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Bernat Ruiz Domènech. Un estado de ánimo

Bernat Ruiz Domènech. Un estado de ánimo

Me llamo…Bernat Ruiz Domènech

Y en el sector del libro o como mera lectora se me conoce como…Supongo que Bernat, a secas, o Bernat Ruiz. Creo que no tengo mote, aunque hay quien, en Twitter, prefiere incluirme en la categoría peyorativa de ‘cuñao del libro’ o ‘gurusete’, entre otras lindezas. Me gusta, me mantiene tenso y en guardia ante la autocomplacencia. Las críticas, incluso las destructivas, son tonificantes si se toman adecuadamente.

Como curiosidad, a menudo me confunden con algún familiar del historiador José Enrique Ruiz-Domènech o incluso me toman por su hijo. No tenemos ninguna relación, el suyo es un apellido compuesto y en mi caso son los dos apellidos.

Me gusta leer porque… sacia algo muy primario, profundo e infantil que no he perdido nunca: la curiosidad. Tuve la suerte de nacer en una familia de clase media con libros, muchos libros para la media española, una casa en la que se leía y en la que la cultura era un valor fundamental.

La lectura también fue un refugio para el niño y adolescente tímido, tartamudo y taciturno que fui. Ahora sigue siendo un espacio de recogimiento y calma, un lugar al que volver para serenarme, poner las ideas en su sitio y comprender algo mejor el mundo en el que vivo. Necesito comprender.

Cuando tenía doce años quería ser…O no quería ser nada en concreto o no lo recuerdo. Sí recuerdo que, pese a pasar el día entre libros –y entre maquetas, pero ese es otro tema– nunca pensé que acabaría dedicándome a ello.

Hoy soy…Sigo sin tenerlo muy claro. Decir que soy director de producto en Røter es decir muy poco, porque esa es una de las cosas que hago, la que posiblemente ahora me ocupa más tiempo, pero no la única. Cuando hecho un vistazo al resumen de mi currículum casi no reconozco a la persona que en él aparece.

Ser y hacer son cosas muy distintas. Soy más que lo que hago. Sigo siendo curioso y eso me ha llevado a ser un diletante. Puede que ‘curioso y diletante’ se ajuste bastante a lo que soy y sea el motor de todo lo que hago.

Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que…Intento cambiar de tema. Me da mucha pereza. Normalmente la gente lee un tipo de novela que no me interesa en absoluto. Ellos creen estar hablando de lo mío pero me aburren. Cuando me preguntan qué leo y respondo ‘ensayo’ suele terminar la conversación. Es excepcional coincidir con un lector de ensayo; entonces no es necesario explicarle por qué leo o ando entre libros. Ya viene entendido de casa.

Con las gentes del libro la cosa es completamente distinta, claro; hablen de novela, de ensayo o de poesía, siempre me lo paso bien porque suelo aprender muchas cosas.

Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:… En primer lugar no perder el hilo del ‘nuevo paradigma’ –expresión manida pero vigente– del libro y sus cambios. Cuesta mucho no perder comba y distinguir entre lo importante, lo accesorio, lo ruidoso y lo fundamental. No siempre lo consigo, claro.

Mi actividad principal, ahora mismo, está centrada en afinar Røter como producto. Es un trabajo de hormiga y de alquimista, hay que conjugar varias disciplinas y entender el punto de vista de profesionales muy diferentes, algunos de los cuales no saben nada de libros; en contra de lo que pueda parecer eso es muy positivo, pues permite ver el libro con una óptica completamente limpia y desacomplejada.

Cuando puedo, como destilación a todo lo anterior, escribo en mi blog y para otros medios.

Y suelo leer cada día. Lo que sea.

Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando…Vivir y ser consciente de ello es algo rarísimo, ¿no?

Y lo peor… El suicidio de mi madre, aunque no fue duro de la forma ni por los motivos que la mayoría de lectores estarán imaginando. Como esto no es la consulta de mi psiquiatra ni –afortunadamente– hay cuestiones edípicas implicadas, lo dejaremos aquí.

Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte las narices con…Con la confusión entre cultura e industria. El sinnúmero de objeciones al libro digital pretenden salvaguardar la cultura cuando en realidad protegen a una industria. Si no vamos con cuidado, ese ‘pecado original’, esa confusión fundamental, es la que acabará no sólo con la actual industria del libro –un accidente histórico de importancia discutible– sino con cierta forma de entender la cultura, que es mucho más importante. De ahí que perdamos el tiempo con el IVA, con las subvenciones, con el índice de lectura –que nunca fue tan alto en España y sigue creciendo– con las inútiles campañas de fomento de la lectura y no lo dediquemos a cuestiones estratégicas.

