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La edición. Los desafíos de 2011

LA EDICIÓN
Los desafíos de 2011[ Informe de KPMG, París, diciembre de 2010 ]

Maisons d’édition:
les défil à relever pour 2011

La révolution numérique est en marche, les éditeurs se mobilisent, les libraires s’organisent, les lecteurs stimulent le mouvement. En première ligne et face aux géants américains de l’informatique et de la toile, les éditeurs français écrivent les nouvelles pages de cette histoire.

Dans l’effervescence d’une actualité riche en événements, ils ont oeuvré ensemble pour préserver les acteurs de la chaîne du livre et posé les jalons afin de bien prendre le virage du numérique. En parallèle, la multiplication et le perfectionnement des tablettes de lecture ont avivé la curiosité des lecteurs, voire créé des attentes auprès d’un nouveau public.

Devant ce puzzle qui s’assemble, nous avons voulu vous fournir un éclairage sur les actions concrètes que vous, acteurs de l’édition, devriez mener pour relever le défi du numérique. Dès à présent, il vous incombe de vous structurer en interne, de vous entourer des meilleurs partenaires, de faire les bons choix d’investissements, de tester de nouveaux modèles…

Comme chaque année, nous avons compilé les comptes de nombreuses maisons d’édition pour vous présenter des indicateurs financiers qui vous permettront de comparer vos tendances à celles du marché et de vous préparer à l’impact des nouveaux modèles économiques sur vos données financières.

KPMG marque ainsi sa volonté de vous aider dans vos réflexions stratégiques et de vous accompagner dans leur mise en oeuvre.

Nous vous souhaitons une bonne lecture et vous remercions pour votre fidélité.

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La conservación de los contenidos: una cuestión delicada

publicado en: [ el ojo fisgón ]
En el artículo “El panorama de la información” incluido en el volumen Las razones del libro que Trama editorial publicó en septiembre de 2010 el historiador estadounidense Robert Darnton aborda un tema crítico e inquietante del que se habla poco en la discusión en torno a la inminente emergencia de lo digital: el problema de la conservación de los contenidos.En tres de los ocho puntos a través de los cuales explica por qué la digitalización no hará que las bibliotecas de investigación se vuelvan obsoletas Darnton expresa las inquietudes que le suscita este problema*:

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La mirada del editor en el nuevo siglo. Manuel Rico

La mirada del editor en el nuevo siglo. Manuel Rico

Por Manuel Rico.

No son pocos los foros en los que, de vez en cuando, se escucha la voz del editor. Pero suelen ser o bien foros profesionales, de gremio, o bien foros literarios en los que el editor aparece como una “rara avis” que ha de pronunciarse sobre las posibilidades de edición, sobre su experiencia editora en relación con el género que trata el foro, o como complemento de los debates y conferencias. Son, ciertamente, muchas las jornadas o cursos donde el editor aparece entre poetas o junto a críticos o narradores para expresar su opinión acerca del estado de la edición o sobre el proceso en virtud del cual un manuscrito recibido acaba en librerías. He compartido mesa y mantel con algunos de ellos en encuentros sobre poesía contemporánea, en algún curso de verano sobre narrativa, en debates sobre el peso de la literatura en el cambio de siglo.
Sin embargo, siempre he echado de menos una iniciativa que situara al editor en el centro del debate y que fuera más allá de ese tipo de jornadas y que se proyectara, de una manera regular, hacia la sociedad. Sobre todo, porque el editor, a lo largo de la historia y, de manera muy especial, durante el siglo XX  (y en la década del siglo XXI que acabamos de cerrar) ha sido el elemento imprescindible para que el acto de lectura fuera una realidad. Incluso para enriquecerlo, para incorporar factores sensoriales —el diseño del libro, la caja del texto, la portada, el tamaño, el tipo de letra— al proceso lector, para aportar gozo, para acercar al lector al libro.

El futuro de los libros electrónicos

PASANDO PÁGINA
El futuro de los libros electrónicos

Turning the Page
The Future of the eBooks

Publishers, Internet bookstores, and companies that manufacture eReaders have high expectations for the digital future of the book industry. A new generation of eReaders may, at last, achieve the long-awaited breakthrough that lures consumers away from paper and ink. In the United States, Amazon has revolutionized the market by producing an eReader that is easy to use and making it easy for customers to purchase a wide variety of books at competitive prices. While some people herald the advent of digital reader technology as an opportunity to open new target markets and create customers, others mourn the end of traditional books and doubt the industry will be able to retain control over pricing and content.

