria es ese libro que nos cuenta a nosotros mismos mediante una narración personal e intransferible. El “yo” empieza a nutrirse. La velocidad y la intensidad de los aprendizajes están en función de la variedad, calidad y adecuación de los estímulos que reciba de su entorno humano. El bebé irá estructurando tales aprendizajes en formas (desde simples a muy complejas) de comunicación no verbal, es decir no expresadas por medio de palabras, no articuladas semánticamente por decirlo en plan lingüista. Este proceso de comunicación es aún prelingüístico pero ello no quiere decir que sea simple o fácil; por el contrario esta fase de, digamos, “comunicación primitiva” (no articulada semánticamente) es condición necesaria para, más adelante, ingresar en la fase del lenguaje. Risas, caricias, balanceos, miradas, llantos y gestos: un entrenamiento metódico e incansable que abona la tierra, la prepara para la eclosión posterior de nuevas destrezas. Algunas tan lejanas como el habla o el pensamiento.
Durante meses el bebé irá así afinando y completando su particular lenguaje sin palabras mediante complejas estrategias de comunicación intrasensorial que toman la forma de un juego consigo mismo: el reconocimiento táctil de su cuerpo, la modulación de su voz, la gimnasia ocular, la percepción auditiva, los gorgoritos, la succión, el balanceo. El bebé es un atrevido explorador que, en los primeros momentos, permanece dentro de los límites de ese territorio ilimitado que es el “yo”. Posteriormente diferenciará lo que no pertenece al campo de su cuerpo, el “no-yo”, que poco a poco se hace “familiar” y se ordena: las expresiones faciales de los adultos, y los sentimientos que expresan, son, junto a las voces, las primeras percepciones de relación con “los otros”…
Es una fase en el desarrollo de la infancia bien conocida por experiencia propia por las madres y padres; una fase que dura un tiempo variable y que es condición necesaria (no suficiente) para poder ingresar en la siguiente, en la fase de comunicación propiamente lingüística o comunicación por medio de palabras. Resumiendo: la primera etapa en la vida del “nuevo” es de suma importancia para su desarrollo lógico-afectivo puesto que en ella se produce un “entrenamiento” sensorial prelingüístico constante. Un entrenamiento que le va a permitir ingresar en el ámbito de la semantización, de la palabra y de su sentido.
La conquista del lenguaje viene, pues, precedida y estimulada por una larga exploración de los límites del mundo del bebé. Y ese mundo está configurado por dos grandes ámbitos: el de la naturaleza, lo material, biológico y sensorial; y el de la cultura, lo espiritual, social y afectivo. Digamos, para concluir esta parte, amor y seguridad son las dos materias primas de este primer encuentro del “nuevo” con los habitantes de la casa… si tiene suerte y todo va bien. El “nuevo” ha madurado mucho en poco tiempo, está ahora dotado de habilidades neuronales y físicas que le permiten ampliar el radio de acción de su exploración de los límites de esa casa en la que ha aterrizado, tomado tierra literalmente. Erguirse y andar hará el campo de su curiosidad mucho mayor aún. Pero hay una habilidad que se resiste a su fuerza imitadora, destreza de los adultos que él envidia por su fuerza y poder: el lenguaje, la capacidad de hablar, de decir palabras y de conseguir mediante ellas cosas sorprendentes e inexplicables. ¡Qué envidia!
El “nuevo” va a dedicar ahora su inagotable energía, sobre todo, a aprender esa rara habilidad de los “viejos”… el lenguaje, la llave que abre la puerta de la casa del hombre con su poder fascinante. El cuerpo del “nuevo” se ha desarrollado mucho en pocos meses; ya no es un ser totalmente dependiente y empieza a ampliar el radio de su investigación del mundo. Empezará ahora a encender la llama del “espíritu”, a edificar su inteligencia a través de las palabras. La inteligencia no es algo que llena un vacío; es una llama que se enciende. Es decir, con el lenguaje se pasa del puro ámbito de la naturaleza (agua, tierra, fuego y aire) al de la cultura.
Marguerite Yourcenar lo ha escrito bellamente: “Tu cuerpo se compone de tres cuartas partes de agua, más una pequeña cantidad de minerales terrestres, un puñadito. Y esa gran llama dentro de ti cuya naturaleza no conoces. Y en tus pulmones, apresado una y otra vez en el interior de tu caja torácica, el aire, ese apuesto extranjero sin el cual no puedes vivir” .
La naturaleza se hace humana: agua, tierra, aire y fuego. Con ella hay que adentrarse en la cultura con una brújula: el lenguaje.

EL LENGUAJE

El espíritu

La primera gran experiencia cultural, que es fundacional y poderosísima humanizadora, es el lenguaje; mediante ella se abandona la naturaleza y se ingresa en el ámbito de la cultura. Ahora nuestros amigos Lupe y Pancho están ya (¡cómo pasa el tiempo!) en el umbral de la puerta de la casa del lenguaje, ese instrumento que los adultos manejan tan diestramente para hacer-hacerme tantas cosas inexplicables.
Dijimos al principio que los adultos habitan el mundo, acogen a los “nuevos” y los atienden. De modo que han llegado hasta aquí razonablemente felices, biológicamente maduros y emocionalmente equilibrados. La psicoanalista francesa Françoise Dolto describe así las primeras semanas de vida:

El esbozo de hombre está, desde su nacimiento, por comp1eto al acecho de los intercambios de la díada maternal inicial; al acecho del lenguaje gestual, mímico, que se le destina, a quien sabe amarlo, acunarlo, sonreírle, hablarle, ayudarle a afianzarse frente a cuanto sus sentidos interrogan en el mundo que lo rodea.

De esa interrelación nace la inteligencia sensorial y mental que impulsará, más tarde, la del lenguaje verbal. Gracias a Amor y Seguridad han aprendido mucho, ya saben controlar algunos músculos, manifestar ciertos sentimientos y obtener cooperación de los adultos.
Han recibido lo necesario para sentirse bien en el mundo y para mantener abierta y expectante su implacable curiosidad: amor, alimento y estímulos. Los impulsa la fuerza del deseo de saber, esa energía que dispara incansablemente sus tajantes porqués preverbales continuos. Y sabemos ya que lo difícil es hacerse buenas preguntas, mucho más que saberse las respuestas apropiadas. Este deseo es el pasaporte para el viaje que van a emprender, un salto entre la naturaleza y la cultura. Aprender a hablar es para ellos un reto estimulante y a la vez una enorme dificultad.
Un reto puesto que, al parecer, hacerse con el lenguaje podrá llevarlos a ser como los mayores, a vivir entre ellos con mayor plenitud y fuerza. Un reto de gran dificultad porque para esa tarea necesitan de la máxima cooperación de los adultos. La intersubjetividad es ahora decisiva. El cachorro de hombre ha tenido hasta ahora un entrenamiento sistemático por el hecho de habitar entre seres que le han recibido y cuidado también con palabras.
En ese laberinto de palabras Lupe/Pancho se han ido orientando por su tono, la inflexión de las voces, su ritmo y musicalidad. Tienen ya un cierto “oído” para esa música rara, capaz de producirles, a ellos, tan pequeños y débiles, sensaciones contrapuestas: seguridad, bienestar, miedo, alegría, temor, satisfacción, sorpresa, risa… Hans-Georg Gadamer ha puesto de relieve que “a partir de los juegos imitativos de articulación, del balbuceo del lactante y de las respuestas de la madre, finalmente eclosione y se afiance lo que es significativo para la formación de las palabras .

El juego

Podríamos decir, simplificando, que están ya “listos para el lenguaje”. Para entrar en el ámbito del lenguaje, del habla humana, hay que dar un salto cualitativo. Pero para dar ese enorme salto, la infancia (literalmente: el in-fans es el que no habla) cuenta con un arma muy poderosa: el juego. Del mismo modo que para algunos la muerte es simbolizada como si fuera un viaje en barca, la barca de Caronte, desde una a otra orilla de un lago misterioso, también la entrada en la vida humana puede simbolizarse como el paso de un río. Para cruzarlo está la barca del juego, una barca que es universal, que se halla en todas las civilizaciones y culturas y que se manifiesta de formas muy distintas. El lenguaje es una estructura virtual que todo ser humano, como especie, tiene en potencia; igualmente, el juego es un poderoso activador del lenguaje. Del mismo modo que, desde Chomsky, se mantiene que el lenguaje es un rasgo universal y está en la naturaleza biológica de los humanos, los en genética, como Anthony Monaco , aseguran haber localizado un hipotético “gen del lenguaje” al que llaman FOXP2. Forzando el símil se puede suponer que también existe lo que sería un “gen 1údico” una predisposición congénita de la infancia para la imitación y el juego. El juego es el eslabón entre la naturaleza biológica y el medio cultural, el mediador que prepara para el lenguaje.
Así, el aprendizaje del lenguaje opera como el primer, y sin duda el más importante, rito de transición entre la infancia y la edad adulta. El juego es condición necesaria para llegar a entrar en la comunidad adulta, es decir para, paradójicamente, dejar de jugar e ingresar en la “edad de la razón”. Quien no tiene un lenguaje no es un ser maduro. (Probablemente el artista es un humano que trata de inventar nuevos lenguajes para poder seguir jugando.) El juego es, en consecuencia, el trabajo de la infancia; el lenguaje su juguete más sofisticado, complejo y potente. Por así decirlo, para llegar al lenguaje hay que haber jugado… muy seriamente. El juego es, pues, el gran mediador entre naturaleza y cultura, el puente que une la orilla prelingüística y la orilla lingüística de la vida humana.
No hay infancia sin juego y no se llega al lenguaje sin él. Y sin embargo el juego infantil se define, entre otros rasgos, por dos características curiosas. La primera es que el juego es en sustancia alejamiento de las reglas del mundo; el segundo, el juego conlleva ausencia de temporalidad, es puro presente. El niño que juega busca el límite del mundo real; para jugar, esa distancia es condición obligada; el niño experimenta la separación de los adultos mediante el juego, que es representación, imitación, irrealidad Además el juego suspende el tiempo y los jugadores se sustraen a su mandato.
Instalada en el límite del mundo y en el puro presente, la infancia que juega está aprehendiendo, otra paradoja curiosa, tanto la temporalidad de los humanos como sus convenciones y misterios.
Y ése es un doble aprendizaje fundamental para entrenarse en el gran juego del habla y sus normas. En general son juegos imitativos y culturalmente determinados: juegos de imitación; juegos que cruzan el umbral con frases hechas como “vale que yo era”; juegos de ritmo verbal, corros; juegos de imitación de adultos (determinado por el género: muñeca/mama/tiendecitas; balón/vaqueros/guerreros). Juego es el otro nombre del aprendizaje.
También el lenguaje exige una metarreflexión, es decir distancia de sí, dominio de los tiempos verbales, lógica gramatical, articulación sintáctica… La experiencia del juego es primero egocéntrica: autoexploración del cuerpo; juegos con manos y pies; balanceos; prensión de objetos; succión; gorgoritos y fonemas “salvajes”, etc. Luego el juego es exocéntrico, se hace social y enseña socialidad: se juega con “otros” en casa o en la guardería… Esa trama de situaciones nuevas, entre realidad y juego, supone un entrenamiento para la apropiación del lenguaje oral; y es a la vez un ejercicio imprescindible para poder luego, más tarde, entregarse con la curiosidad y el deseo acrecidos, a un juego nuevo, infinito y prometedor: escribir y leer…
El juego mediante el que adquirirán la condición de alumnos/ciudadanos. Escuela y ciudad serán, entonces, las instituciones formativas en las que Lupe y Pancho deberán poner a prueba sus destrezas y sus habilidades adquiridas a lo largo de su viaje como in-fans y en su larga marcha hacia la autonomía, la cooperación y el saber. El juego va quedando atrás. Ahora “la vida” les aguarda.
Cada cultura marca en su tierra una raya simbólica que debe ser cruzada por los “nuevos” para ingresar en la comunidad como un adulto más; ésa es la función del rito: alejar para acercar. Y nosotros, los mayores que los recibimos a su llegada como “nuevos”, guardamos para ellos un último juguete: los libros. Una herencia de un gran valor formativo porque contiene las palabras de miles de “mayores” que un día pasaron por la vida y nos dejaron escrita la memoria de su paso por ella, sus luces y sombras.
Para disfrutar de ella hay que vencer un último obstáculo: aprender a leer. Conocer el mundo es hacerlo suyo a través del lenguaje, pero también es un ejercicio de autoconocimiento constante. Entre ambos, el mundo y el sujeto, se construye una relación fecundadora y potente.
Cuando Pancho o Lupe descubran y nombren a la flor, podemos decir que crecerán hacia fuera y hacia adentro, sabrán más del mundo, pero también más de ellos mismos. Conocer es aumentar el saber pero también el dolor, como se ha dicho desde Aristóteles a Freud. Este punto es crucial porque denota el doble aspecto casi mágico del lenguaje. Por un lado el niño, al poner cada palabra como una caricia sobre cada cosa, actúa como un pequeño dios, está creando el mundo y ordenándolo con el lenguaje; por el otro, al hacerlo, está construyéndose como sujeto, crea también su “yo”.
En esa permanente dialéctica de abstracción y concreción entre el mundo y las palabras, la infancia se iguala y, al mismo tiempo, hace de cada persona, de cada “nuevo”, un ser diferente y singular, con un yo propio, una personalidad específica vertebrada en torno a su experiencia con el lenguaje. Ahora Lupe y Pancho son más autónomos y ya empiezan a sentirse —a ser— protagonistas de su vida, actores de una narración que apenas ha empezado.

