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Te voy a hacer una autocrítica, el diccionario que desafía a la RAE: «Al fascismo le gustan los culos prietos». Lorena G. Maldonado en El Español

El ‘Diccionario para entender a los humanos’ de Perroantonio -que va acompañado de una advertencia: «Te voy a hacer una autocrítica»- demuestra que las palabras son subjetivas y van envenenadas.

«Academia», según el Diccionario para entender a los humanos (Trama editorial) de José Antonio Blanco (Baracaldo, 1961) es un «consejo de ancianos formado por artistas, escritores y filólogos al que la autoridad pública encarga la tediosa tarea de entorpecer la natural evolución de las Artes y las Lenguas». En el primer concepto ya pone de manifiesto el umbral que le supone la RAE. «Me ha ayudado mucho, en especial a desviarme del camino recto», dice en el prólogo. Y guiña: «Si por alguna razón se sienten ofendidos, envíen una carta al Ombudsman [una suerte de Defensor del Pueblo] de El País; me han dicho que es una persona muy comprensiva».

Las palabras son lo que cada uno quiera, o, más bien, lo que uno entienda, lo que uno construya. Los significados están ahí -por escrito en esas tablas de mandamientos que aspiran a ser los diccionarios-, pero las connotaciones son personales.

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¿Por qué los libros no arden? Andrés Rodríguez en El Español

¿Por qué los libros no arden? Andrés Rodríguez en El Español

“Date cuenta, Andrés, los libros no arden. Nada arde si no hay oxígeno. Prueba a quemar un libro. No arde. Es imposible. Sin oxígeno no hay combustión”. Me quedo pensativo ante la firmeza de su sentencia. La voz de Miguel García me convence. Admiro a este hombre y si me dijera que la tierra es plana no me echaría yo a la mar salada sin conocer sus límites, aunque cuando escribo este artículo, en vuelo sobre los Alpes italianos, recordando las piras de libros que Ray Bradbury describió en ‘Fahrenheit 451’ ya no sé qué pensar. Bueno, sí que lo sé: quemar libros es uno de los últimos tabúes.

Chaqueta de tweed amplia, pelo abundante, voz de trueno y sonrisa de bonhomía machadiana, Miguel García lo sabe todo de los libros. Pero no solo de los libros.

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