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El miedo ante lo inevitable: los demasiados libros

por Esteban Hernández
Trama & TEXTURAS nº 6
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La abundancia, en la intimidadSi se pensaba en términos estadísticos, el número de posibles parejas que nos era dado conocer resultaba amplísimo. En la realidad, en sociedades que seguían viendo con buenos ojos los entornos locales y donde la comunicación con otros países y culturas quedaba restringida a las élites, las posibilidades quedaban muy por debajo de lo que las matemáticas nos atribuían. Sin embargo, el nacimiento de Internet, junto con el desarrollo y abaratamiento de los medios de transporte, parece haber transformado definitivamente los ambientes cerrados en los que nos movíamos.


Y más aún en lo referido a las relaciones sentimentales: la red nos ha permitido conocer a un elevado número de personas de los más diferentes lugares, cercanos y lejanos; ha hecho posible que accedamos a múltiples entornos virtuales donde conversar con gente con gente que comparte nuestras aficiones; y se han desarrollado empresas que se dedican, con éxito, a conseguir que las posibles parejas se encuentren. Sin embargo, el efecto de esa abundancia sobrevenida sería mucho más negativo de lo que en primera instancia podríamos pensar. La paradoja es que esas nuevas posibilidades, que nos prometen una elección más adecuada a nuestros deseos, terminan conduciéndonos a experiencias racionalizadas y a selecciones puramente utilitarias. Que la oferta sea tan numerosa hace que valoremos instrumentalmente a los/las posibles optantes, contabilizando sólo los beneficios económicos, físicos o de posición social que nos aportarían. Estaríamos formalizando la búsqueda de pareja, asegura la socióloga Eva Illouz, como una simple transacción económica .

Es fácil caer en la tentación de establecer semejanzas entre ese mundo contemporáneo de las abundantes parejas y el de la oferta de productos culturales, en la medida en que el esquema descrito por Illouz para las relaciones amorosas es creído por muchos de los operadores del sector. Así, en lo que hace al mundo editorial, también se estaría sufriendo una oferta excesiva, causa directa de una competencia distorsionadora, de las dificultades que encuentra el comprador para informarse correctamente y de una enorme sobrecarga de los canales de venta.
En definitiva, estaríamos viviendo en los más variados terrenos los efectos perniciosos de la abundancia, algo que economistas y sociólogos han subrayado como una consecuencia no deseada de las ventajas que trae el bienestar . Que tengamos a nuestra disposición numerosas posibilidades, que podamos adquirir a bajo precio los bienes más diversos y que podamos satisfacer nuestros deseos con tanta facilidad, acabaría por forjar ciudadanos anómicos o hiperinstrumentales, gentes que han perdido la ilusión y la vitalidad. Y eso es lo que se terminaría reflejando en quienes se citan a través de la red:

“En el 99% de los casos no disfruto (de las citas). Lo hago porque quiero conocer a alguien y me canso de estar sola. Pero también me cansa conocer tanta gente, decir los mismos chistes, hacer las mismas preguntas, tener una sonrisa pintada en la cara”.

Al final, el mundo de la hiperabundancia ha acabado por crear nuevos problemas. Tenemos demasiadas cosas al alcance de la mano, lo que no nos deja desearlas; contamos con tantas posibilidades que no somos capaces de sacar partido de ninguna de ellas. Quienes creen en este diagnóstico, recomiendan algo más de escasez como el mejor camino para ser más felices.

Vetusta Morla, Tres Cantos, España

Vetusta Morla llevan nueve años juntos. Como ocurre con la mayoría de bandas independientes, la principal meta a lo largo de este tiempo ha sido la supervivencia, habiendo eliminado pronto esas aspiraciones que dominan los inicios, como conseguir algún éxito o llegar a vivir de la música. Su camino, por tanto, ha sido lento; sumaron público a partir de redes muy localizadas, de actuaciones en pequeños clubes a las que asistían fundamentalmente los amigos y del aprovechamiento de vías de comunicación secundarias. En el camino, fueron creciendo musicalmente hasta dotarse de un lenguaje propio que, si bien no resulta novedoso, les ha permitido conectar con un oyente que se reconoce en sus narraciones sonoras. Y esa mezcla de personalidad y de público fiel, que tiempo atrás garantizaba un contrato discográfico, es hoy, en la época de las descargas por Internet, tenida por comercialmente inútil. Así las cosas, su primer larga duración, autoeditado, sólo consiguió ver la luz casi una década después del nacimiento del grupo. Nada más publicarse, sin otra promoción que la aparecida en canales residuales, Un día en el mundo alcanzó las listas españolas de superventas. En su gira de presentación han llenado con semanas de antelación esos locales de tamaño medio habitualmente reservados a reconocidas bandas extranjeras.

El éxito de Vetusta Morla tiene algo de incómodo para el sector, en tanto ha ido a contracorriente de sus certezas: nadie creyó en las posibilidades de la banda, ya que representaba todo lo que se suponía era veneno para las ventas: eran gente de clase media, su estética se correspondía con esa procedencia, sus letras tenían un punto intelectual y la música tenía mucho que ver con sonidos indies que no estaban particularmente de moda. El grupo tenía un espíritu especial, y eso les dio el éxito (sabían como encajar música y letras en castellano) pero sus méritos, aisladamente considerados, eran todo lo contrario de lo que se recomendaba. No tenían brillantez o atractivo estético, carecían de cualidades que asegurasen presencias en los medios, no contaban con hit singles, tampoco eran novedosos o divertidos. Pertenecían, por tanto, a la categoría de lo invendible. Y, sin embargo, han sido el único producto reciente de la música española que se ha abierto camino en las listas sin necesidad de grandes inversiones.

La estructura del comercio musical ha vivido enormes cambios en las últimas dos décadas. La experiencia de Vetusta Morla subraya uno de ellos, relacionado con las oportunidades con que contaban esas bandas con personalidad marcada y ligadas a ámbitos territoriales muy concretos, a partir de los cuales trataban de alcanzar audiencias más amplias. Se trataba de formaciones que vivían del medio plazo y que, a pesar de no producir grandes aceptaciones, aseguraban pequeñas rentabilidades desde su inicio. Fue justamente en ese estrato donde las discográficas independientes pudieron surgir, aprovechando los crecientes huecos que dejaba el proceso de concentración industrial. Hoy, sin embargo, ese floreciente sector, con grupos cada vez más experimentados y que exhiben lenguajes de mayor calidad, apenas tiene sitio en una industria que ha reducido enormemente la clase de productos ofrecidos. Y es una tendencia general en la cultura. Así, en el sector cinematográfico, la reducción de la diversidad ha alcanzado también a muchos directores consagrados, caso de Michael Moore o Gus Van Sant, que probablemente nunca vean estrenadas aquí sus últimas películas.

La explicación más habitual de las transformaciones suele señalar a las descargas p2p como causantes de un mal irreparable. ¿Cómo distribuir largometrajes o editar discos que incluso antes de su estreno están ya en Internet? Y sin embargo, y a pesar de ello, cada vez se estrenan más películas, se editan más discos, hay más conciertos y el número de salas cinematográficas ha alcanzado cotas impensables décadas atrás. En consecuencia, haríamos bien en reparar, mucho más que en las causas exteriores, en los modos en que la industria ha reaccionado ante los cambios, ya que han sido las certezas con que el propio campo aborda su oficio, las nuevas reglas de juego de que se ha dotado y las formas operativas que cree válidas las que han configurado el mercado de productos culturales en su expresión presente. Y en gran medida, ha sido esa sensación de que deben desenvolverse en un mundo inestable y saturado el punto de anclaje utilizado para justificar esos cambios; ha sido la sensación de estar continuamente en riesgo a causa de un mundo imprevisible y cambiante la que ha transformado el sector.

El lago del cisne negro

La industria cultural opera en un entorno especialmente frágil, en el que no hay garantías últimas del éxito o fracaso de un producto ni factores legibles que permitan una certeza absoluta. La más pequeña apuesta puede lograr la más alta rentabilidad y a la inversa, especialmente si estamos hablando de productos nuevos. Pretender canalizar conforme a nuestros intereses ese caudal de incertidumbre es una tarea inútil, en especial porque el conocimiento adquirido no sirve para determinar el camino de apuestas futuras; lo ocurrido en un momento concreto con un producto determinado no es íntegramente aplicable a otros contextos y a otros bienes; nos puede servir de orientación, pero sólo hasta cierto punto.

Por eso, el sector empresarial de la cultura pretendió encontrar en la estructura esa seguridad que le negaba un funcionamiento demasiado azaroso. En tanto no podía conocer si sus productos aisladamente considerados gustarían al público, el único modo de asegurar cierta continuidad en los ingresos consistía en ocupar el mejor lugar estructural, lo que garantizaba hacer visibles los artículos que ofertaba. Es así que las diferentes empresas se tomaron muy en serio la forja de posiciones dominantes y el control de la cadena, tanto en lo referido a la distribución de sus productos como a los medios de publicitarlos.

Existían, no obstante, otra clase de mediaciones no relacionadas con la competición estructural, las de los expertos. En el ámbito del libro, la figura del editor debía acumular esa clase de características que permitían desenvolverse con soltura a través de entornos inestables. El editor ideal lo era por su especial conocimiento del oficio, es decir, por su capacidad para leer los tiempos y ver qué temas eran los más demandados, por su intuición a la hora de realizar nuevas apuestas y por su habilidad a la hora de mejorar el material que le entregaban. Además, el editor debía reconocer cuándo estaba ante un buen libro o ante un gran autor, siendo parte de su tarea darles el tiempo y el espacio necesarios para que el público les encontrase. Por lo tanto, el experto lo era a causa de un conocimiento racional y prudente al que acompañaba de las dosis necesarias de intuición, factores que le hacían reconocer cuándo debía arriesgarse y cuándo dar marcha atrás. En definitiva, lo que se buscaba en un buen editor era un saber hacer que permitiría desenvolverse con éxito en estos entornos oscuros.

Pero eso era hasta que surgieron los Cisnes Negros , es decir, hasta que supimos que el mundo era por completo imprevisible. Creíamos vivir en comunidades racionales que podían enfrentarse con éxito al caos (de la naturaleza o del mercado) gracias al conocimiento de los especialistas. Y, de repente, esos mismos expertos afirman lo contrario, que la falta de certeza y la inestabilidad quedan definidas como características presentes en toda acción social y que estamos de continuo expuestos al desorden, a la fractalidad, al azar. En consecuencia, que cuando tratamos de entender y describir lo que ocurre, nos encontramos con la recurrente irrupción de una realidad inesperada (y a veces traumática) que acaba por alterar los supuestos de análisis en los que nos apoyábamos.

Según nos cuenta Nicholas Taleb, son los acontecimientos inesperados los que dan forma a nuestra sociedad, porque prácticamente casi ningún descubrimiento científico o técnico ha surgido del diseño y de la planificación. Ha sido, más bien, la acción sorprendente del azar la que nos condujo a esos hallazgos excepcionales. Y estamos ante un esquema que rige también (y especialmente) para el ámbito mercantil. Así, los emprendedores, (lo que a fin de cuentas son todos quienes participan en el mundo de los productos culturales) no confían en la efectividad de un plan de ruta diseñado al milímetro, sino que el secreto de su éxito consiste en estar bien agazapados a la espera de esas oportunidades que han de agarrarse al vuelo. En otras palabras, no podemos saber cuándo un libro (o una película, un disco, etc.) se convertirá en un éxito porque es el puro azar el que determina el resultado final; que el texto posea gran calidad, que trate algún tema socialmente interesante o que se pretenda rompedor, por citar algunas de las antiguas seguridades, son bazas marginales. Lo esencial está en otra parte, y esa es justo de la que no se puede hablar porque nos resulta por completo desconocida. Así, que nuestros expertos (editores, caza talentos, etc.) se pasen la vida tratando de anticipar los acontecimientos, ya sea descubriendo nuevos talentos o tratando de que los textos tengan la mayor calidad posible, es incurrir en un gran fraude intelectual porque, según Taleb, lo único cierto es que ya no podemos predecir correctamente. Pero entonces, ¿para qué sirve un experto? ¿Para qué sirve un editor?

Los nuevos lectores

Lo interesante en la propuesta de Taleb no es tanto la descripción que hace de nuestras sociedades, aplicando la retórica posmoderna al ámbito de la ciencia y al de la inversión económica, cuanto las soluciones que ofrece. Imprevisibilidad y experto siempre han ido de la mano, en general para reforzar la importancia de los segundos: cuanto menos despejados se nos aparezcan los caminos por los que debemos transitar, más recurrimos a quienes nos pueden ayudar a dar los pasos correctos. De modo que cuando se resalta la imposibilidad de conocer el futuro, no se está abogando por suprimir las acciones de previsión sino por modificar las bases desde las que se actúa, tratando de adecuar los modelos de acción a estas sociedades de lo azaroso.