El pensamiento

Para mantener la continuidad de esa narración cuentan con dos registros creativos. Uno es la “lengua interior”, entendiendo por ello la instauración de la voz que nos habla calladamente, una voz que nos constituye como sujeto de acciones, el germen del yo. Es un habla “hacia adentro” y que podemos llamar “conciencia”. Platón llamó conversación del alma consigo misma a ese proceso discursivo del decir-pensar-hablar-comunicar. Por eso el lenguaje se articula y se realiza como conversación con uno mismo y con los otros. Esa voz de dentro nos constituye como sujetos, nos identifica y, por lo tanto, nos diferencia de los demás. Es nuestra voz secreta a la que nadie más tiene acceso. Pancho y Lupe van así adquiriendo una facultad extraordinaria: el pensamiento. Una facultad que es específica del género humano: una reflexión interior mediante la que tomamos una distancia del mundo para tratar de comprenderlo y, así, de comprendernos mejor.
El pensamiento es una membrana invisible que regula los intercambios con el exterior. Para ese intercambio es muy importante un buen uso del lenguaje que podemos llamar, en contraposición al anterior, el que nos enlaza con los otros. Mediante este lenguaje mantenemos intercambios y conversamos con los demás, y vamos entendiendo las convenciones lingüísticas del intercambio verbal entre sujetos.
Tomemos prestadas estas palabras de Emilio Lledó que acertadamente expresan esa articulación del lenguaje y su relación educativa:

El hecho de que sea el lenguaje el alimento básico de la educación significa que la estructura interior de eso que ha de llamarse personalidad es, en el fondo, el resultado de un diálogo, el resto de una memoria, interpretada por las palabras con las que hemos engarzado los sucesos de nuestra vida. No hay, pues, educación si no se configura como lenguaje y no se realiza como diálogo.

El habla y el dominio de las palabras son una conquista trabajosa pero mágica porque permite vivir más intensamente. Mediante la palabra y el pensamiento Lupe y Pancho comenzarán el camino del logos, el escenario humanizador por excelencia: hacer abstracciones, formular juicios de valor, decidir comportamientos. El lenguaje nos introduce en el tiempo, nos facilita el acceso al conocimiento y nos permite expresarnos y comunicar con los demás. La fuerza del lenguaje, sea el interior o el exterior, va más allá: es la música que hace posible que el ser humano conciba y formule lo impensado, lo inimaginable, que sea capaz de crear lo nuevo como si fuera un dios.
Además del logos, el lenguaje es también la conquista de un don terriblemente humano: la posibilidad de crear lo nuevo. El conocimiento crea más conocimiento, pero también descubre códigos diversos y plantea la limitación del conocer mismo. El lenguaje roba a los dioses el fuego creador. El artista maneja el lenguaje (los lenguajes) como ningún otro y, por eso, se rinde a su voluntad y expresa lo que él siente, desea y oscuramente aspira a decir. Ésa es la fuerza del lenguaje, logos y poiesis, pensamiento lógico y racional sí, pero también expresión de una poética voluntad de trascendencia, embriaguez inabarcable. “El que no sabe hablar no sabe pensar, y el que no piensa está destinado a ser un loco o un esclavo”, ha escrito Félix de Azúa .
Por eso ciertos aprendizajes son fundacionales y, a diferencia de los aprendizajes que llamamos “instrumentales”, nos llevan a comprendernos a nosotros mismos; son saberes constituyentes, nos hacen, edifican nuestra manera de estar en el mundo. Hablar, leer, escribir y contar son de esa clase de saberes humanizadores que no buscan utilidad alguna, sino que se consumen por sí y en sí mismos. Quizás habría que añadir el arte de silbar, es decir la música, para Nietzsche la mejor filosofía.
Son éstos unos aprendizajes que “deben hacerse” en la escuela, y tienen una obvia vertiente técnica y metodológica. Pero son, por otra parte, saberes enraizados en las primeras experiencias de humanización y, en consecuencia, para ser alcanzados plenamente, deben prepararse mucho antes, atendiendo a la peculiaridad de cada humano “nuevo” y mediante una serie de acontecimientos en la vida de cada cual: amor, seguridad, compañía y palabras.
Ellos son el conjuro de sus contrarios: odio, miedo, soledad y silencio. Son éstos los materiales, a menudo invisibles, con los que se “fabrica” un ser humano que no cesará de estar permanentemente en formación. Un ser dotado de un razonable equilibrio afectivo-cognitivo, un equilibrio que, a su vez, permite y refuerza todo aprendizaje consecutivo. ¿De dónde proceden esos bienes intangibles? De un buen yo y del contacto con los otros seres humanos… Algunos de esos tránsitos ya los hemos citado.

LA LECTURA

La fundación del yo

La lectura es aprendizaje de mucha complejidad, quizás el más costoso de todos; el que mayores esfuerzos supone, pero también el que mayores gozos y satisfacciones les deparará. Porque aquel que sabe leer tendrá, como los gatos, siete vidas. Antes del libro, Lupita y Panchito ya han “leído” su pequeño mundo. Paulo Freire rememora su condición primera de “lector” de su mundo:

La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el mundo particular en el que me movía… me es absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me estoy entregando, re-creo, re-vivo, en el texto que escribo, la experiencia vivida en el momento en que aún no leía letras. Me veo entonces en la casa mediana en que nací en Recife, rodeada de árboles, algunos de ellos corno si fueran gente, tal era la intimidad entre nosotros, a su sombra jugaba y en sus ramas más dóciles a mi altura me experimentaba en riesgos menores que me preparaban para riesgos y aventuras mayores.

Fíjense en la plenitud con la que recuerda las cosas antes que las mismas personas:

La vieja casa, sus cuartos, su corredor, su sótano, su terraza —el lugar de las flores de mi madre—, la amplia quinta donde se hallaba… todo eso fue mi primer mundo. En él gateé, balbucí, me erguí, caminé y hablé. En verdad aquel mundo se me daba como el mundo de mi actividad perceptiva, y por eso mismo como el mundo de mis primeras lecturas. Los “textos” y las “palabras”, las “letras” de aquel con texto —en cuya percepción me probaba, y cuanto más lo hacía más aumentaba la capacidad de percibir— encarnaban una serie de cosas, objetos, señales cuya comprensión iba yo aprendiendo en mi trato con ellos, en mis relaciones con mis hermanos mayores y con mis padres… De aquel contexto formaban parte además los animales… por otro la do, el universo del lenguaje de los mayores, expresando sus creencias, sus gustos, sus recelos, sus valores…

Leer es, pues, ante todo, una lectura ceremonial e inauguratoria; es una transición que ordena las percepciones sensoriales mediante las palabras. Lo que Freire llama “leer el mundo inmediato” no es más que ese oficio de nombrar las cosas y los seres, una a una. De los árboles a las personas… Una lectura que inaugura el mundo y lo pone a nuestra disposición troceado y vertebrado mediante las palabras.
Hasta aquí hemos recorrido los primeros meses de dos “nuevos” que hemos llamado Lupe y Pancho. Han aprendido muchas cosas desde que distinguieron el yo del no yo. Han estado atentos a todas las percepciones que estimulan sus sentidos, tienen una buena coordinación neuromuscular, una grafomotricidad lista para el desafío que para la mano y la cabeza es la escritura; han aprendido a modular sus emociones en una gama amplia de registros; siguen preguntando el porqué de todo; saben sus nombres propios, conocen los nombres de algunas personas y de muchas cosas y quieren saber más, de modo que su léxico aumenta de modo espectacular; han aprendido que vivir en este mundo es una aventura que procura un regalo cada día… y algún disgusto también.
El lenguaje es el núcleo de la comunicación con los demás, es un instrumento relacional. Pero para el niño, que estrena el mundo cada día nombrándolo todo por primera vez, la conquista del lenguaje supone una experiencia de incalculable valor, y cada nueva palabra que aprende es un triunfo personal y supone el ejercicio de su capacidad de abstracción, también nueva y poderosa. Veamos como lo expresa Pedro Salinas:

Imaginemos a un niño chico, en un jardín. Hace poco que aprendió a andar: le llama la atención una rosa en lo alto de su tallo, llega delante de ella y, mirándola, dice: “¡Flor, flor!”. Nada más que eso. ¿A quién se lo dice? Pronuncia la palabra sin mirar a nadie, como si estuviera solo con la flor misma. Se lo dice a la rosa. Y a sí mismo. El modular esa sílaba es para él, para su ternura, gran hazaña ese vocablo, ese breve sonido, flor, es en realidad un acto de reconocimiento indicador de que el alma incipiente del infante ha aprendido a distinguir de entre las numerosas formas que el jardín le ofrece, una, la forma de la flor. Y desde entonces, cada vez que perciba la dalia o el clavel, la rosa misma, repetirá con aire triunfal su clave recién adquirida. Significa mucho: “Os conozco, sé que sois las flores”. El niño asienta su conocer en esa palabra.

Esa emoción y orgullo por el hecho de conocer a la flor, de decir su nombre, es el inicio de la lectura del mundo, y en consecuencia es preparación para el aprendizaje posterior de la lectura. La lectura permitirá, más adelante, otro asombroso y emocionante descubrimiento: la flor, aunque esté ausente, puede sin embargo evocarse y hacerse presente mentalmente, a través de la disposición de unos signos que los adultos llaman letras y que habitan en los libros. Las flores están en el jardín y también en los libros y, además, hay un decir flor que es genérico conceptual. Pancho y Lupe descubren pronto esa doble vida de las cosas. Se trata de un descubrimiento extraordinario: vale la pena el esfuerzo de descifrar esos signos, las letras, que parecen abrir la puerta del mundo visto por otras personas.
El niño acepta gustoso que precisa de instrucción para recibir, de modo significativo para él, esa herencia de los hombres. Una primera instrucción digamos que “natural” es la del mundo inmediato, al ámbito familiar, el microcosmos del territorio vecino. En ese ámbito se estrenan la palabra, el lenguaje y el pensamiento. Pancho y Lupe se van educando entre cosas y personas, y están abiertos a recibir esa formación entendida como “la apertura al punto de vista de los otros”, tal como Hegel deseaba que fuera toda formación. El microcosmos debe ampliarse y ahí entra la institución llamada escuela, que tiene algo más de dos siglos tal como ahora la conocemos. La familia queda pequeña y delega su responsabilidad a la escuela en la tarea de mantener y potenciar esa disponibilidad de la infancia para el conocimiento; el afán de saber, la preguntitis de la infancia es, si se ha matado antes, el motor del deseo de poner palabras nuevas a las cosas, reales o simbólicas, que entran en escena y piden su cabal reconocimiento. En esa tarea formativa lenguaje, lectura y libros van a tener un papel decisivo y delicado.
Un exceso de palabras puede ser tan nocivo como un defecto de las mismas. La infancia no existe: existen Lupe y Pancho con sus rasgos personales que los hacen distintos entre sí y, también, iguales. La escuela es el templo del lenguaje, el refugio de las letras y la casa de la palabra. El deseo de saber puede arder o apagarse… Se extingue si cree que la letra con sangre entra. La letra sólo entra con amor y letras. Pero este tema nos llevaría demasiado lejos del que aquí nos ocupa hoy.