How Google Can Save America’s Books

por Robert Darnton
en The New York Review of Books
Google represents the ultimate in business plans. By controlling access to information, it has made billions, which it is now investing in the control of the information itself. What began as Google Book Search is therefore becoming the largest library and book business in the world. Like all commercial enterprises, Google’s primary responsibility is to make money for its shareholders. Libraries exist to get books to readers—books and other forms of knowledge and entertainment, provided for free. The fundamental incompatibility of purpose between libraries and Google Book Search could be mitigated if Google were willing to contribute some of its data and expertise to the creation of a Digital Public Library of America (DPLA).

De qué hablamos cuando hablamos de edición

En 1992, Marco Cassini (nacido en 1970) y Daniele di Gennaro, veinteañeros con ganas, fundan minimum fax, una primera revista literaria que se enviaba por fax y que levnató cierto revuelo en Italia. Dos años más tarde, minimum fax pasa a convertirse en una editorial. Como el mismo Cassini admite en su libro.
Imaginaba largas jornadas leyendo manuscritos que iban a cambiar la historia de la literatura, conversaciones en figones llenos de humo con escritores legendarios, (…) repetir fácilmente la experiencia del New Yorker de William Shawn, de la Shakespeare & Co. de Sylvia Beach, del Grupo Bloomsbury de Virginia Woolf o de la Einaudi del trío Vittorini-Calvino-Pavese.

Esto, como se verá, no es así. Cuando Marco Cassini escribe Erratas, minimum fax ya publica varias decenas de libros de ficción y no ficción al año: su autor estrella es Raymond Carver; y tiene un catálogo que reúne a Foster Wallace con Bukowski; Lennon con las entrevistas de The Paris Review, los ensayos de Auster con la teoría cinematográfica de Lars von Triers o Ginsberg con un bestseller sobre cómo la Iglesia Católica inventó el marketing titulado Jesús lava más blanco. Tanta actividad le acaba ocasionando lo que él denomina el “síndrome de la Cenicienta”, que se manifiesta invariablemente a medianoche y que lleva acompañada una multitud de granitos “rojos y pruriginosos” que se le extienden por todo el cuerpo y que cuatro especialistas diagnostican como estrés.
De modo que en vez de conversaciones legendarias, su oficio le ofrece estrés. ¿Y de qué le viene tanto estrés? De no poder parar quieto ni un instante, dice Cassini, que se muestra sincero al respecto como sólo alguien con la vocación de un atracador de bancos o un jesuita puede sincerarse: “cuando se es editor uno no deja de serlo nunca, ni un solo instante”. Tan sincero es que huye del peor mal que aqueja a muchos de los libros de grandes editores, desde Maschler hasta Herralde: la tentación de confundir unas memorias con un enorme ejercicio de name-dropping y contarlo todo como si se fuera James Cameron filmando Titanic. Quien se acerque a Erratas encontrará en cambio el tono mucho más cercano de un Jim Jarmush: Cassini no nos muestra veladas más memorables que las que otorga el recibir en el último día laborable del año un fax de la viuda de Carver que les cede los derechos de la obra de su marido citando a Bob Dylan. El resto, las grandes fiestas, los viajes exóticos y las recepciones en Estocolmo brillan por su ausencia. (Vale, duerme una semana en el suelo de la casa de Ferlinghetti y rechaza un ácido que le ofrece Ginsberg, pero es todo.)
Y ¿qué nos da a cambio? Un curso, franco y recatado, que el mismo Cassini podría haber presentado en cualquier master de edición con el título carveriano de “De qué hablamos cuando hablamos de edición”. En efecto, el editor Cassini confiesa que hay centenares de libros que no acaba y que debe disculparse cada vez que convoca reuniones por muy necesarias que sean, cita a Diana Athill y no teme mostrarse como Robert Mitchum en La noche del cazador –“negocio” tatuado en los nudillos de la zurda; “arte” en los de la diestra— y dedica un capítulo a qué significan términos como validez cultural y validez económica en el día a día de un editor; nos explica qué es un plan editorial, un catálogo editorial o qué se entiende por “política de autores”. E incluso añade una bibliografía titulada inequívocamente “Guía para reconocer a tus santos” que no es sino el temario de ese curso, y que también es impecable. Todo ello, se diría, with the minimum fuss, con el menor escándalo, casi de puntillas. El resultado es un libro que se lee con gusto, del que se sacan ideas, con el que es casi imposible estar en desacuerdo y que no precisa llegar a las cien páginas ni acumular un par de cuadernillos de fotos para demostrar que sabe quién es. De lectura obligatoria.
Letra Internacional

