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Bienvenida la crisis

Bienvenida la crisis

por Guillermo Schavelzon
Trama & TEXTURAS nº 9
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Ahora que todo el mundo –y no sólo el libro– está en crisis, corremos el peligro de que esta situación enmascare las cuestiones más urgentes que el sector editorial tiene que enfrentar.
Desde que explotó la crisis financiera, la preocupación de editores y libreros se centró en el temor a la caída de la venta. Aunque en la mayoría de los países no ha bajado, la venta de libros tarde o temprano caerá, pero no sólo por la actual retracción del gasto sino por la poca atención prestada a los cambios en las pautas de consumo de los lectores, y a la erosión que las “teorías de mercado” han provocado en estos años.
Pantalla vs. Papel

El desplazamiento de la lectura en papel hacia la pantalla es una tendencia evidente. “Hoy el 45% del público de MySpace tiene más de 35 años… Esta es la generación de Internet, gente que estaba en sus 20 años cuando Internet se convirtió en algo habitual en sus vidas. Tenemos 129 millones de usuarios en el mundo. Somos parte de la vida diaria de la gente” (Chris DeWolfe, fundador de MySpace, El País, 12 de febrero de 2009).
Esta generación ya se ha hecho mayor, y son los profesionales de hoy. No compran libros, y dedican dos horas cada día a FaceBook o MySpace. En las encuestas sobre lectura responden que “no leen por falta de tiempo”, cuando en realidad la formulación de las preguntas no les ayuda a responder que se trata de una opción.
Luego de decidir el cierre de la revista cultural española Archipiélago, sus editores explicaron que “no lograron acercarse al público joven, especialmente al universitario”. Probablemente se conjugaron una serie de problemas que estarían afectando a la totalidad de quienes trabajan con el papel impreso, desde el libro hasta la prensa, y que son producto de irresoluciones de un sector que no ha encontrado todavía la vía para realizar con éxito la transición al mundo digital.

Los dispositivos de lectura y el libro electrónico

Los medios transmiten una confusión: cuando se habla de libro electrónico no se diferencia entre los dispositivos de lectura y el contenido, aquello que se leerá. Si separamos ambas cosas podremos ver dónde el mundo tradicional de la edición de libros tendrá su lugar y dónde no. Para una estrategia de gestión de contenidos electrónicos, habrá que saber qué dispositivo se impondrá y en manos de quién quedará su comercialización.
Las alternativas futuras del libro electrónico son poco claras todavía, y lo que finalmente unifique criterios y se imponga demorará unos años más. Hoy la gran pelea se está dando en el terreno del hardware, los dispositivos llamados e-readers, sean Kindle, Sony-Reader y varios más, cuya venta va en aumento aunque todavía no es significativa. Se trata de pequeños portátiles para leer en pantalla, algo primitivos aunque funcionales. Recordemos los primeros teléfonos celulares, y su evolución posterior; los e-readers, en tres o cuatro años más, estarán cerca de la perfección y entonces será el momento de los contenidos. Antes, no.
El dispositivo de lectura que se imponga será alguno de los desarrollados por los grandes fabricantes o comercializadores: Microsoft, Apple, Google, Sony, Amazon… El ingreso en esta competencia de los fabricantes de teléfonos celulares recién acaba de comenzar, y sin duda tendrán mucho que decir. “¿Para qué comprar un e-book si tu teléfono ya tiene esa función” (Steve Jobs de Apple, sobre el Kindle de Amazon). “Los móviles son el futuro. Hoy tenemos más de 18 millones de personas usando MySpace a través de plataformas móviles” (Chris DeWolfe).
En esta lucha de titanes informáticos, las editoriales o agencias literarias tienen poco que hacer. En cambio, en la cuestión de los “contenidos” tendrán la oportunidad de concentrarse en su actividad específica, en la que tienen larguísima experiencia, y es el área que a los gigantes informáticos no les interesa, no la consideran estratégica, porque es comprable a cualquier proveedor. Saben que cuando llegue el momento, si han logrado imponer el dispositivo, los contenidos los tendrán con poca inversión. Para eso ha servido la reciente experiencia de Google, que se apropió de millones de libros violando todas las leyes internacionales de propiedad intelectual. No ha sido un error de sus abogados, sino un “globo sonda” bien planeado. Actuaron de hecho, y ahora intentan resolver los aspectos legales en sede judicial, ofreciendo una indemnización de 130 millones de dólares, que representa menos de 60 dólares para cada autor pirateado, cifra por la que no podrían haber contratado tantas obras jamás. Para cobrarlos, el autor tiene que otorgarles el permiso de explotación electrónica de su obra, como si no hubiera habido un delito anterior. Google no hizo más que copiar la política exterior norteamericana: invadir primero, legalizar después. Para comprender el poder económico de Google, basta con ver lo que ha logrado en el sector de la publicidad: en 2008 facturó 21.000 millones de dólares en venta de anuncios, superando a las más grandes multinacionales de publicidad de todo el mundo (El País, 5 de marzo de 2009).
Para el futuro del libro electrónico, la tecnología es imprescindible pero no suficiente. No habrá libro electrónico exitoso sin contenidos, sin autores, y sin editores que sepan cómo se trabaja un texto para lograr su difusión. “La migración hacia formatos digitales dependerá del uso que los lectores comiencen a dar a los contenidos” (Grupo de Estudio de la Industria Editorial de Estados Unidos).

Los contenidos

Publicar libros electrónicos rápidamente no es la solución. Aunque tecnológicamente sea posible, hacerlo ahora de manera doméstica no ofrece ninguna garantía de difusión, y perjudicará a los escritores que cedan sus derechos, ya que en unos años más todos tendrán que vender sus desarrollos a uno de los grandes, el ganador. Vender hoy sólo genera un futuro intermediario más.
La lectura, la edición, el libro en el soporte que sea, es y seguirá siendo un producto cultural, y el lector o el usuario de un producto cultural buscará siempre contenidos, ya sea en papel o en pantalla. Por eso serán los contenidos, y no los dispositivos de lectura, los determinantes del futuro de la edición, tanto la de papel como la electrónica. El lector decidirá una sola vez la compra del dispositivo, pero múltiples veces los contenidos que quiera leer.
El lugar del dispositivo de lectura está en las grandes corporaciones, y el gran negocio del libro electrónico estará en el mundo de los libros de enseñanza. La creación, la edición, y el libro de papel –cuya continuidad y existencia no está realmente en juego–, dará mucho juego a los pequeños y medianos editores, quienes generan una buena parte de los contenidos de más valor cultural.
Así como en el mundo de la informática se requieren enormes inversiones y grandes saberes, sucede lo mismo en el mundo de la edición, sólo que a otras velocidades que hoy tienen menos glamour mediático. El proceso de transformación de una idea en un libro, trabajo del autor y del editor, tan individual y personalizado, es la parte del futuro libro electrónico que, justamente por ser poco automatizable, a las grandes empresas informáticas no les interesa. Este saber que los editores adquirieron con décadas de inversión y profesionalización, tiene un valor estratégico irremplazable y es lo que no hay que descuidar.

Un concepto de mercado

Un gran tema a reconsiderar es el concepto de mercado, tal como se ha concebido en estos años. Se trata de una diferencia esencial: pensar en términos de “mercado” o en términos de “lectores”. La tendencia de estos últimos años a publicar “lo que el mercado demanda” no se sostiene mucho más, porque “el mercado” no demanda nada. La crisis mundial ha servido para demostrar que el mercado no necesariamente tiene razón. Lo único que los análisis y encuestas pueden determinar es lo que el mercado demandó, y el mercado, a diferencia de los lectores, no nos garantiza la repetición de un hábito, ni nos asegura que alguien volverá a comprar otro libro similar. En cambio, si pensamos en lectores y los tratamos como tales podremos apostar a una pauta de conducta, a un hábito de lectura y a una lealtad, ya sea al autor, al librero, a la colección o a la editorial.
Hay dos pruebas que apoyan lo que digo: si el secreto para vender libros estuviera en publicar lo que el mercado demanda, no habría tantos fracasos editoriales como hay. Tampoco sucedería que de los 10 libros más vendidos en Estados Unidos y Francia, seis hayan sido best sellers imprevistos, libros contratados con poco dinero y bajas expectativas de ventas (información sobre 2007, en The New York Times y Le Monde). “El best seller ya no es previsible”, dijo Paolo Zaninonni, director editorial del grupo Rizzoli.
Los grandes éxitos de venta son imprescindibles para la rentabilidad y la continuidad del negocio del libro, y si éstos no son previsibles las editoriales tendrán que seguir arriesgando y apostar. Esta es la razón de la cantidad de nuevos títulos que se publican cada año en el mundo, tema que tanto da que hablar. Si los best seller fueran previsibles, las grandes editoriales no publicarían mil títulos al año, sino apenas diez.
El éxito de un libro suele producirse por la conjunción de varios factores. Los hombres de que no amaban a las mujeres, la novela de Stieg Larsson, uno de los libros más vendidos en todo el mundo en 2008, “es uno de esos escasos volúmenes que reúnen éxito de ventas, apoyo crítico y reconocimiento de los lectores” (Esteban Hernández, “Por qué Stieg Larsson vende y las revistas culturales no», en la revista Texturas, Madrid, diciembre de 2008). Cuando estos elementos se reúnen, el libro es un éxito. En cambio, los grandes lanzamientos de marketing tienen un alto porcentaje de fracasos.
Una prueba más de lo que está cambiando es el estado de buena salud de las editoriales independientes, o de los sellos que, dentro de los grandes grupos, funcionan como si fueran independientes, publicando lo que el mercado no quiere leer (palabras de Jorge Herralde, editor de Anagrama). Son quienes hacen nuevas propuestas, originales en contenidos e incluso en número de páginas, que los lectores deciden comprar. Estas editoriales “independientes del mercado”, son las que están mejor, y eso da para pensar.