EL OÍDO Y LA VISTA

Ahora me centraré en dos sentidos que son de suma importancia para nuestros objetivos, es decir para el dominio del lenguaje, la escritura y la lectura: el oído y la vista. Ambas vías, el oído y la vista, serán de suma importancia para la constitución de un buen lenguaje porque, como hemos visto, al lector se le hace nacer con cuidados y tiempo, mucho antes del encuentro cultural/escolar con las letras y con los libros.
El oído es vía privilegiada para entrenar al “nuevo” para ese encuentro. Las palabras del adulto son para él y en una primera etapa sonidos pre-semánticos, no importa qué significan cuanto el tono, el ritmo y la musicalidad que ellas llevan en su seno.
Las nanas para dormir a los bebés son de una cadencia determinada culturalmente pero muy similares; las exclamaciones de los adultos cuando el bebé hace algo “bien hecho”, refuerzan su respuesta con lo que es percibido como un sonido de alegre aprobación; lo mismo para una desaprobación verbal, etc. El oído es una excelente fuente de información. A menudo la prosodia, el cómo se pronuncia la palabra o la frase, es de mayor importancia que su estricta semántica; igualmente la expresión de la cara del hablante es de suma importancia para, a través de expresiones variadas, transmitir instrucciones y/o emociones precisas. Los niños gustan de que los mayores les lean cuentos adecuados a su nivel, con su puesta en escena “por la paráfrasis en grupo y por la mímesis de esos cuentos; también por la memorización de breves textos (fábulas, cancioncillas, etc.) que puedan aprender de oído… estos niños a su debido tiempo se interesarán por la lectura, la escritura y el aprendizaje del cálculo” .
El cuento que se lee a pie de cama, antes de que el “nuevo” duerma, es una situación emblemática para comprender el valor de las palabras y la importancia de un uso consciente del adulto. Un cuento puede llevar al ánimo de Lupe y Pancho el entusiasmo, la curiosidad, la alegría, la duda, el miedo…
Cuando nuestros amigos Lupe y Pancho oyen contar el cuento de Caperucita Roja por un adulto en el que con fían, saben que su presencia, su voz, es garantía de que ellos están a salvo de esa realidad verbal que oyen. Por eso la teatralización es tan importante como el texto en sí mismo; los niños aprenden rápido la secuencia del cuento (temporalidad) y desean oírlo repetido mil veces en la calidez de su cama (espacio) para así disfrutar de ese misterio que suena en la voz del padre/madre, un ser capaz de abrir un juguete extraño, mirar atentamente unos signos y… ¡ale-hop! contarnos de nuevo, igualito cada vez, esa historia que no vemos pero que es como si la viviéramos.
En ese “como si” radica una de las fuerzas de la lectura para no-lectores: ellos aprenden que del encuentro entre libro y lector surge ese poder mágico de narrar, de contar, de hacer “como si”… El “como si” es semejante a la anterior fórmula “vale que tú eras…”; la escenificación verbal que anuncia la suspensión del tiempo, la reconversión del espacio y la concentración en el puro presente; es decir las características del juego. Pero en este caso el juego es de una potencia casi milagrosa, no precisa de más juguete que la palabra y el libro. La vista es la vía de entrada de las imágenes que también “dicen” el cuento; el lobo feroz debe tener una representación terrible, a la altura del miedo del oyente. La coordinación texto/imagen centra la atención del niño que aprende así que las palabras también pueden ser temibles…
Parece interesante sin duda aprender a usar esos juguetes, pensarán Lupe y Pancho antes de apagar la luz y de asegurarse de que el lobo feroz no está bajo su cama, por si acaso.
El lenguaje y la risa (y quizá también el miedo) son privilegios del ser humano y suelen ir de la mano. Es conocido que Aristóteles definió al hombre como el único animal que tiene lenguaje, pero también añadió que es el único ser viviente que es capaz de reír. El lenguaje es, corno vimos, pensamiento distanciador puesto que es capaz de hacer que una flor ausente comparezca, esté presente mentalmente. La risa es fronteriza con lo lingüístico. La risa de un bebé nos conmueve. La adquisición del lenguaje verbal se facilita y se estimula en el grupo de iguales, en las primeras etapas de la escuela infantil; una buena socialidad hace posible que los niños aprendan a comunicar sus sentimientos a través de palabras, imágenes, juegos de títeres y otras estrategias. El grupo también enseña y los de mayor vocabulario servirán de ejemplo a los que aún no dominan la lengua materna. Los libros ilustrados, sin o con palabras, son una buena guía para un inicio lúdico-sensorial a la lectura, una manera de hacer que el libro entre en juego con su carga de simbolismo, de magia y de poder creador de narración.
Estamos faltos de grandes narraciones, afirmó Walter Benjamin, que ya en los años treinta veía en el exceso reinformación una expropiación de la narración y de la palabra.
La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo asumido por la difusión de la información. Cada mañana se nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables. Esto se debe a que ya no nos alcanza acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones. Con otras palabras: casi nada de lo que acontece beneficia a la narración, y casi todo a la información. Y es que la mitad del arte de narrar radica, precisamente, en referir una historia libre de explicaciones .
Llegamos al final del viaje de nuestros amigos Lupe y Pancho. Hemos visto algunas etapas del “aterrizaje” de esos “nuevos”, desde que son nombrados y acogidos por los humanos, desde su inicial desamparo biológico y cultural hasta ese ser que, con el llanto, la risa y el juego, se va adueñando de las palabras y sale, como Don Quijote, a conocer el mundo y a sus habitantes. Poco a poco el “nuevo” se distancia de su primitiva condición biológica, prelingüística, y se aproxima al territorio lingüístico de la cultura. La infancia es ese trayecto desde la periferia hasta el centro del ser humano, desde la condición de in-fans hasta la del animal capaz de lenguaje y de risa.
El bebé es el padre del lector niño y éste lo es del lector adulto. Esa continuidad puede ser intermitente y de intensidad desigual; pero el que vivió gozosamente todo aquello que libros y lecturas pueden darle, no abandonará su sombra protectora nunca. (Véanse al respecto las reflexiones y experiencias prácticas sobre la defensa de la lengua y la relación precoz niños-libros en la web francesa: www.sauv.net.)
Si todo ha ido bien, Pancho y Lupe están ante la puerta de un nuevo salto cualitativo que completará su dotación de seres humanos reflexivos: la escritura y la lectura. Se trata de un aprendizaje con una componente técnica y didáctica, que normalmente deberá hacerse en la escuela. Pero sin duda todo el aventurado viaje anterior de Pancho y Lupe ha supuesto una preparación minuciosa para la abstracción y la reflexión que les exigirá el aprendizaje de la lectura y la escritura. Han hecho ambos un proceso complejo de maduración biológica, cognitiva y afectiva. De modo que no podemos deslindar el aprendizaje de la lectura y la escritura de esa intra-historia personal, de Pancho y Lupe, y colectiva, de la infancia como condición.
Cuando un maestro enseña a leer a un niño está trabajando con un “nuevo” que no sabe que está al borde de una experiencia contradictoria. Porque aprender a leer y a escribir supone un enorme esfuerzo; y hay que mantener encendida esa llama de la curiosidad, del afán de saber y de ampliar el propio punto de vista con el de los demás. Y eso requiere tener el equipaje lleno de esas habilidades y adquisiciones aquí esbozadas en ese despacioso y extraordinario viaje desde la cuna hasta el pupitre o la sala de lectura. Un equipaje ligero con el que la vida nos parecerá más llevadera y hasta hermosa. Los libros nos hacen mejores también a nosotros. Por eso es obligación nuestra amueblar los escenarios de la infancia con ese juguete infinito que son los libros. Una buena educación no separa artificialmente el qué se lee del cómo se lee; así se alcanza una inteligencia formada y una conciencia de lector.
De este modo interpreta la psicoanalista Françoise Dolto el ciclo ideal, en cuanto a maduración psicosomática, en los 6/8 primeros años, etapa decisiva en la estructuración de la personalidad humana. O sea, así deberían ser nuestros amigos Lupe y Pancho, tal como ella los describe:

Si a los cinco años, estructurado el lenguaje y la educación, el niño ha devenido por completo autónomo y responsable de sí mismo para su cuidado, higiene, conducta, se mantendrá en su lugar y con confianza en sí mismo entre los de su misma edad. Si entre los cinco y los ocho años se le inicia en la ayuda mutua con los demás, en el conocimiento de las leyes morales fundamentales, de sus derechos y deberes, al mismo tiempo que se le respeta en las sucesivas etapas de su desarrollo, se hará, a la vez, tolerante hacia los demás y tolerado por ellos…

Y acaba así este cuento con final feliz…

Será entonces capaz de exteriorizar su inventiva, su originalidad, así como de numerosas actividades exitosas, utilitarias o lúdicas, y capaz de comunicar sus emociones, sus deseos, con un lenguaje personal elaborado, no sólo verbal sino también mímico, gestual, artístico y creativo, sin recurrir a la sola relación de sumisión o de agresividad.

Acabaré con esta sencilla verdad que escribió Pedro Salinas en su magnífico libro El defensor y que sigue hoy vigente:

No hay tratamiento más serio y radical que la restauración del aprendizaje del bien leer en la escuela. El cual se logra, no por medio de misteriosas y complicadas reglas técnicas, sino poniendo al escolar en contacto con los mejores profesores de literatura: los buenos libros. El maestro en esto de la lectura ha de ser fiel y convencido mediador entre el estudiante y el texto. Porque todo escrito lleva su secreto consigo, dentro de él, no fuera como algunos creen, y sólo se le encuentra adentrándose en él y no andando por las ramas.

Texturas nº3 – editorial

Si algo une de forma inexorable a autores y personajes de la literatura de todos los tiempos es su conflicto permanente con la vida. De ahí que, tanto en la ficción como en la realidad, abunde la ingesta de drogas para sobrellevar la existencia o bien acabar con ella, justificar los comportamientos o tal vez descubrir el bebedizo que consiga llevar a la excelencia a quien lo ingiera. Sin embargo, como en casi todas las relaciones a dos debe haber un tercer elemento, en este caso, el lector sin cuya adicción, obviamente, llegaríamos a lo que no sirve de nada.

¿Qué hubiera sido de la idea del amor sino llega a ser por la pócima que es utilizada como chivo expiatorio para que Tristan e Isolda den rienda suelta a su pasión imposible? Y ¿si no hubiera existido el bebidizo que ingirió la inocente adolescente y enamorada Julieta? ¿Cómo hubiéramos reconocido el demonio que llevamos dentro si Freud no hubiera utilizado los hipnóticos para viajar hasta sus/nuestros más bajos instintos? ¿Cómo hubiera acabado sus días nuestra querida Madame Bobary si no hubiera encontrado el remedio que le salvo de tanto desamor burgués, a pesar de los múltiples ungüentos que utilizó para embellecerse?¿Quién se haría entender al hablar de Mister Hyde, del doble, de aquel que se nos aparece en cuanto bajamos la guardia, sin que el Doctor Jeckill hubiera experimentado con distintas sustancias? ¿Cómo hubiéramos podido pasar Una temporada en infierno si Rimbaud no hubiera abusado intensamente de barbitúricos y alcohol? En definitiva, ¿hay algo más sugerente que aquello que puede salvarte pero también puede llevarte a la locura, como es el caso de Alonso Quijano quizá el máximo exponente de la adicción por la lectura llevada hasta el paroxismo?
En esta tercera entrega de Texturas las drogas sirven como metáfora de aquellos que están enganchados a la lectura, a los libros, a la creación literaria y sus aristas, a vivir, en fin, en otros mundos a través de las palabras. Así pues, los adictos sean cuales sean sus hábitos son instados a someterse a tratamiento. Ojalá les resulte eficaz y el remedio les sea propicio.

Texturas nº3 – sumario

_Editorial [VER]
_André Schiffrin: Agentes, editores y la dictadura de los «grandes títulos»
_Fabricio Caivano: Infancia, lenguaje y lectura [VER]
_Pedro A. Vives: Cultura por ahora
_Jordi Nadal: La edición como motor económico de las industrias culturales
_Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez: El nuevo paradigma del sector del libro
_Fermín Vargas: Reflexiones sobre el sector editorial español
_Catuxa Seoane: Del papel a la web: nuevas formas de lectura, escritura y acceso a la información
_Miguel San José Romano: ilustraciones
_Felipe Romero: Canon literario en la escuela
_Martí Soler: Lecturas y libros [VER]
_Neus Arqués: Leer para entender el mundo
_Xabier P. DoCampo: Estoy leyendo
_Luis María Eguiraun: Añoranza de un delincuente francés, una familia de derechas y un bedel de instituto
_Esteban Rottman: Soñar con subtítulos
_Villar Arellano: Vivo de ofrecer lecturas
_Joan Carles Girbés: La genética y el azar (Sobre las curvas de Sharon Stone)
_Armando Pinto: De Fitzgerald a Maxwell Perkins

Robo de libros: el crimen no compensa

por Fernando García Pañeda
Trama & TEXTURAS nº 2
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No creerá, joven, que la fortuna de Pepe De Ávila-Smith, más conocido como Pepe el Pastas y su imperio de librerías de momio fueron fruto de la meditación, de la libre empresa y de un sesudo estudio de mercado. Ni, menos aún, el desaforado amor por la lectura y la literatura. No. Verá , a veces, las causas originarias de grandes empresas humanas son tan insignificantes o, al menos, insospechadas, que se dirían concebidas por humoristas poco inspirados. Y es que, si las profundidades del alma humana son insondables, las del cerebro lo son aún más (de lo contrario, nadie volaría sobre el nido del cuco).
En concreto, el origen de la poderosa cadena Letras de almoneda no fue sino el resultado de un mal de amores. No, no sonría tan a la ligera. Ya sé que los jóvenes de hoy en día sonríen de continuo y sin motivo, pero conozco la historia de primera mano. Ya sabe, una fiesta nocturna, unas copas de más y la lengua se suelta…
Atienda y lo entenderá.

