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Cómo sería la publicación de libros en un mundo ideal. Cristian Vázquez en Letras Libres

Cómo sería la publicación de libros en un mundo ideal. Cristian Vázquez en Letras Libres

Algunos pensadores imaginaron que, en una sociedad perfecta, toda persona que escriba tendría que poder publicar al menos su primer libro. Nuestro mundo está muy lejos de ser ideal, pero hay editoriales pequeñas e independientes que ayudan a que muchas de esas primeras obras existan.

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En una entrevista de 1985 le preguntaron Ricardo Piglia si la época en que él comenzó a publicar sus textos —la década del sesenta— era más difícil “ingresar a la literatura”. El escritor respondió que no. “Se podía publicar con relativa facilidad un primer libro”, dijo. Y después expresó una idea revolucionaria:

“En realidad, habría que publicar todos los primeros libros que se escriben. Es el mejor momento, el autor es un desconocido, nunca se sabe lo que puede pasar. Tendría que haber una editorial destinada a publicar solo primeras obras. Sería un material fantástico, decenas de libros, se podría tener una idea de cómo funciona realmente la literatura argentina. Una especie de publicación obligatoria, sería extrañísimo, aparecerían los libros más insólitos. Las cosas, por supuesto, suceden al revés. Solo publican los que ya publicaron. Por eso es tan monótona la literatura argentina”.

La entrevista fue publicada en el diario La Razón, de Buenos Aires, y luego incluida, bajo el título “Novela y utopía”, en el libro Crítica y ficción, que reúne charlas y ensayos de Piglia y cuya primera edición apareció en 1986.

 

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La cabaña del Tío Tom y Ben-Hur son títulos que nos suenan a todos. Eran, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, los libros más vendidos en Estados Unidos. Muy distinto es el caso del que ocupaba el tercer puesto en ese ranking de popularidad: Looking Backward, 2000-1887, novela de Edward Bellamy publicada en 1888. Este libro casi olvidado cuenta la historia de un hombre que permanece en un trance hipnótico durante más de un siglo y despierta en el año 2000. Se encuentra con una realidad absolutamente distinta de la que había sido la suya: es un mundo perfecto, sin clases, donde se han abolido la propiedad privada y el dinero y todos tienen las mismas posibilidades.

La novela no tiene, es cierto, grandes méritos literarios. La trama del trance hipnótico es solo la excusa que el autor necesitaba para explayarse en larguísimas descripciones (las que el protagonista recibe del hombre que lo ha sacado de su letargo) acerca del funcionamiento del nuevo mundo. Fue su mensaje, el sueño de una utopía realizada, el responsable del éxito de Looking Backward.

Según detalla Erich Fromm en un prólogo escrito para una reedición en 1960, el libro no solo vendió millones de ejemplares y fue traducido a más de veinte idiomas, sino que es “uno de los libros publicados en todos los tiempos que casi inmediatamente después de su aparición originaron un movimiento de masas”: entre 1890 y 1891 se crearon en Estados Unidos 165 “clubes Bellamy”, dedicados a la discusión y propagación de sus ideas, y se publicaron, en el mismo período, 46 novelas utópicas, estimuladas por este boom. En España, quizá por causa de la crisis, la novela ha tenido algunas versiones recientes, como la de la editorial Capitán Swing, que la tradujo con el título de El año 2000, o la de Akal, que prefirió la fidelidad al original: Mirando atrás.

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Contra la arrogancia de los que leen. Cristian Vázquez en Letras Libres

Contra la arrogancia de los que leen. Cristian Vázquez en Letras Libres

Muchos lectores están convencidos de ser superiores a quienes no leen, y sienten por ellos una conmiseración que pronto se convierte en menosprecio. Pero no existe tal superioridad, y esos sentimientos son paradójicos, dado que, en teoría, la lectura promueve la empatía y la tolerancia.