Porque lo que nos dice Taleb, que el conocimiento racional no nos ayudará en absoluto en la tarea predictiva, no significa que seamos meros receptores pasivos ante ese mundo ilegible, que sólo podamos sentarnos a esperar acontecimientos. Más al contrario, de lo que se trata es de adoptar otras formas de actuación. Puede que exista una producción excesiva y una competición feroz, que no podamos saber qué es lo que le va a gustar al lector ni qué autores serán apreciados en el futuro, pero eso no implica que no podamos llevar a cabo acciones estratégicas.

En ese sentido, la primera regla que deben tener en cuenta quienes pretenden operar correctamente en el nuevo mundo es que no quizá no sepamos que es lo que puede funcionar, pero sí que podemos estar seguros de lo que no funcionará. Por algún motivo, la información y el conocimiento no nos pueden alertar respecto de lo que tendrá éxito, pero sí de aquello que está excluido de toda posibilidad de triunfo.
Y, sin duda, en este contexto de novedades constantes, la forma de reacción errónea por excelencia es la que se aferra a las seguridades del pasado. Las antiguas certezas son, para los gestores contemporáneos, el virus a combatir. Así, pretender que el mundo de la edición posee especificidades que le separan del resto de consumos es lo que nos lleva a fabricar productos aburridos, intelectualizados y áridos que alejan a los lectores del acto de compra.

Y es que el público no quiere que le miren por encima del hombro, dicen los expertos del nuevo mundo. Al igual que los políticos ya no tratan de educar y concienciar a su electorado sino que se definen como simples gestores de las demandas ajenas, ofreciéndose como quienes pueden dar la mejor respuesta a necesidades cotidianas, el editor ya no debe dedicarse a formar ni a descubrir nuevos caminos: su función es sólo dar al público lo que quiere. Y el lector mayoritario, afirman, busca exclusivamente aquello que le hace pasar un buen rato o que le resulta útil. No está interesado en lo abstracto, en lo complejo o en lo que requiere esfuerzo para ser asimilado. Los productos que se ofertan, por tanto, deben ser simples y claros, sus argumentos sencillos y directos y el tono general debe ponerse a la altura de un lector que, asegura Lipovetsky, es “flexible y nómada, volátil y transfronterizo, ecléctico y fragmentado, zapeador e infiel”.
El editor, por tanto, no debe caer en el error de confundir los productos masivos con los especializados ni debe pretender que criterios como la calidad o la pertinencia de las reflexiones primen sobre los criterios objetivos del éxito. El editor debe acotar el terreno, excluyendo todo aquello que sabemos que no funciona, para evitar que se le escape ese lector huidizo. Porque estamos ante un público que se comporta exactamente igual que nuestros buscadores de pareja por Internet:

“-Cuando examina perfiles que pueden interesarle, ¿cómo decide ponerse en contacto con alguien? Por ejemplo, cuando una de las mujeres cuyo perfil ve es atractiva pero no tiene exactamente el tipo de profesión o educación que a usted le gustaría, ¿qué hace? ¿Se pone en contacto con ella?
-No. Como dije antes, hay muchas opciones, infinitas opciones, mmm… ¿Para qué molestarse? Sólo me pongo en contacto con aquellas que responden exactamente a lo que quiero”.

En definitiva, ese lector infiel actúa como frontera del riesgo. Lo que supone una inversión notable de los parámetros de actuación. Durante buena parte del siglo XX, la empresa había pensado en términos de producto, de materia, de cadena de montaje, de gestión de stocks , de posición en la estructura y de calidad y novedad de lo ofertado. Ahora lo esencial es el cliente, dar respuesta a sus expectativas, saber lo que quiere y ponérselo a disposición justo en el momento en que lo precisa. El modelo antiguo pensaba que una oferta adecuada terminaría encontrando su demanda; el actual cree en lo contrario, en públicos nómadas de deseos precisos. Y el factor diferencial, según esta tendencia, es el timing: gana quien da a la gente lo que demanda justo en el momento en que lo pide.

Qué hacer

Álex de la Iglesia:“La gente piensa que hacer cine es tener una idea y llevarla a la pantalla. Pero, en realidad, hacer cine es tener una idea y encontrarte con una cantidad tan brutal de problemas que hacen imposible llevarla a la pantalla. Por ejemplo, tienes algo claro en el papel y te dicen que no se puede hacer porque no hay dinero. A cambio, te ofrecen otra cosa que altera por completo la geografía de la secuencia. Y tienes que conseguir que encaje y que además te guste. Ese es el momento en que empiezas de verdad a dirigir”.

El comercio cultural fue el precedente de las nuevas formas de management. No sólo porque la crítica artista contuviese en sí el nuevo espíritu del capitalismo o porque el management sea definido como una nuevo modo de arte, sino porque era el referente que mejor se adecuaba a este entorno del caos creativo. El mundo de los productos culturales era lo contrario de lo racional, formal y seguro. Era un entorno que había de desenvolverse entre riesgos continuos e intuiciones elevadas, lo que le hacía especialmente atractivo frente a esas burocracias racionalizadoras e intelectuales que predominaron en los tiempos del welfarismo y que pretendían en vano dominar el azar.

Por eso, como afirmaba Álex de la Iglesia, el secreto del éxito no estaba en oponerse a lo imprevisible, tratando de domesticarlo y reducirlo a coordenadas manejables, sino en saber extraer de él nuestra fuerza. Según la industria, también la editorial, debemos actuar del mismo modo que un director de cine: en lugar de intentar que todo responda fielmente a lo escrito en el guión, hemos de ser lo suficientemente ágiles e intuitivos para aprovechar los cambios a los que el azar nos exponga. Quien mejor sepa navegar por esos caminos inesperados y quien sepa sacar de ellos el mayor rendimiento, será quien triunfe.

Pero ese camino tiene reglas paradójicas: los entonos azarosos obligan a extremar la racionalidad de los planteamientos. Según Nicholas Taleb, la clave para navegar por ellos está en ser muy agresivo cuando se puede quedar expuesto a Cisnes Negros positivos (a grandes éxitos), mientras que se ha de ser conservador si las consecuencias pueden causar graves problemas. Si alguien quiere invertir en Bolsa, Taleb le recomienda que en lugar de colocar el dinero en inversiones de riesgo medio, apueste por instrumentos lo más seguros posible, caso de las Letras del Tesoro, a los que ha de destinarse hasta el 90% de la cartera. El resto iría a parar a apuestas especulativas que prometan elevada rentabilidad. Así, apenas se corren riesgos con la mayor parte del capital y si hay suerte se aumenta la rentabilidad con las inversiones más atrevidas. Tales consejos no están muy lejos de lo que se hace en la industria cultural, donde las inversiones de riesgo medio han desaparecido casi por completo del panorama: “Hollywood es un lugar lleno de gente aterrada. Pero es menos aterrador producir una película de cincuenta millones que una de diez. Con cincuenta millones se pueden pagar grandes estrellas y efectos especiales, se sabe que hará recaudación, aunque sólo sea la del mercado de vídeo. Con una película de diez millones sin estrella, se corre el riesgo de perderlo todo”.

El contexto en que los operadores del comercio cultural sitúan sus reflexiones, las características con las que dibujan el terreno desde el que han de operar (competencia masiva, saturación de la oferta, concentración de la distribución, creciente importancia de la publicidad) y sus límites (un lector que busca claridad y pragmatismo, y que es por esencia cambiante e infiel), así como las elevadas exigencias en cuanto a los beneficios anuales que ha de arrojar la actividad , les han llevado a percibirse en un suelo de riesgo continuo, lo que ha solidificado los instrumentos con que tienden a hacerles frente. Es por eso que, al intentar correr los menores riesgos posibles, tienden a crear las condiciones que hacen que ese mismo riesgo, consustancial a la oferta cultural, y no sólo producto de una época, se incremente.
Entre otros factores porque, al coincidir los operadores mayoritarios en la necesidad de fabricar productos de probada comercialidad, saturan el mercado de bienes indiferenciados. Asimismo, la mayoría de obras que fracasan cuentan con un lenguaje asequible, con argumentos entretenidos y con características funcionales, las exigidas por las convicciones de la industria. Y la única apuesta que les ofrece algo de seguridad, aquella que ha demostrado repetidamente su valía, también implica un riesgo adicional, en la medida en que, sabiendo de su posición ventajosa, los autores de éxito probado exigen grandes adelantos (como hacen, en otros terrenos, las estrellas de cine, los futbolistas famosos, etc.) que terminan poniendo en duda la rentabilidad que decían asegurar.

En este mundo de lo fluido, la actuación real de los expertos ha consistido en repetir las apuestas comerciales más conservadoras, sólo que acelerando sus tiempos. Al igual que los programas televisivos, cada vez de peor calidad, desaparecen rápidamente de emisión si no consiguen la rentabilidad esperada, los libros de difusión masiva, cada vez más banales, son retirados rápidamente de los puntos de venta si no alcanzan resultados inmediatos. Quizá por eso haya sectores que estén viviendo del fondo de catálogo. Y probablemente también sea ese suelo el que explique lso motivos por los que apenas aparecen nombres nuevos en las listas. La gran ventaja de este modo de gestión, su habilidad para rentabilizar al máximo los productos que triunfan, también acaba por generar inmovilidad en el mercado, ya que son los mismos autores y los mismos libros los que copan un año tras otro las listas de ventas . Así ocurre en la generalidad del comercio cultural. Las últimas estrellas del rock, Nirvana, datan de 1994, y deben su encumbramiento a la muerte de Kurt Cobain, su cantante. Y la única banda que está cobrando hoy un estatus similar, Radiohead, es conocida por haber editado su último disco gratis (a cambio de la voluntad) en Internet.

Los nuevos conservadores

“¿Cómo se inicia una conversación con un hombre si todo lo que éste escribe es que quiere una mujer que sea “amable, inteligente, graciosa, considerada, romántica, sexy y atlética”? Bueno, supongo que podría decirse “Hola, soy amable, inteligente, graciosa, considerada, romántica, sexy y atlética. Creo que formamos una pareja perfecta”. No lo creo”.

Imaginemos que queremos encontrar pareja a través de Internet. Lo primero que conocerán de nosotros será una foto y una descripción de nuestras características. Sin duda, reducir toda una personalidad a una simple imagen y a unas pocas palabras es altamente simplista. Además, quien lee esas autodefiniciones, sabe que, habida cuenta de la competencia, suelen ser un tanto publicitarias, exageraciones de rasgos existentes con las que se intenta captar la atención del internauta. Pero como para alcanzar la segunda fase hemos de aprobar ese examen a primera lectura, unos y otros aceptan esa ficción reduccionista y tratan de extraer de ella el máximo de información o atención posibles.

Lo que nos aconsejan nuestros expertos, tanto si queremos conseguir pareja como vender un libro, es que, ya que disponemos de poco tiempo para captar la atención de los demás, tratemos de adecuar nuestras ofertas a los productos que más éxito obtienen. Si queremos que llamen a nuestra puerta, haríamos bien en realizar una tarea de construcción que acerque nuestras cualidades a las genéricamente mejor consideradas. Así, todos sabemos que si una mujer es físicamente atractiva, atraerá a numerosos pretendientes, mientras que definirse como “simpática” o “cariñosa” será entendido como un mero subterfugio para disfrazar que carece de belleza. Algo similar ocurre con los libros, donde sólo una clase de descripciones son vistas como adecuadas para operar en un mundo de competencia casi infinita. Si en las relaciones de pareja son las cualidades que excitan el deseo y no las que se apoyan en lo afectivo las que funcionan, en la cultura son las que prometen entretenimiento y no las que promueven el placer intelectual las que se tienen por válidas.

Pero este mundo pragmático esconde una mentalidad peculiar. En primera instancia, si preguntamos a quienes operan en el sector, nos dirán que ellos no imponen las normas ya que su capacidad de influencia es prácticamente nula. Que se limitan a operar funcionarialmente en un contexto ya dado, en el que apenas pueden introducir variaciones y donde deben aprovechar al máximo sus bazas. Y ello a pesar de las enormes dificultades con que se encuentran: deben atraer la atención de un lector muy exigente, al que se le somete a un continuo bombardeo de productos, que tiene muy claro lo que quiere y que, además, suele ser muy pragmático en sus elecciones. Además, la saturación obliga a la rápida circulación de los artículos por los puntos de venta; los medios de comunicación especializados apenas pueden recoger una pequeña fracción de lo que se produce y la repercusión de sus reseñas es prácticamente inexistente; y buena parte de la compra ha pasado a ser casual, fruto de lo que el lector encuentra ojeando en las mesas de los establecimientos comerciales. Así las cosas, más vale que el libro esté preparado para esos encuentros esporádicos y, como la mujer del ejemplo, sea simpático, atractivo, atlético, gracioso y sexy.

