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Fallece Javier Abásolo, director y alma de la editorial Siglo XXI

Fallece Javier Abásolo, director y alma de la editorial Siglo XXI

La editorial Siglo XXI, líder en pensamiento y con un gran prestigio en el campo de las ciencias sociales, se constituyó como un referente de la edición, creando un catálogo de gran importancia que aunaba el compromiso con el rigor y la calidad de unos libros alejados de las modas.

Javier Abásolo fue su director hasta los años noventa. Tras una grave crisis económica que obligó a los directivos a sanear la editorial con una regulación de empleo, Abásolo abandonó su puesto, hasta que finalmente la adquirió Akal.

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El editor que tenía claro que no sería editor. Juan Tallón en Jot Down. Sobre Editor de Tom Maschler

El editor que tenía claro que no sería editor. Juan Tallón en Jot Down. Sobre Editor de Tom Maschler

Tom Maschler (Berlín, 1933) tenía veintisiete años y acababa de incorporarse a la editorial inglesa Jonathan Cape el día que Ernest Hemingway se suicidó en el porche de su rancho. Un mes después, su viuda, Mary Hemingway, visitó la sede de la editorial en Londres, y se fijó en el nuevo empleado, al que invitó a su rancho de Ketchum, en Idaho, donde estaba la residencia principal del autor de El viejo y el mar. Mary «necesitaba ayuda para reunir el manuscrito en el que “Papá” estaba trabajando cuando se pegó un tiro», cuenta Maschler en Editor (Trama Editorial). Durante varios días se sumergieron en el baúl donde guardaba sus páginas manuscritas. «No hallamos el menor indicio de la forma que hubiera previsto dar al libro, lo que hizo más difícil y al mismo tiempo más gratificante la tarea». La estancia dio para que Mary le propusiera utilizar el rifle que Hemingway empleaba en los safaris. El arma puso nervioso a Maschler, que pese a todo disparó uno o dos tiros. Cuando volvieron al baúl y los manuscritos, encontraron una mención a que «París era una fiesta», y les pareció que sería un título excelente para el libro. En la última noche al fin consiguieron poner orden en el manuscrito, y cuando Mary lo envolvió y se lo dio a Maschler, le pidió que por favor lo entregara en persona… en la editorial Scribner. Ese fue el primer gran trabajo Maschler, que editó una editorial que no era la suya.

Pero su vida pudo seguir un rumbo distinto. Después de sobrevivir al nazismo, y huir primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, al acabar la adolescencia «tenía claro en materia de profesiones que nunca sería editor», y por eso se marchó a Roma con el propósito de dedicarse al cine. Fracasó. Cuando lo asumió, decidió que a lo mejor la profesión de editor no estaba tan mal. Empezó en la editorial André Deutsch, donde asumió responsabilidades como «llevar el registro de las existencias de papel», lo que a veces lo obligaba a acudir algunos sábados a trabajar. El día que le permitieron editar un libro, se vendieron veinte mil ejemplares. Fue con Declaration, una serie de manifiestos encargados a algunos de los principales autores del mundo de las artes, como Doris Lessing,Kenneth Tyanon o John Osborne. Eso le dio la oportunidad de fichar por Penguin, donde trabajó dos años antes de aceptar ser director literario en Johathan Cape.

El cambio iba a darle la oportunidad de conocer a uno de los editores independientes que más admiraría, y con el que se le compararía con el tiempo: Bob Gottlieb. Gottlieb «jamás se permitió comer, porque lo consideraba una pérdida de tiempo». Cuando Maschler estuvo alojado en su casa, y quiso comerse un huevo duro en un desayuno, descubrió que no había. Fue a comprarlo. Al regreso, descubrió que tampoco había sal. La comida no tenía el menor significado en su vida. Sin embargo, su casa poesía el encanto del vecindario. En la casa de al lado vivíaKatherine Hepburn. Un día Gottlieb recibió una llamada de la actriz, que le aconsejó que limpiase la nieve del tejado para que no se filtrara. Gottlieb le dijo que ni siquiera sabía dónde estaba la trampilla para subir hasta él. «Entonces Katherine Hepburn, que en ese momento andaría en los setenta, se ofreció a limpiar ella misma el tejado de Bob».

