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El autor y el acto de creación

El autor y el acto de creación

Informe Racine (Francia, enero de 2020)

El 9 de abril de 2019, el ministro de Cultura francés, Franck Riester, encargó a Bruno Racine, exdirector del Centro Pompidou y de la Biblioteca Nacional de Francia, un informe sobre la situación social y económica de los artistas-autores. Un encargo que hay que situar en un contexto de descontento creciente en el sector por el anuncio de una serie de reformas fiscales que ponían de manifiesto, una vez más, la ignorancia de las políticas culturales en cuanto a la especificidad del trabajo artístico y creativo.

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Ajedrez y literatura: Auster, Coetzee y algo más

Ajedrez y literatura: Auster, Coetzee y algo más

Artículo sobre literatura y ajedrez publicado en La insuperable el 12 de junio de 2020.

«La relación no es desconocida ni novedosa: a lo largo de su historia, la literatura se ha llevado muy bien con el ajedrez. Desde la presencia en una simple comparación -o la predecible metáfora- hasta su centralidad en una obra narrativa, desde lo marginal hasta lo esencial, el milenario juego  ha dejado su huella en páginas que disfrutaron innumerables lectores y en producciones cinematográficas de dispar éxito.

Son muchos los recorridos artísticos que podrían realizarse. Las obras literarias, los personajes, sus creadores, las transposiciones… Los filósofos, cineastas, pintores y artistas en general que se acercaron al ajedrez fueron multitud. Un itinerario variado es, por ejemplo, el que propone el periodista mexicano Hugo Vargas en Fianchetto. El ajedrez como una de las bellas artes. Se trata, claro, de un recorte dentro de un universo de difícil reducción.

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Glosa 4: Cada puta hile y coma

Glosa 4: Cada puta hile y coma

Artículo sobre la negritud editorial publicado en Soporto Tropos el 27 de mayo de 2020.

«El último párrafo del artículo de Ignacio Echevarría del ‘El Cultural’ del 22 de mayo fotografía la situación literaria actual de una parte del negocio editorial: «Al final nadie escribe para sí mismo (…) Se trataría entonces de cobrar conciencia de para quién escribe, y para qué», refiriéndose a ti, escritor.

Un poco antes, hacia el noveno párrafo, avisa: «a lo mejor de lo que se trata es de no esperar a ese encargo explícito y empezar a escribir de una vez las novelas que nadie le ha pedido a uno».

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«Los libros: otras víctimas de la pandemia en México»

«Los libros: otras víctimas de la pandemia en México»

Artículo de Tomás Granados (autor del libro Sin justificar. Apuntes de un editor, Trama, 2019) publicado en El País el 8 de mayo de 2020 sobre la situación del mundo del libro en México. 

«En plena tormenta es imposible hacer un certero recuento de los daños. El viento agitado, la lluvia que no cesa, la adrenalina que nos permite vencer el miedo y acometer acciones heroicas (o temerarias), la falta de visión: todo contribuye a que cualquier descripción resulte imprecisa, pero no está de más detenerse unos minutos para pensar en lo que convendrá hacer cuando pase la tromba. Es más difícil hacer esto si además confluyen un temblor y un deslave, cataclismos que por separado son peligrosos. Esa sensación justamente es la que se percibe entre quienes nos dedicamos a hacer libros: a la pandemia se le sumó el paro económico, la devaluación del peso e incluso algunas sorprendentes medidas del Gobierno.»