Aprendiendo del negocio del disco

Lo que viene sucediendo en el mundo del disco tiene demasiadas similitudes como para no aprovechar la experiencia. Las disqueras, mareadas del éxito de los últimos 30 años por el aumento brutal del consumo de música entre los jóvenes, prestaron poca atención a las nuevas tecnologías, conformándose con los walkman y discman que usaban sus discos. Pero luego vinieron los CD grabables y la piratería descontrolada, y cuando se popularizó el MP3, el IPOD, y las bajadas de Internet, cayeron en la más grave crisis de su historia. Ese enorme mercado que habían logrado conseguir a lo largo de cien años, los abandonó en menos de uno. Diez años después, los grandes fabricantes de tecnología compiten a muerte por el soporte (los dispositivos). El contenido no ha variado, sigue siendo la música.
En este proceso las disqueras que menos se vieron afectadas fueron las que mantuvieron una línea de especialización, que nunca había sido mayoritaria, y se concentraron en atender a los consumidores que el mercado masivo despreció. Trabajaron más para los melómanos que para el mercado. El mercado se hundió, y los melómanos siguieron comprando.
Un buen ejemplo es la compañía francesa Harmonia Mundi, que lleva cincuenta años apostando por la música clásica, publicando selectos intérpretes que la gran industria del disco desechó por no ser de venta masiva. Este sello no salda nunca un disco, vive más del fondo publicado que de las novedades, y goza de excelente salud financiera. El primer disco publicado hace 50 años sigue en catálogo, y lleva vendido 200.000 copias. “Cuando vimos que en Francia los comercios de venta de discos se transformaban con la corriente del mercado, comenzamos a abrir nuestra propias casas de música para atraer a los clientes que esas disqueras iban descartando. Hoy nuestra cadena de música clásica selecta es un excelente negocio, y vende el 26% de nuestra producción. Otra parte importante de nuestra venta se canaliza a través de las buenas librerías más literarias, que se dieron cuenta que los melómanos son también ávidos lectores” (Bernard Coutaz, fundador de Harmonia Mundi).
Algo similar dicen algunas tiendas de venta de discos en España a las que, en contra de la corriente del sector, les va muy bien. “Aguantamos la crisis gracias al vinilo, cuya calidad de reproducción nunca fue igualada por el CD, y a una clientela de nivel, formada a lo largo de los años. El público que mantiene nuestro negocio es el que años atrás fue ahuyentado por las grandes tiendas” (El País, 1 febrero 2009).
En síntesis: las cadenas cuya estrategia fue concentrarse en “lo que el mercado quería escuchar”, redujeron sus referencias a los 10 mil discos más vendidos, y al final les fue mal. A las tiendas independientes, con menos espacio y pocos recursos financieros, que en contra de esa tendencia mantuvieron 100 mil referencias en stock, les va bien.

Los libreros “de antes”

La política de especial atención a los libreros independientes de algunas editoriales, señala el papel fundamental de los libreros en la construcción de un éxito editorial. Una vez que la prensa señaló que allí había un gran libro, “fue definitivo el decidido apoyo de los libreros” (Hernández, citado), necesitados de libros para recomendar a sus clientes con tranquilidad. Así venimos a reencontrar otro valor que había sido descartado por el mercado: los libreros tradicionales son determinantes para los éxitos de venta.
Miremos a las cadenas de librerías que –como cualquier supermercado– exhiben los libros en función del margen que les da el proveedor, las que reemplazaron al librero “prescriptor” por despachantes que sólo saben lo que está en el ordenador, y podremos imaginar su futuro. Esto hará bajar la venta en las librerías que, al organizar su oferta descartaron al lector habitual, para conseguir clientes que, en tiempos de crisis, ni siquiera se sabe si volverán.
Las librerías, como canal comercial, quizás sean las que más sufrirán las futuras transformaciones. Tendrán que cambiar: especializarse, convertirse en centros culturales, mejorar su oferta, reaprender a recomendar; en síntesis, encontrar cómo atraer al lector para que no opte por comprar siempre desde su casa.

El problema de la prensa

La crisis de la prensa es muy grave para el futuro del libro. El abandono paulatino de la lectura de prensa en papel es un problema actual para los diarios y revistas, que ven caer los tirajes y con ello la publicidad, su principal fuente de ingresos. Sin publicidad no pueden existir diarios de papel.
En los últimos años los más prestigiosos diarios entraron en pérdidas y no logran recuperarse. Todos necesitaron inyecciones de dinero que, hasta la crisis, venían de la bolsa o de inversionistas que buscaban más glamour o influencia que rentabilidad. The New York Times acaba de anunciar a sus accionistas (20 febrero 2009) que han perdido el 82% de su inversión del 2008, que hipotecó su emblemática sede de Manhattan y que ha tenido que aceptar por primera vez en su historia publicidad en la portada, y una inversión de 250 millones de dólares del empresario mexicano Carlos Slim, que se convierte así en el segundo accionista del diario, muy cerca ya de la familia tradicionalmente propietaria. El banquero francés Edouard de Rothschild lo hizo en Le Monde y en Liberation, los tradicionales diarios “progresistas” de Francia. El magnate australiano Rupert Murdoch adquirió The Wall Street Journal pagando una fortuna, y pese a ello todos estos diarios siguen perdiendo dinero. “No le quedan más de cinco años a los diarios de papel”, dijo Juan Luis Cebrián, fundador de El País y principal ejecutivo del grupo de comunicación mas importante de España. “No podemos seguir con el sistema actual”, replicó Murdoch recientemente en Davos.

La crisis de la prensa de papel afecta directamente al libro, porque ha sido durante décadas su principal vehículo de divulgación.

Los hombres que no amaban a las mujeres “debe su éxito a su inserción en viejos circuitos… las grandes ventas de la novela fueron consecuencia del apoyo proporcionado por la prensa escrita, cuyos artículos… activaron un entorno últimamente menospreciado, aquel que reúne reseñas favorables, librerías de calidad y lectores habituales” (Hernández, citado).
Si los diarios desaparecen o se transforman, ¿cómo haremos para que los lectores se enteren de los nuevos libros que vale la pena leer? Los lectores habituales buscan referencias en las páginas de cultura, en los suplementos literarios, no en los de “tendencias” ni en la televisión.
El futuro de la difusión de libros está amenazado por la crisis de la prensa escrita, que está reduciendo páginas de cultura y suplementos literarios. Parece inevitable que esta tendencia siga avanzando en todo el mundo. El 15 de febrero dejó de publicarse el suplemento literario del Washington Post (segundo diario de los Estados Unidos en influencia). ¿Qué sería de la venta de libros en ese país si faltara el suplemento dominical de The New York Times? Desde hace años es el que impone los éxitos y determina la exhibición en más de 20.000 librerías.
¿De qué forma los editores promoverán lo que publiquen? ¿Cuáles serán los medios para que un autor llegue al lector? ¿Dónde buscarán recomendaciones los lectores? Hace unos años se decía “la oferta crea demanda”, pero no es así. Como dijo el ex presidente George W. Bush, en los penosos días finales de su mandato, “la realidad nos ha demostrado que el mercado no siempre tiene razón”. El elevado porcentaje de fracasos editoriales, la velocidad con que desaparecen de las librerías los libros cuya venta no arranca de inmediato, y la urgencia en destruir o saldar los ejemplares que no se vendieron, son la mejor demostración de que la oferta no crea demanda. “El mercado” ya no es lo que se suponía que era y ¡esto sí que es una crisis!

Agenda: las cosas por su nombre

Estas notas intentan comenzar a armar una agenda de cuestiones que el sector editorial tiene que enfrentar con urgencia. Sin pretender minimizar el impacto de la llegada del libro electrónico, aunque insisto en que afectará especialmente al mundo de la enseñanza, ya que dentro de unos años será más barato un terminal para cada escolar que un pupitre de madera. Habrá así una sola línea de enseñanza –lo que a los gobiernos les atrae– y unos cuantos maestros desocupados más. La calidad de la educación y el hábito de la lectura descenderán aún más.
No me parece que debamos dejarnos avasallar por las amenazas de la tecnología, ni por su ritmo y sus urgencias. La velocidad de los nuevos desarrollos no es una necesidad del consumidor, sino la presión del inversor. El delirio financiero que nos ha llevado a la crisis actual nos conduce inexorablemente a una sociedad de “consumidores insolventes” (Carlos Gabetta, Le Monde diplomatique, marzo de 2008), y ese es el problema principal. A las nuevas tecnologías hay que conocerlas y aprovecharlas, son una gran herramienta, pero no ofrecen más que un beneficio instrumental. No olvidemos que al surgir la imprenta los copistas anunciaron que el fin del libro había llegado, y aquí estamos aún, cinco siglos después.