La vio junto al teatro, sentada en uno de los bancos más cercanos a la entrada. Preciosa , como siempre, con sus gafitas, su jersey sobretallado y su coleta diáfana y no muy larga. Absorta en la lectura de uno de esos mamotretos que nunca se despegaban de sus manos. Como se acercara la hora de inicio del espectáculo, cerró el libro y entró al corral. Portaba el libro ostentosamente; tan ostentosamente que, a pesar de lo rebuscado, Brooklyn Follies, de Paul Auster, pudo memorizar título y autor.
El deus ex machina de la historia fue ese amigo al que esperaba; ese amigo tan torpe que al sacar las entradas en el cajero automático había pulsado la casilla de Tío Vania, de un tal Chejov, o la madre que lo parió, en lugar de la del concierto de Luis Miguel, sin percatarse del error durante la reserva de asientos. Por esa azarosa torpeza, y no por amor a los clásicos rusos, se hallaba en tal tesitura.
Llegaron al patio de butacas al tiempo que se apagaban las luces. El telón abierto le deparó una formidable sorpresa que no consistía en el acierto en el decorado, ni el buen arranque de los actores, sino la coleta y las patillas de las gafas sentadas delante de él.
Tuvo toda la primera parte de la obra para preparar la estrategia, que empezó en el descanso con un «¿así que todavía no has leído el Brooklyn de Auster?», dicho así, como familiarizado absolutamente con el libro. «Pues no sabes lo que te estás perdiendo», remachó ante un amigo que le miraba con expresión de calamar neurótico; y concluyó al final del espectáculo con los «¡bravo, bravo!» más estentóreos de la sala. El éxito se tradujo en un inicio de conversación promovido por ella («ha sido… catártico, ¿verdad?) y una cita para el siguiente sábado.
Pepe tenía que prepararse bien. Se informó a través del Google sobre algunos de esos pájaros escritores, de quienes se podía hablar sin decir nada. Incluso ideó la guinda: le regalaría el último libro publicado por Auster, que recién salía de la imprenta. Lástima que hubiera una pega: a últimos de mes, estaba sin blanca; la asignación de papá siempre se iba en cubatas, ropa y apuestas mutuas poco después de la primera quincena de cada mes. Le podría sacar algún billete de a veinte a su mami para pasar el resto del sábado, pero lo justo; y eso contando con el adagio marxista de «¡Caramba!, la cuenta de la cena es carísima. ¡Es un escándalo!… Yo que tú no la pagaría», marcando un bello rasgo de posmodernidad antidiscriminatoria. En resumen: si quería fascinar a su dama, tendría que apañárselas sin dinero.
Ni corto ni perezoso, se dirigió a la librería más prestigiosa de la ciudad. Pequeña , amena y repleta de gente con ese vicio tan absurdo de leer. Como el gerente tuviera fama de ser algo simple, por eso de estar todo el día leyendo, lo intentó a la vieja usanza. Tomó el ejemplar de Viajes por el Scriptorium y se dirigió al mostrador.
-¡Hombre, hombre! Mira quién está aquí. ¡Mi querido y viejo amigo! Vaya, vaya… ¿Y este negocio tan boyante es tuyo? ¡Bien, bien! ¿Y cómo están los demás?
-¿Qué? ¿Quién?
-Pues hombre, los viejos colegas, mi querido amigo.
-Ah, los colegas.
-Claro, los viejos colegas. Qué buenos tiempos aquéllos, ¿eh?
-¿Cuáles tiempos?
-Pues hombre, aquellos en que todos éramos uña y carne. Ibamos a toda partes juntos y todo eso.
-Ah, aquéllos.
-Sí. Qué cosa más extraordinaria encontrarnos así, ¿verdad? Bien. El caso es que he visto este ejemplar y quería llevármelo…
-Te lo recomiendo absolutamente.
-… pero al cambiar de chaqueta esta mañana me he dejado la cartera en la otra, en casa.
-Esas cosas pasan. Y son muy molestas, desde luego.
-Pero se me ha ocurrido que podría llevármelo ahora, acercarme a casa de un voleo y volver con la cartera llena antes de que cerréis. ¿No te parece? No ya por los buenos tiempos, sino…
-Adiós, viejo amigo.
-¿Cómo?
-He dicho adiós. Vete, amigo mío. Largo de aquí. Vete.
-Pero…
-Y saluda a los viejos colegas de mi parte.
El librero sería simple, pero no tanto como muchos de sus amigos.
El caso es que el día de la ansiada cita llegó, y la posibilidad de conseguir un regalo épatant se había evaporado. Pero nuestro hombre no es de los que se entregan fácilmente, y actuó a la desesperada. Horas antes de la cita entró en la sección de libros de El Corte Inglés; buscó los Viajes (como diría él), pero, zancadillas del destino, se había agotado. Huroneó por las estanterías sin poder decidirse entre los títulos anteriores del neoyorquino o los de otro autor. ¿Pero cuál? Sabía de libros lo mismo que un siberiano de bikinis.
La lipotimia sufrida por una señora, a cuyo reme dio se entregaron tanto el personal de la tienda como el guardia de seguridad, actuó de catalizador. Tomó un ejemplar de una de las montañas de promoción cercanas a la salida y batió (sin convalidación) el récord de los cuatrocientos lisos en salida de grandes almacenes bajo el incordiante sonido de la alarma.
Lo había conseguido. Lástima que no tuviera mucho tiempo para contrastar el objeto del botín y su autor; pero el título le sonaba mucho y parecía muy d’avant-garde. La belleza del fin justificaba tan indigno medio. Valía la pena arriesgarse. Pronto tuvo motivos para cambiar de opinión.
No existe una palabra con suficiente contenido para expresar cómo le puso -y se puso- la inveterada Cleopatra cuando su pretendiente le ofreció, muy serio y determinado, un volumen de La fortaleza digital, de Dan Brown. Ese momento fue el alfa y omega de uno de esos grandes amores que se presentan sólo una vez en la vida.

Pero la firmeza ante la adversidad tiene su premio. Al día siguiente intentó revender esa su causa de desdicha en un mercadillo para, al menos, sacar un cubata en claro de tantos afanes. Y se llevó una nueva sorpresa: se lo quitaron de las manos. Además, supo por boca de su cliente que eso era algo normal; existía un mercado paralelo de libros para románticas y excéntricos al margen de las librerías (las cuales, paradójicamente, eran las forzadas suministradoras de la materia prima). Fue entonces cuando despertó en su interior el emprendedor que llevaba tres decenios en coma inducido.
Pateó todas las librerías de la ciudad. Las clasificó. Catalogó a sus dueños y empleados. Para el trabajo de acción buscó y encontró acólitos jóvenes de ambos sexos dispuestos a correr algún riesgo a cambio de algún billete por reme sa. También se hizo con los servicios de dos instruidos lectores que se encargarían de tomar nota de pedidos y asesorar a los anteriores. Y con sobornos generosos se agenció, de entrada, un par de buenos puestos en sendos mercadillos dominicales; y, más tarde, cuando amplió mercado con un local fijo entre las protestas del gremio tradicional, el amparo de los sicarios de la disciplina urbanística. A partir de ahí todo marchó cuesta abajo.
Sus planes de acción iniciales se centraron en dos vías: una, la experimentada por él mismo, es decir, el toma-el-libro-y-corre, que utilizaban en librerías pequeñas; y otra, más sofisticada, en la que los saqueadores acudían a establecimientos grandes y supermercados con forros especiales de papel de aluminio bajo abrigos y chaquetas, en los que insertaban tapas duras, rústicas, bolsillo, desplegables infantiles y lo que fuere menester, para no ser detectados por los sensores a la salida. La sofisticación llegó al punto de utilizar un desactivador de sensores, pero como fallaba en un porcentaje nada desdeñable se abandonó.
Los golpes más espectaculares, sin embargo, vinieron, ley de vida, de parte de las féminas que Pepe incluyó en nómina. Cuando el dependiente o patrón eran del tipo verriondo, una de ellas se le acercaba, armada con escote impetuoso y minifalda voraz, para admirar los vastos conocimientos literarios y bibliográficos de la víctima, mientras uno o dos cofrades atiborraban bolsas con las obras completas de Freud o varias docenas de Códigos Da Vinci. A veces, la devastación era completa cuando una cuadrilla de chicas bien y suficientemente vestidas mariposeaba por el establecimiento curioseando, preguntando e incluso alborotando, mientras otras, más recatadas y de aspecto más intelectualizado daban cuenta de todo Bukowski y parte de McEwan. Quizá por eso se comprende que los establecimientos regidos o atendidos total o mayoritariamente por mujeres eran los menos afectados por el holding del Pastas .
Ni siquiera las bibliotecas, públicas o privadas, escaparon a su vis atractiva: intachables bibliotecarios pusieron en sus manos centenares de clásicos y bestsellers codiciados por lectores de toda índole, recibiendo a cambio la correspondiente gratificación.

Por tanto, no crea que el día de mañana los nietos se arremolinarán en torno a las rodillas de sus abuelas rogándolas: «abuelita, abuelita, cuéntanos otra vez cómo el gran Pepe Smith acercó al Pueblo el imperio de las letras y conquistó el reino de los libros usados pero nuevos».
La realidad siempre es más dura, pero no necesariamente más inexcusable.

Edición 2.0

Edición 2.0

por Joaquín Rodríguez
Trama & TEXTURAS nº 2
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Imaginemos que hemos sido atrapados por la maldición de tener que publicar continuamente, aunque sea de oídas y citando datos de soslayo, porque somos científicos o aspirantes a científicos y nuestra naturaleza consiste en conocer los fundamentos de nuestra disciplina, pero, también, los últimos descubrimientos, las últimas tendencias, las más modernas vías de investigación e indagación, y debemos contribuir a su avance construyendo sobre materiales preexistentes, aupándonos sobre los hombros de los demás para que, a su vez, los que vengan se encaramen a los nuestros.Imaginemos que somos científicos que pertenecemos a una comunidad restringida de conocimiento, con un lenguaje altamente especializado, que consultamos y bebemos de las mismas fuentes bibliográficas y aspiramos a publicar en las mismas revistas de referencia; imaginemos que, en buena medida, el prestigio de una revista y los índices de impacto de los artículos que en ella se publican tienen que ver, precisamente, con que todos quieran publicar en la misma revista, que existe un exceso de oferta intelectual para un espacio restringido en el papel, y que eso provoca que muchas investigaciones queden arrinconadas o se resignen a ser publicadas en revistas invisibles para los comités de evaluación; imaginemos que el periodo que transcurre entre que entrego un original para evaluación y el de su eventual o improbable publicación sea de un año, tiempo en el que resulta plausible que nuevos descubrimientos invaliden por completo mis afirmaciones; imaginemos que, además, tengo que pagar por lo que leo porque el conocimiento que he producido, en gran medida financiado por organismos públicos o mediante subvenciones públicas de distintos programas ministeriales, será publicado en revistas que pertenecen a editoriales con legítimo ánimo de lucro; imaginemos que si voy a un servicio de reprografía con la intención de fotocopiar un artículo que yo mismo he escrito, que esté incluido en un volumen colectivo, recibiré una negativa por respuesta, porque deliberada o inconscientemente sometí mi creación al imperio del copyright (con la esperanza oculta, quizás, de hacerme famoso y rico a partes iguales); imaginemos que voy a una librería, incluso a una buena librería especializada, con la esperanza de encontrarme entre los happy few, los pocos volúmenes afortunados que allí se expongan y, por más que busque y rebusque y pregunte al librero, mi libro no está allí y, lo peor de todo, nadie tiene intención de reclamarlo ni exhibirlo.
Imaginemos ahora, por un momento, que todo lo contrario fuera posible: eso es la Edición 2.0., si me pidieran que diera una definición breve y fundamentada. Uno de los orígenes conocidos de Internet fue, precisamente, el de proporcionar a los físicos de partículas y altas energías un vehículo de comunicación que les mantuviera sencillamente en contacto, multilateralmente, generando redes de relaciones estables capaces de intercambiarse experiencias y contenidos digitalmente. No sé quién fue el genio capaz de transformar las señales analógicas en digitales pero sí que Tim Berners-Lee realizó una labor equiparable a la que Gutenberg realizara cinco siglos antes: poner al alcance de una comunidad los medios para acceder de manera sencilla a la información. El prodigio se comenzó a obrar, la inversión de los procesos editoriales tradicionales comenzaron a producirse, en el momento en que una comunidad de especialistas intercomunicados podían generar, hacer circular y consultar los contenidos por ellos mismos producidos sin necesidad alguna de intermediación editorial, y así se encarnó en los ArXiv.org1. Hablando con propiedad, aquellos primeros archivos en red recogían pre-prints, textos todavía no impresos y publicados en revistas convencionales, material todavía en bruto para discutir y moldear, pero contenían ya el germen de la revolución: la generación de comunidades virtuales de intereses que disponían de sus propios medios de producción para hacer circular libremente el fruto de su trabajo. Ni el más ortodoxo de los marxistas hubiera creído tener su sueño más al alcance de la mano.
Estas primeras iniciativas no dejaron de suscitar suspicacias cuando no abiertas críticas, amparándose en el falso dictamen de que no se existía proceso de selección o evaluación alguno, o de que la gratuidad escondía forzosamente conspiraciones políticas globales o de que prescindir de los habituales intermediarios editoriales era poco menos que una perversión. Si la historia de las religiones algo nos enseña es que los anatemas no tienen consistencia ni efecto alguno sobre los espíritus descreídos, y así fue lo que sucedió inmediatamente con los Open Archives temáticos, en economía2 o psicología e informática3, por ejemplo (amparados todos por la filosofía y la tecnología inscritas en la iniciativa global de archivos abiertos), o con los Postprints, con la literatura gris que después de haber sido expuesta o exhibida no encontraba canal alguno donde perdurar (las Tesis Doctorales son, sin duda, uno de los mejores ejemplos de conocimiento tradicionalmente desperdiciado. Hoy cabe encontrarlo en The Networked Digital Library of Theses and Dissertations).

