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ARCE abre su Canal de Youtube con el proyecto de entrevistas EL SILLÓN ROJO

ARCE abre su Canal de Youtube con el proyecto de entrevistas EL SILLÓN ROJO

La Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE) ha abierto en Youtube su Canal con el proyecto El Sillón Rojo, que reunirá entrevistas a destacados personajes de la cultura, propuestos por los editores o directores de nuestras revistas. Las entrevistas se realizan en la sede de ARCE y el entrevistado aparece sentado en el sillón rojo, que se ha convertido en un elemento constante en la imagen de la Asociación.
Hasta el momento se han subido tres entrevistas:

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Más ecos producidos por Memorias de un librero y el número 25 de la revista

Más ecos producidos por Memorias de un librero y el número 25 de la revista

En Texturas, de @TramaEditorial, se publica un artículo sobre mi añorado Juantxu. Gracias, Javier García Clavel. pic.twitter.com/jX0fLRZEp0
— Paz Olivares (@Olivaropaz) enero 15, 2015

Si hay algo que no sobra en una librería es tiempo Memorias de un librero, Héctor Yánover @TramaEditorial pic.twitter.com/gFhYl3dFR7
— Manuel Minchón (@ManuelMinchon) enero 18, 2015

Ya tengo el último número de Texturas de @TramaEditorial en versión digital. Lectura interesante para esta noche. pic.twitter.com/DDbmiUpDqC
— Juan Triviño (@juantrivi) enero 20, 2015

Mis últimos collages en la revista Trama & Texturas. Gracias, un honor! Comisario: @alvaro_sobrino @TramaEditorial pic.twitter.com/mVGKHoiQrS
— Juan Cardosa (@jcardosa) enero 23, 2015

Álvaro Sobrino firmará sus collages en la caseta de Trama (141) este sábado en la Feria del Libro de Madrid

El editor, periodista y diseñador gráfico Álvaro Sobrino firmará el sábado 7 de junio en la caseta de la editorial Trama los collages reproducidos en la revista Trama &Texturas en su último número bajo el título «Rimas y leyendos». La firma tendrá lugar de 12.30 a 14.30 horas en la caseta 141 este sábado 7 de junio.

Avisamos que habrá pequeñas sorpresa en forma de regalos inesperados.

Trama y Texturas 23. Índice y autores

Trama y Texturas 23. Índice y autores


01_Corondel
¿Qué es un director literario?
Josep M. Castellet . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7
02_Filete
Una historia de las resistencias a los futuros del libro
Alejandro Zenker . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13
Hacer visible lo invisible
Alejandro Katz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . 21
Ocaso en el imperio editorial español
Bernat Ruiz Domènech . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . 27
Los viajes de los autores y los viajes de los libros
Ricardo Nudelman . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . . . . 39
Una preocupación bastante fuerte o el beneficio
de la técnica en la educación
Joaquín Rodríguez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . 45
Rimas y leyendos
Álvaro Sobrino . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
Situación actual del mercado editorial en Italia
Valentina Morotti . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65
03_Bigote
La edición pobre
Gabriela Torregrosa . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Edición independiente y globalización editorial.
El caso de los editores de ensayos «críticos» en Francia
Sophie Noël . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . 81
Una propuesta de definición
Michel Valensi . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . .. . . . 95
Manifiesto ODEI
ODEI (Observatorio de la Edición Independiente) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  . . . 105
04_Ladrona
Libros y blogs . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123

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He escrito un libro... ¿y ahora qué?