mayo de 2009
Siempre que estoy a punto de publicar un libro

Siempre que estoy a punto de publicar un libro

por Mark Twain

Siempre que estoy a punto de publicar un libro me siento impaciente por saber qué clase de libro es. Por supuesto, no lo averiguaré hasta que los críticos no hayan sacado sus reseñas. Pero sí sé de antemano cuál será el veredicto del público porque tengo un método infalible y sencillo para descubrirlo. Es el siguiente -por si les interesa saberlo-:
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Siempre leo el manuscrito en privado a un grupo de amigos formado por:
-Un hombre y una mujer sin sentido del humor.
-Un hombre y una mujer con un sentido del humor normal.
-Un hombre y una mujer con un sentido del humor extraordinario.
-Alguien con un agudo sentido práctico.
-Alguien sentimental.
-Alguien que necesita que haya una moraleja, y un propósito.
-Alguien con un talento natural para encontrar fallos y errores.
-Un entusiasta, alguien que disfruta con -casi- cualquier cosa.
-Alguien que se guía por los demás y que aplaude o condena conforme lo haga la mayoría.
-Media docena de chicas y chicos inteligentes, sin clasificar.
-Alguien que disfruta con la jerga y con un tono ligero, informal y familiar.
-Alguien que detesta eso mismo.
-Alguien de mentalidad ecuánime y judicial.
-Un hombre que siempre se duerme.
Estas personas representan de forma fehaciente al público en general. Su veredicto predice con acierto el veredicto del público. No hay entre ellos ninguno cuya opinión no me resulte valiosa, pero el hombre del que más me fío –aquel a quien observo con la mayor preocupación- el que más influye en mi decisión sobre si publicar el libro o quemarlo, es el hombre que siempre se duerme. Si a los quince minutos se ha dormido, quemo el libro; si se mantiene despierto durante tres cuartos de hora, publico –y publico con la mayor seguridad y confianza. Porque la intención de mis obras es entretener; y sentando a este hombre cómodamente en un sofá y cronometrándole, puedo predecir con muy poco margen de error el grado de éxito que voy a alcanzar. Su veredicto ya me ha hecho quemar varios libros: cinco para ser exactos.
Sí; como he dicho antes, siempre sé de antemano cuál será el veredicto del público, pero nunca cuál será el del crítico profesional hasta que tengo noticias de él. Parece que estoy haciendo distinciones, que separo al crítico profesional del resto de la familia humana, que estoy sugiriendo que no pertenece al público en general sino que conforma una clase distinta. Pero no es esa mi idea de él. Es, de hecho, parte del público general, representa a una parte del mismo y lo hace con legitimidad; pero es su parte más pequeña, la más fina –la parte superior, el puñado de los escogidos y críticos. La guinda del pastel, por así decirlo. O para cambiar de símil, es el Brillat-Savarin, el Delmonico del banquete. Los quinientos comensales creen saber si es un banquete bueno o malo pero no lo saben con absoluta certeza hasta que Delmonico aporta sus pruebas de experto. Entonces es cuando lo saben. Esto es, lo saben hasta que se levanta Brillat-Savarin y se carga el veredicto de Delmonico. Después de esto, en general ya no saben lo que saben.
Pues bien, en mi pequeño tribunal particular no tengo a ningún representante de la capa superior, del grupo selecto, de la minoría crítica del mundo; por consiguiente, aunque soy capaz de saber de antemano si al público en general mi libro le parecerá bueno o malo, nunca sé si de verdad es bueno o malo hasta que alguno de los críticos profesionales, de los expertos, ha hablado.
Así que, como he dicho, siempre espero, preocupado, sus noticias. Y por fin los expertos han pronunciado su opinión sobre mi último libro. Como es natural, ustedes supondrán que con ello me he quedado tranquilo. Pues no: se equivocan. Estoy tan preocupado como antes. ¿Les sorprende? ¿Creen que divago? Esperen a leer las pruebas, y podrán comprobar, ustedes mismos, que su naturaleza es inquietante. Seré justo: no usaré ninguna cita que no sea auténtica, ni alteraré ni corregiré el texto en absoluto.
tomado de Who is Mark Twain?, Harper Collins, 2009.
traducción de Mercedes García Lenberg

Texturas nº9 – editorial

La cultura en crisis, el brete en el que se encuentra el periodismo cultural, los falsos dilemas y los nuevos paradigmas en este nuestro territorio, la canibalización de los soportes de lectura y la lluvia torrencial que se anuncia de cacharrería digital, podrían provocarnos una cierta nostalgia de la caverna.

Una situación de aparente para unos, para otros evidente, confusión lo es también, como nos ha demostrado nuestra corta historia, una época de oportunidades, retos e incluso excelencias.
Es el momento de pensar bien la jugada; mejor, de pergeñar idóneamente las jugadas y, como buenos participantes en el noble juego del billar, atacar la bola con precisión, inteligencia y templanza, después de pulir bien nuestras herramientas y haberlas limpiado de gusarapos, malformaciones y polvos.
Precisamos imaginar el futuro a corto y medio plazo y jugar la bola habiendo calculado el modo en que todas ellas, las tres, una vez realizada la carambola queden bien ordenadas, configuradas y dispuestas para la próxima picada. Así, y sólo así, podremos seguir jugando, haciendo las carambolas consecutivas que, al fin y al cabo, es el sentido de estar en la mesa.
En el billar no existe la tirada imposible, siempre hay un hueco, las bandas también juegan, el espacio se ensancha si sabemos mirar, y los márgenes cada vez son más amplios. De cómo lo pensemos y seamos capaces de colocarnos dependerá nuestro tino. Porque de lo que no cabe duda es de que no hay vida sin historias, de que el hombre siempre tendrá la necesidad de contarlas, y por lo tanto también la necesidad de leerlas.

Texturas nº9 – sumario

_Editorial [VER]
_ Mark Twain: Siempre que estoy a punto de publicar un libro [VER]
_Pedro A. Vives: Esta cultura en esta crisis
_Guillermo Schavelzon: Bienvenida la crisis [VER]
_Alejandro Katz: Falsos dilemas
_Esteban Hernández Tres crisis en una: el periodista cultural (y 2) [VER]
_Ana Rubín y Felipe Romero: De cómo la digitalización ayudará al sector editorial a llegar al territorio del gran consumo
_Federico Ibáñez Soler: La edición académica: de texto a libro
_Íñigo García Ureta: El paseo de la Consolación
_Robert McCrum: Un “thriller” en diez capítulos
_Adolfo García Ortega: Ser libro
_Javier Candeira: El verdadero avatar del libro electrónico

