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Diseño y maquetación de contenidos en entornos digitales no migrados (be water, my friend)

por Miguel Gallego
Trama & TEXTURAS nº 11
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Sí, ya sé que el título suena muy técnico, pero no hay para tanto. Tras un título así se esconde una idea bastante simple: qué hacemos con los contenidos que estamos generando hoy, y cómo los gestionamos para no repetir el mismo trabajo en meses o años venideros. Existen dos metodologías para llegar al mismo punto final. Una requiere visión de futuro, la otra sólo seguir haciendo las cosas como hasta ahora.
Me van a permitir un pequeño flash-back hacia los años 60. Un autor entregaba un manuscrito (en la mayoría de los casos de su puño y letra, los más modernos –o con más posibles–, mecanografiado). Antes de pasarlo a la imprenta se leía y releía, puesto que hacer cambios una vez pasado este proceso era muy costoso. Esto pasaba a las más o menos expertas manos de un cajista, que lo convertía en plomo; se sacaban galeradas, se hacían las correcciones oportunas, se sacaban los tipos de plomo estropeados, gastados o defectuosos, y se imprimía. El coste del material y el proceso de elaboración era muy importante, mucho más que las horas de corrección. La tecnología –de plomo– era costosa.
Doy un salto a los 80; los Macintosh, y con ellos las fotomecánicas, entran en juego; lo que antes era un trabajo de semanas, se ventila en unas horas filmando unos fotolitos. Un error significaba filmar de nuevo unas cuantas páginas; nada que ver con los tipos móviles ya desaparecidos. Por unos cientos de miles de pesetas que costaba una impresora láser, se imprime en el salón. El salto, no obstante, aún no ha sido totalmente digital; hay procesos analógicos antes, durante o después de que el contenido tenga forma.
El último salto, año 2010: un ordenador, una conexión a Internet y… contenido digital a precio de saldo. Pensemos durante un minuto (1, 2, 3…) y nuestro contenido puede estar obsoleto. Yo escribo estas líneas en marzo del 2010; puede que en unos meses, cualquiera, al releer esto, diga: ¡Qué tonterías se decían hace unos meses! No sabemos que va a ocurrir con el contenido como tal; sí sabemos que no va a ser como hasta ahora…
Pasemos, pues, a los ejemplos. Supongamos que yo genero contenidos y los meto en una carpeta. En este punto, los inmigrantes digitales (o la parte más inmigrante de este grupo) habrá pensado en un díptico de cartoncillo de unos 200 gr. Y de un tamaño cerrado un poco mayor a un DINA4. El resto de este grupo se habrá preguntado: ¿Se referirá a una carpeta de papel o a una digital? Los nativos, ni se lo habrán planteado; TODO es digital. ¿Cuántos escribimos todavía en papel con bolígrafo o estilográfica? Y de esto que escribimos manuscrito, ¿cuánto es “contenido con voluntad de trascendencia”?
Todo texto que no sea de carácter epistolar y/o muy personal (una nota, una invitación, una felicitación) se genera, en el 2010, de forma digital. Creo que a nadie se le ocurriría escribir de su puño y letra un mail, escanearlo y mandárselo a 300 personas (aunque sería gracioso, bien mirado). Vuelvo pues, a mi carpeta –digital–. Introduzco fotos –escaneadas o no–, textos (“picados”, “ocerreados”), audio, vídeo, animaciones… Es mi repositorio de ideas. De aquí salen temas para mis clases, artículos más o menos extensos… Poco a poco, un grupo de contenidos muy aguerridos comienza a desligarse del resto, se hacen releer, evocan o provocan nuevos textos, nuevas búsquedas… y acaban conformando una unidad de contenido concreta (un seminario, un artículo extenso, o un libro). A partir de ese momento comienzo a darle forma: sí, voy a reunir esas ideas y construir un libro con ellas (uno de papel, del de toda la vida). Desecho por el momento, audio, vídeo y animación, y coloco cuidadosamente las fotografías y los textos en una carpeta. Tengo que ordenar todos esos contenidos para ajustar éste a una forma concreta; tendrá su introducción, su índice y sus pies de página, sus títulos y folios, etc. Ya me lo imagino. Se lo doy entonces a un editor, que tras volcarlo de modo inmisericorde sobre una maqueta, comenzará a tocar y retocar, hasta que, tras tres o cuatro idas y venidas entre editor de mesa, autor, maquetista, incluso diseñador, podrá cerrarse en un paquetito, esta vez electrónico, y llegar, a través de Internet, a la imprenta donde, ferros mediante, acabarán manchando el papel que hace unas semanas fue arbolito. Y aquí se acabó la historia de mi contenido. Aun habiendo sido concebido digitalmente, falleció de un ataque de analogía.
Veamos una segunda manera de hacerlo. Voy a imaginar, ahora, un nuevo modo de darle forma a mi contenido. Pensemos en ese grupo aguerrido, separado de los demás de forma casi autónoma. Decido buscar una manera de sacarle rendimiento a ese batallón de contenidos y no cercarlo y apretarlo en un número de páginas de papel. Edito los textos de modo flexible, y los agrupo sin pensar mucho en un formato concreto, sino en cómo agruparía ese contenido. Voy etiquetando en xml sin pensar en la estructura de un libro, sino pensando en la forma genérica de presentar un contenido. Introducción, ideas fuerza, desarrollo de éstas y conclusión. Tengo una botella llena de agua, y voy a volcar parte de ese líquido en un vaso grande; si lo vuelco a su vez en un vaso mediano, cabrá menos, y si sólo fuese una taza de té, aún menos. Todo es agua, la misma agua. Pero para uno y otro uso distinta cantidad. Y elijo los elementos que voy a introducir en ese recipiente. Para un sms y tweeter, quizá sólo el título; en