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Entre los numerosos motivos que suelen hacer que algunas personas se sientan superiores a las demás, uno bastante frecuente es el de haber leído. Hay gente que cree que, solo por haber leído unos cuantos libros a lo largo de su vida, tiene mayor autoridad ética o moral que la gente que no lo ha hecho. No solamente minusvaloran sus ideas y opiniones, sino que además a menudo convierten a esas personas en objeto de burlas.

Es curioso, porque el efecto debería ser justo el contrario. Se atribuye a Flaubert una frase que afirma que “viajar te hace modesto, porque te das cuenta del pequeño lugar que ocupas en el mundo”. Pues leer debería hacerte modesto también, ya que te permite advertir lo poco que sabes cuando hay tanto por saber. O te hace leer consejos como aquel con el que comienza El gran Gatsby, una de las mejores novelas del siglo XX: “Cada vez que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha tenido tus ventajas”. Con solo hacer caso de esa recomendación, los lectores arrogantes ya reducirían a la mitad los méritos que hacen para recibir ese calificativo.

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Los motivos por los cuales muchas personas no leen —la mayor parte de la humanidad, por cierto— son muy variados. En general se trata de una falta de gusto por la lectura, con frecuencia debido a que ese gusto no tuvo oportunidad de ser desarrollado, en muchísimos casos a causa de condiciones socioeconómicas (pobreza, marginalidad, instituciones educativas deficientes, empleos que demandan mucho tiempo y esfuerzo físico, etc.) que lo tornan muy dificultoso o virtualmente imposible, como bien lo sabía el padre del narrador de El gran Gatsby.

Sería deseable, desde luego, que esos obstáculos se eliminaran o se redujeran al máximo y que todo el mundo tuviera oportunidad de desarrollar el gusto por la lectura. Más allá de eso, en cualquier caso, es muy interesante en este sentido la mirada del escritor argentino César Aira, quien en un texto sobre literatura y best sellers afirma que a la gente que no lee ni quiere leer literatura “no hay que reprocharle nada, por supuesto; sería como reprocharle su abstención a gente que no quiere practicar caza submarina; además, entre la gente que no se interesa en la literatura se cuenta el noventa y nueve por ciento de los grandes hombres de la humanidad: héroes, santos, descubridores, estadistas, científicos, artistas; la literatura es una actividad muy minoritaria, aunque no lo parezca”.

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Los lomos de los libros, campo de batalla y obra de arte. Cristian Vázquez en Letras Libres

Los lomos de los libros, campo de batalla y obra de arte. Cristian Vázquez en Letras Libres

Los editores se dividen en dos bandos irreconciliables: los que creen que el rótulo en los lomos de los libros deben poder leerse de abajo hacia arriba y los que opinan lo contrario. Pero además hay quienes convierten ese espacio en obras de arte y hasta quienes los transforman en poesía.

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Alguien se para ante un estante con libros y, para poder leer con claridad el nombre del autor y el título en el lomo del primer volumen, inclina un poco la cabeza hacia un lado. Luego la vista pasa al siguiente libro, y luego al siguiente y al siguiente. En algún momento, en el segundo libro, o en el quinto o en el décimo, inevitablemente, tendrá que mover la cabeza, inclinarla en el ángulo contrario. Y después volver a la inclinación primera. Y, más tarde, volver a cambiar. Así, la persona que quiere conocer el contenido de una biblioteca se descubre a sí misma moviendo la cabeza como los perros cuando quieren escuchar mejor.

Entonces uno se pregunta: ¿cómo es posible que los editores no hayan acordado hasta ahora un sentido en el cual escribir los lomos de todos los libros? La respuesta la da Mario Muchnik, mítico editor argentino radicado desde hace décadas en Madrid, en su libro Oficio editor, de 2011:

“Dos escuelas rivalizan en cuanto a este elemento esencial del libro [el lomo]. Por un lado están quienes sostienen a muerte la idea de que el rótulo del lomo de los libros ha de ser puesto de manera que se lea de abajo hacia arriba. Por el otro, quienes sostienen a muerte lo contrario: de arriba hacia abajo. Conozco amistades que se han roto a causa de este diferendo insubsanable”.