Lo terrible y lo trágico en la ficción

por Jack London
Trama & TEXTURAS nº 8
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“Deseo que su firma siga publicándome, y, si aceptan publicar el libro, estaría encantado de aceptar los términos que me permitieron antes; esto es, ustedes reciben la totalidad de las ganancias y a mí me concedes veinte ejemplares para su distribución entre los amigos”.
Así escribió Edgar Allan Poe, el 13 de agosto de 1842, a la casa editora Lee & Blanchard. La cual contestó: “Lamentamos mucho decirle que el estado de los negocios es tal que nos da pocos incentivos para nuevos compromisos… Permítanos asegurarle que lo lamentamos tanto por usted como por nosotros y que nos complacería mucho promover sus puntos de vista en relación con la publicación”.
Cinco años más tarde, en 1846, Poe le escribió a Mr. E. H. Duychnick: “Tengo razones particulares para desear tener otro libro publicado antes del primero de marzo, ¿cree usted posible hacerlo por mí? ¿No aceptaría Mr. Wiley darme, digamos 5 dólares en total por los derechos de la colección que le estoy enviando?”
Medido con las ganancias de los escritores contemporáneos, resulta claro que Poe recibió poco o nada por los cuentos que escribió. En el otoño de 1900 una de las copias existentes de su Tamerlán y otros poemas, se vendió por 2050 dólares. Una suma tal vez más grande de la que recibió en vida por la venta de todos sus libros, cuentos y poemas.
Poe fue, por un lado, más pobremente gratificado que el más mediocre de sus contemporáneos, mientras que, por otra parte, provocó un efecto más poderoso que la mayoría de ellos y alcanzó una fama brillante y duradera. Cooke, en una carta a Poe, dice:
“Leí La verdad sobre el caso Valdemar mientras yacía en un escondrijo de cazador de pavos, cubierto hasta los ojos con el abrigo, y sin ningún titubeo lo proclamo el más condenado, verosímil, horrible, perturbador, ingenioso capítulo de ficción que ninguna mente haya concebido o que manos hayan tocado nunca. ¡El gelatinoso, viscoso sonido de la voz del hombre! Jamás hubo antes una idea semejante. Ese cuento me aterrorizó en pleno día, armado con una escopeta de doble cañón. ¿Qué hubiera logrado a medianoche en alguna vieja casona fantasmal en medio del campo?
En tus cuentos siempre hay algo que mucho después de haberlos leído me persigue. Los dientes de Berenice, los ojos de Morella, el rojo resplandor de los ojos de la Casa Usher, la porosidad de las cuadernas en El manuscrito encontrado en una botella, las gotas cayendo en la copa de vino de Ligeia, etc. Siempre hay algo de esta especie que se queda pegado a la mente, a la mía por lo menos”.
Por esos días, Elisabeth Barret Browing, en ese entonces Miss Barret, le escribió a Poe:
“Su cuervo ha causado sensación, ‘horror absoluto’, aquí en Inglaterra… He sabido de personas obsesionadas por el Nunca más, y una conocida mía que tiene la mala suerte de poseer un ‘busto de Palas’ no soporta su vista en el ocaso… luego hay un cuento suyo sobre el mesmerismo… que ha iniciado su recorrido por los periódicos, que nos arroja a los más ‘atemorizantes trastornos’, y nos llena de dudas horrible sobre ‘si puede ser verdad’, como dicen los niños en los cuentos de fantasmas. Lo único indudable en el cuento en cuestión es el poder del escritor, y su facultad para que horrible improbabilidades parezcan cercanas y familiares”.
Aunque sus cuentos arrojaran a la gente a ‘los más atemorizantes trastornos’ y aterrorizara en pleno día a los hombres recostados en escondrijos de cazadores de pavos y aunque sus cuentos fueran leídos, podríamos decir, universalmente, al mismo tiempo aparecía un sentimiento contra ellos que los condenaba por repulsivos e ilegibles. El público leía los cuentos de Poe, pero Poe no estaba en sintonía con ese público. Cuando el público se dirigía a él por boca de los editores de las revistas no lo hacía en términos dudosos; y él, ambiciosamente rebelde, soñaba con su propia revista –no las ñoñas publicaciones llenas de pinturas despreciables, platillos de moda, música y cuentos de amor, sino una revista que hablara de las cosas por lo que son y que contara un cuento porque fuera un cuento y no un batiburrillo para que el público pudiera decir que le gustaba.
James E. Heatch, a propósito de La caída de la casa Usher, le escribe:
Él [White, el editor del Southern Literary Messenger] duda que los lectores se sientan atraídos por los lectores de la Escuela Alemana aunque están escritos con gran fuerza y habilidad, y yo, te lo confieso, me siento fuertemente inclinado a coincidir con él. Dudo mucho que los cuentos de lo terrible, salvaje e improbable puedan ser permanentemente populares en este país. Me parece que Charles Dickens le ha dado el golpe final a los cuentos de estas características.
Sin embargo el escritor de esos días, que escribió cuentos populares y gozó de ventas rápidas y cheques gordos, está muerto y olvidado, y sus cuentos con él, mientras que Poe y sus cuentos siguen vivos. En cierta forma, este aspecto de la vida de Poe es un enredo paradójico. Los editores no querían comprar sus cuentos ni el público leerlos, pero fueron leídos universalmente, discutidos y recordados, e hicieron su ronda por las publicaciones extranjeras. Poe obtuvo poco con ellos, pero desde entonces han producido una gran cantidad de dinero y su venta sigue siendo extensa y sostenida. En la época en la que aparecieron se creyó que nunca se harían populares en EE.UU, pero sus ventas constantes, ediciones completas, y qué sé yo, que continúan apareciendo, dan fe de una popularidad que, por decir lo menos, ha perdurado. El sombrío y terrible La caída de la casa Usher, Ligeia, El gato negro, El tonel del amontillado, Berenice, El pozo y el péndulo y La máscara de la muerte roja, son leídos en la actualidad con un ansia tan grande como siempre. Es vedad, sobre todo, en lo que se refiere a la joven generación, la cual en ocasiones coloca el sello de su aprobación en cosas que los viejos leyeron, aprobaron y, finalmente, censuraron y condenaron.
No obstante las condiciones que prevalecieron en su tiempo prevalecen inexorablemente hasta la fecha. Ningún editor que se respete, con un ojo en la lista de suscriptores, puede ser sobornado o forzado a admitir un cuento trágico en su revista, mientras que el público lector, cuando tropieza con ese tipo de cuentos –y se las arregla para tropezar con ellos de algún modo-, dice que no le interesan.
Una persona lee un cuento de ese tipo, lo deja con un estremecimiento, y dice: “Me puso los pelos de punta. No quiero volver a leer nunca nada parecido”. Pero él, o ella, volverá a leer algo parecido otra y otra y otra vez. Hable con cualquier persona promedio del público lector y encontrará que ha leído todos, o casi todos, los cuentos horribles y espantosos que se han escrito. Sudará frío también, expresará su disgusto por tales cuentos, y luego procederá a hablar de ellos con un entendimiento e intensidad que resulta tan notable como sorprendente.
Al considerar que muchos condenan estos cuentos y siguen leyéndolos (como es ampliamente demostrado por la experiencia y por la venta de libros como los de Poe), la pregunta surge: ¿es honesta la gente cuando se estremece y dice que no le interesa lo terrible, lo espantoso, lo trágico? ¿Realmente no le gusta sentir miedo? ¿O tiene miedo de que le guste sentir miedo?
En las raíces de la raza está el miedo. Fue la emoción dominante en el mundo primitivo, y por ello permanece como la emoción más fuertemente arraigada. Sin embargo, en el mundo primitivo, la gente no era compleja, aún no tenía conciencia de sí misma, y se deleitaba abiertamente con las religiones y los cuentos inspirados en el terror. ¿Es verdad que la gente compleja, consciente, de hoy en día no se deleita con las cosas que inspiran terror? ¿O la verdad es que se avergüenza de revelar ese gusto?
¿Qué es lo que lleva a los muchachos a las casas encantadas al caer la tarde, los impulsa a arrojarles piedras y a huir después con el corazón latiendo con tal estrépito que ahoga al de sus pisadas? ¿Qué es lo que atrapa a los niños forzándolos a escuchar relatos de fantasmas que los sumergen en un éxtasis de miedo y los obligan a pedir más y más? ¿Es algo siniestro? ¿Una cosa que el instinto dice que el insano y malvado mientras que el deseo lo pasa por alto? O, de nuevo, ¿qué es lo que induce al corazón al latir desbocado y apresura los pasos del hombre o la mujer que transita un largo, oscuro pasillo o sube una escalera azotada por el viento? ¿Es el despertar del salvaje en él?, ¿del salvaje que está dormido, pero no muerto, desde la época en la que el pueblo del río se apretujaba acuclillado en torno al fuego o el pueblo del árbol se reunía en la oscuridad para platicar?
