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Juan Triviño. Un estado de ánimo

Juan Triviño. Un estado de ánimo


Me llamo… Juan Triviño Guirado
Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como…  Mis amigos de toda la vida me llaman Juantri, una unión entre nombre y apellido que me puso un chaval cuando dirigía campamentos de adolescentes y jóvenes.
Otra variante de mi apellido, “Trivi”, es como me llamaban en el equipo de Rugby  y baloncesto en los que jugué en la universidad.
En el sector del libro no llevo tantos años (10) como para tener un alias, apodo o mote, y si lo tengo no han tenido a bien comunicarme cuál es.
Me gusta leer porque………..  
Me hace sentir bien. La verdad es que al acercarme a un libro soy capaz de abstraerme hasta tal punto que me transporto al universo que el autor-ra ha creado. Recuerdo que el primer libro que me regaló mi padre fue Tom Sawyer, de Marc Twain. En ese momento descubrí el placer de la lectura. Después llegaron las Aventuras de los Cinco y Los Gemelos Bobbsey, para finalmente descubrir que en una estantería del comedor estaba toda la colección de Emilio Salgari, que leí en varias ocasiones.
Después, descubrí la colección de libros de mi padre sobre la Segunda Guerra Mundial, novelas, ensayos, García Márquez, Truman Capote, Doyle, George Orwell, Humberto Eco etc. Ahora esa colección está en mi despacho.
Cuando tenía doce años quería ser…
Jugador de la NBA. Llevo jugando al baloncesto desde niño, y por estas cosas de la vida, crecí todo lo que tenía que crecer antes de los trece años. Mido 1,87cm. Así que empecé con el baloncesto y todavía sigo jugando a mis 39. Mi hermano y yo nos levantábamos los viernes de madrugada cuando los partidos de la NBA eran en abierto y a las tantas. Después regresábamos a la cama a dormir hasta la hora del partido que nos tocaba jugar a nosotros.
Hoy soy…
Fundamentalmente padre y esposo. Es lo mejor que me ha pasado en la vida. Conocer a una mujer maravillosa y tener a Anna, que ahora tiene casi 8 años. Después tengo la suerte de dirigir una editorial y una empresa de producción de libros. Porque no soy editor. Soy más bien el gestor que intenta coordinar todas las áreas de la editorial. Además de eso, gracias a lo que hago he podido conocer lugares increíbles y conocer a personas maravillosas.
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que…
No soy la persona que decide lo que se publica en mi editorial.  Coincido plenamente con la experiencia de ‘Javier Fórcola’. En todas las mesas en las que me he sentado en una boda hay un escritor, o el amigo del escritor, o su primo, o qué sé yo.
Cuando hablamos de libros y de trabajo, lo que a la mayoría de gente le encanta, es que “viajas mucho”. Entonces toca aclarar que sí, que viajas, lo que no quiere decir que visites, que la mayoría de las veces te toca ir del aeropuerto al hotel, de allí a la feria y a casa (aunque intento que no sea así siempre).
Al hablar de libros, da pena ver cómo, si sales de los cuatro autores de best seller que aparecen entrevistados en El Hormiguero, la mayoría de las personas no conoce nada más. Aunque también la vida te da sorpresas agradables, y de vez en cuando te sientan junto a un lector más que interesante. Entonces es mi mujer la que se mosquea porque no salgo a bailar.
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:…
Cuando no estoy de viaje me levanto a las 7:00, desayuno en casa con mi mujer. Ella es la que abre la editorial (¿ya os había dicho que trabajamos juntos?, montamos esta aventura juntos). Después levanto a nuestra hija y la llevo a la escuela.
Llego a la oficina a las 9:15, atiendo a la responsable de administración y la directora de producción, y tomo el segundo café leyendo el periódico y echando un vistazo a los blogs que sigo.
Después me lío con los correos, pedidos y presupuestos hasta las 12:30 que voy a por mi hija a la escuela. Tenemos un pacto y es que los días que no viajo (paso una media de 90 días al año en América, un viaje mensual de unos 10 días excepto los meses de vacaciones) comemos juntos. Así que vamos a casa, cocinamos y comemos juntos. La llevo a la escuela a las 15:30 y regreso a la editorial. Entonces leo y escribo. Doy clases en un par de universidades y últimamente me toca hablar en público muy a menudo. 
Cuando regreso a casa y  acostamos  a la peque, me conecto con América, mientras vemos alguna serie o una película, hasta media noche que voy a la cama, a leer, si aguanto, y descansar.
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando…
Saliendo de las librerías de segunda mano en la calle Tallers en Barcelona, se acercó a mi una señora y me pidió que me fuera con ella, que no me iba a cobrar nada… Me quedé tan pillado que me di la vuelta sin saber qué decir.
Y lo peor…
Cuando con 19 años me detectaron un cáncer en el sistema linfático y me toco pasar dos años en la cama de un hospital luchando por mi vida. Fue una experiencia muy dura para toda la familia, aunque 20 años después no lo veo como algo malo en sí, sino como algo que me cambió la vida y me ayudó a ser quien soy y a entender la vida de una manera distinta, desde la experiencia que te da haber estado a punta de perderla.
Esta experiencia marcó a toda nuestra familia, que desde entonces está, si cabe, más unida, así que si que fue el peor momento, pero las consecuencias no han sido tan malas.
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte los huevos con…
