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Tampoco mis libros saben que yo existo. Jordi Nadal

Tampoco mis libros saben que yo existo. Jordi Nadal

por Jordi Nadal

Mis libros me acompañan en la entrada de mi nueva casa. La historia es esta y tiene tres partes:1. Cuando cumplí 18 años, mi padre, mecánico de coches y fuente principal de mis decisiones valientes, puso un piso a mi nombre. En 1980 me daban 9000 pesetas de alquiler (unos 55 euros). Con esa cantidad, fui a la cooperativa universitaria de la Facultad de Filología, donde estudiaba primer año de Germánicas y pregunté por el gerente.-Mire, soy un estudiante de filología recién matriculado. Sé que dan un 20 % de descuento a los alumnos que compran en su cooperativa. Yo le compraré 9000 pesetas cada mes. ¿Qué descuento me puede ofrecer?


Me ofreció un 25 % » como a los profesores «, me dijo.
Llegué en poco tiempo a tener más de 1000 volúmenes, en los que seguí leyendo.
Todo aquello me abocaba a aprender cosas que yo ignoraba. Pase a vivir más vidas. Otras vidas. Aprendí de esa gente, de esas situaciones tan diferentes a mi. Entendí cosas. Aprendí a aceptar cosas que aún no entendía del todo. Aprendí a vivir, en cierto modo, un poco más a fondo.

2.Un día, el director de la división de libro universitario de Vicens Vives, le preguntó al gerente de la cooperativa por si conocía a algún estudiante que quisiese ser promotor universitario. Citó mi nombre. Entrevista. Contrato. 1983, empiezo el que era mi deseo: trabajar en el mundo editorial.
En uno de los primeras ferias del Liber, en Barcelona, un señor que hablaba alemán con un amigo se dirigió a mi en castellano, (yo estaba atendiendo en el stand del Vicens Vives). Le contesté en alemán. Se iba y regresó sobre sus pasos. Me dijo:

-Oiga, La Fundación Bertelsmann tiene unas becas para gente que quiere hacer prácticas en editoriales alemanas. ¿Quiere usted postularse?

Le dije que sí, le mandé un CV y el lo remitió a Alemania. Me dieron una beca.
Mi vida profesional se tornó algo serio, muy serio, gracias a ese hombre generoso, la persona más elegante, ponderada, humana y buen profesional que conozco en el mundo del libro: Hermann Nahm, quien era gerente de la que fue mítica librería en Barcelona, la librería Herder.
Ese gran librero de esta ciudad se ha jubilado, pero no en mi corazón. Es, citando a Pla, Un senyor de Barcelona.

3. Estoy cambiando de casa, por motivos que no vienen al caso, pero, en todo caso, no fáciles de gestionar.
Quiero que mi casa acoja a mis amigos que me visitan, y recién me han instalando las estanterías. Coloco en ellas, entre los más de 3000 libros que me cuidaban hasta hace poco, 300 libros selectos.
Los 300 que más me han gustado. Son mis dioses lares. Son las personas, los títulos, los autores que quiero que saluden a los que entran en mi hogar. Están el el pasillo del recibidor: vigilarán la entrada y harán, por tanto, de dioses protectores: dirán quién soy (o quien me gustaría ser) y cuidarán a quienes crucen el umbral:

Francis F. Fitzgerald les dirá cosas tiernas y tristes;
Elias Canetti, verdades como puños centroeuropeos;
Primo Levi les dirá que se puede vivir sin las tablas de la ley mosaica, pero que al menos cada uno llegue a escribir y asumir las suyas, y nos dará una lección de lucidez.
Albert Camus les dirá que nada es más bello que una vida digna, hermosa, luminosa como la luz sobre el mar Mediterráneo.
Ryszard Kapuscinski les enseñará a comprender, a aceptar, a mirar con capacidad de conocimiento, esto es, de amor.
Marguerite Yourcenar les enseñará la actualidad de la belleza.
Miguel Torga la potencia única de la autenticidad.
Pablo Neruda les dirá un secreto: que yo entré en la vida adulta el 24.12.86, el día que terminé de leer Residencia en la Tierra.

Podría decir más, pero es totalmente innecesario.
Mis libros -esos libros que no saben que yo existo, como decía Borges-, me acompañan.
Yo sí sé que existen. Además, me han enseñado cosas que, lamentablemente, no siempre sé aplicar. No soy, creo, mejor gracias a los libros. Pero soy, sin duda, mucho menos peor gracias a ellos.
Sé que tendré momentos de duda. Pero no dudo de ellos. No esperan nada de mí, y me lo dan todo. Están tan desnudos como la propia vida. No están para añadir adjetivos. Son. Son un puente, entre la vida y la muerte. Me ofrecen su vida, su sombra y su cobijo. Me causan dolor, me muestran el precio del amor. Me enseñan a perder y a reir. A reirme de mi. A reirme de la sola idea de ganar.
Me enseñan y callan. Son mi Buda y su Dhammapada. Son mis padres. Son mis hijos. Son mis hermanos. Me hacen daño, me hacen bien. Me hacen. Están hechos de árboles que tenían fibra. Ahora son mi fibra.
Les quiero mucho.

Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

Dos intentos de explicar, no la crisis del libro, sino nuestra percepción, quizá falaz, de que el libro está en crisis

por Alejandro Katz

Crisis, ¿cuál crisis?

El sector editorial tiene un tono: es un tono menor, marcado por la queja, el desconcierto y la incertidumbre. Hace ya mucho tiempo (o, cuando menos, bastante tiempo) que el mundo del libro está persuadido de que las cosas no funcionan, de que esto no va más y que el Apocalipsis (nuestro pequeño, mezquino y, naturalmente, merecido Apocalipsis) se abatirá sobre nosotros.


Ese tono del mundo editorial se expresa con diversos registros: el aullido de los editores por el exceso de devoluciones, el maullido de los libreros por el exceso de novedades, los alaridos de todos por la escasez de lectores. Se habla, hace ya años, de crisis: demasiados títulos, tiradas más cortas, precios en alza… El fantasma de la concentración recorre el imaginario de los (autodenominados) independientes: concentración en la edición y en la comercialización, estandarización y homogeneización de los gustos de los lectores. La cacofonía en estado puro. El libro tiende a comoditizarse, dicen algunos (al menos, lo he dicho yo mismo, hace un par de años), a volverse pura mercancía: ¡adiós Bourdieu!, basta de valor simbólico, no más discursos sobre el doble carácter –mercancía y significación- del bien cultural por antonomasia.
Ese tono es acompañado, desde la teoría crítica (teoría de la cultura, crítica literaria…), por un bajo continuo que acentúa el carácter melancólico de la letanía: el canon está terminado, ya no existe un corpus de obras que deben ser leídas, se han perdido (José Emilio Pacheco dixit) las alusiones comunes. En el mundo de las presuntas comunidades, de las redes, de los grupos de afinidad, ya no hay comunidades de lectores, redes textuales (ni, mucho menos, paratextuales, ni metatextuales, ni, qué hablar, transtextuales) ni afinidades: sólo hay, por una parte, consumidores (los del Código da Vinci, se dice: millones de no lectores ¿?) y, de otra, individuos, unidades dispersas que no alcanzan a construir un mercado.
Todos coinciden, pues. Tanto los que se ocupan de la producción y la venta como los que estudian los modos de uso y recepción de la cultura escrita.
¿Todos? Bueno, no todos, en verdad. La Vanguardia del pasado 26 de noviembre informaba que la segunda edición del Salón del Libro de Barcelona convocó un 20% más de público que la edición anterior. La página web de la Feria de Guadalajara informa que el público que asistió a la última edición superó en más de un 6% al de la anterior: 525 mil visitantes en 2006. La Federación de Gremios de Editores anota que, entre 2004 y 2003 (últimos años disponibles en la web), la venta de libros en el mercado interior se incrementó un 3,2% en euros, porcentaje, si se quiere, pequeño, pero en todo caso muy superior al 0,3% de incremento en el gasto en consumo final de los hogares españoles a precios de mercado (http://www.ine.es/daco/daco42/cne00/pib_9505.xls) para esos mismos años, sin considerar, por lo demás, que la variación interanual para ese período indica una reducción de la participación de los asalariados (del 48,4% al 47,7%) en el PIB total o que la participación total de la industria en el PIB también disminuyó del 14,7% al 14,1%.
¿Todos coinciden? Al parecer, los consumidores, cuando menos, no parecieran estar plenamente de acuerdo: asisten más a las ferias y aplican, a lo largo del año, un porcentaje creciente de sus recursos a la compra de libros (que es no sólo el que provoca el crecimiento de ventas, sino que es ese crecimiento ajustado por la menor participación del salario en el producto interno).
Tampoco, según parece, coinciden plenamente los actores de la profesión: si se pregunta a cada uno de ellos por la situación particular de su negocio casi nadie declara estar quebrado, ni camino a la quiebra: las ponderaciones oscilan entre un exitista “muy bien” (fuerte propensión al optimismo de las respuestas corporativas, que deben declamar el éxito porque en él está la razón de su existencia o, cuando menos, de los salarios de sus funcionarios) hasta el más moderado “bien” de los pequeños y medianos, que viven con dignidad de sus negocios; como afirmó Francisco Goyanes, de la librería Cálamo de Zaragoza, en el Encuentro de Editores de la Feria de Guadalajara: “no por no ser rico se es tonto”.
Hay, pues, o bien un doble discurso o bien una doble percepción. La explicación por recurso al doble discurso parece más sencilla, más al alcance de la mano y más satisfactoria si la pretensión es erigirse en acusador de la falsa moralidad imperante: declamemos (a los cuatro vientos, como se dice) que estamos mal y que estaremos peor, para obtener prebendas y beneficios públicos (estrategia de asistencialismo), para obtener espacio gratuito en los medios de comunicación (estrategia de marketing), o para generar mayor consumo al estimular el sentimiento de culpa de los no consumidores de libros (estrategia del psicópata). Esta perspectiva supone que todos los involucrados en el negocio del libro nadamos en la abundancia, pero nos hemos confabulado para hacer creer al mundo que apenas sobrevivimos en la escasez.
Yo no creo que esto sea así. Pienso, más bien, que la percepción de crisis refleja una preocupación verdadera, a pesar de que no esté convalidada –o, cuando menos, no esté plenamente convalidada- por la realidad del sector, según los indicadores mencionados al comienzo de esta nota.