Sea lo que sea, bueno o malo, es real. Es algo que Poe despertaba en nosotros, asustándonos en pleno día y arrojándonos a “atemorizantes trastornos”. Es raro que un adulto temeroso de la oscuridad lo confiese. No parece propio tenerle miedo a la oscuridad porque le avergüenza. Tal vez la gente piense que es inconveniente deleitarse con cuentos que provocan miedo y terror. Podría sentir instintivamente que es malo y perjudicial despertar tales emociones y por ello niega su gusto por tales historias.
La gran emoción despertada por Dickens, como Mr. Brooks Adams ha señalado, fue el miedo, de la misma forma que el valor fue la emoción explotada por Scout. La nobleza militante parecía poseer un exceso de valor y responder más rápidamente a los asuntos de valentía. Por otro lado, la naciente burguesía, el tímido comerciante y los habitantes de las ciudades, recién salidos de la mano de hierro y los robos de sus señores, parecía poseer un exceso de miedo y responder con mayor ligereza a las cosas temibles. Por ello devoran ansiosamente los escritos de Dickens, pues fue su portavoz característico, así como Scout fue el portavoz de la vieja y desfalleciente nobleza.
Pero, desde los días de Dickens, si hemos de juzgar por la actitud editorial y por el dictum del público lector, un cambio ha tenido lugar. En la época de Dickens a la burguesía, como nueva clase dominante aunque recientemente surgida, la perseguía el miedo, como a la niñera negra, varias generaciones después de África, la atemoriza el vudú. Hoy pareciera que esta misma burguesía, firmemente establecida y triunfante, se avergüenza de su antiguo terror, que recuerda vagamente como si de una pesadilla se tratase. Cuando el miedo la seguía, nada el gustaba más que lo que le provocaba miedo; pero hace mucho que ha desaparecido el miedo, sin acoso y sin amenaza se ha vuelto temerosa del miedo. Lo cual quiere decir que la burguesía se ha hecho consciente, en forma muy parecida al esclavo negro liberado que, consciente del estigma ligado a “negro”, se hace llamar hombre de color, aunque en lo profundo de su corazón se sienta Níger todavía. Así, la burguesía puede sentir de forma apagada y misteriosa el estigma ligado al miedo de sus tiempos de cobardía, y, consciente de sí misma, señalar como impropias todas las cosas que provocan miedo, mientras en lo profundo de su ser se deleita aún con ellas.
Todo lo anterior fue un intento provisional de explicar algo del temperamento psicológico del público lector. Pero los hechos permanecen. El público teme los cuentos que provocan temor aunque hipócritamente continúe disfrutándolos. La reciente colección de cuentos de W.W. Jacobs, The lady of the barge, contiene las inimitables historias humorísticas de costumbre, más algunos cuentos de terror. Una docena de amigos coincidieron en que La pata del mono era el cuento que más los había impresionado. Ahora bien, La pata del mono es un perfecto cuento de terror como cualquiera de su clase. Luego, sin excepción, después del debido estremecimiento y rechazo, procedieron a discutirlo con un calor y un conocimiento que demostraba que las extrañas sensaciones que había despertado en ellos eran, en cualquier caso, sensaciones placenteras.
Hace mucho, Ambrose Bierce publicó sus Cuentos de soldados y civiles, un libro atiborrado, de principio a fin, de horror y terror inmitigables. Un editor que se atreviese a publicar uno de tales cuentos estaría cometiendo un suicidio financiero y profesional; y sin embargo, año tras año, la gente sigue hablando de Cuentos de soldados y civiles, mientras los libros sanos, optimistas, con finales felices, son olvidados con la misma rapidez con la que dejaron las prensas.
Con la irreflexión de la juventud, antes de que hubiera comenzado a transitar caminos más sobrios, Mr. W.C. Morrow fue culpable de The ape, the idiot, and other people, en el que se encuentran algunos de los más espantosos cuentos de terror del idioma inglés. Su reputación fue instantánea, después de lo cual recibió metas para su arte, abjuró de lo terrible y espantoso y escribió libros totalmente diferentes. Pero la gente no recuerda esos libros con la misma facilidad que el primero, pues dice que no le gustan los cuentos al estilo The ape, the idiot, and other people.
De dos colecciones de cuentos publicadas recientemente, cada una de las cuales contiene un cuento de terror, nueve de cada diez reseñistas seleccionaron el cuento de terror como el merecedor de mayores elogios. Después de hacerlo, cinco de cada nueve procedieron a condenarlo. She, de Rider Haggard, que está lleno de espantoso terror, fue popular durante mucho tiempo, mientras que El extraño caso de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde gozó de un gran éxito y colocó a R. L. Stevenson en primer plano.
Dejando al margen el cuento de terror, ¿puede cualquier historia ser realmente grande si su tema no es trágico o terrible? ¿Pueden los dulces lugares comunes de la vida convertirse en algo más que dulces cuentos sobre lugares comunes?
Pareciera no serlo. El poder y grandeza de los grandes cuentos del mundo literario parecen depender de lo trágico y lo terrible. Ni la mitad de ellos tratan del amor; y cuando lo hacen, obtienen su grandeza no del amor sino de lo trágico y terrible que el amor involucra.
En esta clase puede colocarse Without Benedit of clergy, de R. Kipling, absolutamente típico. El amor de John Holden por Ameera, precario y ajeno a las castas, es memorable por la trágica muerta de Tota y Ameera, la borradura final de los hechos vividos y el regreso de John Holden a su clase. El esfuerzo y la tensión son necesarios para reflejar las profundidades de la naturaleza humana, mas no hay ni esfuerzo ni tensión en los dulces, optimistas y plácidos eventos felices. Las grandes cosas sólo pueden hacerse bajo una gran provocación y no hay nada realmente provocador en la dulce y plácida rutina de la existencia. Romeo y Julieta no serían recordados si sus vidas hubiesen transcurrido sin contratiempos; tampoco Abelardo y Eloísa. Tristán e Isolda, Paolo y Francesca.
Pero la mayoría de los grandes cuentos no tienen que ver con el amor. A lodging for the night, de Stevenson, por ejemplo, uno de los cuentos más redondos y perfectos jamás contados, no sólo no tiene el menor indicio de amor sino tampoco el menor indicio de un personaje que nos interese conocer en vida. Comenzando con el asesinato de Thevenin, la huida por las calles en la horrenda noche, el robo a la mujerzuela muerta en el pórtico, y finalizando con el viejo lord de Brisetotu, que no es asesinado porque posee siete piezas de plata en lugar de diez. El cuento no contiene nada que no sea terrible y repulsivo. Es lo horroroso lo que lo hace grande. El duelo verbal en la casa desierta entre Villon y el débil lord de Brisetout no sería un cuento si el esfuerzo y la tensión se eliminaran y los dos hombres se colocaran vis à vis con una veintena de criados a espaldas del viejo lord.
La grandeza de La caída de la casa Usher depende de todo lo que tiene de terrible, y no hay más amor ahí del que hay en El collar o El trozo de cuerda de Guy de Moupassant, o en El hombre que fue y Baa, baa, black sheep de Kipling. El último es la más lastimosa de todas las tragedias: la de un niño.
Los editores de las revistas tienen muy buenas razones para negarse a admitir lo terrible y lo trágico. Sus lectores siempre dicen que no les gusta lo terrible y lo trágico, y eso basta. Pero sus lectores mienten o se engañan a sí mismos al creer que dicen la verdad, o aceptamos que la gente que compra las revistas no es la que lee los cuentos de Poe.
Bajo tales circunstancias, y al haber una demanda probada por lo terrible y lo trágico, ¿no habría lugar en el apretujado espacio de las publicaciones para una revista dedicada primariamente a lo terrible y lo trágico? ¿Una revista como la que Poe soñaba, en la cual no hubiera nada ñoño, amarillista o emasculado y que imprimiera cuentos que fueran una apuesta por el lugar y la permanencia antes que por la amplitud de su circulación?
Frente a ello, dos cosas parecen ciertas: que un número suficiente del público lector sería bastante honesto como para suscribirse; y que los escritores serían capaces de proporcionar las historias. La única razón por la que no se escriben tales historias hoy es porque no existen publicaciones que las compren, mientras que el escritor típico está ocupado produciendo el efímero material que las revistan le compran. Lo lamentable es que el escritor escriba primero por pan y después por la gloria; y que su nivel de vida suba tan rápido como se acrecienta su capacidad para ganarse el pan –de modo que nunca llegará a la gloria-. Lo efímero florece y los grandes cuentos permanecen sin escribirse…
Earle Labor, The portable Jack London, Penguin Books, USA, 1994
Traducción de Ezequiel Valderrábano

