Contra el ignorante que compraba muchos libros

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por Luciano
Trama & TEXTURAS nº 2
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Y, en verdad, es contrario lo que ahora haces de lo que quieres hacer. Crees que vas a parecer alguien en el mundo de la cultura por comprar con afán los más bellos libros. Y esto te viene al revés, incluso en una prueba de tu ignorancia en cierto modo. Sobre todo que no compras los más bellos, sino que te fías de cualquiera que los alaba y eres presa fácil de los que andan diciendo mentiras en asuntos de libros y un tesoreo bien dispuesto para sus vendedores. O, ¿desde cuándo te es posible reconocer cuáles son antiguos y dignos de aprecio, cuáles son de baja calidad y dañados, a no ser que lo dedujeras por lo comidos y destrozados que estén y te sirvas de los gusanos como consejeros a la hora de hacer ese examen? Porque, ¿qué tipo y calidad de discernimiento tienes tú sobre la exactitud o solidez que haya en ellos?
Voy a concederte que hayas elegido aquellos que Calino, buscando la belleza o el célebre Ático con todo cuidado, pudieran haber escrito, ¿qué provecho sacarías tú, extraño hombre, de su adquisición, si no conoces su verdadera belleza ni puedes gozar de ellos más que un ciego gozaría de la belleza de los jovencitos? Tú con los ojos bien abiertos miras los libros, sí, por Zeus, en exceso, y vas leyendo algunas líneas corriendo, más de prisa los ojos que los labios. Pero eso tampoco me parece suficiente, a no ser que conozcas las cualidades y defectos de cada línea de las escritas y comprendas el concepto general, cuál es el orden de las palabras, cuántas han sido corregidas por el escritor en aras de un buen estilo y cuántas son ambiguas, espurias y marginales.

¿Y qué? ¿Sigues afirmando que sabes, y eso sin haberlo aprendido, las mismas cosas que nosotros? ¿De dónde las has sacado, si no es de una rama de laurel de parte de las Musas, como el pastor aquel? El Helicón 1, donde se cuenta que las Musas tenían sus conversaciones, no lo has oído nombrar —creo yo— jamás, ni tenías las mismas conversaciones que nosotros cuando eras niño; que tú menciones a las Musas incluso resulta una impiedad. Aquéllas, en efecto, no vacilarían en aparecerse a un hombre tosco y velludo y con la piel muy curtida por el sol. Pero, a uno como tú —y permíteme, por la Libanitide, que en el momento actual no diga de ti todo con detalle— sé bien que no considerarían digno de acercarse en alguna ocasión; sino que, en vez del laurel, azotándote con mirto o con hojas de malva, te alejarían de tales lugares, para que no comntaminaras ni el Olmeyo ni la Hipocrene, cuyas aguas beben solamente rebaños sedientos o bocas puras de pastores.
Con todo, aunque eres muy falto de pudor y osado en esta materia, no te atreverías a decir que recibiste educación o que te preocupó siempre estar en contacto con los libros o que tu maestro fue fulano o que ibas a la escuela de mengano. Pero ahora tienes la esperanza de recorrer todas esas etapas con este único objetivo, el adquirir muchos libros. Según eso, retén tras reunirlos aquellos escritos de Demóstenes, cuantos el orador escribió con su propia mano, y los de Tucídides, de los que se descubrió que fueron copiados enteramente, ocho veces, por parte de Demóstenes, todos aquellos cuantos Sila mandó a Italia desde Atenas. Y ¿qué conseguirías de todo esto en materia de educación, aunque durmnieras con ellos colocándolos bajo la almohada o pegando unos a otros y revestidos con ellos fueses por todas partes? Un mono es un mono, dice el refrán, aunque tenga insignias de oro. Y tú, en efecto, tienes siempre un libro en la mano y lo estás leyendo continuamente, pero no entiendes nada de lo que lees, sino que escuchas moviendo las orejas como un asno cuando oye la lira.