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Entrevista a María Vela Zanetti en Babelia

Entrevista a María Vela Zanetti en Babelia

El pasado día 9 de abril de 2020, apareció en Babelia, el suplemento cultural de El País, una entrevista con la autora María Vela Zanetti con motivo de la reciente publicación en Trama editorial de su última obra literaria Sin salir de casa. Reproducimos aquí un pequeño fragmento de la misma, y añadimos el enlace para que se pueda disfrutar de la entrevista al completo en la web de BabeliaSigue leyendo

Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

Leer y escuchar un libro, ¿se procesa igual en el cerebro? Cristian Vázquez en eldiario.es

La mitad de las personas que no leen aseguran que la razón es la falta de tiempo, según el último Barómetro de Hábitos de Lectura. Quizá por eso la nueva gran apuesta de la industria editorial son los audiolibros, es decir, libros en formato de sonido, como un podcast, que aspiran a ocupar el tiempo de la gente mientras conduce su coche, hace deporte, friega los cacharros o se dedica a otra actividad que –al menos en teoría– le ocupa los brazos, los ojos y otras partes de su cuerpo, pero no toda su atención.

La del audiolibro es una industria fructífera en Estados Unidos: generó 2.500 millones de dólares en 2017. En España, sin embargo, parecía que no iba a cuajar. Hace poco más de un lustro, las editoriales locales lo consideraban un «negocio frustrado», alegando razones de hábitos culturales, costes de producción, distribución y derechos de autor. Ahora, sin embargo, tal vez animadas por el hecho de que plataformas como Spotify, Netflix y HBO han creado una cierta «cultura de la suscripción» y por el desembarco de Storytel, el gigante sueco especializado en audiobooks, vuelven a ver en este formato una oportunidad.

El caso es que, ante este posible nuevo auge, surgen preguntas de índole científica y casi filosófica: escuchar un audiolibro, ¿es leer? ¿Es lo mismo acceder a un texto leyéndolo con los propios ojos que oyendo la voz de otras personas? Si no lo es, ¿qué diferencias hay, a nivel cerebral, entre entre una y otra práctica?

Leer y escuchar un texto involucra las mismas redes neuronales. Así lo afirman estudios como el publicado en 2015 por un equipo de casi veinte investigadores, entre ellos tres españoles. «Un sello universal de la adquisición exitosa de la alfabetización –afirma el documento– es la convergencia de los sistemas de procesamiento ortográfico y del habla en una red común de estructuras neuronales». Los resultados fueron similares no solo para idiomas diferentes, sino también entre lenguas con escritura alfabética (como la occidental) y logográfica (como la hebrea y la china).

Seguir leyendo en eldiario.es

Cristian Vázquez ha publicado en la colección Tipos móviles el libro Contra la arrogancia de los que leen

Oye Siri, ¿hacia dónde va el mundo del libro? Guillermo Schavelzon

Oye Siri, ¿hacia dónde va el mundo del libro? Guillermo Schavelzon

La caída del 40% en la venta de libros, en los últimos diez años, no es una crisis, sino una nueva realidad, que hay que analizar con atención. El mercado se redimensiona, se reacomoda, sabemos que los lectores compran menos, no sabemos si también leen menos.

En Estados Unidos, el país donde más libros se publican y venden, en los últimos diez años, la venta ha tenido una caída del 37%) (United States Census Bureau, 2018,www.census.gov).

En estos años, hemos asistido a demasiados síntomas, sin que nadie haya propuesto algún tratamiento eficaz, confiando en una vieja creencia del mundo del libro, “la oferta crea demanda”, que ahora sabemos que no resultó cierta. Hemos visto:

  • Disminución de los tirajes
  • Aumento (reactivo) del número de títulos publicados
  • Reducción de la cantidad de ejemplares que constituyen un best seller
  • Aumento de las devoluciones de las librerías
  • Subida del precio de venta, por encima de la inflación,
  • Cierre de librerías
  • Reducción del espacio en supermercados y grandes superficies
  • Concentración de la venta en un vendedor online, que va eliminando librerías, y terminará determinando las decisiones de las editoriales.
  • Ausencia de prescriptores confiables: desaparición del librero-recomendador
  • Reemplazo de la crítica por influencers mediáticos, Booktubers de un penoso nivel cultural.
  • Dificultades para la circulación de libros entre países de América Latina, forzando a las editoriales de allí, a producir solo para su mercado local.
  • Reemplazo del libro como herramienta de educación, por dispositivos digitales que no parecen ofrecer mejores resultados.
  • Reducción del nivel cultural de los títulos publicados.