Su majestad: el best seller

por Roberto Pliego
Trama & TEXTURAS nº 8
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Ken Follet, una supernova en la galaxia de lo que algunos han dado en llamar “ficción popular” luego de que hace 30 años publicó El ojo de aguja; el mismo que acaba de lanzar con bombo y platillo, Un mundo sin fin, otro de esos thrillers policíacos ambientados en el pasado medieval, Ken Follet; que en 2001 declaró al New York Times que su fortuna arañaba a los 16 millones de euros y en cuya hoja curricular figuran mas de 20 novelas y un contrato reciente por 33,5 millones de euros para escribir otras tres en los próximos siete años, acuñó, no hace mucho, una frase en la que subyacen los arcanos del bestseller: “Miro las ventas de alguien como Stephen King y pienso: qué debo hacer para vender tanto como él”. Por un momento, sólo por unos cuantos segundos, juzguemos atentamente las palabras de un proveedor cargado de honores. No se trata de escribir, construir argumentos, trazar personajes a la manera de Stephen King –una encomienda, por cierto, demasiado sencilla en comparación a la encomienda de, pongamos el caso, apropiarse del estilo de Vladimir Nabokov- sino de hacer sonar la máquina registradora hasta que reviente. Ah, la música estruendosa de las cifras gordas: ¿hay otra manera de caracterizar el bestseller?
Al revisar el estudio Bestseller. A very short introduction [Bestseller.Una brevísima introducción, Oxford University Press, 2007] del profesor de literatura inglesa John Sutherland, uno descubre con sorpresa que el bestseller no es una moda reciente. Cumplió ya 214 años de vida, los mismos que podemos atribuirle a la novela sentimental Charlotte Temple de Susana Haswell, que a lo largo del siglo XIX contabilizó la friolera de 200 reimpresiones. Tiene que haber una buena razón para que los lectores, sobre todo británicos y estadounidenses, mastiquen con tanto ahínco este producto a que la gran literatura sopesa desdeñosamente, como si se tratara de un pariente lejano que no concluyó la primaria y apenas sabe sostener el tenedor pero que carga los bolsillos repletos de dinero. Esa buena razón tal vez sea la costumbre generalizada de vivir al día, sin atender ni por un instante a las consecuencias.
Antes de que el mundo occidental hablara de industria del libro, de mercados cautivos o emergentes, de índices de popularidad, de sociedad de masas, de proyecciones de consumo, de cultura mediática e incluso de bestseller, el bestseller ya estaba ahí. The green mountain boys [Los muchachos de la montaña verde, 1839], de Daniel P. Thompson, alcanzó cincuenta reimpresiones en veinte años. Tras su publicación en la primavera de 1852, La cabaña del tío Tom, el manifiesto antiesclavista de Harriet Becher Store, vendió trescientas mil copias en un año. En 1860, Ann Sophie Stephens lanzó la primera novela –Malaeska, la esposa india del cazador blanco- a un precio por ejemplar de 10 centavos de dólar, una estrategia a la medida de públicos voraces y medianamente alfabetizados. En 1900, Tener y tomar de Mary Johnston ingresó en el club de los doscientos cincuenta mil. Y entonces llegó 1902, el año en que, según los historiadores del género, el término bestseller fue utilizado por vez primera.
No tiene caso abundar en los malentendidos que propicia la unión de la palabra best (mejor) y seller (artículo vendido) para designar a un tipo de libro que antes de salir a las mesas de novedades ostenta un número grandilocuente en el cintillo de promoción, no un número cualquiera sino el que atribuimos al éxito comercial. Como señala el profesor John Sutherland, es la velocidad de ventas, no el total de ventas, lo que define al bestseller. El Quijote no lo es, ni La metamorfosis, ni Cien años de soledad, aunque hayan sido adquiridos por millones de compradores, pero si, en cambio, Como agua para chocolate que en 1993 coqueteó con la posición número 1 en las listas oficiales de los libros más vendidos en Estados Unidos. O sea, no es lo mismo vender cien mil copias en un mes que un millón en quince años. Así pues, un bestseller tiene menos expectativa de vida que una mosca. “Es el libro de un día, únicamente para ese día”, dice el profesor Sutherland. Igual que en el caso del pan de caja, los alimentos enlatados, las medicinas, una inscripción en seis puntos debería indicar su fecha de caducidad o, al menos, subraya el siguiente epitafio: consúmase antes -24 horas pueden parecer una eternidad- de que un miembro de su especie venga a destronarlo. ¡Viva el bestseller! ¡Muera el bestseller! No es Macbeth interpretando la profecía de las brujas; es el mercado. Stephen King, Ken Follet, John Grisham, Tom Clancy, Thomas Harris, Michael Crichton, Sue Grafton, Dan Brown… son especialistas en cincuenta metros planos y recorren la distancia a grandes zancadas. Las pruebas de fondo tienen pocos patrocinadores.
Ya que su lomo lleva tatuado, con tinta invisible, el signo de la rapidez, el bestseller es un producto vacunado contra la relectura. En vez de volver a enjugar una lágrima con Los puentes de Madison (1994) de John Waller, el lector pasa a la atracción de turno. Un nuevo libro borra el recuerdo del anterior e incluso su presencia física. Nada más ajeno al lector de bestseller que una biblioteca. Igual que el empaque de leche, el libro va directo a la basura. Y ya que no hay biblioteca, tampoco hay crítica. El bestseller desconoce a un Albert Beguin, Erich Auerbach, Michel Tournier, Pierre Bordieu, Roland Barthes, George Steiner. No quiere el análisis, quiere la experiencia inmediata.
Paradójicamente, su AND contiene mucha información. El drama sentimental, la recreación histórica, el pulso político, la intriga policíaca, el melodrama, la comedia sexual, la estampa religiosa, la épica, el western, la especulación científica, el dictamen psicológico, la fantasía gótica, el mapa del terror, el arrebato amoroso: nada parece resistirse a su ímpetu colonizador. Sacia su apetito con descarnada glotonería. ¿De dónde ha sacado fuerzas para mantenerse hiperactivo? Como lo sabe Ken Follet, de la esperanza de agregarle seis ceros al saldo bancario. Pero ¿hay algo más? Las primeras reglas estadounidenses –aún vigentes- con respecto a la producción, distribución y venta de libros fueron las mismas que sancionaban a cualquier producto: sólo el mercado puede establecer los precios y sólo el mercado puede establecer sistemas de premios y castigos. En este sentido, el libro no tendría por qué recibir un trato distinto al de un par de zapatos, una escopeta o un delineador de pestañas. Mientras la novela Robert Elsmere (1883) de la señora Humphrey Ward costaba una guinea y media –el equivalente a cien libra esterlinas de hoy- en la Gran Bretaña, en la ciudad de Nueva York se ofrecía a 25 centavos. De aquel lado del Atlántico apenas vendió tres mil quinientos ejemplares; de este lado superó los cien mil en tan sólo un año. Detrás de semejante demanda estaba el pujante sentido empresarial de los estadounidenses, para quienes el control estatal, el proteccionismo, y las prebendas fiscales sonaban, y suenan, a comunismo. ¿Privilegios y exenciones para un artículo de consumo? Por supuesto que no, y menos en la tierra del dejar hacer y dejar pasar.
Otro factor de peso contribuyó a desarrollar y fortalecer la industria del bestseller. Hasta abril de 1891, Estados Unidos se negó a firmar los tratados internacionales de propiedad intelectual y propiedad al derecho de autor. El resultado: una política de saqueo impune de los bienes culturales más atractivos y relucientes de Europa. Fue precisamente Humphrey Ward quien inauguró la etapa de beneficios. Recibió siete mil libras esterlinas de su editor como adelanto por su próxima novela, David Grieve, publicada en 1894.
En qué se parece una hamburguesa a un bestseller. En que una y otra están hechas de ingredientes poco fiables y que saben mejor cuando se ofrecen a precio de ganga.
Harold Bell Wright, un ministro bautista, autor de dieciocho novelas, una de las cuales, That printer of Udell´s, conquistó en 1902 la cima de la popularidad, definió el bestseller del modo siguiente: “comida sencilla para gente sencilla”. La divisa cautiva por su desvergonzada falta de pretensión. A lo largo del siglo XX y lo que corre del XXI, desde Eben Holden (1900) –la novela para gente sencilla que ha vendido mayor número de copias en menos días- hasta Harry Potter y las reliquias de la muerte (2007) –cuya edición original llegó a las manso de un millón de compradores en el tiempo récord de 24 horas-, la ficción popular no ha hecho otra cosa que empuñar la divisa de Bell Wright y atiborrar a los productos, como sugiere Daniel Steel (en la década de los 90 uno de sus libros se mantuvo trescientas noventa semanas consecutivas en la lista de los más vendidos que apadrina The New York Times), preparados con ingredientes preparados en las planicies rosas de los cuentos de hadas. ¿Quién es la reina del ese cuento de hadas en que se ha convertido el bestseller?: la suma millonaria. Vagamos por los cementerios o por las salas de exhibición y a nuestros oídos llegan voces que hablan de millones de copias, de millones de dólares en concepto de anticipo, de millones de lectores que ahora mismo siente la atracción gravitacional de la estrella del momento. Daniel Steel, por ejemplo, ha vendido 540 millones de ejemplares, una hazaña sólo comparable –si tenemos en cuenta que acaba de cumplir treinta y cinco años de ejercicio profesional- con los dos mil millones de ejemplares que la firma Agatha Christie ha facturad desde que en 1929 debutara con El misterioso caso de Styles. Si Lo que el viento se llevó (1936) de Margaret Mitchell vendió un millón el año que salió al mercado, El padrino (1969), Historia de amor (1970) y El exorcista (1971) registraron diez millones cada uno tras cinco años de demanda. Publishers Weekly, una suerte de órgano informativo y publicitario que oriente el gusto de los consumidores estadounidenses, nombré a John Grisham “el novelista más vendido de la década de 1990” en virtud de sus 60,7 millones de tiros acertados. Con El informe pelícano rebasó los once millones. Nada mal para “un bautista moderado”. Y qué hay de Stephen King, cuyos millones en ventas lo hicieron merecedor de Nacional Book Award, un montaje mercadotécnico que el crítico literario Harold Bloom saludó como una puñalada a escritores de la talla de Don DeLillo o Cormac McCarthy.
Decir que John Grisham o Stephen King recibieron una tajada de la herencia de Cervantes suena igualmente extremo que el dominó está considerado para adquirir el estatus de disciplina olímpica. Calificarlos de novelistas es una desmesura del tamaño de las empresas a las que representan. Son, en realidad, una marca… y una marca de tal naturaleza no tiene la obligación de rendirle cuentas a la literatura sino al departamento de dirección comercial. Es lo que pasa cuando, después de comprobar tus estados de cuenta y comprobar que las deudas te llegan hasta el cuello, te sientas frente a la computadora, empeñas tres años de tu vida en redactar una historia apenas coherente y te conviertes en un vendedor de libros que cada año recibe un jugoso reconocimiento: tu nombre termina por disolverse en el esperpento que has creado. Yo pregunto: una vez que la marca ha ocupado su asiento de primera fila en el mercado, quién sirve a quién ¿Los grandes emporios editoriales vende los libros de la marca o la marca vende los libros de los grandes emporios editoriales?
Cada vez que un escritor de bestseller se enfrenta a la pregunta de un reportero acerca de los sacrificios que ha empleado para escribir una historia de vampiros que medran en Wall Street o de una pareja que se amó durante la dinastía de Ramsés II y ha reencarnado en un chulo y una estudiante de antropología que malviven en las calles de Brooklyn, se pone en plan doctoral y, a la manera de Noah Gordon, arriesga una respuesta de este calibre: “Se coge una pizca de cenizas de un fuego extinguido hace mucho tiempo. Se viere en una taza de un charco de la calle tras una lluvia intensa. Se añaden tres pelos arrancados por una soltera de la cola de un caballo gris. Se deja madurar la taza tres días con sus tres noches y se añade vela de una vela vieja. Se escupe tres veces en la taza. Se agita bien la mezcla. Se arroja a un inodoro y se tira dos veces de la cadena. Luego se sienta uno frente al ordenador y trabaja muy, muy duro”. Trabajar muy, muy duro: eufemismo que alude al deseo, expresado alguna vez por Ken Follet tras mirar las regalías que año tras años se embolsa Stephen King, de romper todos los registros de venta en un lapso más estrecho que el que un repartidor de pizzas tarda en entregar su orden de compra a domicilio. Por lo demás, convoco a los maestros de la pista rápida para que me ayuden a descifrar la relación entre un inodoro y el trabajo duro.