He escrito un libro… ¿y ahora qué?

por Álvaro Sobrino
Trama & TEXTURAS nº 15

 
Antes del libro electrónico todo era más fácil, también para los autores. Un amigo me sugiere que le eche un cable a otro amigo, ha escrito un libro –un libro interesante– y tiene que decidir qué hacer con él.
Dejemos de lado a los escritores que viven de ello, a los libros de tirada suculenta porque son escasísimos, y esos ya lo tienen más o menos resuelto: los agentes literarios y los editores tienen bien trazados los mecanismos y, mal que bien, éstos siguen funcionando en el «nuevo paradigma».
No hay estadísticas fiables e incluso, para las que existen, demasiadas va­riables distorsionan como para creérnoslas a pies juntillas, pero es una reali­dad que la inmensa mayoría de libros que se editan son de tirada media y corta, y a esos es a los que me quiero referir. Una autora amiga siempre dice: «Da igual el editor, cómo sea el libro, al final te vas a llevar un euro por ejem­plar vendido». Aunque no sea cierto, nos da una idea de cómo andan las co­sas. Si la tirada media –que no la venta– es en nuestro país de unos 2.500 ejem­plares, quiere eso decir que escribir es, para la mayoría, una enorme satisfacción que no tiene que ver con el dinero, por decirlo de un modo ele­gante. Esto es así desde siempre, pero con la aparición del libro electrónico y las nuevas maneras de distribución puede que todo se esté complicando…
El escritor tiene ahora que tomar una importante decisión, y responderse a esta pregunta: 
¿Qué tipo de autor quiero ser? 