En segundo lugar, también han variado los modos de negar validez a opciones diferentes. En el pasado se las prohibía porque atentaban contra valores comunes; hoy se las desecha porque se asegura que son ineficaces. A ningún operador de la red se le ocurre establecer una norma según la cual sólo las personas atractivas y con dinero puedan acceder a sus servicios de búsqueda de pareja; a ningún editor se le ocurre impedir que se publiquen otros libros que aquellos de lenguaje sencillo y temática de entretenimiento. Y, sin embargo, el funcionamiento real del sector cultural tiene puntos de semejanza con el resultado que produciría la vigencia de esos preceptos. La diferencia está en que, en este caso, la prohibición no viene impuesta por la voluntad de los gestores, sino porque un entorno caótico amenaza con grandes problemas si se actúa de un modo poco prudente.

Pero ese marco del riesgo en el que la voluntad de sus operadores apenas cuenta no es más que la traslación a términos posmodernos de las viejas convicciones conservadoras. Éstas, como afirma Lakoff , 28 creían en la existencia de un mundo peligroso donde el mal siempre acechaba. Por eso, la tarea de la sociedad debía ser la misma que la del padre estricto, proteger a los suyos, sostenerles en un mundo difícil y enseñarles la diferencia entre el bien y el mal. Su actividad era prescriptiva, dictando un buen número de normas que garantizaban la seguridad si eran obedecidas. En realidad, los grandes peligros con los que se enfrentaba la visión conservadora en su tarea educativa eran las tentaciones que ofrecía el placer y su correlato subjetivo, una voluntad débil; quien cumplía las leyes, respetaba las tradiciones y sabía ser racional, sin dejarse llevar por los sentimientos o los deseos, saldría triunfante de ese entorno peligroso. La tarea de la sociedad, como la del padre, era enseñar a sus hijos a ser fuertes ante la tentación, aun cuando debieran utilizarse métodos autoritarios para doblegar las naturalezas resistentes y rebeldes.

Nuestro mundo es muy similar, sólo que ha cambiado la moralidad por el pragmatismo, la obediencia por la seducción. Hoy, se nos sigue ubicando en contextos peligrosos, esta vez no como producto del mal y del pecado, sino de sociedades altamente inestables donde las oportunidades son cada vez menores y en las que el número de excluidos aumenta. En consecuencia, para salir adelante, hay que contar cada vez con más y mejores bazas personales y hay que estar mejor preparados para afrontar toda clase de cambios imprevistos. Ese exterior objetivo e inmodificable es el que nos exige una permanente actividad para construir personalidades más sólidas: si se quiere buscar pareja, hay que cuidarse para resultar atractivo; si se pretende ingresar en el mundo laboral se ha de contar con una formación que incluya posgrados, conocimiento de idiomas y buena disposición; y si lo que se hace es escribir novelas, hay que adaptarse a la funcionalidad del entretenimiento. En esta nueva visión conservadora, pues, siempre hay un otro impersonal al que se coloca como límite, ya sea la pareja imaginada, el posible empleador o ese hipotético lector que fugazmente se encuentra con el libro, siendo nuestra tarea es acumular méritos para seducirles.

Dicho de otro modo, en el pasado la exigencia emanaba de una autoridad rígida que decía tener el bien y la moral de su lado y que nos forzaba a cumplir un número elevado de normas; hoy, proviene de un exterior amenazante que nos obliga a rehacernos constantemente y ante el que no podemos pedir ayuda a nuestros expertos, que no pueden hacer otra cosa que gestionar lo dado. La autoridad contemporánea también se vería sometida por los imperativos de ese entorno caótico y azaroso.

El problema de esta visión es que no describe un contexto real, como tampoco lo era el moralmente rígido del pasado. Ciertamente, las dificultades son crecientes, y esos entornos de competición elevada y saturación productiva existen, pero eso no justifica las reacciones que provocan. En lo que se refiere al mundo del libro, los cambios en sus creencias y formas de operar, además de las transformaciones sociales, han generado un suelo mucho más exigente. Pero eso no implica que los nuevos obstáculos no puedan sortearse ni tampoco que sólo exista una forma de transitar por esos entornos peligrosos. Al lector se le puede ganar de diferentes modos, y pretender que sólo hay un camino realmente eficaz para llegar a él implica reducir notablemente las opciones. Así, a quien afirma que sólo los textos entretenidos y de escasa exigencia son susceptibles de venderse bien se le puede contestar que, más al contrario, si algo podemos tener por cierto es que cuando un libro es bueno, sus posibilidades comerciales aumentan.
En todo caso, es hora de que se subrayen también los riesgos a los que nos conducen estos sectores de convicciones rígidas inducidas por el miedo. Porque no sólo estamos afrontando una reducción significativa de la oferta, con las consecuencias desastrosas para la venta que provoca a medio plazo, sino que estamos transformando el tejido industrial de una forma lesiva para el futuro inmediato. Y además, estamos produciendo lectores que afrontan el encuentro con los libros del mismo modo que encaran sus citas las buscadoras de pareja de Eva Illouz:

“En la mayor parte de los casos no tengo expectativas y no me emociono mucho. Sé muy bien qué va a pasar”.

Texturas nº6 – sumario

_Editorial [VER]
_Edith Wharton: El vicio de leer
_Sara Lloyd: Manifiesto de una editora para el siglo XXI
_Esteban Hernández: El miedo ante lo inevitable: los demasiados libros [VER]
_Joaquín Rodríguez: Diez preguntas al «Observatorio de la Lectura»
_Nuno Seabra Lopes: La concentración del mercado editorial en Portugal
_Federico Ibáñez Soler: La gestión de lo escrito: lo que no mata, te muta
_Herederos de Juan Palomo: ilustraciones
_Hubert Nyssen: El arte del descubrimiento
_Jorge Herralde: Elogio de la Feria de Madrid
_Ricardo Bada: Boleros épicos: las letras de los himnos
_Victoriano Colodrón Denis: Librería, lenguaje y ciudad (o Un niño en la casa de las palabras)
_Juan Ángel Juristo: Pasiones de Ícaro
_Víctor Claudín: Un zafón para la historia editorial
_Leroy Gutiérrez: Las tres cosas que sí sabe un editor
_Margo Glantz: Bibliotecas privadas

Texturas nº5 – sumario

_Editorial [VER]
_Walter Benjamin: Traslado mi biblioteca
_Anthony Grafton: La lectura futura
_Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez: Del editor friki al editor wiki
_Federico Ibáñez Soler: La gestión del texto: edición tradicional y nuevos soportes
_Carrió Sánchez Lacasta: ilustraciones
_Wiebke Porombka: Intermediación
_César Ávila: Trazas del libro ideal
_Álvaro Sobrino: Somos lo que leemos [VER]
_Dominique Bourgois: Vida de un editor
_Christian Bourgois: Mi catálogo es mi vida
_Hugo Vargas. Morir tocando el ukelele o de cómo Lowry conoció el mezcal
_José María Barandiarán: Hábitos de lectura. Otra mirada
_Fernando Navarro Sordo: Cafebabel.com en la era del periodismo europeo
_Antonio Elorza: San León Librero
_Braulio Llamero: (Al menos) una razón para leer

A quién benefician los números

A quién benefician los números

por Iñaki Esteban
Trama & TEXTURAS nº 4
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El colapso es matemáticamente evidente: la superficie de las librerías se mantiene o disminuye, mientras que el número de títulos pica muy alto, hasta los 77.330 en 2006, si bien sólo unos 15.000 corresponden a la literatura. Por mi experiencia como periodista cultural se ve que hay mucho aventurerismo en algunos editores: publican cosas más que dudosas por si suena la flauta, y lo que más sorprende es que ponen sus esperanzas en libros inenarrables, y no hablo desde el punto de vista literario sino del puramente comercial.

El clima de confusión es tremendo, y en él ganan los más fuertes. ¿Cómo no va a vender el Papa e Isabel Allende si cuando entras al híper te encuentras con un abrumador despliegue de sus libros? Sólo unas pocas editoriales pueden pagar a la gran superficie —porque hay dinero de por medio, no nos engañemos—, y prácticas similares ya se dejan notar en algunas librerías de toda la vida.
Normal, cada uno mira por lo suyo porque esto es un mercado y quizá lo más preocupante sea una sensación de sálvese quien pueda. Cuando se apunta a las causas, se cita con demasiada facilidad un supuesto desinterés por el mundo del libro. Pura desinformación de periodistas apresurados y otras especies malignas. Para empezar, ¿no resulta paradójico que si los lectores decrecen, los títulos se disparen? Además, las cifras de lectura tampoco van para abajo, e incluso crecen entre los jóvenes, por si alguno les considera culpables de algo.
La culpa tiene que estar en otra parte, yo creo en la economización exhaustiva de todo. Las librerías del centro de la ciudad cierran porque no pueden competir con las tiendas de pantalones vaqueros, ya que los márgenes de beneficio son muy diferentes. A un librero le queda un 30% aproximadamente de cada libro, y a un comerciante de trapillos, más del 80%, con lo que puede pagar una renta mucho más alta. Esta aritmética sencilla explica mejor el cierre de las librerías y no la mística milenarista del cambio tecnológico.
No es el libro el que vaya mal. Lo peligroso es la estrategia salvaje de unos cuantos editores que les da lo mismo lo que publican y que lo mismo están en este negocio que pudieran estarlo en el de la distribución de cacahuetes.

Texturas nº4 – sumario

_Editorial [VER]
_María Zambrano: El libro: ser viviente
_José Antonio Millán: Libro: el sarcófago abierto
_Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez: El nuevo paradigma del sector del libro (II) La distribución en los mercados hiperfragmentados
_Javier Celaya: Mitos y realidades del impacto de las nuevas tecnologías en el fomento de la lectura y escritura
_José Manuel Anta: El exceso de oferta editorial y sus consecuencias en la cadena de suministro del libro
_Rogelio Blanco Martínez: ¿Demasiados libros?
_Ramón Buenaventura: Agravio comparativo
_Ricardo del Barrio: Racionalizar la edición, ¿un debate inútil?
_Iñaki Esteban: A quién benefician los números [VER]
_Teresa Freire: ¿Te lo has leído?
_Ángeles Garola: Tantos y para tan poco
_Antonio Gómez Rufo: Menos gritos, Milagritos
_Miguel Hernández Sola: ¿Tiene solución el problema que abordamos? ¿Hay en realidad voluntad de buscarla?
_Paula Izquierdo: Cuando el destino nos alcance
_Juan Ángel Juristo: Este fugaz instante
_Fernando Marías: Escribir
_Carlos Pascual: Paciencia, paciencia
_Luis Seguí: Portadores de la razón ilustrada
_Pere Sureda: El negocio NO se come a sus hijos
_Beatriz Helena Robledo: Alcances y limitaciones de las encuestas sobre la lectura
_Braulio Llamero: MIL motivos para no leer y UNO solo para hacerlo
_Alianza de los editores independientes: Declaración internacional de los editores independientes
_Syndicat National de l´Édition, Francia: Libro blanco de la edición

Lecturas y libros

por Martí Soler
Trama & TEXTURAS nº 3
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Una de las cuestiones que me he planteado con el paso de los años es precisamente cómo llegué a la experiencia lectora, y la verdad es que por más esfuerzos que hago no lo recuerdo. Sin embargo, sí recuerdo el primer libro que hizo mella en mí. Sin duda alguna, fue Huckleberry Finn, de Mark Twain.
Según se contaba en mi familia, después de la guerra civil nuestra casa fue devastada (prácticamente desapareció todo lo transportable) mientras mis padres, mi hermana y yo nos refugiábamos en Francia. Pero, por un milagro inexplicable (aunque no soy creyente, mi vida está llena de acontecimientos inexplicables), los intrusos dejaron intacta la biblioteca, que, a pesar de estar cerrada con llave, sólo requería de un mínimo esfuerzo para abrirla.
Así que, en cuanto tuve la suficiente habilidad para leer, es fama que me la leí completa (era un acervo prácticamente dedicado a la historia y que contenía algo de literatura). Debo advertir que la familia se separó: mi padre se exilió en México y mi madre, mi hermana y yo regresamos al pueblo el mismo año de 1939.
A los pocos años, creo que yo tendría unos diez, se abrió la biblioteca pública de mi pueblo natal, la cual representó el segundo milagro en mi vocación lectora.
Todo esto para decir que hay tres condiciones para adquirir un buen hábito de lectura: libros en casa, bibliotecas a mano y un maestro que aliente y fomente la lectura en clase. Un maestro de este tipo también existió en mi caso, y debo homenajearlo en este punto.
Propongo que veamos los tres puntos, uno por uno.-Libros en casa. Lo creo fundamental. Una casa que carece de libros representa una casa donde el fomento de la lectura no se produce, así que en la infancia es indispensable contar con por lo menos una pequeña biblioteca (no creo que la de mi padre contara con más de mil ejemplares).
-Bibliotecas públicas. Una biblioteca privada no puede satisfacer todos los apetitos del lector, por lo que las bibliotecas públicas, con un acervo complejo y diverso y préstamo a domicilio, son la solución para colmar las inquietudes de niños, adolescentes y adultos. Para la continuidad en la lectura. Una entusiasta bibliotecaria, que admiraba mi voracidad, fue encaminando mis preferencias iniciales.
-El maestro de escuela. En pleno inicio del franquismo conté con un maestro excepcional (y lo era por su condición de buen maestro y por su firme convicción republicana, lo que le acarreó bastantes problemas), que no sólo nos proponía leer determinados libros, sino que, por ejemplo, nos incitaba a dar en la clase un análisis de nuestras últimas lecturas, nuestras preferidas. Él mismo acondicionó un aula (sobraban aulas en esa escuela) con diversos elementos para ayudar a las clases y que contaba con libros de consulta. Al propio tiempo, nos prestaba libros de su biblioteca particular.