Copy: revista Nexos, noviembre de 2008

Texturas nº8 – sumario

_Editorial
_Jack London: Lo terrible y lo trágico en la ficción [VER]
_Tom Maschler: Un sitio especial
_Roberto Pliego: Su majestad: el best seller  [VER]
_Esteban Hernández: Tres crisis en una: el periodista cultural  [VER]
_Richard Uribe & Robert Max Steenkist: El futuro del sector editorial en América Latina
_Manuel Gil & Fco. Javier Jiménez: La macdonalización del libro
_Xavier Cubeles: La librería… ¡abierta!
_Chema García: El escenario digital del editor
_Juan Yanes: Bestiario Lector
_Martín Gómez: Las librerías independientes en Colombia
_Andrés Boersner: El problema de fondo o el fondo es el problema [VER]

Bernard Pivot se va de vinos

Bernard Pivot se va de vinos

por Juan Ángel Juristo
Trama & TEXTURAS nº 7
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Estuvo en Madrid para promocionar una suerte de Diccionario del vino, ese tipo de colecciones donde el lujo de otros tiempos se codea ahora con lo didáctico, con lo asequible a la gran masa de la clase media, que los franceses saben bordar hasta conseguir efectos insospechados. Además, Pivot ya tenía experiencia sobrada con los caldos pues había escrito un libro sobre el Beaujolais, el vino de su tierra natal. Sólo que el libro tenía un defecto para el lector español, la mayoría de las referencias que se hacía a los caldos tenían que ver con Francia. ¿Provincianismo gabacho? Para nada. Sucede que el vino es tan definitorio de una tierra que sólo los países que carecen de viñas y de la costumbre de beber vino desde tiempos ancestrales parecen ser los únicos que en sus bodegas lo mismo tienen un vino australiano, que argentino, que español o francés. Y sucede que los españoles suelen beber vinos de su tierra, buenos y baratos, cada vez menos; los franceses, otro tanto y para qué seguir, pongamos aquí italianos, griegos y hasta suabos y húngaros con sus curiosos vinos blancos. ¿Paletos? Para nada y si así fuera, bendita paletería. No acusemos, por tanto, a Bernard Pivot de haber escrito un libro con nulas referencias vinícolas hispanas.
Pero, a lo que íbamos… estuvo en Madrid para promocionar su libro y, de paso, dar una charla en el Instituto Francés, la magnífica casa cultural de nuestros vecinos desde hace muchos años, y firmar también, dejándose caer por la Feria del Libro, algunos ejemplares a enterados lectores que, olvidándose por un momento, o no perteneciendo a los incondicionales de Carlos Ruiz Zafón o de Ken Follett, nunca se sabe, prefieren poseer la firma de uno de los gurús mediáticos de la cultura en los años 60 y 70.
Por supuesto, a mí no se me escapó. No porque le admirara muchísimo, que sí, y bastante desde que tuve la suerte de ver algunos programas de Apostrophes, de Bouillon de culture y de Double Je, un programa dedicado a la francofonía y donde Bernard Pivot parece ejercer de gendarme de la cultura francesa allí donde se encuentre, buscando personalidades en que la lengua francesa les haya sido determinante, sino porque tenía que hacerle una entrevista. Así que le vi y charlé un rato con él, pero no estaba disponible hasta por la tarde, y eran las doce y media de la mañana. Después de darle vueltas un rato a la posibilidad de poderle entrevistar antes, quedamos en que comeríamos juntos y que, luego, le haría las preguntas pertinentes. De acuerdo. Era un colega, en el fondo, famoso, pero colega al fin y al cabo, y eso se notaba. Quiero decir, si había alguien en Europa hace veinte años que representara de forma genuina a un periodista cultural, ese era Bernard Pivot, y la profesión no se le había olvidado, por suerte, a él, que había hecho entrevistas a los grandes escritores vivos del momento durante años y años, y no sólo a Nabokov, por el que siente una especial predilección, quizá porque fuese su pieza a cazar más lograda y, finalmente, la consiguiera. Bueno, ahora me tocaba a mí, pero con la ventaja de que no me encontraba ante un escritor, por mucho que perteneciera a la Academia Goncourt, sino a un periodista cultural, y que podía ser proclive al divismo, al fin y al cabo se lo merecía, pero que, por lo menos, no se le atisbaba asomo de ello.
Bueno. Comimos. Comimos en un restaurante de cocina moderna muy reputado, rodeados de hileras e hileras de botellas de vino agrupadas por regiones, las españolas, y países extranjeros, pocos, pero seleccionados con esmero. El gurú, acompañado por su esposa, una mujer atractiva que trabajaba también en asuntos relacionados con la televisión, pidió fuentes de jamón serrano, un manjar para el que ya venía preparado, y un amontillado, un vino que le parecía un tanto cabezón pero que, quizá por influencia literaria, no tenemos más que recordar el cuento terrible de Edgar Allan Poe, prefirió abriera la sesión. De inmediato se presentó el reputado chef, un hombre de nombre y apellidos españoles pero que había ejercido su aprendizaje en Francia y nos cambió los vinos después de presentarse. De entrada cava catalán, por aquello de la bienvenida y, luego, jerez, que va muy bien con el jamón y también un vino de Rueda, que tenía en la bodega. Muy especial.
Y comenzamos a darle al jamón mientras nos servían el cava. Alguien, no recuerdo ahora, pero bien podía ser la directora de promoción del libro, que era de Barcelona, sugirió que también podíamos tomar cava en toda la comida. Bernard Pivot se limitó a arquear las cejas y después de brindar y tomar un sorbito del espumoso y reputado vino, depositó la copa en la mesa y atacamos de nuevo al jamón esta vez con jerez y vino de Rueda, que resultó ser un tanto abocado, lo justo para que contrastara con la leve salinidad del jamón. Este tipo de sensaciones se supone son las apropiadas para hablar con franceses cuando uno no sabe muy bien qué decir. Por lo menos eso opinan los norteamericanos, que piensan que un francés, leyenda que les viene de la ocupación aliada en Francia durante la Primera Guerra Mundial, es, ante todo, un sensual, y la francesa, lo mismo, pero en otro sentido. Nada de eso ocurrió aquí. No hubo ocasión. Bernard Pivot es un profesional y enseguida pidió a su mujer un bolígrafo y sacando una agenda de mano del bolsillo se dedicó a tomar nota de la marca de las botellas que nos servían y del año de cosecha, aparte de la región del Consejo Regulador. Aquel detalle me gustó, me gustó tanto que le pregunté qué vino español prefería. El Jerez, contestó, de inmediato, sin dudarlo, aunque, luego, para evitar la decepción que alguien podía sentir hacia el tópico, replicó que no conocía en profundidad nuestros vinos, que necesitaría, por lo menos, un par de años de probarlos y vivir aquí. En fin, ese tipo de cosas. Recordé, entonces, a estos periodistas de ahora que visitan un país en una semana y, luego, dan la sensación en el programa de televisión de turno que se han pasado media vida sufriendo en aquel sitio por lo que saben y la presunción con la que hablan. Ah, el atrevimiento de la ignorancia, que decían los clásicos. Sí, pero el contraste con la manera de trabajar de Pivot, un dinosaurio de otra época para ellos, es brutal, abismal.
Nos sirvieron más jamón, pero ahora tocaba pedir los platos principales porque la cosa amenazaba con eternizarse a base de lonchas de jamón, no tacos, por favor, y vasos de jerez y vino blanco de Rueda ligeramente abocado, lo justo.
Y volvió el chef. De nuevo. Con toda la artillería preparada. Verduras confitadas y Foie. ¿Que si nos parecía bien? Todos miramos a Bernard Pivot, que asintió. Sí, claro. Pero aquí lo importante eran los vinos. La comida se limitaba sólo, aparte del jamón serrano, a ser el acompañante idóneo y sólido del líquido divino. El chef siguió con su retahíla, quiero decir, con sus vinos de Rueda. Era algo parecido a una obsesión. Asentíamos a todo lo que decía. Parecía tan convincente… a pesar del escepticismo común que teníamos respecto a estos profetas salvíficos de la restauración que cundían como hongos en otoño propicio y que nos unía a todos los de la mesa. Se sirvieron los platos, con una zanahoria confitada que todos los españoles tomamos como chorizo y los franceses, eran tres, también. Se sirvieron los vinos de Rueda, y uno catalán, de la zona del Ampurdán. Blancos y tintos. Como si las verduras adquiriesen tonos cárnicos. La zanahoria susodicha convertida en chorizo por obra y gracia de unos reflejos caramelizados que le daban ese aspecto, y así… El gurú del periodismo cultural de los años 60 y 70 seguía probando los vinos que le recomendaba uno de los pequeños gurús prolíficos de la restauración española de comienzos del siglo XXI. Y por obra y gracia del ejercicio de las máscaras y del disfraz, de la sorpresa que no pasa de la primera vez, como un virgo remendado de Celestina, en que consiste buena parte de los entresijos de esta cocina, con las verduras nos sirvieron esa mezcla de blancos y tintos. Suaves, bien es verdad, pero preparándonos así para el plato principal. Se nos dejó la carta para que eligiéramos.
Bernard Pivot apuntaba y apuntaba en su agenda las marcas de las botellas que nos servían… y supongo que sus impresiones al probarlas porque cataba de todas, y de vez en cuando se nos descolgaba sobre alguna pregunta que abundaba aún más en el tópico de una España en la que nosotros ya no nos reconocíamos y dudábamos si alguna vez había existido. La diferencia, por ejemplo, entre la hora de la siesta entre Madrid y Barcelona, que no supimos que responder. Entonces, la mujer de Bernard, señalando a lo que comían una pareja que se encontraba en la mesa de al lado, nos preguntó sobre el nombre del plato. Cocido, le dijimos, pero un cocido moderno, pues veíamos que no aparecían los garbanzos por ningún lado. Es una especie de bouillon a la española, oui, oui, de pot au feu, de pot pourri pero con garbanzos, a cada uno de nosotros se le ocurría, con poca fortuna, un símil cada vez más surreal para explicar en qué consistía un cocido madrileño. Vino el chef. Se le preguntó. Y aquí se le notó, por vez primera un titubeo. Es un cocido deconstruido, sin garbanzos… especial de la casa… les sorprenderá. De eso no había duda. Pero no ponía mucho énfasis. Por si acaso no lo pedimos, ni siquiera la mujer de Pivot, que se quedó con las ganas y sólo se calmó cuando la representante del Instituto Francés prometió llevarla a tomar un cocido comme il faut, en La Bola o similar.
Después de darle muchas vueltas, todos nos volvimos conservadores. El steak tartare admitía pocas deconstrucciones. Al fin y al cabo un steak tartare sin carne era como aquella imagen tan cara a los surrealistas del cuchillo sin hoja al que le faltaba el mango. No podían atreverse a tanto. No se atrevieron. Nos sirvieron tantos steaks tartares como comensales éramos. No falló ni uno. Pero para los vinos estábamos en las manos del chef. Aquí quiso sorprendernos y nos regaló con un Mencía que, dijo, era sorprenderte. Nos lo pusieron y probamos. Era un buen Mencía pero miré con malicia a Bernard Pivot que, probándolo, le dio algunas vueltas, la verdad es que se lo pensaba, hasta que sentenció: es un vino trés rustique. El mal estaba hecho, y no había lugar a dudas. Los franceses siempre nos habían reprochado el gusto de nuestros vinos a garaje, que es una manera muy original de decir que nuestros vinos son bastos, poco equilibrados. Y resultaba que después de tantos años de crecimiento económico, de modernidad, de renovar todos nuestros caldos adaptándolos al soso gusto internacional, resulta que, ahora, en cuanto sacábamos una de las pocas variedades autóctonas que seguíamos cultivando nos venían con que era un vino trés rustique, otra manera muy fina de decir áspero y basto.
La verdad es que entraba bien con el steak, un steak, todo hay que decirlo, canónico, como si la carne cruda sólo admitiese carne cruda y nada más. A mí el Mencía me parece que le iba muy bien. Era un vino de tendencia cárnica, por emplear una imagen cara a James Joyce, y con las alcaparras ocultas tras la masa roja la acidez desaparecía, dejando sólo un gusto casi amargo, muy grato. La cara de Bernard Pivot parecía desmentir mi goce. Decididamente el vino no le gustó. Ponía gesto de contrariedad cada vez que lo tomaba, así que optó por el vino catalán que le habían puesto por si acaso. El Penedés no traiciona, pero no extasía tampoco. He conocido gentes que eran capaces de decir que el Mencía era un vino de raza, que nunca mentía, que era semejante a un guerrero átrida. O lo tomabas o lo dejabas. Con el Penedés esas cosas nunca pasan. Te lo tomas y ya está. Que es lo que hizo Pivot mientras no dejaba de apuntar con el bolígrafo en la agenda. ¿Tenía pensado escribir sobre vinos españoles y aquellos eran los primeros apuntes? ¿Eran ideas para escribir algo en Francia donde nos pondría a parir? No era su modo de actuar. Al fin y al cabo es un viejo zorro. Muy diplomático. Siempre dice lo que uno espera oirle. Ya digo. Es un gran profesional. Tanto que, cuando cerró la agenda, parece como si el espíritu del vino se esfumase. Con unas milhojas crujientes, y sorprendentes, eso dijo el chef, que nos sirvieron de postre, acabó el ágape y con ello las conversaciones sobre vinos.
Después del café, un café expreso muy normal, ni siquiera ristretto, Pivot se levantó y buscamos un lugar tranquilo, entre las hileras de vino, para comenzar la entrevista. Antes de que le hiciese la primera pregunta y tuviese que contestar sobre Apostrophes, todas esas obligadas preguntas por las que debe su fama y merecida, me preguntó qué vino era el que habría cogido. Un Rioja, le contesté, el gran ausente. Y eso que fue el primer vino español deudor de los grandes crudos bordeleses. Ah, dijo. Y comencé. Usted nació en una región famosa por sus vinos…

La novedad: por qué Stieg Larsson vende y las revistas culturales no

La novedad: por qué Stieg Larsson vende y las revistas culturales no

por Esteban Hernández
Trama & TEXTURAS nº 7
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Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, primer volumen de la serie Millenium, es uno de esos escasos volúmenes que reúnen éxito de ventas, apoyo crítico y reconocimiento de los lectores. Desde esa perspectiva, bastaría con destacar sus cualidades formales para justificar el ascenso vertiginoso de un autor completamente desconocido. Pero, como bien sabemos, el éxito suele producirse por la reunión de varios factores y lo cierto es que algunos de los que aquí han confluido nos pueden ser muy útiles a la hora de analizar algunas creencias imperantes en el mundo del libro.