La verdad es que paso bastante de la gente que viene en ese plan, y haberlos los hay, pero soy feliz con lo que hago, sé que me esfuerzo cada día para ser mejor persona, mejor en mi trabajo, y mejor en mi familia, así que cuando aparecen dejo que lleguen y se vayan de la misma manera, sin hacerles caso ni prestarles atención, no merece la pena.
Me molestan especialmente las personas que llevan hasta el límite su espíritu crítico y cruzan la línea, convirtiéndose en arrogantes maleducados, y de esos me he encontrado unos cuantos en este mundillo. Intento vivir mi vida y ser feliz.
Aprendí, gracias a uno de nuestros autores precisamente, que el que viene en ese plan tiene una vida demasiado triste y vacía y necesita llenarla tocando las narices al prójimo.
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando…
Si hubiera perdido el entusiasmo habría cerrado y me habría marchado. No obstante creo que la parte más complicada está relacionada con la cuenta de resultados. Quieras o no, las cuentas tienen que salir, si no salen no puedes mantener tu estructura, y nuestra estructura son personas a las que queremos y apreciamos, y luchamos juntos por sacar adelante este proyecto que nos da de comer y paga las facturas.
Cuando llega el día 30 de cada mes si no llega para todo viene el bajón, pero a los 10 minútos ya estamos pensando cómo vamos a ir adelante, y montando nuevas estrategias.
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es…
La buena gente que se ha cruzado en mi camino. Hay mucho patán que se alegra de las desgracias ajenas, sin embargo la mayoría de las personas que se han cruzado en mi camino son personas geniales que me han ayudado a ser mejor profesional.
Y desde luego cuando recibes en Twitter o Facebook, o en el mail, la respuesta de un lector a uno de los libros que has publicado, y te das cuenta que haces feliz a la gente con tu trabajo, que aportas algo  especial que perdurará en el tiempo, ya das por buenos los dolores de cabeza y los malos ratos.
Lo mejor, sin duda, es lo que aportas a los demás con tu trabajo, y lo que los demás te aportan a ti, lo mejor las personas.
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando…
Nos llegó un mail del gobierno de México explicando que alguien había venido a España de vacaciones, había comprado unos libros nuestros, se había quedado impresionado y nos querían allí, como editorial y a nuestros autores para el “Primer congreso internacional de apoyo y desarrollo de la familia” (menudo nombre largo). Eso nos abrió las puertas de México hace más de siete años, y desde entonces voy a México (y LatAm) cada dos meses a trabajar, y allí he encontrado a algunos de mis mejores amigos.
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a…
Pasear, viajar y leer, y si es posible todo unido mejor.
Un buen partido de baloncesto también regenera mis neuronas, igual que una ruta con mi bici en la montaña. Y si es temporada, ver al Barça, en el campo o en la tele.
Así es como veo el futuro de mi profesión…
Magnifico. Creo que estamos en un momento apasionante. Como todos los momentos en los que hay cambios, hay cierta incertidumbre, lo que no es necesariamente malo. La era digital nos ayuda a ver que el mundo no se acaba allí donde mi distribuidor entrega una caja de libros. Ya no hay fronteras y la tecnología nos ayuda a llegar donde jamás podríamos haber llegado las editoriales más pequeñas.
Los libros son tan necesarios como el aire que respiramos. Por lo tanto aquellos que hacemos libros somos muy necesarios. Sin embargo tenemos que entender qué está pasando en el mundo, cómo está cambiando nuestro público, cómo los lectores se transforman, o no lo hacen, dependiendo de nuestro proyecto. Me encanta decir que necesitamos estar en la piel del lector, escucharlo, conocerlo, conversar con él, tener una comunicación que antes estaba restringida a los libreros. Hoy tenemos herramientas que nos ayudan a conocer a nuestro público, y nuestro público nos quiere conocer.
Si entendemos todo esto veremos que hay un futuro apasionante por delante, con lectores a los que antes no llegábamos y a los que estamos descubriendo.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda…
Viajando y leyendo, no creo que escribiendo, pero nunca se sabe.
El último libro que he leído ha sido………….
Holocausto Manhattan de Bruno Nievas.
Y lo conseguí en……….
ITunes el eBook, y en la librería Adserà de Valls el impreso.
Y el primero que recuerdo que leí fue………
Tom Sawyer de Marc Twain, regalo de mi padre. Después leí su biblioteca y conseguí que cada dos pedidos al Círculo de Lectores, uno fuera para mí.
En mi mesilla tengo ahora para leer………….
Pensar rápido, pensar despacio de Daniel Kahneman, El Quinto Mundo de Javier Sierra y Apocalipsis Z de Manel Loureiro en digital, y en papel “Ética protestante y el espíritu del capitalismo” de Max Webber.
Me gustaría añadir que……………
Hoy mismo, mientras respondía estas preguntas, mi hija Anna me ha preguntado: “Papá ¿Tú qué quieres ser de mayor?”. Después de unos segundos en silencio, porque me ha hecho pensar en ello, le he dicho, cariño, yo ya soy muy feliz con lo que hago. Su respuesta: “pues qué suerte”. Pues sí. Soy feliz entre los libros. Los que publico yo y los que no. Y si consigo que una persona sea un poco más feliz con uno de nuestros libros, ya he ganado lo más importante. Hacer de este mundo un lugar mejor y hacer a las personas más felices.
Para conocer un poco más lo que pienso y reflexiono acerca del mundo del libro:
Para conocer lo que hacemos en nuestra editorial:
Para conocer lo que hacemos para otras editoriales:
Y en twitter me encontrarás en @juantrivi y @ProdEditorial
Joan Carles Girbés. Un estado de ánimo

