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«De oficio, lector» – El mito de Apostrophes. Bárbara Pérez de Espinosa Barrio

Hoy en día los formatos televisivos se copian sin ningún pudor y contribuyen a esa homogenización que nos hace sentir a todos personajes del mismo espectáculo sin guion ni sentido. Apostrophes fue una rara avis por su prestigio más allá de Francia y los territorios francófonos pero, sobre todo, porque el protagonista no era la cocina, el crimen o la música sino el libro, que lucha casi desde los tiempos de Gutenberg contra su extinción.

Trama editorial ofrece a sus lectores un catálogo arriesgado y elegido con gran mimo. En él se encuentran los mejores títulos sobre el mundo de los libros, desde editoriales hasta librerías, contado por figuras de primera fila como Diana Athill -no se pierdan Stet (vale lo tachado). Recuerdo de una editora– y Marco Cassini (Erratas. Diario de un editor incorregible). Este 2016 Trama ha apostado por unas singulares memorias de Bernard Pivot construidas sobre un infinito e inteligente cuestionario elaborado por Pierre Nora. Muchos de los lectores españoles solo conocen Apostrophes por su leyenda y, tal vez ahora, gracias a este libro puedan entender la dimensión de ese fenómeno cultural y televisivo. Solo en los años noventa se publicaron en España una selección de las grabaciones de los 724 programas que Pivot condujo entre 1975 y 1990.

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De qué hablamos cuando hablamos de edición

En 1992, Marco Cassini (nacido en 1970) y Daniele di Gennaro, veinteañeros con ganas, fundan minimum fax, una primera revista literaria que se enviaba por fax y que levnató cierto revuelo en Italia. Dos años más tarde, minimum fax pasa a convertirse en una editorial. Como el mismo Cassini admite en su libro.
Imaginaba largas jornadas leyendo manuscritos que iban a cambiar la historia de la literatura, conversaciones en figones llenos de humo con escritores legendarios, (…) repetir fácilmente la experiencia del New Yorker de William Shawn, de la Shakespeare & Co. de Sylvia Beach, del Grupo Bloomsbury de Virginia Woolf o de la Einaudi del trío Vittorini-Calvino-Pavese.

Esto, como se verá, no es así. Cuando Marco Cassini escribe Erratas, minimum fax ya publica varias decenas de libros de ficción y no ficción al año: su autor estrella es Raymond Carver; y tiene un catálogo que reúne a Foster Wallace con Bukowski; Lennon con las entrevistas de The Paris Review, los ensayos de Auster con la teoría cinematográfica de Lars von Triers o Ginsberg con un bestseller sobre cómo la Iglesia Católica inventó el marketing titulado Jesús lava más blanco. Tanta actividad le acaba ocasionando lo que él denomina el “síndrome de la Cenicienta”, que se manifiesta invariablemente a medianoche y que lleva acompañada una multitud de granitos “rojos y pruriginosos” que se le extienden por todo el cuerpo y que cuatro especialistas diagnostican como estrés.
De modo que en vez de conversaciones legendarias, su oficio le ofrece estrés. ¿Y de qué le viene tanto estrés? De no poder parar quieto ni un instante, dice Cassini, que se muestra sincero al respecto como sólo alguien con la vocación de un atracador de bancos o un jesuita puede sincerarse: “cuando se es editor uno no deja de serlo nunca, ni un solo instante”. Tan sincero es que huye del peor mal que aqueja a muchos de los libros de grandes editores, desde Maschler hasta Herralde: la tentación de confundir unas memorias con un enorme ejercicio de name-dropping y contarlo todo como si se fuera James Cameron filmando Titanic. Quien se acerque a Erratas encontrará en cambio el tono mucho más cercano de un Jim Jarmush: Cassini no nos muestra veladas más memorables que las que otorga el recibir en el último día laborable del año un fax de la viuda de Carver que les cede los derechos de la obra de su marido citando a Bob Dylan. El resto, las grandes fiestas, los viajes exóticos y las recepciones en Estocolmo brillan por su ausencia. (Vale, duerme una semana en el suelo de la casa de Ferlinghetti y rechaza un ácido que le ofrece Ginsberg, pero es todo.)
Y ¿qué nos da a cambio? Un curso, franco y recatado, que el mismo Cassini podría haber presentado en cualquier master de edición con el título carveriano de “De qué hablamos cuando hablamos de edición”. En efecto, el editor Cassini confiesa que hay centenares de libros que no acaba y que debe disculparse cada vez que convoca reuniones por muy necesarias que sean, cita a Diana Athill y no teme mostrarse como Robert Mitchum en La noche del cazador –“negocio” tatuado en los nudillos de la zurda; “arte” en los de la diestra— y dedica un capítulo a qué significan términos como validez cultural y validez económica en el día a día de un editor; nos explica qué es un plan editorial, un catálogo editorial o qué se entiende por “política de autores”. E incluso añade una bibliografía titulada inequívocamente “Guía para reconocer a tus santos” que no es sino el temario de ese curso, y que también es impecable. Todo ello, se diría, with the minimum fuss, con el menor escándalo, casi de puntillas. El resultado es un libro que se lee con gusto, del que se sacan ideas, con el que es casi imposible estar en desacuerdo y que no precisa llegar a las cien páginas ni acumular un par de cuadernillos de fotos para demostrar que sabe quién es. De lectura obligatoria.
Letra Internacional