En primera instancia, Los hombres que no amaban a las mujeres debe su éxito a su inserción en viejos circuitos. Bien podríamos decir que las grandes ventas de la novela fueron consecuencia del apoyo proporcionado por la prensa escrita, cuyos artículos (en especial los aparecidos en los suplemtentos culturales de La Vanguardia y en El País) activaron un entorno últimamente menospreciado, aquel que une reseñas favorables, librerías de calidad y lectores habituales, que fue el que finalmente impulsó la novela hacia las listas de los más vendidos. Lo curioso es que este es un camino hoy despreciado por las grandes editoriales, que sólo recurren a él cuando han fracasado otras fórmulas o cuando no tienen presupuesto para acciones más ambiciosas.
Y no es el único elemento con aire antiguo que se cita en el éxito de Larsson. Empezando porque su misma obra se adscribe inequívocamente a esa tradición que unía género negro y crítica social y que permitía compaginar cierta calidad literaria con la intención de entretener a un público amplio. Además, Larsson era un novelista de los de antes. Gordo, amante de la comida, gran adicto al tabaco y al café y de pasado políticamente combativo. Cumplía, en fin, casi todos los estereotipos que se adjudicaban a esta clase de escritores. Y ahora que casi todos quienes firman una novela se dicen amantes de los placeres comedidos, de la comida sana, de las bebidas sin alcohol y del gimnasio (y más aún cuando comienza a implantarse la idea de que un buen físico es una baza considerable a la hora de abrirse camino en la literatura), esa imagen no dejaba de ser negativa: alguien que no se cuida, que no se preocupa de sí, no es bien visto en el suelo público; no parece muy de fiar: despide un inequívoco aroma a fracaso.
Sin embargo, si hay algo por lo que se ha valorado la novela de Larsson es precisamente por su modernidad, es decir, por su utilización de rasgos antiguos para nuevos propósitos. O, más precisamente, por la forma en que esos elementos se combinan con las demandas de nuestro tiempo. Lo que se dejó notar especialmente en la acogida que le dispensó la prensa española (más o menos similar a la europea), a la que no le llamó la atención ni la calidad de la obra ni que ésta abordase temas candentes sino la figura del escritor; los periodistas no necesitaban otra novela que reseñar, sino una historia para ser contada. Y la de Larsson era más que llamativa: su muerte, justo en el instante en que entregó las tres novelas que conforman Millenium a su editor, la situación en que ha quedado su viuda, excluida de los beneficios que han procurado los derechos, los apuros económicos en los que vivió y su combate contra la ultraderecha son aspectos que resultaron a los periodistas mucho más interesantes que la novela en sí. Y esa parece ser la primera lección para darse a conocer hoy: que hablen de ti, no de tu obra.
El segundo elemento novedoso, y a decir de muchos especialistas (y de algunos lectores), la verdadera causa de su éxito, está en la frescura que aportó a un género poco dado a ella. En ese sentido, Millenium posee un personaje, Lisbeth Salander, que encarna toda la innovación que requieren nuestros tiempos. Ella es una chica menuda, oscura, herida, de memoria prodigiosa y experta en descubrir secretos ajenos gracias a sus conocimientos informáticos, y su estética y sus creencias parecen corresponderse (ese descreimiento, esa tendencia a autoprotegerse) con los de una época más compleja y ambivalente que aquella del fordismo en que floreció el género negro. Por eso se piensa que esa hacker dura y atormentada es su gran invento y el mejor ejemplo de la evolución a que los autores deben someter a sus obras; gracias a ella (gracias a su renovación de los estereotipos) Larsson consiguió situarse en la misma época que sus lectores, alcanzando así a públicos más jóvenes con personajes en los que pueden reconocerse.
Es cierto que en otras épocas se hubiera enfocado el asunto de otra manera, entendiendo esencial en la buena aceptación de la novela la crítica que realiza su autor a las grandes empresas, a los chanchullos financieros y a una libertad de expresión amordazada por el dinero. Sin embargo, nuestros tiempos encuentran la clave del éxito en una chica de pintas punk, hacker de profesión, que se opera para ponerse tetas y que tiene un notable punto psicópata.
Y es que aún vivimos presa de las metáforas de la modernidad, esas que entendían la novedad, habitualmente ligada a los avances científicos y tecnológicos, como la solución perfecta. Según esa perspectiva, vivimos en un mundo en continuo progreso, que produce nuevos avances a cada instante y donde es imprescindible ser capaces de adaptarse a circunstancias siempre cambiantes. En ese sentido, quien se detenga, quien no sea capaz de seguir aprendiendo y de seguir poniéndose a la altura de las innovaciones, acabará inevitablemente desfasado.
Y ese es también el esquema de pensamiento que suele aplicarse al mundo del libro. Hace pocas fechas Joaquín Rodríguez detallaba en su blog ( http://www.losfuturosdellibro.com/ ) las razones que habían llevado a cerrar Archipiélago, la (notable) revista que codirigía con Amador Fernández Savater. Su diagnóstico, que extendía al conjunto de las revistas culturales, señalaba cómo los suscriptores cada vez eran menos, las dificultades para la distribución se habían multiplicado (los puntos de venta tradicionales de las librerías desaparecían y los distribuidores les huían o ignoraban), no supieron/ pudieron atraer anunciantes y tampoco lograron acercarse al público joven, especialmente al universitario. Una serie de problemas que, además, estarían afectando a la totalidad de quienes trabajan con el papel impreso, desde el libro hasta la prensa y que son producto, según Rodríguez, de la falta de visión de un sector que no ha sabido realizar con éxito la transición al mundo digital. En resumen, el libro habría quedado anclado en viejas formas y certezas mientras que los tiempos digitales exigen nuevos enfoques y conocimientos y el resultado de ese desencuentro sería una brecha enorme entre quienes producen los contenidos y sus destinatarios últimos, los lectores.
Sin embargo, ese diagnóstico, como el que se aplica a Millenium, es el mismo que encuentra en la novedad, esto es, en los adelantos científicos y tecnológicos, la salvación para toda clase de cuerpos: físicos, sociales, literarios…Y no deberíamos dejarnos cegar por tales metáforas. Si el libro de Larsson ha triunfado ha sido porque, en primer lugar, ha recibido el apoyo de la prensa de papel. En segundo, porque después de una época de best sellers de trama y escritura más que deficientes, encontrarse con una novela bien escrita, que se lee de un tirón y que tiene personajes interesantes ha permitido a los libreros y lectores recomendarla sin reservas; y, en tercero, porque la empresa que la editaba poseía los recursos necesarios para aprovechar el interés suscitado y la infraestructura adecuada para que el libro estuviese bien presente en todas las tiendas. Y puestos a encontrar algo novedoso en el texto de Larsson, bien podría hablarse, más que del dibujo del personaje femenino, de su actitud; Lisbeth Salander es un eslabón más en esa tendencia de las narraciones contemporáneas a vestir a sus mujeres con estereotipos antes masculinos. En realidad, ese punto rencoroso y vengativo que hace especial a Salander (y que se incrementa en el segundo volumen de la serie) no está muy alejado de la justiciera reivindicación del ojo por ojo que practicaba Harry el Sucio…

Del mismo modo, bien puede decirse que si las revistas culturales y muchas pequeñas editoriales están dejando de vender no es por su nula presencia en la red sino porque no llegan a su público. En ocasiones porque sus contenidos no resultan lo suficientemente atractivos, en otras porque la distribución se ha convertido en su peor enemigo, en otras porque no han sabido encontrar los canales adecuados para que su producto sea conocido. Y en esa tarea de conseguir un nuevo espacio Internet es, sin duda, un arma más, pero no la solución a los problemas: creer que lo virtual puede cambiar por completo el mundo material nos hace caer en frecuentes errores.
El entorno del libro y de las revistas culturales está transformándose, sí, y es imprescindible reflexionar sobre las posibilidades que se abren y las que se cierran. Pero siempre teniendo en cuenta que toda posible solución no debe olvidar ninguna de las patas de la mesa: qué contenidos producir, cómo difundirlos y cómo y dónde venderlos. En ese sentido, más que fijarnos en la potencia de lo nuevo y en las promesas de la tecnología, deberíamos hacer en experiencias más modestas pero reales. Empezando por algunas pequeñas editoriales ligadas a la derecha política que están encontrando dónde distribuir sus productos, que los han promocionado por otros caminos y, sobre todo, que han sabido crear (más que encontrar) a sus lectores.

Texturas nº7 – sumario

_Editorial
_George Orwell: Por qué escribo
_Ivan Jablonka: El libro: su pasado y su futuro. Entrevista a Roger Chartier
_Robert Darnton: La biblioteca en la nueva era
_José Afonso Furtado: Fractura digital y alfabetización: nuevas cuestiones acerca del acceso
_Antonio Gómez Rufo: El último viaje del libro hacia las nuevas tecnologías
_Felipe Romero: Reflexiones sobre el sector del libro
_Guido Indij: Panorama de la edición independiente en Latinoamérica
_Juan Ángel Juristo: Bernard Pivot se va de vinos  [VER]
_Paula Izquierdo: Editar un cóctel molotov
_José María Barandiarán: Estudio de comercio interior. Participación y asociacionismo
_Esteban Hernández: La novedad: por qué Stieg Larsson vende y las revistas culturales no [VER]