Llegamos a México en 1947 (a los 13 años) y, desde luego, en casa se contaba con una biblioteca. Sin embargo, a esa edad ya los libros acumulados por mi padre no eran tan atractivos para mí, así que tuve que recurrir a las librerías de viejo para ir formando mi propia biblioteca, según mis propios gustos y el intercambio de ideas con los compañeros de escuela y demás amigos. Aunque en un principio fue importante para mí leer todo tipo de libros, esto no quiere decir que supiera perfectamente qué libros debía leer. Creo que el deber no es siempre lo mejor para el fomento de la lectura, sino el placer.
Debo decir que desde los 15 años empecé a ayudar a mi padre a corregir pruebas (bajo su maestría y la de Ramón Lamoneda, otro republicano excepcional) y que a partir de los 17 trabajé en librerías e imprentas y más tarde, como independiente, para diversas editoriales. Mi carrera con los libros se vio beneficiada por otro hecho excepcional, mi ingreso a la escuela más connotada del mundo del libro en México: el Fondo de Cultura Económica, cuando contaba con 25 años de edad. Justo el momento preciso.
Sé que todo esto hace que me encuentre en una posición privilegiada respecto del común de los lectores y aquí sólo puedo contar mi historial como lector, que incluye una doble experiencia: la del lector profesional y la del lector digamos apasionado, libre.
Como lector profesional he tenido que leer, para dictaminarlos, aquellos libros susceptibles de ser publicados y que tenían que ver con mis propios intereses (literatura, historia del libro y de la literatura y teoría literaria, artes aplicadas, arquitectura y materias afines, filosofía, así como socialismo, anarquismo y demás teorías, utópicas o no), aquellos originales por los que se me contrataba para su revisión y corrección, una vez contratados, y la corrección de pruebas consiguiente.
Como lector libre, mi opinión es que la disposición a la lectura proviene de la facilidad del encuentro con los libros. No creo que unos tengamos más disposición que otros a la lectura, pero sí que debe iniciarse desde muy pequeño. Sin embargo, también he sido testigo, en alguno de mis hijos, de un inicio tardío a pesar de las condiciones y el ejemplo de los hermanos y los padres. En este caso, debo subrayar un problema escolar que tuvo mi hija en la escuela elemental, por lo que debo inferir que los maestros son igualmente fundamentales en la formación (o desinformación) del lector y la presencia de libros en la casa no es suficiente.
La lectura puede ser guiada o no, pero para mí es indiferente el tema o por lo menos susceptible de discusión. Desde luego que influye en nuestras vidas y desde luego que hace del lector una mejor persona, independientemente del tipo de libro que lea. La lectura es ampliación de conocimientos, sea de un libro académico o de libros de ficción. ¿Alguien duda de que Julio Verne nos llenó de conocimientos de todo tipo? Sin embargo, son muchos los casos en que hubiera sido conveniente la asesoría de maestros para una buena selección de lecturas.
En cuanto al medio o soporte del libro, mi opinión de editor hace que me incline por el papel, por ser un medio más amable quizá que los nuevos sistemas de información. Sin embargo, mi pregunta sería: ¿queremos conservar la forma del libro o el contenido? Leer ha de ser un acto natural en nosotros. El soporte del libro debe ser, por lo tanto, amable para el lector. Lo demás es lo de menos, aunque el medio electrónico debe evolucionar mucho para convertirse en un medio ideal.

Bienvenidos a casa. Infancia, lenguaje y lectura

Bienvenidos a casa. Infancia, lenguaje y lectura

por Fabricio Caivano
Trama & TEXTURAS nº 3
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Bajo este cordial título de “Bienvenidos a casa” voy a proponerles algunas sencillas reflexiones sobre los tres personajes del subtítulo: infancia, lenguaje y lectura. Trataré de poner de relieve, primeramente, la enorme complejidad/fragilidad del proceso de “construcción de un lector”. Verán ustedes que, en el fondo, se trata de detenerse a observar algunos episodios de la larga marcha de la infancia en lo biológico, sensorial, afectivo y cultural que lo conducirá a alcanzar, más o menos plenamente, la condición humana. En la segunda parte haré referencia al papel del lenguaje en este proceso, un papel crucial que define esa misma condición. Y por último me detendré en señalar algunos rasgos que preparan y facilitan el aprendizaje de la lectura y la adquisición del “vicio” de leer, este extraño ejercicio de los humanos de descifrar unos signos escritos y mediante ellos multiplicar la vida. Ejercicio extraño y tan fértil que todos los que estamos hoy aquí, sin duda, deseamos transmitir, como una fértil herencia, a las generaciones venideras. No creo que les diga nada nuevo o que ustedes no sepan ya, pero por lo menos espero que lo que aquí escuchen les sea de alguna utilidad para este encuentro y que les valga en algo para su admirable trabajo cotidiano con los niños y los libros.
Partiré de una observación trivial: el buen lector no nace, se hace. Pero voy a modificarla algo: para ser un buen lector hay que nacer y crecer bien. Pero ¿qué en tendemos por eso de “crecer bien”? Voy a tratar de explicar aquí, precisamente, el proceso de “fabricación” del lector, en especial del tramo del proceso que suele sernos casi invisible. Sostengo pues que el buen lector, ese que en su trayectoria vital hará del trato con los libros costumbre, se hace con una condición: si nace, crece y vive en un ambiente fertilizado por el amor de sus semejantes. Un amor no en el habitual sentido dulzón, sentimental y pasivo, sino un amor inteligente, previsor y activo. Igual que educar, amar es mirar con ojos humanos.
Solemos plantearnos la lectura como el resultado positivo del encuentro, más o menos feliz, entre el lector potencial y los libros. Sobre esa confluencia ponemos la lupa de la reflexión, y tendemos a creer que la lectura es un aprendizaje más entre los muchos que se deben adquirir. Pero ese encuentro del niño con las letras es só1o un momento, sin duda alguna importante, de un complejo y frágil proceso de humanización. El hombre —se ha escrito— es una caña que piensa, un animal dotado de lenguaje, un descifrador de signos, un buscador de sentido. Un buscador incansable de lo bueno, lo bello y lo verdadero.
Mediante esa tensión hacia la condición humana, de un resultado siempre provisional, se va construyendo tanto el sujeto singular, cada ser humano en particular, como los otros sujetos: el yo y los otros. Sin los otros, el yo y el lenguaje son imposibles. Y sin lenguaje el humano no despega de la naturaleza. Se trata de un proceso que se inicia desde el momento mismo en el que se nace. Según algunos empieza incluso anteriormente: recibiendo mensajes en el cálido limbo de la vida fetal, antes de ver por vez primera la luz del mundo. Pero el encuentro con el libro y la lectura, dos productos de la cultura, tiene para nosotros una condición muy visible que ha impregnado en exceso el escenario: para leer es preciso haber aprendido a hacerlo. Y puesto que de aprendizajes se trata, de inmediato pensamos en “el lugar” donde se aprende todo: la escuela. Se asiste a la escuela para hacerse con el dominio de los instrumentos necesarios para poder entrar en la sociedad: leer y escribir ante todo. La institución escolar, tal como es ahora, basa toda su acción educativa fundamentalmente en la palabra y el lenguaje. Sin esos dos poderosos instrumentos no es siquiera imaginable la existencia de la escuela misma. Debido a ese predominio del discurso pedagógico, solemos creer, consecuentemente, que aprender a leer y a escribir es una cuestión de orden técnico y didáctico, como bien lo ilustra la persistencia del enconado debate pedagógico entre los diversos métodos de aprendizaje y acerca de su aplicación didáctica.
Sostendré, como ya dije también, que el lector, el buen lector, el que llega a adoptar a los libros como compañeros propicios para la inacabable tarea de completarse a sí mismo, es aquel al que le es dado nacer y vivir humanamente, es decir, entre amor y palabras, las dos sustancias vitales del ser humano, su savia y su sangre. Porque el ser humano no es solamente un “animal que habla” como se viene repitiendo desde Aristóteles. Precisamente es todo lo contrario: un animal que nace sin el habla y deberá aprender a hablar. Se llega a ser racional a través del lenguaje, y gracias al lenguaje ingresamos en la cultura; sin él somos una parte de la naturaleza. El lenguaje hace posible una comunidad de semejantes en el espacio y el tiempo, alumbra la palabra y la pregunta. El cuerpo es nuestra forma de estar en el espacio; y el lenguaje escrito es nuestra manera de dominar el tiempo. Conversar es tejer una comunidad junto a los otros.
De hecho, si alguna tesis (por decirlo pedantemente) hay en lo que les diré aquí, podría enunciarse así: para llegar a ser un buen lector hay que haber conocido, por lo menos un instante, el gozo de vivir humanamente entre los humanos. Feliz o infeliz, el lector siempre puede volver el tiempo hacia atrás. Porque leer es, entre otras cosas, ampliar la propia vida, ensancharla y hacerla más compleja a través de otras vidas, otros puntos de vista, otras emociones.
Y si uno no ha tenido ocasión de experimentar la vida como gozo, no se ama a sí mismo o no aprendió a gobernar libremente su propio proyecto vital, con sus luces y sombras, difícilmente deseará acercarse a los libros y entregarse a la rica experiencia vital que éstos atesoran. Así qué: ¿“Bienvenidos a casa”? ¿De qué casa se trata? De la casa común, la única que nos alberga a todos. Nuestra casa: la del mundo y la palabra.
El mundo es ese lugar en el que hemos “aterrizado”, tomado tierra. En él habitamos y su sentido —tantas veces también su sinsentido— lo heredamos de los que antes vivieron en ella. Y nos corresponde acrecentar esa herencia, hacerla mejor y más humana. La casa común, la morada del hombre (del ser humano) es sobre todo la casa de la palabra, la que acoge al lenguaje, el pensamiento y la inteligencia. Los libros y la lectura desempeñan un papel esencial en el mantenimiento y preservación de esa casa en la que, provisionalmente, habitamos. Podemos decir que son los fundamentos sobre los que ésta se sustenta.
¿Y a quién se dirige ese saludo: “bienvenidos”? Es el deseo que expresamos cuando llega a esa casa uno de “los nuevos”… cuando nace un nuevo ser humano. Hanna Arendt lo ha expresado de manera hermosa y lúcida. La educación, nos dice, tiene que ver ante todo con la demografía, con el hecho de que nace gente nueva cuando hay un nacimiento, el recién nacido se nos presenta —dice— como un “nuevo”, un ser recién llegado a un mundo que le es extraño, donde ha de vivir por un tiempo, que deberá también en su día recibir a otros nuevos y, cuando le toque, salir del escenario para siempre. Ése es el ciclo del eterno retorno: nacer, vivir y morir. Es un ser humano “nuevo”, que está convirtiéndose en un ser humano a través de la educación, que es distinto del hecho de aprender. Para poder educar, los adultos tenemos que haber asumido nuestra responsabilidad en el mundo. Dice Arendt:

Quien rechaza asumir esta responsabilidad del mundo no debería tener hijos ni tener el derecho de tomar parte en su educación [añade que el profesor es el mediador entre el mundo y el “nuevo” y basa su autoridad y su competencia en presentarlo] ante el niño como si fuera el representante de todos los adultos, y les señalase las cosas diciéndoles: Éste es nuestro mundo.

De modo que les hablaré de la infancia, así en general, entendida como el acontecimiento de la llegada al mundo de los “nuevos”. Para personalizarlos, los llamaré Guadalupe y Pancho. Ellos son los protagonistas que, en este cuento breve, representan a la infancia en su conjunto. Ellos dos son, como todos los demás, “los esforzados hijos del hombre” (en expresión de R. Sánchez Ferlosio). Valerosos, decididos y duros, a pesar de su insignificancia, en su caminar hacia el encuentro con la vida.. Éste es, así pues, un cuento que cuenta la búsqueda del tesoro más grande, escondido y deseable: el de la digna condición humana.