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Contra el ignorante que compraba muchos libros

Contra el ignorante que compraba muchos libros

por Luciano
Trama & TEXTURAS nº 2
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Y, en verdad, es contrario lo que ahora haces de lo que quieres hacer. Crees que vas a parecer alguien en el mundo de la cultura por comprar con afán los más bellos libros. Y esto te viene al revés, incluso en una prueba de tu ignorancia en cierto modo. Sobre todo que no compras los más bellos, sino que te fías de cualquiera que los alaba y eres presa fácil de los que andan diciendo mentiras en asuntos de libros y un tesoreo bien dispuesto para sus vendedores. O, ¿desde cuándo te es posible reconocer cuáles son antiguos y dignos de aprecio, cuáles son de baja calidad y dañados, a no ser que lo dedujeras por lo comidos y destrozados que estén y te sirvas de los gusanos como consejeros a la hora de hacer ese examen? Porque, ¿qué tipo y calidad de discernimiento tienes tú sobre la exactitud o solidez que haya en ellos?
Voy a concederte que hayas elegido aquellos que Calino, buscando la belleza o el célebre Ático con todo cuidado, pudieran haber escrito, ¿qué provecho sacarías tú, extraño hombre, de su adquisición, si no conoces su verdadera belleza ni puedes gozar de ellos más que un ciego gozaría de la belleza de los jovencitos? Tú con los ojos bien abiertos miras los libros, sí, por Zeus, en exceso, y vas leyendo algunas líneas corriendo, más de prisa los ojos que los labios. Pero eso tampoco me parece suficiente, a no ser que conozcas las cualidades y defectos de cada línea de las escritas y comprendas el concepto general, cuál es el orden de las palabras, cuántas han sido corregidas por el escritor en aras de un buen estilo y cuántas son ambiguas, espurias y marginales.