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Gordon Lish. De qué hablamos cuando hablamos de editar. Jaime G. Mora

Gordon Lish. De qué hablamos cuando hablamos de editar. Jaime G. Mora

La novela de David Leavitt Martin Bauman (Anagrama, 2001) comienza con el primer encuentro entre el protagonista, Bauman, y Stanley Flint:

“Conocí a Stanley Flint en el invierno de 1980, cuando yo tenía diecinueve años. Se hallaba a mitad de camino de la grandeza editorial, recién despedido de la famosa revista pero sin haber sido contratado todavía por el célebre editor. Para ganarse el sustento viajaba de una universidad a otra impartiendo su famoso seminario sobre narrativa, que se celebraba una noche por semana y duraba cuatro horas. Sobre este seminario circulaban rumores delirantes. Decían que a principios del trimestre pedía a sus alumnos que escribieran sus secretos más sucios, más sombríos, más sepultados, y que luego los leyeran en voz alta uno tras otro. Se decía que les preguntaba si estarían dispuestos a dar un brazo o una pierna por escribir una línea tan buena como la que inicia el Retrato del artista adolescente. Se decía que llevaba una pistola y que la disparaba cada vez que un estudiante leía lo que él consideraba una frase estupenda.”

 ‘Flint el vidente’, ‘Flint el descubridor’, había publicado los primeros cuentos de algunos escritores que después se convirtieron en grandes firmas. “Había tenido la sagacidad no solo de reconocer el genio en su estadio más crudo, sino de extraerlo del montón, de nutrirlo y de refinarlo”, cuenta Bauman.

En la primera clase de Flint a la que acudió Bauman, el profesor entró sin saludar. Abrió su maletín, sacó una libreta, un lápiz rojo y miró la lista de los alumnos del seminario. “¿Quién de ustedes es López?”, preguntó. Cuando la identificó, le pidió que le entregara un relato. Flint comenzó a leerlo, pero no tardó ni medio minuto en levantar la vista.

—Esto es basura. Nunca será una escritora. Váyase, por favor.

La señorita López había intentado entrar en el curso a última hora, pero su cuento no valía la pena. Después de advertir a sus alumnos –“los textos que han presentado, sin excepción, son una mierda”–, Flint se levantó y habló durante dos horas.

Flint era un gran comunicador, y Bauman incluso llegó a sentirse atraído por él. Así que cuando el ‘descubridor’ por fin elogió un cuento suyo, el joven plumilla estuvo a punto de desmayarse. Se sentía bailando en un “claro primaveral”. Pero, con el tiempo, pasó de ser el alumno favorito de Flint a un escritor sin chispa: “Créame, Bauman, cada vez que empuña la pluma, se expone al desastre”.

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El editing, esa arma de doble filo ¿Mejorar o transformar? Guillermo Schavelzon

El editing, esa arma de doble filo ¿Mejorar o transformar? Guillermo Schavelzon

El trabajo del editor con el texto del autor ha tenido momentos de gloria, resultando algunas veces un aporte muy agradecido por los escritores, que vieron cómo el editor les ayudaba a mejorar, o incluso a poder terminar su obra. Hoy, la imperiosa necesidad de vender más ha distorsionado la idea del editing, llevando a muchos escritores a una zona de conflicto con sus convicciones.

T. S. Eliot trabajo años en La tierra baldía, el poema más trascendente del siglo veinte, del que Andreu Jaume dice, en la reciente edición a su cargo: “no hay, en el siglo veinte, una obra que concentre con tanta intensidad todas las ideas…”. El manuscrito, antes de su publicación en 1922, fue editado por Ezra Pound, logrando así “la reducción de varios pasajes a sus términos más intensos”. El largo poema se redujo a la mitad, según uno de sus traductores, Esteban Pujals Gesali. El aporte de Pound como editor fue tan determinante, que Eliot se lo reconoció en la dedicatoria: «Para Ezra Pound, il miglior fabbro», (el mejor artesano, referencia a un verso de Dante, traducción de Andreu Jaume).

Este tipo de trabajo, tan intenso y personal, se perdió cuando la gran industria editorial, hace unas décadas, emigró del área de educación y cultura, hacia la del ocio y entretenimiento, consecuencia del cambio global en la política educativa, que “en lugar de producir ciudadanos cultos, produce individuos que buscan diversión” (Jordi Llovet, Adiós a la Universidad). Este cambio trascendente, modificó el concepto de editing, empujando a muchos editores a una intervención comercial en los textos. A esto lo llamo nuevo editing.

Cuando un editor trabajaba con una docena de manuscritos al año (hoy lo hace con ochenta o cien), se establecía una relación muy próxima entre ambos, porque podía dedicar, siempre en forma presencial, el tiempo necesario para trabajar juntos sobre un texto, generando, en ese intercambio, una colaboración comprometida y creativa. Pese a desacuerdos y discusiones, de este trabajo conjunto casi siempre se emergía con un buen texto, y una gran amistad.