INFANCIA

Amor y palabras

Sabemos que ese niño o niña, Guadalupe o Pancho, llega al mundo —a la casa— frágil, delicado y desasistido, como un cachorro del ser humano inmaduro y débil que debe ser protegido, atendido y criado durante un largo tiempo: meses y años. Y llega sin habla: el lenguaje no se hereda, se conquista. Durante ese tiempo deberá aprender miles de cosas, agudizar sus sentidos y percepciones sensoriales. Establecer relaciones entre sus sensaciones y ese enorme vacío ruidoso que hay “más allá de su piel”… Precisará de ayuda externa para alimentarse y para sobre vivir en un medio que le es desconocido y, por lo tanto, hostil. Ha debido abandonar de repente la cálida caverna en la que se refugiaba plácidamente, salir del líquido amniótico en el que flotaba ligero y seguro, enfrentarse a un nuevo mundo de luz y ruido. Ha llegado a un lugar extraño en el que siente percepciones nuevas, raras, agresivas: ruido, luz, sacudidas y tirones. Dar a luz, abrir los ojos a la luz del mundo. Entre una y otra luz, un espacio y un tiempo que son ordenados con palabras. Las palabras que dan sentido.
Cuando sus pulmones inhalan por primera vez el aire, está empezando el ciclo de “su” vida; y cuando deje de aspirar ese alimento invisible habrá llegado a su final. Con ese primer aire de la inspiración primera, empezará a oír un sonido muy particular, un ruido extraño y peculiar, una cadencia y un ritmo, que asociará pronto como el preludio sonoro de cosas extrañas, decisivas y poderosas. Los que reciben a Lupe o Pancho tratan “de que esté bien, lo alimentan, lo arropan, lo cuidan… y le hablan”. Oye palabras, las palabras de los “viejos del lugar”, una cadencia aún sin sentido pero que parece capaz de anticipar la llegada de sensaciones placenteras: alimento, caricias, balanceo, calor, seguridad… Es un descubrimiento que atraerá la enorme curiosidad del “nuevo”: los habitantes de la casa producen un sonido propio, expelen aire y dicen palabras, hablan. La infancia conquistará el libro como producto cultural histórico, y lo hará suyo en el tiempo. El niño es un lector que emerge en el siglo XIX .
Es ésta una habilidad misteriosa y poderosa que Lupita/Panchito (son muy pequeños…) tratarán de imitar en cuanto estén en condiciones de hacerlo… En pocas semanas el “nuevo” ya es capaz de adaptarse al ritmo de su vida: dormir, llorar, comer, excretar, llorar, comer, dormir, excretar… Y seguirá oyendo aquella música rara, tranquilizadora, proveniente de esas sombras gigantes: las palabras. Así permanecerá unos meses, atento a todo lo que sucede (no “le” sucede aún) porque no hay todavía un “yo” y un no-yo, un afuera/adentro… Todo converge en esa potente terminal sensorial que recibe el nombre de Lupe/Pancho… El primer regalo, decidido antes de nacer, es precisamente el nombre, una palabra que lo designa. El bebé empieza a hacer acopio de una extensa gama de aprendizajes sensoriales —toda clase de estímulos y respuestas— que se irán inscribiendo en las circunvoluciones cerebrales, estableciendo millones de conexiones neuronales en su cerebro. El cerebro es una hoja en blanco en la que se registran y escriben, con en un libro secreto y oculto, todas las impresiones del vivir biológico y emocional.
Recordar es revivir, decimos. La memoria es ese libro que nos cuenta a nosotros mismos mediante una narración personal e intransferible. El “yo” empieza a nutrirse. La velocidad y la intensidad de los aprendizajes están en función de la variedad, calidad y adecuación de los estímulos que reciba de su entorno humano. El bebé irá estructurando tales aprendizajes en formas (desde simples a muy complejas) de comunicación no verbal, es decir no expresadas por medio de palabras, no articuladas semánticamente por decirlo en plan lingüista. Este proceso de comunicación es aún prelingüístico pero ello no quiere decir que sea simple o fácil; por el contrario esta fase de, digamos, “comunicación primitiva” (no articulada semánticamente) es condición necesaria para, más adelante, ingresar en la fase del lenguaje. Risas, caricias, balanceos, miradas, llantos y gestos: un entrenamiento metódico e incansable que abona la tierra, la prepara para la eclosión posterior de nuevas destrezas. Algunas tan lejanas como el habla o el pensamiento.
Durante meses el bebé irá así afinando y completando su particular lenguaje sin palabras mediante complejas estrategias de comunicación intrasensorial que toman la forma de un juego consigo mismo: el reconocimiento táctil de su cuerpo, la modulación de su voz, la gimnasia ocular, la percepción auditiva, los gorgoritos, la succión, el balanceo. El bebé es un atrevido explorador que, en los primeros momentos, permanece dentro de los límites de ese territorio ilimitado que es el “yo”. Posteriormente diferenciará lo que no pertenece al campo de su cuerpo, el “no-yo”, que poco a poco se hace “familiar” y se ordena: las expresiones faciales de los adultos, y los sentimientos que expresan, son, junto a las voces, las primeras percepciones de relación con “los otros”…
Es una fase en el desarrollo de la infancia bien conocida por experiencia propia por las madres y padres; una fase que dura un tiempo variable y que es condición necesaria (no suficiente) para poder ingresar en la siguiente, en la fase de comunicación propiamente lingüística o comunicación por medio de palabras. Resumiendo: la primera etapa en la vida del “nuevo” es de suma importancia para su desarrollo lógico-afectivo puesto que en ella se produce un “entrenamiento” sensorial prelingüístico constante. Un entrenamiento que le va a permitir ingresar en el ámbito de la semantización, de la palabra y de su sentido.
La conquista del lenguaje viene, pues, precedida y estimulada por una larga exploración de los límites del mundo del bebé. Y ese mundo está configurado por dos grandes ámbitos: el de la naturaleza, lo material, biológico y sensorial; y el de la cultura, lo espiritual, social y afectivo. Digamos, para concluir esta parte, amor y seguridad son las dos materias primas de este primer encuentro del “nuevo” con los habitantes de la casa… si tiene suerte y todo va bien. El “nuevo” ha madurado mucho en poco tiempo, está ahora dotado de habilidades neuronales y físicas que le permiten ampliar el radio de acción de su exploración de los límites de esa casa en la que ha aterrizado, tomado tierra literalmente. Erguirse y andar hará el campo de su curiosidad mucho mayor aún. Pero hay una habilidad que se resiste a su fuerza imitadora, destreza de los adultos que él envidia por su fuerza y poder: el lenguaje, la capacidad de hablar, de decir palabras y de conseguir mediante ellas cosas sorprendentes e inexplicables. ¡Qué envidia!
El “nuevo” va a dedicar ahora su inagotable energía, sobre todo, a aprender esa rara habilidad de los “viejos”… el lenguaje, la llave que abre la puerta de la casa del hombre con su poder fascinante. El cuerpo del “nuevo” se ha desarrollado mucho en pocos meses; ya no es un ser totalmente dependiente y empieza a ampliar el radio de su investigación del mundo. Empezará ahora a encender la llama del “espíritu”, a edificar su inteligencia a través de las palabras. La inteligencia no es algo que llena un vacío; es una llama que se enciende. Es decir, con el lenguaje se pasa del puro ámbito de la naturaleza (agua, tierra, fuego y aire) al de la cultura.
Marguerite Yourcenar lo ha escrito bellamente: “Tu cuerpo se compone de tres cuartas partes de agua, más una pequeña cantidad de minerales terrestres, un puñadito. Y esa gran llama dentro de ti cuya naturaleza no conoces. Y en tus pulmones, apresado una y otra vez en el interior de tu caja torácica, el aire, ese apuesto extranjero sin el cual no puedes vivir” .
La naturaleza se hace humana: agua, tierra, aire y fuego. Con ella hay que adentrarse en la cultura con una brújula: el lenguaje.

EL LENGUAJE

El espíritu

La primera gran experiencia cultural, que es fundacional y poderosísima humanizadora, es el lenguaje; mediante ella se abandona la naturaleza y se ingresa en el ámbito de la cultura. Ahora nuestros amigos Lupe y Pancho están ya (¡cómo pasa el tiempo!) en el umbral de la puerta de la casa del lenguaje, ese instrumento que los adultos manejan tan diestramente para hacer-hacerme tantas cosas inexplicables.
Dijimos al principio que los adultos habitan el mundo, acogen a los “nuevos” y los atienden. De modo que han llegado hasta aquí razonablemente felices, biológicamente maduros y emocionalmente equilibrados. La psicoanalista francesa Françoise Dolto describe así las primeras semanas de vida:

El esbozo de hombre está, desde su nacimiento, por comp1eto al acecho de los intercambios de la díada maternal inicial; al acecho del lenguaje gestual, mímico, que se le destina, a quien sabe amarlo, acunarlo, sonreírle, hablarle, ayudarle a afianzarse frente a cuanto sus sentidos interrogan en el mundo que lo rodea.

De esa interrelación nace la inteligencia sensorial y mental que impulsará, más tarde, la del lenguaje verbal. Gracias a Amor y Seguridad han aprendido mucho, ya saben controlar algunos músculos, manifestar ciertos sentimientos y obtener cooperación de los adultos.
Han recibido lo necesario para sentirse bien en el mundo y para mantener abierta y expectante su implacable curiosidad: amor, alimento y estímulos. Los impulsa la fuerza del deseo de saber, esa energía que dispara incansablemente sus tajantes porqués preverbales continuos. Y sabemos ya que lo difícil es hacerse buenas preguntas, mucho más que saberse las respuestas apropiadas. Este deseo es el pasaporte para el viaje que van a emprender, un salto entre la naturaleza y la cultura. Aprender a hablar es para ellos un reto estimulante y a la vez una enorme dificultad.
Un reto puesto que, al parecer, hacerse con el lenguaje podrá llevarlos a ser como los mayores, a vivir entre ellos con mayor plenitud y fuerza. Un reto de gran dificultad porque para esa tarea necesitan de la máxima cooperación de los adultos. La intersubjetividad es ahora decisiva. El cachorro de hombre ha tenido hasta ahora un entrenamiento sistemático por el hecho de habitar entre seres que le han recibido y cuidado también con palabras.
En ese laberinto de palabras Lupe/Pancho se han ido orientando por su tono, la inflexión de las voces, su ritmo y musicalidad. Tienen ya un cierto “oído” para esa música rara, capaz de producirles, a ellos, tan pequeños y débiles, sensaciones contrapuestas: seguridad, bienestar, miedo, alegría, temor, satisfacción, sorpresa, risa… Hans-Georg Gadamer ha puesto de relieve que “a partir de los juegos imitativos de articulación, del balbuceo del lactante y de las respuestas de la madre, finalmente eclosione y se afiance lo que es significativo para la formación de las palabras .