Porque si el adquirir libros hiciera culto al que los tiene, la posesión de ellos sería, en verdad, muy costosa y exclusiva de vosotros, los ricos, ya que sería posible comprarlos en el mercado, aventajándonos a nosotros, los pobres. Y ¿quién podría rivalizar acerca del nivel cultural con mercaderes y libreros, que tienen y venden tantos libros? Pero, si quieres comprobar esta opinión, verás que aquéllos, en nivel cultural, no son mucho mejores que tú, sino que son toscos en el hablar como tú y torpes en el pensamiento, como es natural que sean quienes no tienen discernimiento de lo bello y de lo feo. Y tú tienes dos o tres libros que les has comprado, mientras que ellos los manejan noche y día. ¿Qué provecho sacas al comprarlos, a no ser que creas que hasta las estanterías de libros se hacen cultas por contener tantos escritos de los antepasados?
Y contéstame ahora, si te parece, o más bien, puesto que eso te va a resultar imposible, afirma o niega moviendo la cabeza a lo que te pregunte. Si alguien, no sabiendo tocar la flauta, adquiriese las flautas de Timoteo o las de Ismenias, que el propio Ismenias compró en Corinto por siete talentos, ¿acaso por comprarlas sería capaz de tocar o más bien no le valdría de ningún provecho su adquisición por no conocer la técnica para usarlas? Haces bien en decir que no con la cabeza. Ni aunque poseyeses las flautas de Marsias o las de Olimpo podrías tocar sin haber aprendido. ¿Y qué, si alguien, no siendo Filoctetes, adquiriese el arco y las flechas de Heracles con la idea de poder tensarlo y disparar las flechas certeramente? ¿Qué te parece de ése? ¿Crees que hará alguna demostración digna de un arquero? Dices también que no con la cabeza a esto. Por eso mismo, el que no sabe pilotar una nave ni se ha ejercitado en montar a caballo, si el primero adquieriese una hermosísima nave, hecha muy bien en todos los aspectos para mostrar belleza y seguridad, y si el segundo adquiriese un caballo persa o un centauro o uno marcado con la koppa, se comprobaría —creo yo— que ninguno de los dos individuos sabría servirse ni de la nave ni del caballo. ¿Dices que sí ahora a esto? Convéncete, pues, y asiente también con la cabeza a lo siguiente: si alguien como tú, siendo inculto, comprara muchos libros, ¿no ocasionaría burlas contra sí mismo por su incultura? ¿Por qué vacilas en decir que sí también a esto? Ésa es —creo— la prueba más firme y cada uno de los que lo ven le dice al punto en voz alta lo que tiene más al alcance: «¿Qué tiene que ver un perro con una bañera?».
Sucedió no hace mucho tiempo en Asia que, debido a una desgracia, a un hombre rico le amputaron ambos pies, gangrenados por el frío, creo, porque en cierta ocasión le ocurrió que tuvo que ir caminando por la nieve. Ese individuo sufría esta situación lastimosa, y para remediar la desgracia, se hizo unos pies de madera y, calzándoselos, caminaba apoyándose a la vez en sus criados. Pero hacía una cosa ridícula, se compraba siempre sandalias preciosas, al último corte de la moda, y tenía muchísimo problema con ellas, pues se había adornado con un calzado precioso los pies de madera, sin duda «sus pies». ¿No haces lo mismo también tú, que, teniendo la mente renqueante y floja como tronco de higuera, andas comprando zapatillas de oro, con las que a duras penas un hombre ágil podría caminar?
Ya que entre los otros libros compraste muchas veces los de Homero, que alguien coja y te lea el canto segundo de la Ilíada, de la que no interesa examinar los otros cantos; nada de ellos te viene bien a ti. Pero el autor ha creado un personaje del todo ridículo que va a hablar en la asamblea, deforme de cuerpo y jorobado. Aquel individuo, el famoso Tersites, ¿si cogiese la armadura de Aquiles, crees que al punto, por cogerla, se volvería hermoso y a la vez fuerte y habría pasado de un salto el río, habría enturbiado su corriente con la sangre de los Frigios, habría matado a Héctor y, antes que a él, a Licaón y a Asteropeo, cuando no es capaz de llevar la lanza de fresno sobre los hombros? No, dirías. Pero además provocaría la risa cojeando bajo el escudo, y cayendo de bruces por el peso, y mostrando bajo el yelmo aquellos ojos bizcos, siempre que intentara alzar la cabeza bajo el yelmo, y levantando la coraza por su encorvamiento de espalda y arrastrando las grebas; en una palabra, siendo una vergüenza para ambos, para el artífice y para el propietario de aquellas armas. ¿No ves, pues, que te sucede a ti lo mismo, cuando tienes un libro bellísimo en la mano, con tapa de pergamino purpúreo, con broche dorado, y tú lo lees de modo bárbaro, envileciéndolo, distorsionándolo, siendo a la vez objeto de burla de los hombres cultos y alabado por los aduladores que se te unen, ellos que, volviendo sus caras, se ríen con frecuencia?