Una primera opción es mantenerse en la posición del «viejo paradigma»: mo­ver el original por distintas editoriales hasta encontrar una que se interese. A lo que ya existía, habrá que unir ahora la edición digital y la impresión bajo demanda. El editor tendrá sus propias teorías de lo que conviene hacer, y aun­que no coincidan con las nuestras, poco ha de ceder ahí. No está mal. Requiere poco esfuerzo posterior a la edición, y nos permitirá centrarnos en escribir el siguiente libro, que es lo que nos gusta. Pero no es ésta la única opción.
Encontraremos también una tropa de nuevos y viejos editores, o supues­tos editores, que descargan el riesgo económico en el autor. Esto sucedía tam­bién en la edición de siempre, no es nuevo que haya gente dispuesta a pagar por verse editado, y siempre ha habido alguien dispuesto a sacar tajada de ello. Personalmente creo que no es una opción, ya no.
Veamos otra posibilidad a tener en cuenta: ceder los derechos analógi­cos y reservarse los digitales. Aún son pocos los editores que contemplan esta posibilidad, y sin embargo creo que puede ser interesante. Cada vez más, el esfuerzo posterior del autor es decisivo para el éxito de la venta. Ese esfuerzo no puede ser recompensado por el editor, por lo que el autor debe «partici­par» de los réditos que genere. Un blog desde el que conversar y atender a los lectores, presencia en las redes sociales… eso que ahora se llama «crear comu­nidad». A diferencia de lo que muchos opinan, soy de los que mantiene que la disponibilidad del libro en formato digital apenas afecta, al menos de mo­mento, a la venta en papel. Al contrario, proporciona visibilidad a la obra, de lo que se beneficia también la edición analógica.
Y por último, la edición de autor, me gusta más llamarla así que autoe­dición. Centrémonos en esto.
El autor que quiera editarse a sí mismo tiene que estar dispuesto a dedicar tiempo y esfuerzo, no tanto a la edición en sí, sino a la postedición. No va a tener el apoyo de la distribución, su libro caerá como una gota en ese océano que es la Red, así que deberá estar preparado para posicionarlo. Las librerías rechazan a priori trabajar con los autores, les exige mucho tiempo que prefie­ren dedicar a editoriales con un catálogo nutrido.
Pero empecemos por el principio. 
No es lo mismo escribir un libro que «hacerlo» 
Dependerá de nuestras habilidades, pero va a ser casi imprescindible contar con alguien que nos ayude en la preparación de los documentos necesarios para saltar a la Red. Y aquí encontramos el primer dilema. Podemos contra­tar los servicios de alguien que revise el original, prepare una buena cubierta y dé forma al libro. Necesitaremos ofrecer al menos tres formatos: un pdf para la versión impresa en impresión bajo demanda y tirada corta; otro derivado de éste, optimizado para los dispositivos de lectura –esto es, tipográficamente le­gible en pantallas y de un tamaño distinto a lo habitual en papel: tiene que ser más pequeño, con menos márgenes…–; y en tercer lugar, una versión de texto en cascada: un epub o similar.
Evidentemente, estamos hablando de unos costes que no son elevados, pero aun así podemos compartir los riesgos –y los beneficios– con un editor.
Un blog y al menos un perfil en redes sociales
Es imprescindible. El lector va a dedicar unas cuantas horas a nuestro libro, es importante y merece que le ofrezcamos información añadida, incluso, den­tro de lo razonable, que le atendamos personalmente si se dirige a nosotros. ¿Merece la pena? Es tiempo. Pero es el sueño de cualquier escritor de los de antes. Al fin y al cabo salimos ganando: en un par de horas a la semana, desde casa, haremos mucho más que si asistimos a una presentación tradi­cional de nuestro libro, para la que habremos de viajar, soportar a nuestro editor, todo para atender con suerte a una veintena de personas a quienes posiblemente interesen más los canapés y el vino español que se sirva, que lo que nosotros escribimos.
Además, nos va a dar el pulso de lo que opina nuestro lector sobre lo que escribimos, nos ayudará a mejorar.