Joan Carles Girbés. Un estado de ánimo


Me llamo… Joan Carles Girbés.
Me gusta leer porque… la lectura es una de las formas de la felicidad. Eso decía Borges, y lo compruebo con cada libro que me conmueve.
Cuando tenía doce años quería ser… administrativo. Tengo la peligrosa costumbre de leer todo lo que cae en mis manos. Un día vi en el TP(sí, el Teleprograma) el anuncio de un curso CCC y por alguna razón irracional aquello de “Administrativo” me sonó tan fuera de mi alcance que decidí que debía intentarlo. Y estudié Administrativo, sí. ¡Aunque no en CCC!
Hoy soy… editor. Tras mis escarceos administrativos, me licencié en periodismo, al tiempo que el mundo editorial se cruzaba en mi camino para siempre. Fue un flechazo, y sigo enamorado de ambos oficios, que vivo con renovada ilusión.
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que… no, que los libros en papel no desaparecerán; que no conozco webs de descarga ilegal de ebooks gratis; y que sí, que se puede vivir de esto. Sobre todo si no buscas más riqueza que la interior…
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así… abro un ojo y reviso Twitter. Abro el otro y actualizo Facebook. Con los pies ya en el suelo, me pongo a funcionar ideando nuevas formas de continuar activo en el mundo de la edición. Lo que el manual de la crisis moderna califica como “reinventarse”. Cada día, sin desfallecer. Y a veces, incluso funciona.
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando… recibí una llamada de una madre muy alterada por la cantidad de faltas de ortografía que había detectado en un libro y… bueno, recogí la anécdota en este artículo. Delirante y triste.
Y lo peor… Siempre guardo en el cajón del olvido los desencuentros y las puñaladas. Tal vez es un defecto, pero me siento mucho mejor en contacto con personas positivas y optimistas.
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte los huevos con… oye, y eso del libro electrónico… ¿de qué va?
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando… Nunca he perdido el compromiso con el oficio, ni la sonrisa ante la adversidad. De toda experiencia (incluso de las negativas) se obtiene una enseñanza valiosa para el futuro. 
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es… el contacto directo con profesionales creativos. Me encanta trabajar con escritores e ilustradores a los que admiro, y tener el privilegio de contribuir a conectarlos con los lectores.
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando… ¡uf! Recuerdo muchísimos momentos extraordinarios. Fichar autores como Rushdie, McCourt, Pullman, Banville o los premios Nobel Pamuk y Müller fueron grandes hitos. Pero también, siempre, conversar con colegas editores. Y aquel placer intenso cuando un escritor te confía su original y descubres que tienes una joya entre las manos… ¡Eso nunca se olvida!
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a… hacer un poco de deporte. Demasiado poco, tal vez. ¡O es que no descanso lo suficiente!
Así es como veo el futuro de mi profesión… En una innovación continua que, paradójicamente, nos acercará cada vez más al pasado: solo con la vuelta al trato individualizado con el autor, al trabajo comprometido y conjunto desde la idea inicial hasta las manos del lector, este oficio artesanal basado en la confianza tendrá el sentido que siempre tuvo. Y el futuro que le deseamos.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… leyendo, conversando, compartiendo, aprendiendo lo mucho que me queda por aprender.
El último libro que he leído ha sido… Bestseller, de Alessandro Gallenzy, de Alba Editorial. “Una inteligente sátira sobre el mundo editorial”, reza un destacado en la portada. ¿Cómo resistirme a esa provocación?
Y lo conseguí en… la Fira del Llibre de València.
Y el primero que recuerdo que leí fue… No fue el primero, claro, pero uno que me marcó profundamente en la adolescencia fue La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda. No acostumbro a releer, pero con esta novela he hecho tres excepciones.
En mi mesilla tengo ahora para leer… unos cuantos originales, las últimas novedades de buenos amigos y Éxito, de Íñigo García Ureta. 
Me gustaría añadir que… es un gran momento para generar complicidades profesionales que nos permitan no solo sobrevivir, sino (y sobre todo) avanzar e innovar en el mundo del libro.
Twitter  @jcgirbes

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Un estado de ánimo. Alejandra Díaz Ortiz