Quiero, al menos, contarte un hecho sucedido en Pito. Un tarentino, de nombre Evángelo, que no era un desconocido en Tarento, tuvo el gran deseo de vencer en los Juegos Píticos. Lo de las competiciones gimnásticas al punto le pareció imposible para él por no estar bien dotado por naturaleza ni en fuerza ni en rapidez. En cambio, para los certámenes musicales de cítara y de canto fácilmente fue persuadido de que vencería por unos hombres detestables que estaban en su entorno y lo andaban alabando y le animaban a gritos cada vez que sacaba el más mínimo sonido a las cuerdas. Así pues, llegó a Delfos radiante en todos los aspectos; se hizo un vestido brocado de oro y una bellísima corona de laurel dorado, que en vez del fruto del laurel tenía esmeraldas del mismo tamaño que las bolitas del árbol. La cítara misma, un milagro de belleza y muy bien acabada, toda ella de oro puro, adornada con gemas y piedras preciosas, grabadas en relieve las Musas en medio de Apolo y Orfeo, gran maravilla para quienes la veían.
Cuando llegó el día del certamen, eran tres los participantes y le tocó cantar en segundo lugar. Y detrás de Tespis el Tebano que había competido de manera destacada, entra todo él deslumbrante con el oro, las esmeraldas, lo berilos y los jacintos, y la púrpura del vestido que destacaba en medio del oro le sentaba bien. Con todo esto, dejó impresionado de antemano al público y llenó de esperanzas a los espectadores. Pero cuando ya no tenía más remedio que cantar y tocar la cítara, tañe de modo desafinado y disonante y, echándose sobre la cítara con más ímpetu del que debía, rompe tres cuerdas a la vez, y comienza a cantar algo de modo desafinado y débil, de tal modo que provocó la risa de parte de los espectadores. Los jueces del certamen indignados por su atrevimiento lo expulsaron del teatro a latigazos. Entonces fue precisamente cuando el «dorado» Evángelo dio una imagen completamente ridícula llorando, y arrastrado por el medio del escenario por sus azotadores, lleno de moratones en sus piernas por los latigazos y recogiendo del suelo, las gemas de la cítara, que habían caído al recibir los palos junto a él.
Poco después, a continuación entra un tal Eumelo de Elea, con una cítara vieja, con unas clavijas de madera, con un vestido que junto con la corona apenas valía diez dracmas. Pero, éste, como cantó bien tocó según las reglas del arte, fue vencedor y así fue proclamado, y se río de Evángelo, que había hecho aquella vana pompa con la cítara y con aquellas joyas. Y se cuenta que le dijo: «Ay, Evángelo, tú ahí estás con tu corona de laurel de oro, pues eres rico, y yo, pobre, de laurel de Delfos; pero esta ventaja, al menos, sólo ésta, sacaste de. tu indumentaria, que te vas a ir sin que te compadezcan por tu derrota, antes bien te van a odiar por ese boato tuyo tan falto de arte».
