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Antoine Gallimard. El faro de la literatura francesa. Álex Vicente en El País Semanal

Antoine Gallimard. El faro de la literatura francesa. Álex Vicente en El País Semanal

SU HISTORIA empieza en un patio interior de París, ocupado por un jardín con cuatro setos tallados en formas cónicas que delimitan los extremos del parterre. Cuando era un niño, Antoine Gallimard solía jugar en este exclusivo pensil, que comunicaba con el palacete donde se encontraba el despacho de su padre. Antes lo ocupó su abuelo, fundador de la insigne editorial que sigue llevando el apellido familiar como si fuera un estandarte. Sentado en el mismo lugar, solo que unas cuantas décadas más tarde, Gallimard recuerda cómo hacía los deberes en un rincón de la mesa, ocupada hoy por una montaña de portadas en amarillo crema, el color corporativo. Cuando sacaba buenas notas, su abuelo le regalaba un volumen de La Pléiade, la lujosa colección en papel biblia que reúne las obras completas de los grandes de la literatura. De repente, le viene a la memoria William Faulkner, paseando en “un estado de ebriedad muy avanzado” por el jardín que tiene ante sus ojos. Y las historias que le contaba Louis Aragon cuando lo llevaba en coche a su casa de campo, “cada vez que libraba su chófer oficial, pagado por el Partido Comunista”. Y sonríe al recordar los sobres con dinero en efectivo que su abuelo le hacía llevar a Jean Genet, ya que este “se negaba a abrir una cuenta en un banco”.

“PARA SER EDITOR NO HAY QUE TENER AMOR PROPIO, PORQUE A VECES SE NOS TRATA DE MANERA INJUSTA”

No cuesta adivinar que Antoine Gallimard siente añoranza por aquellos tiempos. “No hay que pasarse de nostálgico, pero fue una gran época. En aquel momento todavía se hablaba más de literatura que de economía”, ironiza. Para Gallimard, convertido en uno de los grandes editores europeos, algo ha cambiado desde la época en que su padre regentaba esta sede, en el corazón del barrio de Saint-Germain. “Ha habido una gran concentración empresarial y una financiarización muy fuerte. Por otra parte, antes contábamos con un núcleo duro de lectores que leían hasta tres o cuatro libros al mes. Con la llegada de esa generación que ha crecido con las pantallas, ese público tiende a desaparecer”. También el libro se ha transformado. “Se empieza a considerar que es una mercancía como las demás. Pero no es un producto de usar y tirar, sino un compañero con el que uno se reencuentra en la mesilla de noche. Es una mirada, un suspiro, una ensoñación. Un vínculo sin fin con los demás. Un libro es todo lo que no es palpable”.
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