No es lo mismo tener un libro que leer un libro. Conozco autores que per­miten la lectura completa en pantalla del libro, en formato no descargable. Nin­guno de ellos me dice que tenga sospechas de que eso merme la venta, al con­trario. Después de leer un par de capítulos, es muy posible que muchos lectores compren el libro físico, la pantalla del ordenador está bien para un rato… 
El formato electrónico es una ruina 
No nos engañemos: incluso aunque no es muy probable que nuestro libro se piratee, eso sólo sucede de momento con los de gran tirada, las ventas de e-books son hoy testimoniales. Proporcionales al parque de e-readers. Además, no ayuda el DRM que los editores utilizan y que nos impondrá nuestro dis­tribuidor en la Red. Para que nuestro libro tenga unas ventas aceptables, ten­dremos que sumarle los ejemplares en impresión bajo demanda, cuando un lector hace el pedido. El lector compra on-line y se «fabrica» un ejemplar para él. Este sistema tiene una ventaja importante, funciona a nivel internacional, por lo que nos estamos abriendo a Europa, muchos países de Iberoamérica y Estados Unidos. Como las ventas serán testimoniales, no es una mala idea que el precio lo sea también. Por un lado, la posibilidad de comprar por tres eu­ros, por ejemplo, un libro que en papel cueste veinte, hace que parezca una buena oportunidad. Y del mismo modo, el lector en papel se sentirá privile­giado, le estaremos dando valor al objeto-libro. Y, además, es honesto.
Como todo lo que desconocemos, seguramente nos parezca más com­plicado de lo que es en realidad. No lo es tanto. Colocar en el mercado nues­tro libro, dejando aparte la preparación de los documentos, cuesta apenas se­senta euros. Y estaremos en El Corte Inglés, en la Casa del Libro, en los portales de referencia. Una vez más, si no queremos complicarnos podemos buscar ayuda en un editor, pero en una relación nueva: somos socios, nosotros tenemos el contenido, el producto, y él las técnicas de puesta en el mercado. Trabaja para nosotros, no al revés.
Ya somos editores…
O casi editores. Tenemos nuestro libro en formato electrónico y analógico al alcance de nuestros lectores. Pero estamos renunciando a las librerías, que to­davía son los templos de lo editado. Ya dijimos al principio que las librerías no quieren trabajar con los autores –hay excepciones, sobre todo si nuestro libro aborda una temática específica y existen librerías especializadas en ello–. Para romper esa barrera, necesitamos que sea el lector quien solicite el libro en la librería. Ahí todo cambia. No es lo mismo para el librero un ejemplar en de­pósito que un ejemplar que ya tiene vendido. Para que ello suceda, es impor­tante la labor que estemos haciendo de postedición, en el blog, en Facebook… y es importante que ahí tenga su espacio el librero: para que pueda contactar con nosotros, mejor por teléfono que por email, que también. Si establecemos relaciones estables, por ejemplo con librerías especializadas, un listado de ellas en nuestro blog les hará sentirse apoyadas. Pero un momento… ¿cómo vamos a atender esos pedidos si nuestro libro no está editado?
La misma empresa que nos proporciona el servicio de impresión bajo de­manda nos ofertará también el de tirada corta. Quiere esto decir que podre­mos solicitar pequeñas tiradas de entre cincuenta y doscientos ejemplares, que nos entregarán en nuestro domicilio. Es evidentemente algo más caro que la impresión tradicional, pero nos permitirá ir modulando la tirada según las ven­tas y evitarnos el almacenaje. Además, realizarán la entrega allá donde diga­mos. Esto abre un mundo de posibilidades: podremos pactar una edición para, por ejemplo, atender las necesidades de una librería universitaria. Incluso po­dremos pactar con distribuidores en otros países, nuestros libros no tendrán que cruzar el océano, se imprimirán en el país donde han de ser vendidos –o al menos, en algún país próximo–.
Es cierto que atender a librerías e incluso a lectores directamente es un trabajo engorroso y que requiere tiempo, pero no olvidemos que estamos que­dándonos con la parte del pastel que antes se repartían otros… y una vez más, siempre tenemos la opción de contar con la ayuda de un editor, para quien eso es coser y cantar.
Somos lo que leemos