Al pelo te viene este Evángelo, en la medida en que a ti te importa un higo la risa de los espectadores. No estaría fuera de lugar que yo te cuente también una historia lesbia que sucedió hace tiempo. Cuando las mujeres tracias despedazaron a Orfeo, dicen que su cabeza junto con la lira, cayendo, al río Hebro, fue llevada al mar Negro, y que la cabeza andaba flotando al lado de la lira, y que cantaba, según la leyenda, un lamento por Orfeo, mientras la lira acompañaba musicalmente cuando los vientos movían sus cuerdas. Y que así cantando llegaron a Lesbos, y aquellas gentes de la isla las recogieron y enterraron la cabeza donde ahora precisamente está el templo de Baco, al tiempo que la lira la dedicaron al templo de Apolo y durante mucho la conservaron allí. Despues de un tiempo, Neando, hijo del tirano Pítaco, al enterarse de estas propiedades de la lira, que encantaba fieras y plantas y piedras, y que, tras la desgracia de Orfeo, sin que nadie la tocase emitía melodías, le entró el deseo de poseerla y, sobornando al sacerdote con grandes sumas de dinero, lo indujo a que la sustituyese por otra lira semejante y le diese a él la de Orfeo. Él, tomándola, pensó que no era seguro tocarla a plena luz en la ciudad, y de noche, llevándola en su regazo, salió solo a las afueras de la ciudad y poniendo sus manos encima golpeaba y pulsaba torpemente las cuerdas, como un jovenzuelo que era, sin arte y desafinando; se había imaginado que la lira emitiría maravillosas melodías, bajo cuyos sones hechizaría y encantaría a todos, y que él, heredando la música de Orfeo, sería enteramente feliz. Hasta que por el eco acudieron unos perros —había muchos en aquel lugar— y lo despedazaron; por lo menos, en este punto, tuvo el mismo sufrimiento que Orfeo y los perros fueron los únicos que acudieron a su llamada; precisamente entonces llegó a verse tambien de modo muy evidente que no era la lira la que hechizaba, sino el arte y el canto, que en grado excelente y de manera única tuvo Orfeo de parte de su madre; la lira era simplemente un instrumento, en nada mejor que los otros instrumentos de cuerda.
Y ¿por qué te hablo de Orfeo y Neanto, cuando también entre nosotros mismos existió una y aún vive, creo, que compró por tres mil dracmas la lámpara de Epicteto el estoico? Esperaba, creo, también éste, que si leía por las noches bajo aquella lámpara, un sueño le superpondría al punto la sabiduría de Epicteto y sería semejante a aquel admirable anciano.
Y, ayer o anteayer, otro compró por un talento el bastón de Proteo el cínico, el que dejó a un lado cuando se lanzó al fuego, y lo tiene como un tesoro y lo muestra como los de Tegea muestran la piel del jabalí de Calidón, y los de Tebas los huesos de Gerión, y los de Menfis los bucles de Isis. Y el poseedor de tan admirable objeto incluso te sobrepasó a ti en el disparo del dardo de su incultura y desvergüenza. Ya ves de qué manera tan desdichada yace; ¡lo que necesita, en verdad, es un bastón para la cabeza!
Se dice que también Dionisio 8 compuso una tragedia muy mala y ridícula, hasta el punto de que, a causa de ella, Filóxeno entró muchas veces en la carcel por no poder contener la risa. Cuando se enteró de que se reían de él, con mucha diligencia compró la tablilla de cera de Esquilo, sobre la que éste escribía, creyendo que el estado de «entusiasmo» y de «posesión» le vendrían de la tablilla. Pero, sin embargo, escribía en ella cosas aún más ridículas con gran diferencia, como aquello de:
«Dóride llegó, la mujer
de Dionisio.»
Y de nuevo:
«¡Ay de mí, una buena esposa he perdido!»
También eso le vino de la tablilla, y esto:
«De sí mismos se ríen los
mortales locos.»
Esto último podría habértelo dicho estupendamente Dionisio a ti, y por ello debería cubrirse de oro aquella tablilla. ¿Qué esperanza tienes puesta tú en los libros, que siempre los desenrollas, los pegas, los recortas, los untas con azafrán y cedro, los envuelves en pergaminos y les pones el broche, como si los disfrutases en algo? Por su compra mucho mejor ya te has vuelto, tú que hablas de ese modo… —mejor dicho, eres más mudo que los peces— y vives de una manera que ni está bien decirlo, y un odio feroz, dicen, te tienen todos por tu desvergüenza. Así que si los libros hacen semejantes sujetos, habría que huir de ellos lo más lejos posible. Dos son las cosas que se podrían adquirir de las obras antiguas: el poder decir y poder hacer lo que se debe, imitando a los mejores y huyendo de los peores. Cuando se ve que uno no saca provecho de ellos ni de lo uno ni de lo otro, ¿qué otra cosa compra que ocupaciones para los ratones y casas para las polillas y golpes para los esclavos que no los cuidan?