Seguir leyendo en el blog de Guillermo Schavelzon.

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El baúl del editor. Carlos García Santa Cecilia

El baúl del editor. Carlos García Santa Cecilia

Cuenta en sus memorias Tom Maschler (Trama, 2009) –uno de los mejores y más influyentes editores de la segunda mitad del siglo XX– que comenzó su trabajo en la editorial Jonathan Cape poco después de que Ernest Hemingway se pegara un tiro. Mary, la viuda del escritor, a la que había conocido en la sede de la editorial en Londres, le invitó poco después a que la visitara en el rancho de Ketchum, Idaho. Fue a buscarle al aeropuerto en un destartalado Cadillac verde descapotable y le condujo por un paisaje de película del Oeste hasta una casa de madera rodeada de frondosos bosques en la que aún resonaba el disparo del rifle de Hemingway.

Mary había solicitado sus servicios para recomponer y terminar el libro en el que Papá estaba trabajando. Abrieron un baúl, atestado de recortes de prensa y hojas manuscritas sueltas, y no encontraron el menor indicio de la forma que hubiera querido dar el autor a todo aquel enredijo. Durante los seis días que permaneció allí fue leyendo y colocando por orden cronológico el material que le pareció más significativo, con ayuda de la viuda, que se trasegaba una botella de whisky al día. Había varias versiones de un mismo acontecimiento y muchas referencias a los autores que había conocido: Ford Madox Fox, James Joyce, Scott Fitgerald… Una mañana Maschler leyó una frase de Hemingway en la que afirmaba que, en aquella época, “París era una fiesta”.

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Tom MaschlerTM04_Editor

Editor

Tom Maschler ha sido una de las figuras más importantes del mundo de la edición inglesa en la segunda mitad del siglo XX. A lo largo de estas páginas, quien ha sido considerado el editor inglés de más alto perfil y éxito de estos años, hace un recorrido por su trayectoria personal y profesional a partir de su visión –a veces dulce y otras muy ácida– de esos autores que han escrito uno de los catálogos editoriales más brillantes en la historia.

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Moulines, un librero y editor excepcional. Josep Mengual

Moulines, un librero y editor excepcional. Josep Mengual

Al término de la guerra civil española, Venezuela fue país de acogida de muchos refugiados republicanos víctimas de la guerra civil española, entre los que suelen destacarse sobre todo a una pléyade de científicos: Manuel Corachán (1881-1942), que fundó en la Universidad de Caracas el Instituto de Cirugía Experimental; August Pi i Sunyer (1879-1965), que impartió diversas materias en la Universidad Central y dirigió el mencionado Instituto de Medicina Experimental; Rossend Carrasco i Formiguera (1892-1990), profesor de fisiología sucesivamente en las universidades de Los Andes (Mérida), Maracay y Central de Caracas; el valeroso Antoni Peyrí (1889-1973), que dirigió la leprosería Isla de Providencia de Maracaibo, o el geógrafo Pau Vila i Vinarès (1881-1980), que desarrolló una ingente y fructífera labor docente, y a éstos podrían añadirse muchos otros. Sin embargo, también hubo entre los exiliados republicanos que fueron a parar a Venezuela alguna gente del libro importante, como es el caso del librero y editor Linus (o Lino) Moulines Gascons (1913-2000).

Su compañero de militancia en el BOC (Bloc Obrer i Camperol) Víctor Alba describe de un brochazo al Moulines de principios de los años treinta, en Barcelona, «despechugado y con sandalias», y lo recuerda como quien le descubrió un restaurante de la calle Sitjà donde por 1,25 pesetas diarias los estudiantes podían hacer una comida a mediodía y tomarse un café con leche como cena. Moulines había llegado a Barcelona en 1933 procedente de su Anglès (Girona) natal –tras un breve paso por Terrassa, donde trabajó en la industria textil– con el propósito de presentarse a una oposición convocada por el SMC (Sindicat de Metges de Catalunya), y, según el Diccionario biobibliográfico del exilio republicano de 1939, en esos años se ocupó de la edición de «revistas y folletos de carácter médico-científico» cuyos títulos no precisa.