El juego

Podríamos decir, simplificando, que están ya “listos para el lenguaje”. Para entrar en el ámbito del lenguaje, del habla humana, hay que dar un salto cualitativo. Pero para dar ese enorme salto, la infancia (literalmente: el in-fans es el que no habla) cuenta con un arma muy poderosa: el juego. Del mismo modo que para algunos la muerte es simbolizada como si fuera un viaje en barca, la barca de Caronte, desde una a otra orilla de un lago misterioso, también la entrada en la vida humana puede simbolizarse como el paso de un río. Para cruzarlo está la barca del juego, una barca que es universal, que se halla en todas las civilizaciones y culturas y que se manifiesta de formas muy distintas. El lenguaje es una estructura virtual que todo ser humano, como especie, tiene en potencia; igualmente, el juego es un poderoso activador del lenguaje. Del mismo modo que, desde Chomsky, se mantiene que el lenguaje es un rasgo universal y está en la naturaleza biológica de los humanos, los en genética, como Anthony Monaco , aseguran haber localizado un hipotético “gen del lenguaje” al que llaman FOXP2. Forzando el símil se puede suponer que también existe lo que sería un “gen 1údico” una predisposición congénita de la infancia para la imitación y el juego. El juego es el eslabón entre la naturaleza biológica y el medio cultural, el mediador que prepara para el lenguaje.
Así, el aprendizaje del lenguaje opera como el primer, y sin duda el más importante, rito de transición entre la infancia y la edad adulta. El juego es condición necesaria para llegar a entrar en la comunidad adulta, es decir para, paradójicamente, dejar de jugar e ingresar en la “edad de la razón”. Quien no tiene un lenguaje no es un ser maduro. (Probablemente el artista es un humano que trata de inventar nuevos lenguajes para poder seguir jugando.) El juego es, en consecuencia, el trabajo de la infancia; el lenguaje su juguete más sofisticado, complejo y potente. Por así decirlo, para llegar al lenguaje hay que haber jugado… muy seriamente. El juego es, pues, el gran mediador entre naturaleza y cultura, el puente que une la orilla prelingüística y la orilla lingüística de la vida humana.
No hay infancia sin juego y no se llega al lenguaje sin él. Y sin embargo el juego infantil se define, entre otros rasgos, por dos características curiosas. La primera es que el juego es en sustancia alejamiento de las reglas del mundo; el segundo, el juego conlleva ausencia de temporalidad, es puro presente. El niño que juega busca el límite del mundo real; para jugar, esa distancia es condición obligada; el niño experimenta la separación de los adultos mediante el juego, que es representación, imitación, irrealidad Además el juego suspende el tiempo y los jugadores se sustraen a su mandato.
Instalada en el límite del mundo y en el puro presente, la infancia que juega está aprehendiendo, otra paradoja curiosa, tanto la temporalidad de los humanos como sus convenciones y misterios.
Y ése es un doble aprendizaje fundamental para entrenarse en el gran juego del habla y sus normas. En general son juegos imitativos y culturalmente determinados: juegos de imitación; juegos que cruzan el umbral con frases hechas como “vale que yo era”; juegos de ritmo verbal, corros; juegos de imitación de adultos (determinado por el género: muñeca/mama/tiendecitas; balón/vaqueros/guerreros). Juego es el otro nombre del aprendizaje.
También el lenguaje exige una metarreflexión, es decir distancia de sí, dominio de los tiempos verbales, lógica gramatical, articulación sintáctica… La experiencia del juego es primero egocéntrica: autoexploración del cuerpo; juegos con manos y pies; balanceos; prensión de objetos; succión; gorgoritos y fonemas “salvajes”, etc. Luego el juego es exocéntrico, se hace social y enseña socialidad: se juega con “otros” en casa o en la guardería… Esa trama de situaciones nuevas, entre realidad y juego, supone un entrenamiento para la apropiación del lenguaje oral; y es a la vez un ejercicio imprescindible para poder luego, más tarde, entregarse con la curiosidad y el deseo acrecidos, a un juego nuevo, infinito y prometedor: escribir y leer…
El juego mediante el que adquirirán la condición de alumnos/ciudadanos. Escuela y ciudad serán, entonces, las instituciones formativas en las que Lupe y Pancho deberán poner a prueba sus destrezas y sus habilidades adquiridas a lo largo de su viaje como in-fans y en su larga marcha hacia la autonomía, la cooperación y el saber. El juego va quedando atrás. Ahora “la vida” les aguarda.
Cada cultura marca en su tierra una raya simbólica que debe ser cruzada por los “nuevos” para ingresar en la comunidad como un adulto más; ésa es la función del rito: alejar para acercar. Y nosotros, los mayores que los recibimos a su llegada como “nuevos”, guardamos para ellos un último juguete: los libros. Una herencia de un gran valor formativo porque contiene las palabras de miles de “mayores” que un día pasaron por la vida y nos dejaron escrita la memoria de su paso por ella, sus luces y sombras.
Para disfrutar de ella hay que vencer un último obstáculo: aprender a leer. Conocer el mundo es hacerlo suyo a través del lenguaje, pero también es un ejercicio de autoconocimiento constante. Entre ambos, el mundo y el sujeto, se construye una relación fecundadora y potente.
Cuando Pancho o Lupe descubran y nombren a la flor, podemos decir que crecerán hacia fuera y hacia adentro, sabrán más del mundo, pero también más de ellos mismos. Conocer es aumentar el saber pero también el dolor, como se ha dicho desde Aristóteles a Freud. Este punto es crucial porque denota el doble aspecto casi mágico del lenguaje. Por un lado el niño, al poner cada palabra como una caricia sobre cada cosa, actúa como un pequeño dios, está creando el mundo y ordenándolo con el lenguaje; por el otro, al hacerlo, está construyéndose como sujeto, crea también su “yo”.
En esa permanente dialéctica de abstracción y concreción entre el mundo y las palabras, la infancia se iguala y, al mismo tiempo, hace de cada persona, de cada “nuevo”, un ser diferente y singular, con un yo propio, una personalidad específica vertebrada en torno a su experiencia con el lenguaje. Ahora Lupe y Pancho son más autónomos y ya empiezan a sentirse —a ser— protagonistas de su vida, actores de una narración que apenas ha empezado.

El pensamiento

Para mantener la continuidad de esa narración cuentan con dos registros creativos. Uno es la “lengua interior”, entendiendo por ello la instauración de la voz que nos habla calladamente, una voz que nos constituye como sujeto de acciones, el germen del yo. Es un habla “hacia adentro” y que podemos llamar “conciencia”. Platón llamó conversación del alma consigo misma a ese proceso discursivo del decir-pensar-hablar-comunicar. Por eso el lenguaje se articula y se realiza como conversación con uno mismo y con los otros. Esa voz de dentro nos constituye como sujetos, nos identifica y, por lo tanto, nos diferencia de los demás. Es nuestra voz secreta a la que nadie más tiene acceso. Pancho y Lupe van así adquiriendo una facultad extraordinaria: el pensamiento. Una facultad que es específica del género humano: una reflexión interior mediante la que tomamos una distancia del mundo para tratar de comprenderlo y, así, de comprendernos mejor.
El pensamiento es una membrana invisible que regula los intercambios con el exterior. Para ese intercambio es muy importante un buen uso del lenguaje que podemos llamar, en contraposición al anterior, el que nos enlaza con los otros. Mediante este lenguaje mantenemos intercambios y conversamos con los demás, y vamos entendiendo las convenciones lingüísticas del intercambio verbal entre sujetos.
Tomemos prestadas estas palabras de Emilio Lledó que acertadamente expresan esa articulación del lenguaje y su relación educativa:

El hecho de que sea el lenguaje el alimento básico de la educación significa que la estructura interior de eso que ha de llamarse personalidad es, en el fondo, el resultado de un diálogo, el resto de una memoria, interpretada por las palabras con las que hemos engarzado los sucesos de nuestra vida. No hay, pues, educación si no se configura como lenguaje y no se realiza como diálogo.

El habla y el dominio de las palabras son una conquista trabajosa pero mágica porque permite vivir más intensamente. Mediante la palabra y el pensamiento Lupe y Pancho comenzarán el camino del logos, el escenario humanizador por excelencia: hacer abstracciones, formular juicios de valor, decidir comportamientos. El lenguaje nos introduce en el tiempo, nos facilita el acceso al conocimiento y nos permite expresarnos y comunicar con los demás. La fuerza del lenguaje, sea el interior o el exterior, va más allá: es la música que hace posible que el ser humano conciba y formule lo impensado, lo inimaginable, que sea capaz de crear lo nuevo como si fuera un dios.
Además del logos, el lenguaje es también la conquista de un don terriblemente humano: la posibilidad de crear lo nuevo. El conocimiento crea más conocimiento, pero también descubre códigos diversos y plantea la limitación del conocer mismo. El lenguaje roba a los dioses el fuego creador. El artista maneja el lenguaje (los lenguajes) como ningún otro y, por eso, se rinde a su voluntad y expresa lo que él siente, desea y oscuramente aspira a decir. Ésa es la fuerza del lenguaje, logos y poiesis, pensamiento lógico y racional sí, pero también expresión de una poética voluntad de trascendencia, embriaguez inabarcable. “El que no sabe hablar no sabe pensar, y el que no piensa está destinado a ser un loco o un esclavo”, ha escrito Félix de Azúa .
Por eso ciertos aprendizajes son fundacionales y, a diferencia de los aprendizajes que llamamos “instrumentales”, nos llevan a comprendernos a nosotros mismos; son saberes constituyentes, nos hacen, edifican nuestra manera de estar en el mundo. Hablar, leer, escribir y contar son de esa clase de saberes humanizadores que no buscan utilidad alguna, sino que se consumen por sí y en sí mismos. Quizás habría que añadir el arte de silbar, es decir la música, para Nietzsche la mejor filosofía.
Son éstos unos aprendizajes que “deben hacerse” en la escuela, y tienen una obvia vertiente técnica y metodológica. Pero son, por otra parte, saberes enraizados en las primeras experiencias de humanización y, en consecuencia, para ser alcanzados plenamente, deben prepararse mucho antes, atendiendo a la peculiaridad de cada humano “nuevo” y mediante una serie de acontecimientos en la vida de cada cual: amor, seguridad, compañía y palabras.
Ellos son el conjuro de sus contrarios: odio, miedo, soledad y silencio. Son éstos los materiales, a menudo invisibles, con los que se “fabrica” un ser humano que no cesará de estar permanentemente en formación. Un ser dotado de un razonable equilibrio afectivo-cognitivo, un equilibrio que, a su vez, permite y refuerza todo aprendizaje consecutivo. ¿De dónde proceden esos bienes intangibles? De un buen yo y del contacto con los otros seres humanos… Algunos de esos tránsitos ya los hemos citado.

LA LECTURA

La fundación del yo

La lectura es aprendizaje de mucha complejidad, quizás el más costoso de todos; el que mayores esfuerzos supone, pero también el que mayores gozos y satisfacciones les deparará. Porque aquel que sabe leer tendrá, como los gatos, siete vidas. Antes del libro, Lupita y Panchito ya han “leído” su pequeño mundo. Paulo Freire rememora su condición primera de “lector” de su mundo:

La vuelta a la infancia distante, buscando la comprensión de mi acto de “leer” el mundo particular en el que me movía… me es absolutamente significativa. En este esfuerzo al que me estoy entregando, re-creo, re-vivo, en el texto que escribo, la experiencia vivida en el momento en que aún no leía letras. Me veo entonces en la casa mediana en que nací en Recife, rodeada de árboles, algunos de ellos corno si fueran gente, tal era la intimidad entre nosotros, a su sombra jugaba y en sus ramas más dóciles a mi altura me experimentaba en riesgos menores que me preparaban para riesgos y aventuras mayores.

Fíjense en la plenitud con la que recuerda las cosas antes que las mismas personas:

La vieja casa, sus cuartos, su corredor, su sótano, su terraza —el lugar de las flores de mi madre—, la amplia quinta donde se hallaba… todo eso fue mi primer mundo. En él gateé, balbucí, me erguí, caminé y hablé. En verdad aquel mundo se me daba como el mundo de mi actividad perceptiva, y por eso mismo como el mundo de mis primeras lecturas. Los “textos” y las “palabras”, las “letras” de aquel con texto —en cuya percepción me probaba, y cuanto más lo hacía más aumentaba la capacidad de percibir— encarnaban una serie de cosas, objetos, señales cuya comprensión iba yo aprendiendo en mi trato con ellos, en mis relaciones con mis hermanos mayores y con mis padres… De aquel contexto formaban parte además los animales… por otro la do, el universo del lenguaje de los mayores, expresando sus creencias, sus gustos, sus recelos, sus valores…

Leer es, pues, ante todo, una lectura ceremonial e inauguratoria; es una transición que ordena las percepciones sensoriales mediante las palabras. Lo que Freire llama “leer el mundo inmediato” no es más que ese oficio de nombrar las cosas y los seres, una a una. De los árboles a las personas… Una lectura que inaugura el mundo y lo pone a nuestra disposición troceado y vertebrado mediante las palabras.
Hasta aquí hemos recorrido los primeros meses de dos “nuevos” que hemos llamado Lupe y Pancho. Han aprendido muchas cosas desde que distinguieron el yo del no yo. Han estado atentos a todas las percepciones que estimulan sus sentidos, tienen una buena coordinación neuromuscular, una grafomotricidad lista para el desafío que para la mano y la cabeza es la escritura; han aprendido a modular sus emociones en una gama amplia de registros; siguen preguntando el porqué de todo; saben sus nombres propios, conocen los nombres de algunas personas y de muchas cosas y quieren saber más, de modo que su léxico aumenta de modo espectacular; han aprendido que vivir en este mundo es una aventura que procura un regalo cada día… y algún disgusto también.
El lenguaje es el núcleo de la comunicación con los demás, es un instrumento relacional. Pero para el niño, que estrena el mundo cada día nombrándolo todo por primera vez, la conquista del lenguaje supone una experiencia de incalculable valor, y cada nueva palabra que aprende es un triunfo personal y supone el ejercicio de su capacidad de abstracción, también nueva y poderosa. Veamos como lo expresa Pedro Salinas:

Imaginemos a un niño chico, en un jardín. Hace poco que aprendió a andar: le llama la atención una rosa en lo alto de su tallo, llega delante de ella y, mirándola, dice: “¡Flor, flor!”. Nada más que eso. ¿A quién se lo dice? Pronuncia la palabra sin mirar a nadie, como si estuviera solo con la flor misma. Se lo dice a la rosa. Y a sí mismo. El modular esa sílaba es para él, para su ternura, gran hazaña ese vocablo, ese breve sonido, flor, es en realidad un acto de reconocimiento indicador de que el alma incipiente del infante ha aprendido a distinguir de entre las numerosas formas que el jardín le ofrece, una, la forma de la flor. Y desde entonces, cada vez que perciba la dalia o el clavel, la rosa misma, repetirá con aire triunfal su clave recién adquirida. Significa mucho: “Os conozco, sé que sois las flores”. El niño asienta su conocer en esa palabra.