Facebook título y resumen, y la posibilidad de bajar una relación de artículos (capítulos) relacionados, que puedo bajar individualmente, o el ebook completo. Como soy un inmigrante digital y no tengo eReader, voy a solicitar un libro en formato 13,5 x 21 cm, que tendré en 24 horas en casa (Print on Demand), con la versión “texto” y además un 21 x 29,7 con una tipografía algo más grande para mi padre, le cuesta leer en libros con tipografía pequeña vista cansada, creo. También lo recibirá en 24 horas. Ah, se me olvidaba, hay una versión divulgativa del contenido, con vídeos, audio y animaciones explicativas, y unos ejercicios al final para mis alumnos; así verán en qué trabaja su docente… a lo mejor se animan a comprar el libro, o seguirme en Facebook. El contenido es el mismo, el formato distinto. Y hasta ahora, ¿dónde está el diseño? Es curioso, pero alguien, creo que sin premeditación, se ha olvidado de él.
En la federación de gremios se habla de la necesidad de formar al sector editorial en estas lides de los nuevos paradigmas: libro digital (ebook o lo que sea o venga), POD y tiradas medias o altas o Inkjet). La gran pregunta es: ¿Y quién hace el trabajo? Pregunten en una editorial, casi en cualquiera, si están contentos con sus proveedores de formatos electrónicos; la respuesta más común será: “Vamos a dejar el tema”. Han surgido una multitud de empresas, normalmente de informática, que ofrecen este servicio. O arriesgados proveedores de impresión, que con un par de paquetes de software (muchos de ellos gratuitos), generan epubs que no pasarían ni de lejos el control de calidad más laxo. Retomo mi pregunta: ¿Y los diseñadores? Hasta que no pongamos en sus manos formación y herramientas para generar otros soportes, no sabrán hacerlo. Eso se les deja a otros.
La necesidad de nuevos perfiles profesionales afecta, a mi modo de ver, a varias áreas en la zona de “creación de valor” más importante de la actividad editorial: autores, traductores, editores, correctores, diseñadores y maquetadores. En el futuro, autores y traductores deberán tener habilidades tecnológicas suficientes para dilucidar qué elementos (texto, audio, imagen, animación, etc.) son los adecuados para sus contenidos, y saber explicar cómo quieren utilizarlos en cada plataforma. Y si no, tener a alguien que lo decida por ellos, esto es, su –convenientemente reconvertido– editor de mesa. Los editores deberán cambiar su perfil y serán expertos en textos y en imbricar esos elementos para cada plataforma, editarán para cada una de ellas, y seguramente etiquetarán en xml los textos. Los diseñadores serán una mezcla (como ya existe en web) de diseñador gráfico-web y maquetador xml. En la última convocatoria de “Enclave” se ha visto, negro sobre blanco, que los denominados e-distribuidores “todo lo que dicen es mentira” –ojo, lo dijeron en la reunión de representantes de Leer-e y Publidisa– y todos nos dimos cuenta de que sabíamos más que el año pasado, y que, poco a poco, es más difícil hacer comulgar con ruedas de molino.
Resumiendo, mientras estamos concentrados en un paso que para todos los e-distribuidores está empezando a ser ya una commodity –la digitalización de fondos–, nos pasa por encima (bueno, a lo mejor por detrás o por debajo, o por algún otro lugar, o por todos a la vez) la verdadera revolución: la generación de contenidos enriquecidos a través de sistemas semiautomáticos –por ahora– y automáticos en el futuro que generen contenidos enriquecidos multiplataforma, con sólo apretar un botón. Cualquiera que no lo vea, hace como el avestruz; esconde la cabeza, para ver si no le pasa nada. El libro en papel está ahí, y seguirá estando ahí por muchos años. Lo que cambia, y aún va a cambiar mucho más, es la forma de generar ese soporte, cómo será éste, y los productos derivados, complementarios, ventas cruzadas, sistemas de comercialización y modelos de negocio que harán que el mismo contenido, con algunas variaciones, se venda “n” veces más, sin que unos y otros formatos se quiten negocio, sino que se complementen, apoyen, deriven, y unos cuantos verbos más que ahora no podemos conjugar.
Ya existen algunos proveedores que están desarrollando nuevas salidas para aparatos como el iPad, que pueden ser una revolución en un mundo donde el libro, con el concepto actual (lectura normalmente lineal, principio y fin, etc.), pasará a ser una de las posibilidades de transmisión del conocimiento, pero no la única.
Si tuviese que concentrar estas líneas en una frase, ésta sería: entrada única, salida múltiple. No es el único cambio, pero sí uno de los más importantes.

Una respuesta

  1. Anonymous dice:

    Creo que confundes traductor con autor. Un traductor no tiene que «dilucidar qué elementos (texto, audio, imagen, animación, etc.) son los adecuados para sus contenidos» porque sus contenidos no son suyos: son del autor. En cuanto a las tareas que atribuyes al editor de mesa, uno de estos profesionales que se dedique a lo que se tiene que dedicar (trabajo lingüístico y estilístico y supervisión de proyectos) no debería asumir lo que corresponde a un técnico en edición, es decir, la conversión de un texto base (bruto), no formatado o levemente formatado, al formato que corresponda. Y los diseñadores gráficos deberían dedicarse al diseño y confiar en un maquetador el trabajo técnico final. Ya basta de ir endosando competencias (y si son autónomos, software y hardware costeado por ellos) a todos estos profesionales. Ni les corresponden ni les conviene asumirlas si quieren realizar SU trabajo (el que les es propio) como es debido.

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