Un estado de ánimo. Alejandra Díaz Ortiz


Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como… Por el mismo nombre y apellido. O la de los Cuentos chinos. O la mexicana de los Cuentos chinos.
Me gusta leer porque…En primer lugar, porque es un hábito adquirido desde la infancia, mérito de mis padres y profesores. En segundo lugar, esencial, porque estoy enganchada a ese íntimo placer que solo el acto de leer te puede provocar. También disfruto del montón de dudas que se me rebelan a través de la lectura, y que solo puedo saciar abriendo el siguiente libro. Por si fuera poco,  leer hace que los viajes resulten menos estresantes. (Y, aquí entre nos, leer también ayuda a fardar en ciertas situaciones…)
Cuando tenía doce años quería ser… Cabaretera. Me recuerdo subida en unos mini tacones de juguete, de plástico rojo, delante del espejo, tratando de imitar las coreografías de la  célebre Elena  (Ninón Sevilla), en el clásico mexicano Aventurera.
Hoy soy… Dicen que una escritora. Yo digo que vivo del cuento.
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que… Hace muchos años que evito que me inviten a una boda. De hecho, a la última a que asistí, fue a la mía. Y el tequila nos impidió hablar de libros.
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:… Soy neo rural. Es decir, una urbanita que, por circunstancias de la vida, ha terminado viviendo en un pueblo serrano de apenas quinientos habitantes. Así pues, la vida comienza muy temprano con el paseo a los perros. Luego, de nueve a una, procrastino frente al ordenador. Y, a veces, escribo. El día termina igual que comenzó: con un paseo a los perros.
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando… En un funeral, dentro de una bonita iglesia, con el cuerpo presente de la madre de una amiga, y el cura oficiando el responso, una persona sentada en primera fila miró hacia atrás, se fijó en mí y salió corriendo hacia donde yo estaba, de pie y muy cerca de la puerta. Agitaba un ejemplar de mi libro con la mano, mientras me decía con voz grave, y poco discreta: «¡Sabía que ibas a estar aquí. Me tienes que firmar tu libro. ¿Tienes boli?!»… Entonces, por primera vez –y única− en mi vida, creí que Dios sí existía.
Y lo peor…  El dieciséis de abril de dos mil diez.
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte los huevos con… «Esto que te  cuento no lo vayas a escribir.»
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando… Una librera en edad difícil te castiga porque no has pasado por el aro. El suyo, claro.
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es… Los gin tonics −sin floripondios−  con mi editor.
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando… Precisamente, el día que ese mismo editor, me dijo que publicaría mi primer libro.
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a… Molestar a mis amigos.
Así es como veo el futuro de mi profesión…  El oficio de escribir, ese arte tan personal, recóndito y egoísta, tiene tanto futuro como vueltas de el mundo. En lo personal, mi futuro depende de la complicidad que mantengo con mi editor. Por un lado, para escribir un próximo libro. Y, por el otro, para inventar, y divertirnos, con nuestra particular idea del «marketing». Se trata de seguir vendiendo libros que, todo hay que decirlo, aunque no me pagan las facturas, sí que me proporcionan babilónicos momentos de vida.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda… Estoy bastante lejos de la edad de jubilación, pero ya tengo una beca vitalicia. Así que ya estoy pasando el tiempo, tal y como yo quiero. En todo caso, me faltarían dos cosas por hacer: viajar en globo y cenar con Benicio del Toro. Tengo tiempo para no cumplir ninguna de las dos.
El último libro que he leído ha sido… Estoy releyendo el Manual del perfecto canalla, de Rafael de Santa Ana.  Hay un par de lecciones que aún no termino de aprender.
Y lo conseguí en… en Blanca de Navarra, 6.
Y el primero que recuerdo que leí fue……… Corazón: diario de un niño, de Edmundo de Amicis. Fue una lectura obligada en el colegio, por cierto, republicano español, en México.  Tendría unos ocho añitos cuando la madrileña profesora Teresa nos hizo leer cada uno de los libros que conformaban la pequeña biblioteca escolar. El segundo fue un clásico: El Principito. Ese fue un regalo de mis padres.
En mi mesilla tengo ahora para leer… El libro de los viajes equivocados,  de Clara Obligado. Myriastérides y otros relatos, de Josefina Martos, un regalo que me traje de Granada.
Me gustaría añadir que…
Tú me/editas. Yo mi/edito.

(De Pizca de sal, Trama editorial, 2012)

OTROS ESTADOS DE ÁNIMO  

Javier Jiménez. Un estado de ánimo

Javier Jiménez. Un estado de ánimo

 