Esa emoción y orgullo por el hecho de conocer a la flor, de decir su nombre, es el inicio de la lectura del mundo, y en consecuencia es preparación para el aprendizaje posterior de la lectura. La lectura permitirá, más adelante, otro asombroso y emocionante descubrimiento: la flor, aunque esté ausente, puede sin embargo evocarse y hacerse presente mentalmente, a través de la disposición de unos signos que los adultos llaman letras y que habitan en los libros. Las flores están en el jardín y también en los libros y, además, hay un decir flor que es genérico conceptual. Pancho y Lupe descubren pronto esa doble vida de las cosas. Se trata de un descubrimiento extraordinario: vale la pena el esfuerzo de descifrar esos signos, las letras, que parecen abrir la puerta del mundo visto por otras personas.
El niño acepta gustoso que precisa de instrucción para recibir, de modo significativo para él, esa herencia de los hombres. Una primera instrucción digamos que “natural” es la del mundo inmediato, al ámbito familiar, el microcosmos del territorio vecino. En ese ámbito se estrenan la palabra, el lenguaje y el pensamiento. Pancho y Lupe se van educando entre cosas y personas, y están abiertos a recibir esa formación entendida como “la apertura al punto de vista de los otros”, tal como Hegel deseaba que fuera toda formación. El microcosmos debe ampliarse y ahí entra la institución llamada escuela, que tiene algo más de dos siglos tal como ahora la conocemos. La familia queda pequeña y delega su responsabilidad a la escuela en la tarea de mantener y potenciar esa disponibilidad de la infancia para el conocimiento; el afán de saber, la preguntitis de la infancia es, si se ha matado antes, el motor del deseo de poner palabras nuevas a las cosas, reales o simbólicas, que entran en escena y piden su cabal reconocimiento. En esa tarea formativa lenguaje, lectura y libros van a tener un papel decisivo y delicado.
Un exceso de palabras puede ser tan nocivo como un defecto de las mismas. La infancia no existe: existen Lupe y Pancho con sus rasgos personales que los hacen distintos entre sí y, también, iguales. La escuela es el templo del lenguaje, el refugio de las letras y la casa de la palabra. El deseo de saber puede arder o apagarse… Se extingue si cree que la letra con sangre entra. La letra sólo entra con amor y letras. Pero este tema nos llevaría demasiado lejos del que aquí nos ocupa hoy.

EL OÍDO Y LA VISTA

Ahora me centraré en dos sentidos que son de suma importancia para nuestros objetivos, es decir para el dominio del lenguaje, la escritura y la lectura: el oído y la vista. Ambas vías, el oído y la vista, serán de suma importancia para la constitución de un buen lenguaje porque, como hemos visto, al lector se le hace nacer con cuidados y tiempo, mucho antes del encuentro cultural/escolar con las letras y con los libros.
El oído es vía privilegiada para entrenar al “nuevo” para ese encuentro. Las palabras del adulto son para él y en una primera etapa sonidos pre-semánticos, no importa qué significan cuanto el tono, el ritmo y la musicalidad que ellas llevan en su seno.
Las nanas para dormir a los bebés son de una cadencia determinada culturalmente pero muy similares; las exclamaciones de los adultos cuando el bebé hace algo “bien hecho”, refuerzan su respuesta con lo que es percibido como un sonido de alegre aprobación; lo mismo para una desaprobación verbal, etc. El oído es una excelente fuente de información. A menudo la prosodia, el cómo se pronuncia la palabra o la frase, es de mayor importancia que su estricta semántica; igualmente la expresión de la cara del hablante es de suma importancia para, a través de expresiones variadas, transmitir instrucciones y/o emociones precisas. Los niños gustan de que los mayores les lean cuentos adecuados a su nivel, con su puesta en escena “por la paráfrasis en grupo y por la mímesis de esos cuentos; también por la memorización de breves textos (fábulas, cancioncillas, etc.) que puedan aprender de oído… estos niños a su debido tiempo se interesarán por la lectura, la escritura y el aprendizaje del cálculo” .
El cuento que se lee a pie de cama, antes de que el “nuevo” duerma, es una situación emblemática para comprender el valor de las palabras y la importancia de un uso consciente del adulto. Un cuento puede llevar al ánimo de Lupe y Pancho el entusiasmo, la curiosidad, la alegría, la duda, el miedo…
Cuando nuestros amigos Lupe y Pancho oyen contar el cuento de Caperucita Roja por un adulto en el que con fían, saben que su presencia, su voz, es garantía de que ellos están a salvo de esa realidad verbal que oyen. Por eso la teatralización es tan importante como el texto en sí mismo; los niños aprenden rápido la secuencia del cuento (temporalidad) y desean oírlo repetido mil veces en la calidez de su cama (espacio) para así disfrutar de ese misterio que suena en la voz del padre/madre, un ser capaz de abrir un juguete extraño, mirar atentamente unos signos y… ¡ale-hop! contarnos de nuevo, igualito cada vez, esa historia que no vemos pero que es como si la viviéramos.
En ese “como si” radica una de las fuerzas de la lectura para no-lectores: ellos aprenden que del encuentro entre libro y lector surge ese poder mágico de narrar, de contar, de hacer “como si”… El “como si” es semejante a la anterior fórmula “vale que tú eras…”; la escenificación verbal que anuncia la suspensión del tiempo, la reconversión del espacio y la concentración en el puro presente; es decir las características del juego. Pero en este caso el juego es de una potencia casi milagrosa, no precisa de más juguete que la palabra y el libro. La vista es la vía de entrada de las imágenes que también “dicen” el cuento; el lobo feroz debe tener una representación terrible, a la altura del miedo del oyente. La coordinación texto/imagen centra la atención del niño que aprende así que las palabras también pueden ser temibles…
Parece interesante sin duda aprender a usar esos juguetes, pensarán Lupe y Pancho antes de apagar la luz y de asegurarse de que el lobo feroz no está bajo su cama, por si acaso.
El lenguaje y la risa (y quizá también el miedo) son privilegios del ser humano y suelen ir de la mano. Es conocido que Aristóteles definió al hombre como el único animal que tiene lenguaje, pero también añadió que es el único ser viviente que es capaz de reír. El lenguaje es, corno vimos, pensamiento distanciador puesto que es capaz de hacer que una flor ausente comparezca, esté presente mentalmente. La risa es fronteriza con lo lingüístico. La risa de un bebé nos conmueve. La adquisición del lenguaje verbal se facilita y se estimula en el grupo de iguales, en las primeras etapas de la escuela infantil; una buena socialidad hace posible que los niños aprendan a comunicar sus sentimientos a través de palabras, imágenes, juegos de títeres y otras estrategias. El grupo también enseña y los de mayor vocabulario servirán de ejemplo a los que aún no dominan la lengua materna. Los libros ilustrados, sin o con palabras, son una buena guía para un inicio lúdico-sensorial a la lectura, una manera de hacer que el libro entre en juego con su carga de simbolismo, de magia y de poder creador de narración.
Estamos faltos de grandes narraciones, afirmó Walter Benjamin, que ya en los años treinta veía en el exceso reinformación una expropiación de la narración y de la palabra.
La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo asumido por la difusión de la información. Cada mañana se nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables. Esto se debe a que ya no nos alcanza acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones. Con otras palabras: casi nada de lo que acontece beneficia a la narración, y casi todo a la información. Y es que la mitad del arte de narrar radica, precisamente, en referir una historia libre de explicaciones .
Llegamos al final del viaje de nuestros amigos Lupe y Pancho. Hemos visto algunas etapas del “aterrizaje” de esos “nuevos”, desde que son nombrados y acogidos por los humanos, desde su inicial desamparo biológico y cultural hasta ese ser que, con el llanto, la risa y el juego, se va adueñando de las palabras y sale, como Don Quijote, a conocer el mundo y a sus habitantes. Poco a poco el “nuevo” se distancia de su primitiva condición biológica, prelingüística, y se aproxima al territorio lingüístico de la cultura. La infancia es ese trayecto desde la periferia hasta el centro del ser humano, desde la condición de in-fans hasta la del animal capaz de lenguaje y de risa.
El bebé es el padre del lector niño y éste lo es del lector adulto. Esa continuidad puede ser intermitente y de intensidad desigual; pero el que vivió gozosamente todo aquello que libros y lecturas pueden darle, no abandonará su sombra protectora nunca. (Véanse al respecto las reflexiones y experiencias prácticas sobre la defensa de la lengua y la relación precoz niños-libros en la web francesa: www.sauv.net.)
Si todo ha ido bien, Pancho y Lupe están ante la puerta de un nuevo salto cualitativo que completará su dotación de seres humanos reflexivos: la escritura y la lectura. Se trata de un aprendizaje con una componente técnica y didáctica, que normalmente deberá hacerse en la escuela. Pero sin duda todo el aventurado viaje anterior de Pancho y Lupe ha supuesto una preparación minuciosa para la abstracción y la reflexión que les exigirá el aprendizaje de la lectura y la escritura. Han hecho ambos un proceso complejo de maduración biológica, cognitiva y afectiva. De modo que no podemos deslindar el aprendizaje de la lectura y la escritura de esa intra-historia personal, de Pancho y Lupe, y colectiva, de la infancia como condición.
Cuando un maestro enseña a leer a un niño está trabajando con un “nuevo” que no sabe que está al borde de una experiencia contradictoria. Porque aprender a leer y a escribir supone un enorme esfuerzo; y hay que mantener encendida esa llama de la curiosidad, del afán de saber y de ampliar el propio punto de vista con el de los demás. Y eso requiere tener el equipaje lleno de esas habilidades y adquisiciones aquí esbozadas en ese despacioso y extraordinario viaje desde la cuna hasta el pupitre o la sala de lectura. Un equipaje ligero con el que la vida nos parecerá más llevadera y hasta hermosa. Los libros nos hacen mejores también a nosotros. Por eso es obligación nuestra amueblar los escenarios de la infancia con ese juguete infinito que son los libros. Una buena educación no separa artificialmente el qué se lee del cómo se lee; así se alcanza una inteligencia formada y una conciencia de lector.
De este modo interpreta la psicoanalista Françoise Dolto el ciclo ideal, en cuanto a maduración psicosomática, en los 6/8 primeros años, etapa decisiva en la estructuración de la personalidad humana. O sea, así deberían ser nuestros amigos Lupe y Pancho, tal como ella los describe:

Si a los cinco años, estructurado el lenguaje y la educación, el niño ha devenido por completo autónomo y responsable de sí mismo para su cuidado, higiene, conducta, se mantendrá en su lugar y con confianza en sí mismo entre los de su misma edad. Si entre los cinco y los ocho años se le inicia en la ayuda mutua con los demás, en el conocimiento de las leyes morales fundamentales, de sus derechos y deberes, al mismo tiempo que se le respeta en las sucesivas etapas de su desarrollo, se hará, a la vez, tolerante hacia los demás y tolerado por ellos…

Y acaba así este cuento con final feliz…

Será entonces capaz de exteriorizar su inventiva, su originalidad, así como de numerosas actividades exitosas, utilitarias o lúdicas, y capaz de comunicar sus emociones, sus deseos, con un lenguaje personal elaborado, no sólo verbal sino también mímico, gestual, artístico y creativo, sin recurrir a la sola relación de sumisión o de agresividad.

Acabaré con esta sencilla verdad que escribió Pedro Salinas en su magnífico libro El defensor y que sigue hoy vigente:

No hay tratamiento más serio y radical que la restauración del aprendizaje del bien leer en la escuela. El cual se logra, no por medio de misteriosas y complicadas reglas técnicas, sino poniendo al escolar en contacto con los mejores profesores de literatura: los buenos libros. El maestro en esto de la lectura ha de ser fiel y convencido mediador entre el estudiante y el texto. Porque todo escrito lleva su secreto consigo, dentro de él, no fuera como algunos creen, y sólo se le encuentra adentrándose en él y no andando por las ramas.

Texturas nº3 – editorial

Si algo une de forma inexorable a autores y personajes de la literatura de todos los tiempos es su conflicto permanente con la vida. De ahí que, tanto en la ficción como en la realidad, abunde la ingesta de drogas para sobrellevar la existencia o bien acabar con ella, justificar los comportamientos o tal vez descubrir el bebedizo que consiga llevar a la excelencia a quien lo ingiera. Sin embargo, como en casi todas las relaciones a dos debe haber un tercer elemento, en este caso, el lector sin cuya adicción, obviamente, llegaríamos a lo que no sirve de nada.