¿A quién se debe satisfacer con los oficios de la edición?

publicado en: [ el ojo fisgón ]
En Stet [vale lo tachado] la editora británica Diana Athill comenta una anécdota que marcó su experiencia como editora de mesa. Según cuenta Athill, alguien que no sabía escribir y que parecía conocerlo todo sobre el descubrimiento de Tahití presentó a la editorial Allan Wingate un libro escrito tosca y laboriosamente ‘que de una vez por todas me enseñó la naturaleza de mi oficio’. En vista de que la persona a quien la editorial había contratado para editar el libro no hizo su trabajo ni siquiera a medias, Athill debió ocuparse de la edición del texto para que éste pudiera ser publicado.

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Las ocho lecciones de Maschler

publicado en: Sobre Edición

El relato de la vida de los editores se ha convertido con el tiempo en una suerte de género literario emparentado con el de la hagiografía. De la misma manera que se estudia la vida de los santos para aprender por vía de la imitación la manera apropiada de honrar a Dios, leer la vida de los editores también brinda la oportunidad de entender gracias al estudio de casos las destrezas necesarias, los criterios válidos y hasta el carácter que se debe tener si se quiere desempeñar la profesión con éxito. Así, curiosamente, el santo y el editor quedan hermanados.

Aunque hay algunas por las que se sigue esperando, desde hace tiempo se vienen publicando biografías de editores. Gastón Gallimard. Medio siglo de edición en Francia, donde Pierre Assoulin habla del hombre que creó uno de los sellos literarios más prestigiosos de la industria, Senior Service, en la que Carlo Feltrinelli cuenta la fascinante vida de editor y de activista político de su padre, y El autor y su editor, en la que Siegfried Unseld habla de su relación con Bertolt Brecht, Hermann Hesse o Rainer Maria Rilke, son solo algunas de las que han llegado a convertirse en clásicos del género.
Y si aceptamos que la biografía de editor es un género, entonces podremos aceptar que su discurso esté plagado de figuras retóricas que tienden a destacar los éxitos por encima de los fracasos. Pero esto no es un defecto, es solo un recurso como se puede apreciar en Editor, la autobiografía del legendario Tom Maschler.
Aunque en muchas oportunidades su relato crea la falsa impresión de que en su vida profesional todo conspiró a favor de su éxito, se puede encontrar entre las anécdotas que ensalzan el genio de Maschler valiosas lecciones acerca de lo que significa ser un profesional de la edición de libros.
Lección 1. Debes sentir un entusiasmo a prueba de todo.
Tom Maschler nunca había publicado un libro para niños, pero el entusiasmo que sintió al conocer el trabajo del artista John Burningham lo hizo esforzarse hasta lograr vender los derechos de Borka, la primera obra del artista, a ocho editores en igual número de países y así convencer a sus jefes en la editorial Jonathan Cape de publicar el libro.
Borka. Las aventuras de un ganso sin plumas ganaría en 1963 la medalla Kate Greenaway, entregada por la Library Association al mejor libro ilustrado del año. También sería el primero de muchos libros de quien sería considerado como un artista de enorme talento en Gran Bretaña.
Lección 2. No importa el tipo de libro que publiques, te debe llenar de satisfacción.
Tras el éxito de Borka, Maschler, editor de libros para adultos, decidió continuar publicando libros para niños a pesar del riesgo comercial que estos implicaban. Y todo por la sencilla razón de que estos libros lo llenaban de una gran satisfacción.
Lección 3. Debes trabajar con colaboradores que amen su trabajo.
Según Maschler si al momento de evaluar el trabajo de un ilustrador éste afirmaba, refiriéndose a su trabajo, “también los puedo hacer con otro estilo”, esto probaba que no debía trabajar con ese colaborador.
Lección 4. Sé osado.
