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Acceso abierto en Europa: la perspectiva del editor universitario. Juan L. Blanco Valdés

Acceso abierto en Europa: la perspectiva del editor universitario. Juan L. Blanco Valdés

En 1990, pronto hará un cuarto de siglo, un investigador británico del CERN, Tim Berners Lee, creó la
moderna Internet (stricto sensu, la World Wide Web), al definir y usar por primer vez el protocolo estándar http para la transferencia de información entre un ordenador servidor y un ordenador cliente. Casi veinticinco años después, el desarrollo tecnológico de la red, sus posibilidades de uso en dispositivos cada vez más pequeños y sofisticados y su extensión social, a través de redes y aplicaciones que intercomunican miles de millones de personas cada segundo, han hecho de Internet el referente por excelencia del siglo XXI y de marcas como Google antonomasias de un nuevo paradigma de la comunicación humana.
Internet, y su ilimitada capacidad de intercambiar textos, imágenes y archivos multimedia, hacía posibles viejos anhelos de la humanidad, entre ellos, señaladamente, el de una altruista socialización del acceso al conocimiento como elemento medular del progreso, sin las trabas impuestas por la distancia entre los países y por encima de sus enormes diferencias sociales, económicas y culturales. Contemplando el fenómeno con la relativa perspectiva histórica que proporcionan casi veinticinco años de existencia de la red, yo creo que era sólo cuestión de tiempo atar cabos. Y fue, de hecho, muy poco tiempo, pues en 2002, el Open Society Institute, creado a instancias del magnate húngaro George Soros (actualmente Open Society Foundations) redactó la Budapest Open Access Initiative, conocida por sus siglas BOAI, en la que, en efecto, se atan los cabos con meridiana y profética claridad: «Una antigua tradición y una tecnología nueva en convergencia han hecho posible la aparición de un bien público sin precedentes. La vieja tradición es la voluntad de científicos y estudiosos de publicar los frutos de su trabajo en revistas doctas sin remuneración alguna, sólo por el bien de la investigación y del conocimiento. La tecnología nueva es Internet». 
La iniciativa de Budapest fue un gesto pionero, sin duda valiente y de una indiscutible coherencia, pero su efecto, enseguida imitado por otras instituciones en otras latitudes, estaba llamado a alterar considerablemente las condiciones en las que la comunicación científica había transitado durante el siglo XX. La Iniciativa de la ACRL (Principios y estrategias para reformar la comunicación  científica, Association of College and Research Libraries, Chicago, 2003)  supuso la entrada del sector bibliotecario en el escenario del acceso abierto, algo que era perfectamente lógico y esperable pues, cuando menos en un esquema tradicional, las bibliotecas son organismos de preservación y administración de los contenidos científicos publicados. La Iniciativa de la ACRL avanzaba ya objetivos definidos para la socialización de la comunicación científica: el más amplio acceso posible a la investigación publicada; acceso abierto o, cuando no, precios justos y razonables y mercado competitivo para la información científica; una industria editorial diversificada; innovaciones en edición que reduzcan costos de distribución y que amplíen el acceso a la investigación científica; garantía de calidad en publicaciones por medio de evaluación por pares; uso justo de la información, amparada por derechos de autor, para propósitos educativos  y de investigación; preservación de la información científica para uso futuro a largo plazo.
Del otro lado del Atlántico, en el mismo año 2003, la prestigiosa institución científica Max-Planck-Gesellschaft promovió el que en Europa iba a ser el documento marco para el desarrollo normativo e incluso jurídico del acceso abierto. La Declaración de Berlín para el acceso abierto al conocimiento científico, un texto tan breve como incisivo,  fue aplaudida por infinidad de instituciones de investigación, entre otras, la Universidad de Santiago de Compostela, que la firmó en 2006. 

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