¿Y qué? ¿Sigues afirmando que sabes, y eso sin haberlo aprendido, las mismas cosas que nosotros? ¿De dónde las has sacado, si no es de una rama de laurel de parte de las Musas, como el pastor aquel? El Helicón 1, donde se cuenta que las Musas tenían sus conversaciones, no lo has oído nombrar —creo yo— jamás, ni tenías las mismas conversaciones que nosotros cuando eras niño; que tú menciones a las Musas incluso resulta una impiedad. Aquéllas, en efecto, no vacilarían en aparecerse a un hombre tosco y velludo y con la piel muy curtida por el sol. Pero, a uno como tú —y permíteme, por la Libanitide, que en el momento actual no diga de ti todo con detalle— sé bien que no considerarían digno de acercarse en alguna ocasión; sino que, en vez del laurel, azotándote con mirto o con hojas de malva, te alejarían de tales lugares, para que no comntaminaras ni el Olmeyo ni la Hipocrene, cuyas aguas beben solamente rebaños sedientos o bocas puras de pastores.
Con todo, aunque eres muy falto de pudor y osado en esta materia, no te atreverías a decir que recibiste educación o que te preocupó siempre estar en contacto con los libros o que tu maestro fue fulano o que ibas a la escuela de mengano. Pero ahora tienes la esperanza de recorrer todas esas etapas con este único objetivo, el adquirir muchos libros. Según eso, retén tras reunirlos aquellos escritos de Demóstenes, cuantos el orador escribió con su propia mano, y los de Tucídides, de los que se descubrió que fueron copiados enteramente, ocho veces, por parte de Demóstenes, todos aquellos cuantos Sila mandó a Italia desde Atenas. Y ¿qué conseguirías de todo esto en materia de educación, aunque durmnieras con ellos colocándolos bajo la almohada o pegando unos a otros y revestidos con ellos fueses por todas partes? Un mono es un mono, dice el refrán, aunque tenga insignias de oro. Y tú, en efecto, tienes siempre un libro en la mano y lo estás leyendo continuamente, pero no entiendes nada de lo que lees, sino que escuchas moviendo las orejas como un asno cuando oye la lira.
Porque si el adquirir libros hiciera culto al que los tiene, la posesión de ellos sería, en verdad, muy costosa y exclusiva de vosotros, los ricos, ya que sería posible comprarlos en el mercado, aventajándonos a nosotros, los pobres. Y ¿quién podría rivalizar acerca del nivel cultural con mercaderes y libreros, que tienen y venden tantos libros? Pero, si quieres comprobar esta opinión, verás que aquéllos, en nivel cultural, no son mucho mejores que tú, sino que son toscos en el hablar como tú y torpes en el pensamiento, como es natural que sean quienes no tienen discernimiento de lo bello y de lo feo. Y tú tienes dos o tres libros que les has comprado, mientras que ellos los manejan noche y día. ¿Qué provecho sacas al comprarlos, a no ser que creas que hasta las estanterías de libros se hacen cultas por contener tantos escritos de los antepasados?
Y contéstame ahora, si te parece, o más bien, puesto que eso te va a resultar imposible, afirma o niega moviendo la cabeza a lo que te pregunte. Si alguien, no sabiendo tocar la flauta, adquiriese las flautas de Timoteo o las de Ismenias, que el propio Ismenias compró en Corinto por siete talentos, ¿acaso por comprarlas sería capaz de tocar o más bien no le valdría de ningún provecho su adquisición por no conocer la técnica para usarlas? Haces bien en decir que no con la cabeza. Ni aunque poseyeses las flautas de Marsias o las de Olimpo podrías tocar sin haber aprendido. ¿Y qué, si alguien, no siendo Filoctetes, adquiriese el arco y las flechas de Heracles con la idea de poder tensarlo y disparar las flechas certeramente? ¿Qué te parece de ése? ¿Crees que hará alguna demostración digna de un arquero? Dices también que no con la cabeza a esto. Por eso mismo, el que no sabe pilotar una nave ni se ha ejercitado en montar a caballo, si el primero adquieriese una hermosísima nave, hecha muy bien en todos los aspectos para mostrar belleza y seguridad, y si el segundo adquiriese un caballo persa o un centauro o uno marcado con la koppa, se comprobaría —creo yo— que ninguno de los dos individuos sabría servirse ni de la nave ni del caballo. ¿Dices que sí ahora a esto? Convéncete, pues, y asiente también con la cabeza a lo siguiente: si alguien como tú, siendo inculto, comprara muchos libros, ¿no ocasionaría burlas contra sí mismo por su incultura? ¿Por qué vacilas en decir que sí también a esto? Ésa es —creo— la prueba más firme y cada uno de los que lo ven le dice al punto en voz alta lo que tiene más al alcance: «¿Qué tiene que ver un perro con una bañera?».
Sucedió no hace mucho tiempo en Asia que, debido a una desgracia, a un hombre rico le amputaron ambos pies, gangrenados por el frío, creo, porque en cierta ocasión le ocurrió que tuvo que ir caminando por la nieve. Ese individuo sufría esta situación lastimosa, y para remediar la desgracia, se hizo unos pies de madera y, calzándoselos, caminaba apoyándose a la vez en sus criados. Pero hacía una cosa ridícula, se compraba siempre sandalias preciosas, al último corte de la moda, y tenía muchísimo problema con ellas, pues se había adornado con un calzado precioso los pies de madera, sin duda «sus pies». ¿No haces lo mismo también tú, que, teniendo la mente renqueante y floja como tronco de higuera, andas comprando zapatillas de oro, con las que a duras penas un hombre ágil podría caminar?
Ya que entre los otros libros compraste muchas veces los de Homero, que alguien coja y te lea el canto segundo de la Ilíada, de la que no interesa examinar los otros cantos; nada de ellos te viene bien a ti. Pero el autor ha creado un personaje del todo ridículo que va a hablar en la asamblea, deforme de cuerpo y jorobado. Aquel individuo, el famoso Tersites, ¿si cogiese la armadura de Aquiles, crees que al punto, por cogerla, se volvería hermoso y a la vez fuerte y habría pasado de un salto el río, habría enturbiado su corriente con la sangre de los Frigios, habría matado a Héctor y, antes que a él, a Licaón y a Asteropeo, cuando no es capaz de llevar la lanza de fresno sobre los hombros? No, dirías. Pero además provocaría la risa cojeando bajo el escudo, y cayendo de bruces por el peso, y mostrando bajo el yelmo aquellos ojos bizcos, siempre que intentara alzar la cabeza bajo el yelmo, y levantando la coraza por su encorvamiento de espalda y arrastrando las grebas; en una palabra, siendo una vergüenza para ambos, para el artífice y para el propietario de aquellas armas. ¿No ves, pues, que te sucede a ti lo mismo, cuando tienes un libro bellísimo en la mano, con tapa de pergamino purpúreo, con broche dorado, y tú lo lees de modo bárbaro, envileciéndolo, distorsionándolo, siendo a la vez objeto de burla de los hombres cultos y alabado por los aduladores que se te unen, ellos que, volviendo sus caras, se ríen con frecuencia?
Quiero, al menos, contarte un hecho sucedido en Pito. Un tarentino, de nombre Evángelo, que no era un desconocido en Tarento, tuvo el gran deseo de vencer en los Juegos Píticos. Lo de las competiciones gimnásticas al punto le pareció imposible para él por no estar bien dotado por naturaleza ni en fuerza ni en rapidez. En cambio, para los certámenes musicales de cítara y de canto fácilmente fue persuadido de que vencería por unos hombres detestables que estaban en su entorno y lo andaban alabando y le animaban a gritos cada vez que sacaba el más mínimo sonido a las cuerdas. Así pues, llegó a Delfos radiante en todos los aspectos; se hizo un vestido brocado de oro y una bellísima corona de laurel dorado, que en vez del fruto del laurel tenía esmeraldas del mismo tamaño que las bolitas del árbol. La cítara misma, un milagro de belleza y muy bien acabada, toda ella de oro puro, adornada con gemas y piedras preciosas, grabadas en relieve las Musas en medio de Apolo y Orfeo, gran maravilla para quienes la veían.
Cuando llegó el día del certamen, eran tres los participantes y le tocó cantar en segundo lugar. Y detrás de Tespis el Tebano que había competido de manera destacada, entra todo él deslumbrante con el oro, las esmeraldas, lo berilos y los jacintos, y la púrpura del vestido que destacaba en medio del oro le sentaba bien. Con todo esto, dejó impresionado de antemano al público y llenó de esperanzas a los espectadores. Pero cuando ya no tenía más remedio que cantar y tocar la cítara, tañe de modo desafinado y disonante y, echándose sobre la cítara con más ímpetu del que debía, rompe tres cuerdas a la vez, y comienza a cantar algo de modo desafinado y débil, de tal modo que provocó la risa de parte de los espectadores. Los jueces del certamen indignados por su atrevimiento lo expulsaron del teatro a latigazos. Entonces fue precisamente cuando el «dorado» Evángelo dio una imagen completamente ridícula llorando, y arrastrado por el medio del escenario por sus azotadores, lleno de moratones en sus piernas por los latigazos y recogiendo del suelo, las gemas de la cítara, que habían caído al recibir los palos junto a él.
Poco después, a continuación entra un tal Eumelo de Elea, con una cítara vieja, con unas clavijas de madera, con un vestido que junto con la corona apenas valía diez dracmas. Pero, éste, como cantó bien tocó según las reglas del arte, fue vencedor y así fue proclamado, y se río de Evángelo, que había hecho aquella vana pompa con la cítara y con aquellas joyas. Y se cuenta que le dijo: «Ay, Evángelo, tú ahí estás con tu corona de laurel de oro, pues eres rico, y yo, pobre, de laurel de Delfos; pero esta ventaja, al menos, sólo ésta, sacaste de. tu indumentaria, que te vas a ir sin que te compadezcan por tu derrota, antes bien te van a odiar por ese boato tuyo tan falto de arte».
Al pelo te viene este Evángelo, en la medida en que a ti te importa un higo la risa de los espectadores. No estaría fuera de lugar que yo te cuente también una historia lesbia que sucedió hace tiempo. Cuando las mujeres tracias despedazaron a Orfeo, dicen que su cabeza junto con la lira, cayendo, al río Hebro, fue llevada al mar Negro, y que la cabeza andaba flotando al lado de la lira, y que cantaba, según la leyenda, un lamento por Orfeo, mientras la lira acompañaba musicalmente cuando los vientos movían sus cuerdas. Y que así cantando llegaron a Lesbos, y aquellas gentes de la isla las recogieron y enterraron la cabeza donde ahora precisamente está el templo de Baco, al tiempo que la lira la dedicaron al templo de Apolo y durante mucho la conservaron allí. Despues de un tiempo, Neando, hijo del tirano Pítaco, al enterarse de estas propiedades de la lira, que encantaba fieras y plantas y piedras, y que, tras la desgracia de Orfeo, sin que nadie la tocase emitía melodías, le entró el deseo de poseerla y, sobornando al sacerdote con grandes sumas de dinero, lo indujo a que la sustituyese por otra lira semejante y le diese a él la de Orfeo. Él, tomándola, pensó que no era seguro tocarla a plena luz en la ciudad, y de noche, llevándola en su regazo, salió solo a las afueras de la ciudad y poniendo sus manos encima golpeaba y pulsaba torpemente las cuerdas, como un jovenzuelo que era, sin arte y desafinando; se había imaginado que la lira emitiría maravillosas melodías, bajo cuyos sones hechizaría y encantaría a todos, y que él, heredando la música de Orfeo, sería enteramente feliz. Hasta que por el eco acudieron unos perros —había muchos en aquel lugar— y lo despedazaron; por lo menos, en este punto, tuvo el mismo sufrimiento que Orfeo y los perros fueron los únicos que acudieron a su llamada; precisamente entonces llegó a verse tambien de modo muy evidente que no era la lira la que hechizaba, sino el arte y el canto, que en grado excelente y de manera única tuvo Orfeo de parte de su madre; la lira era simplemente un instrumento, en nada mejor que los otros instrumentos de cuerda.
Y ¿por qué te hablo de Orfeo y Neanto, cuando también entre nosotros mismos existió una y aún vive, creo, que compró por tres mil dracmas la lámpara de Epicteto el estoico? Esperaba, creo, también éste, que si leía por las noches bajo aquella lámpara, un sueño le superpondría al punto la sabiduría de Epicteto y sería semejante a aquel admirable anciano.
Y, ayer o anteayer, otro compró por un talento el bastón de Proteo el cínico, el que dejó a un lado cuando se lanzó al fuego, y lo tiene como un tesoro y lo muestra como los de Tegea muestran la piel del jabalí de Calidón, y los de Tebas los huesos de Gerión, y los de Menfis los bucles de Isis. Y el poseedor de tan admirable objeto incluso te sobrepasó a ti en el disparo del dardo de su incultura y desvergüenza. Ya ves de qué manera tan desdichada yace; ¡lo que necesita, en verdad, es un bastón para la cabeza!
Se dice que también Dionisio 8 compuso una tragedia muy mala y ridícula, hasta el punto de que, a causa de ella, Filóxeno entró muchas veces en la carcel por no poder contener la risa. Cuando se enteró de que se reían de él, con mucha diligencia compró la tablilla de cera de Esquilo, sobre la que éste escribía, creyendo que el estado de «entusiasmo» y de «posesión» le vendrían de la tablilla. Pero, sin embargo, escribía en ella cosas aún más ridículas con gran diferencia, como aquello de:
«Dóride llegó, la mujer
de Dionisio.»
Y de nuevo:
«¡Ay de mí, una buena esposa he perdido!»
También eso le vino de la tablilla, y esto:
«De sí mismos se ríen los
mortales locos.»
Esto último podría habértelo dicho estupendamente Dionisio a ti, y por ello debería cubrirse de oro aquella tablilla. ¿Qué esperanza tienes puesta tú en los libros, que siempre los desenrollas, los pegas, los recortas, los untas con azafrán y cedro, los envuelves en pergaminos y les pones el broche, como si los disfrutases en algo? Por su compra mucho mejor ya te has vuelto, tú que hablas de ese modo… —mejor dicho, eres más mudo que los peces— y vives de una manera que ni está bien decirlo, y un odio feroz, dicen, te tienen todos por tu desvergüenza. Así que si los libros hacen semejantes sujetos, habría que huir de ellos lo más lejos posible. Dos son las cosas que se podrían adquirir de las obras antiguas: el poder decir y poder hacer lo que se debe, imitando a los mejores y huyendo de los peores. Cuando se ve que uno no saca provecho de ellos ni de lo uno ni de lo otro, ¿qué otra cosa compra que ocupaciones para los ratones y casas para las polillas y golpes para los esclavos que no los cuidan?
¿Y cómo no iba a ser también vergonzoso, si alguien, al ver que tienes un libro en la mano —siempre tienes alguno— te preguntara de qué orador o escritor o poeta es, y tú, que conoces el título, se lo dijeras con facilidad, pero después, tal como suelen seguir avanzando estas conversaciones con tiempo bastante para hablar, él alabara o criticara algún pasaje de los contenidos del escrito y tú te vieras en apuros y sin poder decir nada? ¿No desearías en ese momento que te tragase la tierra, porque, como Belerofonte 9, tú mismo llevas el libro que te acusa? Demetrio el cínico, al ver en Corinto a un ignorante que estaba leyendo un libro —creo que las Bacantes de Eurípides, en el pasaje en que el mensajero cuenta los sufrimientos de Fenteo y la acción de Agave— arrebatándoselo lo despedazó diciendo: «es mejor que Penteo sea despedazado de una vez por mí que muchas por ti».
Aunque me estoy haciendo la pregunta a mí mismo continuamente, hasta el día de hoy aún no he podido averiguar por qué te afanas con tan gran empeño en la compra de libros. Pues nadie que te conozca un poquito podría creer que saques provecho o utilidad de ellos; no más que un calvo si comprara peines o un ciego un espejo, o un sordo a una flautista, o un eunuco a una concubina, o uno de tierra adentro un remo, o un timonel un arado. Pero ¿no será el asunto para ti una cuestión de ostentación de riqueza, y quieres mostrar abiertamente a todos que gastas incluso en cosas que no te son útiles en nada debido a tu gran sobreabundancia? Y, ciertamente, en cuanto me es dado saber a mí, que soy sirio como tú, si no hubieses inscrito fraudulentamente tu nombre en el testamento de aquel anciano, ya habrías muerto de hambre y habrías puesto a subasta tus libros. Queda aún esto; persuadido por los aduladores que no sólo eres guapo y amable, sino además sabio, orador y escritor sin parangón, te dedicas a comprar libros para hacer realidad las alabanzas de ellos. Dicen que tú, en las cenas, les echas tus discursos, y que ellos, a modo de ranas de tierra, gritan porque están sedientos, o que no les das de beber hasta que se revientan gritando.
Pues no sé cómo te dejas tan fácil arrastrar de la nariz y les crees todo lo que te dicen, tú que una vez también estuviste convencido de que eras semejante por el aspecto externo a un rey, como el Pseudo-Alejandro y el Pseudo-Filipo —el famoso cardador—, y el Pseudo-Nerón en tiempo de nuestros antepasados, y algún otro de los alineados bajo la apelación de «pseudo».
Y ¿qué tiene de extraño si esto te ocurre a ti hombre necio e iletrado, que camines con el pecho saliente e imitando el paso, el porte y la mirada de aquel a quien te agradaría parecerte, cuando también se dice que Pirro el Epirota, hombre admirable en lo demás fue corrompido por los aduladores por algo similar, hasta el punto de creer que era semejante a Alejandro? ¡Y en verdad, como dicen los músicos, el asunto estaba en dos octavas!
Porque yo vi el retrato de Pirro; y, sin embargo, estoy convencido de que era la reproducción de la figura de Alejandro. Y por esto he ultrajado a Pirro, porque te he comparado a ti con él, en cambio, a partir de él, te vendría muy bien a ti. En esta situación se encontraba Pirro y estaba convencido de esto respecto a sí mismo, que no había nadie que se encontrara con él y no tuviera la misma opinión que él, hasta que una anciana extranjera, en Larisa, diciéndole la verdad, puso fin a aquella locura. Pirro, enseñándole a la anciana un retrato de Filipo, de Perdicas, de Alejandro y de Casandro, y de otros reyes, le preguntaba a quién era semejante, muy convencido de que ella le diría que a Alejandro. Ella, fijando la atención largo tiempo, dijo: «A Batración el cocinero» —de hecho había en Larisa un tal Batración, cocinero, que se parecía a Pirro.
Y yo no podría decir a quién de los disolutos que están a la voluntad de los actores en las pantomimas te pareces. Pero sé muy ciertamente que todos creen que también tú actualmente estás sometido a fuerte manía por aquel parecido. No es extraño si siendo tan bastardo pintor, también quieras tener un parecido con los hombres instruidos en la pintura, haciendo caso a los que te hacen tales halagos.
Pero ¿por qué digo estas necedades? Pues muy clara es la razón de este afán tuyo por tales libros, aunque yo por mi estupidez no me he dado cuenta desde hace tiempo. En esto te has hecho a la idea de sabios según tú crees al menos, y tienes incluso esperanzas fundadas acerca del asunto, por si el rey, que es un hombre culto y que tiene en gran aprecio la cultura, llegara a saberlo. Piensas que si él llega a oír esto de ti, que compras libros y estás haciendo una gran colección, en breve tendrías todo de su parte. Pero, libertino infame, ¿crees que él está tan metido en los efluvios de la mandrágora que oye esto de ti y no se entera de lo otro, qué tipo de vida es la tuya durante el día, qué clase de bebidas te gustan, qué noches pasas, y quiénes y de qué edad duermen contigo? ¿No sabes que los oídos y los ojos del rey son muchos? Lo tuyo es tan manifiesto que incluso los ciegos y los sordos lo conocen. Con sólo tú hablar, con que te desnudaras para bañarte, más bien que no te desnudaras tú, si así te parece bien, sino que te desnudaran sólo tus sirvientes para bañarte, ¿qué crees?, ¿que no iban a ser al punto muy manifiestas las andanzas secretas de la noche? Dime al menos esto, si Baso, vuestro gran sofista o Bátalo, el flautista, o el libertino Hemiteón el Sibarita, que os redactó las maravillosas leyes, como que hay que arder de entusiasmo, y depilarse, y recibir y hacer tales cosas, si uno de ésos se vistiese con una piel de león y echara a andar con una clava en la mano, ¿qué crees que parecería a aquellos que lo vieran? ¿Que es el propio Heracles? No, si no tienen legañas en los ojos; pues hay mil detalles en su apariencia que testimonian lo contrario, el andar, la mirada, la voz, el cuello ceñido con collares, el albayalde, el perfume, el carmín, todo con lo que vosotros os embellecéis, y, en suma, como dice el refrán: «Más rápido se podrían esconder cinco elefantes bajo el sobaco que un solo depravado». En consecuencia, ¿si la piel de león no habría podido ocultar a ese tal, crees tú esconderte cubriéndote con un libro? Imposible. Te traicionarán también y te dejarán al descubierto los otros signos de distinción, que os pertenecen.
En suma, me parece que ignoras que las buenas esperanzas no deben buscarse en los vendedores de libros, sino tomarlas de uno mismo y de la vida de cada, día. ¿Crees tú que te van a ser a la vez abogado y testigo los bibliógrafos Ático y Calmo? No, sino hombres crueles que están dispuestos a machacarte, si los dioses lo quieren, y a reducirte al extremo de la pobreza. Debes ya desde ahora, si fueras sensato vender a cualquier persona culta esos libros y con ellos esa casa recién adquirida, y pagar a los vendedores de esclavos una parte, al menos, de tus muchas deudas.
También atiende a esto. Por dos cosas te has afanado terriblemente: la adquisición de libros caros y la compra de jovenzuelos ya hechos y robustos, y ese asunto te apasiona y te tiene cautivado. Pero es imposible que quien es pobre dé abasto a ambas cosas. Mira, pues, ¡qué cosa tan sagrada es un consejo! Considero que, dejando las cosas que no te convienen, cuides la otra enfermedad y compres aquellos servidores, para que, si te dejan los de casa, no tengas que enviar por personas libres, que sin peligro se te van, si no reciben todo y publican lo que hacéis después de beber. Así anteayer estaba contando cosas muy vergonzosas de ti el mancebo que salía de tu casa, y mostraba aún las huellas de los mordiscos. Y yo podría ofrecer incluso testigos que estaban entonces presentes de que me indigné y, enfadado, poco faltó para molerle a golpes en tu defensa, y especialmente cuando él llamaba a otro testigo de semejantes hechos, y a otro de las mismas acciones, y lo contaban con sus palabras. Por esto, amigo mío, administra tu dinero y estate vigilante, para que, en tu casa, con toda seguridad, puedas dejarte hacer y hacer esas cosas. De suerte que ¿quién podría persuadirte a dejar de hacerlo? El perro que se aveza a morder el cuero no cesaría jamás de hacerlo. Lo otro, en cambio, es más fácil; no comprar más libros. Ya estás bastante educado, tienes ya sabiduría de sobra. Casi tienes en la punta de la lengua todas las obras antiguas. Conoces toda la historia, todas las artes de composición literaria, sus excelencias y sus vilezas, y el uso del vocabulario ático.
Gracias a tantos libros has llegado a ser una cosa totalmente sabia y en la cima de la educación. Nada me impide meterme contigo, puesto que te agrada que se burlen de ti.
Con gusto te preguntaría: ¿teniendo tantos libros cuáles de ellos lees especialmente? ¿Los de Platón? ¿Los de Antístenes? ¿Los de Arquíloco? ¿Los de Hiponacte? ¿O esos los desprecias, mientras tienes a los oradores muchísimo más a mano que a éstos? Dime, ¿lees el discurso de Esquines contra Timarco? Sin duda conoces y comprendes todas y cada una de esas obras, pero ¿te sumergiste a fondo en Aristófanes y Eupolis? ¿Leíste también los Baptas 10, el drama entero? ¿Entonces no tuvo ningún efecto en ti lo que en ellos se decía, ni te pusiste colorado al ir conociéndolo? A cualquiera le llamaría la atención especialmente, al menos, esto: a qué libros te acerca con toda el alma y con qué manos los desenrollas. ¿Cuándo lees? ¿De día? Pero ninguno te ha visto hacer esto. ¿De noche? ¿Acaso habiéndoles dado las órdenes, oportunas a aquellos individuos o antes de hablar con ellos? Mira, antes de oscurecer ni te atrevas ya a hacer nada de eso; deja los libros y haz sólo lo tuyo. Aunque tú no deberías hacer ni eso, tampoco; sino sentir vergüenza por las palabras de la Fedra de Eurípides, cuando irritada contra las mujeres dice:
«Ni se estremecen de temor de la oscuridad
cómplice de sus obras
y de que los techos de la casa un día cobren
voz.»
Pero si estás decidido en permanecer a semejante manía, vete, compra libros y tenlos cerrados en casa, y goza la gloria de poseerlos; con eso tienes bastante. No vayas a tocarlos nunca, ni leerlos, ni sometas a tu lengua prosa y poesía de los antiguos que no te han hecho ningún mal.
Sé que estas palabras mías son charlas en balde y que como dice el refrán estoy intentando «lavar a un etíope». Tú seguirás comprándolos y no te servirán para nada, y serás objeto de risa de las gentes cultas, que se dan por satisfechas en sacar utilidad no de la belleza de los libros ni de su alto precio, sino de las palabras y del pensamiento de los que los han escrito.
Tú crees que vas a remediar tu incultura y a encubrirla con esa fama y a impresionar a las gentes por la gran cantidad de libros, y no sabes que también los médicos más ignorantes hacen lo mismo que tú cuando se hacen fabricar férulas de marfil y ventosas de plata y cuchillas chapadas con oro. Y, cuando tienen que usarlas, no saben ni de qué modo deben manejarlas. En cambio, si un médico de los que saben el arte se presenta en medio con una lanceta muy bien afilada, aun que esté cubierta de herrumbre, libera al enfermo del dolor. Pero, para comparar tu caso con una cosa más ridícula. Fíjate en los barberos, y observarás que de ellos los que son unos artistas tienen una navaja, cuchillas y un espejo moderado; en cambio, los ignorantes y profanos en el oficio aunque pongan a la vista gran cantidad de cuchillas y enormes espejos, no por esto ciertamente logran ocultar que no saben nada. Pero aún les ocurre la cosa más cómica: que la mayor parte de las gentes van a cortarse el pelo a casa de sus vecinos, y luego acuden a la barbería a mirarse a los espejos de aquéllos y se atusan el pelo. Así también tú deberías prestar los libros a cualquiera que los necesite, puesto que tú mismo no podrías hacer uso de ellos. Sin embargo, jamás prestaste un libro a nadie, sino que haces lo que la perra cuando está en el comedero, que ni come la cebada, ni deja comerla al caballo, que es quien puede hacerlo.
Esto es lo que, por ahora, me he tomado la libertad de decirte sólo acerca de los libros, de las otras cosas que haces detestables y vergonzosas vas a volver a oírme a menudo.
Este texto se reproduce por gentileza de Visor Libros. Traducción de Manuela García Valdés.
Texturas nº2 - editorial