-Me llamo Javier Jiménez.
-Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Javier Fórcola, un alias que me inventé cuando comencé en solitario mi actividad como editor y que utilizo en las redes sociales en las que convivo virtualmente. Aunque ahora que lo pienso, en mi vida profesional, siempre en el sector del libro, he tenido varios alias –en distintas épocas se me conoció como Javier Paradox o Javier Siruela–, e incluso motes, algo frecuente en este mundillo, –como «el reverendo» o «el marqués»–. 
-Me gusta leer porque me gusta leer. Suena a perogrullada, pero no lo es. Recuerdo que en mi infancia no leí demasiado; eso sí, dibujé mucho y jugué más, inventando historias y personajes. Pero un día descubrí los libros y la lectura. Y desde entonces he tenido un lugar propio donde ser feliz siempre. Podría decir que leer me hace feliz, inmensamente feliz.
-No recuerdo lo que quería ser cuando tenía doce años. Quizás astronauta, o héroe de película –el cine siempre me deslumbró–. Y desde entonces estuve muy obsesionado con lo que quería ser de mayor. Quizá lo que más anhelaba ser de mayor era ser mayor, dejar de ser niño. Y llegó un día en que me planteé ser empleado de banca, y oposité; cartero, y oposité; soñé incluso con ser profesor; más tarde comencé a trabajar en una librería.
-Hoy soy, simplemente soy. Podría decir que soy básicamente un lector al que le apasionan los libros, tanto que me hice por fin editor, y creé Fórcola para hacerlos. Es curioso, pero no me dio por escribirlos (ya pasé por el diván y creo que he superado esa fase).
-Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo, sin dudarlo, que me pase el plato del jamón. No hay lugar común y más peligroso que una conversación sobre libros en una boda, a la que normalmente vas invitado y casi siempre te sientan con desconocidos. La mayoría de la gente tiene una idea preconcebida de para qué sirve un libro: es, y debe ser, un simple artilugio de entretenimiento; lo terrible es que también esa mayoría tiene una idea preconcebida de lo que es un editor: un tipo sospechoso. Respecto al primer asunto, lo unánime es ubicar al libro entre los objetos de ocio, sin más pretensiones, porque dotarlo de otras implicaciones roza la impertinencia, como todo lo relacionado con los placeres íntimos o el ejercicio del pensamiento, algo de mal gusto cuando se está sentado a la mesa delante de un buen entrecot. Se trata, por tanto, de decir únicamente cuál es el título del último libro que has leído, o de si ya has leído tal o cual best seller, y punto; ni se te ocurra plantear ningún tipo de reflexión al hilo de tu última lectura, porque serás inmediatamente catalogado como espécimen peligroso, y la gente dejará de prestarte atención en toda la velada. Respecto al segundo asunto, si en la conversación algún gracioso que te conoce te delata y comenta a todos los de la mesa 14 que eres editor, entonces es mejor ir pensando en terminar el postre lo más rápidamente posible. Porque las posibilidades de conversación a partir de ese momento solo pueden ser dos: 1. Alguien te ofrece un manuscrito de la novela que ha escrito o de la que firma un amigo y, sí o sí, aunque expliques hasta perder la voz que no editas novelas, te verás en un verdadero aprieto para salir de semejante embolado («hombre, qué te cuesta, te la lees y me dices qué tal»; qué tal ¿qué?: ¿el tipo de papel o la tinta utilizada?); dará igual lo que contestes, quedarás mal, y si quien te lo propone es un conocido, no te volverá a dirigir la palabra; 2. Después de cuarenta minutos de conversación no logras hacerte entender y todo el mundo está convencido de que si no eres un empresario forrado que vende millones de ejemplares de un best seller, cualquiera, es porque eres tonto o gilipollas. Terminas la velada con varios pares de ojos mirándote al cogote, y con el convencimiento de que piensan que o eres un vago que no se gana la vida como Dios manda, o simplemente que eres un soñador romántico con la cabeza llena de pájaros. Aún con todo, alguna compañera de mesa –con sueños a lo Meg Ryan en Tienes un e-mail (You’ve Got Mail)– te mira con ojitos e imagina que tu vida es glamurosa, que te pasas el día leyendo, y que vas de fiesta en fiesta acompañado de autores famosos; vamos, que todo en tu vida es poesía y chachachá. Y te parte el corazón decirle la verdad…
-Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien prosaico, el de un currante que intenta hacerse un hueco en esto de los libros, la edición y la cultura. Es la vida propia del náufrago, como diría Ortega y Gasset, que brazada tras brazada procura no ahogarse definitivamente, y que ha elegido la profesión de editor como un «movimiento natatorio» con el que cruzar el proceloso océano de la existencia. La edición de libros no deja de ser una tabla de salvación, siempre precaria, para una vida en busca de sentido. Vamos, que no sirvo para otra cosa. El «día a día» se va «cada día» en cosas muy peregrinas: Escribir informes, rellenar fichas, atender el teléfono y las distintas cuentas de correo electrónico, hablar con proveedores, con distribuidores, con libreros, hablar e intentar convencer a periodistas y críticos de que nuestro último libro merece la pena, pagar facturas, pegarme con el banco, alimentar con cifras precarias los ficheros Excel de los informes de ventas…; y por supuesto, ordenar la casa (trabajo en casa), ir a la compra, preparar la comida, hacer varias lavadoras a lo largo de la semana, bajar la basura, tender la ropa, barrer, fregar… Editar la vida, y en algún momento, leer…
-Lo más raro que me ha sucedido nunca, o al menos me marcó el resto de mi vida hasta ahora, fue cuando, cursando el doctorado en Filosofía, uno de mis profesores quiso averiguar por qué faltaba tanto a clase. Contesté que porque trabajaba y me cambiaban los horarios cada semana. Cuando a continuación me preguntó en qué trabajaba y le respondí que en una librería, su reacción, con cara de desprecio y en tono displicente, no pudo ser vas desalentadora: «¡Buah!, en una librería…». No lo dudé ni un segundo: esa misma tarde abandoné el doctorado y la universidad, y no he dejado de trabajar desde entonces. Después de aquello, años después, he estudiado otras cosas, siempre en mis horas libres, hasta que tras varios masters me convencí de que no hay mejor estudio que la vida ni mejor escuela que hablar con la gente a pie de librería.
-Y lo peor… A nivel personal lo peor que me ha sucedido han sido, por orden biográfico, un desengaño y una pérdida. Del primero me recuperé tras varios años (y un diván). De la segunda, no puedo recuperarme, me acompaña allá donde voy, es una herida que ya me constituye. A nivel profesional he sufrido un despido, hace muchos años, y me dejó hecho polvo. Desde entonces, de las empresas en las que he trabajado he sido yo el que ha tomado la iniciativa y me he marchado en su momento, entre otras cosas, porque consideré que había terminado un ciclo vital. El mundo libro, con todo, siempre ha sido para mí motivo de satisfacción personal. He sido librero, comercial de una editorial, he editado para otros y ahora, por fin, soy editor y dirijo mi propia editorial. No se trata de un trabajo, de un simple empleo, sino de algo que entiendo en términos vocacionales, me constituye y me hace feliz.