¿Y cómo no iba a ser también vergonzoso, si alguien, al ver que tienes un libro en la mano —siempre tienes alguno— te preguntara de qué orador o escritor o poeta es, y tú, que conoces el título, se lo dijeras con facilidad, pero después, tal como suelen seguir avanzando estas conversaciones con tiempo bastante para hablar, él alabara o criticara algún pasaje de los contenidos del escrito y tú te vieras en apuros y sin poder decir nada? ¿No desearías en ese momento que te tragase la tierra, porque, como Belerofonte 9, tú mismo llevas el libro que te acusa? Demetrio el cínico, al ver en Corinto a un ignorante que estaba leyendo un libro —creo que las Bacantes de Eurípides, en el pasaje en que el mensajero cuenta los sufrimientos de Fenteo y la acción de Agave— arrebatándoselo lo despedazó diciendo: «es mejor que Penteo sea despedazado de una vez por mí que muchas por ti».
Aunque me estoy haciendo la pregunta a mí mismo continuamente, hasta el día de hoy aún no he podido averiguar por qué te afanas con tan gran empeño en la compra de libros. Pues nadie que te conozca un poquito podría creer que saques provecho o utilidad de ellos; no más que un calvo si comprara peines o un ciego un espejo, o un sordo a una flautista, o un eunuco a una concubina, o uno de tierra adentro un remo, o un timonel un arado. Pero ¿no será el asunto para ti una cuestión de ostentación de riqueza, y quieres mostrar abiertamente a todos que gastas incluso en cosas que no te son útiles en nada debido a tu gran sobreabundancia? Y, ciertamente, en cuanto me es dado saber a mí, que soy sirio como tú, si no hubieses inscrito fraudulentamente tu nombre en el testamento de aquel anciano, ya habrías muerto de hambre y habrías puesto a subasta tus libros. Queda aún esto; persuadido por los aduladores que no sólo eres guapo y amable, sino además sabio, orador y escritor sin parangón, te dedicas a comprar libros para hacer realidad las alabanzas de ellos. Dicen que tú, en las cenas, les echas tus discursos, y que ellos, a modo de ranas de tierra, gritan porque están sedientos, o que no les das de beber hasta que se revientan gritando.
Pues no sé cómo te dejas tan fácil arrastrar de la nariz y les crees todo lo que te dicen, tú que una vez también estuviste convencido de que eras semejante por el aspecto externo a un rey, como el Pseudo-Alejandro y el Pseudo-Filipo —el famoso cardador—, y el Pseudo-Nerón en tiempo de nuestros antepasados, y algún otro de los alineados bajo la apelación de «pseudo».
Y ¿qué tiene de extraño si esto te ocurre a ti hombre necio e iletrado, que camines con el pecho saliente e imitando el paso, el porte y la mirada de aquel a quien te agradaría parecerte, cuando también se dice que Pirro el Epirota, hombre admirable en lo demás fue corrompido por los aduladores por algo similar, hasta el punto de creer que era semejante a Alejandro? ¡Y en verdad, como dicen los músicos, el asunto estaba en dos octavas!
Porque yo vi el retrato de Pirro; y, sin embargo, estoy convencido de que era la reproducción de la figura de Alejandro. Y por esto he ultrajado a Pirro, porque te he comparado a ti con él, en cambio, a partir de él, te vendría muy bien a ti. En esta situación se encontraba Pirro y estaba convencido de esto respecto a sí mismo, que no había nadie que se encontrara con él y no tuviera la misma opinión que él, hasta que una anciana extranjera, en Larisa, diciéndole la verdad, puso fin a aquella locura. Pirro, enseñándole a la anciana un retrato de Filipo, de Perdicas, de Alejandro y de Casandro, y de otros reyes, le preguntaba a quién era semejante, muy convencido de que ella le diría que a Alejandro. Ella, fijando la atención largo tiempo, dijo: «A Batración el cocinero» —de hecho había en Larisa un tal Batración, cocinero, que se parecía a Pirro.
Y yo no podría decir a quién de los disolutos que están a la voluntad de los actores en las pantomimas te pareces. Pero sé muy ciertamente que todos creen que también tú actualmente estás sometido a fuerte manía por aquel parecido. No es extraño si siendo tan bastardo pintor, también quieras tener un parecido con los hombres instruidos en la pintura, haciendo caso a los que te hacen tales halagos.
