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La responsabilidad de los escritores

por Charles Dudley Warner
Trama & TEXTURAS nº 12
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Ya resulta bastante difícil mantener el mundo en orden sin la intromisión de las obras de ficción, pero la conducta de los novelistas y de los pintores hace doblemente confusa la labor de los conservadores de la sociedad, pues ni los unos ni los otros tienen conciencia de los efectos que producen sus creaciones. Al parecer, el problema estriba en la tendencia de nuestra especie a la imitación. La propia Naturaleza se entrega a la emulación con cierta facilidad. Los amigos del mundo natural han llamado la atención sobre el hecho de que nada más descubrirse los peculiares colores extraídos de la brea, aparecieran en los arriates de flores ornamentales y en los setos de plantas decorativas los mismos tonos apagados, artificiales y hasta lánguidos.No era fácil concebir que las flores adoptaran el color de las cintas y los tejidos de los telares, ni que la Naturaleza y el arte mostraran el mismo aspecto enfermizo por compartir los tintes pálidos que impone la moda, pero si esa relación de la Naturaleza y el arte nos parece en exceso sutil para su comprensión, cuando se trata de la influencia de los personajes ficticios en la moral y en los hábitos sociales no existe nada que sea producto del capricho. Para convencernos no haría falta siquiera recurrir a los efectos que produjeron un Werther, un Childe Harold o un Don Juan -la imitación de su sentimentalismo, su misantropía o su afán aventurero-, ni a la profusión de la corbata de nudo suelto y de la solapa ancha propias del dandy. En una generación como la nuestra, los héroes y las heroínas de ficción aparecen en la vida real con sus vestidos y sus modales cuando aún no se ha secado la tinta de la imprenta. En cuanto que el imaginario popular se entera de cuáles son sus características en la novela, vemos en las calles centenares de imitaciones de las protagonistas. El tipo de mujer característico de los poemas de la escuela estética o de las telas de Rossetti –la pelirroja de ojos agrandados por las emociones y la pasión, vestida con ropas sutiles, enredada en telarañas- nos era desconocido; sin embargo, se multiplicó con enorme rapidez en la vida real, como si hubiera abandonado el libro o el cuadro completamente confeccionada y lista para invadir las calles y los salones. Un hecho en el que yo no encuentro nada de encantador. Es una perogrullada decir que las creaciones de la ficción se forman a partir de generalizaciones de caracteres reales, que han pertenecido a la historia, y que muchas veces esas ficciones viven de un modo más intenso en la tela y en la página impresa que los auténticos con sus existencias desdibujadas, incompletas y contradictorias. Los personajes reales no siempre nos gustan y además, debido a la información cambiante, están sometidos a una continua reconstrucción, vicisitudes éstas que no afectan a los personajes ficticios.

No obstante, la importancia de este hecho apenas se advierte, aunque es tan ilógico como que todos los padres tuvieran un sentido de la responsabilidad tan insuficiente respecto a la suerte de los hijos que han traído a este mundo. Esta actitud ha de cambiar en la era científica que se nos avecina, pues entonces la sociedad achacará a la abuela los pecados de sus nietos y reconocerá su responsabilidad hasta el final de la línea sucesoria, pero no debe extrañarnos que, llevados por la apatía de su materia, los novelistas no tengan en cuenta que los personajes que crean se convierten en ideales y en ejemplos. Ellos saben que el mal ejemplo antes se copia que se rechaza y que los ideales de pacotilla, por ser fáciles de seguir, se imitan con mayor frecuencia que los elevados, pero en esto los novelistas muestran un flaco sentido de la responsabilidad, tal vez porque carecen de una idea precisa de su poder. Es probable que los pecadores más dañinos no sean aquellos que introducen en el mundo de la ficción los elementos claramente perversos e inmorales, sino los que frecuentan la estupidez, los lugares comunes y la vulgaridad social. Muchos lectores rechazarían a los personajes depravados; en cambio, el tópico levanta menos críticas y se juzga inocuo con demasiada rapidez, cuando la realidad es que resulta más pernicioso para la moral. Un libro ramplón –esto es, una obra en la que los personajes vulgares son el resultado lógico de la mentalidad del autor y de su forma de concebir la vida- es peor que todas las epidemias de este mundo, pues mientras que una epidemia puede matar a un determinado número de sujetos vulgares e inútiles, el libro fabrica una gran cantidad de ellos. El observador fino habrá notado el aumento de los tópicos entre los ciudadanos estadounidenses de escaso gusto intelectual, lo cual se debe en parte al hecho de que eso que llaman literatura, y que no es otra cosa que un producto endeble y vulgar, sea lo que más se pregona y lo que más se facilita, por precio y exposición, a un mayor número de personas. No resulta difícil distinguir a las señoritas que se alimentan de tales obras –la mayor parte de ellas bien vestidas y hermosas a primera vista-, puesto que enseguida se delatan por su forma de hablar, sus gustos y su comportamiento; a pesar de lo cual, la insensibilidad pública hacia el problema es un hecho patente. Todo el mundo aceptaría que una joven flacucha, anémica y poco desarrollada físicamente es una joven mal alimentada; en cambio, pocas veces pensamos que la muchacha de mentalidad vulgar y pobre de ideas ha seguido una dieta de hambre leyendo libros anémicos. No debemos culparlas de que resulten tan insulsas y tan poco interesantes como esas mujeres ideales con las que ellas se identifican en los libros. La responsabilidad es de los novelistas y de los escritores de relatos cuya principal característica es el tópico vulgar.

No me extrañaría que en el Día del Juicio se les formulara esta pregunta: «¿Ha escrito usted alguna vez cuentos para niños en Estados Unidos?». ¡Cómo han de temblarles las rodillas! Porque allí estarán las víctimas de esa literatura, los que comenzaron en su más tierna edad a secarse el cerebro con ese aluvión de tópicos manidos que les proporcionan los escritores y los publicitarios comerciales obtusos y lerdos, y continuaron con las llamadas historias domésticas (como si doméstico fuera sinónimo de idiota) hasta que la mente se les diluyó por completo y quedaron inertes para oponer la menor resistencia. Una vez que comienzan a leer libros predigeridos no tendrán más remedio que continuar con ellos, y su disparatado apetito ha de verse estimulado día a día con la especia de la vulgaridad y con un poquito de la pimienta de lo indecoroso. Por suerte para ese tipo de dieta, los escritores más necios son también capaces de ser indecentes.

Desgraciadamente este mundo está ordenado de tal modo que las personas de constitución débil pueden contagiar enfermedades. Y la gente alimentada con esa literatura barata puede, a su vez, escribir libros. Ya se sabe que quien no es capaz de hacer otra cosa en esta vida, puede darse a la escritura, de ahí que el mal se extienda sin límites. No se requiere arte alguno, ni selección, ni idealidad, sólo la capacidad de aumentar el tópico vacío del mundo, y eso puede tenerlo tanto una princesa de nacimiento como una abanderada de los cotillones, pero la responsabilidad será siempre de los escritores que produjeron el texto.

Traducción de Pepa Linares de la Puerta