¿Qué hubiera sido de la idea del amor sino llega a ser por la pócima que es utilizada como chivo expiatorio para que Tristan e Isolda den rienda suelta a su pasión imposible? Y ¿si no hubiera existido el bebidizo que ingirió la inocente adolescente y enamorada Julieta? ¿Cómo hubiéramos reconocido el demonio que llevamos dentro si Freud no hubiera utilizado los hipnóticos para viajar hasta sus/nuestros más bajos instintos? ¿Cómo hubiera acabado sus días nuestra querida Madame Bobary si no hubiera encontrado el remedio que le salvo de tanto desamor burgués, a pesar de los múltiples ungüentos que utilizó para embellecerse?¿Quién se haría entender al hablar de Mister Hyde, del doble, de aquel que se nos aparece en cuanto bajamos la guardia, sin que el Doctor Jeckill hubiera experimentado con distintas sustancias? ¿Cómo hubiéramos podido pasar Una temporada en infierno si Rimbaud no hubiera abusado intensamente de barbitúricos y alcohol? En definitiva, ¿hay algo más sugerente que aquello que puede salvarte pero también puede llevarte a la locura, como es el caso de Alonso Quijano quizá el máximo exponente de la adicción por la lectura llevada hasta el paroxismo?
En esta tercera entrega de Texturas las drogas sirven como metáfora de aquellos que están enganchados a la lectura, a los libros, a la creación literaria y sus aristas, a vivir, en fin, en otros mundos a través de las palabras. Así pues, los adictos sean cuales sean sus hábitos son instados a someterse a tratamiento. Ojalá les resulte eficaz y el remedio les sea propicio.

Texturas nº3 – sumario

_Editorial [VER]
_André Schiffrin: Agentes, editores y la dictadura de los «grandes títulos»
_Fabricio Caivano: Infancia, lenguaje y lectura [VER]
_Pedro A. Vives: Cultura por ahora
_Jordi Nadal: La edición como motor económico de las industrias culturales
_Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez: El nuevo paradigma del sector del libro
_Fermín Vargas: Reflexiones sobre el sector editorial español
_Catuxa Seoane: Del papel a la web: nuevas formas de lectura, escritura y acceso a la información
_Miguel San José Romano: ilustraciones
_Felipe Romero: Canon literario en la escuela
_Martí Soler: Lecturas y libros [VER]
_Neus Arqués: Leer para entender el mundo
_Xabier P. DoCampo: Estoy leyendo
_Luis María Eguiraun: Añoranza de un delincuente francés, una familia de derechas y un bedel de instituto
_Esteban Rottman: Soñar con subtítulos
_Villar Arellano: Vivo de ofrecer lecturas
_Joan Carles Girbés: La genética y el azar (Sobre las curvas de Sharon Stone)
_Armando Pinto: De Fitzgerald a Maxwell Perkins

Robo de libros: el crimen no compensa

por Fernando García Pañeda
Trama & TEXTURAS nº 2
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No creerá, joven, que la fortuna de Pepe De Ávila-Smith, más conocido como Pepe el Pastas y su imperio de librerías de momio fueron fruto de la meditación, de la libre empresa y de un sesudo estudio de mercado. Ni, menos aún, el desaforado amor por la lectura y la literatura. No. Verá , a veces, las causas originarias de grandes empresas humanas son tan insignificantes o, al menos, insospechadas, que se dirían concebidas por humoristas poco inspirados. Y es que, si las profundidades del alma humana son insondables, las del cerebro lo son aún más (de lo contrario, nadie volaría sobre el nido del cuco).
En concreto, el origen de la poderosa cadena Letras de almoneda no fue sino el resultado de un mal de amores. No, no sonría tan a la ligera. Ya sé que los jóvenes de hoy en día sonríen de continuo y sin motivo, pero conozco la historia de primera mano. Ya sabe, una fiesta nocturna, unas copas de más y la lengua se suelta…
Atienda y lo entenderá.

La vio junto al teatro, sentada en uno de los bancos más cercanos a la entrada. Preciosa , como siempre, con sus gafitas, su jersey sobretallado y su coleta diáfana y no muy larga. Absorta en la lectura de uno de esos mamotretos que nunca se despegaban de sus manos. Como se acercara la hora de inicio del espectáculo, cerró el libro y entró al corral. Portaba el libro ostentosamente; tan ostentosamente que, a pesar de lo rebuscado, Brooklyn Follies, de Paul Auster, pudo memorizar título y autor.
El deus ex machina de la historia fue ese amigo al que esperaba; ese amigo tan torpe que al sacar las entradas en el cajero automático había pulsado la casilla de Tío Vania, de un tal Chejov, o la madre que lo parió, en lugar de la del concierto de Luis Miguel, sin percatarse del error durante la reserva de asientos. Por esa azarosa torpeza, y no por amor a los clásicos rusos, se hallaba en tal tesitura.
Llegaron al patio de butacas al tiempo que se apagaban las luces. El telón abierto le deparó una formidable sorpresa que no consistía en el acierto en el decorado, ni el buen arranque de los actores, sino la coleta y las patillas de las gafas sentadas delante de él.
Tuvo toda la primera parte de la obra para preparar la estrategia, que empezó en el descanso con un «¿así que todavía no has leído el Brooklyn de Auster?», dicho así, como familiarizado absolutamente con el libro. «Pues no sabes lo que te estás perdiendo», remachó ante un amigo que le miraba con expresión de calamar neurótico; y concluyó al final del espectáculo con los «¡bravo, bravo!» más estentóreos de la sala. El éxito se tradujo en un inicio de conversación promovido por ella («ha sido… catártico, ¿verdad?) y una cita para el siguiente sábado.
Pepe tenía que prepararse bien. Se informó a través del Google sobre algunos de esos pájaros escritores, de quienes se podía hablar sin decir nada. Incluso ideó la guinda: le regalaría el último libro publicado por Auster, que recién salía de la imprenta. Lástima que hubiera una pega: a últimos de mes, estaba sin blanca; la asignación de papá siempre se iba en cubatas, ropa y apuestas mutuas poco después de la primera quincena de cada mes. Le podría sacar algún billete de a veinte a su mami para pasar el resto del sábado, pero lo justo; y eso contando con el adagio marxista de «¡Caramba!, la cuenta de la cena es carísima. ¡Es un escándalo!… Yo que tú no la pagaría», marcando un bello rasgo de posmodernidad antidiscriminatoria. En resumen: si quería fascinar a su dama, tendría que apañárselas sin dinero.
Ni corto ni perezoso, se dirigió a la librería más prestigiosa de la ciudad. Pequeña , amena y repleta de gente con ese vicio tan absurdo de leer. Como el gerente tuviera fama de ser algo simple, por eso de estar todo el día leyendo, lo intentó a la vieja usanza. Tomó el ejemplar de Viajes por el Scriptorium y se dirigió al mostrador.
-¡Hombre, hombre! Mira quién está aquí. ¡Mi querido y viejo amigo! Vaya, vaya… ¿Y este negocio tan boyante es tuyo? ¡Bien, bien! ¿Y cómo están los demás?
-¿Qué? ¿Quién?
-Pues hombre, los viejos colegas, mi querido amigo.
-Ah, los colegas.
-Claro, los viejos colegas. Qué buenos tiempos aquéllos, ¿eh?
-¿Cuáles tiempos?
-Pues hombre, aquellos en que todos éramos uña y carne. Ibamos a toda partes juntos y todo eso.
-Ah, aquéllos.
-Sí. Qué cosa más extraordinaria encontrarnos así, ¿verdad? Bien. El caso es que he visto este ejemplar y quería llevármelo…
-Te lo recomiendo absolutamente.
-… pero al cambiar de chaqueta esta mañana me he dejado la cartera en la otra, en casa.
-Esas cosas pasan. Y son muy molestas, desde luego.
-Pero se me ha ocurrido que podría llevármelo ahora, acercarme a casa de un voleo y volver con la cartera llena antes de que cerréis. ¿No te parece? No ya por los buenos tiempos, sino…
-Adiós, viejo amigo.
-¿Cómo?
-He dicho adiós. Vete, amigo mío. Largo de aquí. Vete.
-Pero…
-Y saluda a los viejos colegas de mi parte.
El librero sería simple, pero no tanto como muchos de sus amigos.
El caso es que el día de la ansiada cita llegó, y la posibilidad de conseguir un regalo épatant se había evaporado. Pero nuestro hombre no es de los que se entregan fácilmente, y actuó a la desesperada. Horas antes de la cita entró en la sección de libros de El Corte Inglés; buscó los Viajes (como diría él), pero, zancadillas del destino, se había agotado. Huroneó por las estanterías sin poder decidirse entre los títulos anteriores del neoyorquino o los de otro autor. ¿Pero cuál? Sabía de libros lo mismo que un siberiano de bikinis.
La lipotimia sufrida por una señora, a cuyo reme dio se entregaron tanto el personal de la tienda como el guardia de seguridad, actuó de catalizador. Tomó un ejemplar de una de las montañas de promoción cercanas a la salida y batió (sin convalidación) el récord de los cuatrocientos lisos en salida de grandes almacenes bajo el incordiante sonido de la alarma.
Lo había conseguido. Lástima que no tuviera mucho tiempo para contrastar el objeto del botín y su autor; pero el título le sonaba mucho y parecía muy d’avant-garde. La belleza del fin justificaba tan indigno medio. Valía la pena arriesgarse. Pronto tuvo motivos para cambiar de opinión.
No existe una palabra con suficiente contenido para expresar cómo le puso -y se puso- la inveterada Cleopatra cuando su pretendiente le ofreció, muy serio y determinado, un volumen de La fortaleza digital, de Dan Brown. Ese momento fue el alfa y omega de uno de esos grandes amores que se presentan sólo una vez en la vida.

Pero la firmeza ante la adversidad tiene su premio. Al día siguiente intentó revender esa su causa de desdicha en un mercadillo para, al menos, sacar un cubata en claro de tantos afanes. Y se llevó una nueva sorpresa: se lo quitaron de las manos. Además, supo por boca de su cliente que eso era algo normal; existía un mercado paralelo de libros para románticas y excéntricos al margen de las librerías (las cuales, paradójicamente, eran las forzadas suministradoras de la materia prima). Fue entonces cuando despertó en su interior el emprendedor que llevaba tres decenios en coma inducido.
Pateó todas las librerías de la ciudad. Las clasificó. Catalogó a sus dueños y empleados. Para el trabajo de acción buscó y encontró acólitos jóvenes de ambos sexos dispuestos a correr algún riesgo a cambio de algún billete por reme sa. También se hizo con los servicios de dos instruidos lectores que se encargarían de tomar nota de pedidos y asesorar a los anteriores. Y con sobornos generosos se agenció, de entrada, un par de buenos puestos en sendos mercadillos dominicales; y, más tarde, cuando amplió mercado con un local fijo entre las protestas del gremio tradicional, el amparo de los sicarios de la disciplina urbanística. A partir de ahí todo marchó cuesta abajo.
Sus planes de acción iniciales se centraron en dos vías: una, la experimentada por él mismo, es decir, el toma-el-libro-y-corre, que utilizaban en librerías pequeñas; y otra, más sofisticada, en la que los saqueadores acudían a establecimientos grandes y supermercados con forros especiales de papel de aluminio bajo abrigos y chaquetas, en los que insertaban tapas duras, rústicas, bolsillo, desplegables infantiles y lo que fuere menester, para no ser detectados por los sensores a la salida. La sofisticación llegó al punto de utilizar un desactivador de sensores, pero como fallaba en un porcentaje nada desdeñable se abandonó.
Los golpes más espectaculares, sin embargo, vinieron, ley de vida, de parte de las féminas que Pepe incluyó en nómina. Cuando el dependiente o patrón eran del tipo verriondo, una de ellas se le acercaba, armada con escote impetuoso y minifalda voraz, para admirar los vastos conocimientos literarios y bibliográficos de la víctima, mientras uno o dos cofrades atiborraban bolsas con las obras completas de Freud o varias docenas de Códigos Da Vinci. A veces, la devastación era completa cuando una cuadrilla de chicas bien y suficientemente vestidas mariposeaba por el establecimiento curioseando, preguntando e incluso alborotando, mientras otras, más recatadas y de aspecto más intelectualizado daban cuenta de todo Bukowski y parte de McEwan. Quizá por eso se comprende que los establecimientos regidos o atendidos total o mayoritariamente por mujeres eran los menos afectados por el holding del Pastas .
Ni siquiera las bibliotecas, públicas o privadas, escaparon a su vis atractiva: intachables bibliotecarios pusieron en sus manos centenares de clásicos y bestsellers codiciados por lectores de toda índole, recibiendo a cambio la correspondiente gratificación.

Por tanto, no crea que el día de mañana los nietos se arremolinarán en torno a las rodillas de sus abuelas rogándolas: «abuelita, abuelita, cuéntanos otra vez cómo el gran Pepe Smith acercó al Pueblo el imperio de las letras y conquistó el reino de los libros usados pero nuevos».
La realidad siempre es más dura, pero no necesariamente más inexcusable.