Primera tentativa de explicación: Lo que abunda, ¿daña?

En mi opinión hay dos razones básicas que explican el tono menor que impera en el mundo de la edición y de la librería. En principio, y esto parece evidente, las dificultades cotidianas con que se enfrentan los diversos jugadores y que propician ese sentimiento según el cual “las cosas no van bien”. Hay, sin duda, un exceso de oferta, y hay también una problemática canalización de dicha oferta. La edición ha creado un modelo de reloj de arena que es, a todas luces, insuficiente para alcanzar una performance óptima, y ni siquiera para tender a ella.

Figura A
Esforzado librero intentando que la casi infinita producción de títulos se desplace hacia los lectores

Ese modelo de “reloj de arena” consiste en intentar hacer pasar decenas de miles de títulos, y centenas de miles de ejemplares, a través del espacio, necesariamente limitado, de las librerías, cuya realidad física les impide recibir, exhibir, promocionar y vender semejantes cantidades de libros. De hecho, hasta no hace demasiado tiempo (posiblemente hacia la segunda mitad de la década del 70 del siglo pasado) el modelo era, más que el reloj de arena, el caño, en el cual las relaciones del input con el output estaban mucho más cerca del óptimo: había una menor oferta (sólo entre 2001 y 2005 la cantidad de títulos editados en España se incrementó un 13,43%, pasando de 67012 títulos 76265, es decir, 9253 títulos más ofrecidos al público en sólo cinco años, lo cual significa que cada día laborable llegaron a las librerías aproximadamente 40 novedades adicionales respecto de las que se recibían en 2001); y había también una menor dispersión de los consumidores, en términos geográficos, etarios, socioeconómicos y, especialmente, de intereses de lectura.

 

 

Figura B
El caño, cuyo diámetro es idéntico en la entrada, en la salida y en toda su extensión

Tanto desde el lado de la edición como desde la librería hay quienes intentan volver a convertir el reloj de arena en un caño, no por reducción de la oferta sino simplemente ampliando el “diámetro” de los conductos de circulación: tanto la venta de libros en sitios no tradicionales como la creación de megastores crean la ilusión de que, de ese modo, es posible evitar (por medio de un “bypass”) las restricciones físicas de la librería.
Pero también hay quienes intentan responder a esa dificultad estableciendo, tanto desde la editorial como desde la librería, un sistema de lecturas que será también, por consecuencia, un sistema de lectores, es decir, un ajuste mucho más adecuado entre oferta y demanda. Como declaró Antonio Ramírez, director de la librería La Central: “El saber de un librero no es filológico, no aplica un canon estético, recae más bien en la capacidad de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores. Juzgamos antes al editor que al autor, antes a los libros que a los textos.”
El desajuste entre la oferta y la demanda es un problema grave. Pero el exceso de oferta es sólo una parte del problema, y no necesariamente la peor. A mi entender, la mayor dificultad proviene de la incapacidad, tanto de muchos editores como de numerosos libreros, “de formular hipótesis en torno a las familiaridades entre libros y lectores” y, por tanto, de seleccionar una parte de esa oferta para la parte correspondiente de la demanda. El exceso de oferta parecería ser, más que una dificultad estructural del sector, la causa de una sensación subjetiva de crisis percibida como tal por los actores.
Las percepciones subjetivas de crisis por exceso son un fenómeno mucho más frecuente de cuanto se cree. Pierre Chaunu estudió con detalle la sensación de “mundo lleno” de la baja Edad Media, cuando se tenía la convicción de que Europa estaba sobrehabitada y ello traería consecuencias catastróficas. Y Roger Chartier señaló con claridad cómo, ya a fines del siglo XIX, se documentan abundantes percepciones de crisis en el sector editorial, derivadas, igualmente, de una oferta percibida como superabundante. No quiero decir con esto que no haya un exceso de oferta, y que ese exceso no sea causa de graves dificultades, pero sí señalar que no es suficiente para justificar el sentimiento de crisis en el cual el sector está instalado.