Cuando Tom Maschler conoció a la artista Nicola Bayley y su obra se convenció de que debía publicarla. Bayley era una completa desconocida pero su primer libro se llamó El libro de rimas infantiles de Nicola Bayley, llegando a tener un gran éxito.
Lección 5. La idea para un libro no siempre la encontrarás en el lugar más obvio.
Hay lugares idóneos para buscar autores y colaboradores, pero no siempre son los mejores para encontrar al autor de un buen libro. Fred fue el primer libro para niños publicado por Posy Simmonds quien era conocida hasta el momento como caricaturista de The Guardian.
Lección 6. Debes publicar libros que supongan una aportación única a nuestra cultura.
En las décadas de los setenta y ochenta Tom Maschler publicaría tres libros para niños que no solo alcanzarían ventas fabulosas sino que se convertirían en grandes sucesos en Gran Bretaña.
El primero de ellos sería The Butterfly Ball and The Grasshopper’s Feast (1973), producto de la colaboración entre el artista Alan Aldridge y el escritor William Plomer. Este libro sería considerado “piedra angular de una revolución gráfica”, ganaría el premio Whitebread al mejor libro para niños de 1973 y vendería unos trescientos mil ejemplares.
Seis años después, en 1979, aparecería Masquerade un libro que sorprendió a todos en Gran Bretaña. Ideado por el artista Kit Williams, las ilustraciones de Masquerade encerraban pistas que conducían a un tesoro enterrado en alguna parte de Inglaterra. Del libro se vendieron seiscientos mil ejemplares en Gran Bretaña y gracias al furor que causó entre los lectores que salieron a cazar el tesoro se consideró que se había tratado de la mejor campaña de mercadeo de todos los tiempos. Algunos también consideran que Masquerade fue el punto de partida para un nuevo tipo de libro, el libro de “la búsqueda del tesoro”.
Luego, en 1982 Maschler publicaría el libro animado (pop-up) El cuerpo humano, creación del diseñador David Pelham en colaboración con el doctor Jonathan Millar. Esta obra representó un gran reto técnico pues se trataba de “un libro animado con seis puntos de despliegue, para mostrar en tres dimensiones y con partes móviles el funcionamiento del cuerpo humano”. El libro, que fue impreso por Carvajal en Colombia, vendió trescientos mil ejemplares en Gran Bretaña y más de un millón en el resto del mundo, y fue traducido a veinte idiomas. Hasta el presidente de Colombia, según Maschler, le escribió una carta agradeciéndole lo que había hecho por la economía del país cuando decidió imprimir el libro con Carvajal.
Lección 7. No debes traicionar tus principios.
Durante un tiempo Maschler publicó las novelas de Jeffrey Archer. Si bien las novelas tuvieron cada vez mayor éxito comercial, su calidad literaria no fue en aumento. Así llegó el día en que la agente literaria del autor presentó Kane y Abel, la última novela escrita por su representado. A pesar de que Maschler sabía que sería un gran éxito de venta, por lo que había accedido a pagar cincuenta mil libras de adelanto, terminó desestimando su publicación. Y todo porque el autor quiso saber si de verdad el editor admiraba la obra, a lo que éste respondió: “no esperes que me traicione a mí mismo, para que yo admirara la obra tendría que ser literatura de calidad”. Ninguna obra de Archer volvió a ser publicada bajo el sello Jonathan Cape.
Lección 8. Sin importar qué tipo de libro publiques debes hacerlo con calidad.
Tras ser conocido como editor literario y haber tenido un gran éxito publicando libros para niños, Tom Maschler también se aventuró a publicar libros de cocina. Aunque fiel a su estilo, el editor británico publicaría una edición facsimilar de Mrs Beeton’s Book of Household Management, “el libro de cocina inglés más famoso de la historia”.
Con sus mil páginas, este libro victoriano vendería trescientos mil ejemplares en Gran Bretaña e incluso se convertiría en un éxito de ventas en Estados Unidos bajo el sello Farrar Straus.
publicado en Sobre Edición