Pero ¿por qué digo estas necedades? Pues muy clara es la razón de este afán tuyo por tales libros, aunque yo por mi estupidez no me he dado cuenta desde hace tiempo. En esto te has hecho a la idea de sabios según tú crees al menos, y tienes incluso esperanzas fundadas acerca del asunto, por si el rey, que es un hombre culto y que tiene en gran aprecio la cultura, llegara a saberlo. Piensas que si él llega a oír esto de ti, que compras libros y estás haciendo una gran colección, en breve tendrías todo de su parte. Pero, libertino infame, ¿crees que él está tan metido en los efluvios de la mandrágora que oye esto de ti y no se entera de lo otro, qué tipo de vida es la tuya durante el día, qué clase de bebidas te gustan, qué noches pasas, y quiénes y de qué edad duermen contigo? ¿No sabes que los oídos y los ojos del rey son muchos? Lo tuyo es tan manifiesto que incluso los ciegos y los sordos lo conocen. Con sólo tú hablar, con que te desnudaras para bañarte, más bien que no te desnudaras tú, si así te parece bien, sino que te desnudaran sólo tus sirvientes para bañarte, ¿qué crees?, ¿que no iban a ser al punto muy manifiestas las andanzas secretas de la noche? Dime al menos esto, si Baso, vuestro gran sofista o Bátalo, el flautista, o el libertino Hemiteón el Sibarita, que os redactó las maravillosas leyes, como que hay que arder de entusiasmo, y depilarse, y recibir y hacer tales cosas, si uno de ésos se vistiese con una piel de león y echara a andar con una clava en la mano, ¿qué crees que parecería a aquellos que lo vieran? ¿Que es el propio Heracles? No, si no tienen legañas en los ojos; pues hay mil detalles en su apariencia que testimonian lo contrario, el andar, la mirada, la voz, el cuello ceñido con collares, el albayalde, el perfume, el carmín, todo con lo que vosotros os embellecéis, y, en suma, como dice el refrán: «Más rápido se podrían esconder cinco elefantes bajo el sobaco que un solo depravado». En consecuencia, ¿si la piel de león no habría podido ocultar a ese tal, crees tú esconderte cubriéndote con un libro? Imposible. Te traicionarán también y te dejarán al descubierto los otros signos de distinción, que os pertenecen.
En suma, me parece que ignoras que las buenas esperanzas no deben buscarse en los vendedores de libros, sino tomarlas de uno mismo y de la vida de cada, día. ¿Crees tú que te van a ser a la vez abogado y testigo los bibliógrafos Ático y Calmo? No, sino hombres crueles que están dispuestos a machacarte, si los dioses lo quieren, y a reducirte al extremo de la pobreza. Debes ya desde ahora, si fueras sensato vender a cualquier persona culta esos libros y con ellos esa casa recién adquirida, y pagar a los vendedores de esclavos una parte, al menos, de tus muchas deudas.
También atiende a esto. Por dos cosas te has afanado terriblemente: la adquisición de libros caros y la compra de jovenzuelos ya hechos y robustos, y ese asunto te apasiona y te tiene cautivado. Pero es imposible que quien es pobre dé abasto a ambas cosas. Mira, pues, ¡qué cosa tan sagrada es un consejo! Considero que, dejando las cosas que no te convienen, cuides la otra enfermedad y compres aquellos servidores, para que, si te dejan los de casa, no tengas que enviar por personas libres, que sin peligro se te van, si no reciben todo y publican lo que hacéis después de beber. Así anteayer estaba contando cosas muy vergonzosas de ti el mancebo que salía de tu casa, y mostraba aún las huellas de los mordiscos. Y yo podría ofrecer incluso testigos que estaban entonces presentes de que me indigné y, enfadado, poco faltó para molerle a golpes en tu defensa, y especialmente cuando él llamaba a otro testigo de semejantes hechos, y a otro de las mismas acciones, y lo contaban con sus palabras. Por esto, amigo mío, administra tu dinero y estate vigilante, para que, en tu casa, con toda seguridad, puedas dejarte hacer y hacer esas cosas. De suerte que ¿quién podría persuadirte a dejar de hacerlo? El perro que se aveza a morder el cuero no cesaría jamás de hacerlo. Lo otro, en cambio, es más fácil; no comprar más libros. Ya estás bastante educado, tienes ya sabiduría de sobra. Casi tienes en la punta de la lengua todas las obras antiguas. Conoces toda la historia, todas las artes de composición literaria, sus excelencias y sus vilezas, y el uso del vocabulario ático.