Texturas nº2 – editorial

TX_2El hilo conductor de este segundo número de Texturas teje parte de un tapiz cuya larga sombra se alarga ante nuestros ojos: la incidencia de la digitalización en el mundo editorial y en concreto en el libro, convirtiendo a éste, a veces, en un «ente inmaterial o virtual».
Provenir de una cultura donde los sentidos aún no están atrofiados ha propiciado que la revista se estructure, precisamente, en torno a uno de los placeres que nutren uno de nuestros más desarrollados sentidos, que no es otro que el gusto culinario.
Hacemos nuestras las palabras del editor italiano Giulio Einaudi quien, en su Fragmentos de memorias, afirma a propósito de su amistad con Braudel y de la sincera admiración que sentía hacia él: «En París nos encontrábamos en restaurantes de fama donde mostraba un vivo interés por la comida, considerada por él, con razón, componente importante de la cultura material».
El menú que presentamos permitirá al comensal deleitarse con la volatilidad de lo digital, conocer la experiencia táctil de la apropiación de lo que le es ajeno, picotear propuestas sutiles, que no ligeras, que podrá degustar en el momento idóneo. La carta continúa y ofrece sugerencias para seguir una dieta de calidad. Interesante resultará comprobar que si todo, o casi todo, es susceptible de ser comido y/o ser transformado de cualquier forma, lo cierto es que no todas las mezclas gastronómicas ni los formatos son siempre adecuados, igual que ocurre con los alimentos-libros.
Sí. Hablamos de alimentos-libros. No hay por qué extrañarse de esta, en principio, extraña combinación. Tanto en la cocina como en el mundo del libro quizá se pueda ampliar el abanico de texturas. Texturas posibles que tan escuetamente han sido tenidas en cuenta en el nuevo marco legal, que más parece una marmita donde se guisa todo aquello que cabe, echándolo al fuego de cualquier manera y sin sentido de la medida y de las proporciones.
En definitiva, siguiendo la deriva de la gastronomía, en el ámbito del libro deberíamos apostar por una dieta más saludable y una oferta de productos básicos de calidad y naturales ante el modelo cada vez más cercano y amenazante de la comida-libro-basura.
Esperamos que les aproveche, y que la degustación ofrecida responda a sus expectativas.
Texturas nº2 - sumario

Texturas nº2 – sumario

TX_2

_Editorial [VER]
_Luciano: Contra el ignorante que compraba muchos libros [VER]
_Antonio Rivero: Procusco ataca. La encrucijada de las librerías
_Paco Goyanes: Pasodoble: «Soy librero»
_Juliana Boersner y Roger Michelena: Las librerías en América Latina: buscando un sentido
_Ricardo Nudelman: El desequilibrio realmente existente
_Joaquín Rodríguez: Edición 2.0 [VER]
_Valentín Pérez: Del manuscrito al libro electrónico. Fetichismo y digitalización
_Leroy Gutiérrez: Qué con la digitalización
_Marcos Taracido: Perdurabilidad del pergamino (o el futuro del libro)
_Chema García: Incomprendidas nuevas tecnologías para el sector editorial
_El Llibreter: Sobre la gestión de la información en las librerías
_Arianna Squilloni: Los libros ilustrados piden el papel
_Marcos Ros: Bibliotecarios sin Gutenberg
_Ana Juan: ilustraciones
_Miguel Martínez Lage: Corpus derelicti
_Victoriano Colodrón: Unidad y diversidad de la lengua española en el espacio iberoamericano del libro
_Rogelio Blanco: El hombre lector
_Carlos Yusti: Los libros robados
_Lázaro Segurola (seudónimo): Mil años de perdón
_Fernando García Pañeda: Robo de libros: el crimen no compensa  [VER]
_Alejandro J. Oviedo: Predilección por el baño
_Juan Ángel Juristo: 25 de enero de 1965

Tampoco mis libros saben que yo existo. Jordi Nadal

Tampoco mis libros saben que yo existo. Jordi Nadal

por Jordi Nadal

Mis libros me acompañan en la entrada de mi nueva casa. La historia es esta y tiene tres partes:1. Cuando cumplí 18 años, mi padre, mecánico de coches y fuente principal de mis decisiones valientes, puso un piso a mi nombre. En 1980 me daban 9000 pesetas de alquiler (unos 55 euros). Con esa cantidad, fui a la cooperativa universitaria de la Facultad de Filología, donde estudiaba primer año de Germánicas y pregunté por el gerente.-Mire, soy un estudiante de filología recién matriculado. Sé que dan un 20 % de descuento a los alumnos que compran en su cooperativa. Yo le compraré 9000 pesetas cada mes. ¿Qué descuento me puede ofrecer?


Me ofreció un 25 % » como a los profesores «, me dijo.
Llegué en poco tiempo a tener más de 1000 volúmenes, en los que seguí leyendo.
Todo aquello me abocaba a aprender cosas que yo ignoraba. Pase a vivir más vidas. Otras vidas. Aprendí de esa gente, de esas situaciones tan diferentes a mi. Entendí cosas. Aprendí a aceptar cosas que aún no entendía del todo. Aprendí a vivir, en cierto modo, un poco más a fondo.

2.Un día, el director de la división de libro universitario de Vicens Vives, le preguntó al gerente de la cooperativa por si conocía a algún estudiante que quisiese ser promotor universitario. Citó mi nombre. Entrevista. Contrato. 1983, empiezo el que era mi deseo: trabajar en el mundo editorial.
En uno de los primeras ferias del Liber, en Barcelona, un señor que hablaba alemán con un amigo se dirigió a mi en castellano, (yo estaba atendiendo en el stand del Vicens Vives). Le contesté en alemán. Se iba y regresó sobre sus pasos. Me dijo:

-Oiga, La Fundación Bertelsmann tiene unas becas para gente que quiere hacer prácticas en editoriales alemanas. ¿Quiere usted postularse?

Le dije que sí, le mandé un CV y el lo remitió a Alemania. Me dieron una beca.
Mi vida profesional se tornó algo serio, muy serio, gracias a ese hombre generoso, la persona más elegante, ponderada, humana y buen profesional que conozco en el mundo del libro: Hermann Nahm, quien era gerente de la que fue mítica librería en Barcelona, la librería Herder.
Ese gran librero de esta ciudad se ha jubilado, pero no en mi corazón. Es, citando a Pla, Un senyor de Barcelona.

3. Estoy cambiando de casa, por motivos que no vienen al caso, pero, en todo caso, no fáciles de gestionar.
Quiero que mi casa acoja a mis amigos que me visitan, y recién me han instalando las estanterías. Coloco en ellas, entre los más de 3000 libros que me cuidaban hasta hace poco, 300 libros selectos.
Los 300 que más me han gustado. Son mis dioses lares. Son las personas, los títulos, los autores que quiero que saluden a los que entran en mi hogar. Están el el pasillo del recibidor: vigilarán la entrada y harán, por tanto, de dioses protectores: dirán quién soy (o quien me gustaría ser) y cuidarán a quienes crucen el umbral:

Francis F. Fitzgerald les dirá cosas tiernas y tristes;
Elias Canetti, verdades como puños centroeuropeos;
Primo Levi les dirá que se puede vivir sin las tablas de la ley mosaica, pero que al menos cada uno llegue a escribir y asumir las suyas, y nos dará una lección de lucidez.
Albert Camus les dirá que nada es más bello que una vida digna, hermosa, luminosa como la luz sobre el mar Mediterráneo.
Ryszard Kapuscinski les enseñará a comprender, a aceptar, a mirar con capacidad de conocimiento, esto es, de amor.
Marguerite Yourcenar les enseñará la actualidad de la belleza.
Miguel Torga la potencia única de la autenticidad.
Pablo Neruda les dirá un secreto: que yo entré en la vida adulta el 24.12.86, el día que terminé de leer Residencia en la Tierra.

Podría decir más, pero es totalmente innecesario.
Mis libros -esos libros que no saben que yo existo, como decía Borges-, me acompañan.
Yo sí sé que existen. Además, me han enseñado cosas que, lamentablemente, no siempre sé aplicar. No soy, creo, mejor gracias a los libros. Pero soy, sin duda, mucho menos peor gracias a ellos.
Sé que tendré momentos de duda. Pero no dudo de ellos. No esperan nada de mí, y me lo dan todo. Están tan desnudos como la propia vida. No están para añadir adjetivos. Son. Son un puente, entre la vida y la muerte. Me ofrecen su vida, su sombra y su cobijo. Me causan dolor, me muestran el precio del amor. Me enseñan a perder y a reir. A reirme de mi. A reirme de la sola idea de ganar.
Me enseñan y callan. Son mi Buda y su Dhammapada. Son mis padres. Son mis hijos. Son mis hermanos. Me hacen daño, me hacen bien. Me hacen. Están hechos de árboles que tenían fibra. Ahora son mi fibra.
Les quiero mucho.

Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

por Alejandro Katz

Crisis, ¿cuál crisis?

El sector editorial tiene un tono: es un tono menor, marcado por la queja, el desconcierto y la incertidumbre. Hace ya mucho tiempo (o, cuando menos, bastante tiempo) que el mundo del libro está persuadido de que las cosas no funcionan, de que esto no va más y que el Apocalipsis (nuestro pequeño, mezquino y, naturalmente, merecido Apocalipsis) se abatirá sobre nosotros.