 

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La tradición de escribir en los lomos de manera tal que se lean de abajo hacia arriba corresponde a lo que se llama la escuela francesa o latina. El fundamento es el siguiente: los distintos tomos de una obra o colección deben colocarse en el estante de forma correlativa y de izquierda a derecha, que es el modo en que leemos. Solo con lomos que se leen de abajo arriba sus textos quedarán en orden uno debajo del otro, como si fueran los renglones de una página.

 

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El derecho a que leer sea una forma de la felicidad. Cristian Vázquez en Letras Libres

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El ensayo Como una novela, del francés Daniel Pennac, publicado en 1992, es conocido sobre todo por su decálogo de “derechos del lector”. El texto enumera y describe estos diez derechos:

-A no leer.

-A saltarnos las páginas.

-A no terminar un libro.

-A releer.

-A leer cualquier cosa.

-Al bovarismo.

-A leer en cualquier parte.

-A hojear.

-A leer en voz alta.

-A quedarnos callados.

 

Afirma Pennac que los lectores “nos permitimos todos los derechos, comenzando por aquellos que negamos a los jóvenes a los que pretendemos iniciar en la lectura”. Y es que el autor trabajó durante muchos años como profesor de literatura en escuelas medias y se proponía, con textos como este, que los adolescentes pudieran abordar la lectura con placer, que la tomaran como una aventura personal fruto de su propia elección; en suma, que dejaran de sentir rechazo hacia la lectura. Con humor y claridad, Pennac describe en una escena esa fobia de los jóvenes ante los libros:

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En defensa de comprar libros para (todavía) no leerlos. Cristian Vázquez en Letras Libres

En defensa de comprar libros para (todavía) no leerlos. Cristian Vázquez en Letras Libres

Dos situaciones, muy relacionadas entre sí, hacen sentir mal a algunas personas. Una: comprar libros y luego no leerlos. La otra: comprar libros cuando se tienen en casa libros sin leer. Esta última suele ser, claro, consecuencia de la primera.

Esto es un problema en casos patológicos: el de la bibliomanía, considerado un trastorno obsesivo-compulsivo, o el de alguien que gasta todo su dinero en libros, e incluso se endeuda, y luego no tiene para comer o para pagar el alquiler. Pero estos son casos puntuales. La gran mayoría de las personas a las que me refiero en el primer párrafo no padecen de estos males. Simplemente les gustan los libros: leerlos y comprarlos.

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Los itinerarios de los libros. Cristian Vázquez en Letras Libres

Los itinerarios de los libros. Cristian Vázquez en Letras Libres

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Alguien encuentra un pelo entre las páginas de un libro que ha tomado de una biblioteca pública en una ciudad de 200 mil habitantes. “Un libro maravilloso”, dice. Al buscar las fechas de los préstamos anteriores, descubre que solo salió de la biblioteca dos veces: la primera, quince años atrás; la segunda, ahora. “Pediré que cotejen su ADN y buscaré y abrazaré a esa persona y la invitaré también a una cena”, anuncia este lector.

No sé si la historia es verdadera, pero la cuestión de los itinerarios de los libros me parece muy interesante. ¿Será cierto que ese libro no salió de ahí en quince años? Si así fuera, esto no querría decir que nadie se interesó por él, porque bien podría haber sido leído en la propia biblioteca, sin que esa actividad quede registrada en ningún papel. Pero también podría ser que, en efecto, haya estado durante tres lustros cerrado allí, durmiendo el sueño de los justos, a la espera de un príncipe o una princesa que lo despertara con el beso de su lectura. Y que, después de eso, ambos fueran felices para siempre. Aunque el destino del libro vuelva a ser el estante de la biblioteca, a la espera de un nuevo lector, quién sabe cuántos años después.

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