Memoria viva

por Félix Romeo
ABC – Cultural
31 de julio de 2010
Aunque Natalia Ginzburg dejó aquí y allá (en Léxico familiar, en Las pequeñas virtudes y en otros textos) sus recuerdos como trabajadora de Einaudi en el momento más brillante de la editorial turinesa, no lo hizo de forma sistemática. Y es una pena.
Consciente de la escasez de memorias de editoras, Diana Athill señala en el prólogo de Stet que el de su obra no reside en el mérito literario, sino en el rescate de una parte poco conocida de su vida. Athill es consciente del valor de sus páginas, en especial de las que se refieren a los últimos años de Jean Rhys, la gran estrella del libro, pero no es menos cierto que muchos de los autores de quienes habla han desaparecido sin dejar el menor rastro. Y si me refiero sólo a los autores, y no a los avatares mercantiles de su desempeño editorial, es porque Athill se reconoce incapacitada para los números y, muchos menos, para recordarlos.

Diana Athill trabajó siempre para el mismo editor, André Deutsch, un hombre hecho a sí mismo que casi nunca dejaba sueltas las riendas de su negocio, que tras la Segunda Guerra Mundial hizo crecer hasta su consolidación… y que, tiempo después, permitió qe fuera engullido por otra editorial cuando se le acabaron las ganas de publicar. Por el camino, quedaba una historia de éxitos (como Tiburón, de Peter Benchley; como el descubrimiento de V.S. Naipaul o como el redescubrimiento de Jean Rhys), de fiascos, de medianías, de ilumincaciones que no funcionaban (como las traducciones de Mercè Rodoreda) y de sorpresas (como la colaboración con las editoriales universitarias africanas).
Mirada global
Andrè Deutsch Ltd. Era una editorial generalista –lo mismo publicaba tratados filosóficos, ensayos sobre extraterrestres o manuales de cocina y literatura-, pero Diana Athill, aunque no para de hablar de todo el entramado de la editorial, prefiere los asuntos literarios. La primera parte de Stet, y la más larga, es una mirada global sobre su trabajo, que sirve para entender la segunda y mejor, en la que retrata a los autores con los que trabajó de una forma más íntima. Con la intimidad que cabe en una editora que, según afirma, siempre separó su trabajo de su vida.
Hay tres tratados especialmente buenos. El de Jean Rhys es conmovedor. Diana Athill muestra a la escritora caribeña como una mujer frágil, que nunca creció del todo y que era incapaz de valorar la ayuda que recibía, y sin la que difícilmente habría podido vivir y escribir. Su relación con Sonia Orwell, la viuda de George, que la agasajó durante años –hasta que su economía le impidió hacerlo-, recibía con mayor intensidad los palos de Jean Rhys. Sin embargo, Athill nos hace comprender los motivos de la fragilidad afilada de Jean Rhys: matrimonios rotos, vida infernal, abandono de la escritura… Aunque es posible que la mirada benévola de Diana Athill esté teñida por la culpa (relacionada con un ridículo anticipo editorial), lo cierto es que resulta casi imposible, leyendo sus penurias, no sentir el desamparo de esa muñeca rota y, al mismo tiempo, su potencia literaria: «No era capaz de verse a sí misma cuando se ponía a trabajar. En sus ojos entonces asomaba un ser íntegro, intrépido, sin asomo de compasión de sí mismo, sabedor con toda exactitud de lo que deseaba hacer y de cómo hacerlo».
Mucho más contundente se muestra Diana Athill con V. S. Naipaul, uno de los autores más fieles a Andrè Deutsch Ltd, y uno de los más ásperos. Quien haya leído La sombra de Naipaul, relato de amistad traicionada que escribió Paul Theroux, volverá a revivir la tensa frialdad, y el rencor, del Premio Nobel caribeño, a los que Diana Athill suma un machismo aterrador, que le lleva a esconder a su mujer por miedo a la vergüenza: «A Vidia no le gusta ir a la fiestas porque soy muy aburrida». Es muy fácil sentir el alivio de Diana Athill cuando V. S. Naipaul abandonó la editorial y dejó de frecuentarlo.
Dandi con peluca
Jean Rhys y V. S. Naipaul son escritores muy traducidos y bastante conocidos, pero el estadounidense Alfred Chester (1928-1971) era para mí un extravagante simpático de la vanguardia al que nunca había leído y cuyo retrato, muy emocionante dentro de su patetismo, me ha hecho encargar sus libros, que ahora, tras años de olvido, publica una editorial que fue de referencia en la escena indie, Black Sparrow. Niño marginado por las secuelas de una enfermedad, judío, homosexual, dandi con peluca, experimental…, padeció en sus años finales una locura que le llevó a intentar asesinar a su madre. Más allá de su pintoresquismo y de sus grandes cualidades, que derrochó hasta que la enfermedad lo permitió, Diana Athill defiende al Alfred Chester escritor, que le proporcionó una de sus mayores emociones literarias.
Diana Athill dice que su libro es casi exclusivamente un repaso a su trabajo, pero su mirada sobre los escritores con los que trató es maravillosamente humana, sin asepsia, apasionada: «La vida es algo que vale la pena vivir»… aunque la idiotez y la crueldad nos acechen por todas partes.