Somos lo que leemos

por Álvaro Sobrino
Trama & TEXTURAS nº 5
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Ningún objeto, ya sea un electrodoméstico, una prenda de vestir, un coche o cualquier otra posesión, y más allá de unos pocos con unas connotaciones sentimentales o afectivas, nos acompaña más de diez o a lo sumo quince años. Sin embargo, los libros que acumulamos en nuestra vida difícilmente son «reemplazados», y sólo necesidades de fuerza mayor como mudanzas o traslados nos obligan a regalar nuestros libros, casi nunca a tirarlos.
El libro, en la mayoría de las personas o de los hogares, ocupa en número el primer puesto en la relación de objetos poseídos: normalmente uno o a lo sumo dos frigoríficos, un máximo de tres televisores, uno o dos coches, no suelen llegar a la decena ni las sillas, ni las camas ni las lámparas. En el apartado de los objetos ornamentales (figuritas, floreros y jarrones, cuadros…) puede alcanzarse la veintena. En un esfuerzo artificial por ampliar la muestra podríamos extenderla hasta las piezas de la cubertería, que rondarán, supongo, el centenar. Y sin embargo, cuando llegamos a los libros, en la mayoría de los hogares, quiero pensar, hay más libros que tenedores y cucharas, no nos será difícil encontrar algunos donde los libros se cuentan por cientos, e incluso en un buen número de ellos, esta cifra superará el millar.A diferencia de los tenedores y las cucharas, los libros no permanecen ocultos en un cajón, sino que son expuestos y forman parte del paisaje doméstico, conformando un mosaico aleatorio donde las estridencias son especialmente molestas, visualmente hablando (no es lo normal ordenarlos por colores, aunque conozco a uno que así lo hace, siendo su biblioteca un sorprendente elemento cromático-decorativo, aunque de funcionalidad comprometida).
Además, el aspecto estrictamente funcional del libro, que no es otro que ser leído, ocupa una nimiedad en el tiempo, acaso unos días, un par de semanas o tres a lo más; el resto del tiempo, esto es, toda una vida, el libro será sólo y sobretodo parte del entorno visual inmediato del individuo.
Todos estos argumentos no son sino para reivindicar la importancia del diseño y la calidad de edición en el libro. Por descontado, el contenido del libro es lo esencial, pero en cada caso es el que es, a partir de la decisión de editar un texto determinado las opciones correctas en diagramación, criterios tipográficos, ilustración, cubiertas, elección del papel, encuadernación, etc. harán que esa edición sea memorable y perdure en el tiempo, o como sucede tantas veces, envejezca mal.
Pues a quienquiera que se le cuente, con todo esto sobre la mesa, cómo son las pautas que en los últimos años rigen el mercado, quiénes toman las decisiones en las estructuras editoriales, cuáles son los criterios a la hora de definir los aspectos formales, pensará que algo no está funcionando correctamente. Los antaño «responsables de edición» han sido sustituidos por «product managers» para quienes los resultados inmediatos, esto es, el máximo de ventas en el menor tiempo posible, están llenando las estanterías de los hogares de productos anodinos, perecederos, caducos, que sólo unos años después (en cuanto cambien las modas y las tendencias) reclamarán a gritos ser eliminados del paisaje visual doméstico que afean con su estridencia coyuntural. A la escasa atención que se le da hoy a las «tripas», en una especie de todo vale que afecta a la disposición de elementos, a la composición tipográfica por no hablar de la ausencia de corrección de estilo y la descuidada corrección ortotipográfica o la pobre calidad de las traducciones, parece unirse un culto al despropósito en lo referente al aspecto exterior: hoy se diseñan cubiertas y colecciones que siguen estrictos criterios de packaging y reclamo, y la atemporalidad ha dejado de ser la auténtica obsesión y reto para el diseñador que fuera antaño. Salvo meritorias excepciones el resultado no puede ser más desolador.
El libro, más allá de las superadas discusiones de sobremesa acerca de su futuro frente a la alternativa de los bytes, está pasando a ocupar el triste puesto de los objetos de consumo, libros de usar y tirar, elementos prescindibles en los que la relación persona-objeto no va más allá de la meramente funcional, y ni siquiera ésta vive sus mejores momentos. Los valores de percepción, posesión, plasticidad y proyección individual carecen de sentido. A quienes creen que el PDF es la amenaza, habría que preguntarles si no será que hacemos libros que parecen cada día más eso: PDF’s encuadernados.
Espero que no se interprete como un arrebato de nostalgia, pero no estaría de más que revisáramos las ediciones de la segunda mitad del siglo pasado, donde encontramos en ediciones modestas realizadas durante unos años que no fueron peores que estos para el mercado del libro, valores y audacias que hoy son excepción y que han quedado reservadas a unas pocas ediciones de lujo y lo que se ha dado en llamar «libro objeto».
En contraposición a todo lo expuesto, afortunadamente vemos cómo se mantienen y surgen nuevas iniciativas editoriales de momento escasas, casi testimoniales, que parecen dispuestas a no conformarse con el tedio general y luchan por mantener y reivindicar esa «cultura del libro» que pasa por horas bajas. Y de la mano de éstas, un puñado de diseñadores está bregando en esa misma línea. Sería deseable que, a unos y otros, les prestáramos algo más de atención. Los libros son más que palabras, y los lectores un patrimonio irrenunciable que se merece el esfuerzo.

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*Somos lo que leemos. Pocas cosas influyen en nuestro ánimo y en nuestro modo de percibir cualquier asunto como lo que estamos leyendo. Este mismo texto, posiblemente sería completamente distinto si no fuera porque la semana pasada estuve leyendo, diría que devorando porque es uno de esos libros que atrapan, las Confesiones de una editora poco mentirosa de Esther Tusquets, a quien sin conocerla ahora admiro aún más. Y en estos días, mientras escribo esto, ando con los primeros capítulos de El diseño emocional. Por qué nos gustan (o no) los objetos cotidianos de Donald Norman, otro ejemplar capaz de darle la vuelta como un calcetín a la percepción que tenemos de los objetos.