¿A quién se debe satisfacer con los oficios de la edición?

publicado en: [ el ojo fisgón ]
En Stet [vale lo tachado] la editora británica Diana Athill comenta una anécdota que marcó su experiencia como editora de mesa. Según cuenta Athill, alguien que no sabía escribir y que parecía conocerlo todo sobre el descubrimiento de Tahití presentó a la editorial Allan Wingate un libro escrito tosca y laboriosamente ‘que de una vez por todas me enseñó la naturaleza de mi oficio’. En vista de que la persona a quien la editorial había contratado para editar el libro no hizo su trabajo ni siquiera a medias, Athill debió ocuparse de la edición del texto para que éste pudiera ser publicado.

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Memoria viva

por Félix Romeo
ABC – Cultural
31 de julio de 2010
Aunque Natalia Ginzburg dejó aquí y allá (en Léxico familiar, en Las pequeñas virtudes y en otros textos) sus recuerdos como trabajadora de Einaudi en el momento más brillante de la editorial turinesa, no lo hizo de forma sistemática. Y es una pena.
Consciente de la escasez de memorias de editoras, Diana Athill señala en el prólogo de Stet que el de su obra no reside en el mérito literario, sino en el rescate de una parte poco conocida de su vida. Athill es consciente del valor de sus páginas, en especial de las que se refieren a los últimos años de Jean Rhys, la gran estrella del libro, pero no es menos cierto que muchos de los autores de quienes habla han desaparecido sin dejar el menor rastro. Y si me refiero sólo a los autores, y no a los avatares mercantiles de su desempeño editorial, es porque Athill se reconoce incapacitada para los números y, muchos menos, para recordarlos.

Diana Athill trabajó siempre para el mismo editor, André Deutsch, un hombre hecho a sí mismo que casi nunca dejaba sueltas las riendas de su negocio, que tras la Segunda Guerra Mundial hizo crecer hasta su consolidación… y que, tiempo después, permitió qe fuera engullido por otra editorial cuando se le acabaron las ganas de publicar. Por el camino, quedaba una historia de éxitos (como Tiburón, de Peter Benchley; como el descubrimiento de V.S. Naipaul o como el redescubrimiento de Jean Rhys), de fiascos, de medianías, de ilumincaciones que no funcionaban (como las traducciones de Mercè Rodoreda) y de sorpresas (como la colaboración con las editoriales universitarias africanas).
Mirada global
Andrè Deutsch Ltd. Era una editorial generalista –lo mismo publicaba tratados filosóficos, ensayos sobre extraterrestres o manuales de cocina y literatura-, pero Diana Athill, aunque no para de hablar de todo el entramado de la editorial, prefiere los asuntos literarios. La primera parte de Stet, y la más larga, es una mirada global sobre su trabajo, que sirve para entender la segunda y mejor, en la que retrata a los autores con los que trabajó de una forma más íntima. Con la intimidad que cabe en una editora que, según afirma, siempre separó su trabajo de su vida.
Hay tres tratados especialmente buenos. El de Jean Rhys es conmovedor. Diana Athill muestra a la escritora caribeña como una mujer frágil, que nunca creció del todo y que era incapaz de valorar la ayuda que recibía, y sin la que difícilmente habría podido vivir y escribir. Su relación con Sonia Orwell, la viuda de George, que la agasajó durante años –hasta que su economía le impidió hacerlo-, recibía con mayor intensidad los palos de Jean Rhys. Sin embargo, Athill nos hace comprender los motivos de la fragilidad afilada de Jean Rhys: matrimonios rotos, vida infernal, abandono de la escritura… Aunque es posible que la mirada benévola de Diana Athill esté teñida por la culpa (relacionada con un ridículo anticipo editorial), lo cierto es que resulta casi imposible, leyendo sus penurias, no sentir el desamparo de esa muñeca rota y, al mismo tiempo, su potencia literaria: «No era capaz de verse a sí misma cuando se ponía a trabajar. En sus ojos entonces asomaba un ser íntegro, intrépido, sin asomo de compasión de sí mismo, sabedor con toda exactitud de lo que deseaba hacer y de cómo hacerlo».
Mucho más contundente se muestra Diana Athill con V. S. Naipaul, uno de los autores más fieles a Andrè Deutsch Ltd, y uno de los más ásperos. Quien haya leído La sombra de Naipaul, relato de amistad traicionada que escribió Paul Theroux, volverá a revivir la tensa frialdad, y el rencor, del Premio Nobel caribeño, a los que Diana Athill suma un machismo aterrador, que le lleva a esconder a su mujer por miedo a la vergüenza: «A Vidia no le gusta ir a la fiestas porque soy muy aburrida». Es muy fácil sentir el alivio de Diana Athill cuando V. S. Naipaul abandonó la editorial y dejó de frecuentarlo.
Dandi con peluca
Jean Rhys y V. S. Naipaul son escritores muy traducidos y bastante conocidos, pero el estadounidense Alfred Chester (1928-1971) era para mí un extravagante simpático de la vanguardia al que nunca había leído y cuyo retrato, muy emocionante dentro de su patetismo, me ha hecho encargar sus libros, que ahora, tras años de olvido, publica una editorial que fue de referencia en la escena indie, Black Sparrow. Niño marginado por las secuelas de una enfermedad, judío, homosexual, dandi con peluca, experimental…, padeció en sus años finales una locura que le llevó a intentar asesinar a su madre. Más allá de su pintoresquismo y de sus grandes cualidades, que derrochó hasta que la enfermedad lo permitió, Diana Athill defiende al Alfred Chester escritor, que le proporcionó una de sus mayores emociones literarias.
Diana Athill dice que su libro es casi exclusivamente un repaso a su trabajo, pero su mirada sobre los escritores con los que trató es maravillosamente humana, sin asepsia, apasionada: «La vida es algo que vale la pena vivir»… aunque la idiotez y la crueldad nos acechen por todas partes.