Segunda tentativa de explicación: nubes en el horizonte (de expectativas)

¿Por qué, entonces, si los indicadores -cuando menos, algunos de los indicadores- que dan cuenta de la salud del sector no parecen catastróficos o, incluso, parecen razonablemente buenos, impera tal sensación de desasosiego, de crisis, entre los actores de la actividad editorial? ¿Por qué nadie –o casi nadie- afirma con convicción, en voz alta y firme, que el futuro es auspicioso, que será mejor que el presente y, sin dudas, mucho mejor que el pasado? Tengo la impresión de que la verdadera respuesta no está en las dificultades objetivas que encuentran los editores y los libreros para desempeñar su oficio y hacer prosperar sus negocios. Está, más bien, en el terreno subjetivo –pero no por ello menos real, menos verdadero, menos acuciante- en el que se juegan las expectativas, las identidades profesionales y el reconocimiento social.
Creo que lo que está en cuestión no es el futuro, sino la relación que el pasado tiene con el futuro. Como afirma Koselleck, si “la experiencia es un pasado presente, cuyos acontecimientos han sido incorporados y pueden ser recordados […] también la expectativa se efectúa en el hoy, es futuro hecho presente, apunta al todavía-no, a lo no experimentado, a lo que sólo se puede descubrir” Según Koselleck, “no hay expectativa sin experiencia, no hay experiencia sin expectativa”.
Hasta hace un par de décadas, la experiencia permitía construir expectativas, y éstas, razonablemente, se cumplían. El futuro era, entonces, el sitio de la fantasía realizada. En los años 70 del siglo pasado era evidente que el libro ocuparía un lugar cada vez más destacado en nuestras sociedades, que el avance de las clases medias, de las democracias, de la educación universitaria permitiría cumplir, por fin, el sueño ilustrado que, por variadas razones, había estado pospuesto en el mundo iberoamericano durante mucho tiempo. Todos los indicadores así lo sugerían y, sobre todo, nada parecía poder interponerse en ese proceso casi teleológico.
Veinte, veinticinco, treinta años atrás el horizonte de expectativas era claro, despejado, sin nubes en el horizonte. Nuestro espacio de experiencia, es decir, en términos de Koselleck, la presencia del pasado en el presente y, por tanto, la del futuro hecho presente, no era fuente de incertidumbres: no había necesidad de observar los indicadores sectoriales, los índices estadísticos, los análisis macroeconómicos, para tener la certeza de un futuro promisorio. Pero esa experiencia, hoy, no permite construir expectativas. No es sólo la competencia, entonces impensada, del mundo digital, los fantasmas (bastante reales, por cierto) de los nuevos soportes, del digital sobre lo analógico, de la Internet y los contenedores de memoria virtual lo que nos pone en crisis. Es también -es sobre todo- la ruptura del canon, el estallido de los grandes discursos, la fragmentación de las comunidades de lectores, la tribalización de los espacios del saber, la lectura de zapping (véase Petrucci) lo que impide a la experiencia hacer presente el futuro, y es todo ello lo que provoca angustia y alimenta la percepción de la crisis.
Desde la teoría de la recepción de Jauss sabemos que cuando se genera una acción, esta acción, relacionada con el presente, conduce, por una parte, hacia la acumulación de hechos sociales a los que designamos con el nombre de experiencia y, por otra parte, hacia la producción de posibilidades, posibilidades que se inscriben en un conjunto de expectativas y constituyen –construyen- el futuro. Pero, hoy, quienes participamos en el mundo de la edición y de la librería no tenemos ninguna certeza de que nuestras acciones, fundadas en nuestra experiencia, puedan producir las posibilidades que imaginamos –o deseamos- que ocurran: lo que pone en cuestión la calidad del futuro del libro no es, pues, su mal desempeño presente, sino nuestra incapacidad de manejar la incertidumbre respecto del futuro.
En alguna medida, la percepción de crisis no es más que una cuestión generacional. Quienes hablamos de crisis somos viejos. Viejos, en la medida en que nos hemos formado, y hemos comenzado a actuar, hace por lo menos veinte o veinticinco años, es decir, en momentos en que el horizonte de expectativas estaba despejado. La crisis, desde esta perspectiva, no es del mundo del libro, sino nuestra, y salir de la crisis no exige tanto que cambien las condiciones en que desempeñamos nuestra actividad cuanto que sepamos cambiar nuestro modo de construir expectativas a partir de nuestra experiencia. El mundo del libro goza, al parecer, de buena salud. Lo cual no significa que muchos de quienes estamos en él podamos decir, de nosotros, lo mismo.