Seguir leyendo en el blog de Guillermo Schavelzon.

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El tiempo y la lectura. Elena Rius

El tiempo y la lectura. Elena Rius

Es frecuente encontrarse, tanto en los medios como en la vida real, con personas que dicen no leer por carecer de tiempo para ello. O que lamentan que el tiempo que pueden dedicar a la lectura sea tan reducido: «Me gustaría leer más, pero ¿de dónde sacar el tiempo?». Sin embargo, quienes esto manifiestan no suelen ser esclavos en una mina de sal, sujetos con cadenas y vigilados por feroces capataces (un supuesto que justificaría la imposibilidad de dedicar ni un minuto a la lectura; además, dudo que en las minas abunde el material literario), sino urbanitas muy ocupados -o eso dicen- que no tienen reparo en dedicar varias horas al día a consultar sus móviles, a menudo innecesariamente y para cosas sin relevancia, y a mandar mensajes y fotos igualmente irrelevantes. «Conchi, estoy a punto de llegar» o una ristra de emoticonos para indicar lo mucho que te ha gustado esa irresistible foto de un gatito que te ha mandado tu prima no pueden considerarse como mensajes de alta prioridad. Y, no obstante, con estos y otros parecidos se consumen sin remordimiento minutos muy valiosos.

Quienes afirman no tener tiempo para leer, lo que están diciendo en realidad es que leer no es una de sus prioridades. Que, en su escala de valores, la lectura se encuentra por debajo de muchas otras actividades con las que llenan sus días.

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

 

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Y tu ¿qué subrayas? Elena Rius

Y tu ¿qué subrayas? Elena Rius

No entra en mi ánimo dar nuevas alas a la vieja controversia de si es lícito o no subrayar los libros. Sabemos ya de sobra que siempre existirá la facción «Subrayar, no», que considera casi un sacrilegio estropear las páginas impresas con antiestéticos trazos de lápiz o -dios no lo permita- bolígrafo, facción enfrentada a la de «Subrayar, sí», que cree firmemente que los libros están para ser llenados de subrayados, notas y comentarios, y que esas señales de haber sido leídos, y leídos a fondo, son las marcas que distinguen la biblioteca de un buen lector. Lo otro, afirman -conste que no estoy más que haciéndome eco de las razones de los partidarios de esta opción- son bibliotecas de coleccionista, con libros de mírame-y-no-me-toques que, al contrario que sus garrapateados ejemplares, son libros carentes de vida. Los lectores habituales suelen ubicarse en uno u otro campo, y los hay también que se quedan a medio camino -aunque, ya lo saben, los tibios y equidistantes acaban recibiendo por todos lados-, optando por subrayar ciertos libros y otros no. En mi caso, por ejemplo, rara vez subrayo una novela (a no ser que la esté empleando con alguna finalidad didáctica), pero me tomo la libertad de subrayar los ensayos siempre que me parece necesario. Claro que ocurre en ocasiones que no subrayo porque estoy leyendo en algún lugar donde no tengo a mano un lápiz o donde es incómodo hacerlo (ejercer el arte del subrayado en determinados trenes es garantía casi segura de que las líneas van moverse como borrachas por la página). La alternativa entonces es doblar esquinas, una actividad que de nuevo cuenta con detractores y valedores.
Pero todo esto era antes de la llegada del libro electrónico. Una sus grandes ventajas, a decir de sus promotores, es que se puede subrayar sin necesidad de lápiz -ni de desfigurar el libro porque, evidentemente, el libro físico no existe- y que además es posible acceder a los fragmentos resaltados con suma facilidad, pues se presentan todos juntos. Sin duda hay que saludar estas características como un avance, una más de las comodidades que ofrece el libro virtual. (Sobre sus desventajas, como la condición fantasmal de estos ingenios, he hablado en otras ocasiones.)

Seguir leyendo en Notas para lectores curiosos.

Elena Rius es autora de El síndrome del lector publicado en la colección Tipos móviles.

 

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