-Cuando te dedicas a lo mío, editar, la gente no dejará de tocarte los huevos con muchas cosas que dejaron de tener sentido para mi hace mucho tiempo. Cuando explico a quien me pregunta que trabajo en casa; que no tengo horario; que trabajo de lunes a domingo; que aun estando en casa no trabajo en pijama; que no me echo la siesta; que no tengo días libres o de asuntos propios; que soy mi propio jefe –el peor jefe que uno puede tener cuando se es exigente–; que no tengo las vacaciones pagadas ni extra de Navidad; en fin, que este negocio es del céntimo y que la cuenta de resultados es siempre un «veremos», la gente no deja de tocarme los huevos con lo de «deberías buscar un trabajo en serio». Tengo un amigo que hace unos años no dejaba de recordarme que habían salido plazas de esto y de aquello («algo seguro»). Bueno, en los últimos años, con esto de la crisis, la gente ya no me dice nada: habrán llegado a la conclusión de que estoy loco, nada más, o de que en esta vida no hay nada «seguro». 
Nunca pierdo el entusiasmo, pero hay meses en que, cuando llegan las liquidaciones de venta de los distribuidores, estoy a punto de perderlo. A veces tengo la sensación de que los elementos, un sistema de distribución y comercialización obsoleto –pensado y diseñado para los grandes, no para los pequeños–, un sector anquilosado, un público lector/comprador cada vez más pequeño, un mundo cada vez más hostil, están todos en mi contra. Y aun así, sigo adelante convencido de que lo que hago tiene un sentido, no necesariamente comercial. Precisamente lo «no-comercial» de mi labor es lo que me mantiene en pie, eso y el mínimo de ganancia que me permite pagar las facturas y editar el siguiente libro.
-Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, tiene que ver no sólo con lo que podemos considerar la «cocina» editorial, sino también con lo que muchos consideran lo menos gratificante y glamuroso de este mundillo: la venta del libro. Como editor inquieto y lector curioso disfruto enormemente las horas que paso investigando, tomando notas o pergeñando los posibles caminos y singladuras futuras del plan editorial; de hecho, un plan que tengo más o menos trazado hasta 2016. Pero hay otros momentos que son irrepetibles y que me generan enorme satisfacción personal, como cuando, en la feria del libro, en la caseta de la editorial, y tras varios minutos de conversación con un cliente, algo de lo que le he explicado le convence lo suficiente como para comprar el libro del que le he hablado. Y eso, en los tiempos que corren, con mucha gente con verdaderos apuros económicos, y con la oferta editorial disparatada que hay, se valora doblemente. He sido capaz de convencer a alguien de que este libro le interesa; no se trata de vender motos, sino de seducir con argumentos. Esa gente, lo tengo comprobado, vuelve, y no hay dinero que pague esa sensación. 
-El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando llegó la primera carta de un lector felicitándome por mi labor editorial. Desde entonces ha habido alguna más.
-Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a leer. Para mí descansar no significa no hacer nada. Descanso leyendo porque me permite recrearme en otras cosas, olvidar balances contables y plazos de entrega, y de paso visitar mundos imaginarios, reflexionar, soñar. No hay ejercicio más relajante y reponedor que imaginar leyendo.
-Veo mi profesión con mucho futuro. No concibo una sociedad sin lectores, como no concibo una sociedad sin editores. Platón se empeñó en ser político, cuando debería haberse dedicado a editar los libros que no escribió Sócrates. Le hubiese ido mejor. Contra la tiranía –sobre todo la del pensamiento único y de la imbecilidad consumista imperantes– no hay arma más peligrosa que un tipo con ganas de editar otros «mundos posibles», esos que se construyen con libros que remiten a otros libros, libros que nos obligan a salir de nosotros mismos. La mejor definición del libro la he encontrado en los diarios de Jünger: «Los libros son máquinas espirituales construidas para modificar al ser humano». Creo en un tipo de edición comprometida con el pensamiento y la libertad («edición-sí). Por el contrario, considero que la industria editorial («edición-no») que se ha construido sobre la lectura como mero consumo autocomplaciente tiene los días contados, porque ya existen en el mercado otros artefactos que otras industrias han creado para que ese onanismo mental sea más eficaz y alienante. Un editor puede vivir del pasado, pero siempre mirando al futuro. Si las personas somos esencialmente futuribles, seres utópicos avocados a realizarse en un futuro, un editor lo es más, porque es un empedernido soñador, un constante viajero: su mapa, su catálogo; su brújula, su instinto. 
-Eso sí, si un día logro jubilarme (no creo, porque no concibo que uno deba jubilarse de algo que le constituye como persona –¿por qué ha de jubilarse un profesor con dotes y ganas de enseñar?–), querré pasar el tiempo que me queda leyendo todo lo que he ido comprando a lo largo de mi vida y que aún no he logrado leer. 
-El último libro que he re-leído ha sido Sobre los acantilados de mármol (trad. de Andrés Sánchez Pascual), de Ernst Jünger, publicado por Tusquets. Lo leí por primera vez hace 20 años. Ahora me ha dicho otras cosas. Un autor que me lleva acompañando desde hace años, al que vuelvo con frecuencia. El último que he leído (que estoy a punto de terminar, más bien) es Siguiendo mi camino, de Mauricio Wiesenthal, publicado por Acantilado. Unas memorias musicales de un autor al que sigo casi con devoción, y que tuve ocasión de conocer en persona la pasada feria del libro.
-Y el primero que recuerdo que leí entero fue Ivanhoe, de Sir Walter Scott, en una edición de quiosco publicada por Orbis, en traducción de Guillem d’Efak. Me lo recomendó mi padre, al que le pregunté en su momento qué leer, y me respondió «a los clásicos, que no defraudan nunca», y no falló. Fue el libro que me convirtió en lector. 
-En mi mesilla tengo ahora para leer, como siempre, varios libros: Sur. Relato de la expedición del Endurance, 1914-1917(trad. de Servanda de Hagen) de Sir Ernest Shackleton, publicado por Interfolio; Moby-Dick, de Herman Melville –que leí hace muchos años en la edición de José María Valverde publicada por Bruguera; hoy alterno dos versiones: la de Valdemar (trad. de José Rafael Hernández Arias), profusamente anotada, y la de De Bolsillo (trad. de Enrique Pezzoni), que pesa menos en la cama–; el ensayo Mariano Fortuny, arte, ciencia y diseño, de Guillermo de Osma, publicado por Ollero y Ramos… Y acabo de añadir uno nuevo: Ser españoles. Imaginarios nacionalistas en el siglo XX, de Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas (eds.), publicado por RBA.
-Leer es mi manera de ser en el mundo. Editar, mi esperanza y empeño en dejar un legado, mi pequeña contribución a que este mundo y la sociedad en la que vivo sean mejores. 
-Podéis trastear en la web de Fórcola  para conocer mi labor editorial: http://forcolaediciones.com/
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OTROS ESTADOS DE ÁNIMO  
Aitzol Batiz. Un estado de ánimo