La formidable Diana Athill

por Sergio Vila-Sanjuán
Culturas / La Vanguardia
miércoles 21 de julio de 2010
Diana Athill es una señora formidable. Defensora de las virtudes del envejecimiento (“El día en que cumplí 82 años fue el mejor de mi vida”, título uno de sus artículos) constituye un caso de estudio sobre cómo afrontar lo que la socióloga Sara Lawrence-Lightfoot ha llamado “el tercer capítulo” de una vida. Jubilada como editora a los setenta y cinco años, emprendió una nueva carrera como escritora. El año pasado, cumplidos los noventa, obtuvo un amplio reconocimiento con su libro autobiográfico Somewhere towards the end, premio Costa de biografía, donde relata su larga y agitada vida sentimental que incluyó un prolongado mènage a trois bajo el mismo techo con el autor jamaicano Barry Reckord y su novia. Ahora aparece en España un libro anterior, en el que rememora su paso por el mundo del libro: Stet (vale lo tachado), que publica Trama editorial en traducción de Miguel Martínez Lage.
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Athill fue reclutada como ayudante por el editor André Deutsch tras una breve affaire que daría paso a una relación semifraternal. En el Londres de los años 40, emigrados centroeuropeos como Deutsch o George Weidenfield creaban casas editorial que sentarían el tono del libro británico de postguerra. Athill, una buena lectora que odiaba la gestión, se mantuvo como editor sin llegar del todo a ser publisher. Mantuvo sin embargo una relación muy directa con varios autores de la casa, a los que dedica sendos retratos en los que muestra su doble atracción por el mundo caribeño y por las figuras a la deriva. Así desfilan Jean Rhys, autora de Ancho mar de los Sargazos, dubitativa y alcoholizada; el siempre complicado V.S. Naipaul o del hoy olvidado Alfred Chester, personaje capotiano abocado a un final desgraciadísimo. Diana Athill, que se ocupó de la edición británica del Bearn de Vilallonga y de La plaça del diamant de Mercè Rodoreda, hace agudas observaciones sobre su trabajo, de las que destacaré dos:
“Los libros que de veras vale la pena leer no surgen de que alguien diga ‘qué buena idea’. Surgen de que alguien sepa mucho de un determinado asunto y de que tenga además sentimientos fuertes sobre ese asunto. Y eso no significa que un plumilla no sea capaz de redactar un libro aceptable por encargo de un editor; tan sólo significa que cuando lo hace suele terminar en las estanterías de las devoluciones al doble de velocidad de lo habitual”.
“Cualquier editor sabe que no forzosamente logra uno ser un éxito de ventas escribiendo bien. Como es lógico, tampoco es necesario escribir mal para lograrlo. La calidad de la escritura e incluso la calidad del pensamiento es irrelevante. Es cuestión de tocar o no la fibra del público lector en su máxima amplitud”.
Stet aparece en la colección Tipos Móviles, que ha publicado anteriormente libros sobre Giulio Einaudi y Jerôme Lindon y escritos autobiográficos de Tom Maschler y Hubert Nyssen, entre otros, lo que la está convirtiendo en máxima referencia española para la memoria de la edición internacional.