La formidable Diana Athill

por Sergio Vila-Sanjuán
Culturas / La Vanguardia
miércoles 21 de julio de 2010
Diana Athill es una señora formidable. Defensora de las virtudes del envejecimiento (“El día en que cumplí 82 años fue el mejor de mi vida”, título uno de sus artículos) constituye un caso de estudio sobre cómo afrontar lo que la socióloga Sara Lawrence-Lightfoot ha llamado “el tercer capítulo” de una vida. Jubilada como editora a los setenta y cinco años, emprendió una nueva carrera como escritora. El año pasado, cumplidos los noventa, obtuvo un amplio reconocimiento con su libro autobiográfico Somewhere towards the end, premio Costa de biografía, donde relata su larga y agitada vida sentimental que incluyó un prolongado mènage a trois bajo el mismo techo con el autor jamaicano Barry Reckord y su novia. Ahora aparece en España un libro anterior, en el que rememora su paso por el mundo del libro: Stet (vale lo tachado), que publica Trama editorial en traducción de Miguel Martínez Lage.
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Athill fue reclutada como ayudante por el editor André Deutsch tras una breve affaire que daría paso a una relación semifraternal. En el Londres de los años 40, emigrados centroeuropeos como Deutsch o George Weidenfield creaban casas editorial que sentarían el tono del libro británico de postguerra. Athill, una buena lectora que odiaba la gestión, se mantuvo como editor sin llegar del todo a ser publisher. Mantuvo sin embargo una relación muy directa con varios autores de la casa, a los que dedica sendos retratos en los que muestra su doble atracción por el mundo caribeño y por las figuras a la deriva. Así desfilan Jean Rhys, autora de Ancho mar de los Sargazos, dubitativa y alcoholizada; el siempre complicado V.S. Naipaul o del hoy olvidado Alfred Chester, personaje capotiano abocado a un final desgraciadísimo. Diana Athill, que se ocupó de la edición británica del Bearn de Vilallonga y de La plaça del diamant de Mercè Rodoreda, hace agudas observaciones sobre su trabajo, de las que destacaré dos:
“Los libros que de veras vale la pena leer no surgen de que alguien diga ‘qué buena idea’. Surgen de que alguien sepa mucho de un determinado asunto y de que tenga además sentimientos fuertes sobre ese asunto. Y eso no significa que un plumilla no sea capaz de redactar un libro aceptable por encargo de un editor; tan sólo significa que cuando lo hace suele terminar en las estanterías de las devoluciones al doble de velocidad de lo habitual”.
“Cualquier editor sabe que no forzosamente logra uno ser un éxito de ventas escribiendo bien. Como es lógico, tampoco es necesario escribir mal para lograrlo. La calidad de la escritura e incluso la calidad del pensamiento es irrelevante. Es cuestión de tocar o no la fibra del público lector en su máxima amplitud”.
Stet aparece en la colección Tipos Móviles, que ha publicado anteriormente libros sobre Giulio Einaudi y Jerôme Lindon y escritos autobiográficos de Tom Maschler y Hubert Nyssen, entre otros, lo que la está convirtiendo en máxima referencia española para la memoria de la edición internacional.