Aitzol Batiz. Un estado de ánimo


Me llamo Aitzol, aunque me llaman de un montón de formas diferentes que, a veces, se parecen muy poco a mi nombre.
Y en el sector del libro o como mero lector no se me conoce, básicamente.
Me gusta leer porque me entretiene y porque siempre me enseña algo nuevo.
Cuando tenía doce años quería ser médico y quería tener un Dodge [un coche americano enorme de esos cuadrados que ya no se ven por las calles].
Hoy soy no sé muy bien qué, pero médico no. Me licencié en Educación física, seguramente porque era una carrera sencilla de aprobar, ejercí durante doce años de “profe de gimnasia” en un colegio concertado y ahora me dedico a trabajar en una empresa que fundé hace 11 años, cuyo nombre es AISILANXXI, S.L  y en su marca de Kultiba.
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que, ahora que he cambiado el chándal por el tema intelectual, los libros y los escritos, en general, son mi herramienta de trabajo.
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así, delante del ordenador, de la tableta o del Smartphone dejándome la vista para poder leer los correos electrónicos o los textos adjuntos y artículos que van llegando a mis manos.
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando una persona maravillosa que trabaja conmigo me dijo a ver si me podía contratar como jefe pocos días después de conocernos.
Y lo peor en lo personal la enfermedad y en lo profesional tener que abandonar el trabajo como consecuencia de la enfermedad.
Si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte los huevos con que vaya trabajo que tienes, a cualquier cosa le llamáis trabajo o que las cosas que hacemos son superfluas y a la gente normal no le terminan de importar.
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es la gente, las personas con las que comparto tiempo y esfuerzo y la cantidad de gente nueva e interesante que vas conociendo día a día.
He tenido muchos días buenos en mi trabajo, diría que, prácticamente, todos los días tienen algo de bueno. Es lo que tiene hacer cosas diferentes casi a diario y tener un equipo de personas alrededor que vale su peso en oro.
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a levantar la cabeza y a charlar con las personas que tengo alrededor. A veces me meto en las redes sociales y enredo; soy mucho de enredar en las redes sociales, fuera de ellas también, y me va muy bien, en ambas realidades.
Así es como veo el futuro de mi profesión; jodido pero con grandes oportunidades.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda junto a las personas que quiero y que me quieren.
El último libro que he leído ha sido “Piensa, es gratis”.
Y lo conseguí de una manera un poco rara; me lo regaló una chica con la que dejamos de trabajar [creo que le molestó un poco].
Y el primero que recuerdo que leí fue “Printzea eta eskalea” de mis tiempos de ikastola.
En mi mesilla tengo ahora para leer uno que no me acuerdo como se titula; soy un desastre para el nombre de los libros que leo.
Algunos enlaces 2.0 sobre mí:

OTROS ESTADOS DE ÁNIMO  

Txetxu Barandiaran. Un estado de ánimo

Txetxu Barandiaran. Un estado de ánimo

 

Me llamo José María Barandiaran aunque los comunes mortales me llaman Txetxu que para más allá de la frontera del Ebro se pronuncia Chechu.
Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Txetxu.
Me gusta leer porque ¡quién lo sabe! Las razones varían en función de las circunstancias. La lectura me relaja, me interroga, me divierte o preocupa a ratos, me enseña, en ocasiones me aburre, pero, como ha sido fiel conmigo durante muchos años de mi vida, me da un no sé qué el dejarla.
Cuando tenía doce años quería ser nadador. Añoraba el líquido amniótico.
Hoy diría que soy un torero de la vida que cada cinco años más o menos anda cambiando el tercio.
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que por un lado es mi trabajo y por otro que como estoy chapado a la antigua no sabría vivir sin ella.
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así: en este último año: madrugo más allá del común de los mortales vascos como si fuera a entrar al primer turno de la fábrica, pero me voy a ver amanecer en Bilbao durante un largo paseo, leo con detenimiento la prensa y me hago el sudoku mientras mi cuerpo sigue suda que te suda. Y a partir de ahí y según como tenga el cuerpo y las ganas, leo, escribo, charlo con gente, quedo a comer o hago la comida para la familia, trasteo en eso que algunos llaman redes sociales, actualizo mi blog y pienso qué hacer a partir de septiembre. Aunque a esto último no le dedico excesivo tiempo que todavía falta mucho.
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando me ofrecieron ir al Gobierno Vasco de asesor y además dije que sí. Así que así estoy ahora.
Y lo peor mejor no contarlo que no está el ambiente para decir que lo mío es peor que lo tuyo.
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte los huevos con ¡pero bueno no me cobrarás por charlar contigo y que me dés algunas ideas que yo parezco no tener pero tú sí!.
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando se ha cruzado en mi camino algún aprovechado de turno.
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es la buena gente que he conocido y con la que he podido disfrutar de conversación inteligente y amable.
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando decidí dejarlo durante un tiempo y tomarme este tiempo sabático.
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a buscar la naturaleza y, a ser posible, solo.
Así es como veo el futuro de mi profesión NEGRO.
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda casi, casi haciendo lo que ahora hago, pero me da que a partir de septiembre no podrá ser.
El último libro que he leído ha sido Un matrimonio feliz de Rafael Yglesias.
Y lo conseguí en un cumpleaños ya que me lo regalaron.
Y el primero que recuerdo que leí fue un libro de Los cinco o Los siete de Enyd Bliton. Guardo un recuerdo especial de esta lectura en el balcón de la casa familiar, sentado en una pequeña silla de paja en un día de verano.
En mi mesilla tengo ahora para leer el último número de Trama y Texturas, Libro del desasosiego de Pessoa, que voy leyendo a pequeños sorbos, y La civilización empática de Jeremy Rifkin.
Me gustaría añadir que más nos vale leer que ser leídos.

 

 

 

Blanca Mata Fauri. Un estado de ánimo

Blanca Mata Fauri. Un estado de ánimo


Me llamo…Blanca Mata Fauri
Y en el sector del libro o como mero lector se me conoce como Lectura Fácil Euskadi
Me gusta leer porque………..no concibo la vida sin ella
Cuando tenía doce años quería ser…periodista
Hoy soy…ex periodista; trabajadora de la lectura
Cuando me toca contarle a un extraño en una boda por qué me gusta leer o ando entre libros le digo que…la vida sin libros sería muy triste y aburrida
Sin embargo, en realidad mi día a día es más bien así:…envuelta en palabras, leo, escribo, hablo y escucho
Lo más raro que me ha sucedido nunca fue cuando…me encontré con aquella persona en aquel lugar
Y lo peor… no viene al caso contarlo aquí
Aún más, si te dedicas a lo mío la gente no dejará de tocarte los huevos con…pero eso da dinero?
He perdido el entusiasmo por lo que hago cuando…se convierte en rutina y nada cambia
Sin embargo, lo mejor de mi trabajo, sin duda, es…conseguir encontrar algo nuevo cada día
El mejor día que recuerdo en el trabajo fue cuando…encuentras conexiones inesperadas
Cuando quiero tomarme un descanso me dedico a…meditar y naturaleza
Así es como veo el futuro de mi profesión…abierto
Eso sí, si un día logro jubilarme querré pasar el tiempo que me queda…leyendo, claro!
El último libro que he leído ha sido………….El olvido que seremos, de He
Héctor Abad
Y lo conseguí en……….una biblioteca
Y el primero que recuerdo que leí fue………me encantaría poder recordarlo
En mi mesilla tengo ahora para leer………….El anarquista que se llamaba como yo, de Pablo Martín Sánchez
Me gustaría añadir que……………me encantan este tipo de encuestas