He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando…Cuando veo estulticia, mala fe y necedad. Cuando asisto a imposturas intelectuales en torno al libro. Cuando se impone el postureo alrededor de lo que yo llamo ‘libro organoléptico’, es decir, el olor de la tinta, el papel, la cola y fruslerías semejantes. Entonces me imagino a un escriba sumerio lamentando la pérdida de la fragante humedad de la arcilla o al egipcio suspirando por el tacto del papiro. Entiendo, pero intelectualmente no comparto, la cortedad de miras de quienes se tienen por intelectuales y son incapaces de mirar más allá del papel y la tinta, que son incapaces de comprender que lo que nos enseña la historia del libro es que lo importante es el contenido. El resto es un problema industrial y, como tal, mucho más sencillo. Los fabricantes de hachas de acero no añoran el sílex o la obsidiana y hay aspectos que dejan para la historia y la arqueología.

Ojo, eso no significa que no entienda la vertiente emocional del asunto. Hace unos días subía por la madrileña Cuesta de Moyano y me encantó el olor a libro viejo, esa combinación absolutamente indescriptible de sensaciones que me transporta a otro tiempo y otro lugar, sensaciones que me hacen sentir, literalmente, como en casa, no un hogar físico y concreto sino emocional.

Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es…Estar rodeado de gente inteligente, interesante y atractiva en todas sus acepciones, gente de la que aprendo mucho. Cada vez aprendo más.

El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando…El primer día de mi primer trabajo serio. Fue a los dieciocho años y como maquetista en un estudio de arquitectura. El segundo mejor día fue el cobro del primer sueldo de ese trabajo. El resto es más de lo mismo y si le damos más importancia puede que sea por vanidad, por creer que progresamos o porque aportamos algo a este mundo  cuando en realidad vamos de ningún sitio a ninguna parte. 

Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a…Paso unos días, solo, en Cadaqués, en el Cabo de Creus, si puede ser en temporada baja o media y nunca en fin de semana. Es una zona muy especial en la que puedo estar mucho mejor conmigo mismo y lo siento todo mucho más a flor de piel. Si sopla la tramontana, mucho mejor.

Luego hay descansos más mundanos, como hacer el amor, la lectura, un buen rato entre amigos o una buena serie de televisión. No necesariamente por ese orden.

Así es como veo el futuro de mi profesión…Depende de lo que entendamos por ‘mi profesión’. Nunca me he casado con mi trabajo hasta el punto de identificarme tanto que no me sepa reconocer en otra cosa. Si hablamos de libros, siempre habrá autores, editores y libreros; otra cosa es el lugar que todos ellos ocupen y su importancia relativa.

El libro de papel desaparecerá como desapareció la arcilla, el papiro y el pergamino. La mayor parte de nosotros lo veremos desaparecer. El autor será mucho más importante pero su trabajo será más duro al tener que responsabilizarse mucho más de su éxito, el precio de la libertad. Editar no será siempre un trabajo remunerado y estará más relacionado con aportar orden y claridad que con gestionar un proceso industrial que, en cualquier caso, estará mucho más automatizado. El librero se convertirá en un gestor cultural, un facilitador.

Se terminará la caza de brujas, viudas y huérfanas, que por fin podrán vivir una vida líquida en las diferentes ventanas de lectura aunque a muchos eso les aterre. Es el fin del mundo de Hyeronimus Hornschuch más que del de Johannes Gutemberg.

Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda…Haciendo cosas bastante parecidas a las que hago ahora pero distribuyendo el tiempo de forma diferente. Estoy consiguiendo que el límite entre lo que yo considero trabajo y lo que no se vaya difuminando progresivamente. Cuando consiga que ambos ámbitos se confundan completamente me consideraré jubilado, supongo.

El último libro que he leído ha sido…1914 – 1918. Historia de la Primera Guerra Mundial’, de David Stevenson (en digital). Editorial Debate ha hecho una mala edición y una peor traducción de un buen texto original. Así les va.

Y lo conseguí en…En la librería digital de Kobo.

Y el primero que recuerdo que leí fue…Un libro ilustrado sobre dinosaurios. Lo leí –y lo miré– ya ni recuerdo cuántas veces. Por culpa de ese libro y de mi padre soy el lector que soy, o al menos lo recuerdo así: un día, no sé si con cinco o seis años de edad, le pedí a mi padre que me lo leyera y me dijo que no, que lo hiciera solo porque yo ya sabía leer. Y decidí seguir leyendo como podría haber decidido no hacerlo. Puede que sea un recuerdo construido, pero esa es la sensación que tengo.

En mi mesilla tengo ahora para leer… Una montaña de libros –digitales y de papel– que cada día crece más. Soy un yonqui consciente de su adicción que hace tiempo decidió no limitar su vicio.

Me gustaría añadir que…Mantengamos la calma. Nada está bajo control.

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