Ese tono del mundo editorial se expresa con diversos registros: el aullido de los editores por el exceso de devoluciones, el maullido de los libreros por el exceso de novedades, los alaridos de todos por la escasez de lectores. Se habla, hace ya años, de crisis: demasiados títulos, tiradas más cortas, precios en alza… El fantasma de la concentración recorre el imaginario de los (autodenominados) independientes: concentración en la edición y en la comercialización, estandarización y homogeneización de los gustos de los lectores. La cacofonía en estado puro. El libro tiende a comoditizarse, dicen algunos (al menos, lo he dicho yo mismo, hace un par de años), a volverse pura mercancía: ¡adiós Bourdieu!, basta de valor simbólico, no más discursos sobre el doble carácter –mercancía y significación- del bien cultural por antonomasia.
Ese tono es acompañado, desde la teoría crítica (teoría de la cultura, crítica literaria…), por un bajo continuo que acentúa el carácter melancólico de la letanía: el canon está terminado, ya no existe un corpus de obras que deben ser leídas, se han perdido (José Emilio Pacheco dixit) las alusiones comunes. En el mundo de las presuntas comunidades, de las redes, de los grupos de afinidad, ya no hay comunidades de lectores, redes textuales (ni, mucho menos, paratextuales, ni metatextuales, ni, qué hablar, transtextuales) ni afinidades: sólo hay, por una parte, consumidores (los del Código da Vinci, se dice: millones de no lectores ¿?) y, de otra, individuos, unidades dispersas que no alcanzan a construir un mercado.
Todos coinciden, pues. Tanto los que se ocupan de la producción y la venta como los que estudian los modos de uso y recepción de la cultura escrita.
¿Todos? Bueno, no todos, en verdad. La Vanguardia del pasado 26 de noviembre informaba que la segunda edición del Salón del Libro de Barcelona convocó un 20% más de público que la edición anterior. La página web de la Feria de Guadalajara informa que el público que asistió a la última edición superó en más de un 6% al de la anterior: 525 mil visitantes en 2006. La Federación de Gremios de Editores anota que, entre 2004 y 2003 (últimos años disponibles en la web), la venta de libros en el mercado interior se incrementó un 3,2% en euros, porcentaje, si se quiere, pequeño, pero en todo caso muy superior al 0,3% de incremento en el gasto en consumo final de los hogares españoles a precios de mercado (http://www.ine.es/daco/daco42/cne00/pib_9505.xls) para esos mismos años, sin considerar, por lo demás, que la variación interanual para ese período indica una reducción de la participación de los asalariados (del 48,4% al 47,7%) en el PIB total o que la participación total de la industria en el PIB también disminuyó del 14,7% al 14,1%.
¿Todos coinciden? Al parecer, los consumidores, cuando menos, no parecieran estar plenamente de acuerdo: asisten más a las ferias y aplican, a lo largo del año, un porcentaje creciente de sus recursos a la compra de libros (que es no sólo el que provoca el crecimiento de ventas, sino que es ese crecimiento ajustado por la menor participación del salario en el producto interno).
Tampoco, según parece, coinciden plenamente los actores de la profesión: si se pregunta a cada uno de ellos por la situación particular de su negocio casi nadie declara estar quebrado, ni camino a la quiebra: las ponderaciones oscilan entre un exitista “muy bien” (fuerte propensión al optimismo de las respuestas corporativas, que deben declamar el éxito porque en él está la razón de su existencia o, cuando menos, de los salarios de sus funcionarios) hasta el más moderado “bien” de los pequeños y medianos, que viven con dignidad de sus negocios; como afirmó Francisco Goyanes, de la librería Cálamo de Zaragoza, en el Encuentro de Editores de la Feria de Guadalajara: “no por no ser rico se es tonto”.
Hay, pues, o bien un doble discurso o bien una doble percepción. La explicación por recurso al doble discurso parece más sencilla, más al alcance de la mano y más satisfactoria si la pretensión es erigirse en acusador de la falsa moralidad imperante: declamemos (a los cuatro vientos, como se dice) que estamos mal y que estaremos peor, para obtener prebendas y beneficios públicos (estrategia de asistencialismo), para obtener espacio gratuito en los medios de comunicación (estrategia de marketing), o para generar mayor consumo al estimular el sentimiento de culpa de los no consumidores de libros (estrategia del psicópata). Esta perspectiva supone que todos los involucrados en el negocio del libro nadamos en la abundancia, pero nos hemos confabulado para hacer creer al mundo que apenas sobrevivimos en la escasez.
Yo no creo que esto sea así. Pienso, más bien, que la percepción de crisis refleja una preocupación verdadera, a pesar de que no esté convalidada –o, cuando menos, no esté plenamente convalidada- por la realidad del sector, según los indicadores mencionados al comienzo de esta nota.

Primera tentativa de explicación: Lo que abunda, ¿daña?

En mi opinión hay dos razones básicas que explican el tono menor que impera en el mundo de la edición y de la librería. En principio, y esto parece evidente, las dificultades cotidianas con que se enfrentan los diversos jugadores y que propician ese sentimiento según el cual “las cosas no van bien”. Hay, sin duda, un exceso de oferta, y hay también una problemática canalización de dicha oferta. La edición ha creado un modelo de reloj de arena que es, a todas luces, insuficiente para alcanzar una performance óptima, y ni siquiera para tender a ella.

Figura A
Esforzado librero intentando que la casi infinita producción de títulos se desplace hacia los lectores

Ese modelo de “reloj de arena” consiste en intentar hacer pasar decenas de miles de títulos, y centenas de miles de ejemplares, a través del espacio, necesariamente limitado, de las librerías, cuya realidad física les impide recibir, exhibir, promocionar y vender semejantes cantidades de libros. De hecho, hasta no hace demasiado tiempo (posiblemente hacia la segunda mitad de la década del 70 del siglo pasado) el modelo era, más que el reloj de arena, el caño, en el cual las relaciones del input con el output estaban mucho más cerca del óptimo: había una menor oferta (sólo entre 2001 y 2005 la cantidad de títulos editados en España se incrementó un 13,43%, pasando de 67012 títulos 76265, es decir, 9253 títulos más ofrecidos al público en sólo cinco años, lo cual significa que cada día laborable llegaron a las librerías aproximadamente 40 novedades adicionales respecto de las que se recibían en 2001); y había también una menor dispersión de los consumidores, en términos geográficos, etarios, socioeconómicos y, especialmente, de intereses de lectura.

 

 

Figura B
El caño, cuyo diámetro es idéntico en la entrada, en la salida y en toda su extensión

Tanto desde el lado de la edición como desde la librería hay quienes intentan volver a convertir el reloj de arena en un caño, no por reducción de la oferta sino simplemente ampliando el “diámetro” de los conductos de circulación: tanto la venta de libros en sitios no tradicionales como la creación de megastores crean la ilusión de que, de ese modo, es posible evitar (por medio de un “bypass”) las restricciones físicas de la librería.
Pero también hay quienes intentan responder a esa dificultad estableciendo, tanto desde la editorial como desde la librería, un sistema de lecturas que será también, por consecuencia, un sistema de lectores, es decir, un ajuste mucho más adecuado entre oferta y demanda. Como declaró Antonio Ramírez, director de la librería La Central: “El saber de un librero no es filológico, no aplica un canon estético, recae más bien en la capacidad de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores. Juzgamos antes al editor que al autor, antes a los libros que a los textos.”
El desajuste entre la oferta y la demanda es un problema grave. Pero el exceso de oferta es sólo una parte del problema, y no necesariamente la peor. A mi entender, la mayor dificultad proviene de la incapacidad, tanto de muchos editores como de numerosos libreros, “de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores” y, por tanto, de seleccionar una parte de esa oferta para la parte correspondiente de la demanda. El exceso de oferta parecería ser, más que una dificultad estructural del sector, la causa de una sensación subjetiva de crisis percibida como tal por los actores.
Las percepciones subjetivas de crisis por exceso son un fenómeno mucho más frecuente de cuanto se cree. Pierre Chaunu estudió con detalle la sensación de “mundo lleno” de la baja Edad Media, cuando se tenía la convicción de que Europa estaba sobrehabitada y ello traería consecuencias catastróficas. Y Roger Chartier señaló con claridad cómo, ya a fines del siglo XIX, se documentan abundantes percepciones de crisis en el sector editorial, derivadas, igualmente, de una oferta percibida como superabundante. No quiero decir con esto que no haya un exceso de oferta, y que ese exceso no sea causa de graves dificultades, pero sí señalar que no es suficiente para justificar el sentimiento de crisis en el cual el sector está instalado.

Segunda tentativa de explicación: nubes en el horizonte (de expectativas)

¿Por qué, entonces, si los indicadores -cuando menos, algunos de los indicadores- que dan cuenta de la salud del sector no parecen catastróficos o, incluso, parecen razonablemente buenos, impera tal sensación de desasosiego, de crisis, entre los actores de la actividad editorial? ¿Por qué nadie –o casi nadie- afirma con convicción, en voz alta y firme, que el futuro es auspicioso, que será mejor que el presente y, sin dudas, mucho mejor que el pasado? Tengo la impresión de que la verdadera respuesta no está en las dificultades objetivas que encuentran los editores y los libreros para desempeñar su oficio y hacer prosperar sus negocios. Está, más bien, en el terreno subjetivo –pero no por ello menos real, menos verdadero, menos acuciante- en el que se juegan las expectativas, las identidades profesionales y el reconocimiento social.
Creo que lo que está en cuestión no es el futuro, sino la relación que el pasado tiene con el futuro. Como afirma Koselleck, si “la experiencia es un pasado presente, cuyos acontecimientos han sido incorporados y pueden ser recordados […] también la expectativa se efectúa en el hoy, es futuro hecho presente, apunta al todavía-no, a lo no experimentado, a lo que sólo se puede descubrir” Según Koselleck, “no hay expectativa sin experiencia, no hay experiencia sin expectativa”.
Hasta hace un par de décadas, la experiencia permitía construir expectativas, y éstas, razonablemente, se cumplían. El futuro era, entonces, el sitio de la fantasía realizada. En los años 70 del siglo pasado era evidente que el libro ocuparía un lugar cada vez más destacado en nuestras sociedades, que el avance de las clases medias, de las democracias, de la educación universitaria permitiría cumplir, por fin, el sueño ilustrado que, por variadas razones, había estado pospuesto en el mundo iberoamericano durante mucho tiempo. Todos los indicadores así lo sugerían y, sobre todo, nada parecía poder interponerse en ese proceso casi teleológico.
Veinte, veinticinco, treinta años atrás el horizonte de expectativas era claro, despejado, sin nubes en el horizonte. Nuestro espacio de experiencia, es decir, en términos de Koselleck, la presencia del pasado en el presente y, por tanto, la del futuro hecho presente, no era fuente de incertidumbres: no había necesidad de observar los indicadores sectoriales, los índices estadísticos, los análisis macroeconómicos, para tener la certeza de un futuro promisorio. Pero esa experiencia, hoy, no permite construir expectativas. No es sólo la competencia, entonces impensada, del mundo digital, los fantasmas (bastante reales, por cierto) de los nuevos soportes, del digital sobre lo analógico, de la Internet y los contenedores de memoria virtual lo que nos pone en crisis. Es también -es sobre todo- la ruptura del canon, el estallido de los grandes discursos, la fragmentación de las comunidades de lectores, la tribalización de los espacios del saber, la lectura de zapping (véase Petrucci) lo que impide a la experiencia hacer presente el futuro, y es todo ello lo que provoca angustia y alimenta la percepción de la crisis.
Desde la teoría de la recepción de Jauss sabemos que cuando se genera una acción, esta acción, relacionada con el presente, conduce, por una parte, hacia la acumulación de hechos sociales a los que designamos con el nombre de experiencia y, por otra parte, hacia la producción de posibilidades, posibilidades que se inscriben en un conjunto de expectativas y constituyen –construyen- el futuro. Pero, hoy, quienes participamos en el mundo de la edición y de la librería no tenemos ninguna certeza de que nuestras acciones, fundadas en nuestra experiencia, puedan producir las posibilidades que imaginamos –o deseamos- que ocurran: lo que pone en cuestión la calidad del futuro del libro no es, pues, su mal desempeño presente, sino nuestra incapacidad de manejar la incertidumbre respecto del futuro.
En alguna medida, la percepción de crisis no es más que una cuestión generacional. Quienes hablamos de crisis somos viejos. Viejos, en la medida en que nos hemos formado, y hemos comenzado a actuar, hace por lo menos veinte o veinticinco años, es decir, en momentos en que el horizonte de expectativas estaba despejado. La crisis, desde esta perspectiva, no es del mundo del libro, sino nuestra, y salir de la crisis no exige tanto que cambien las condiciones en que desempeñamos nuestra actividad cuanto que sepamos cambiar nuestro modo de construir expectativas a partir de nuestra experiencia. El mundo del libro goza, al parecer, de buena salud. Lo cual no significa que muchos de quienes estamos en él podamos decir, de nosotros, lo mismo.