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En torno a Aventuras y desventuras de un editor. Antonio Rivero Taravillo

La revista Texturas, a punto de cumplir su décimo aniversario, publica como acostumbra un ramillete de escritos sobre el mundo editorial desde muy diferentes perspectivas. En el número 28 recoge unas breves pero enjundiosas memorias de Josep Janés i Olivé (1913-1959): «Aventuras y desventuras de un editor». Es impagable el sucedido que se abre con esta confesión (pág. 13): «Uno de los primeros problemas que se plantearon, un problema que es vital para un editor, y que yo creo que todavía no he acertado a resolver completamente, es el de saber decir «No»». Nadie se inquiete: no (yo si lo digo) voy a destripar aquí esa historia de uno de tantos ofuscados por el deseo de hacer carrera literaria, que merece ser leída en la revista (hay versión digital disponible), pero sí reproduciré lo que cuenta Janés de un colega en circunstancias parecidas a las suyas:

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El arte de editar para niños: Daniel Keel con Tomi Ungerer, Maurice Sendak y Edward Gorey. Ana Garralón

El arte de editar para niños: Daniel Keel con Tomi Ungerer, Maurice Sendak y Edward Gorey. Ana Garralón

No siempre es fácil entrar en el mundo de los autores y su relación con editores, y mucho menos esbozar qué es un buen editor. Porque editores hay muchos pero singulares, menos. El editor, no solamente recibe un manuscrito, da unas palmaditas en la espalda del autor y mete el libro en producción. A menudo, muy a menudo, el editor es un amigo, un confidente, una madre, un prestamista, un apagafuegos y también, un incendiario que aviva las llamas de sus creadores. En la construcción de un catálogo por parte de un editor, el diálogo con los autores es indispensable y conforma en muchas ocasiones las líneas de trabajo con sus autores.

Tal es el caso del editor suizo Daniel Keel, fundador de la emblemática Diogenes Verlag que publicó a 860 autores en 58 años de vida, entre ellos, gente de la talla de Samuel Beckett, Heinrich Böll, Albert Camus, Elias Canetti, Max Frisch, Donna Leon o Patrick Sünskind. Sin embargo dos autores marcaron notoriamente ese catálogo: Maurice Sendak y Tomi Ungerer, considerados ahora dos de los más importantes exponentes de literatura infantil.

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Maschler, el Don Draper de los libros. Iván Alonso

Maschler, el Don Draper de los libros. Iván Alonso

Si Don Draper, el protagonista de la serie Mad Men, tuviera un equivalente en el mundo del libro, ese sería sin lugar a dudas Tom Maschler, editor inglés en Jonathan Cape. En su despacho se fraguaron éxitos editoriales del calibre de Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie; las primeras recopilaciones de cuentos y novelas del fundamental Ian McEwan; la mejor etapa de Roald Dahl o el desembarco de la literatura del boom latinoamericano en el mundo anglosajón con Gabriel García Márquez como banderín de enganche. En Editor (Trama Editorial, 2009) recuerda sus días al frente de Cape, sus encuentros con escritores de fama mundial como Martin Amis, Doris Lessing, Julian Barnes y Allen Ginsberg e incluso su papel en los dos únicos libros que publicó el ‘beatle’ John Lennon.

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La mirada del editor en el nuevo siglo. Manuel Rico

La mirada del editor en el nuevo siglo. Manuel Rico

Por Manuel Rico.

No son pocos los foros en los que, de vez en cuando, se escucha la voz del editor. Pero suelen ser o bien foros profesionales, de gremio, o bien foros literarios en los que el editor aparece como una “rara avis” que ha de pronunciarse sobre las posibilidades de edición, sobre su experiencia editora en relación con el género que trata el foro, o como complemento de los debates y conferencias. Son, ciertamente, muchas las jornadas o cursos donde el editor aparece entre poetas o junto a críticos o narradores para expresar su opinión acerca del estado de la edición o sobre el proceso en virtud del cual un manuscrito recibido acaba en librerías. He compartido mesa y mantel con algunos de ellos en encuentros sobre poesía contemporánea, en algún curso de verano sobre narrativa, en debates sobre el peso de la literatura en el cambio de siglo.
Sin embargo, siempre he echado de menos una iniciativa que situara al editor en el centro del debate y que fuera más allá de ese tipo de jornadas y que se proyectara, de una manera regular, hacia la sociedad. Sobre todo, porque el editor, a lo largo de la historia y, de manera muy especial, durante el siglo XX  (y en la década del siglo XXI que acabamos de cerrar) ha sido el elemento imprescindible para que el acto de lectura fuera una realidad. Incluso para enriquecerlo, para incorporar factores sensoriales —el diseño del libro, la caja del texto, la portada, el tamaño, el tipo de letra— al proceso lector, para aportar gozo, para acercar al lector al libro.