Gracias a tantos libros has llegado a ser una cosa totalmente sabia y en la cima de la educación. Nada me impide meterme contigo, puesto que te agrada que se burlen de ti.
Con gusto te preguntaría: ¿teniendo tantos libros cuáles de ellos lees especialmente? ¿Los de Platón? ¿Los de Antístenes? ¿Los de Arquíloco? ¿Los de Hiponacte? ¿O esos los desprecias, mientras tienes a los oradores muchísimo más a mano que a éstos? Dime, ¿lees el discurso de Esquines contra Timarco? Sin duda conoces y comprendes todas y cada una de esas obras, pero ¿te sumergiste a fondo en Aristófanes y Eupolis? ¿Leíste también los Baptas 10, el drama entero? ¿Entonces no tuvo ningún efecto en ti lo que en ellos se decía, ni te pusiste colorado al ir conociéndolo? A cualquiera le llamaría la atención especialmente, al menos, esto: a qué libros te acerca con toda el alma y con qué manos los desenrollas. ¿Cuándo lees? ¿De día? Pero ninguno te ha visto hacer esto. ¿De noche? ¿Acaso habiéndoles dado las órdenes, oportunas a aquellos individuos o antes de hablar con ellos? Mira, antes de oscurecer ni te atrevas ya a hacer nada de eso; deja los libros y haz sólo lo tuyo. Aunque tú no deberías hacer ni eso, tampoco; sino sentir vergüenza por las palabras de la Fedra de Eurípides, cuando irritada contra las mujeres dice:
«Ni se estremecen de temor de la oscuridad
cómplice de sus obras
y de que los techos de la casa un día cobren
voz.»
Pero si estás decidido en permanecer a semejante manía, vete, compra libros y tenlos cerrados en casa, y goza la gloria de poseerlos; con eso tienes bastante. No vayas a tocarlos nunca, ni leerlos, ni sometas a tu lengua prosa y poesía de los antiguos que no te han hecho ningún mal.
Sé que estas palabras mías son charlas en balde y que como dice el refrán estoy intentando «lavar a un etíope». Tú seguirás comprándolos y no te servirán para nada, y serás objeto de risa de las gentes cultas, que se dan por satisfechas en sacar utilidad no de la belleza de los libros ni de su alto precio, sino de las palabras y del pensamiento de los que los han escrito.
Tú crees que vas a remediar tu incultura y a encubrirla con esa fama y a impresionar a las gentes por la gran cantidad de libros, y no sabes que también los médicos más ignorantes hacen lo mismo que tú cuando se hacen fabricar férulas de marfil y ventosas de plata y cuchillas chapadas con oro. Y, cuando tienen que usarlas, no saben ni de qué modo deben manejarlas. En cambio, si un médico de los que saben el arte se presenta en medio con una lanceta muy bien afilada, aun que esté cubierta de herrumbre, libera al enfermo del dolor. Pero, para comparar tu caso con una cosa más ridícula. Fíjate en los barberos, y observarás que de ellos los que son unos artistas tienen una navaja, cuchillas y un espejo moderado; en cambio, los ignorantes y profanos en el oficio aunque pongan a la vista gran cantidad de cuchillas y enormes espejos, no por esto ciertamente logran ocultar que no saben nada. Pero aún les ocurre la cosa más cómica: que la mayor parte de las gentes van a cortarse el pelo a casa de sus vecinos, y luego acuden a la barbería a mirarse a los espejos de aquéllos y se atusan el pelo. Así también tú deberías prestar los libros a cualquiera que los necesite, puesto que tú mismo no podrías hacer uso de ellos. Sin embargo, jamás prestaste un libro a nadie, sino que haces lo que la perra cuando está en el comedero, que ni come la cebada, ni deja comerla al caballo, que es quien puede hacerlo.
Esto es lo que, por ahora, me he tomado la libertad de decirte sólo acerca de los libros, de las otras cosas que haces detestables y vergonzosas vas a volver a oírme a menudo.
Este texto se reproduce por gentileza de Visor Libros. Traducción de Manuela García Valdés.
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